jueves, 1 de marzo de 2018
jueves, 22 de febrero de 2018
La forma del agua
Guillermo del Toro,
gran apreciador del talento de nuestro Federico Luppi (lo tuvo de protagonista
de su primer largometraje, Cronos (1993)
y de El espinazo del diablo (2001) y
le dio un papel de gran estrella invitada en El laberinto del fauno (2006) ) le andaba acercando el bochín
(aclaración para los no rioplatenses: expresión que nace en el juego de bochas
y que significa estar a punto de conseguir algo sin lograrlo, claro) a eso de
convertirse en inolvidable.
Todo director aspira
a lograr su Cabaret, su Chinatown, su El padrino, su Tiburón,
su La dolce vita, su El séptimo sello, su Il gatopardo, su Taxi driver o sea la obra ineludible, la de visión imprescindible,
la que saca de la desmemoria al despistado: Pero sí, ¿cómo no te acordás?,
Fulano el que dirigió Tal Cosa.
Del Toro estuvo a
punto de lograrlo con El laberinto del
fauno, pero es una obra que requiere muchos pies de página y, bueno, ya se
sabe, las aclaraciones necesarias atentan contra la universalidad. Y una
película para volverse inolvidable, ineludible y citable tiene que ser de
acceso universal irrestricto.
La forma del agua abreva en varias fuentes, el cine B de fantasía, la
Guerra Fría, los experimentos o descubrimientos secretos de la CIA, pero aunque
no se sepa nada de esto, se disfruta con plenitud.
Transcurre en el año 1962 o por ahí, y es una historia de amor entre una mujer muda, Elisa (Sally Hawkins) y una extraña criatura anfibia (Doug Jones) por suerte muy antropomórfica. No conviene saber más, es de esas películas que se disfrutan mucho más, adentrándose a ellas con la menor información previa posible. Agreguemos tan solo que hay un vecino, Giles (Richard Jenkins), una compañera de trabajo, Zelda (Octavia Spencer) las dos trabajan limpiando laboratorios medio secretos, un científico, el Dr. Robert Hoffstetler (Michael Stuhlbarg) y un hombre del gobierno, Richard Strickland (Michael Shannon).
La forma del agua es audaz y original. Su originalidad y audacia
consisten en ir más allá, mucho más allá en sus materiales de origen. Sí, digámoslo,
para tranquilidad de los buscadores de datos, la criatura tiene un diseño
similar a la de El monstruo de la Laguna
Negra, glorioso producto del cine B de 1954, dirigido por Jack Arnold y
protagonizado por Richard Carlson, Julie Adams y Richard Denning. Además, para
acentuar la cercanía, el personaje de Michael Shannon dice que lo hallaron en
un río de Sudamérica, que es de donde es El
monstruo de la Laguna Negra, más precisamente en medio del Amazonas. También
va más allá que cualquier thriller de la Guerra Fría. La combinación da un
cuento de hadas para adultos, de una frescura y una empatía maravillosos.
El elenco es soñado y
se merecen todas las nominaciones a premios que obtuvieron. Todos han
demostrado su valía en numerosas películas, pero aquí la consustanciación con
sus personajes es tan ideal, que solo la frase hecha de “parecen haber nacido”
para interpretarlos abarca sus logros. Sally Hawkins que enamoró a medio mundo
en 2008 con Happy-go-lucky (La felicidad trae suerte, se llamó por
aquí) re-enamora al medio mundo que ya fue suyo y enamora de paso a este
extraño hombre anfibio, sin decir una palabra esta vez (en Happy-go-lucky hablaba hasta por los codos)
No sé cuántos Óscars
ganará, si es que gana alguno, no importa, pasada la ceremonia los premios se
habrán olvidado, la maravilla persistirá. Repito el consejo que di respecto de Llámame por tu nombre, veánla cuando
estén más receptivos a dialogar con una obra maestra, que esta lo es, lisa y
llanamente. Todas las semanas, desde todas las formas que tenemos hoy de
acceder al cine, nos propinan películas que en su 99, 99% van de apenas
tolerables a bodrios intolerables, esta es el 0, 01% que no solo es excelente
sino que vuelve a enamorarnos del cine, a maravillarnos, a deslumbrarnos, a devolvernos
los ojos de la infancia.
Pero, claro, ¿cómo no
te acordás?, Guillermo del Toro, el que dirigió La forma del agua.
Gustavo Monteros
Llámame por tu nombre
Ya que el titulo
propone un juego de nombres. Hagamos uno propio y resolvamos todo a partir de
nombres.
Timothée Chalemet
interpreta a Elio, un joven de 17 años, que en el verano de 1983 en el norte de
Italia, descubre lo que es el amor. Esta actuación le viene dando con toda
justicia reconocimientos y premios. Sabe expresar y trasmitir todas las dudas,
contradicciones, angustias y dichas de su personaje con la intensidad con que
los adolescentes viven estas inauguraciones.
Armie Hammer
interpreta a Oliver, un joven de 24 años, ex alumno del padre de Oliver, que
viene a pasar 6 semanas a su Villa para ayudarlo en clasificar material para su
cátedra. Termina por ser el amor de Oliver. Nadie actúa solo (a menos que se
trate de un monólogo, claro). Armie Hammer desde su irrupción como los mellizos
Winklevoss en Red Social es una
figura consolidada y de vasta experiencia. Experiencia que permite realzar el
trabajo de Chalemet, quien está soberbio como Elio, pero sin la solidez y la
generosidad de Hammer no habría brillado tanto. En las escenas de amor es donde
más se nota la contribución de Hammer, no habrían salido tan fluidas sin su
entrega. Su actuación puede que no sea tan halagada y postulada a premios como
la de Chalamet, pero es igual de notable y no existiría una sin la otra.
Amira Casar y Michael
Stuhlbarg interpretan a los padres que todos querríamos tener. El verosímil
está muy bien trabajado. Aman lo que hacen, son respetados en sus profesiones,
son cultos según todas las definiciones de cultura, no tienen preocupaciones
económicas, son queridos por quienes tienen su trato diario, y se los adivina
con poquísimas frustraciones, de ahí que no exhiban mezquindades ni remilgos a
la hora del amor. Cuando la historia concluye y uno comprende su participación
en la misma, renovamos nuestra admiración tanto a los personajes como a la
exquisitez de sus actores.
André Aciman es el
autor de la novela en que se basa esta historia de amor homosexual. Fue su
novela debut y tuvo éxito de crítica y ventas.
James Ivory, sí, el
mismísimo director de Lo que queda del
día (1993), La mansión Howard
(1992), Un amor en Florencia (1985),
es el guionista. Como en su última película The
city of your final destination (2009), filmada aquí cerca, en Punta Indio,
la naturaleza juega un rol importante en la historia. Su guión exhibe la
sabiduría de años de oficio, está tan lleno de silencios como de palabras y
todas las incertidumbres, las certezas, las revelaciones del descubrimiento del
amor se exhiben con envidiable maestría. Cuando se generaliza con que las
historias de amor gay son sombrías, lúgubres y de finales desastrosos y se
destaca a esta como todo lo contrario, se olvida que Ivory ya contó un amor
entre hombres con luminosidad, Maurice
(1987)
Sayombhu Mukdeeprom
es el director de fotografía. Un tailandés, talentoso como el que más, que con
el viejo 35mm, logra una sensualidad y una paleta de colores notables.
Moscazzano, Crema,
Bergamo. Pandino, Montodine, Valbondione, Capralba, Corte Palasio, Ricengo,
Campagnola Cremasca, Parco Regionale del Serio, Pizzighettone y Sirmione son
las locaciones que componen este universo denominado al principio de la
película como En algún lugar del norte de Italia. Pocas veces una zona italiana
lució tan hermosa.
Bill Paxton, el actor
que se fue de gira en las postrimerías de una intervención quirúrgica, es a
quien le está dedicada la película. El marido de uno de los productores era
representante de Paxton y camino a Cannes, donde presentarían una película,
pasaron de visita por la filmación, y Paxton y el director Guadigno que se
admiraban mutuamente se hicieron amigos, de ahí la dedicatoria.
Luca Guadagnino es el
director de este prodigio de expresividad y belleza. Por aquí lo conocimos con El amante (Io sono l’amore, 2009) y se consigue por ahí su A bigger splash (2015) su obra
inmediatamente anterior. Ha logrado con esta una de las historias de amor más
bellas del cine. Puede que sea entre dos hombres, pero el amor es universal, y
esa inquietud, ese caminar por las nubes, esas ganas de cantar y de andar a los
saltos, ese andar fuera de uno, ese mirar de nuevo lo viejo y lo feo y hallarlo
hermoso y dorado, bah, esa cosa que se dice amor está aquí presente y cómo.
Gustavo Monteros es
quien esto escribe y se permite darles un amistoso consejo. No vean esta
película cuando estén cansados, con dolor de cabeza, ganados por las
preocupaciones que con asiduidad los obseden, véanla cuando estén más
receptivos o predispuestos a dialogar con una película impar. La inmensa
mayoría de las películas que vemos le faltan 5 para el peso, son incompletas,
flojas o abiertamente malas, esta es una de las pocas buenas de verdad y no
conviene desperdiciar la oportunidad de descubrirla acarreando alguna energía
dañina.
jueves, 15 de febrero de 2018
El sacrificio del ciervo sagrado
El sacrificio del ciervo sagrado me resultó misteriosa, elusiva, fascinante. Ojo, a
mí. No es una película para andar recomendando sin advertencias. A otros pueda
que le parezca superficial, lenta, tonta. Como su título lo indica juega con la
noción de sacrificio de Isaac o el de Ifigenia.
El griego Yorgos
Lanthimos tiene una manera única de hacer las cosas. En los primeros 20 minutos
nos presenta los términos en los que desarrollará su narración, cómo son sus
personajes, cómo hablan, cómo conciben el mundo. Por ejemplo, hablan de cosas
concretas, parecen no tener opiniones. Las relaciones se perciben extrañas,
singulares. Y los personajes parecen peculiares, excéntricos.
La película se abre
con lo que puede parecer un golpe bajo y que quizá lo sea: una operación de
corazón, porque Steven Murphy, el personaje de Colin Farrell es un cirujano. A
mí me impresionó. Los zombies me acostumbraron a los despanzurramientos y las
visceralidades gore ya no me hacen mella. Pero una operación de corazón me
resultó algo muy directo como preámbulo. Es muy improbable que alguna vez haya
zombies que nos despanzurren, en cambio no es tan lejano que nos operen del
corazón. Quizá abra la película así no
solo para presentar al protagonista sino para decirnos que en este sacrificio
de eviscerar se trata.
Es la segunda vez que
trabaja con Colin Farrell y como en La
langosta, la película anterior que hicieron juntos lo engorda. Parece una
frivolidad, pero es imposible no notarlo. Aquí tal vez para agregarle años y
sortear con kilos y con canas los años que lo separan de Nicole Kidman, que
hace de su esposa y que fuera del set es unos años mayor que Colin y aquí se
supone que son contemporáneos. Los dos ratifican aquí que no tienen la fama que
tienen en vano. Y el pibe Barry Keoghan, visto recientemente en Dunkerque
perfila también un innegable talento. Los otros dos pibes Raffey Cassidy y
Sunny Suljic, que hacen de hijos de Kidman y Farrell también están muy bien. Al
igual que Bill Camp y una casi irreconocible Alicia Silverstone.
Una obra de autor al
que creo que hay que descubrir. Ir prevenidos, está a años luz del típico
producto pochoclero con el que, por desgracia, ya estamos domesticados.
Ya que lo mencioné,
lo completo, tienen el 6 y el 7 invertidos, Farrell nació en el 76 y Kidman en el 67.
Gustavo Monteros
Las horas más oscuras
Las horas más oscuras es la biopic de la semana. Las biopics distan mucho
de ser mi género favorito y menos como se las concibe ahora, de la manera más
pedestre posible, como si con decir que se basa en hechos reales bastara para
dar por contado el cuento. Esta, por suerte, no procura contar tooooooooooda la
vida de Churchill sino algunos días, los días de la operación Dínamo, más
precisamente, que fue como se conoció internamente en Inglaterra al rescate de
los soldados en Dunkerque.
A los ingleses les gusta
celebrarse tanto o más que a los yanquis, pero son infinitamente menos torpes
para hacerlo. No se celebran en sus supuestas hazañas imperialistas sino en sus
hazañas defensivas, que templan supuestamente mejor el carácter inglés, o sea
el Blitz y Dunkerque. Aquí ambos son reflejados de costado, oblicuamente,
porque lo que interesa es cómo Churchill fue en estas horas el Hombre del
Destino.
Churchill, como
Gardel, es característico de por sí, ya viene formateado de entrada. Su forma
de hablar, su peso, sus cigarros, sus bebidas. No es el mejor papel de Gary
Oldman, pero como pasó con Pacino y su medio vergonzante ciego bailarín de Perfume de mujer, sea el que le obtenga
el demorado Óscar. En lo personal de los últimos Churchills prefiero el de John
Lithgow para The Crown. Este de
Oldman, como la primera hora y media de esta película, me resultó irritante,
bordeando lo insoportable. Pero a partir del viaje en subte, cuando conecta con
lo humano y no con las ideas de lo humano, la película, valga la redundancia,
gana en humanidad y dejó de aburrirme.
La ascendente, bueno
ya ascendida, Lily James, y la delgadísima Kristin Scott Thomas, una la
secretaria y la otra la esposa, son las mujeres más distinguibles de esta
historia. Ben Mendelsohn, que últimamente como la mugre y las cucarachas, está
en todas partes es el rey tartamudo.
El director Joe
Wright que en el 2008 con su Atonement/Expiación,
deseo y pecado anduvo por el Blitz y Dunkerque, los revisita ahora de este
otro costado. Gustos u obsesiones que tiene la gente.
En fin, si le gustan las películas biográficas o si se admira mucho a Gary Oldman, véala. Si no pertenece a ninguna de las categorías anteriores, la puede ver, pero, ojo, va por su cuenta y riesgo. Eso sí, al lado de la infladísima Dunkerque (el bodrio más tremendo del 2017) de Christopher Nolan con la que obviamente dialoga es el colmo de la diversión.
Gustavo Monteros
jueves, 8 de febrero de 2018
El arte de Bob Fosse
Siempre que vuelvo a ver las coreografías de Bob Fosse para
cualquiera de los musicales que dirigió (Sweet
Charity, Cabaret y All that jazz) recupero el asombro y la
conmoción que me despertaron las primeras veces que las vi (sí, así en plural,
contraviniendo la lógica, porque ante lo magnífico, el deslumbramiento abarca
no la primera sino las primeras múltiples veces). Ante cada visión me detengo
en detalles en los que no me detuve antes, y si bien ya creo que las conozco de
memoria, de repente detecto que aquel bailarín o aquella bailarina hacen una
pequeña variación, minúscula, pero perceptible y vuelve la conmoción. El arte
de Fosse es como el amor, no se agota.
Gustavo Monteros
Gustavo Monteros
jueves, 1 de febrero de 2018
The Post: Los oscuros secretos del Pentágono
Comencemos por dos
tautologías: “Los yanquis solo pueden ser yanquis” y “El capitalismo es el
capitalismo” Y si las desarrollamos nos da que los yanquis te venden que pueden
iniciar o participar en cualquier guerra, y después cuando el tiro les sale por
la culata, venderte el arrepentimiento, “la tristeza de haber sido y el dolor
de ya no ser”
The Post, los oscuros secretos del Pentágono cuenta una filtración periodística anterior al famoso
Watergate. Estamos a principios de los setenta, en plena administración Nixon, The
New York Times primero y The Washington Post después publican que cuatro
presidentes hasta la fecha usaron la guerra de Vietnam para hacer negocios o
por motivos políticos, que a la larga son más o menos lo mismo, porque en el
capitalismo todo se transforma en dinero o poder, otra tautología “El dinero es
poder y viceversa”.
Si hay alguien que
puede llevar a la pantalla lo que se le da la gana es Steven Spielberg. Sabrá
Dios cómo funciona su morbo creativo, por qué privilegia este proyecto por
encima de aquel otro. En este caso es como si se hubiera dicho: Mirá vos, de “Paren las rotativas” todavía no hice.
Convengamos que ya hay casi una tradición de películas con entretelones de
diarios, y si les sumamos las de investigaciones periodísticas ya tenemos para
varios libros. Como sea, Spielberg puede hacer atrapante hasta el paseo de mi
Perrito, aquí hay una situación única que él, con su suprema sabiduría
narrativa, exprime hasta que destile todo su sabor.
Todo gira alrededor
de si Kay Graham (Meryl Streep) editora dueña del Washington Post autoriza o no
al editor en jefe del periódico, Ben Bradlee (Tom Hanks) la publicación de la
continuación de las revelaciones que inició The New York Times y que no puede
continuar porque le fue prohibido.
Con lo expuesto ya
basta para que cinéfilo básico, entre los que me cuento, esté encantado. ¡Es la
primera vez de Meryl con Tom y Steven! Aunque la cosa resulte en bodrio, ya es
para descorchar champán. Pero, tranquilos el resultado es bueno, tirando a muy
bueno. Kay (Streep) no es ningún personaje aguerrido de Sally Field, más bien
todo lo contrario. Se crió con la fortuna del diario (fortuna entendida tanto
como riqueza y vaivenes del azar también) pero cuando su padre muere, no le lega el
diario a ella, sino a su marido, pero cuando este se suicida, a ella por fin no
le queda más remedio que hacerse cargo del mismo. En lo social, (galas, cenas, homenajes,
eventos en general) lo hace muy bien, en
lo económico, depende de los asesores, quienes en este momento en particular le
aconsejan que amplíe el negocio dando una participación en acciones, algo que
puede ser peligroso, ya que puede perder el control y hasta quebrar. Esta vez no
hay spoiler posible, ya que todos sabemos el resultado, pero el arte del
director está en hacernos olvidar que lo sabemos y que en el proceso nos
comamos las uñas.
Por más maestro que
se sea de la narración, no hay cuento que dure si no está bien corporizado.
Detalle que Spielberg jamás descuida, sus películas están llenas de personajes
que les calzan a los actores elegidos como si hubieran nacido predestinados a
encarnarlos. Con lo que hemos resumido hasta ahora del argumento, sabemos que
Meryl tiene un personaje jugoso para deslumbrarnos otra vez, cosa que hace. El
de Hanks es más bien su satélite, no es tan interesante, pero Hanks le aporta
su aura y nos lo hace un poco más seductor. Y en personajes claves, Spielberg
coloca a actores muy populares y queridos en las grandes series televisivas.
Como Daniel Ellsberg, (el que consigue los secretos) pone al muy talentoso Matthew Rhys, el
protagonista de The Americans. Como
el típico periodista que no cejará hasta obtener la primicia está Bob Odenkirk,
sí el Saul Goodman de Breaking Bad
que hasta se ganó su serie Better call
Saul. Procurando hacer simpático a Robert McNamara, un señor bastante hijo
de puta en la realidad, pusieron a Bruce Greenwood, cara conocida por lo
repetida (en el buen sentido) si las hay.
Tracy Letts, actor que anda por todos lados también y que escribió la
famosa obra Agosto, Osage County,
hace de un asesor de Kay (Streep) que primero no y después sí, como corresponde
a los asesores en los dramas que dependen de una decisión. Y como esposa de
Hanks, la gran Sarah Paulson, que cumple con informar, por las dudas se haya usted
atragantado con un pochoclo y por toser se hubieran perdido, de qué va el drama
de la decisión de Kay (Streep), pero si usted ni se ahogó ni tosió, como ella
actúa como los dioses, igual se los hace apasionante y no le resulta para nada
obvio o repetitivo. Hay más caras familiares, pero se las dejo para que las
descubra.
Sin ponerme
Marxista-Leninista, es obvio que se trata de una drama capitalista de aquellos,
en el que entre los “buenos” tenemos a la patrona garca, Kay (Streep) de la
vieja escuela (le preocupa que sus empleados se queden sin trabajo, este tipo
de patrones ya no quedan ni en las adaptaciones de La cabaña del tío Tom), a lo que voy es que cinchamos para que a
una señora , garcona como la que más, la
aventura le salga bien y gane más plata, y hasta prestigio o lustre de
progresista, pero, bueno, no es tan
raro, porque terminando en tautologías Meryl es Meryl y Steven en Steven, son
grandes y yanquis, y no vamos a pretender ahora que sean rusos o cubanos.
Gustavo Monteros
Detroit: Zona de conflicto
Las películas
testimoniales siempre dialogan con nosotros (bah, todas lo hacen, pero las
testimoniales más). En los escasas y breves períodos de justicia social o de
seguridad jurídica para los de abajo, las vemos con la sonrisa de lo que
creemos superado para siempre (la ingenuidad, de tan voluntariosa, bordea
siempre la estupidez) y en los momentos oscuros (como estos que de nuevo nos
apremian) las vemos como un aviso que llega con atraso o como la advertencia
que siempre se queda corta. La derecha se supera siempre en sus desmanes, sabe
desmarcarse de la piedad porque poderosos medios propagandísticos (llámense
diarios, radios, televisión, internet, redes sociales y cuantos inventos a
venir haya) siempre la protegen y los tontos de siempre, mezcla de fachos
innatos y adquiridos, eligen creerle, darle a su eterna cuádruple moral no el
beneficio de la duda sino la convicción suicida, en política no se muere una
vez, se muere cada vez que se vota al establishment.
Detroit no debería llamarse Detroit: Zona
de conflicto sino Lo que pasó en el
Hotel Argiers durante los disturbios de Detroit una infausta noche de julio de
1967. (Me salió medio un título de Lina Wertmüller por lo largo, pero en
fin, siempre hay un modelo que seguir).
Kathryn Bigelow (Near dark/Cuando cae la oscuridad, 1987,
Blue steel/Testigo fatal , 1989, Point break/Punto límite, 1991, Strange days/Días extraños, 1995, The weight of wáter/El peso del agua,
2000, K-19: The widowmaker, 2002, The hurt locker/Vivir al límite, 2008, Zero Dark Thirty/La noche más oscura,
2012) es una directora que maneja bien el suspenso, la tensión, el salvajismo,
la crueldad, sin los tremendismos de los golpes bajos habituales y sin los
embellecimientos de los justificadores del fascismo, más bien con el nervio
justo de lo que golpea, de lo que deja cicatriz, de lo que no se olvida.
La película comienza
casi como un cuento de hadas, que nos introduce en este Detroit al que los
cambios sociales, políticos y sobre todo económicos dejaron al borde del
estallido social. Zaffaroni dice que el estallido llega cuando menos se lo espera,
que se lo anuncia, sí, pero se presenta por un por qué pequeño, inaudito,
inesperado bah. En esta historia, llega por una razzia policial a un antro de
drogas, juego, sexo y alcohol, que se hace por una cadena que no puede
romperse, por la puerta delantera y no por la del costado, como sería
aconsejable. El resto es historia y dentro de esa historia está lo que pasó una
noche aciaga en el hotel Algiers.
Después de ponernos
en circunstancia histórica, el filme nos describe los personajes que
intervendrán de un lado y del otro del hecho atroz. Policías y civiles, y
algunos militares, más algunos vigilantes privados coincidirán en este hecho de
sangre, que no está del todo claro (se aclara por ahí que los hechos fueron reales,
pero que quedan muchos puntos suspensivos en cuanto al cómo y por qué se
desarrollaron así, que el guión llenó dichos puntos suspensivos con la lógica
del talento de los que intervinieron (el guión es de Mark Boal), eso la salva,
gracias a Dios, de la biopic habitual estúpida de todas las semanas, que
presume saberlo todo y nos aburre a fuerza de una estupidez tras otra).
Lo que vemos por
momentos se vuelve muy angustiante porque le encontramos un correlato directo
con lo que ocurre en este mismo instante afuera del cine protector, en que nos
hallamos. A las fuerzas de seguridad, llámenselas policía, gendarmería, policía
militar, provincial, municipal o como corno se prefiera, nunca , pero nunca de
todos los jamases, debe dársele carta blanca, piedra libre, rienda suelta y
siempre, pero siempre de todos los siempres se debe educar, fomentar, influir
por hipnosis si no queda más remedio, el respeto al congénere y si es distinto
más, que comprenda, para empezar a hablar, que ser blanco no le da derecho
sobre las otras razas, que ser cristiano no le da derecho sobre las otras
religiones, que ser heterosexual no le da derecho sobre las otras elecciones
sexuales, y que portar un uniforme no le da NINGÚN derecho sobre los que no lo portan. Y que quede
claro que cada vez que alguien diga los derechos humanos esto o las garantías
sociales aquello es un facho irredento, que merecería ser reeducado hasta que
aprenda sus errores. Porque hay muerte cada vez que dicen eso, y los muertos
siempre los ponemos nosotros, los de abajo, los que creemos que las razas,
credos, elecciones sexuales no deben discriminarnos, porque todos contribuimos
a la belleza de este mundo. Pero, claro, hay lecciones que no se aprenden nunca
o tardan en aprenderse.
En resumen, una
película ineludible para los que nunca la verán y menos la incorporarán si
decidieran verla. El problema no es la venda, las anteojeras sino la elección
de tener esa venda, esas anteojeras a como dé lugar, porque lo otro es dejar de
lado prejuicios y mentiras que, por alimentarles la vida entera, ya no pueden
dejar. Los demás, véanla con cuidado, es lo que sabemos, con el dolor de
siempre.
Gustavo Monteros
martes, 30 de enero de 2018
Victoria y el sexo
Victoria (Virginie
Efira) está más loca que una cabra, bueno no tanto, pero casi. Es una abogada
talentosa, separada de un marido de buen pasar, que ahora la va de escritor y
publica en un blog, un retrato parcial y polémico de Victoria, más secretos peligrosos
de sus clientes, Victoria es también madre de mellizas pequeñas a las que
malcría, ¿por culpa, quizá?, y no dice no cuando debería. Un baby sitter
masculino, por ejemplo, no solo debe cuidar a las niñas, sino “cuidarla” a ella
sexualmente, ¿¡por qué no!? Y si un amigo, Vincent (Melvil Poupaud) le pide que
lo represente, aunque ella sabe que no debe hacerlo, lo hace igual, con
previsibles y nefastas consecuencias. Victoria es muy bonita y como no tiene
tiempo para coqueteos y conquistas, recurre a las citas digitales, a las que
corresponde “en persona” en su cuarto, ¡que está al lado de la de sus hijas! En
el caos en el que vive, le parece lo más natural del mundo meter en su casa a
un excliente, Samuel, más conocido como Sam (Vincent Lacoste) ¡un ex – dealer!
Pero con Sam la pega, y le tenía que tocar, aunque más no sea por las variables
de la estadística.
Amo las comedias, por
su ingenio, por su levedad que sin embargo revela verdades a veces más
profundas que las del drama. Aquí no hay réplicas brillantes, pero si
situaciones de una inteligencia superior, como cuando la amiga lesbiana cree
estar criticando duramente a Victoria, ¡y en realidad no hace más que
describirse a sí misma, evidenciando ahí, en escena, su conducta! Y las
situaciones con animales no le van a la zaga.
Técnicamente es una
comedia romántica, pero Victoria y el
sexo de Justine Triet es mucho más que eso, para empezar es también una
reflexión sobre el sinsentido cotidiano, sobre los caprichos del destino, sobre
víctimas que tienen todo para no serlo ¿¡y lo eligen?!, y sobre qué corno es
hoy la locura.
Victoria y el sexo tiene todo para pasar desapercibida y perderse, se
estrenó con solo dos funciones, 18:30 y 23:00, y no llegará a una segunda
semana, pero como las películas al igual que los gatos tienen varias vidas, en
las mantas de la calle, en el cable, en las plataformas de contenido, en los
ciclos por internet (estuvo en un reciente ciclo de cine francés online, que ya
terminó, lo siento) o donde sea que se la crucen, tómense su tiempo y
conózcanla, porque Victoria estará un poco tocada, pero enamora y hace sonreír,
algo nada despreciable en estos tiempos oscuros.
Gustavo Monteros
viernes, 26 de enero de 2018
La rueda de la maravilla
A Woody Allen hace
años que le faltan el respeto, de modo que no le iban a conceder dos buenas
seguidas, aunque lo sean y mucho. Después de aceptar que Café Society era una película notable, los críticos y afines se
despacharon con que esta Rueda de la
Maravilla era buena a secas. Esta renuencia debió indicarme que era un
reconocimiento a regañadientes de sus virtudes. Pero no soy todo lo suspicaz
que debería y ahí estaba, con pocas o nulas expectativas, el primer día en que
el calor había cedido, con otros cincuenta, me sorprendió ser tantos, un
miércoles a las 4 y 20 de la tarde, en un cine platense. Si bien había algunos
jóvenes, el resto éramos sub-noventa.
La primera duda se
clarificó al ratito de empezada. Allen a veces hace cine A y a veces cine B, y
no me refiero a los medios de producción a su alcance sino que a veces plantea
las películas con una secuenciación cuidadosa, sofisticada, variada, como en el
cine A, y otras, como en el B, está más concentrado en que salga rápido y las
secuencias son largas, de un tirón, y si no son planos secuencias puros, casi o
con mucho plano y contraplano de dos cámaras y edición. Esta venía para el lado
B. Este modo de filmar le viene mejor a los actores teatrales, más
acostumbrados que los del cine, a sostener una escena, a darle ritmo, contraste
y variación. Y este cuarteto protagónico creo que no tiene mucho teatro encima.
Aunque desde su entrada a escena, Kate Winslet está dispuesta a ponerse la
película al hombro y salir por los caminos. Desde el inicio mismo nomás, el
iluminador (nunca más exacta esta denominación) Vittorio Storaro decide
revestir los pocos planos que usarán de fulgores crepusculares. Lo que potencia
los colores naturales de esta Coney Island en decadencia, llena de carteles de
coca-cola, que son obviamente muy rojos y ya se sabe, al rojo el que más le da
pelea es el amarillo, así que tenemos todas las tonalidades del rojo y del
amarillo. Storaro se mueve a tour-de-force y llena el ojo de maravilla, como la
rueda del título. Que
gira en torno de cinco personajes. Ginny (Kate Winslet) una mesera con pasado
de actriz incipiente, Richie (Jack Gore) el hijo de su matrimonio anterior con
el amor de su vida, todo un pirómano en
ciernes el pibe, Humpty (Jim Belushi) la
actual pareja de Ginny, un hombre que
quiere que lo quieran (¿quién no?) y lo dejen pescar, eso sí, de mala bebida y
de prioridades discutibles, Carolina (Juno Temple) hija veinteañera de Humpty,
que huye de su marido gangster ya que obligada por la policía reveló secretos
que no debía, y Mickey (Justin Timberlake) un bañero narcisista con vocación de
dramaturgo.
Y como siempre con
Woody Allen hay unas cuantas citas, ecos y sombras de distintas fuentes. Ya que
Ginny fue actriz y Mickey quiere escribir teatro, se menciona a O’Neill,
Chejov, Shakespeare y Sófocles. De Chejov está esta mala costumbre humana de
enamorarse de quien no corresponde o de quien no te corresponde, de O’Neill el
empecinamiento norteamericano de soñar pero atarse al error que imposibilita el
sueño, de Hamlet que es el personaje de Shakespeare que se menciona, la
sensación perenne y pesadillesca de no estar viviendo sino representando un
papel y de Edipo, el personaje de Sófocles al que se hace referencia, la
inevitabilidad de la tragedia una vez que la falla (en cuanto yerro) esencial
de los personajes está planteada. Mickey y Richie son muy O’Neill,
Ginny es Shakespeare puro, Humpty y Carolina son Sófocles no diluido y todos
son Chejov porque patean su crepúsculo soñando con amaneceres. Y hay, aunque no
se lo mencione, mucho Tennessee Williams, Carolina, como la Blanche du Bois de El tranvía llamado deseo, llega a esta casa como al último puerto,
y Ginny desempolva del baúl joyas de fantasía y vestidos de glorias pasadas,
como los que desempluma Blanche en algún momento, y en la borrachera final hay también
algo de su locura.
Jim Beslushi y Justin Timberlake sorprenden en su solidez
para el drama porque uno no imaginaba que la tenían, Juno Temple está a la
altura de sus antecedentes que son excelentes, y el pibe Richie (uno de los
chicos que hacen de hijos de Damian Lewis en la serie Billions) conmueve con sus huidas hacia el fuego o el cine, cada
vez que la vida se le pone brava o sea todo el tiempo. Pero el show es de Kate
Winslet que nos agarra de las bolas, perdón, del cuello y nos mete en la
historia como una Anna Magnani, o más bien como una Joan Crawford o una Bette
Davis, porque con eso juega también Allen, con la evocación de esos melodramas
Warner de mujeres cuarentonas de frustraciones trágicas, y como si fuera poca
la maravilla, Winslet le agrega en la enajenación de cerca del final un toque
Bette Davis, pero no la de la Warner sino la de ¿Qué pasó con Baby Jane?
Jóvenes y veteranos casi ni respirábamos de lo atrapados
que estábamos, al menos en esa tarde no tan calurosa le hicimos justicia a una
película, a una fotografía y a una actuación a las que les robaron en las
nominaciones para los distintos premios. Pero como se dijo por ahí, por esto de
los Óscar, la gloria no está en los premios, sino en la obra. Y esta tiene
gloria de sobra, se la descubra ahora o en unos años.
Gustavo Monteros
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