...cerrado por agotamiento físico-psicológico-cultural. ¡Volveremos!
(No estoy cansado de lo mismo que Madeline Kahn, pero ¿quién puede resistirse a postear alguna vez esta maravilla.)
Abrazo grande,
Gustavo Monteros
jueves, 14 de noviembre de 2013
viernes, 8 de noviembre de 2013
The iceman
Si hay algo que la literatura y el
cine has probado casi imposible es que alguien tenga una doble vida y se salga
con la suya. Tarde o temprano, los caminos se cruzan y la verdad se revela.
Richard Kuklinski (Michael Shannon) le oculta todo a su esposa, Deborah (Winona
Ryder), primero que no dobla dibujos animados sino películas porno y después
cuando el capomafia, Roy Demeo (Ray Liotta) le dé un trabajo más acorde a sus
talentos le dirá que se dedica a la especulación bursátil. Tampoco es cuestión
de contarle a la propia esposa que uno es un asesino profesional, de esos que
apagan faroles sin pestañar.
El film se basa con aparente
fidelidad en un caso real, lo que le da a la historia la dificultad de crecer
como drama. Tal como está, es un cuento técnicamente impecable que no ofrece
más suspenso que saber cuándo se enterarán la esposa y las dos hijas y cómo.
Sin embargo la trama se sigue con interés por el magnetismo del protagonista.
Como mucha otra gente, le di un
nombre y apellido a Michael Shannon en la fabulosa El imperio del contrabando (Boardwalk Empire), serie que sigo
religiosamente sin perderme un minuto. Antes todos lo habíamos visto en
numerosas películas como otro más de los excelentes actores de reparto que
tiene el cine yanqui. A partir de la serie ascendió a protagonista y muchos lo
seguimos con admiración en todo lo que emprende. Como Jean Reno, Jean-Paul
Belmondo o Humphrey Bogart pertenece a los “carones”, los que más que por
donosura enamoran a la cámara con la inimitable personalidad de sus rasgos. A
Shannon, el talento para actuar le exuda y puede ser tanto el más noble de los
vecinos o el más hijo de puta de los villanos. Si no lo conocen o no lo ubican
del todo, The iceman de Ariel Vromen es
una inmejorable oportunidad de familiarizarse con él. Su actuación aquí es
sencillamente deslumbrante. Convierte a esta película en un hito del arte de
interpretar y no exagero en lo más mínimo, más bien me quedo corto. Tan grande
es.
Ray Liotta como en Mátalos suavemente le presta a su
personaje su paso por la insoslayable Buenos
muchachos de Martin Scorsese. Winona Ryder está bien y es bienvenida otra
vez al ruedo. Chris Evans anda con ganas de ser algo más que El capitán América y se anota unos
cuántos puntos. En el elenco figura también un casi irreconocible David
Schwimmer y se engalana con los gánsteres de John Ventimiglia y Robert Davi.
James Franco tiene una breve participación y el bueno de Stephen Dorff se luce
en su también fugaz escena.
Si son de degustar excelentes
actuaciones, no le fallen a este Michael Shannon de antología.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Un camino hacia mí
Fui un chico difícil y un adolescente
incluso más difícil. Al abrir los ojos cada mañana, los primeros que tenían que
lidiar con mis dificultades eran los miembros de mi familia, quienes las
ignoraban o hacían lo posible por intensificarlas. Sobreviví a mis dificultades
y a ellos. En mi primera juventud acomodé cómo pude las cosas, me di y les di a
cada cual su culpa y empecé a desandar mi vida con la niñez y la adolescencia
detrás y sus cuentas relativamente saldadas. Pero de verdad dejé de culparlos
al entrar a la treintena larga. Comprendí que cuando era adolescente, mis
padres tenían la edad a la que yo había arribado. ¿Cómo pedirles, pues, que me
contuvieran, me comprendieran cuando yo, llegado a esa etapa, no entendía nada
ni podía contener ni a un peluche? Fue un alivio y una condena. Ahora por fin
mi vida era mía y a nadie podía atribuirle los desastres que cometía. Crecer
siempre es difícil, aunque la adolescencia es el peor ritual de pasaje. La pena
y la dicha son más intensas, de colores refulgentes, sin matices, todo es
extremo y el alboroto hormonal poco ayuda. Se acabaron las ternezas de la
infancia y lejos están las certezas de la madurez. Me acojo a lo que dice la
canción de Gigi: I’m glad I’m not
young anymore (me alegra ya no ser joven).
Desde el principio sabemos que Duncan
(Liam James) está en problemas. Un camino
hacia mí se abre con una de las escenas más crueles desde que Ingrid
Bergman se sentara al piano y humillara a Liv Ullman en Sonata otoñal. Trent (Steve Carell) el novio de la madre de Duncan,
Pam (Toni Collette) le pregunta a Duncan: “Entre 1 y 10 ¿qué puntaje te das?”
Duncan a regañadientes se da un 6. Trent le retruca: “Para mí sos un 3”. La
escena está muy bien filmada, transcurre en un auto y de Trent sólo se ven los
ojos en el espejo retrovisor, en cambio de Duncan se ve todo su rostro que
refleja el dolor infringido. Por suerte, más adelante Duncan se topará con Owen
(Sam Rockwell) un adulto inmaduro, que todavía se lame las heridas de la
adolescencia, por eso los comprende tanto, que le dirá: “No te preocupes, no te
conoce, esa respuesta habla más de él que de vos”. Menos mal, sino pequeño
trauma tendría Duncan que superar. Y siguiendo con los números, es imperativo
aclarar que Duncan tiene sólo 14 años.
Un
camino hacia mí transcurre en unas acotadas vacaciones de verano en
las que Duncan y todos los que lo rodean harán unos cuantos ajustes. Es una
pequeña película que como los ejemplos mencionados en el afiche (Pequeña Miss Sunshine y La joven vida de Juno) se vuelve entrañable,
porque si bien parte de una peripecia chiquitita, ésta se vuelve trascendente
en sus alcances.
Se distingue debido a que parte de
tres ejes imbatibles: un elenco impecable, un guión bien estructurado con
algunas frases brillantes y una dirección que sabe servirlo. Steve Carell y
Amanda Peet se lucen en papeles antipáticos esta vez. La extraordinaria Toni
Collette hace lo suyo o sea algo extraordinario. La no menos enorme Allison
Janney descuella en la vecina Betty. Maya Rudolph entrega una hermosa actuación salvaje con Caitlin y el bueno de Sam
Rockwell le da aristas y sutilezas a su Owen. El pequeño Peter de River
Alexander con su ojo ladeado es una delicia. Están también muy bien las
adolescentes Zoe Levin (Steph) y AnnaSophia Robb (Susanna), pero nada sería lo
mismo sin un protagonista luminoso, imposible no identificarse con el Duncan de
Liam James.
Los actores y guionistas, Nat Faxon y
Jim Rash debutan en la dirección con esta honestamente manipuladora historia,
honestamente porque no cae jamás en la tentación del golpe bajo berreta. Y si
bien pudieron evitarse la competencia final, debieron sentir que conducía mejor
al abrazo, lo cual es verdad.
El lema del afiche dice: “We’ve all
been there”. Y sí todos hemos estado ahí, en una transición dolorosa, de
adolescentes, de adultos, en cualquier edad, bah.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 25 de octubre de 2013
Gravedad
Gravedad se dio a
conocer internacionalmente en el Festival de Venecia, fuera de competencia. Al
poco tiempo se exhibió en la muestra de Toronto. En ambas ciudades despertó el
amor del público y el entusiasmo de los críticos. En la taquilla estadounidense
fue una Cenicienta, se estrenó con menos publicidad y bambolla que los otros
tanques con los que competía y arrasó. Aunque respeto a Alfonso Cuarón (La princesita, Grandes esperanzas, Y tu mamá
también, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Niños del hombre), con
soberbia estúpida pensé que la convertiría en una de esas películas que todo el
mundo ama y que yo me empeño en aborrecer, porque tanto amor instantáneo me
amenazaba, me compelía a que me gustara y con tardío recelo adolescente me
resistía a sumarme al entusiasmo uniforme. Qué equivocado estaba.
Gravedad no es una
película de estudio, no, es un proyecto personal que Cuarón elaboró con su
hijo, Jonás, durante unos cuantos años y que después le vendió a un estudio. Es
una nueva instancia del viejo relato de los marooned (abandonados, aislados,
varados) en el espacio que deben sobrevivir mientras hallan un medio de volver
a la Madre Tierra. Sandra Bullock es una científica que instala un zocotroco
que estudiará las cosas por ahí y George Clooney es el conductor de la nave.
Los rusos por error bajan un satélite de un misilazo y desatan una avalancha de
residuos, porque allá arriba está lleno de artefactos, estaciones y esas cosas.
Se quedan sin comunicación con la Tierra y entonces…
Gravedad, como las
tiras del paracaídas que se enredan en las piernas de la Bullock, tiene una
manera de engancharte y llevarte a su centro gravitacional sin darte respiro ni
para desenvolver un caramelo. Son 91 minutos de entretenimiento trepidante,
apabullante. Hollywood andaba necesitando una inyección de Cuarón, el mexicano
concibe una belleza personalísima y se despacha hasta con un par de
innovaciones técnicas que serán copiadas hasta el hartazgo en futuras
explotaciones pochocleras. Deslumbra la manera en que nos lleva desde el afuera
hasta el interior del traje de astronauta de la Bullock, sencillamente
magistral.
Gravedad es
básicamente un two hander (obra de dos personajes) y necesitaba dos estrellas
de probado magnetismo con identificación positiva inmediata con el público.
Sandra Bullock y George Clooney lo son, conozco personas que los detestan pero
son las menos, los que los queremos somos más, de allí su democrática
popularidad. Clooney desparrama su proverbial encanto y seducción y Bullock
entrega su mejor actuación hasta la fecha, el personaje se aviene perfectamente
a su estilo salvaje y físico de encarar la actuación. Hablando de físico, la
Bullock a los 49 años conserva las curvas en los lugares adecuados y alborota
la ratonera entera.
Gravedad, como La invención de Hugo Cabret de Martin
Scorsese, merece verse en cine. Se disfrutará en cualquier formato pero es cine
puro del mejor cuño y se experimentará mejor en pantalla grande y sin
interrupciones. Un espectáculo grandioso, sofisticado y con el mejor espíritu
de las viejas matinées.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
Por sus obras los conocereís
En un principio pareció ser un discurso más, el tiempo habría de demostrar que fue un ideario a cumplir.
viernes, 18 de octubre de 2013
Nunca estuviste tan adorable
Sin exageración ni obnubilación
alguna, asevero y firmo que Nunca
estuviste tan adorable es una de las obras teatrales más hermosas que se
hayan escrito. En 2004 para el ciclo Biodrama (de obras que se gestan a partir
de algún elemento biográfico) que coordinaba Vivi Tellas, Javier Daulte estrenó
esta, insisto, bellísima pieza en el Teatro Sarmiento. Debido a su éxito pasó al
año siguiente al Teatro de la Rivera (donde pude verla) para terminar en el
2006 en la calle Corrientes, más precisamente en el Broadway.
La talentosa actriz Mausi Martínez se
enamoró de ella y decidió llevarla al cine en el 2009. Compartió el guión con
Daulte y escribió las letras de las canciones que se oyen en el film (en la
puesta original había interludios musicales sin letra). La obra cuenta hechos de la vida de la abuela
materna de Daulte.
La primera parte es apabullantemente
locuaz y de incesante ritmo, no hay que desesperar, de a poco se comprende
cuáles son las relaciones entre los que hablan
y de quienes hablan. En mi cabeza, este inicio se equipara al famoso
arranque de la novela de Manuel Puig, La
traición de Rita Hayworth, con aquel larguísimo diálogo pelado en el que no
se especifica quienes hablan, dónde y en qué momento. Y ya que hablamos de Rita
Hayworth, digamos que el título es la traducción literal del nombre del film
que Rita coprotagonizó en 1942 con Fred Astaire (You were never lovelier), que aquí se conoció como Bailando nace el amor y que no es otra
cosa que la remake de Los martes,
orquídeas, película de 1941 que transformó a Mirtha Legrand en estrella de
la noche a la mañana. De allí que en el monólogo de Mirta Busnelli donde narra
la anécdota que pagará tan caro, ven en un cine Los martes, orquídeas.
Como en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, 1966, de Mike Nichols, Mausi
Martínez no disimula el origen teatral sino que más bien lo celebra. Excelente
decisión ya que el texto es muy rico. Martínez estiliza la escenografía y el
vestuario y ofrece una película tan sencilla como elegante. María Onetto, de
pelo corto y teñido de rojo, tiene un aire a la Gwen Verdon de los años 60,
tiempo en que transcurre la acción.
Martínez conservó a parte del elenco
original, a las dos insustituibles protagonistas, María Onetto y Mirta
Busnelli, y a Lorena Forte, Lucrecia Oviedo y William Prociuk. Reemplazó a Carlos
Portaluppi (Guillermo Arengo hizo también ese papel en la obra) por Luis Luque
y a Luciano Cáceres por Gonzalo Valenzuela. Luque está perfecto, pero me cuesta
olvidar lo maravilloso que estaba Portaluppi. Valenzuela está también muy bien
como el padre de Daulte.
Este
domingo 20 de octubre, día de la madre, a las 18 hs puede verse Nunca estuviste tan adorable en Incaa
TV. Si tienen la suerte de tener este canal en la grilla de su cable, no se la
pierdan. La película se distribuyó poco, no se editó en DVD y merece verse. Por
los valores propios del film y por las virtudes de un texto ineludible.
Un abrazo, Gustavo Monteros
jueves, 10 de octubre de 2013
Blue Jasmine
Una mujer muy caída en desgracia se
refugia en la casa de su hermana, último bastión que le queda. ¿Les suena
familiar? Claro, es el conflicto inicial de Un
tranvía llamado Deseo. Blue Jasmine,
la última de Woody Allen es una reformulación homenaje a la obra homónima de
Tennessee Williams. No sorprende entonces que la protagonista sea la magnífica
Cate Blanchett, que ya tiene en su haber dos versiones de Blanche en sendas
puestas teatrales de la obra, la última dirigida nada más ni nada menos que por
la inmensa Liv Ullman.
Se trata de una reformulación no de
una versión o una actualización. Hay una reescritura completa. Pero el punto de
partida y el de llegada, más alguna que otra circunstancia, son iguales a los
de la eximia obra teatral. Los que conocemos bien la obra disfrutamos las
similitudes y los apartamientos del original. Los que no la conocen tendrán el
doble placer de disfrutar esta transformación y podrán después, si son
gustosos, remitirse al libro o a alguna de las versiones cinematográficas o televisivas
de la pieza. El tema central en Williams y en Allen es la imposibilidad de una
mujer para superar su pasado y la pobre, por errores propios y avatares ajenos,
termina por desbarrancarse en la insania.
Como siempre los diálogos de Allen
son precisos y punzantes, los personajes delineados con claridad meridiana, las
interpretaciones gozosas y fluidas porque al no haber tanto corte de planos
pueden apreciarse en toda su riqueza. La expresiva dirección de arte vuelve a
ser de su colaborador frecuente, el gran Santo Loquasto y la hermosa fotografía
es del español, Javier Aguirresarobe (Los
ojos de mi niña, Los otros, Hable con ella, Los fantasmas de Goya, Vicky
Cristina Barcelona).
Y como siempre también cuenta con el
elenco que se le ocurre, nadie le dice no a Woody. Alec Baldwin, Louis C K,
Bobby Cannavale, Andrew Dice Kay, Peter Sarsgaard, Michael Stuhlbard están
irreprochables, pero el film tiene una reina y una virreina. La genial Sally
Hawkins es la hermana y, me pongo de pie, porque en una actuación sencillamente
antológica, Cate Blanchett habita la perfección. Se ve venir lo que le pasará a
su personaje y sin embargo por más preparados que estemos nos deja con un nudo
en la garganta.
Por Cate, Sally y los virtuosos
talentos de Allen es una película imperdible. Sin duda alguna, una de las
mejores del año.
Por suerte es todo lo que tengo para
decir. Por haber sido justo con Woody,
no tengo que pedalear en el aire. Como nunca dije que estaba acabado,
que era un has-been total, que Match-point
era el resabio del oficio que se negaba a morir, que Medianoche en París era la última golondrina que le hacía el verano
a un director seco e invernal o alguna otra insensatez de parecido temor, no
tengo que disculparme, justificarme o elucubrar alguna teoría trasnochada que compense
tanta metida de pata.
Posterior al estreno de esta película
en Londres, los críticos de The Guardian eligieron las 10 mejores películas de
Woody Allen y como tenían que ser sólo 10, dejaron afuera a… ¡La rosa púrpura del Cairo! ¿De cuántos
directores se pueden elegir sus mejores 10 películas? Algunos en toda su
carrera no llegaron a 10 y apenas unas pocas podían ser consideradas sus
mejores. El pequeño es un gigante. O como decía la vieja propaganda del
secarropas: Poderoso el chiquitín.
Un
abrazo, Gustavo Monterosjueves, 3 de octubre de 2013
Hannah Arendt
La cosa empezó mal. En la sala muchos
espectadores zambullían sus manos en baldazos para pescar el pochoclo, llevarlo
a la boca y deglutirlo. Tanto cranch, cranch, cranch poco ayudaba a adentrarnos
en el clima que la directora Margarethe Von Trotta quería crear. El silencioso
secuestro de Eichmann en 1960 en San Fernando, Buenos Aires, interrumpido levemente
por música suave transcurrió a pleno cranch, cranch, cranch. Una señora muy
molesta dijo en voz alta: No deberían vender pochoclo para películas como ésta.
Otra, más molesta todavía, dijo: A ver si la cortan con tanto ruido. Los
pochocleros, impertérritos, seguían con sus cranch, cranch, cranch. En la
pantalla, la película iba de mal en peor, cometía todos los pecados de la peor
miniserie biográfica, diálogos tan explicativos y situaciones tan didácticas
que dejaban al Pato Lucas de algunos cartoons con sus carteles de “Éste es el
malo”, “Éste es el bueno” a la altura de un Bergman. Hay muchas maneras de
presentar personajes con antecedentes, pero la Von Trotta y su coguionista Pam
Katz, elegían las más obvias. Groseramente nos contaban que Arndt era una
filósofa famosa, que había sido alumna y algo más de Martin Heidegger (quien
terminó defendiendo al Nazismo), que había estado internada en un centro de detenidos
judíos en Francia (eufemismo si los hay) y que había sido salvada de ser
trasladada a un campo de exterminio por una visa para EEUU que consiguió su
querido marido, Heinrich, a quien Hannah le perdona una relación paralela de lo
más blanqueada con una psicóloga, que la novelista Mary McCarthy es la amiga y
admiradora que la integró a la intelligentsia estadounidense, que su amigo Hans
se salvó de los campos y luchó contra los Nazis tras alistarse en el ejército
inglés y que tiene una visión opuesta a la de Hannah en todos los temas, que no
tuvo hijos pero que su joven secretaria, Lotte, es mejor que una hija porque la
familia no se elige y los amigos sí, etc. Pensándolo bien, quizá no estuviera
mal que esta parte de la película tuviera el cranch, cranch, cranch de los
pochoclos de fondo, porque la resolución del guión era de lo más pochoclera.
Ejemplo flagrante, Hannah Arndt escribe a la revista New Yorker para solicitar ser
su corresponsal en el juicio a Eichmann en Israel y el editor está tentado a
aceptar, pero cuenta con una bruja de asistente que pregunta: “¿Y ésta quién
es?” Entonces el secretario del editor saca un libro de una estantería y dice: “Es
la autora de Los orígenes del
totalitarismo, leelo”. El editor le da el trabajo, se ve a Hannah en un
autobús en Israel y comienza otra película, muy buena, excelente tal vez. (Para
entonces, los deglutidores de pochoclo, gracias a Dios, habían terminado su
faena.
En Israel, Hannah se reencuentra con
su querido amigo Kurt, un sostenedor del sionismo, con quien poco coincide,
pero con el que siempre se reconcilia. Comienza el juicio y Van Trotta toma una
decisión clave que se vuelve significativa, no pone a un actor a hacer de
Eichmann (como dijo en un reportaje, le hubiera pedido que lo imitara a la
perfección) sino que usa la grabación televisiva del juicio con el mismísimo
Eichmann. Quiere que corroboremos o no lo que Arndt ve. Porque dos cosas llaman
la atención de Hannah: la profunda mediocridad de Eichmann que contrasta con el
horror de la tarea a su cargo, llenar los trenes que iban a los campos y dos,
la justificación de unos de los líderes judíos sobrevivientes que provoca una
dolorosa reacción en uno de los miembros del público. Volverá a los EEUU y
concebirá una interpretación que despertará tumultuosas polémicas y le dejará
unos cuantos ex amigos. En esta, digamos, segunda parte, el film se vuelve
apasionante, atrapante, desafiante. Tersura que se ve opacada por flashbacks
que remiten a su relación con Heidegger, como dijo alguien en algún lado los
flashbacks lucen elegantes y cohesionados en el cine clásico, pero en el cine
moderno parecen un artilugio mañoso.
Toda buena obra de arte parte de una
realidad muy acotada para alcanzar resonancia universal. Pero Hannah Arendt establece con nosotros un
diálogo más cercano y relevante. Por desgracia hay unos cuantos puntos de
contacto entre el régimen nazi y la dictadura cívico militar que arrancó en el
76. Y más de una reflexión que se baraja nos hace eco. Y no sólo dialoga con
nuestro pasado, la escandalizada reacción de gente que no leyó el artículo de
New Yorker, que no fue a las fuentes y se basa para ofuscarse en
interpretaciones tendenciosas de periodistas prejuiciados guardan más de una
coincidencia con algunas airadas reacciones cotidianas nuestras.
Curiosamente también dialoga con la
película de la que hablamos recientemente. En Wakolda el secuestro de Eichmann apresura la fuga de Mengele y
ambos films están hablados en más de un idioma lo que acentúa en Hannah Arendt un yerro que no es de la
película. En Wakolda los subtítulos
no son tales sino las líneas originales del guión que fueron traducidas al
alemán y al hebreo para ser dichas por los actores; en Hannah Arendt los subtítulos son subtítulos y, para nuestro infortunio
de espectadores, bastante malos. En una película de ideas contar con subtítulos
pobres, inorgánicos, difíciles de seguir es un castigo del que podrían habernos
librado.
Margarethe Von Trotta (Las hermanas alemanas, Rosa Luxemburgo, La
promesa) elige bien a sus actores y los dirige mejor. Todos están
perfectos, aunque sobresalgo a dos. Gracias al cine de Fassbinder y la misma
Von Trotta, la exquisita Barbara Sukowa no nos es ajena. Aquí como el personaje
del título vuelve a deslumbrarnos. Y Janet McTeer que fuera el entrañable
pintor de brocha gorda en El secreto de
Albert Nobbs ratifica como Mary McCarthy su impecable talento.
La película termina prácticamente con
una invitación a adentrarnos en la obra de Arendt, en lo personal recogeré el
guante porque la conocía sólo de mentas. Ésta es una película ineludible (lo
que sigue es de mi cuenta y riesgo) que incita a oponernos a lo que la derecha
política hace últimamente: vaciar de contenido la discusión y las ideas hasta
transformarlas en slóganes huecos con los que se pretende anular el desarrollo
del pensamiento. Porque pensar es siempre peligroso, aunque es lo único que nos
salva, vaya paradoja, de peligros mayores.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 27 de septiembre de 2013
Wakolda
Lucía Puenzo no sólo es talentosa
sino también completita. Primero escribe una novela, no el esbozo novelado de
un guión, no, una novela hecha y derecha, como Dios manda, con valores
literarios propios. Y después la adapta para cine, no complacientemente, no,
como corresponde, dejando afuera lo que no puede contarse porque no es
cinematográfico. Lo sé. Tuve el placer, hace ya un año largo, de leer la novela
Wakolda, no bien salió. Y puedo
compararla ahora con la película terminada.
Wakolda se exhibió
primero en festivales internacionales y los críticos del mundo festejaron sus
logros. Llegó el estreno argentino y los críticos locales, aunque no les quedó
más remedio que calificarla de muy buena, se pusieron a buscarle el “pero”
discordante. Dijeron que era muy ambiciosa y con demasiado argumento, como si
esas cosas fueran malas o criticables per se. Sí, una de las características
del cine de Lucía Puenzo es que tiene líneas argumentales varias, que se
traducen en líneas temáticas diversas. Sí, Wakolda
es, entre otra cosas, tanto la historia de una iniciación, como de una
educación sentimental, de una fascinación por el mal, de un desarraigo y de un
naufragio. ¿Y qué?
Ahora bien, cuando se tienen muchas
líneas argumentales, tantas que no puede establecerse una historia principal y
dos o tres secundarias, hay dos modos de desarrollarlas. La de la trenza que se
deshace o la de la trenza que se hace. O se parte de una trenza de cabello ya
peinada y lentamente se desenredan las tiras que la componen para luego peinar
el cabello y alisarlo, como en Los
sospechosos de siempre. O se procede a tomar el cabello lacio, separarlo en
partes y comenzar a anudarlo en una trenza como en Wakolda.
La película comienza con la historia
en cero. Estamos en los años 60 en una ruta provincial que va al sur. El azar
reúne a una familia (en la que hay una nena con problemas de crecimiento) que
abandona Buenos Aires para ir a Bariloche a ocuparse de una hermosa y lujosa
hostería recién heredada, con un médico que viaja solo, también a Bariloche;
que el tal medico sea el mismísimo Josef Mengele con todo lo que eso implica se
sabrá después. No diré más porque nada más debe saberse. Sólo diré que los
títulos aclaratorios finales son como la hebilla o el lazo que sostienen la
trenza.
Pedirle a alguien con la capacidad de
enhebrar argumentos sólidos que se restrinja y narre uno o dos tramas es como
pedirle a Almodóvar que no sea histriónico, a Fellini que ame a las flacas
esqueléticas o que Bergman no sea angustioso. Un sinsentido. Cada director es
como es y crea un mundo con sus propias reglas, no con las que les gustaría a
los otros que lo creara.
Se criticó también que remarcara
demasiado el simbolismo de las muñecas, a mí no me pareció que fuera así.
Aunque no lo dijo, supongo que Lucía Puenzo sólo le fue fiel al disparador
creativo de estas tramas, una muñeca. No en vano el título es el nombre de…
cha, cha, cha, chan… una muñeca. (Menos mal que dejó de lado el intercambio de
muñecas que sí está en el libro, que si no, sabe Dios qué tonterías hubieran
dicho.)
Wakolda es una
película contundente, muy bien actuada y narrada, con un acabado técnico
irreprochable. Tanto la debutante Florencia Bado, como los “veteranos” Diego
Peretti, Natalia Oreiro, Elena Roger, Guillermo Pfening y el catalán Àlex
Brendemühl (Mengele) descuellan en un elenco en el que nadie desentona. Lo del
acabado técnico se destacó en varias críticas como si fuera un pecado que no podemos
cometer, supongo que por ser argentinos debemos mostrar alguna torpeza.
Si esta película fuera dirigida por
Solange Dead of Cold en vez de una argentina, sería elegida una de las mejores
del año. Es que hay un tronco difícil de arrancar que establece que lo
extranjero es mejor, sólo por ser extranjero. Lo nacional cuando roza la
perfección como en este caso es sospechoso, como si no estuviera en nuestros
genes lograrlo. Que esto siga pasando en la tierra de Borges, Cortázar, Manuel
Puig, Piazzola, Mores, Xul Solar, Spilimbergo, Berni, Yupanqui, Demare, Favio,
Torre Nilsson, Saslavsky (y menciono nada más que a los que se me ocurren en este momento) es
absurdo e inaudito. Por suerte, ya que no algunos críticos, gran parte del
público se está comenzando a dar cuenta. Esta semana cuatro películas
argentinas (Metegol, Corazón de león,
Séptimo y Wakolda) figuraron
entre las más vistas. Ojalá la tendencia se establezca, se fortifique y
abandonemos de una vez y para siempre el colonial complejo de inferioridad.
Un abrazo, Gustavo Monteros
Adenda
chusma: sorprende la buena logística de la producción, todas las escenas con
Elena Roger se filmaron en los 15 días de vacaciones que, por contrato y por el
sindicato de actores yanquis, le correspondían durante la temporada de Evita que hacía en Broadway.
sábado, 21 de septiembre de 2013
Feliz primavera
Y como se trata de un blog de cine qué mejor que festejar la estación del renacimiento con un homenaje a Mel Brooks y las canciones que compuso para sus películas, entre las que se encuentra, por supuesto, esa genial broma que se llama "Springtime for Hitler".
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Un abrazo,
Gustavo Monteros
viernes, 13 de septiembre de 2013
Cerrado temporariamente...
...en espera de que llegue la primavera... cinematográfica.
(Espérennos que volveremos.
El cine es una de las pocas pasiones que no se agotan)
(Espérennos que volveremos.
El cine es una de las pocas pasiones que no se agotan)
viernes, 6 de septiembre de 2013
Tres estrenos regios
Tres estrenos renuevan nuestra
cartelera.
El
primero marca el regreso del Rey de la Taquilla, el gran Ricardo Darín, en otro
policial, Séptimo. Se sabe que se
abre con un juego, papá Darín baja por ascensor y sus dos hijitos bajan por
escalera para ver quién llega primero a la planta baja. Llega papá Darín solo
porque los niños en algún recodo de la escalera desaparecieron. ¿Quién los
tiene y por qué? Como dijimos se trata de un policial, así que hay que
descartar a los marcianos abductores. Dirigió el navarro Patxi Amezcua, cuenta
con un elenco de notables: Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro, Jorge D’Elía,
Guillermo Arengo y como se trata de una coproducción con España, hace de
divorciada esposa de Darín, la estupenda actriz Belén Rueda, a la que
conociéramos en El orfanato.
El segundo, El
ataque, marca el regreso del Rey del Disparate, el alemán Roland Emmerich (Día de la independencia, Godzilla, El día
después de mañana, 2012, entre otras). El hombre suele estirar la
verosimilitud de sus planteos hasta cimas tan absurdas que sus películas,
indisimulables productos del cine industrial, se vuelven gozosas. Hay aquí otro
ataque a la Casa Blanca, otro presidente heroico de armas tomar y otro don
nadie de buenos músculos capaz de salvar al mundo, simbolizado en este caso en
recuperar el famoso ex albergue de Lincoln. El musculoso tiene una hija
¡fanática de la Casa Blanca y de todo lo que tiene que ver con ella, incluido
el presidente! El bueno de Jamie Foxx es el primer mandatario y el bueno de
Channing Tatum es el musculoso de musculosa. Los excelentes Maggie Gyllenhaal,
Richard Jenkins y James Woods completan el elenco.
El tercero marca el regreso de La
Reina de los Negocios, o sea la empresa Disney. Aviones es un desprendimiento de Cars, que pasa de saga a franquicia. Pixar no tiene nada que ver en
este proyecto, llamado familiarmente Cars con Alas. El argumento es otra
reformulación del Sueño Americano. Un avioncito fumigador quiere participar en
carreras de alto vuelo o algo así. Con la ayuda de amigos de fuerte
caracterización deberá superar obstáculos, traumas o algo así. Dicen que es
ideal para niños de hasta 9 años. Y la verdad sea dicha, aparte de vender
entradas aspira a vender juguetes, ya que el mercadeo de Cars le significó a la compañía del Ratoncito Mickey unos cuantos
millones.
Les
deseo un buen fin de semana y una más que buena semana. Un abrazo, Gustavo
Monterosviernes, 30 de agosto de 2013
Reality
Vi la primera versión argentina de
Gran Hermano con curiosidad de saber de qué iba el fenómeno global. Me enteré y
no me pescaron para ninguna de sus reediciones. Como ficción era pobre y como
estudio de los comportamientos humanos, más pobre todavía, por la cortedad de
las personalidades elegidas y de los conflictos que manejaban. Eso sí, el
programa confirmaba la certeza de axiomas teóricos que se barajaban desde
tiempo atrás. Entre ellos hay dos que sobresalen. Primero, que siempre
miraríamos televisión sin importar que sea lo que se propale. Para llevarlo a
un absurdo, si un día los programadores dejaran de vender tetas y bultos y
propusieran en el horario central clases de física cuántica, por más
enrevesadas que fueran, las mismas tendrían un alto rating. Y segundo, ninguna
virtud es ya necesaria para gozar de los 15 minutos de fama. En los primeros
tiempos de la televisión algún talento o encanto se requerían, incluso en los
programas de juegos. Hoy, en cambio, son tiempos de democratización televisiva
extrema, literalmente cualquier hijo de vecino, sin gracia para ser el alma de
la fiesta o el más simpático de la cuadra, con la amplificación de la TV puede
obtener adhesión popular y reconocimiento perecedero.
Hablo de estas cosas porque Gran
Hermano nutre Reality de Matteo
Garrone, que alcanzara justificada relevancia internacional con su retrato
mordaz de la mafia napolitana en Gomorra.
Con Reality intenta y triunfa con un
cambio de registro, el de la commedia all’ italiana… amarga.
Luciano (Aniello Arena) tiene una
pescadería en una plaza de Nápoles. Está bien casado con María (Loredana
Simioli) y tienen tres hijos hermosos. Por mandato familiar, en el que
predominan las mujeres, es el histriónico de las fiestas. En la boda con la que
se abre el film, se disfraza de vieja para animarla, pero ante la queja de su
hermana, opta por el personaje de una drag-queen. No lo vemos hacer su numerito
porque el hotel en el que se celebra la recepción ha contratado a un ex
integrante de Gran Hermano para que haga el brindis. La hija menor de Luciano
se queda sin un autógrafo y Luciano a cambio le promete conseguir una foto.
Juntos persiguen a este ex Gran Hermano, que hace las salutaciones en otra boda
del complejo, consigue la foto y lo ven irse en helicóptero. Luciano queda
deslumbrado. El helicóptero al partir le arranca la peluca a Luciano. Regresan
al hogar y se ve a María quitarle amorosamente el maquillaje a Luciano. No
pormenorizo, consigno detalles importantes. Luciano tiene todo para ser feliz,
pero como habitamos una sociedad de consumo en la que para ser hay que tener o
lo que es peor, para ser hay que consumir, al margen de la pescadería y del
trabajo de María como presentadora de los beneficios de un artefacto en una
casa de electrodomésticos, ambos tienen montado un curro, del que nada digo
para no arruinar la sorpresa de descubrirlo. Un día, en un shopping, en que se
halla toda la familia menos Luciano, toman pruebas para el próximo Gran
Hermano. La familia se comunica con Luciano para que se presente, quien por problemas
laborales llega tarde. Hará la prueba de todos modos, y será llamado para que
se presente en Roma, en nada más ni nada menos que en los Estudios Cinecittà,
para dar otra audición más privilegiada y larga. Será el inicio de la odisea de
Luciano.
Reality es
sencillísima de ver, de seguir, de identificarse, pero al analizarla se
descubre que es tan profunda y compleja como un lúcido tratado de filosofía.
Tiene una intertextualidad de muñecas rusas, de laberintos de espejos, de cajas
chinas, a la que no puedo referirme ni ejemplificar sin contar la peripecia
entera y arruinarles la visión de la película. Básteme decir que las paradojas
de ser y tener, de ser y representar, de existir sólo a partir de la mirada de
los otros, están presentes con una contundencia deslumbrante.
Reality como Ben-Hur, Tiburón o Cabaret tiene
la rara bendición de poder ser leída en
dos planos, en el de la superficie de la anécdota y en el de las profundidades
de las ideas que surgen de la trama sencilla. Uno puede elegir quedarse con el
cuento bien narrado o bucear también en lo que hay debajo y detrás. Es probable
que a los italianos les hable del daño de la era Berlusconi, pero la elección
de la metáfora Gran Hermano la vuelve universal y asequible a todos.
Imposible no mencionar que el
espíritu del gran Federico Fellini sobrevuela el film. Se abre y se cierra con
grandes planos como La dolce vita,
tiene algo de la denuncia a la deshumanización televisiva de Ginger and Fred e Intervista y la más obvia, una mujeres rabelesianas tan rotundas
como bellas, porque como lo demuestra en las escenas del tobogán acuático y de
la pileta, hay belleza en la gordura, y si no se la reconoce es porque triunfó
lo más difícil, la menos frecuente, la que más se sufre, la flacura sin sangre
y con mal aliento de las anoréxicas.
Riality entre otros
merecidos premios ganó el del Gran Jurado del Festival de Cannes 2012.
Ah, no es una paradoja menor que para
interpretar a Luciano, el hombre que sueña ser confinado en la prisión-pecera
que es la casa de Grande Fratello, Garrone sacara temporariamente de la cárcel
a Aniello Arena, quien cumple cadena perpetua y está preso desde hace veinte
años por haber contratado un sicario para matar a una persona.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












