Ayer nomás, bueno, la semana pasada para ser precisos,
decíamos que la globalización trajo, entre sus consecuencias, una uniformidad
cinematográfica, ética y estética, con conflictos similares de personajes
similares resueltos de manera similar, y que eliminaba, o más bien allanaba,
las peculiaridades, las diferencias idiosincráticas.
Y ahora llega una película que anula o limita la
generalización recién apuntada y que le da un baño de humildad a mi
irresponsable capacidad de observación. En mi defensa puedo decir que se aleja
en el tiempo (transcurre en los ochenta) y que por lo tanto se desmarca de
ocurrencias contemporáneas. Pero sería hacer trampa, mi pretenciosa reflexión
no excluía las películas de época.
Esta nos retrotrae, tanto en conflictos como en
personajes, a épocas de mayor autonomía cultural, menos influenciada por usos y
costumbres hollywoodenses, cuando nos permitíamos ser cómo éramos y aspirábamos
a que la universalidad surgiera de nuestras particularidades, sin
reinterpretarlas, limando los aspectos más personales que nos hacen únicos,
para que sean más asequibles a la comprensión, o lo que es peor al gusto, del
espectador universal promedio.
Pero vayamos por partes. La maestra de Jan Hrebjk es una película eslovaca, ambientada en la
Checoslovaquia de los años 80, cuando el comunismo daba los últimos hurras en
una sociedad que todavía quería verse regida por las ideas de camaradería y
prosperidad, aunque en realidad toleraba un sistema anquilosado de corrupción,
que no por desgastado estaba menos vigente.
Después de las vacaciones de verano, en un colegio de
Bratislava irrumpe imponente y carismática, Maria Drazdechova (Zuzana
Mauréry en una actuación que solo puede calificarse de magistral) la nueva
maestra de Eslovaco, Ruso e Historia para hacerse cargo de un curso de
preadolescentes. Como todos los maestros del mundo, comienza por pasar lista.
Llama la atención que no usa para tal fin un registro escolar oficial, sino una
agenda personal en la que anota las profesiones o actividades con las que se
ganan la vida los padres de sus alumnos. Se presenta como una persona bien
ubicada dentro del esquema partidario, es viuda de un militar muerto en acción
heroicamente, y una hermana suya vive, nada más ni nada menos, que en la
mismísima Moscú. Tal encumbramiento le garantizará si no el poder, la palanca
para hacerse atender como una reina, desde servicio de peluquería hasta
conseguir remedios, hacerle la compra en los supermercados con la consiguiente
cola eterna que puede evitarse yendo dos horas antes del horario de apertura, o
que le trasladen por avión confituras para su hermana moscovita, o le arreglen
el lavarropas. And last but not least, ni por asomo, que los alumnos le limpien
la casa o que sus madres generosas le manden comida hecha. Todo gratis, of
course, faltaba más. A cambio ella les avisará a dichas madres en secreto los
ejercicios que tomará en las pruebas orales y escritas. Como buena tirana,
favorecerá a los que le rindan pleitesía y será vengativa con quienes no puedan
o no quieran otorgarle favores.
En paralelo a cómo se
desarrolla este ejercicio de autoridad y sometimiento, somos testigos de una
reunión de padres que busca la firma de una petición, por la mayoría, para
desligarla de su función e iniciarle una investigación. Algo que no pinta
fácil, muchos simpatizan con la maestra, la corrupción nunca es unilateral.
Como puede verse, a esta
historia no le falta interés y atractivo, pero por cómo está estructurada,
cerca de la mitad la acción se estanca y parece perderse en un loop del que no
puede salir, después por suerte lo logra y se llega a un desenlace que remarca
que no solo el comunismo permite el ejercicio tiránico, de modo que podemos
recomendársela a nuestro amigo trotskista o marxista-leninista sin ofenderlo, no, para nada, porque sea donde
sea que haya un poco de poder surge la posibilidad de la corrupción.
Durante años y años, Omar Sy buscó su lugar bajo el
sol. Sin consecuencias notables. Por suerte en 2011, Olivier Nakache y Eric
Toledano lo eligieron para el cuidador de un parapléjico en Intouchables (Amigos intocables en Argentina) y todo cambió. Se convirtió en una
estrella internacional, con la velocidad con que se difunde un secreto.
Toda estrella necesita proyectos que acrecienten su
talento o su fama. A estos últimos se los llama Vehículos de Lucimiento. Dos son familia (Demain tout commence, en el original de 2016) de Hugo Gélin es eso.
Solo eso.
Abramos un paréntesis. Sabrá Dios por qué, en el cine
contemporáneo se han puesto de moda, no las remakes (aunque técnicamente se las
consideraría así) si no lo que podríamos llamar Las Películas Calcadas, o sea
aquellas que sin muchos cambios se rehacen en otras cinematografías. Por
ejemplo, la argentina Elsa y Fred,
2005, de Marcos Carnevale, con China Zorrilla y Manuel Alexandre, que se
transformó en 2014 en los Estados Unidos en Elsa
and Fred de Michael Radford con Shirley MacLaine y Christopher Plummer.
Otro ejemplo de Carnevale, la argentina Corazón
de León, de 2013 con Guillermo Francella como un hombre de muy poca altura que
se enamora de una mujer de estatura normal, o sea Julieta Díaz, se convirtió en
la mexicana Corazón de León, 2015 de
Emiliano T Caballero con Marlon Moreno y María Nela Sinisterra, y en la
francesa Un homme à la hauteur, 2016,
de Laurent Tirard con Jean Dujardin y Virginie Efira.
Todo esto viene a cuento porque Omar Sy con su Intouchables se inscribe en esta nueva
tendencia, que casualmente continuó en Argentina cuando se transformó en Inseparables, 2016, dirigida por alguien
cuyo nombre es reincidente en esta nueva moda, Marcos Carnevale (ahora como
copiador y no como generador), y protagonizada por Oscar Martínez en el rol del cuadripléjico y
Rodrigo de la Serna en el papel que hizo Omar Sy. Y se acaba de completar una
versión yanqui aun no estrenada, The
upside, 2017 de Neil Burger, con Bryan Cranston en la silla de ruedas y
Kevin Hart como el cuidador, ah, anda también por aquí la tan alta como
talentosa Nicole Kidman.
Y como toda va y vuelve cual boomerang, le toca ahora
a Omar Sy protagonizar una Película Calcada. Demain tout commence / Dos
son familia fue originalmente en 2013 la mexicana No se aceptan devoluciones de Eugenio Derbez con el propio Derbez
en el rol principal.
Omar Sy es, en Dos
en familia, Samuel, un tarambana irresponsable que sobrevive en el sur de
Francia. Un buen día se le aparece Kristin (Clémence Poésy) una chica con la que
el verano anterior tuvo una aventura, quien
viene con el resultado de aquella aventura, una beba hermosa llamada Gloria.
Samuel intentará devolvérsela a Kristin, en Londres, donde supuestamente vive
la chica. Como no sucederá, se quedará con la bebé y la criará. Contará con la
ayuda de Bernie (Antoine Bertrand) un productor cinematográfico, que convertirá a Samuel en un doble de riesgo.
No me desgarraré las vestiduras ante la pobreza del
argumento, la cortedad de ingenio de las situaciones, la sequedad de las
réplicas, la melosidad de algunas vueltas de tuerca, o la extremidad del
desenlace, que le hubiera dado urticaria hasta la mismísima Libertad Lamarque, una
de las reinas del melodrama mexicano
clásico (bueno, de México es el film madre de modo que bien podríamos decir que
por historia el desmadre más desvergonzado no le es ajeno).
No, no me desgarraré las vestiduras porque yo también
he tenido y tengo mis estrellas de las que, más que fan, soy devoto. Y celebro,
cuando no tienen un Scorsese a mano, que aparezcan en tal o cuál Vehículo
concebido para su Lucimiento. Algo diseñado para mostrarlxs en su esplendor,
donosura o simpatía es preferible a no verlxs y extrañarlxs. He salido
caminando por las nubes después de verlxs en tremendos bodrios indefendibles,
que no impedían en lo más mínimo que yo disfrutara como si estuvieran en una
obra perdurable de un Spielberg. Las estrellas son lo que son y todo se lo
deben a su querido público, que no pide más que oportunidades de verlxs con
aquellos atributos que hicieron que lxs amáramos. Encanto, sensualidad,
simpatía, belleza o lo que fuera. Si no pueden ser un personaje de Shakespeare,
que sean el de un engendro vistoso que podamos espiar y disfrutar.
Omar Sy me cae bien, pero dista mucho de ser un
favorito, pero como tengo los míos, entiendo con creces a la gente que lo
sigue. Esta película es para ellos, sus devotos. Los que no lo son, abstenerse,
mucho. Y los que estamos en el medio, también. No nos aburrirá, pero tampoco la
apreciaremos. Bah, los Vehículos de Lucimiento son una misa solo para los
fieles fervorosos.
El mundo ya no es lo que era, el cine tampoco lo es. Obviedades
al margen, a lo que voy es que hay hoy una universalización que borra las
peculiaridades, el color local, las idiosincrasias y que crea una paridad, una
similitud, una igualdad que reafirma nuestra humanidad a la vez que la diluye. Los
griegos, los armenios, los escoceses y los nicaragüenses son menos griegos, armenios,
escoceses y nicaragüenses y más “humanos” según el modelo triunfante, o sea el
impuesto por el cine de Hollywood, que deja de ser la meca de los sueños para pasar a ser el vocero del imperio, el
perpetuador del modelo a seguir, no solo en el perfil de los personajes, sino
en qué contar y en cómo contarlo, según los dos grandes parámetros, el del cine
industrial y el del supuesto cine independiente estilo Sundance. Lo que hace
que todas las películas del mundo parezcan hechas por un productor yanqui, de
allí que le sea tan fácil a Netflix albergar tanto al cine indio, al turco, al
coreano, al mexicano, al peruano o al argentino, puede que las caras varíen,
pero las ropas, el qué y el cómo se cuentan de maneras tan similares que parecen
iguales.
La semana pasada ante el estreno de la película
italiana Por siempre jóvenes de
Fausto Brizzi, leo en una crítica de un diario principal que “Su mirada sobre
la comedia está más cerca de la universalidad anglosajona que de la sátira de
costumbres latina”. Y no me extraña en lo más mínimo.
Horas más tarde voy a ver La Cordillera de Santiago Mitre y entre el centenar de tráileres con
que nos domestican antes de la película elegida, está el de Hedi, película tunecina de 2016 de
Mohamed Ben Attia, rebautizada para su estreno local como La amante. Como suele suceder con muchísimos tráileres (por no
decir todos) es posible adivinar la historia entera de la película, su
desarrollo y quizá hasta su desenlace, de allí que muchas veces para los que
miramos cine todo el tiempo, nos quede la sensación después de haber visto una
película, que hubiéramos ahorrado tiempo quedándonos con solo la visión del tráiler,
ya que el trámite de verla toda, poco o nada agregaba a lo que ya sabíamos.
En Hedi / La
amante vemos a un hombre joven, dominado por su madre, entregarse a una
vida arreglada por ella, se casará con la mujer que ella eligió y vivirá según
los preceptos y caprichos maternos. Antes de casarse, por su trabajo de
representante de una firma de autos, recalará en un hotel de veraneo y se
enamorará de una guía turística, quien lo reconciliará con sus sueños. Fin.
Pero ¿con quién se queda? ¿Importa? La peripecia vital del personaje pasa por
liberarse de las ataduras de la madre.
Es evidente que se trata de una película festivalera,
lo ratifican los logos de todos los festivales que la invitaron y algunos de
los premios que obtuvo, entre los más importantes, dos Osos de Plata del
Festival de Berlín, uno a su protagonista, Majd Mastoura, y otro a su director
por la Mejor Ópera Prima.
Mi acompañante le baja en pulgar y lo resume con “Ni
en pedo”, le pregunto por qué no la vería y me dice porque es una película Hallmark
made in Túnez. Puede equivocarse, pero todo parece darle la razón.
Con mi acompañante vemos religiosamente todas las
películas de Darín, por eso ahora huimos de la hermosa tarde de sol para cobijarnos
en los rigores de La Cordillera. No conozco
el cine de Santiago Mitre, tengo por ahí copias de sus películas anteriores El estudiante, 2011, y La patota, 2015, (Paulina es su título internacional, “patota” es un término
demasiado nuestro para su exportación) pero todavía no las he visto. Volviendo a La Cordillera por algunas
cosas sueltas que leí, por arriba, de su presentación en Cannes, sé que un
thriller que desemboca en un pacto fáustico o algo así. Comprobaremos que es
más “algo así” que pacto fáustico en nuestra modesta opinión. Más que el inicio de un ciclo faústico, la película
ratificará un modus operandi, una línea de conducta.
Mitre, con un guión propio, co-escrito con Mariano
Llinás, el recordado director de Balnearios,
2002, e Historias extraordinarias,
2008) narra con seguridad y suntuosidad. Hay dos planos, el del hombre común,
el técnico que conocerá la Casa Rosada, y el de los que hacen cosas en su
nombre, los políticos y sus no menos importantes segundos que deambulan por la casa gubernamental y por los mullidos ambientes de ese lujoso hotel de Chile donde más tarde acordarán, o no, políticas energéticas para la región.
El presidente argentino es Hernán Blanco (nuestro
orgullo nacional, Ricardo Darín, en otra actuación antológica) asistido por su
mano derecha, Luisa Cordero (Érica Rivas, impactante como siempre) y por el
jefe de gabinete, Castex (Gerardo Romano, en una caracterización impecable).
Antes de la partida a Chile, Luisa se entera de una crisis en ciernes. El ex esposo
de la hija de Hernán, Marina (Dolores Fonzi, irreprochable as usual) amenaza
con sacar trapos sucios sobre los dineros de la campaña que le permitieron a
Hernán llegar a la presidencia. Como al pasar se menciona un dato que cobrará
relevancia, Hernán pasó de ser un intendente de un pueblito de La Pampa a
presidente de la república, sin cargos intermedios, meteóricamente.
En un principio parece que estamos en un thriller
político, algo que es más culpa nuestra, o de la famosa “grieta” que de la
película en sí. Es claro al desarmarla que da señales inequívocas de no
pretender encerrarse en lo político. No estoy de acuerdo con las críticas que
dicen que empieza en un género y que da un volantazo hacia otro promediando el
metraje. No, hay desde un principio indicios claros que lo político es un
ambiente elegido, no el fin ambicionado. Si tuviera que definirlo con
precisión, diría que se trata de un thriller metafísico, aunque es
imprescindible mencionar que se acerca más a lo fantástico o a lo que se supone
terrorífico, eso sí, advirtamos que no hay nada gore, ni sangriento, ni
espeluznante, sino el choque de las fuerzas del bien y del mal. Y no digo más, para
no caer en un spoiler.
Todo esto viene a cuento porque antes de entrar al
cine nos enteramos que Darín le estaba contestando en Twitter a los que se
quejaban de la película. En la nota daban dos ejemplos, un espectador le
reclamaba las malas elecciones de proyectos que hacía últimamente, a lo que
Darín le respondía con sorna, que le encargaría las elecciones a esta persona
de ahora en más. El otro ejemplo exponía lo siguiente: "Fui a ver La
Cordillera y creo que no entendí el final. @bombitadarin, los espectadores nos
quedamos debatiendo después de la película". A lo que Darín contestó: "¿Eso no es bueno?
Digo, ¿te pasó muchas veces? Un abrazo".
Lo menciono porque una vez terminada la película, algunos
de los espectadores que nos acompañaban expresaban en voz alta su malestar por
el supuesto poco esclarecimiento del final. Decían cosas como “Habrá que
esperar la segunda parte”. O “¿Pretenderán que la veamos de nuevo para
entenderla?”.
Yo tenía ganas de decirles: Pónganse a repasar que fue
lo que vieron y les saldrá solos el porqué termina cómo termina. Pero el cine
contemporáneo no promueve el rearmado de los rompecabezas, no, lo da todo
deglutido, explicado, subrayado, nos dicen las piezas se acomodan así y así, no
se preocupen, mastiquen sus pochoclos y adormilen su inteligencia que nosotros
les diremos qué pensar. La Cordillera
exige un mínimo de capacitación intelectual, de reflexión obvia sobre cómo se
vinculan los elementos y el por qué de esa música harto reveladora,
machaconamente prepotente, única objeción a un film bastante inobjetable. Es tan
mínimo lo que se nos exige que en los años setenta, tiempos en los que las
películas exigían la astucia de los espectadores, La Cordillera estaría dirigida para niños de Jardín de Infantes
como Bolilla Uno de rearmado de enigmas. Según decíamos en un principio, el
mundo ya no es lo que era y el cine, tampoco.
En tiempos de grieta, La Codillera, por suerte, a pesar del ambiente elegido, no es una
película “antipolítica” o sea de derechas… mal. No, en este mundo en particular,
como en el mundo en general, hay una tensión entre las fuerzas del bien y del
mal, de la oscuridad y de la luz.
pero mientras tanto homenajeemos a la inmensa Barbara Cook que ayer se volvió eterna. Brindo por vos, Barbara, con toda la gratitud y la emoción de haberte podido admirar. Saludos a Bernstein y a todos los demás grandes con los que debes estar poniéndote al día. Te queremos como siempre y por supuesto te extrañaremos mucho. Gracias, gracias, gracias.
Confieso que me daba un poco de miedo ver esta
película. Por algún lado había leído que su director, Hirokazu Koreeda, dijo
que este film partía de la premisa "No todo el mundo puede convertirse en
lo que desea ser." Y como pertenezco al 99, 99% de los hombres que no
somos George Clooney… No es que hubiera querido ser George Clooney, pero ser
celebrado, sexy, bien pensante y universalmente simpático y rico como George no
hubiera estado nada mal.
Mi temor se fundamentaba más que nada en el hecho
comprobado de que el cine de Hirokazu Koreeda tiene una forma única de
conmocionarme, confrontarme e interpelarme. Y no es que se proponga hacer eso
conmigo o que yo lo deje, pero es lo que termina por pasar. Su cine es, por
sobre todo, generoso, amable e inteligente. De la manera más insidiosa posible de
ser inteligente, que es la de plantear una situación y observarla, sin juzgar,
ni presumir, con la convicción de que lo que se ve a simple vista es apenas un
reflejo de lo que se oculta, de lo que se arrastra, de lo que está pendiente. Y
es su generosidad la que termina por desarmarnos, porque no se pone en semi
dios, en yo sé todas las respuestas, sino que acompaña a sus personajes como si
conociéndolos más, se conociera mejor él, y nosotros, claro, de paso.
En estos días en que la tragedia se vuelve farsa con
quitas de pensiones a viudas y tullidos, a deudas a cien años, de desarme de
ciencia y malintencionada desinformación perpetua, no andaba con ganas de que
encima me preguntaran cómo había llegado a no ser lo que quise ser, de modo que
me sumergí en esta película, como en una rambla que usan los perros para
descomer, con el sigilo de no pisar caca, no iba a dejar que me conmoviera o
que me llevara a estados emocionales inauditos. No, nada de eso, me iba a mantener a distancia. Y me
fue bastante bien, mantuve mi postura hasta la mitad de la película, entonces
una imagen cualquiera, de un paseo en autobús, me bañó de belleza, porque esa
misma generosidad y esa misma amabilidad para no juzgar personajes, las usa Hirokazu
Koreeda para ver la belleza que hay en lo simple, en dos trenes que se cruzan,
en la luz que se derrama sobre un árbol, y no lo subraya, no es que transforme
lo que ve en imagen de almanaque, no, es, como explicarlo, la generosidad, la
amabilidad, de las que ya hablé las que lo hacen ver así, todo tan simple, y
comunicarlo.
Esta vez convivimos con Ryota (Hiroshi Abe), un hombre
alto y flaco que anda rondando la cincuentena, que supo escribir una primera
novela, La mesa vacía, que levantó
algo de polvareda, que le dio un premio y una carrera promisoria, que no se
está cumpliendo, ya que no hubo una segunda, hace poco murió su padre y aunque
no le guste, se parece demasiado a él, por la afición al juego, por vivir
empeñando cosas o por pedir plata prestada, tiene un hijo de unos 10 años, al
que quiere mucho, pero casi no ve, tiene un trabajo de detective privado, que
dice que es temporal y que lo ejerce solo como investigación de ese mundo,
aprovecha esta experiencia para espiar a su exmujer que está muy cerca de
olvidarlo con una relación nueva que se solidifica día a día, está también su
madre (Kirin Kiri) que se pregunta si no tiene que aceptar que morirá en ese
departamento chiquito en el que iba a vivir por un tiempito que se extendió
hasta ahora, casi media vida, y está también la hermana, que le va mejor
económicamente, pero que hace que su
madre con la magra pensión que tiene le pague las clases de patín artístico a
su hija, y que no quiere que el hermano novelista vuelva a usar el pasado como
fuente de sus libros, porque no le pertenece por entero solo a él, que ella y
los demás también son y están en ese pasado, está también el compañero
detective, que es muy solidario con Ryota y uno no puede dejar de preguntarse
por qué, porque uno es así de jodido como espectador, y no es de aceptar así
porque sí la admiración, el compañerismo o el amor. Y la tormenta del título,
es un tifón que anda dando vuelta, el número 23 o el 24 de ese año, y será la
excusa para que algunos de estos personajes se reúnan y acepten lo que ya no puede corregirse.
Todo es muy simple, Hirokazu Koreeda, a quien
aprendimos a admirar por su De tal padre,
tal hijo, observa, solo observa, y como sin querer ahonda, y como es lógico
se pone profundo, y sabio, y a la salida de su película uno es como el pariente
cercano de todos sus personajes, y como también casi sin querer nos vimos en
ellos, nos volvemos más sabios, y más felices, con una ligera melancolía,
porque, bueno, no todos podemos ser George Clooney.
Daniel Blake (Dave Johns) es un carpintero de 59 años en
obras de construcción. Un reciente ataque al corazón lo ha dejado
“temporariamente”, según su médico, fuera de su trabajo, lo que “supuestamente”
lo autoriza a pedir una pensión por incapacidad. Digo “supuestamente” porque el
sistema se emperra en no concedérsela, aunque tenga todos los méritos para
merecerla. La película contará su lucha para acceder a lo que le pertenece por
derecho sin perder la autoestima en el camino. En una de las oficinas que visita,
defenderá a Katie (Hayles Squires) madre soltera con dos hijos pequeños, Daisy
(Brianna Shann) y Dylan (Dylan McKiernan), recién llegados de Londres a
Newcastle, ciudad donde transcurre la acción. Eso será el comienzo de una
relación de amistad entre ellos. Daniel también contará, aquí y allá, con la
solidaridad de su vecino China (Kema Sikazwe) y de un excompañero de trabajo
(Shaun Prendergast).
Yo, Daniel Blake ganó la Palma de Oro en el festival de Cannes,
edición 2016. La dirigió el octogenario maestro del realismo social Ken Loach,
y sin duda, a pesar de sus discutibles cortedades, se convertirá en una
referencia ineludible de un momento político-social. Así como todavía vemos Ladrones de bicicletas y analizamos el
por qué de su anécdota, en años venideros se seguirá desmenuzando los
pormenores detrás de las políticas sociales de Yo, Daniel Blake.
Cuando hablo de cortedades (para mí no son tales ni
por asomo) me refiero a que es una pieza de combate, que muchos, para
desprestigiarla, la tildarán de panfletaria. Ojo, no lo es jamás, pero sería
necio no reconocer que tiene un objetivo claro, la crítica y modificación de un
sistema que transforma personas en números y que lo hace con la pretensión de
echarlos del circuito de protección social. Otros, también para menospreciarla,
dirán que sus personajes son demasiados puros y poco complejos, sin ese toque de
los tres elementos atribuibles a los pobres, resumidos en el título de la obra
maestra de 1976 de Ettore Scola, Feos,
sucios y malos. No, los personajes de Loach son más bien todo lo contrario,
lindos (más por nobleza que por belleza), limpios y buenos (más en el sentido
de solidaridad y compromiso que en el de la bondad religiosa).
La película no es neutral y yo tampoco. A los que
recién se acercan a estas crónicas, les digo que nunca votaré, avalaré o
toleraré políticas neoliberales. El capitalismo puede ser cruel, pero es la
Madre Teresa al lado del neoliberalismo, que con un cinismo atroz sume en el
hambre y la pobreza a generaciones enteras y las justifica por la necesidad de
lograr inversiones que garantizarán en un lejanísimo futuro un bienestar
improbable, mientras que en el presente solo promueven la desigualdad, la
concentración de riqueza y la fuga de capitales. Y después resulta que los
corruptos son los populistas distribucionistas…
Digo esto porque esta película llega con envidiable
oportunidad a dialogar con las idas y vueltas (vueltas por verse, porque con la
promesa de una revisión hay poca o ninguna vuelta) de las decisiones de la actual
ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley (siempre hay que memorizar el
nombre de los impiadosos) de recortar las pensiones por discapacidad. Dialoga
también con el prejuicio, retroalimentado por los medios de comunicación
hegemónicos, de que no hay que asistir a los necesitados (aquello de que no hay
que dar pescado sino enseñar a pescar). Es una pena que quienes deben ver esta
película, no la verán porque huyen de todo lo que cuestiona su zona de confort.
Los que la vean, corroborarán lo que significa pelear
con el hambre y la miseria mientras se lucha por no perder la dignidad, por
como dice claramente Daniel Blake en un escena, “cuando te quitan la dignidad,
estás acabado”.
En resumen, una de las películas más valiosas que
veremos este año. Y a pesar de lo que pueda inferirse en esta crónica, no es
triste ni deprimente (bueno, un par de escenas los son y mucho) pero el tono
general es el de la alegría que da la lucha, o la preservación de la esperanza,
por más recaídas en la desesperación que se tengan, porque la mezquindad, el
odio, el prejuicio, están del otro lado, de este está la apetencia de equidad,
el sentido de justicia, el dar y no quitarle cosas a la gente.
“Puede fallar” decía el mentalista Tu Sam para dar
suspenso en la previa de alguno de sus trucos más peligrosos. Gold, rebautizada por aquí El poder de la ambición, es una película
“fallada” en logros y sobre todo objetivos.
Es de una de esas apuestas calculadas de los hermanos y
productores Bob y Harvey Weinstein para cosechar premios en la temporada idem.
Se dijeron: pongamos a Matthew McConaughey en otra caracterización “matadora”,
si ya adelgazó hasta la extremaunción en Dallas
Buyers Club: El club de los desahuciados (Jean-Marc Vallée, 2013) y se alzó
con el Óscar al mejor actor del año, que ahora haga la gran DeNiro para El toro salvaje y engorde unos cuantos
kilos para que se alce con otro, tomemos una historia real, que es lo que ahora
se vende, pero que parezca una novela de tan azarosa, llamemos a un director de
prestigio, pero no caro ni inmanejable (Stephen Gaghan que hizo Syriana en el 2005) y como es una
historia de dos hombres, en el otro protagónico pongamos a un galán en ascenso,
Edgar Ramírez, que además es venezolano y abarcamos de paso al público latino,
y así podemos venderla bien y aspirar a más premios para nuestra vitrina de
lauros.
Lástima que el resultado esta vez les salió así de
premeditado. Todo muy profesional pero sin inspiración y con menos lustre que
desván cerrado.
Cuenta la historia de Kenny Wells (Matthew
McConaughey) un prospector o sea un señor que anda en busca de hallar
yacimientos minerales, petrolíferos o de aguas subterráneas. En su inicio el
film lo halla en 1981, en el momento en el que pierde la compañía que le legó
su padre, y cuando en plena desesperación decide apostar lo poco que le queda
por el geólogo Michael Acosta (Édgar Ramírez) que anda por Indonesia clamando
que hay oro en un rincón perdido de su jungla. Peripecia que, tras varias idas
y vueltas, derivó en lo que se llamó el escándalo minero, Bre-X de 1993.
Édgar Ramírez dijo en un reportaje que este material
tiene algo de las historias y héroes de John Huston, algo que podría conectarlo
con El tesoro de Sierra Madre. Con
mucha buena voluntad podríamos coincidir. Aunque pareciera que el director
Stephen Gaghan nunca vio dicho film ni La
reina africana, ni El hombre que
quería ser rey, bah, ni ningún otro del maestro Huston. Por aquí o por allá
hay un toque Huston y en otros un toque Martin Scorsese a la manera de Buenos muchachos o de El lobo de Wall Street. Pero son tan
desganados que parecen involuntarios. Hasta para copiar se necesita talento,
cuando un transformista logra parecerse a Marilyn Monroe, a Liza Minnelli, o a
Julie Andrews, no le bastó con maquillarse en ese estilo, subirse a tacos o
ponerse una peluca, no, detrás hay horas y horas de prueba y error, de búsqueda
obsesiva y minuciosa. En el cine a la hora de copiar pasa algo similar. No
basta con un “me gusta”, hay que trabajar con ahínco para recrearlo. Aquí no hay muestra de capacidad ni para
crear algo nuevo ni para copiar logros ajenos.
Entonces lo que debió ser una épica de perdedores
termina por ser una aventurita de gente que no gana del todo. Matthew
McConaughey, panzón y casi pelado, ensaya otra caracterización notable,
demasiado esforzada para ser fluida, razón por la cual no obtuvo nominaciones
para premios. Es la segunda más esforzada actuación del año, hasta ahora el
primer puesto lo ocupa Brad Pitt y la trabajada caracterización (y que tampoco
fluye jamás) del general que hace para War
Machine/Máquina de guerra. Édgar Ramírez solo se preocupa por lucir robusto
y no mal parecido, una opción nada mala ante la nada que es la película.
Para ver en una plataforma de contenidos, tipo Netflix,
en una noche de insomnio en la que se acabaron las opciones.
Suelo pelearme mucho con las gacetillas informativas
que acompañan los tráileres en las páginas que anuncian estrenos. Me parecen
mal traducidas o mal escritas, que informan poco o que incluyen spoilers, que
no son claras o que de tan diáfanas no dicen nada. Los muchachos de la calle me
dirían que no hay tamaño que me venga bien.
Para contradecirme a mí mismo (una de mis ocupaciones
favoritas) la de Dulces sueños (Fai bei sogni, Marco Bellocchio, 2016)
no me disgusta, dice: “Turín, 1969. La idílica niñez de Massimo, 9 años, se
quiebra por la misteriosa muerte de su madre. El joven se rehúsa a aceptar esta
brutal pérdida, incluso si el cura dice que ella ahora está en el Cielo. Años
después en los 90s, Massimo, ahora adulto, se ha convertido en un habilidoso periodista.
Luego de reportar sobre la guerra en Sarajevo, empieza a sufrir de ataques de
pánico. Mientras se prepara para vender el departamento de sus padres, Massimo
es forzado a revivir su trauma pasado. Elisa, una doctora compasiva, podrá
ayudar al atormentado Massimo a abrirse y confrontar sus heridas del pasado.
Este drama italiano está basado en la novela de Massimo Gramellini 'Fai bei
sogni'.”
Si son muy estrictos, algunos quizá opinen que
contiene demasiada información, que cuenta demasiado. Puede ser, pero con Dulces sueños el argumento es lo de
menos, lo que importa es cómo se despliega. Comencemos por lo que tendríamos
que haber empezado remarcando. Dulces
sueños es la obra más reciente de uno de los pocos grandes maestros del
cine vivos: Marco Bellocchio. Por eso digo que el argumento importa poco. Es
más, es de esas historias que hemos visto millones de veces, la de la
superación de un trauma infantil, la aceptación de que hay heridas que no se
cierran nunca, que de tanto arrastrar se aprende a convivir con ellas.
El material de base es una novela autobiográfica que
gira cual satélite alrededor del planeta Madre. Sí, la Mamma. Una madre
maravillosamente omnipresente que sale de escena intempestivamente, lo que da
origen al misterio de cómo y por qué. Por aquellos tiempos a los chicos no se
les decía toda la verdad, se les comunicaba versiones alternativas de los
hechos, mentiras, bah. Este chico crece con esta “distorsión”, sabe qué algo se
le oculta, pero no confronta, no pregunta, hasta que obligado por las
circunstancias se ve compelido a enfrentar el “misterio”. Bellocchio no juega a
las escondidas con el espectador, pero nos raciona los datos, sabemos más que
el niño, y esa poquedad alcanza para que nos arrimemos a la verdad, quizá nos
falte algún que otro detalle, pero acertaremos. No, no estamos ante un thriller
de misterio, no, es más bien un juego para que acompañemos al protagonista a su
revelación final.
Bellocchio, repito, es un auténtico maestro y lo
evidencia en cada secuencia, en como usa la luz, la música, el dentro y fuera
de cámara. Ya es lo suficientemente sabio (nació en 1939) para saber que el
genio no radica en deslumbrar sino en iluminar, en todo el sentido de la
palabra, una historia. En desentrañarla para hacerla reveladora y universal.
Con una puesta en escena pletórica de logros, el placer de acompañar esta obra
de arte se vuelve una dicha continua. Puede que lo que se cuente sea un poco
tristón, pero andamos tan huérfanos de excelentes películas que a la larga
experimentamos más gozo que piedad.
Su protagonista adulto es Valerio Mastandrea, con
quien últimamente he tenido la suerte de familiarizarme (estaba en Perfectos desconocidos, el Paolo
Genovese que se estrenó hace poco y lo vi también en Viva la libertad, un Roberto Andò disponible en Netflix) es un
señor de cara larga (no triste, sino de caballo) medio parco en un histrionismo
(a pesar de su cepa romana) que funciona más por lo que oculta que por lo que
muestra, de allí de que cuando llega al estallido, se vuelva más conmovedor incluso
(ejemplo, aquí está magistral cuando libera el cuerpo en el baile, y recupera
la soltura que tenía de chico). El elenco está a su altura, con una doble
participación francesa, las breves pero sustanciosas apariciones de Bérénice
Bejo y Emmanuelle Devos.
Siempre que puedo, aclaro que no hago críticas, si no
crónicas en las que más que juicios de valor de algún tipo, cuento mi relación
con las películas que veo. Respecto de esta película de Dominik Moll, separaré
lo que hubiera escrito de no haberme molestado un aspecto de la misma de lo que
me molestó al punto de descubrir que tengo mis límites para el humor negro.
Hubiera arrancado con algo así: Philippe Mars (François
Damiens), aunque no lo sabe más que vivir, subsiste. En el día de su cumpleaños
49, su exmujer, una periodista televisiva, que debe viajar a Alemania a cubrir
una crisis de Merkel, le pedirá que se haga cargo por un par de semanas, quizá
también más tiempo, de los hijos que tienen en común, Sarah (Jeanne Guittet) de
15 años y Grégoire (Tom Rivoire) de 11. Ese mismo día, en el trabajo, su jefe
le pedirá que controle y supervise a Jérôme (Vincent Macaigne) un programador
de computación como él, pero muy volátil e impredecible. Y como Philippe tiene
problemas para establecer límites dirá que sí. Jérôme se revelará como un
paciente de hospital psiquiátrico, del que terminará por escapar para
instalarse en casa de Philippe, a la que más tarde traerá a otra compañera de
la institución de la que escapó, Myrima (Léa Drucler) de la que está enamorado.
Hubiera seguido más o menos así: Noticias de la familia Mars (Des
nouvelles de la planète Mars, en el original) de Dominik Moll (recordado
por estos pagos por Harry, un amigo que
te quiere bien (2000) que no en poco contribuyó a la fama de Sergi López) es
una comedia melancólica que se vuelve brillante y punzante en más de una
oportunidad. Progresa asestándole a su protagonista una acumulación de tribulaciones
a cual más asfixiante, hasta que su paciencia y su capacidad de aguante
comiencen a agrietarse. Para el constante interés que despierta, no en poco
contribuye el sólido elenco, pródigo en talento y simpatía.
Y sin duda no hubiera mencionado la subtrama que
habría de alterarme y que haría que siempre recuerde a esta película. No
hubiera hablado de la misma, porque no es central y porque agrega color, y
mejor no mencionar los aspectos que suman, para que generen sorpresa cuando se
los descubra en la película. Resumir el argumento de una película es también un
ejercicio de ocultamiento, cuanto más se deje afuera, mejor, porque provocarán
quizá más disfrute. Solo que esta vez… Hagamos una cosa, si están decididos a
ver la película, saltéense los párrafos que siguen y vuelvan a ellos, después
de haberla visto. Si creen que no la verán o no les importa demasiado saber
detalles relevantes de la misma, sigan leyendo, sepan, claro, que un spoiler se
avecina.
Philippe tiene una hermana, Fabianne (Olivia Côte) una
artista plástica rebautizada Xanaé, quien por un viaje a Bruselas le pide que
se ocupe de su perro, el que puede verse en el afiche. El perro en cuestión es
uno de los más insoportables que se hayan visto en el cine y le depararán a
Philippe no pocos problemas. En un momento límite, bueno, más bien un punto de
inflexión, Philippe establecerá un punto de no retorno con dicho animal y lo
revoleará desde la baranda de un puente para que se ahogue en el Sena. Es un
truco de cámara que no necesita el aviso aquel de que no se lastimó a ningún
animal durante el rodaje, es más hasta se puede adivinar las manos que ponen a
salvo al antipático perro, pero a mí, no sé, no me resultó un gag gracioso,
todo lo contrario, me pareció innecesario, un paso en falso del director y del
coguionista, Gilles Marchand, porque en lo particular, a partir de ese momento,
Philippe dejó de despertarme simpatía y ya no me importó lo que el resto del
metraje tenía para depararle, ya no me interesaron más ni él ni sus amistades,
ni su vecino, ni el resto de su familia, por mí podría barrerlos la nube hongo
que no me desataría ni la más ligera de las compasiones. Puede que a otra gente
el gag no le moleste, lo disfruten, les parezca gracioso, conmigo no fue así,
me demostró que tengo un límite en el humor, que no soy tan amplio como creo.
No me preocupó en lo más mínimo, como con la postura política que hace rato
adopté, me honra estar de este lado.