jueves, 27 de septiembre de 2018

Seven Seconds


Llego a 7 seconds porque le dieron el Emmy a la mejor actriz protagónica en serie corta o película a una de sus protagonistas, Regina King. Un premio siempre es una lotería. Si hay varios favoritos, los votos por ellos se emparejan y se anulan y termina ganando alguien insospechado. No sé si esto pasó en esta categoría en particular, pero no es proeza menor haberle ganado a la gran Edie Falco por Law & Order True Crime, a la impar Laura Dern por The Tale, a la maravillosa Sarah Paulson por American Horror Story, a la ascendente Michelle Dockery por Godless y a la magnífica Jessica Biel por The Sinner. Mi favorita era Jessica Biel, pero yo no voto. Ojo, Regina King se lo ganó en buena ley, pero las preferencias son las preferencias y esta vez mi elegida era otra. Además me encanta que glorifiquen a Regina King porque su nombre es regio por donde se lo mire,  ya que si lo pasamos en nombre y apellido al castellano nos queda Reina Rey. Y, bue, uno se entretiene cómo puede.


Cuando la estrenaron, espié el tráiler y no me entusiasmó demasiado, me pareció un policial demasiado clásico. Después de The Killing, Breaking Bad, The Sopranos, uno se puede poner quisquilloso con los policiales.


La situación disparadora es la siguiente. Un policía, camino del hospital donde visitará a su esposa embarazada que llegó hasta allí con hemorragia, atropella a un joven negro por hablar por su celular. En apariencia  en vez de acercase a ver cómo está, llama a sus compañeros de la división  narcóticos, quienes limpiarán la escena y lo instarán a llegar al hospital. El joven abandonado sobrevivirá largamente en medio del frío y la nieve, y cuando, ya internado, se crea que podrá recuperarse, morirá.


La historia se centrará en la familia de la víctima,  en la vida y milagros de la fiscal y el detective que deben investigar el crimen y en los cuatro policías involucrados en el atropello y fuga. El estilo es realista o sea clásico (no había juzgado mal el tráiler) y riguroso hasta el capítulo 7 (son 10 en total). 


El tratamiento estético y de actuación recuerdan al del maestro Sidney Lumet (12 hombres en pugna, 1957, Serpico, 1973, Tarde de Perros, 1975, Crimen en el Expreso de Oriente, 1974, Antes de que el diablo sepa que has muerto, 2007, entre otras maravillas)  


Lumet estaba convencido de que todo policial era una tragedia en ciernes, que si se profundizaban los conflictos, se superaba el drama y se llegaba a la tragedia. Drama es el tratamiento serio de conflictos. Tragedia es cuando los personajes por sus características no pueden sino generar un conflicto de sangre. Ejemplos, Edipo es tan arrogante que pide a gritos un destino cruel. Hamlet es tan indeciso que su inacción hace que todos a su alrededor terminen a las cuchilladas. Antígona tiene un sentido de la dignidad tan pronunciado que no permitirá que no entierren a su hermano sin pompas fúnebres. El drama puede resolverse de mil formas, no necesariamente con sangre derramada. La tragedia es siempre más conmovedora porque algún tipo de matanza es inevitable. Y lo que más nos conmueve es que acompañamos a los personajes en su derrotero comprendiendo que no pueden hacer otra cosa que entregarse a su destino. 


Aquí, por momentos, la cosa parece encaminarse para la tragedia, pero por meter sorpresas y vueltas de tuerca efectistas se quedan en el drama.


La realización es impecable, la actuaciones antológicas. Y hay nombres de fuste. El segundo capítulo por ejemplo fue el último trabajo del gran Jonathan Demme antes de irse de gira. Y el tercero sin ir más lejos está firmado por don Jon Amiel. Los otros ocho directores tienen importantes antecedentes en grandes series, de modo que es toda gente de respeto.


Hasta el capítulo 7 yo venía como para una ovación de pie al final, pero entonces una trampa bastante obvia en la trama despertó mis alarmas, dejé de estar ganado por la historia y le vi las costuras. Es sobre un personaje que venía salvándose de que lo mataran varias veces y de repente lo matan (fuera de cámara como bien corresponde en ciertas situaciones), el problema es que el motivo para hacerlo salir de su escondite es muy endeble y es inaceptable que dicha necesidad no haya sido cubierta desde mucho antes por el detective que comparte una piedad semejante, además no está justificada la forma en que los asesinos se enteran de que se dirigía a ese lugar. Perdón por ser enigmático, como invitaré a que la vean, no soy más preciso. Una vez que la hayan visto, me darán la razón, o no.


El desenlace es realista. La justicia es esquiva y como suele hacerlo se desarma en una sentencia que quiere conformar a todos y no conforma a nadie. De todos modos las vidas de todos los partícipes quedan rotas y se puede armar con contundencia una segunda temporada. La participación de la híper talentosa Gretchen Mol como una abogada defensora de los policías, curtida pero no insensible, soliviantó un poco el enojo de la trampa de correr una muerte, necesaria quizás, a un capítulo que necesitaba un refuerzo.
Más allá de mi reparo, es apasionante. Suelo resistirme a las maratones sobre todo con las cosas que me están gustando para que me duren más, pero esta vez estaba tan ganado por la historia que la vi en dos noches.


Seven seconds puede verse en la plataforma de contenidos Netflix. 
Ah, para los que no las conocen, Regina King es la madre de la víctima, y la también maravillosa, Clare-Hope Ashitey es la fiscal. En las fotos que siguen, primero Regina, luego Clare-Hope.

Gustavo Monteros


jueves, 20 de septiembre de 2018

Mr Holmes


Y a veces dos más dos no es cuatro, sino tres, aunque las matemáticas se contraríen. Todo está para ganar y sin embargo, se pierde. Una buena historia, que anda por tres carriles. La que la memoria se resiste a recordar, la del chico que se inicia en el mundo de la madurez y la del japonés que consigue la planta que no devuelve la memoria, pero que al menos da excusas para que las cosas se repiensen. Se basa en una novela, (A slight trick of the mind de Mitch Cullin) lo que bueno ya que genera solidez. El casting es perfecto de tan impecable. El inmenso y ya legendario Ian McKellen es ideal como el Sherlock Holmes viejo que no puede recordar la resolución de su último caso, que sabrá Dios por qué lo condenó a este exilio campestre en el que vive. La siempre maravillosa Laura Linney es el ama de llaves que lo cuida a regañadientes. (Dentro del drama o de la comedia dramática, ¿hay algo que Linney no pueda hacer?) Y el chico Milo Parker es el hijo del ama de llaves, un chico deslumbrado, como medio mundo, salvo su madre, por el pasado de este detective achacoso, y a veces insólitamente lúcido. Milo es de esos chicos que solo el cine puede crear, es fotogénico, expresivo, encantador, conmovedor, el hijo ideal de toda madre, el sobrino ideal de toda tía. Y a pesar de tantos elementos ganadores, y de contar con un director, Bill Condon (Dioses y Monstruos, 1998, Kinsey, 2004, Dreamgirls, 2006) que al menos en los papeles parece soñado para el proyecto, la película no levanta vuelo jamás. No se cohesiona, es pura suma de las partes. Y la culpa, claro, es del director, que sin inspiración, pone oficio, y el oficio no siempre alcanza.


Me hizo acordar de otra película a la que le pasaba lo mismo. La lejana Confesiones verdaderas de ¡1981, cómo pasa el tiempo!, con los dos Robert de lujo. Duvall y DeNiro. Se basaba en una excelente novela de John Gregory Dunne, lo que garantizaba una base armónica. Era sobre dos hermanos en pugna ética. Duvall era un policía que sabía deletrear la corrupción policial, pero que no estaba dispuesto a ocultar bajo la alfombra la mugre de la iglesia y más si su hermano, DeNiro en óptima forma, está por ser nombrado obispo. Pero el director Ulu Grosbard tampoco hizo que la película levantara vuelo, y hoy se la recuerda como una  oportunidad perdida. Una buena historia con dos buenas actuaciones en un film que se quedó en promesas.


Pero aunque la suma de tres, Mr Holmes merece tener su oportunidad, como en el caso de Confesiones verdaderas, por los actores. Los tres protagonistas mencionados, más un elenco que no desentona, hacen un siempre bienvenido desparramo de talento. Y eso no es algo como para dejar pasar. Después de todo, no toda película tiene que ser la gloria en bicicleta. Ah, la historia también es muy seductora.


Mr. Holmes puede verse desde hace un tiempito en Netflix

Gustavo Monteros




jueves, 13 de septiembre de 2018

Miss Saigon


En términos de gigantescos éxitos, los franceses Claude-Michel Schönberg (música) y Alain Boublil (letra y libros) tuvieron un segundo (Miss Saigon) a la altura del primero (Les Misérables), pero no hubo dos sin tres (Martin Guerre) para ellos.


Miss Saigon se estrenó en Londres en 1989 y representó la consagración mundial de Lea Salonga, el debut en el musical de Jonathan Pryce, y completó el trío protagónico, Simon Bowman. Estuvo 10 años ininterrumpidos en el West End. Por supuesto repitió el éxito en Broadway y en otras grandes plazas teatrales. Nicholas Hytner dirigió la producción original.


En el 2014, su productor inicial Cameron Mackintosh organizó una reposición en Londres y tras un exhaustivo casting la sufriente Kim quedó en manos de Eva Noblenza (fue elegida en Manila, Filipinas), el rol del Ingeniero, rol creado por Pryce recayó en el híper talentoso Jon Jon Briones, y el galán, en manos de Alistair Brammer, alcanzó nueva revelancia, así como el personaje de Gigi en magnífico cuerpo y voz de Rachelle Ann Go.


El nuevo elenco logró una versión suprema, de pura magnificencia. Ojo, ahora como con My Fair Lady, El violinista en el tejado o Sweeney Todd, solo para mencionar tres clásicos indiscutidos, montar Miss Saigon es fácil. ¿Por qué digo semejante herejía? Por la sencilla razón de que ya está "descubierto", ya se sabe como son los personajes, que le conviene a la música, qué es lo que se debe lograr. Se parte de terreno fértil, los originales dejaron inauguraron un camino sólido y sin baches. Se puede cambiar la escenografía, el vestuario, cambiar el concepto escénico incluso, pero se sabe adónde se debe llegar.


Miss Saigon es una reformulación de Madama Butterfly, hay un romance interracial que termina mal para la pobre vietnamita en este caso, porque la acción se trasladó a la guerra de Vietnam. Como en Butterfly, hay una boda interrumpida por maldiciones, un hijo y un final trágico por mano propia, todas las demás circunstancias han sido conveniente (y acertadamente) cambiadas.


A propósito de cumplir los 25 años del estreno durante la temporada de reposición y en vista de los impresionantes logros del nuevo director escénico, Laurence Connor, Cameron Makintosh decidió filmar una función en vena cinematográfica (la puesta se presta para tal fin) y exhibirla en los cines, con el plus premium de una gala con los protagonistas y parte del reparto de la puesta original.


Schönberg es uno de los reyes de la melodía y logró una partitura que se sigue todo el tiempo con deleite. Boublil no es en letrista muy poético, pero si un transcriptor muy gráfico y efectivo de emociones y narraciones pertinentes a la trama. Aunque en esta versión los que se llevan los laureles son los actores-cantantes y el director. Consiguen un verosímil impresionante. Los soldados parecen soldados, el proxeneta uno de verdad y las prostitutas, auténticas profesionales del oficio. Y es tal la maravilla, que hay momentos en que no se sabe para qué lado mirar. No es ajeno a esto, el coreógrafo Bob Avian, el único repetido con justeza, porque estaba en la versión original


Desde hace una semana está disponible en Netflix. No la dejen para más adelante, miren que las obras musicales duran  poco en Netflix. Ah, no se dejen engañar por los títulos finales, miren que después de los mismos viene la gala aniversario. Si son gustosos del género, imperdible. 

Gustavo Monteros



jueves, 6 de septiembre de 2018

Spotless

Entre la nutrida oferta de series policiales en Netflix, Spotless (Impecable) puede pasar desapercibida, lo que sería una gran injusticia. Es una gran serie, llena de hallazgos. 

Dice el resumen de Wikipedia: "Situado en Londres, la serie se centra en el limpiador de escenas del crimen, Jean Bastiere, un joven cuya vida ordenada y tranquila cambia drásticamente cuando su hermano Martin Bastiere regresa a su vida y lo arrastra al mundo del crimen organizado, juntos deben luchar contra los pecados de sus pasados así como los del presente para poder sobrevivir. (...)  Ambos hermanos son muy diferentes: Jean, es un inmigrante francés conservador y exitoso que vive en Londres, mientras que Martin, es un vagabundo visceral y libidinoso. Sus vidas fueron marcadas para siempre por una muerte violenta en La Vendée hace casi 20 años." 

Como dichos hermanos, se lucen el ascendente Marc-André Grondin (Jean Bastière) y el no menos promisorio Denis Ménochet (Martin Bastière). En el elenco sobresale también Brendan Coyle (recordado por su John Bates, el ayuda de cámara de la cabeza de Downtton Abbey). Excelente de toda excelencia. Impecable e imperdible. 

Fue co-creada por Corinne Marrinan (CSI y Crossing Lines) y Ed McCardie (Shameless)

Gustavo Monteros

jueves, 30 de agosto de 2018

Ozark



Ozark fue una de las mejores sorpresas que nos deparó Netflix la temporada pasada. 

Un policial bien negro sobre una hermosa familia tipo que de tipo termina teniendo solo la conformación. Papá es un asesor financiero de la puerta para afuera, porque en realidad lava plata para un importante cartel mexicano y mamá, entre otras cosas, le pone los cuernos. Los dos hijos adolescentes, de la noche a la mañana se ven transplantados desde Chicago a Ozark, un pueblito para vacacionar, en apariencia apacible. ¿Estarán todos a las alturas de las nuevas circunstancias? Claro, si no no habría serie, la cuestión es cómo y hasta dónde. 

Los creadores de la serie son Bill Dubuque y Mark Williams y es motorizada por el inquieto Jason Bateman (aquí actor, productor y a veces director), que es secundado por la inmensa Laura Linney como su esposa. 

La segunda temporada podrá verse a partir de mañana, 31 de agosto, por Netflix. No me busquen este fin de semana. 

Gustavo Monteros

jueves, 23 de agosto de 2018

De cómo me enamoré de Cecilia Suárez


Entré a La Casa de las Flores por prepotencia de información. La noticia y la publicidad de que a partir de tal día, a tal hora, iba a estar disponible en Netflix me aparecían por todos los lados. Entré con desconfianza, pero como una de las ventajas de Netflix es que uno puede salirse en cuanto algo te aburre o te disgusta y  probar otra cosa, y no volver jamás a la primera, me aventuré. Un nombre se destacaba del resto, el de Verónica Castro, reina madre indiscutida del culebrón de México para el mundo, y no era ilógica su presencia porque el proyecto rumbeaba para el lado del homenaje a tan noble género. No recuerdo haber visto, seguido o vislumbrado ningún teleteatro con ella, pero como vi hasta el cansancio una participación suya en un sketch de Alberto Olmedo y estaba deliciosa, le guardo afecto. Al no sostener prejuicio alguno contra la Chaparrita protagonista, se me franqueaba  más que a otrxs el paseo por la casa.


La propaganda y la información no me habían engañado, dicha casa es una reformulación u homenaje al culebrón clásico en clave del primer Almodovar, el de los ochenta. Manolo Caro, su autor-director-creador, siente una debilidad demasiado manifiesta por el manchego, debilidad que debería curar fortaleciendo su personalidad y olvidando a don Pedro. Pero a poco de empezar la serie, no me ganaba el colorido de las casas, las ropas o los personajes, ni sus leves semejanzas formales a Amas de casa desesperadas, primera temporada, con una fantasma de narradora en off, ni que cada capítulo tuviera el nombre de una flor, por lo que representa en el lenguaje de las flores (en Amas de casa desesperadas, los capítulos tenían por título el nombre de una canción de Stephen Sondheim), no, lo que me ganaba era un personaje en particular, Paulina, aunque a decir verdad era su forma de hablar la que me hacía recalar en ella y gozar cada vez que entraba en escena.


En el primer episodio es la que sabe todos los secretos y la que se las ingenia para, si no solucionar todos los problemas, capear todos los temporales. Lo bueno, bah, lo inmejorable es que no había artificio en cómo hablaba, arrastrar palabras con lentitud se integraba a su personaje con una maestría descollante. ¿De dónde había salido esta actriz maravillosa? ¿Acaso me la había cruzado antes?



Internet me dijo que sí, que la había visto, primero en 1999, al inicio de su carrera como integrante del impecable y sólido elenco de la muy interesante comedia de Antonio Serrano, Sexo, pudor y lágrimas. Pero si ahora solo tenía ojos para ella, en Sexo, pudor y lágrimas solo tuve ojos, como media humanidad que vio esa película, para Demián Bichir, que no en vano dicha película le abrió las puertas internacionales, que lo llevó a estar entre los favoritos de directores de fuste como Tarantino o Ridley Scott, y hasta obtener una nominación para el Óscar como mejor actor protagónico por el conmovedor padre de Una vida mejor (Chris Weitz, 2011). Y que la había visto muy brevemente como asistente de Lito en Sense8 (2016-2017), tan breve debe ser que ni la recuerdo, además Sense8 es tan de fuegos de artificio, que si no matás o tenés sexo con cuatro o cinco, pasás desapercibidx. Y que también está en la película que Tommy Lee Jones, dirigió en 2005 con guión de Guillermo Arriaga, Los tres entierros de Melquíades Estrada, donde tampoco la recuerdo, pero que es una buena excusa de rever esta película muy buena.




Ah, la chica se llama Cecilia Suárez y nació el 22 de noviembre de 1971.


¿Qué que me pareció La casa de las flores? No sé, está ella y por estar ella y hablar como habla me encantó cada segundo que está en escena. Me enamoré, el entorno pasa a ser bueno, porque ella lo ilumina. Creo que si no se le pide mucho, entretiene, lo que no es poco.


Pongo su nombre en el buscador de Netflix para ver en que otras películas disponibles en la plataforma está. Me da dos dirigidas y escritas también por Manolo Caro: Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (2014) y La vida inmoral de la pareja ideal (2016).





Comienzo por la más antigua, y no solo el título es de una gran belleza Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (¡Guau!, no en vano los mexicanos son campeones de los boleros, “te daría mi vida, pero la estoy usando” ¡Tomá mate!) la película también, pero no de gran belleza porque sea linda, sino por lo conmovedora. Parte del viejo cuento del que se fue a comprar cigarrillos y no volvió. Gustavo se llama el sujeto y está casado con Elvira, atada a su casa por dos hijos chicos, uno de ellos ¡bebé! Pero Elvira no es de dejarse estar, va a salir a buscar a su Gustavo, a como dé lugar, aunque sepa pronto por una foto de qué lado viene la balacera, igual necesita verlo con sus propios ojos, escuchar lo que le tengan que decir, porque ama y cuando se ama, las medias tintas no bastan. Insisto Manolo Caro debe curarse su obsesión con Almodóvar, cuando se aleja de su Pedrito surge lo mejor, y que cuando se apega al español (el chantaje cuando va a vender zapatos, por ejemplo) el devenir se empantana al divino botón. Pero son reparos muy pequeños, el todo suma y es excelente. Y cuando se llega a la frase del título, esta se resignifica para no olvidarla jamás. Altamente recomendable esta Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando.

La otra (La vida inmoral de la pareja ideal) es más ambiciosa, tiene más personajes y situaciones, pero no es tan lograda… porque se apega en demasía al modelo Almodóvar. En la búsqueda de una supuesta originalidad, se despeña por el abismo del artificio, del rebuscamiento, del manierismo. La situación base es el de una pareja que vivió un romance adolescente cercano al ideal, pero que no prosperó, y que veinte años después se reencuentra. Como no quieren dar el brazo a torcer de entrada de que no hicieron más que esperar al otro, se inventan maridos/mujeres/hijxs y esas cosas. Dos desenlaces intrigarán al espectador: saber cuándo y cómo se caerán las máscaras y qué, cómo y por qué se separaron en la adolescencia. Se deja ver, tiene buenos momentos y entretiene, a pesar de que armado todo el cuento, haya cosas que no cierran. Eso sí, al lado de Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando pierde por goleada.
Doña Cecilia Suárez también está en Macho (2016) de Antonio Serrano (sí, el mismo de la mencionada Sexo, pudor y lágrimas, 1999) con Miguel Rodarte en el protagónico. Aquí Cecilia toca el segundo violín, o sea es la partener, la que posibilita la jugada para que el protagonista haga el gol. De todos modos este rol confirma la amplitud de su talento. Pero antes de adentrarnos brevemente en el argumento, recalquemos que lo más significativo de Macho es su guionista Sabina Berman, conocida internacionalmente por su obra teatral Testosterona. Por aquí se la vio en el verano de 2015 dirigida por Daniel Veronese y protagonizada por Viviana Saccone y Osmar Núñez y ahora puede vérsela con un título cambiado,Todo o nada,con Paula Cancio y Miguel Ángel Solá en los protagónicos. La obra se centra en un juego de poder entre hombre y mujer por un codiciado puesto de trabajo. Berman también a principios de este año fue la autora, fotógrafa y la dueña del concepto de puesta en escena de la obra sobre el poeta Fernando Pessoa y sus múltiples personalidades: Ejercicios fantásticos del yo, protagonizada por Gael García Bernal, en su debut en los escenarios porteños, acompañado por un elenco de lujo, compuesto entre otros por Rita Cortese, Vanesa González, Fernán Mirás y Martín Slipak, la dirección general fue de Néstor Valente. Más allá de las muchas virtudes del espectáculo, sufrió la crisis económica que atravesamos, fue una apuesta importante de producción que convocó poco público.



En Macho, Sabina Berman juega con las percepciones sociales y personales de la sexualidad. El diseñador de ropa, Evaristo Jiménez (Miguel Rodarte) es supuesto gay y admirado por serlo, pero en realidad es un hétero de lo más batallador. Un crítico quiere desenmascararlo, entonces su socia, Alba (Cecilia Suárez) lo conminará a que comience un noviazgo fingido con Sandro (Renato López), el problema es que Sandro es gay de verdad y no sabe nada del entuerto. Unas cuantas peripecias harán que Evaristo se enfrente a la posibilidad de ser también gay. El guión es desparejo, hay situaciones muy bien armadas y otras para nada, gruesas, de cine industrial de explotación. De todos modos, su protagonista, Miguel Rodarte, es muy talentoso y carismático y vuelve muy visible el trámite de verla.


La casa de las flores, Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando, La vida inmoral de una pareja ideal, Sexo, pudor y lágrimas y Macho pueden verse en Netflix.


Yo recomiendo fervientemente que no se pierdan Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando.

Gustavo Monteros

jueves, 16 de agosto de 2018

Mamma Mia! Vamos otra vez


A veces cuesta creer que los productores sean tan ineptos, más en cuestiones de sentido común, en las que hasta la mercera de la esquina que tiene menos show-business que monja de clausura aconsejaría lo contrario. Pero empecemos por el principio.


Mamma mia!, el originario musical londinense, se convirtió en el ejemplo más conspicuo de lo que dio en llamarse el jukebox musical, o sea el que se arma con las canciones más populares de tal cantante o cual grupo. En este caso, como es bien sabido, se basaba en las canciones del grupo pop sueco ABBA, que universalizó durante unos años sus melodías. El argumento no podía ser más endeble, la hija de Donna va a casarse y quiere saber quién es su padre, tiene tres posibles candidatos, porque ni la misma Donna sabe a ciencia cierta cuál de ellos es. Todo viene de a tres. Donna tiene dos amigas con las que integraba un grupo musical, Donna y las Dínamo. La hija de Donna, Sophie tiene también dos amigas incondicionales. Tanto las amigas de Donna como las de Sophie no tienen más vida que la de ser satélites de las mencionadas. El argumento no maneja ninguna subtrama, todo es ultra básico de tan elemental. Uno de los posibles padres, Harry, es homosexual, pero es como quien dice filatelista, porque no mira a nadie, no tiene necesidad de compañeros sexuales o parejas, es tan asexuado como un almohadón. Subrayo estos detalles porque dan cuenta de la superficialidad del esquema dramático. Es más, se supone que Donna es un espíritu libre porque usa “dungarees”, lo que nosotros llamamos “jardinero” y otros países definen como “mono”.


Detalles al margen, el musical fue un éxito por dos elementos, la híper reconocible y verificable música de ABBA y una desaforada alegría, como de fiesta dionisíaca, digo, ya que la acción transcurría en una isla griega. (Se dice que no hubo función de la versión teatral que no terminara con el público bailando en los pasillos)


10 años después de la transcripción cinematográfica del éxito teatral que significó otro jalón en la carrera de Meryl Streep, los productores deciden hacer una segunda parte y modifican un elemento clave del éxito: la alegría. ¿Cómo? Matando a Donna, que es como matar la gallina de los huevos de oro. Y ¿por qué? ¿Meryl Streep se negaba a repetir el papel? No, vuelve a la franquicia. ¿Meryl Streep pidió una cifra astronómica para reprisar su rol? No sé cuánto pidió, pero aquí está, en versión espíritu en el final del film. Entonces, ¿por qué? Sabrá Dios, los designios de los productores son tan inescrutables como los divinos. Matada la alegría y suplantada por una tierna melancolía, quedaba solo la música de ABBA. En versión Lado B, porque en la Mamma Mia! de 2008, ahora la uno, habían agotado todos los éxitos resonantes. No soy un experto en ABBA y sé que para esta película se compusieron canciones especiales, no sé cuáles son, aunque sospecho que la que canta Meryl al final debe ser nueva, muy bonita por cierto (ojo, puede estar equivocado y dicha canción ser tan vieja como Dancing Queen). Como sea, para esta segunda parte, de las que no usaron en la primera, les quedaron Waterloo y Fernando, y algunas otras que lejos están de ser Guau. Tanto es así que en momentos claves, cuando todo está por caerse por el despeñadero del aburrimiento, vuelven Mama Mia!, y Dancing Queen para apuntalar el esquicio.


En resumen, de los dos elementos que aseguraron el éxito, a uno lo dinamitan (el personaje de Donna) y del otro raspan lo que queda del frasco.


Y ¿con qué procuran llenar el vacío que dejan? Con la historia anterior de Donna, que ya en la uno, habían pausterizado bastante. Cuando empieza sabemos que no puede decir cuál es el padre porque eran tiempos de descontrol, de haga el amor y no la guerra, de la despreocupación pre SIDA, y uno supone que Donna es un auténtico espíritu libre, pero al rato entran los tres posibles padres, burgueses exitosos y muy ricos, y la fantasía de la libertad y del descontrol desaparece, y uno supone con razón que la supuesta lujuria de haber dormido con tres hombres, no a la vez, pero sí simultáneamente, se debió a algún recreo casual, descontando que con uno de ellos, el homosexual, fue un acto de piedad o de generosidad. En tiempos de empoderamiento de la mujer, esta justificación del personaje suena a conservadurismo retrógrado, y hasta la misma Meryl Streep se pone a siglos de distancia de los personajes de Kramer versus Kramer, La amante del teniente francés o África mía, auténticas precursoras de la liberación femenina de atavismos patriarcales.


Lo que se sospechaba en la primera parte, se confirma en esta segunda. Donna se acostó con los tres casi virginalmente, de tan inocentes y cándidas que son las circunstancias en las que se dio este sexo muy blanco. Donna joven es interpretada por la omnipresente Lily James, porque en estos últimos tiempos aparece por todos lados, y enfrenta con demasiado brío canciones horribles y diálogos y situaciones sin ninguna gracia. La pobre sabe que en el fondo su parte se cae a pedazos y por eso la actúa como una cocainómana necesitada de una próxima dosis. En paralelo a cómo llegó Donna a embarazarse de Sophie, vemos a Sophie embarazada (¡de un varón!, si hay una tercera o cuarta parte tendrá que ser alrededor de ¡Don!, o sea el fin de esta franquicia matriarca) sola, porque su pareja encontró un trabajo en Nueva York, y así la vemos secundada por un ex latin lover, Andy García, en la puesta a nuevo del hotel de Donna para una reinauguración triunfal, aplazada por una tormenta, que posibilitará que los que todavía no llegaron, lleguen.


Y cuando todo parecía perdido, algo de lo que había en el original se recupera. Llegan tres barcos llenos de gente cantando y bailando Dancing Queen. En la proa del primero el gran Stellan Skargard, con los brazos abiertos como Kate Winslet en Titanic es sostenido por el glorioso Colin Firth, en plan Leonardo Di Caprio, y uno no puede evitar sonreír, porque la intertextualidad siempre es divertida, y en cine, como es medio obvia, no necesita más que la erudición de haberse expuesto a algunos éxitos masivos. (Más tarde habrá otra cuando Colin Firth imite algunos pasos del Travolta febril del sábado por la noche, o cuando en el final-final, Firth, Skarsgard y el eternamente apuesto Pierce Brosnan aparezcan en uniformes ABBA) Pero la escena es lograda no solo por la referencia a Titanic, sino porque la enjundia de la hasta ese momento pedestre coreografía se eleva un poquito, ojo, un poquito, lo que se muestra parece más a un baile sincronizado en un crucero gay que a un ballet Fosse, pero en comparación con lo que traíamos ¡es un momento deslumbrante!  


Y al ratito nomás hace su entrada triunfal Cher, que no en vano es Cher, y arrastra su leyenda, aunque no se pueda mover mucho por el temor a romperse algún hueso (el tiempo es cruel) y se empareja con un feliz Andy García, encantado de volver a ser un galán por un instante. Cher canta entonces Fernando y para situarla históricamente, evocan una revuelta social en México en el 58 (¿se referirán a la del 68 y se equivocaron?, ¿hubo alguna en el 58?, no sé, no soy un experto en historia mejicana)


Y como andamos sobre los finales, en el bautizo del niño, hace su aparición en versión fantasma, bueno, claro, Meryl Streep. Con dungarees (jardinero, mono) faltaba más, y Streep no es Streep tampoco al divino botón, y la película alcanza esos volúmenes emocionales que solo provocan los grandes de raza, entre los que obviamente está Streep.


Y para recuperar en algo el ánimo festivo que debió caracterizar a esta franquicia, un final a toda orquesta con tooooodoooo el elenco, los jóvenes y sus versiones mayores, y uno vuelve a preguntarse para qué mataron a Donna, a la que interpretada por Meryl Streep, podrían haber vuelto a reunir con Cher, como en la lejana Silkwood (Mike Nichols, 1983)y darles como madre e hija algunas líneas ingeniosas. Todo pudo haber girado alegremente sobre los roles maternos, Cher, se supone que es la díscola madre de Streep, a su vez muy cuestionada en su rol maternal por el hermoso retoño corporizado por la divina Amanda Seyfried. No sé, quizá el afán de hacer solo plata termine por estupidizar a los productores.


Ah, aunque no del todo desarrolladas con felicidad, son buenas las intervenciones del aduanero que confronta las fotos del pasaporte con la apariencia actual de los portadores y la dueña de la taberna que no se calla nada, y su hijo líder de un grupo musical discutible. Poco, muy poco, pero peor, es nada. Bah, a veces es mejor nada, que un bodrio evitable.

Dirigió (es una manera de decir) Ol Parker.

Gustavo Monteros


jueves, 9 de agosto de 2018

The Principal

Ya recomendé dos maestros en Netflix (Rita y Merlí), es turno de que recomiende un director: The Principal, serie australiana de cuatro episodios, realizada en el 2015. 

Matt (el premiado Alex Dimitriades) un profesor de historia es ascendido a director de una escuela con antecedentes de violencia. Matt quiere cambiar esto, pero sus intentos hallan el escepticismo de algunos sectores y la hostilidad de algunos colegas. Cuando parece que Matt algo está logrando, un estudiante de 17 años es hallado muerto en el jardín de la escuela. 

La serie trata temas tan modernos como de permanente y candente actualidad, a saber, el acoso escolar, la exclusión social, el racismo o la discriminación sexual. A decir verdad es atrapante y es ideal para los seguidores de la intriga, el suspenso y la acción. 

Gustavo Monteros 






jueves, 2 de agosto de 2018

River

Si tenés Netflix, te gustan los policiales y todavía no viste River, no te la pierdas. Porque es así, lisa y llanamente imperdible.

Gustavo Monteros 

jueves, 26 de julio de 2018

Barbra inicia



Si la carrera de un artista es larga, atravesará varias etapas. Y uno, en cuanto espectador o admirador, puede que sea fiel a ese artista, pero no se deleitará de igual modo con todas sus etapas. Algunas le gustarán más que otra. Por suerte, la carrera de Barbra Streisand es larga, soy parcial a su talento, pero no todas sus etapas me entusiasman por igual. Su ascenso y consolidación son los que más me atrapan. Difiero sobre lo que vino después, sus éxitos más resonantes, su disco con Barry Gibb, por ejemplo, la universalizaron, pero a mí no me mueven el amperímetro.


Streisand saltó a la fama en Broadway el 10 de marzo de 1964 con el estreno de Funny Girl, comedia musical sobre el triunfo artístico y el fracaso amoroso de la actriz Fanny Brice. La obra tendría 1348 representaciones, bajaría de cartel el 1 de julio de 1967 y sería llevada al cine por William Wyler en 1968 y Streisand se consagraría definitivamente al ganar el Óscar a la mejor actriz protagónica de ese año (en ex-aequo (en igual mérito) con Katherine Hepburn por El león en invierno.)


Funny Girl fue un éxito de proporciones, un “nace una estrella” total. Pero por más ganas que se tengan, no todos pueden ir al teatro y conocer a la figura de la que todos hablan. Para paliar esta necesidad están los discos y la televisión. Apareció como invitada en los shows televisivos más importantes y mientras estuvo en cartel Funny Girl grabó dos discos por año. Ascendía, consolidaba su fama y por sobre todo construía su “marca”.


Quizá Sarah Bernhardt y Eleonora Dusse fueron las primeras artistas de la modernidad en transformar su imagen primero en “marca” y después en “ícono”. ¿Qué es hacer una “marca”? Algo como el logo de la Coca-Cola, pero con la imagen que proyectamos, la ropa, el peinado, la manera de pararnos, movernos o hablar, que haya un elemento intransferible y único que subsista a los cambios de modas o edad, que siempre que se nos vea, la gente diga sin dudar es fulano o es mengana, o sea la conversión en ícono. Hollywood lo comprendió y usó la técnica marca-ícono, pero no todas las estrellas se preocuparon por consolidarla cuando los estudios se desprendieron de ellas. Algunas si, Marlene Dietrich, por ejemplo, aunque Marlene ya traía de chica esa ambición de perdurar en ícono. Entre las actrices un poco más cercanas en el tiempo, Liza Minnelli y Diane Keaton construyeron su imagen icónica, y entre las nuestras, el ejemplo indiscutible es Nacha Guevara, y ahora le pisa los talones Natalia Oreiro. Y, claro, quien nos ocupa, Barbra Streisand.




En la construcción de su marca tuvieron particular importancia sus primeros especiales para televisión, y al ratito la película de Wyler que determinó cómo se filma un musical Streisand, con grúas que subrayan los artificios vocales y tomas panorámicas desde aviones o helicópteros para los sostenidos finales.


Todo esto viene a cuento porque Netflix acaba de subir estos primeros especiales para televisión. Para atestiguar cómo Streisand construyó su imagen-marca tanto musical, visual, de look, desenvolvimiento y tamaño de uñas, recomiendo verlos cronológicamente.


Entonces el primero sería: My name is Barbra (1965)
El segundo: Color me Barbra (1966)
El tercero: A happening in Central Park (1966)
Y el cuarto (mi favorito) Barbra Streisand and Other Musical Instruments (1973)





Ah, Netflix tiene también el cierre de la gira de 2017 que se llama Barbra: The Music, The Mem’ries, The Magic!, en donde se ve no solo el ícono sino también como el mito que construyó con música y cine se celebra a sí mismo, y como su público incondicional (no pertenezco a esa categoría, como la dije soy su fiel pero no su incondicional) celebra los años compartidos con ella. Emociona verlos recordar la primera vez que oyeron tal canción o vieron tal película. Y sí, se envejece con las estrellas, y las estrellas que elegimos quedan asociadas a fuego a momentos de la vida. Puede que nosotros no construyamos una marca, pero al definir nuestros gustos musicales o cinematográficos nos perfilamos, y ese perfil se queda con nosotros, y nos es más fiel que parejas, hijos o mascotas. Parafraseo a la Biblia y digo: Todo pasa, pero la canción elegida no…

Gustavo Monteros



jueves, 19 de julio de 2018

Rita / Merlí


Y en plenas vacaciones de invierno para no perder ni el vicio ni la costumbre pedagógica, bien podemos asistir a las cátedras de los dos docentes titulares de Netflix: Rita y Merlí.


Rita viene de Dinamarca y tiene 4 luminosas temporadas. Merlí viene de Cataluña, de la mismísima Barcelona para ser más precisos y viene con tres salerosas temporadas.


Y Netflix no es lo único que tienen en común, los dos son docentes histriónicos que todo alumno desea tener y de los que los colegas y directivos huyen como de la peste, los colegas porque ponen la vara muy alta y los directivos porque son de una notable resistencia a las normas institucionales.


No en vano su histrionismo es una adolescencia relegada eternamente, defecto/virtud que les permite comunicarse a las mil maravillas con los alumnos.


Y por esas casualidades de la vida y de los guiones, ambos tienen un hijo homosexual que les expondrán los límites que creen no tener y que les regalarán una mirada más amplia de la vida, que una cosa es suponerse con un hijo homosexual y otra, muy distinta, tenerlo.
Eso sí, por más excepcionales que sean, no serían lo que son sin alumnos ni colegas, que una escuela es una escuela no solo por los bancos y los pizarrones. El mapa humano que los alberga es un seleccionado variopinto de personalidades tan entrañables como coloridas.


Faltar a una clase de estos teachers, más que una rata es un una insubordinación imperdonable al entretenimiento.

Gustavo Monteros

jueves, 12 de julio de 2018

Los Intocables

Desde no hace mucho, está disponible en Netflix una película que desata una gran cantidad de endorfinas: Los intocables (1987) de Brian De Palma. Ideal para descubrir o repasar cuando no se halla nada nuevo digno de ver. Y entre sus muchas virtudes, tiene un elenco de antología. 

Gustavo Monteros

jueves, 5 de julio de 2018

Scorsese en Netflix









Cuando no hallemos nada que ver en Netflix, no olvidemos que tenemos varios Scorsese que podemos repasar. Hoy por hoy hallamos su segundo largometraje y el primero que hizo con un tal Robert DeNiro: Calles peligrosas (1973). Con DeNiro tenemos también Cabo de miedo (1991) y Casino (1995). Con Di Caprio tenemos dos: La isla siniestra (2010) y El lobo de Wall Street (2013). Tenemos asímismo una de las escapadas de Scorsese a la Nueva York de otros tiempos con La edad de la inocencia (1993) y su ida a París con La invención de Hugo Cabret (2011).Más el documental sobre George Harrison (2011). Y hasta lo encontramos como actor poniéndole la voz a uno de los personajes de El espanta tiburones (2004).

Con tanto Scorsese suelto, no protesten con nunca encuentro un carajo en Netflix (dicho esto con mucho humor, claro)

Gustavo Monteros