viernes, 1 de noviembre de 2013

Un camino hacia mí



Fui un chico difícil y un adolescente incluso más difícil. Al abrir los ojos cada mañana, los primeros que tenían que lidiar con mis dificultades eran los miembros de mi familia, quienes las ignoraban o hacían lo posible por intensificarlas. Sobreviví a mis dificultades y a ellos. En mi primera juventud acomodé cómo pude las cosas, me di y les di a cada cual su culpa y empecé a desandar mi vida con la niñez y la adolescencia detrás y sus cuentas relativamente saldadas. Pero de verdad dejé de culparlos al entrar a la treintena larga. Comprendí que cuando era adolescente, mis padres tenían la edad a la que yo había arribado. ¿Cómo pedirles, pues, que me contuvieran, me comprendieran cuando yo, llegado a esa etapa, no entendía nada ni podía contener ni a un peluche? Fue un alivio y una condena. Ahora por fin mi vida era mía y a nadie podía atribuirle los desastres que cometía. Crecer siempre es difícil, aunque la adolescencia es el peor ritual de pasaje. La pena y la dicha son más intensas, de colores refulgentes, sin matices, todo es extremo y el alboroto hormonal poco ayuda. Se acabaron las ternezas de la infancia y lejos están las certezas de la madurez. Me acojo a lo que dice la canción de Gigi: I’m glad I’m not young anymore (me alegra ya no ser joven).

Desde el principio sabemos que Duncan (Liam James) está en problemas. Un camino hacia mí se abre con una de las escenas más crueles desde que Ingrid Bergman se sentara al piano y humillara a Liv Ullman en Sonata otoñal. Trent (Steve Carell) el novio de la madre de Duncan, Pam (Toni Collette) le pregunta a Duncan: “Entre 1 y 10 ¿qué puntaje te das?” Duncan a regañadientes se da un 6. Trent le retruca: “Para mí sos un 3”. La escena está muy bien filmada, transcurre en un auto y de Trent sólo se ven los ojos en el espejo retrovisor, en cambio de Duncan se ve todo su rostro que refleja el dolor infringido. Por suerte, más adelante Duncan se topará con Owen (Sam Rockwell) un adulto inmaduro, que todavía se lame las heridas de la adolescencia, por eso los comprende tanto, que le dirá: “No te preocupes, no te conoce, esa respuesta habla más de él que de vos”. Menos mal, sino pequeño trauma tendría Duncan que superar. Y siguiendo con los números, es imperativo aclarar que Duncan tiene sólo 14 años.

Un camino hacia mí transcurre en unas acotadas vacaciones de verano en las que Duncan y todos los que lo rodean harán unos cuantos ajustes. Es una pequeña película que como los ejemplos mencionados en el afiche (Pequeña Miss Sunshine y La joven vida de Juno)  se vuelve entrañable, porque si bien parte de una peripecia chiquitita, ésta se vuelve trascendente en sus alcances. 

Se distingue debido a que parte de tres ejes imbatibles: un elenco impecable, un guión bien estructurado con algunas frases brillantes y una dirección que sabe servirlo. Steve Carell y Amanda Peet se lucen en papeles antipáticos esta vez. La extraordinaria Toni Collette hace lo suyo o sea algo extraordinario. La no menos enorme Allison Janney descuella en la vecina Betty. Maya Rudolph entrega una hermosa actuación  salvaje con Caitlin y el bueno de Sam Rockwell le da aristas y sutilezas a su Owen. El pequeño Peter de River Alexander con su ojo ladeado es una delicia. Están también muy bien las adolescentes Zoe Levin (Steph) y AnnaSophia Robb (Susanna), pero nada sería lo mismo sin un protagonista luminoso, imposible no identificarse con el Duncan de Liam James.

Los actores y guionistas, Nat Faxon y Jim Rash debutan en la dirección con esta honestamente manipuladora historia, honestamente porque no cae jamás en la tentación del golpe bajo berreta. Y si bien pudieron evitarse la competencia final, debieron sentir que conducía mejor al abrazo, lo cual es verdad.

El lema del afiche dice: “We’ve all been there”. Y sí todos hemos estado ahí, en una transición dolorosa, de adolescentes, de adultos, en cualquier edad, bah.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 25 de octubre de 2013

Gravedad



Gravedad se dio a conocer internacionalmente en el Festival de Venecia, fuera de competencia. Al poco tiempo se exhibió en la muestra de Toronto. En ambas ciudades despertó el amor del público y el entusiasmo de los críticos. En la taquilla estadounidense fue una Cenicienta, se estrenó con menos publicidad y bambolla que los otros tanques con los que competía y arrasó. Aunque respeto a Alfonso Cuarón (La princesita, Grandes esperanzas, Y tu mamá también, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Niños del hombre), con soberbia estúpida pensé que la convertiría en una de esas películas que todo el mundo ama y que yo me empeño en aborrecer, porque tanto amor instantáneo me amenazaba, me compelía a que me gustara y con tardío recelo adolescente me resistía a sumarme al entusiasmo uniforme. Qué equivocado estaba.

Gravedad no es una película de estudio, no, es un proyecto personal que Cuarón elaboró con su hijo, Jonás, durante unos cuantos años y que después le vendió a un estudio. Es una nueva instancia del viejo relato de los marooned (abandonados, aislados, varados) en el espacio que deben sobrevivir mientras hallan un medio de volver a la Madre Tierra. Sandra Bullock es una científica que instala un zocotroco que estudiará las cosas por ahí y George Clooney es el conductor de la nave. Los rusos por error bajan un satélite de un misilazo y desatan una avalancha de residuos, porque allá arriba está lleno de artefactos, estaciones y esas cosas. Se quedan sin comunicación con la Tierra y entonces…

Gravedad, como las tiras del paracaídas que se enredan en las piernas de la Bullock, tiene una manera de engancharte y llevarte a su centro gravitacional sin darte respiro ni para desenvolver un caramelo. Son 91 minutos de entretenimiento trepidante, apabullante. Hollywood andaba necesitando una inyección de Cuarón, el mexicano concibe una belleza personalísima y se despacha hasta con un par de innovaciones técnicas que serán copiadas hasta el hartazgo en futuras explotaciones pochocleras. Deslumbra la manera en que nos lleva desde el afuera hasta el interior del traje de astronauta de la Bullock, sencillamente magistral.

Gravedad es básicamente un two hander (obra de dos personajes) y necesitaba dos estrellas de probado magnetismo con identificación positiva inmediata con el público. Sandra Bullock y George Clooney lo son, conozco personas que los detestan pero son las menos, los que los queremos somos más, de allí su democrática popularidad. Clooney desparrama su proverbial encanto y seducción y Bullock entrega su mejor actuación hasta la fecha, el personaje se aviene perfectamente a su estilo salvaje y físico de encarar la actuación. Hablando de físico, la Bullock a los 49 años conserva las curvas en los lugares adecuados y alborota la ratonera entera.

Gravedad, como La invención de Hugo Cabret de Martin Scorsese, merece verse en cine. Se disfrutará en cualquier formato pero es cine puro del mejor cuño y se experimentará mejor en pantalla grande y sin interrupciones. Un espectáculo grandioso, sofisticado y con el mejor espíritu de las viejas matinées.
Un abrazo, Gustavo Monteros

Por sus obras los conocereís



En un principio pareció ser un discurso más, el tiempo habría de demostrar que fue un ideario a cumplir.

viernes, 18 de octubre de 2013

Nunca estuviste tan adorable



Sin exageración ni obnubilación alguna, asevero y firmo que Nunca estuviste tan adorable es una de las obras teatrales más hermosas que se hayan escrito. En 2004 para el ciclo Biodrama (de obras que se gestan a partir de algún elemento biográfico) que coordinaba Vivi Tellas, Javier Daulte estrenó esta, insisto, bellísima pieza en el Teatro Sarmiento. Debido a su éxito pasó al año siguiente al Teatro de la Rivera (donde pude verla) para terminar en el 2006 en la calle Corrientes, más precisamente en el Broadway.

La talentosa actriz Mausi Martínez se enamoró de ella y decidió llevarla al cine en el 2009. Compartió el guión con Daulte y escribió las letras de las canciones que se oyen en el film (en la puesta original había interludios musicales sin letra).  La obra cuenta hechos de la vida de la abuela materna de Daulte.

La primera parte es apabullantemente locuaz y de incesante ritmo, no hay que desesperar, de a poco se comprende cuáles son las relaciones entre los que hablan  y de quienes hablan. En mi cabeza, este inicio se equipara al famoso arranque de la novela de Manuel Puig, La traición de Rita Hayworth, con aquel larguísimo diálogo pelado en el que no se especifica quienes hablan, dónde y en qué momento. Y ya que hablamos de Rita Hayworth, digamos que el título es la traducción literal del nombre del film que Rita coprotagonizó en 1942 con Fred Astaire (You were never lovelier), que aquí se conoció como Bailando nace el amor y que no es otra cosa que la remake de Los martes, orquídeas, película de 1941 que transformó a Mirtha Legrand en estrella de la noche a la mañana. De allí que en el monólogo de Mirta Busnelli donde narra la anécdota que pagará tan caro, ven en un cine Los martes, orquídeas.

Como en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, 1966, de Mike Nichols, Mausi Martínez no disimula el origen teatral sino que más bien lo celebra. Excelente decisión ya que el texto es muy rico. Martínez estiliza la escenografía y el vestuario y ofrece una película tan sencilla como elegante. María Onetto, de pelo corto y teñido de rojo, tiene un aire a la Gwen Verdon de los años 60, tiempo en que transcurre la acción.

Martínez conservó a parte del elenco original, a las dos insustituibles protagonistas, María Onetto y Mirta Busnelli, y a Lorena Forte, Lucrecia Oviedo y William Prociuk. Reemplazó a Carlos Portaluppi (Guillermo Arengo hizo también ese papel en la obra) por Luis Luque y a Luciano Cáceres por Gonzalo Valenzuela. Luque está perfecto, pero me cuesta olvidar lo maravilloso que estaba Portaluppi. Valenzuela está también muy bien como el padre de Daulte.
Este domingo 20 de octubre, día de la madre, a las 18 hs puede verse Nunca estuviste tan adorable en Incaa TV. Si tienen la suerte de tener este canal en la grilla de su cable, no se la pierdan. La película se distribuyó poco, no se editó en DVD y merece verse. Por los valores propios del film y por las virtudes de un texto ineludible.

Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 10 de octubre de 2013

Blue Jasmine



Una mujer muy caída en desgracia se refugia en la casa de su hermana, último bastión que le queda. ¿Les suena familiar? Claro, es el conflicto inicial de Un tranvía llamado Deseo. Blue Jasmine, la última de Woody Allen es una reformulación homenaje a la obra homónima de Tennessee Williams. No sorprende entonces que la protagonista sea la magnífica Cate Blanchett, que ya tiene en su haber dos versiones de Blanche en sendas puestas teatrales de la obra, la última dirigida nada más ni nada menos que por la inmensa Liv Ullman.

Se trata de una reformulación no de una versión o una actualización. Hay una reescritura completa. Pero el punto de partida y el de llegada, más alguna que otra circunstancia, son iguales a los de la eximia obra teatral. Los que conocemos bien la obra disfrutamos las similitudes y los apartamientos del original. Los que no la conocen tendrán el doble placer de disfrutar esta transformación y podrán después, si son gustosos, remitirse al libro o a alguna de las versiones cinematográficas o televisivas de la pieza. El tema central en Williams y en Allen es la imposibilidad de una mujer para superar su pasado y la pobre, por errores propios y avatares ajenos, termina por desbarrancarse en la insania.

Como siempre los diálogos de Allen son precisos y punzantes, los personajes delineados con claridad meridiana, las interpretaciones gozosas y fluidas porque al no haber tanto corte de planos pueden apreciarse en toda su riqueza. La expresiva dirección de arte vuelve a ser de su colaborador frecuente, el gran Santo Loquasto y la hermosa fotografía es del español, Javier Aguirresarobe (Los ojos de mi niña, Los otros, Hable con ella, Los fantasmas de Goya, Vicky Cristina Barcelona).

Y como siempre también cuenta con el elenco que se le ocurre, nadie le dice no a Woody. Alec Baldwin, Louis C K, Bobby Cannavale, Andrew Dice Kay, Peter Sarsgaard, Michael Stuhlbard están irreprochables, pero el film tiene una reina y una virreina. La genial Sally Hawkins es la hermana y, me pongo de pie, porque en una actuación sencillamente antológica, Cate Blanchett habita la perfección. Se ve venir lo que le pasará a su personaje y sin embargo por más preparados que estemos nos deja con un nudo en la garganta.

Por Cate, Sally y los virtuosos talentos de Allen es una película imperdible. Sin duda alguna, una de las mejores del año.

Por suerte es todo lo que tengo para decir. Por haber sido justo con Woody,  no tengo que pedalear en el aire. Como nunca dije que estaba acabado, que era un has-been total, que Match-point era el resabio del oficio que se negaba a morir, que Medianoche en París era la última golondrina que le hacía el verano a un director seco e invernal o alguna otra insensatez de parecido temor, no tengo que disculparme, justificarme o elucubrar alguna teoría trasnochada que compense tanta metida de pata.

Posterior al estreno de esta película en Londres, los críticos de The Guardian eligieron las 10 mejores películas de Woody Allen y como tenían que ser sólo 10, dejaron afuera a… ¡La rosa púrpura del Cairo! ¿De cuántos directores se pueden elegir sus mejores 10 películas? Algunos en toda su carrera no llegaron a 10 y apenas unas pocas podían ser consideradas sus mejores. El pequeño es un gigante. O como decía la vieja propaganda del secarropas: Poderoso el chiquitín.
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 3 de octubre de 2013

Hannah Arendt



La cosa empezó mal. En la sala muchos espectadores zambullían sus manos en baldazos para pescar el pochoclo, llevarlo a la boca y deglutirlo. Tanto cranch, cranch, cranch poco ayudaba a adentrarnos en el clima que la directora Margarethe Von Trotta quería crear. El silencioso secuestro de Eichmann en 1960 en San Fernando, Buenos Aires, interrumpido levemente por música suave transcurrió a pleno cranch, cranch, cranch. Una señora muy molesta dijo en voz alta: No deberían vender pochoclo para películas como ésta. Otra, más molesta todavía, dijo: A ver si la cortan con tanto ruido. Los pochocleros, impertérritos, seguían con sus cranch, cranch, cranch. En la pantalla, la película iba de mal en peor, cometía todos los pecados de la peor miniserie biográfica, diálogos tan explicativos y situaciones tan didácticas que dejaban al Pato Lucas de algunos cartoons con sus carteles de “Éste es el malo”, “Éste es el bueno” a la altura de un Bergman. Hay muchas maneras de presentar personajes con antecedentes, pero la Von Trotta y su coguionista Pam Katz, elegían las más obvias. Groseramente nos contaban que Arndt era una filósofa famosa, que había sido alumna y algo más de Martin Heidegger (quien terminó defendiendo al Nazismo), que había estado internada en un centro de detenidos judíos en Francia (eufemismo si los hay) y que había sido salvada de ser trasladada a un campo de exterminio por una visa para EEUU que consiguió su querido marido, Heinrich, a quien Hannah le perdona una relación paralela de lo más blanqueada con una psicóloga, que la novelista Mary McCarthy es la amiga y admiradora que la integró a la intelligentsia estadounidense, que su amigo Hans se salvó de los campos y luchó contra los Nazis tras alistarse en el ejército inglés y que tiene una visión opuesta a la de Hannah en todos los temas, que no tuvo hijos pero que su joven secretaria, Lotte, es mejor que una hija porque la familia no se elige y los amigos sí, etc. Pensándolo bien, quizá no estuviera mal que esta parte de la película tuviera el cranch, cranch, cranch de los pochoclos de fondo, porque la resolución del guión era de lo más pochoclera. Ejemplo flagrante, Hannah Arndt escribe a la revista New Yorker para solicitar ser su corresponsal en el juicio a Eichmann en Israel y el editor está tentado a aceptar, pero cuenta con una bruja de asistente que pregunta: “¿Y ésta quién es?” Entonces el secretario del editor saca un libro de una estantería y dice: “Es la autora de Los orígenes del totalitarismo, leelo”. El editor le da el trabajo, se ve a Hannah en un autobús en Israel y comienza otra película, muy buena, excelente tal vez. (Para entonces, los deglutidores de pochoclo, gracias a Dios, habían terminado su faena.

En Israel, Hannah se reencuentra con su querido amigo Kurt, un sostenedor del sionismo, con quien poco coincide, pero con el que siempre se reconcilia. Comienza el juicio y Van Trotta toma una decisión clave que se vuelve significativa, no pone a un actor a hacer de Eichmann (como dijo en un reportaje, le hubiera pedido que lo imitara a la perfección) sino que usa la grabación televisiva del juicio con el mismísimo Eichmann. Quiere que corroboremos o no lo que Arndt ve. Porque dos cosas llaman la atención de Hannah: la profunda mediocridad de Eichmann que contrasta con el horror de la tarea a su cargo, llenar los trenes que iban a los campos y dos, la justificación de unos de los líderes judíos sobrevivientes que provoca una dolorosa reacción en uno de los miembros del público. Volverá a los EEUU y concebirá una interpretación que despertará tumultuosas polémicas y le dejará unos cuantos ex amigos. En esta, digamos, segunda parte, el film se vuelve apasionante, atrapante, desafiante. Tersura que se ve opacada por flashbacks que remiten a su relación con Heidegger, como dijo alguien en algún lado los flashbacks lucen elegantes y cohesionados en el cine clásico, pero en el cine moderno parecen un artilugio mañoso.

Toda buena obra de arte parte de una realidad muy acotada para alcanzar resonancia universal. Pero Hannah Arendt establece con nosotros un diálogo más cercano y relevante. Por desgracia hay unos cuantos puntos de contacto entre el régimen nazi y la dictadura cívico militar que arrancó en el 76. Y más de una reflexión que se baraja nos hace eco. Y no sólo dialoga con nuestro pasado, la escandalizada reacción de gente que no leyó el artículo de New Yorker, que no fue a las fuentes y se basa para ofuscarse en interpretaciones tendenciosas de periodistas prejuiciados guardan más de una coincidencia con algunas airadas reacciones cotidianas nuestras.

Curiosamente también dialoga con la película de la que hablamos recientemente. En Wakolda el secuestro de Eichmann apresura la fuga de Mengele y ambos films están hablados en más de un idioma lo que acentúa en Hannah Arendt un yerro que no es de la película. En Wakolda los subtítulos no son tales sino las líneas originales del guión que fueron traducidas al alemán y al hebreo para ser dichas por los actores; en Hannah Arendt los subtítulos son subtítulos y, para nuestro infortunio de espectadores, bastante malos. En una película de ideas contar con subtítulos pobres, inorgánicos, difíciles de seguir es un castigo del que podrían habernos librado.

Margarethe Von Trotta (Las hermanas alemanas, Rosa Luxemburgo, La promesa) elige bien a sus actores y los dirige mejor. Todos están perfectos, aunque sobresalgo a dos. Gracias al cine de Fassbinder y la misma Von Trotta, la exquisita Barbara Sukowa no nos es ajena. Aquí como el personaje del título vuelve a deslumbrarnos. Y Janet McTeer que fuera el entrañable pintor de brocha gorda en El secreto de Albert Nobbs ratifica como Mary McCarthy su impecable talento.

La película termina prácticamente con una invitación a adentrarnos en la obra de Arendt, en lo personal recogeré el guante porque la conocía sólo de mentas. Ésta es una película ineludible (lo que sigue es de mi cuenta y riesgo) que incita a oponernos a lo que la derecha política hace últimamente: vaciar de contenido la discusión y las ideas hasta transformarlas en slóganes huecos con los que se pretende anular el desarrollo del pensamiento. Porque pensar es siempre peligroso, aunque es lo único que nos salva, vaya paradoja, de peligros mayores.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 27 de septiembre de 2013

Wakolda



Lucía Puenzo no sólo es talentosa sino también completita. Primero escribe una novela, no el esbozo novelado de un guión, no, una novela hecha y derecha, como Dios manda, con valores literarios propios. Y después la adapta para cine, no complacientemente, no, como corresponde, dejando afuera lo que no puede contarse porque no es cinematográfico. Lo sé. Tuve el placer, hace ya un año largo, de leer la novela Wakolda, no bien salió. Y puedo compararla ahora con la película terminada.

Wakolda se exhibió primero en festivales internacionales y los críticos del mundo festejaron sus logros. Llegó el estreno argentino y los críticos locales, aunque no les quedó más remedio que calificarla de muy buena, se pusieron a buscarle el “pero” discordante. Dijeron que era muy ambiciosa y con demasiado argumento, como si esas cosas fueran malas o criticables per se. Sí, una de las características del cine de Lucía Puenzo es que tiene líneas argumentales varias, que se traducen en líneas temáticas diversas. Sí, Wakolda es, entre otra cosas, tanto la historia de una iniciación, como de una educación sentimental, de una fascinación por el mal, de un desarraigo y de un naufragio. ¿Y qué?

Ahora bien, cuando se tienen muchas líneas argumentales, tantas que no puede establecerse una historia principal y dos o tres secundarias, hay dos modos de desarrollarlas. La de la trenza que se deshace o la de la trenza que se hace. O se parte de una trenza de cabello ya peinada y lentamente se desenredan las tiras que la componen para luego peinar el cabello y alisarlo, como en Los sospechosos de siempre. O se procede a tomar el cabello lacio, separarlo en partes y comenzar a anudarlo en una trenza como en Wakolda.

La película comienza con la historia en cero. Estamos en los años 60 en una ruta provincial que va al sur. El azar reúne a una familia (en la que hay una nena con problemas de crecimiento) que abandona Buenos Aires para ir a Bariloche a ocuparse de una hermosa y lujosa hostería recién heredada, con un médico que viaja solo, también a Bariloche; que el tal medico sea el mismísimo Josef Mengele con todo lo que eso implica se sabrá después. No diré más porque nada más debe saberse. Sólo diré que los títulos aclaratorios finales son como la hebilla o el lazo que sostienen la trenza.

Pedirle a alguien con la capacidad de enhebrar argumentos sólidos que se restrinja y narre uno o dos tramas es como pedirle a Almodóvar que no sea histriónico, a Fellini que ame a las flacas esqueléticas o que Bergman no sea angustioso. Un sinsentido. Cada director es como es y crea un mundo con sus propias reglas, no con las que les gustaría a los otros que lo creara.

Se criticó también que remarcara demasiado el simbolismo de las muñecas, a mí no me pareció que fuera así. Aunque no lo dijo, supongo que Lucía Puenzo sólo le fue fiel al disparador creativo de estas tramas, una muñeca. No en vano el título es el nombre de… cha, cha, cha, chan… una muñeca. (Menos mal que dejó de lado el intercambio de muñecas que sí está en el libro, que si no, sabe Dios qué tonterías hubieran dicho.)

Wakolda es una película contundente, muy bien actuada y narrada, con un acabado técnico irreprochable. Tanto la debutante Florencia Bado, como los “veteranos” Diego Peretti, Natalia Oreiro, Elena Roger, Guillermo Pfening y el catalán Àlex Brendemühl (Mengele) descuellan en un elenco en el que nadie desentona. Lo del acabado técnico se destacó en varias críticas como si fuera un pecado que no podemos cometer, supongo que por ser argentinos debemos mostrar alguna torpeza.

Si esta película fuera dirigida por Solange Dead of Cold en vez de una argentina, sería elegida una de las mejores del año. Es que hay un tronco difícil de arrancar que establece que lo extranjero es mejor, sólo por ser extranjero. Lo nacional cuando roza la perfección como en este caso es sospechoso, como si no estuviera en nuestros genes lograrlo. Que esto siga pasando en la tierra de Borges, Cortázar, Manuel Puig, Piazzola, Mores, Xul Solar, Spilimbergo, Berni, Yupanqui, Demare, Favio, Torre Nilsson, Saslavsky (y menciono nada más que  a los que se me ocurren en este momento) es absurdo e inaudito. Por suerte, ya que no algunos críticos, gran parte del público se está comenzando a dar cuenta. Esta semana cuatro películas argentinas (Metegol, Corazón de león, Séptimo y Wakolda) figuraron entre las más vistas. Ojalá la tendencia se establezca, se fortifique y abandonemos de una vez y para siempre el colonial complejo de inferioridad.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Adenda chusma: sorprende la buena logística de la producción, todas las escenas con Elena Roger se filmaron en los 15 días de vacaciones que, por contrato y por el sindicato de actores yanquis, le correspondían durante la temporada de Evita que hacía en Broadway.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Feliz primavera

Y como se trata de un blog de cine qué mejor que festejar la estación del renacimiento con un homenaje a Mel Brooks y las canciones que compuso para sus películas, entre las que se encuentra, por supuesto, esa genial broma que se llama "Springtime for Hitler".



Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 13 de septiembre de 2013

Cerrado temporariamente...

...en espera de que llegue la primavera... cinematográfica.
(Espérennos que volveremos.
El cine es una de las pocas pasiones que no se agotan)

viernes, 6 de septiembre de 2013

Tres estrenos regios



Tres estrenos renuevan nuestra cartelera.
El primero marca el regreso del Rey de la Taquilla, el gran Ricardo Darín, en otro policial, Séptimo. Se sabe que se abre con un juego, papá Darín baja por ascensor y sus dos hijitos bajan por escalera para ver quién llega primero a la planta baja. Llega papá Darín solo porque los niños en algún recodo de la escalera desaparecieron. ¿Quién los tiene y por qué? Como dijimos se trata de un policial, así que hay que descartar a los marcianos abductores. Dirigió el navarro Patxi Amezcua, cuenta con un elenco de notables: Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro, Jorge D’Elía, Guillermo Arengo y como se trata de una coproducción con España, hace de divorciada esposa de Darín, la estupenda actriz Belén Rueda, a la que conociéramos en El orfanato.

El segundo, El ataque, marca el regreso del Rey del Disparate, el alemán Roland Emmerich (Día de la independencia, Godzilla, El día después de mañana, 2012, entre otras). El hombre suele estirar la verosimilitud de sus planteos hasta cimas tan absurdas que sus películas, indisimulables productos del cine industrial, se vuelven gozosas. Hay aquí otro ataque a la Casa Blanca, otro presidente heroico de armas tomar y otro don nadie de buenos músculos capaz de salvar al mundo, simbolizado en este caso en recuperar el famoso ex albergue de Lincoln. El musculoso tiene una hija ¡fanática de la Casa Blanca y de todo lo que tiene que ver con ella, incluido el presidente! El bueno de Jamie Foxx es el primer mandatario y el bueno de Channing Tatum es el musculoso de musculosa. Los excelentes Maggie Gyllenhaal, Richard Jenkins y James Woods completan el elenco.
 
 


El tercero marca el regreso de La Reina de los Negocios, o sea la empresa Disney. Aviones es un desprendimiento de Cars, que pasa de saga a franquicia. Pixar no tiene nada que ver en este proyecto, llamado familiarmente Cars con Alas. El argumento es otra reformulación del Sueño Americano. Un avioncito fumigador quiere participar en carreras de alto vuelo o algo así. Con la ayuda de amigos de fuerte caracterización deberá superar obstáculos, traumas o algo así. Dicen que es ideal para niños de hasta 9 años. Y la verdad sea dicha, aparte de vender entradas aspira a vender juguetes, ya que el mercadeo de Cars le significó a la compañía del Ratoncito Mickey unos cuantos millones.
Les deseo un buen fin de semana y una más que buena semana. Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 30 de agosto de 2013

Reality



Vi la primera versión argentina de Gran Hermano con curiosidad de saber de qué iba el fenómeno global. Me enteré y no me pescaron para ninguna de sus reediciones. Como ficción era pobre y como estudio de los comportamientos humanos, más pobre todavía, por la cortedad de las personalidades elegidas y de los conflictos que manejaban. Eso sí, el programa confirmaba la certeza de axiomas teóricos que se barajaban desde tiempo atrás. Entre ellos hay dos que sobresalen. Primero, que siempre miraríamos televisión sin importar que sea lo que se propale. Para llevarlo a un absurdo, si un día los programadores dejaran de vender tetas y bultos y propusieran en el horario central clases de física cuántica, por más enrevesadas que fueran, las mismas tendrían un alto rating. Y segundo, ninguna virtud es ya necesaria para gozar de los 15 minutos de fama. En los primeros tiempos de la televisión algún talento o encanto se requerían, incluso en los programas de juegos. Hoy, en cambio, son tiempos de democratización televisiva extrema, literalmente cualquier hijo de vecino, sin gracia para ser el alma de la fiesta o el más simpático de la cuadra, con la amplificación de la TV puede obtener adhesión popular y reconocimiento perecedero.

Hablo de estas cosas porque Gran Hermano nutre Reality de Matteo Garrone, que alcanzara justificada relevancia internacional con su retrato mordaz de la mafia napolitana en Gomorra. Con Reality intenta y triunfa con un cambio de registro, el de la commedia all’ italiana… amarga.

Luciano (Aniello Arena) tiene una pescadería en una plaza de Nápoles. Está bien casado con María (Loredana Simioli) y tienen tres hijos hermosos. Por mandato familiar, en el que predominan las mujeres, es el histriónico de las fiestas. En la boda con la que se abre el film, se disfraza de vieja para animarla, pero ante la queja de su hermana, opta por el personaje de una drag-queen. No lo vemos hacer su numerito porque el hotel en el que se celebra la recepción ha contratado a un ex integrante de Gran Hermano para que haga el brindis. La hija menor de Luciano se queda sin un autógrafo y Luciano a cambio le promete conseguir una foto. Juntos persiguen a este ex Gran Hermano, que hace las salutaciones en otra boda del complejo, consigue la foto y lo ven irse en helicóptero. Luciano queda deslumbrado. El helicóptero al partir le arranca la peluca a Luciano. Regresan al hogar y se ve a María quitarle amorosamente el maquillaje a Luciano. No pormenorizo, consigno detalles importantes. Luciano tiene todo para ser feliz, pero como habitamos una sociedad de consumo en la que para ser hay que tener o lo que es peor, para ser hay que consumir, al margen de la pescadería y del trabajo de María como presentadora de los beneficios de un artefacto en una casa de electrodomésticos, ambos tienen montado un curro, del que nada digo para no arruinar la sorpresa de descubrirlo. Un día, en un shopping, en que se halla toda la familia menos Luciano, toman pruebas para el próximo Gran Hermano. La familia se comunica con Luciano para que se presente, quien por problemas laborales llega tarde. Hará la prueba de todos modos, y será llamado para que se presente en Roma, en nada más ni nada menos que en los Estudios Cinecittà, para dar otra audición más privilegiada y larga. Será el inicio de la odisea de Luciano.

Reality es sencillísima de ver, de seguir, de identificarse, pero al analizarla se descubre que es tan profunda y compleja como un lúcido tratado de filosofía. Tiene una intertextualidad de muñecas rusas, de laberintos de espejos, de cajas chinas, a la que no puedo referirme ni ejemplificar sin contar la peripecia entera y arruinarles la visión de la película. Básteme decir que las paradojas de ser y tener, de ser y representar, de existir sólo a partir de la mirada de los otros, están presentes con una contundencia deslumbrante.

Reality como Ben-Hur, Tiburón o Cabaret tiene la rara bendición de poder  ser leída en dos planos, en el de la superficie de la anécdota y en el de las profundidades de las ideas que surgen de la trama sencilla. Uno puede elegir quedarse con el cuento bien narrado o bucear también en lo que hay debajo y detrás. Es probable que a los italianos les hable del daño de la era Berlusconi, pero la elección de la metáfora Gran Hermano la vuelve universal y asequible a todos.

Imposible no mencionar que el espíritu del gran Federico Fellini sobrevuela el film. Se abre y se cierra con grandes planos como La dolce vita, tiene algo de la denuncia a la deshumanización televisiva de Ginger and Fred e Intervista y la más obvia, una mujeres rabelesianas tan rotundas como bellas, porque como lo demuestra en las escenas del tobogán acuático y de la pileta, hay belleza en la gordura, y si no se la reconoce es porque triunfó lo más difícil, la menos frecuente, la que más se sufre, la flacura sin sangre y con mal aliento de las anoréxicas.

Riality entre otros merecidos premios ganó el del Gran Jurado del Festival de Cannes 2012.

Ah, no es una paradoja menor que para interpretar a Luciano, el hombre que sueña ser confinado en la prisión-pecera que es la casa de Grande Fratello, Garrone sacara temporariamente de la cárcel a Aniello Arena, quien cumple cadena perpetua y está preso desde hace veinte años por haber contratado un sicario para matar a una persona.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 23 de agosto de 2013

5 estrenos




Otra semana en la que no hago a tiempo de ver ninguna de las películas que se estrenan al momento de la publicación habitual de estos posts, compenso la ausencia de una auténtica crónica dando información sobre todos los estrenos

Drácula 3D marca el regreso del troesma Darío Argento, recordado por propinarnos horrorosos sustos a principios de los setenta con estilizados films de títulos tirando a poéticos: El pájaro de las plumas de cristal, El gato de las nueve colas, Cuatro moscas sobre el terciopelo gris, etc. El buenmozote alemán, Thomas Kretschmann, es el Conde y la hija del realizador, la inclasificable diva por méritos propios, Asia Argento, chica a la que le cuesta estar vestida o no escandalizar, es Lucy. El holandés Rutger Hauer es Van Helsing. Dato curioso, en la serie inglesa a estrenarse, Drácula, of course, en la que Jonathan Rhys Meyer es el Conde, Thomas Kretschmann hace de Van Helsing.

Cazadores de sombras: Ciudad de huesos es el inicio de una nueva saga adolescente. Se basa en novelas de Cassandra Clare (ya hay como 10 libros de esta serie, así que si tiene éxito habrá como otras tantas películas). Una chica, Clary (Lily Collins que fuera Blanca Nieves para la bruja de Julia Roberts en Espejito, espejito) descubre que puede acceder a un mundo paralelo al real con demonios y ángeles que luchan por un copón o algo así. Para que la fiesta sea completa merodean también vampiros y lobizones. Procuraré mantenerme alejado, el género fantasy no es para mí. Dirigió Harald Zwart.

Jobs de Joshua Michael Stern es la biografía de Steve Jobs protagonizada por Ashton Kutcher. Leo dos críticas de gente muy respetable que sostienen opiniones opuestas. Uno la descalifica por carecer de un punto de vista unificador y el otro la califica precisamente por carecer de un punto de vista rector. Deduzco entonces que se trata de una película “ni”, que puede ser ensalzada o repudiada según la simpatía o antipatía con que se la aborde. Yo paso, tengo el casillero lleno de magnificaciones de capitalistas extraordinarios. Dicen que hay una buena actuación de Kutcher, aunque uno de los críticos mencionados señala que es horrible la imitación del andar de Jobs, mientras que al otro le parece fabulosa.

Zambezia es una película de dibujos animados sudafricana dirigida por Wayne Thorley. Dice la gacetilla de prensa: Ambientada en una gran ciudad de aves, al borde de las Cataratas de Victoria, Zambezia es la historia de Kai un jóven halcón que viaja a la ciudad de Zambezia y descubre los origenes de su historia y, al defender a la ciudad de un peligro inminente, descubre cómo formar parte de una comunidad. Interesante, más que nada por provenir de donde viene.

Habi, la extranjera es una coproducción argentino-brasileña, la ópera prima de María Florencia Álvarez y sin dudas la propuesta más atractiva de la semana. Se cuenta poco del argumento, supongo que para no arruinar las sorpresas del mismo. Se sabe que una chica (Martina Juncadella) que llega por primera vez a la ciudad para entregar artesanías de una amiga de la madre se topa con la comunidad musulmana y algo le sucede. Pasa a decir que se llama Habiba y que es libanesa. Los críticos que leí, para no arruinar sorpresas, insisto, proponen interpretaciones que resultan misteriosas si no se ha visto la película, pero que incentivan el interés por ver de qué se trata. La califican unánimemente de muy buena.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 16 de agosto de 2013

La parte de los ángeles



La parte de los ángeles es una delicia. Una de esas escasísimas películas milagrosas con las que se entra en empatía desde el primer segundo y que una vez terminadas se quedan a vivir en uno. Es una comedia social del gran Ken Loach (Pobre vaca, Agenda secreta, Riff-raff, Como caídos del cielo, Ladybird ladybird, Tierra y libertad, La canción de Carla, Mi nombre es todo lo que tengo, Pan y rosas, La cuadrilla, Felices dieciséis, El viento que acaricia el prado, En un mundo libre, Buscando a Eric, La otra verdad)

Robbie (Paul Brannigan) un veinteañero que ha cometido un acto de violencia injustificable debe hacer trabajos comunitarios. De reincidir en la violencia irá a la cárcel. Pero evitar la cárcel se le dificulta porque… no, eso no lo puedo contar para no arruinar el gusto. Lo que sí puedo decir es que sus compañeros de tareas comunitarias (Gary Maitland, William Ruane, Jasmin Riggins) son unos inadaptados tan desahuciados como torpes que es imposible que no despierten simpatía. El encargado de hacerlos cumplir con las tareas, Harry (John Henshaw), un humanista lúcido y generoso, los lleva un día, ya que estamos en Escocia, a conocer una destilería de whisky. Y entonces, Robbie descubrirá que tiene un talento natural para catarlo. Y…

La parte de los ángeles es un cuento bien contado que satisface nuestra necesidad de un mundo más justo, pero Ken Loach no se permite simplificaciones ni idealizaciones. No se engaña, sabe que sus personajes pueden ser “feos, sucios y malos” y sin embargo sostiene que la redención es posible. Es un poeta que cree que el hombre, a pesar de su debilidad y miseria, merece siempre otra oportunidad.

El título alude a la parte que se evapora en la fabricación del whisky, y en la peripecia final habrá algo más que una evaporación, una pequeña estafa que en su ilegalidad restituye justicia. Porque quizá no haya tal estafa ni ilegalidad alguna, sino la devolución de lo que les pertenece, porque estos desclasados también son ángeles.

Es la película a ver esta semana. No la dejen para más adelante. No tiene estrellas, su director no es tan famoso, así que es probable que no permanezca mucho tiempo en cartel. Es una pena que que ya no existan los cines de cruce que reestrenaban películas, ésta, con el boca a boca, a la larga sería descubierta y se convertiría en un merecido gran éxito. No en vano, entre muchos otros premios, ganó el del Gran Jurado de Cannes y el Premio del Público en el Festival de San Sebastián.

Un abrazo, Gustavo Monteros