martes, 17 de marzo de 2020

Día 3 - ¡Madre!


Y la batalla fue perdida. Los docentes, que intentaban la derogación del artículo dos de la resolución que los obligaba a concurrir a sus lugares de trabajo en medio de la pandemia, no lo lograron. O peor, recayó en sus manos la decisión, porque el frente gremial después de reunirse con las autoridades de educación obtuvo un compromiso de que solo podrían volver a las escuelas, cuando estas eestuvieran en condiciones higiénicas, y como por ahora tal estado era inalcanzable, aconsejaban a los docentes a no asistir a sus lugares de trabajo. Y a los docentes dubitativos, que esperan respuestas concretas, desaconsejarles no hacer algo los sume más en la inacción. Eventualmente se supo que la “distrital” facultaba a directores a tomar la decisión de armar guardias mínimas, turnos y dispensas de no ir. Y como hay también directivos dubitativos, más predispuestos a bajar órdenes que a decidir, se entregaron estos a la desesperación, al lamento de quedar en tal predicamento, y hasta recurrir al insulto a quienes votan funcionarios incapaces de decidir con claridad (la ironía de ver en el otro lo que ellos tampoco pueden hacer se les escapa). De modo que docentes y directivos se debaten entre ir o no ir, entre hacer cumplir o no hacer cumplir disposiciones, de las que no saben todavía si respaldan o no. Como es día de zonas grises, vayamos por una película igual de difusa: ¡Madre! (Mother!, Darren Aronofsky, 2017).


Como ante toda película de Darren Aronofsky (Pi, 1998, Réquiem por un sueño, 2000, La fuente de la vida, 2006, El luchador, 2008, El cisne negro, 2010 y Noé, 2014) debemos prepararnos para comprobar cuán raro puede llegar a ser lo raro.


Una mujer, identificada en el reparto como la Madre (Jennifer Lawrence) está casada con un poeta, identificado en el reparto simplemente como Él (Javier Bardem). Ella, sola, con sus propias manos, le está reconstruyendo a su esposo poeta la casa devastada por un incendio. Se supone que sabe de albañilería, carpintería, plomería, electricidad, etc. Él solo debe dedicarse a escribir, tarea que se presenta titánica porque no se le ocurre nada, su creatividad está en blanco. La casa parece estar viva, tiene “heridas” que sangran, que se niegan a cerrar, a desaparecer. Ella toma un medicamento, un polvo amarillo que disuelve en agua y que parece calmarle los nervios o espasmos de alguna dolencia. Ella se sentirá invadida, primero por el Hombre (Ed Harris) un traumatólogo que hace buenas migas con Él, o sea, el poeta. Como los males no vienen de a uno y los intrusos tampoco, pronto al Hombre se le unirá la Mujer (Michelle Pfeiffer), esposa del Hombre, claro. La irrupción traerá un despertar del deseo y Ella, la Madre, o futura Madre, para ser más precisos, quedará embarazada. Entonces…


Aronofsky, como en todas sus películas, procura nuestra inmersión en la historia y la trabaja desde lo visual, lo auditivo y la extrañeza que pueda provocar con ambas herramientas. Ejemplo, las “heridas” de la casa, lo que se oye o no, los comportamientos lábiles de la Madre y así. De a poco, uno se enfrenta como con El cisne negro con tres posibilidades. Una, la película es ¿el retrato de un descenso al desequilibrio psíquico, primero, y a la locura, después? Dos, procura el director ¿mostrarnos simbólicamente lo que siente una mujer ante la maternidad?, de ahí la importancia del hogar, de la pertenencia, de lo que se comparte y de lo que no. O tres, estamos quizá ante un película de terror a secas y ¿hay algo diabólico detrás de estas “posesiones”, “transformaciones”, “revelaciones”?


Estas son las tres posibilidades que se me ocurrieron a mí, ustedes pueden descubrir u ocurrírseles muchas más. No hay que olvidar que ante lo indeterminado, todo está permitido. Si para ustedes esta Madre es una costurera de Marte que se enajena porque no puede dar con una buena receta de buñuelos, todo bien, es una posibilidad más. Si el director busca perdernos en lo gris, en lo que tiene múltiples sentidos o interpretaciones, todas están permitidas, todas son bienvenidas, ese es el juego. Por los motivos que sean, no quiere que el blanco sea blanco y el negro sea negro. Piedra libre para todos nosotros, entonces.


Ah, como hijos del Hombre y de la Mujer aparecerán los hermanos en la vida real, Brian Gleeson y Domhnall Gleeson, y como este último nació en el 83 y el primero en el 87, hacen de Hijo Mayor y Menor, respectivamente.


La indeterminación no tiene por qué ser angustiante o tediosa, también puede ser desafiante y atractiva. Si te sentís con ganas de ver algo diferente, que se aparte de lo habitual, que te incite a inquietudes impensadas, esta es hoy una opción a no desestimar.


¡Madre! (Mother!, en el original) puede verse en Netflix. No te quiero condicionar, pero que los personajes no tengan nombres y el signo de admiración del título pueden ser indicativos de algo, ¿de qué? Ah, vos dirás.

Hasta mañana,

Gustavo Monteros






lunes, 16 de marzo de 2020

Día 2 - Overboard - ¡Hombre al agua!

Y llegó finalmente la ansiada comunicación oficial de la suspensión de clases en todos los niveles de enseñanza para impedir la propagación del coronavirus. Pero el anuncio presidencial no trajo la ansiada paz entre los docentes de la provincia de Buenos Aires, quienes por una confusa resolución de “la distrital” se verían obligados a concurrir a sus escuelas respectivas a firmar, cumplir horario y elaborar un plan de contingencia para compensar la pérdida de clases presenciales. Otro ejemplo más de ser más papistas que el papa. Una mala interpretación de las palabras presidenciales respecto a que las escuelas con comedores estarán abiertas llevó a esta resolución poco feliz, que por puntos y comas y verbos grises es versionada por algunas autoridades provinciales de cumplimiento fehaciente de tareas docentes, como si no hubiera pandemia alguna. Los gremios no tardaron en reaccionar y ya hay quejas y pedidos de derogación de la papeleta en cuestión, pero mientras se resuelve la eliminación y la consecuente aclaración, los enajenados de siempre, clasificación que abarca tanto a docentes, directivos como a inspectores, enloquecen y vociferan en cómo implementar la obligatoriedad de la compulsa. El sentido común  no solo se perdió sino que hallarlo es más difícil que ganar la lotería tres veces el mismo día. Buen momento entonces para una comedia.


Si el drama necesita credibilidad, la necesaria creación de un verosímil para desatar la imprescindible empatía con lo que se cuenta, la comedia es un mundo cerrado regido por razones propias y una lógica ilógica. El verosímil no importa, puede reinar el disparate. Lo que importa es que el sinsentido tenga sentido en la subversión del orden establecido o en la aceptación del caos como normalidad. Dicho así parece muy complicado, pero es lo más fácil del mundo. Es un juego que todos sabemos jugar, hay una decodificación inmediata y sin esfuerzos. Todos queremos reír y aprendemos rápido a hacerlo.


En 1987, la guionista Leslie Dixon concibió un efectivo vehículo de lucimiento para Goldie Hawn, Overboard / Hombre nuevo, vida nueva  que el director Garry Marshall (Mujer bonita / Pretty woman, 1990, Un equipo muy especial / A league of their own, 1992, Jamás besada / Never been kissed, 1999) aceitó con singular empeño. En la misma, una rica soberbia e insoportable (una Goldie muy inspirada) maltrataba a borde de su yate a un carpintero contratado (un Kurt Russell de lo más oportuno). Ella terminaba por tener un accidente, caía al agua, se despertaba con amnesia y él aprovechaba y se vengaba de los maltratos recibidos convenciéndola de que era su esposa y de que pertenecía a la clase trabajadora.


En 2018, la comedia reaparece, pero ahora como vehículo de lucimiento de un actor, el mexicano Eugenio Derbez. Los roles, claro, se han invertido. Él es el millonario insoportable y maltratador y ella, la siempre simpática Anna Faris, ya no es carpintera sino una empleada de una empresa de limpieza que está en el yate para sacarle la mugre a una alfombra. Lo del accidente y posterior amnesia se mantienen, aunque, obviamente, será ella la que lo hará pasar por su marido proletario.


Derbez es un comediante hábil y muy histriónico y tiene lo que se necesita para sostener un protagónico y llenarlo de matices. Faris no es tan competente como su compañero, pero suple con encanto lo que le falta en hacer más variado su juego de comedia.


El director Rob Greenberg sabe que la comedia necesita de secundarios tan atractivos y coloridos como los protagonistas, e incluso más si la ocasión lo amerita. Y en un elenco de simpáticos, sobresale el talento de tres mujeres. Una irreconocible Swoosie Kurtz (puede que la cirugía estética le haya desdibujado el rostro que le conocimos, pero el talento lo conserva incólume) es una madre de Faris que no será postergada por nada. Mariana Treviño (la Cecilia Rosado de la última temporada conocida de Narcos: Mexico y la Jenny Quetzal de la flojita segunda temporada de La casa de las flores es la hermana música del tarambana millonario. Mientras que la magnífica Cecilia Suárez, que gracias a su Paulina de la Mora para La casa de las flores alcanzó una proyección mundial es la otra hermana, ambiciosa y decidida a todo. Ah, está también una desaprovechada Eva Langoria, que esta vez no suma por el lado de la actriz, pero que multiplica por su incandescente belleza.


Es una remake más decente que inspirada, pero en tiempos en que la buena comedia no abunda se deja ver con agrado. ¿Qué más se puede pedir en un encierro por virus? 


Ah, Overboard / ¡Hombre al agua! puede verse en Netflix. 

Hasta mañana
Gustavo Monteros

domingo, 15 de marzo de 2020

Día 1 - Cities of Last Things


Los perros me sacan de la cama con el clamor habitual que no puede ser desatendido. No me puedo quejar, no es tan temprano, y debo agradecerles la paciencia. Primero le toca a ella, a Bruna, porque es joven y llena de vida como todo lo joven. Perrito es un anciano y no tiene la sabiduría, aunque sí la resignación de los viejos. Le toca, claro, el segundo turno.


La ciudad duerme, no la urge levantarse. Supongo que está cansada por el demorado anuncio de la suspensión de clases en todos los niveles. Entre los docentes fue un tema de álgida preocupación desde el viernes temprano en que, por el bendito coronavirus, muchas actividades se suspendían, menos las clases. El resto del viernes lo ocupamos en el duelo, en masticar la injusticia de la medida.


El sábado a la mañana pasamos lista a las razones que se nos ocurrieron para contrarrestar lo decidido. La tarde fue un hervidero de guasaps, posteos en facebook e instagram, mensajes de telegram y tuits. Las bases estaban tan cabreras que los gremialistas se sacudieron la modorra con la que habían acatado el mandato de no suspender y comenzaron a oír los argumentos de los docentes ofuscados. Los ministros habían esgrimido la sensata comanda de la escuela como bastión de contención, que era aconsejable ante la emergencia que los chicos estuvieran en las escuelas y no en “la calle o en shopping” (mis alumnos pertenecen a la primera categoría, los de escuela privada cara caen en la segunda opción), que si no iban estarían en contacto con abuelos o sea con gente en alto riesgo. Ante la inevitable pregunta, una médica, sentada entre los ministros dijo la verdad, los chicos no sufren el virus con la virulencia con que lo sufren los muy mayores, pero que lo transmiten, lo transmiten.


No diré que lo que el oficialismo postulaba no fuera atendible, pero no entendía la insistencia de no suspender todos los niveles, como si nuestros lugares de trabajo fueran de perfección sueca.


A los padres siempre les urge secarse de encima los más chicos, circunstancia que les permite algunas horas de libertad para trabajar u ocuparse de sus vidas. Los oficialismos nunca olvidan que deben ser demagógicos con esos padres en particular. Los que están en el último ciclo de la primaria y los de la secundaria preocupan menos a los padres, porque son menos demandantes y más independientes. No impiden trabajar y se los puede tomar como cómplices para poder continuar con la vida al margen de la paternidad.


O sea, en mi modesta opinión, debieron garantizarse las clases en el preescolar y en los primeros ciclos de primaria y analizar cómo se trabajaría con el resto. Mi sugerencia para la secundaria y el terciario era que fuéramos algunos grupos unos días, otros los restantes, no todos juntos a la vez. Por la sencilla razón de que las escuelas, públicas y privadas, trabajando al tope son la más perfecta garantía de la propagación de cualquier virus: están casi siempre sucias, las aulas están hacinadas (algunas privadas incluso más que las públicas) y la ventilación en la mayoría es mala, y en otras, inexistente. 


Además los escolares y docentes colapsan el sistema de transporte en las horas de entrada y de salida. Hay un montón de barrios sin escuelas, lo que obliga a la migración escolar a los barrios en los que sí las hay, o con cupo suficiente para recibir los alumnos propios y los ajenos. 


Conocedores del problema, los ministros no tardaron en asegurar que contaríamos con todos los elementos de limpieza y que se evitarían los viajes de micros llenos. Todo muy lindo, pensamos los que vamos de escuela a escuela, pero la lavandina no te soluciona la sobrepoblación por aula y la ausencia de ventilación. Además, la restricción en los micros, si se lograra, duraría un par de días, al tercero volveríamos a lo acostumbrado, porque algunos hábitos resisten hasta el virus más letal.


Pero la demagogia no tiene límite y en vez de limitarse solo a los más chicos, se incluyó en la no suspensión de clases a todos los niveles. Los terciarios y universitarios fueron los primeros en abarcar el problema y tomar cartas en el asunto: no darían ni una sola clase hasta que no se garantizaran las condiciones indispensables para manejarse en una emergencia. Sabedores que se tardaría unos cuántos siglos, comenzaron a plantearse clases o programas virtuales.


Los docentes de los demás niveles, primero, y los padres, después, comenzaron a razonar, bueno, más a condicionar pensamientos al miedo que otra cosa, como sea, a comprender que quizá el remedio fuera peor que la enfermedad, como quien dice. Si se suspende toda actividad multitudinaria, menos las clases, no cabe la posibilidad de que las clases ¿sean el caballo de Troya? Y así, propagaran el virus, que ¿la anulación de todas las otras actividades evitarían?


A la nochecita la desesperación del docentaje llegó a su clímax, se pedía abiertamente la suspensión de las clases. Un gremio menor lo tomó como bandera. Gremios mayores conjugaron de apuro proclamas, reclamos y rectificaciones. En el medio, giró una resolución falsa que daba licencia a embarazadas, inmunodepresivos, diabéticos, asmáticos, cardíacos y viejos de más de 65, entre otros grupos de riesgo.


Sobre las diez, un portal de noticias muy derechoso y poco serio aseguró que hoy domingo se anunciaría el levantamiento de las clases. Los principales medios comerciales, que habían militado en días anteriores con fervor infatigable la suspensión de actividades sociales, artísticas y deportivas, repicaron la noticia, y nos fuimos a dormir tranquilos con la seguridad de que el buen tino se impondría y las clases se suspenderían. De ahí que durmiéramos hasta tarde. La preocupación cansa y el miedo ni te digo.


Son las 10 y media de la mañana de este domingo 15 de marzo de 2020, y el anuncio no solo no se produjo sino que encima se dice que está sujeto a reuniones y evaluaciones de urgencia. Sea pato o gallareta, la vigilia (no me gusta la palabra “cuarentena” porque no es exacta) al menos en la sensación de la mayoría, se inicia.


¿Por qué hablo de estas cosas en un blog de cine? Porque me propongo, mientras dure la contingencia, sugerir una película por día para paliar el hastío que, de antemano, da la idea del encierro obligatorio. (Lo anterior fue necesario para circunscribir la iniciativa).


Hoy propongo una coproducción taiwanesa-chino-franco-estadounidense (como se ve, tan cosmopolita como el virus que nos acecha) y de título de lo más elocuente para la hora: Cities of Last Things (2019) del director malayo Wi Ding Ho.


La historia se estructura en tres momentos claves de la vida de un hombre violento. El primer momento se desarrolla en un futuro cercano, el segundo correspondería a nuestro presente y el último a un pasado conocido, al menos por los que no nos cocemos en el primer hervor.


Como toda película que parte de una premisa que define pero que también limita, uno se pregunta ¿me interesará lo segundo tanto como lo primero y querré llegar al tercero? Al menos para mí, la respuesta fue un rotundo ¡sí!


Cities of Last Things es una aventura que recompensa haber optado por ella. Intriga, atrapa, emociona y se queda en nuestra cabeza para que rumiemos, si hay en nuestra vida, experiencias así de determinantes. No es poco para iniciar una obligada prisión domiciliaria.


Hasta mañana

Gustavo Monteros






jueves, 7 de noviembre de 2019

Las reglas no aplican



Uno de los cambios que trajeron en nuestra forma de mirar películas, primero los videocassettes, después los DVDs, los BluRays, las bajadas y el streaming, es que podemos verlas en capítulos.


Antes en el cine y en la tele no quedaba más que verlas de un tirón.


Se fortalecieron así hábitos y manías de algunos espectadores.


En lo que a mí respecta, soy muy quisquilloso con los directores, les doy 45 minutos para “engancharme”, si no lo logran en ese tiempo, doy por concluido el intento. Con los actores (solo con los que considero mis “favoritos”, claro) soy más paciente.


Los directores, incluso los del cine industrial siempre tienen (acotado en algunos casos, es verdad) un margen de maniobra, pueden optar en seguir este o aquel proyecto. Los de cine de autor, por otra parte, se suponen que solo hacen lo que les interesa o les excita su morbo creativo.


Los actores, no siempre tienen tantas posibilidades de opción. Como bien dijo Paul Newman: “Cuando se siente que se ha descansado mucho y las cuentas comienzan a pesar, es hora de elegir un proyecto, si se tiene suerte, sale una película decente o buena, pero no siempre se tiene suerte…”


A lo que voy es que soy fiel sin claudicaciones a mis actores “favoritos”, los veré en no importa el bodrio en el que se hayan visto obligados a participar, ya sea porque eligieron mal o porque no les quedó otra.


Si el bodrio de tan mayúsculo bordea lo insoportable, lo de ver un film en capítulos viene de lo más bien.


Sin duda le debemos esto de la militancia de verlos en lo que sea a Robert De Niro, el hombre a veces (con más frecuencia de la que quisiéramos) acepta participar en cada cosa, que ni les cuento, bah, no hay necesidad, ustedes las han visto.


Otro que acepta lo que sea es Bruce Willis, tiene como una devoción con un director, un tal Brian A. Miller, que debe ser un gran compañero de juergas o tener una conversación apasionante, porque Bruce le protagoniza tremendos bodrios sin inmutarse.


A veces a las actrices parece que el apego a algunos agentes las lleva por el mal camino. Sandra Bullock tiene más de un par de bodrios impresentables, por suerte, se reivindica con facilidad.


Jennifer Anniston tiene una suerte superlativa, ha encabezado más bodrios que cualquier otra persona, muchos en cadena, sin redención total o parcial, que habrían acabado con la carrera de gente incluso mejor plantada en el mundo del espectáculo.


En los viejos tiempos de ir al cine, en los programas dobles o continuados de hasta tres películas, uno veía sin chistar, por ejemplo, como Goldie Hawn se topaba en Italia con Giancarlo Giannini para un Viaggio con Anita (Mario Monicelli, 1979). Ese mismo año, sin ir más lejos, otra reina de la botería de aquellos entonces, Monica Vitti se juntaba con el bueno de Keith Carradine y perpetraban bajo dirección de Michael Ritchie: An almost perfect affair/Un lío casi perfecto (lo de casi perfecto se volvía irónico porque era un auténtico bodrio inmaculado). Y también nos la aguantábamos de un tirón.


Hoy tal hazaña con ¿Y dónde están los Morgan? (Did you hear about the Morgans?, Marc Lawrence, 2009), con el siempre estupendo de Hugh Grant y la siempre divina de Sarah Jessica Parker, pinta imposible si no es en capítulos. Grant tiene suerte y le aparecen buenas historias, a la pobre Sarah Jessica, no. La suerte, pobre chica, no le sonríe.


Otra actriz, en empate con De Niro, por la prepotencia numérica en bodrios, es la híper magnífica de Diane Keaton. La señora acepta encima unos melodramas indigestos en los que terminan por matarla con enfermedades terminales, (estimados guionistas, alguna vez, mátenla de un ataque cardíaco para variar).


Todo esto sirve como una buena introducción a Rules don’t apply (Warren Beatty, 2016) estrenada en cine con el buen título de La excepción a la regla y exhibida ahora en Netflix con el literal de Las reglas no aplican.


Si me hubiera apegado a mi regla de pocas pulgas, al director Beatty, le habría bajado el pulgar mucho antes de llegar a los 45 minutos de paciencia estipulada. Pero como en el elenco figuraba una de mis “favoritas” imprescindibles, la genial Annette Benning (esposa en la vida real de don Warren), la vi hasta el final. En capítulos, claro.


La trama se centra a principio de los años cincuenta en la pelea que tiene Howard Hughes con la TWA, el problema es que Hughes pasa por un período maníaco en que no quiere mostrarse ante casi nadie, y se maneja por teléfono o intercomunicadores, lo que es inadmisible para los ejecutivos que quieren negociar cara a cara y que como no pueden, buscan declararlo insano, algo para lo que Hughes ofrece muchos argumentos. Mientras tanto mantiene un harén de bellezas jóvenes, provenientes de todo el país, con la esperanza de convertirlas en estrellas, eso sí, no solo las hace esperar sino que también las forma en canto, baile y actuación. Para controlarlas cuenta con una tropa de choferes que las llevan de la casa a las clases y viceversa. Los choferes tienen prohibido relacionarse sentimental o sexualmente con las aspirantes. Conoceremos este lado de la historia a través de una de ellas, Marla Mabrey (Lily Collins) virgen, religiosa, y con inquietudes y su chofer, Frank Forbes (Alden Ehrenreich) un muchacho con buenas ideas para progresar, pero que necesita inversionistas, y que llegará a pertenecer al círculo estrecho de Hughes, pero…


El “misterio” es por qué Hughes (Warren Beatty, of course) se niega a ser visto. La resolución a esta pregunta llegará demasiado tarde, cuando ya no nos interesa en lo más mínimo.


Y ese es el quid de la cuestión, los personajes, sus circunstancias, sus conflictos principales no despiertan empatía alguna…jamás. Entonces solo queda “disfrutar” de lo que hagan los actores.


Para que el tedio no sea absoluto, cuenta con un elenco de notables, a la mencionada Bennig, hay que sumar a Matthew Broderick, Paul Sorvino, Candice Bergen, Martin Sheen, Oliver Platt, Alec Baldwin, Dabney Coleman o Steve Coogan, más cameos de Ed Harris y Amy Madigan (esposos también en la vida real). Alden Ehrenreich, el nuevo Han Solo y el divertidísimo galán con problemas de dicción en Hail, Caesar (¡Salve, César!, Ethan y Joel Coen, 2016) y Lily Collins, la Cenicienta torturada por la bruja de Julia Roberts en Espejito, espejito (Tarsem Singh, 2012) evidencian encanto a granel y se agradece que estén en los protagónicos. Warren Beatty es un zorro viejo y no ha perdido las buenas mañas actorales.


Cuánto más recurro a Netflix es a la hora de ir a dormir. Pero al ver algo que me apasiona y que va a quitarme el sueño, lo alterno con capítulos en los que divido a películas como Rules don’t appy…proyectos fallidos, que por sus actores termino por ver sí o sí.

Gustavo Monteros



jueves, 31 de octubre de 2019

Amor, deseo y tulipanes




El cine industrial contemporáneo ha desarrollado tanto su departamento de mercadeo y se siente tan capaz de vender cualquier cosa que produzca, que ha dejado de lado aspectos inherentes al producto que vende, tal como desarrollar bien una historia.


Me gustan los novelones como al que más. Esas historias como las de Lo que el viento se llevó, tan llenas de incidentes sorprendentes, inesperadas vueltas de tuerca, personajes extraordinarios, historias en las que brotan todo el tiempo peripecias coloridas que hacen que nuestras vidas sean pálidas y aburridas, y que sintamos que como no se parecen en nada a lo que vemos, nos estemos perdiendo la diversión y la aventura. El cine, entre muchas otras cosas, es un sueño colectivo. Tan maravilloso y absurdo como toda fantasía compensatoria o vicaria.


Tulip fever fue primero una novela de Deborah Moggach, que la transformó en guión nada más ni nada menos que con Tom Stoppard, el célebre dramaturgo inglés, autor de Rosencrantz and Guildenstern are dead, entre otras maravillas. El hombre ha firmado guiones notables como el La inglesa romántica (Joseph Losey, 1975), Brazil (Terry Gillian, 1985), La casa Rusia (Fred Schepisi, 1990), Billy Bathgate (Robert Benton, 1991), Vatel (Roland Joffe, 2000), Enigma (Michael Apted, 2001) y Anna Karenina (Joe Wright, 2012) y, claro, ha ganado un Óscar por su guión original de Shakespeare in love (John Madden, 1998). O sea que en los papeles, Tulip fever viene de lauros y oropeles.


El problema es la dirección y la elección de algunos actores. De movida para que una historia nos atrape, debemos interesarnos por los personajes.  Aquí la cosa transcurre en la Ámsterdam del siglo XVII en plena burbuja económica, no inmobiliaria, sino del ¡tulipán!, bueno, cosas más raras han sucedido, como votar ¡La revolución de la alegría! Y al igual que en el ejemplo citado de Lo que el viento se llevó, hay dos protagonistas femeninas. Sophia (Alicia Vikander) y su triángulo de esposo, Cornelius (Christoph Waltz) y amante, Jan (Dane DeHaan) por un lado, y su mucama, María (Holliday Grainger) y su amante pescador, Willem (el bueno de Jack O’Connell) por el otro. Las historias habrán de mezclarse y habrá intrigas amorosas, enredos de vodevil y especulaciones financieras. Otros tantos personajes serán interpretados por talentos tales como los de Judi Dench (que poco y nada tiene para hacer), Tom Hollander (que se divierte un poquito con su médico chanta), y Matthew Morrison, Douglas Hodge, Kevin McKidd y Zach Galifianakis, que se ponen los pelucones de época y pasan a cobrar el cheque.


El director Justin Chadwick nunca logra interesarnos en nada de lo que sucede, pese a la profusión de vueltas de argumento, y Alicia Vikander no es la elección más empática para crear suspenso por lo que le suceda a su personaje. La chica tiene su talento, pero necesita ayuda, no es de las que entra en escena y nos enciende la simpatía por lo que le pase. Hollyday Grainger es fotogénica y bella hasta el suspiro y se merece un protagónico más lucido o un director más lúcido. Y Jack O’Connell al que la directora Angelina Jolie llevó a los primeros planos con su insoslayable Unbroken / Inquebrantable (2014) justifica que la monja de Judi Dench le tenga simpatía, aunque deba ponerlo donde el viento no le traiga su olor, o que Grainger quiera meterle mano aunque huela a mares podridos y haya que frotarlo con albahaca antes.


Tulip fever, rebautizada para la ocasión como Amor, deseo y tulipanes, puede verse en Netflix. Una película mala que sin embargo no aburre por la cantidad de cosas que pasan en el argumento.


Gustavo Monteros

jueves, 24 de octubre de 2019

La lavandería


La lavandería de Steven Soderbergh es un panfleto, una pieza de barricada, y por lo tanto, de pretensiones didácticas. Es una farsa cinematográfica de fuerte impronta teatral. Al verla los nombres de Bertold Brecht, George Bernard Shaw y Darío Fo se nos vienen a la cabeza. De Brecht toma las pequeñas historias para ilustrar su discurso, de Shaw la sorpresa ilógica de que son los perpetradores de la estafa, Jurgen Mossack y Ramón Fonseca (Gary Oldman y Antonio Banderas, respectivamente) los que tienen la voz cantante y de Fo, el humor salvaje, desprolijo casi.


Pero arranquemos por el principio que no todo el mundo tiene la obligación de saber de qué va esta lavandería. En este filme Soderbergh pretenda abarcar causa y efectos que desató el escándalo de los Panamá Papers.


Varias historias se enlazan alrededor de la que tiene a Meryl Streep de protagonista como un ama de casa que a raíz de un accidente comienza a desenrollar un ovillo que termina en Panamá.


Aparte de los tres actores ya mencionados, habrá apariciones de notables como Sharon Stone (curvilínea como siempre), David Schwimmer, Robert Patrick, Will Forte y Chris Parnell (como dos turistas de tristes destinos), Matthias Schoenaerts (que despierta el dragón de Oriente), Jeffrey Wright (como un hombre de firma fácil y familias múltiples) y la sorpresa de un personaje que parece una caracterización de Patti LuPone, pero no lo es.


En un momento de la trama, el personaje de Meryl y otra víctima del accidente intentan explicarle a una periodista frívola y tarambana en qué consiste la estafa de las offshores, sin lograrlo. La película intenta hacer lo mismo, y en el fondo tampoco lo logra. De todos modos, el final de meridiana pedagogía, subraya la consecuencia bíblica del capitalismo o sea el triunfo de la codicia. De la desesperanza dan ganas de agarrar del cogote al rico más cercano.


La lavandería puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros

jueves, 17 de octubre de 2019

Fractured - Fractura


Hay una variable del policial que bien puede resumirse así: Alguien desaparece y quienes pueden atestiguar los momentos antes de la desaparición se hacen bien los boludos.


Hay un viejo film de Hitchcock que inaugura esta tendencia, aunque no fue la primera película que vi sobre el tema.



No, la primera que vi, allá en mi lejana infancia, fue So long at the fair (Anthony Darnborough y Terence Fisher, 1950) rebautizada por estos pagos como Extraño suceso con Jean Simmons y Dirk Bogarde, sobre un par de hermanos que van a la famosa Feria de París en la que se inauguró la Torre Eiffel. Los dos se instalaban en un hotelito muy elegante. Se iban a dormir y a la mañana siguiente el hermano y, lo que es más curioso, la habitación donde se había instalado ya no estaban. Y los empleados de hotel porfiaban que había llegado sola.


 La segunda que recuerdo la vi por tele. La clásica Bunny Lake ha desaparecido (Bunny Lale is missing, Otto Preminger, 1965) con Laurence Olivier, Carol Lynley, Keir Dullea, Anna Massey y Noël Coward, entre otros notables. Una madre, recién instalada en Londres, iba a buscar a su hijo a la salida de la escuela. Pero el chico no estaba por ningún lado y en la escuela insistían que no había inscripto alumno con tal nombre y menos con las características físicas descritas por la madre.



La tercera fue una remake de la de Hitchcock que mencionaba: La dama desaparece (Anthony Page, 1979) con Elliott Gould, Cybill Sheperd y Angela Lansbury. Y en un ciclo de cine de trasnoche, vi por fin The Lady Vanishes (Alfred Hitchcock, 1938) con Margaret Lockwood, Michael Redgrave y May Whitty, sobre la señora que parece haberse evaporado de su camarote en un tren que recorre Europa.



Ahora la variable está en una película recién estrenada en Netflix, Fractured (Fractura, Brad Anderson, 2019). El desavenido matrimonio de Ray (el bueno de Sam Worthington, más atribulado que nunca) y Joanne (Lily Rabe (tan luminosa como siempre) más su hijita Peri (Lucy Capri) terminan en un hospital (que parece no dar abasto) por culpa de una fractura en el brazo, sufrida por la nena en un accidente en un parador de la ruta, al que recalaron camino a casa después de pasar Acción de Gracias con los padres de  Joanne. Peri y Joanne son llevadas a que le hagan un estudio a la nena, Ray debe esperar abajo frente a Recepción. Se duerme y cuando despierta, los del hospital aseguran que entró solo.



El director Brad Anderson (El maquinista, 2004, Transiberiano, 2008, 911, llamada mortal / The call, 2013, Eliza Graves / El manicomio de Eliza, 2014, Beirut, 2018, también para Netflix con Jon Hamm y la divina de Rosamund Pike) cumple con los requisitos del género y siembra dudas por todos lados. El problema es que a la hora de la resolución toooodas las sospechas se cumplen, es como si el guionista Alan B. McElroy no se hubiera decido por una o en su afán por ser el más vivo de la clase se las hubiera permitido a todas. Como sea, el trámite de verla entretiene, los actores son empáticos y la dirección es briosa.


Fractured, como se dijo, está disponible en Netflix

Gustavo Monteros



jueves, 10 de octubre de 2019

London has fallen - Londres bajo fuego




A veces me gusta investigar qué tan malo es lo malo. London has fallen / Londres bajo fuego (Babak Najafi, 2016) película intermedia de la franquicia sobre el guardaespaldas Mike Banning (Gerald Butler) (antes viene Olympus has fallen / Ataque a la Casa Blanca (Antonio Fuqua, 2013) y hace poco se estrenó Angel has fallen / Presidente bajo fuego (Ric Roman Waugh, 2019)) ha recibido críticas que van de lo horrible a lo espantoso.


Como generalmente pasa cuando uno se prepara para ver algo que sabemos de antemano que es malo, por un mecanismo de contrariar lo que se dice o hemos leído…no nos resulta taaan malo.


Londres bajo fuego es de esas pochocleras en las que la psicología de los personajes, la lógica dramática, la progresión de la historia o el sentido común más elemental importan poco o  nada. Este tipo de película se rige por la instrumentación de secuenciar cada cuatro minutos una escena de violencia de algún tipo, explosiones, tiroteos, cuchilladas, patadas, peleas de puños o algún tipo de persecución, a pie, en moto, en auto, en bote o en avión. Y la efectividad se mide en si el interés se conserva hasta el final, algo que no siempre pasa ante la acumulación de efectos similares.


Aquí la excusa es el entierro de un primer ministro inglés que ha muerto de repente. Presidentes de las principales potencias se unirán en Londres a ofrecerle los respetos finales. El problema es que terminan siendo víctimas de un vengativo vendedor de armas, convenientemente islamista, que ha perdido a toda su familia en un ataque dirigido en su contra.


Ya de movida, como espectadores estamos en problemas porque no hay aquí bueno contra malo sino malo contra malo. Porque si el supuesto malo vende armas, el presidente yanqui, Benjamin Asher (Aaron Eckhart), también.


Los terroristas no se andan con remilgos y vuelan a casi toda la comitiva presidencial mundial, lo que más que conmoción emocional desata un anarquista placer culposo: ma’ sí, que los vuelen a todos. Pero como entendemos de qué va la franquicia, sabemos que no matarán al presidente yanqui (el ya mencionado bueno de Eckhart en su versión más WASP posible) o que lo harán al final de la película, solo nos resta esperar a que los tiros y las patadas nos espanten el aburrimiento.


En lo personal lo lograron hasta que llegan los 20 minutos finales, en los que estaba a punto de caerme dormido, a pesar del potente ruido de la banca sonora. Ojo, mi aguante no es el promedio, tanta bala sin suspenso suele aburrirme rápido. Y no es que sea un quisquilloso solo educado con cine de autor. Me gusta el cine industrial como el que más, pero me engancha que haya un mínimo de planteo dramático. Aquí la sorpresa pasa por saber quién es el traidor que está vendido a los terroristas, pero después del tiroteo 2.387.947 la identidad me interesaba menos que la vida privada de las hormigas venusinas.


En resumen, para un domingo a la tarde de lluvia, mucha lluvia.

Londres bajo fuego puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros


jueves, 3 de octubre de 2019

In the shadow of the moon u Ocultos por la luna



A veces Netflix vende tan mal sus productos que uno se pregunta si alguien vio lo que están promocionando. Si se lee: “Un detective de Filadelfia se desmorona lentamente por su eterna obsesión con una misteriosa asesina en serie que comete crímenes indescriptibles”, es factible que se imagine que se trata de una película en la línea de Los siete pecados capitales, El silencio de los inocentes o Zodíaco. Y el resultado es algo más relacionado a 12 monos o Asesinos del futuro. Porque si bien en un principio hay una sospechosa de asesinatos en serie, la trama viene más para el lado de los saltos temporales y esas sorpresas.


In the shadow of the moon u Ocultos por la luna (según el título elegido para estas latitudes) de Jim Mickle es una típica muestra de cine clase B para matiné de acción y suspenso. El Cine B  como identidad ya no existe y menos las matinés, pero la referencia todavía alcanza a evocar una realidad que la nostalgia anhela.


Es de esas películas que uno valora cuando no tiene ganas de complicarse la vida, cuando se quiere ver una película que se ve sola, o sea que se sigue con apenas una parte de lo que ponemos en uso para ver una película. Si se la ve en modo “normal”, se la ve venir a una legua de distancia, se le adivinan las vueltas de tuerca y la actuación de Michael C. Hall parece más de madera que de costumbre, aunque sin importar cómo se la vea, las persecuciones están logradas y hay hallazgos en la dirección de arte.


La protagoniza Boyd Holbrook que pasara a la fama con las dos primeras temporadas de Narcos. El hombre tiene pasta de protagonista así que se carga el film al hombro y lo defiende con fervor y sudor de camiseta, lo que siempre se agradece. Como los productores creen que los looks del galán pueden ser un atractivo a no desdeñar, y como el director no se toma tan en serio el paso del tiempo, Boyd Holbrook envejece como Nacha Guevara, o sea el tiempo pasa y él sigue igual de reconocible como cuando era joven.



En resumen, In the shadow of the moon u Ocultos por la luna es ideal para fin de semana de lluvia cuando se extraña los Sábados de Súper Acción o alguna antigualla del estilo.


La produjo Netflix para su plataforma. No suma mucho, pero tampoco resta.

Gustavo Monteros