jueves, 29 de agosto de 2019

Zona blanca

Zona blanca es una serie franco-belga creada por Mathieu Missoffe que combina al menos tres géneros (el noir, el western y el fantástico) y logra salirse con la suya sin pagar condena por el delito.



El título (en inglés se cuenta por el color contrario: Black spot) refiere a que en el pueblo con bosque (o más bien bosque que quiere sacarse de encima al pueblo) donde transcurre la acción, los artefactos modernos que requieren de satélite (teléfonos, televisores, computadoras, etc.) andan cuando quieren, o sea casi nunca, y menos cuando se los necesita.



El pueblito, como todo pueblo de policiales, condensa una alta tasa de asesinatos. Aquí es tan decididamente alta que envían a un fiscal,  Franck Siriani(Laurent Capelluto) a averiguar por qué. Le responderá (o más bien, no) la fuerza policial local integrada por la comisario Laurène Weiss (Suliane Brahim), dos sargentos, Martial Ferrandis (Hubert Delattre) apodado Osito (Nounours), y Louis Hermann (Renaud Rutten), un veterano viudo que no se saca el chaleco de pescador ni para bañarse. Y una aspirante a policía, Camille Laugier (Tiphaine Daviot), siempre azorada y eternamente repasando las preguntas que debe responder para poder acceder a la fuerza. (El motivo para el azoramiento se develará en una inesperada vuelta de tuerca) Y aunque técnicamente no pertenece a la fuerza, como debe haber un forense, la doctora del lugar, Leila Barami (Naidra Ayadi).



Uno de los secretos a voces de un buen policial son los personajes. Aquí todos tienen matices como para avergonzar a un cuadro de Turner. La comisaria parece enjuta, esmirriada, frágil, pero es más dura que piedra de meteorito. Hermann se define más por lo que ha perdido, que por lo que le queda. Es un conmovedor vacío caminando. La doctora no solo quiere tangos como la de del cine argentino, sino que disfruta del sexo como otros del chocolate. Pero mi favorito es Osito, un hombrote, tierno y romántico, que acaricia siempre un conejito de indias y que arrastra su sexualidad como una maldición, al grandote le gustan los hombres, pero ya no tanto solo por el sexo, ahora quiere enamorarse.



Como en la vieja y querida El fugitivo, cada episodio trata un caso que se resuelve, pero hay una macroestructura que sigue de capítulo en capítulo, el misterio de lo que le pasó a Laurène en su adolescencia en un ritual de iniciación en el bosque. La presencia ominosa que apenas se percibe ¿es un hombre o una figura sobrenatural?



Con lo que acabamos de mencionar se cubre lo de lo policial y lo fantástico, queda lo del western que es tanto temático como referencial. Respecto de lo último tenemos una banda sonora que coquetea aquí y allá con el country, el bar en un extremo del pueblo, al que todos acuden con religiosidad alcohólica es un saloon, hecho y derecho, comandado por una rubia veterana, Sabine Hennequin (Brigitte Sy) con más autoridad ética que una comisión médica para tal fin. Si bien hay un poblado con calle principal y vecindario, los que nos importan viven separados unos de otros por leguas de distancia, como en el western en el que el “vecino” vive prácticamente en otro pueblo. Y respecto de lo temático, el western se enseñorea en que la ley depende más del sentido moral de los policías que de su cumplimiento a pie juntillas. No es que hagan justicia por mano propia, pero hay una zona gris de “mejor lavamos la ropa sucia dentro de casa en vez de ventilarla en reportes y juzgados”. Y si bien la presencia de la figura con cuernos (¿un druida mítico?) se cierne ominosa sobre el misterio definitivo del pueblo, en el plano terrenal hay un villano de western, el dueño de la cantera y de medio pueblo  si nos descuidamos Gerald Steiner (Olivier Bonjour), padre del alcalde Bertrand Steiner (Samuel Jouy) que supo ser interés romántico de Laurène.



El cine y sus aledaños, la narración audiovisual en su conjunto, bah, es de todo menos inocente. Ya está todo hecho y cualquier cosa que hagamos llevará una cita, un rastro de cosas realizadas anteriormente. Lo queramos o no, seamos conscientes o no, siempre estamos citando rasgos o sombras de obras anteriores. A lo que voy es que ¿esto de mezclar noir y western no tiene algo de los Coen, en especial, los de Simplemente sangre? Y esto de un pueblo con peculiaridades ¿no es un poco Twin Peaks? Y sí… Y así podemos jugar con enfrentar espejos hasta armar un laberinto. ¿Para qué? Bástenos decir que las citas no casuales no son gratuitas y emanan del argumento.



En resumen, una serie que se perfila excelente y que le pide a las maestras del grupo, como The wire, Los Soprano, Breaking bad, Six feet under y demás, córranse, hagan lugar que aquí vengo yo. Sí, así de lograda es.


Las dos temporadas de Zona blanca pueden verse en Netflix


Gustavo Monteros

jueves, 22 de agosto de 2019

Mindhunter



Mindhunter es una serie que indaga lo que hay detrás de una de las ficciones más populares del planeta, o sea, El silencio de los inocentes, esto de que una agente del FBI, la célebre Clarice (la divina de Jodie Foster) vaya a ver un asesino serial, nada menos que Hannibal Lecter (Anthony Hopkins encumbrándose entre los grandes para siempre) para que la ayude a pescar a otro.


Mindhunter se basa en el libro Mind Hunter, Inside FBI’s Elite Serial Crime Unit de Mark Olshaker y John E. Douglas. Tiene como desarrollador y director principal a David Fincher (Alien 3, 1992, Seven, Pecados capitales, 1995, The game / Al filo de la muerte, 1997, El club de la pelea, 1999, La habitación del pánico, 2002, Zodíaco, 2007, El curioso caso de Benjamín Button, 2008, Red social, 2010, La chica del dragón tatuado, 2011, y la híper fabulosa Perdida, 2014). Se entronca, claro, con su Zodíaco, que contaba la caza del asesino serial con el mismo nombre que la película.


Mindhunter orbita sobre tres personajes: Holden Ford (Jonathan Groff), agente especial de la Unidad de Análisis de Conducta, basado en John E. Douglas; Bill Tench (Holt McCallany) compañero de la misma unidad, basado en Robert K. Ressler y Wendy Carr (Anna Torv) basada en la doctora Ann Wolbert Burgess. Y en la segunda temporada adquirirá especial relevancia el personaje de la esposa de Bill, Nancy Tech (Stacey Roca).


Esta serie que pisa la excelencia todo el tiempo tiene tres ejes narrativos, el retrato de los agentes y sus circunstancias, las entrevistas con los asesinos, y las intrigas palaciegas dentro del FBI. Más la injerencia de lo que van aprendiendo sobre un caso en particular, en la segunda temporada, por ejemplo, se concentra sobre los asesinatos de Atlanta durante los años setenta.


Además de Fincher, en la temporada uno, dirigen los distintos episodios:  Asif Kapadia, Tobias Lindholm y Andrew Douglas. En la temporada dos, solo dirigen David Fincher y Carl Franklin (Un paso en falso / One false movement, 1992, El demonio vestido de azul, 1995, Tiempo límite / Out of time, 2003)


Mindhunter puede verse en Netflix y los que deseen pueden también en la misma plataforma repasar algunos de los títulos de David Fincher. Hoy por hoy pueden verse La chica del dragón tatuado, Se7ven Pecados capitales, Red social, Zodíaco y la ineludible Perdida / Gone girl.

Gustavo Monteros



jueves, 15 de agosto de 2019

The meddler


Susan Sarandon es un peligro. Como Robert DeNiro o Diane Keaton hacen lo primero que les ponen en frente, como si sus agentes tuvieran como consigna aceptar lo que les suscriban sin siquiera leerlo.


Es domingo de elecciones y tengo que atemperar el suspenso, como dudo de hallar excelsitudes que me abstraigan, opto por una doble función de “Cuán malo es lo malo” y arranco con Monster in law (Una suegra de cuidado, Robert Luketic, 2005) con Jennifer López y Jane Fonda. Mala a secas, irredimible, sin ninguna súbita característica que la rescate de la medianía.


Sigo con The meddler (Una madre imperfecta, Lorene Scafaria, 2015) con Susan Sarandon y Rose Byrne. Y, oh sorpresa, no es tan mala como parecía. Bah, no es mala, en realidad.


Por el rango etario de su protagonista, es una comedia geriátrica, género que progresa por la abundancia de actores en la tercera edad, a Dios gracias, tan activos y creativos como en sus días más jóvenes. Susan, como el título en inglés lo indica, es una madre entrometida que se acaba de mudar a Los Ángeles para estar cerca (encima y alrededor) de su única hija, Rose Byrne, una promisoria guionista.


El personaje de Susan comparte un detalle presente en casi todas las comedias geriátricas, tiene un buen pasar. En este caso, tan pero tan bueno, que no sabe qué hacer con el dinero. (En este incipiente género ser pobre está proscrito.) Y así se pone a hacer buenas acciones con una conocida de su hija y con el vendedor de tecnologías varias, ya que su hija le limita el acceso a sus conflictos.


Y cuando uno cree que el film girará en los esfuerzos de la hija por liberarse de su madre metiche, no, el personaje de Rose Byrne se va a Nueva York a rodar un piloto de una nueva serie y mamá Sarandon queda sola.


La casualidad hace que conozca a un policía retirado, J.K. Simmons, y todos suponemos, con amplias posibilidades de acertar, que Susan dejará atrás finalmente el dolor y el vacío que le ha dejado la muerte de su querido esposo.


Como puede verse, no es la originalidad precisamente lo que distingue a esta comedia que deambula los lugares comunes esperables, sino la humanidad puesta en el trámite. En la mayoría de las vueltas de tuerca del argumento hay verdades, detalles reveladores que elevan el film de la fórmula en la que se apoya.


Todo gracias a una directora/guionista dispuesta a que su historia no quede ahogada en violines y ñoñerías al uso, tal como decretarle a la protagonista una enfermedad terminal que agudice la lección de vida recibida.


Y no menos mérito tiene el trío protagónico, acompañado por un elenco a la altura, que se prodiga gozoso en iluminarnos las conductas de sus personajes.


En definitiva, no es ninguna joya imperdible del séptimo arte, pero entretiene y acerca a sus personajes, lo que a veces no es poco, para nada.


The meddler, rebautizada por Netflix como Una madre indiscreta, puede verse en dicha plataforma al igual que Una suegra de cuidado.

Gustavo Monteros

jueves, 8 de agosto de 2019

Así nos ven



Los yanquis van a la guerra y es la guerra más justa del universo. Después se dan cuenta de que fue una guerra equivocada y se arrepientes de haber sido tan ingenuos. Y te hacen una película sobre haber ido y te hacen otra con las lamentaciones de haber ido. Y el ciclo se repite una y otra vez, y uno se pregunta: ¿los cosos estos no aprenden nunca a preguntarse antes de ir si debieran ir o no? Con los derechos humanos hacen lo mismo. Primero los trasgreden dejando a Torquemada y la Santa Inquisición a la altura de la Madre Teresa y después se desgarran las vestiduras y se flagelan al llanto de ¡cómo pudimos hacer semejante cosa! Cuando ya a esta altura, la cuestión tendría que ser “cómo podemos hacer para asegurarnos de que no se repita”


When they see us o Así nos ven no trata sobre algún atropello de los sesenta, tiempos en que los yanquis comenzaron a ser conscientes de que todos los ciudadanos, o al menos su gran mayoría, incluidos los negros, debían tener más o menos los mismos derechos. No, es bastante cercana en el tiempo, lo que provoca un estremecimiento de horror. Pasa en 1989. Y fue uno de los primeros casos en que se notó, para mal, claro, la influencia del millonario Donald Trump (de ahí también que conspicuos opositores al pelo de zanahoria figuren entre los productores de la miniserie: Oprah Winfrey y  Robert De Niro).


La cosa fue así. En la tarde-noche antes del inicio de las vacaciones escolares de verano de 1989, adolescentes negros se reúnen en el Central Park para festejar. En su mayoría de las clases populares o sea negros e hispano descendientes no tardan en desatar la paranoia de los blancos y anglosajones policías, que eligen manejar el posible desorden de la peor manera. Y ahí comienza el armado de una flagrante injusticia con una funcionaria temible es su odio hacia todo lo que tenga piel en su opinión turbia, una tal Linda Fairstein (Felicity Huffman en un pelucón imposible, otra que el de Barbara Stanwyck para Pacto de sangre, solo la pilosidad abundante nos indica que no es buena persona) y un hecho concomitante, el hallazgo de una mujer blanca joven ferozmente golpeada y violada. Se cae de maduro que se necesita al culpable, o en su lugar a un chivo expiatorio, y por supuesto se lo busca entre los adolescentes que fueron al parque.


El primer episodio de esta miniserie es sin duda el mejor y el más interesante, es el que trata cómo se armó el tsunami que arrasaría con todos los derechos civiles de un grupo de adolescentes, que se ven condenados a atravesar un literal via crucis, que uno no le desearía a su peor enemigo.


Los otros tres episodios se centran en el sufrimiento de cada uno de los cinco “elegidos” para cargar con la culpa del ataque y violación a la pobre mujer, que para colmo nada puede aportar, porque en un trauma profundo, no recuerde nada. Y este recuento de violencias y miserias suena lavado, diluido como si algunas conductas fueran perdonadas antes incluso de haber sido contadas. Es que las familias de los pobres involucrados no siempre tuvieron actitudes y decisiones ejemplares.


Queda también afuera del conflicto central el manejo de la prensa del caso, aparece como en muchas películas solo como el marco referencial. Tendría que tener un peso mayor, quizá no quisieron cargar las tintas sobre Trump que no hace más que tirar nafta a la fogata.


En definitiva, un tema riesgoso tratado con un tacto, que uno intuye cubre de piedad una realidad sencillamente vil, miserable y cruenta como pocas. Algo así como un tratamiento show-biz de un caso que merecía un acercamiento más descarnado. Tanto es así que se acompaña de un “documental” de Oprah Winfrey, lo que lo emparenta más a un lavado de culpas que a una revisión de situaciones que jamás debieron ocurrir.


Fue escrita y dirigida por Ava DuVernay que ya le había dado un tratamiento similar a la peripecia de Selma (2014). Por favor que alguien le haga una retrospectiva de la obra de Costa-Gavras en la que no falte Z (1969), La confesión (1970), Estado de sitio (1972) o al menos la no tan punzante Missing (1982) a ver si se le pega alto. Curiosamente Costa-Gavras se ocupó de la caza de perejiles en Sección especial (1975), película que no vimos en estreno en su momento por razones obvias.


Así nos ven es una producción Netflix y puede verse en dicha plataforma,
Gustavo Monteros

jueves, 1 de agosto de 2019

Sing, ¡ven y canta!



Sing, ¡Ven y canta! es simpatía a más no poder. Su autor director, Garth Jennings y su codirector Christophe Lourdelet recurren a dos tópicos de los más transitados en la historia del musical, el del teatro que debe salvarse y el de los aspirantes a estrellas que necesitan una oportunidad para lucirse. O sea el viejo cuento de los perdedores que deben redimirse, o para ponerlo con otro ejemplo, el del patito feo que debe comprender que es un cisne.


Tópicos de encanto garantizado. Claro, siempre y cuando se cumplan algunos requisitos previos, como que los personajes sean la mar de empáticos y que haya un gag tras otro, o una peripecia dramática de identificación básica. Ambos dos requisitos se cumplen aquí a rajatabla.


Y como de un espectáculo musical se trata, es menester que las canciones y que las interpretaciones sean tan admirables como deliciosas. Algo que también se cumple. Solo queda repantigarse, abrazar algún snack favorito y disfrutar.


Si optan por la versión original se toparán con la voces de Matthew McConaughey (Buster Moon), Reese Witherspoon (Rosita), Seth MacFarlane (Mike) (el gag de su versión de A mi manera es ¡inolvidable!, este sí que es un performer, no larga el micrófono ni aunque le tiren con un misil), Scarlett Johansson (Ash), John C. Reilly (Eddie), Taron Egerton (Johnny), ¡Tori Kelly! (Meena) (por Dios, qué voz tiene esta chica), Jennifer Saunders (Nana) y Jennifer Hudson (Nana de joven y cantando, su versión de Carry that weigh…¡guau!), Garth Jennings (Miss Crawly, una delicia de personaje, no en vano se la reservó el director/guionista), Peter Serafinowicz (Big Daddy, si querés saber a qué nos referimos con voz aterciopelada, aquí tenés un buen ejemplo) y Nick Kroll (Gunter).


Sing, ¡Ven y canta! puede verse en Netflix. Entretenimiento de cabo a rabo (y aquí hay unos cuantos rabos).

Gustavo Monteros

jueves, 25 de julio de 2019

Trapped

Ófærð (Trapped) es una serie islandesa creada por Baltasar Kormákur, actor, productor y director de instalada autoridad en el policial que llegó a filmar incluso en los Estados Unidos (Dos armas letales (2 guns, 2003) con Denzel Washington y Mark Wahlberg).


Trapped exhibe las características que aprendimos a apreciar en los policiales nórdicos: complejidad narrativa, personajes bien perfilados con motivaciones oscuras y profundas, aproximaciones a la tragedia griega y una resolución técnica impecable.


El protagonista es Andri Ólafsson, interpretado por Ólafur Darri Ólafsson, un urso de dos metros de presencia habitual en series yanquis como Quarry, The Missing, Emerald City, Lady Dynamite o True Detective y en películas como La increíble vida de Walter Mitty (Ben Stiller, 2014), El buen amigo gigante (Steven Spielberg, 2016) o  Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald (David Yates, 2018).


Ya hay dos temporadas disponibles de Trapped. Y como suele suceder con algunas series, la segunda temporada es mucho mejor que la primera, más lograda en todos los aspectos. Algo lógico, los personajes ya están corporizados, el arco narrativo es claro, el estilo ya está definido y se conoce hasta donde se puede ir y que no hacer. Y si bien los personajes principales se repiten y las historias se rozan, la segunda temporada puede seguirse perfectamente sin haber visto la primera.


Trapped puede verse en Netflix y es ineludible para los amantes del policial, los que no lo son pueden también disfrutarla mucho.

Gustavo Monteros

jueves, 18 de julio de 2019

It's Bruno! o Los paseos de Bruno


En un principio It’s Bruno! fue un corto que se hizo notar allá por el 2015. Un hombre y su perro, el tal Bruno, iban de camino al supermercado, pero como el vecindario era Brooklyn, el paseo estaba lleno de alternativas.


Su creador, el proteico Solvan Naim (el hombre en cuestión del dúo humano-perro) supuso que había material como para una serie y logró que Netflix se la produjera a costo limitado, algo así como te doy algo de plata, producila y veamos que sale. Y salió una serie de humor que podríamos definir como extravagante, con personajes muy particulares de manías peculiares. Ya se sabe, en el humor el verosímil es muy distinto al del drama, el disparate y el revés de trama está permitido.


Entre los hallazgos que luce, está el de la duración, unos veinte minutos de promedio, es decir, sigue el formato que el dio origen, el de un corto. Y es ideal para cuando se tiene un ratito o se almuerza o se cena. Yo la vi así como acompañamiento o postre de almuerzos y cenas y la disfruté enormemente.


Solvan Naim, conocido también como Solvan “Slick” Naim es un rapero nacido y criado en Nueva York, tiene ancestros argelinos y se ha destacado también como un cortometrajista de comprobado talento. Su obra más premiada es Stanhole (2015) sobre un adolescente neoyorquino que termina de sicario.


Cuando decidí escribir sobre esta serie, se cernía la amenaza de los Emmys cuyos candidatos se conocerían al día siguiente. Con la clarividencia de una miopía atroz que me caracteriza, supuse que no verían ni la hora en tal premiación y me dije que en esta reseña jugaría con “underdog” que como adjetivo puede traducirse como desvalido, desamparado, pobre, sin chances, perdedor. Pero hete aquí que cuando llegan las nominaciones It’ Bruno! tiene la suya en la categoría “Outstanding Short Form Comedy or Drama Series” y me tuve que guardar el juego de palabras en donde ustedes supongan o dispongan.


La temporada uno de It’s Bruno! (o Los paseos de Bruno) puede verse ahora en Netflix, consta de 8 episodios y si ya tenía antes asegurada la temporada dos, con esto del Emmy por ahí hay hasta más,

Gustavo Monteros


jueves, 11 de julio de 2019

Black Earth Rising


El showrunner, guionista y director inglés Hugo Blick parece haber descubierto una vertiente que no va a parar de explotar hasta secarla. La empezó con The honourable woman (2014) y la sigue ahora con Black Earth Rising (2018).


La fórmula consiste en elegir algún conflicto mundial irreconciliable (Israel-Palestina en The honourable woman) (el genocidio tutsi a manos de los hulus en Ruanda en Black Earth Rising), colocar en el centro de la escena a una mujer (Maggie Gyllenhaal en The honourable woman, Michaela Coel en Black Earth Rising) cercarla de secretos que irá develando de a poco y dar sobre el final un giro sorpresivo.


La cosa le salió bien en The honourable woman porque en la trama había negocios turbios que se prestan siempre para alianzas inesperadas y traiciones de último momento, en cambio a Black Earth Rising que transcurre entre abogados de juicios internacionales se le nota mucho los saltos y las trampas del argumento.


Por ejemplo: un personaje muy importante para la historia muere en circunstancias harto sospechosas y nadie se pregunta quién lo mató y por qué, no, siguen con sus vidas como si tal cosa y cerca del final recién saben quién fue el asesino y dicen algo como ¡Ah! Después el famoso secreto central es postergado más por razones de argumento que por lógica de los personajes. Por política deciden guardarlo, pero humanamente no se entiende por qué no se lo contaron a la interesada desde que era chica y evitarle posibles traumas y listo, no, se lo callan para el momento oportuno en que el argumento lo necesite. Si no se lo analiza mucho, no es traído de los pelos, pero exige una gran postergación de nuestra incredulidad.


De todos modos, creo que debe verse, porque los hallazgos ocasionales son brillantes y porque la protagonista. Michaela Coel es de una belleza rara, única, verdaderamente hipnótica. Sus ojos, tan inmensos como sus labios, parangonan una presencia arrolladora también en talento. Esta miniserie de ocho episodios tiene además la virtud de convertir a un veterano y prostático John Goodman en un galán factible.


Black Earth Rising puede verse en Netflix

Gustavo Monteros

jueves, 4 de julio de 2019

El fin del sueño americano





Y a 17 años de una experiencia en el corto, en 2016 Ewan McGregor debutó en el largo. No se la hizo fácil. Eligió una novela de Philip Roth, American Pastoral, que a la complejidad del tema le suma un largo reparto y es de época. Aquí le pusieron un título revelador de la trama: El fin del sueño americano.


El Sueco Levov (Ewan McGregor) y su esposa Dawn (Jennifer Connelly) son la personificación hecha y derecha del famoso Sueño Americano. Él fue una estrella deportiva en la escuela, fue a la guerra y volvió sin un rasguño, llevó el negocio familiar a nuevas cumbres, es un pequeño Rey Midas. Ella fue una reina de la belleza, con su hermosura y la fuerza de su carácter logra torce el brazo de su suegro y ser aceptada en la familia de su novio. Ellos tienen una hija que es un sol, aunque algo le pasa, de niña tiene  un tartamudeo que no se debe a razones fisiológicas y cuando crece y se convierte en Dakota Fanning, es tentada por los grupos más radicalizados de los sesenta.


McGregor más que contar la historia, la ilustra. A su trabajo le falta rugosidad, espesor. Todo se nombra y se ve más que lo que transmite o se vive. Sin embargo, su labor es bella y fluida y obtiene grandes trabajos actorales.


Jennifer Connelly está espléndida y deslumbra con los innumerables matices con los que abunda su caracterización. Los que me conocen más cercanamente saben que Dakota Fanning no es santo de mi devoción y blanco de cuanto chiste se me ocurra. Sin embargo, debo admitir que aquí está impecable. Las mejores actuaciones son para mí aquellas que uno ve sólidas pero en las que los actores no develaron todas sus trampas, en las que uno si se topara con ellos quisiera averiguar en qué pensaba cuando la armó, qué sentía o qué secreto se guarda. Aquí doña Dakota logra eso, me encantaría preguntarle para ella qué es lo que lleva el personaje a hacer lo que hace.


El único pero del elenco es el propio Ewan, en otra película menos compleja quizá pudiera autodirigirse mejor, aquí solo alcanza la corrección. No es poco, pero suena a poco en lo que nos suele entregar.


De todos modos creo que merece verse, porque el material es bueno y habilita preguntas y discusiones. Si las historias de amor duradero son un misterio irresoluto, las de las frustraciones entre padres e hijos son el colmo de la intriga. ¿Qué se pudo hacer para que lxs hijxs no se fueran tan al carajo? ¿Qué se hizo mal? ¿Se pudo evitar? Ah, si supiera las respuestas sería sabio y rico.


El fin del sueño americano puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros






jueves, 27 de junio de 2019

The confirmation


The confirmation (Bob Nelson, 2016) es de esas películas tan chiquitas que puede pasar desapercibida cuando no lo merece. El director - guionista de esta película, Bob Nelson, escribió el guión de Nebraska (Alexander Payne, 2013). Destaco este dato porque quienes vieron Nebraska pueden saber a qué atenerse.


The confirmation es una comedia dramática realista en clave menor, y milita un cristianismo laico para nada catequista.


Anthony, un chico de unos 10 años, (Jaeden Martell) debe pasar un fin de semana al cuidado de su padre, Walt (Clive Owen) ya que su madre, Bonnie (María Bello) se va con su nueva pareja, Kyle (Matthew Modine) a un seminario religioso para parejas.


Padre e hijo pasaran por peripecias que parecen pequeñas, pero vistas desde lo que les cuesta atravesarlas alcanzan proporciones épicas, heroicas. Walt es un alcohólico en recuperación, carpintero él, le roban las herramientas que necesitará para una changa el lunes. Deberá recuperarlas a como dé lugar. Otto (Robert Foster) y Vaughn (Tim Blake Nelson) y sus hijos oficiarán de muy peculiares ángeles de la guarda.


Los personajes, muy entrañables, son unos pobres diablos que, a pesar de todo lo que les pasa, no pierden una bondad natural que los ilumina. Es lo que más llama la atención, no hay villanos, sino gente necesitada y víctima, como los perpetradores del robo o el entusiasta Drake (Patton Oswalt) lleno de buenas intenciones que no puede llevar a buen puerto por sus adicciones.


El relato cobra una vigencia inusitada en la realidad argentina. Todos, en mayor o menor medida son víctimas de un neoliberalismo feroz, indiferente a los despojos que provoca.


El chico protagonista es ya todo un profesional experimentado. Anduvo por St Vincent (Theodore Melfi, 2014) junto a Bill Murray, Naomi Watts y  Melissa McCarthy, por Aloha (Cameron Crowe, 2015) junto a Bradley Cooper, Rachel McAdams y Emma Stone, por Midnight Special (Jeff Nichols, 2016) junto a Michael Shannon, Joel Edgerton y Adam Driver y más cercano en el tiempo, fue uno de los chicos que padecieron al payaso demoníaco de It (Andy Muschietti, 2017). Aquí ratifica que toda esa experiencia no fue en vano. Clive Owen, huelga decirlo, es una estrella por mérito propio y está tan magnético como el primer día. Los demás en roles pequeños se hacen notar, lo que no es poco.


The confirmation puede verse en Netflix. Ideal para cuando uno está a punto de perder la fe en los contemporáneos.

Gustavo Monteros








jueves, 20 de junio de 2019

About a boy - Un gran chico

....

(¿No es que una imagen vale más que mil palabras? Me ahorro las mil palabras, pero por si no hubiera quedado claro, recomiendo rever o ver uno de los clásicos recientes: About a boy o Un gran chico (2002) de Chris y Paul Weitz con una de las más notables actuaciones del gigantesco Hugh Grant, a la que le sumamos una performance inolvidable de la genia de Toni Colette, más la hermosa y talentosa Rachel Weisz, más el papel que le dio el espaldarazo a la carrera del por entonces pequeño Nicholas Hoult. Más una historia inolvidable, llena de réplicas brillantes. ¿Qué más se puede pedir?

About a boy o Un gran chico puede verse en Netflix. 

¡Buen día de la Bandera!

Gustavo Monteros 

jueves, 13 de junio de 2019

Sueños de libertad


Después de ver un bodrio o una película no tan buena, me pregunto por qué no habré utilizado mejor mi tiempo y habré revisto algún clásico o alguna buena película reciente.


Netflix tiene clásicos, no muchos, pero algunos tiene. Reviso Mi lista y como las opciones seleccionadas no me resultan particularmente tentadoras, opto por un clásico más o menos reciente, The Shawshank Redemption o Sueños de libertad, como se la conoció por aquí. Se basa en una novela corta de Stephen King, (Rita Hayworth and Shawshank Redemption, algo así como en tu cara, Manuel Puig, no sos el único de incluir a la Hayworth en un título) y la dirigió Frank Darabont en 1994.


Y como sin duda recuerdan la protagonizan Tim Robbins y Morgan Freeman. Y en el centro, están una amistad entre hombres y las apetencias de alguna forma de justicia. Un par de temas de lo más matadores.


Cuando se revisita una película con la que uno tiene alguna historia después de un buen tiempo de no haberla visto, se siente un cosquilleo de temor, y ¿si ya no nos gusta tanto?, y ¿si se ha vuelto obsoleta?


Por suerte, Sueños de libertad sigue gustándome mucho y no ha envejecido para nada.


Los invito a que la revisiten ustedes también. Es mejor que clavarte ese bodrio casi asegurado que no te decidís a ver de una vez. Te entretendrá, te enojará y volverá a emocionarte. Además, como si fuera poco, está narrada por el mismísimo Morgan Freeman, que es como te la cuente el mismo Dios, porque si Dios se decidiera a hablar y eligiera una voz, seguro sería la de Morgan Freeman.


Sueños de libertad volvió a las opciones de la plataforma de contenidos, Netflix. Aprovechala antes de que se vaya de nuevo.

Gustavo Monteros

jueves, 6 de junio de 2019

Tiempo compartido


En el prólogo, Andrés (Miguel Rodante) el empleado de un inmenso complejo vacacional, a pesar del aliento de su esposa Gloria (Montserrat Marañón) se quiebra y el quiebre no augura nada bueno respecto a las condiciones de trabajo y las intenciones del monstruo vacacional. Cuando la historia propiamente dicha comienza, vemos a Pedro (Luis Gerardo Méndez) llegar con su mujer Eva (Cassandra Ciangherotti) y su hijo Ratón al hiperbólico sitio de descanso. Van a reparar algo que le pasa con Eva o que le ha pasado a Eva, no lo sabemos todavía, pero que algo pasó, pasó. Los problemas no tardan en empezar. Tendrán que compartir el departamentito asignado con otra familia, la de Abel (Andrés Almeida), señor que parece tener una sospechosa cercanía con la administración del complejo.


Después veremos que la historia se articula por partida doble, por lo que le pasa a Pedro y por cómo es ahora la vida de Andrés.


Muy de a poco, las circunstancias de Pedro se enrarecen y su familia comienza a tomar el punto de vista de Abel, por el que Pedro siente una insuperable animadversión.


Se introducirá entonces un personaje muy particular, Tom (RJ Mitte) un gerente de liderazgo que entrena a los aspirantes a ascender, entre los que se encuentra Gloria.


La película exhibe dos tendencias que el cine mexicano maneja a la perfección, uno, en esto de enrarecer climas surge como ineludible la sombra del gran Luis Buñuel que dejó en México su gran impronta, y dos, en el manejo de circunstancias dolorosas nadie mejor que ellos, que tienen una larga y férrea tradición en el melodrama. Lástima que en un momento clave, el relato se incline o haga pie en el melodrama cuando hubiera sido mejor la sutileza o la distancia.


Tiempo compartido es de esas películas que se admiran más por el esfuerzo que por los logros obtenidos. Se la hizo difícil y si bien no triunfa, no sale mal parada, de ahí los premios para los actores y las nominaciones para director Sebastián Hofman y para los guionistas, el mismo Hofman más Julio Chavezmontes en festivales varios. Quiere establecerse como metáfora de la vieja y querida dicotomía de la ciencia ficción: el mundo corporativo y su modelo de vida ordenado, imperturbable, consumidor y uniforme y los que resisten a ser atrapados por ese hipnótico y ficticio modo de vida, ya sea por convicción o porque aunque lo intenten, no les sale, ya que les es más fuerte el impulso a resistirse a una vida, que ellos ven en su esencia, siniestra y manipulada por cuatro cínicos, por más que en la superficie “de venta” parezca buena, alegre, brillante y confortable.


Más allá de los reparos, que mucho no puedo detallar sin espoliar, creo que merece verse, por las actuaciones, porque habilita la discusión de qué mundo queremos y porque cuando la pega, nos da una idea de lo difícil que se la hicieron y lo cerca que estuvieron de lograrla.


Tiempo compartido puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros