jueves, 15 de agosto de 2013

Causas y consecuencias




Uno jamás envejece en el espejo propio. Por mirarnos día tras día nos amigamos con las canas que ya no son esporádicas sino frecuentes, con las arrugas y palideces que ya no son las del sueño sino las de la edad. Tampoco envejecemos en los espejos de los que nos circundan. Extendemos la generosidad que nos concedemos también a ellos. Pero un día nos chocamos con alguien de nuestra edad a quien no vemos desde hace tiempo y pensamos, aunque no lo decimos, a la mierda qué viejo está, y más tarde que temprano nos damos cuenta de que nosotros también ya somos gallos viejos.  Es en el espejo de los prójimos no tan próximos donde notamos los estragos del tiempo. Robert Redford, Sam Elliot, Susan Sarandon, Nick Nolte y Julie Christie eran jóvenes cuando yo era un tierno adolescente. Ahora ya doblé la cincuentena y ellos están más que maduros. A Chris Cooper, Richard Jenkins, Brendan Gleeson y Stanley Tucci los conocí después, pero ya tampoco se cuecen en el primer hervor. Y sería utópico reconocerme en el espejo de Shia LaBeouf, Anna Kendrick o  Brit Marling, cuando no llegó ni al de Terrence Howard con sus diez años menos que los míos. Acabo de nombrar, claro, al elenco de Causas y consecuencias (The company you keep), culpables no de tirarme encima una chorrera de años, que de eso se ocupó la vida, sino de hacerme percatar de que ya los tengo encima. Primero aparece Susan Sarandon y uno ya no piensa qué buena que está sino qué bien lleva la madurez, la piedad más que bien intencionada es tendenciosa, queremos que nos abarque. Después aparece Robert Redford y la cosa se pone un poco patética, se supone que su personaje era veinteañero a principios de los setenta, cuando en realidad él era veinteañero a mediados de los cincuenta, encima tiene una hijita de la que más que padre, debería ser abuelo. Está bien que el tiempo plancha las diferencias, que pasada la cuarentena, los lustros de distancia importan poco o se notan menos, pero no tanto, Robert, no tanto.

Robert Redford, Susan Sarandon, Julie Christie, Nick Nolte y Richard Jenkins pertenecían a grupos de activistas que protestaban contra la guerra de Vietnam, un buen día, algunos de ellos, viendo que no lograban mucho, se radicalizaron y comenzaron actos de terrorismo, una bomba acá, un robo más allá y esas cosas. Pero un asalto salió tan mal que hubo un par de muertos, y los supuestos responsables pasaron a la clandestinidad o más bien a metamorfosearse en otras personas para escapar al castigo. Ahora un inflexible representante del FBI (Terrence Howard) los persigue y un periodista (Shia LaBeouf) quiere desentrañar los secretos que los hechos ocultan.

Causas y consecuencias es todo lo progre que puede ser una película yanqui. Como es bien intencionada le tendremos piedad y no señalaremos las contradicciones que ostenta. ¿Para qué? Un yanqui progre es mejor que un yanqui conservador pero sigue siendo hijo de una sociedad que avanza en base a antinomias que no asume. El tiempo envejece pero no cambia al imperio. El guión no es tan pomposo como el de las dos o tres últimas películas que dirigió Redford, con buena voluntad, tiene algo de thriller y el inmenso talento y carisma de los actores lo hacen seguidero y entretenido, aunque Robert, por aquello de que el zorro no pierde las mañas, no puede evitar la solemnidad que lo caracteriza, su escena con Julie Christie es tan envarada como acto académico. Algunos personajes, como el de Howard, Tucci y LaBeouf rozan el estereotipo puro, pero los actores lo superan con encanto y pasión. El final mucho no cierra y es tan dulce que repugnaría a un goloso. Ah, y ¿qué diablos pasa con el personaje de Susan Sarandon? La trama la pierde y la deja en el olvido. Reparos al margen, no es mala y entretiene. Además siempre es gozoso ver todos esos nombres juntos.

“Ahora somos una historia que se le cuenta a los más jóvenes”, dice Richard Jenkins por ahí. Y sí, sobre todo por Redford, la Christie, la Sarandon, que estuvieron en algunos títulos ahora clásicos, la película se viste de nostalgia y revisita sus leyendas. A la salida me imaginaba contándole a mi sobrina quienes eran estos viejos. Tendría que empezar con: Cuando yo tenía tu edad e iba al cine, ellos protagonizaban las películas que había que ver…
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 9 de agosto de 2013

Los amantes pasajeros



Con el paso de los años, el cine de Pedro Almodóvar más que en una obra artística abierta se ha transformado en una religión a profesar. Ante Los amantes pasajeros, sus creyentes más fieles y devotos exprimen su inteligencia, invierten la lógica y recurren a argumentaciones fabulosas para justificar lo injustificable, revertir lo irrevertible, disimular lo indisimulable: que la película de tan regular es tirando a malísima. Uno de sus fervorosos creyentes dice que el film es valioso por su fracaso, por lo quiere y no puede decir, por sus torpezas y cortedades (¡!) Otro ensaya una especie de decálogo a cumplir para que podamos disfrutarlo, algo así como abandonen toda esperanza de ser entretenidos y entonces quizá no la pasen tan mal.

Lo siento, yo soy un agnóstico del dios Almodóvar. Y como tal me libro de defender lo indefendible. Se supone que esta película es un regreso a la comedia alocada. Y sí alocada es, pero de comedia poco y nada. Por momentos es más triste que un entierro. Y es tan ocurrente como tirarse un pedo en el baño. La historia de estos pasajeros en un avión con el tren de aterrizaje averiado que da vueltas en el aire a la espera de que alisten un aeropuerto en el que puedan bajar es una alegoría ramplona de la España actual. Dicha alegoría es tan obvia que insulta. Los personajes son refritos nada felices de otros que aparecieron antes (y más de una vez), las situaciones son tan poco inspiradas que dan vergüencita, el playback de Pointer Sisters huele a naftalina rancia y las “audacias” como el chiste de la droga en el recto puede que en los ochenta fuera transgresor pero hoy no es más que mal gusto.

Si son devotos de Almodóvar, descalifíquenme, no me lleven el apunte, vayan y pásenla todo lo bien que puedan. Y después de verla, si tienen ganas, hagan de cuenta que no es una película de Almodóvar sino de un imitador del manchego y cuéntenme cómo les sale este pequeño experimento. Lo peor que se le puede hacer a un creador es decirle que sigue genial cuando ya no lo es. A mí en realidad ya no me importa, hace años que ya no espero nada de Pedrito, pero si ustedes quieren que los vuelva a deslumbrar, no sean indulgentes y díganle la verdad.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 2 de agosto de 2013

Red 2





El cine pochoclero será eficiente o no será. Y sí, me salió a consigna política. Al estar en tiempos electorales, el estilo se me pega. La cuestión es que esa eficiencia narrativa a menudo se confunde con calidad, si el producto nos atrapa, nos apasiona, nos deleita. Conste que no hago un juicio de valor sino la descripción de una tendencia. En estas vacaciones de invierno, mucha gente aprovechó para ir al cine, ahora a la vuelta me preguntan mi opinión sobre El llanero solitario, Guerra Mundial Z o Titanes del Pacífico, ninguna de la cuales vi todavía. Como disfruto el diálogo, devolví la pregunta y escuché sus opiniones. Recibí comentarios laudatorios y detractores por exactamente los mismos motivos. Deduzco, entonces, que el cine industrial yanqui es hoy un producto equiparable a las galletitas, elegimos ésta por sobre aquella, nada más que porque se aviene mejor a nuestros paladares. Lo cual no está mal, muerto el cine clásico y el cine de autor cada vez más relegado, es lógico que las fórmulas y las triquiñuelas del cine de productor se impongan como parámetros de excelencia, según nuestra disposición a comprar dichas fórmulas y triquiñuelas. Dadas así las cosas, la mediación crítica ya no tiene sentido, (por eso yo hago crónicas), nadie consumirá galletitas que no le gustan porque un crítico las recomiende, ni nadie dejará de hartarse con galletitas que le gustan porque un crítico las denueste. El cine contemporáneo hollywoodense se instaló como producto y es el consumidor quien tiene la última palabra, la razón, bah. De modo que si tal o cual película te gustó, es buena y punto. Y si tal o cual te disgustó, es un bodrio y punto. Una galletita, perdón una película, tiene una receta de tan similar casi idéntica a otra, con detalles menores que las distinguen. Y uno compra lo que se le ocurre.

Red fue una sorpresa en la que Bruce Willis, Morgan Freeman, John Malkovich, Brian Cox, Helen Mirren, Richard Dreyfuss y la “joven” Mary-Louise Parker tenían buenos papeles, mejores situaciones y excelentes líneas. Un éxito inesperado que hoy genera una secuela que celebro porque es el tipo de masita que no dejo de comer hasta acabar el paquete. Un thriller irónico con toques de comedia o una comedia irónica con toques de thriller. A veces en broma a mi Perrito le digo Jackie Chan porque aunque viejo sigue dando pelea. Y eso es lo que hacían en aquella (hoy) primera película dar pelea sin importar canas, arrugas, ni huesos y músculos con retardo para responder. Y que ahora sin Morgan Freeman ni Richard Dreyfuss, pero con Catherine Zeta Jones, David Thewllis y Anthony Hopkins abordo siguen dando pelea, nada más que porque pueden, siguen vivos y (años al margen) mantienen el magnetismo intacto. Los elegí antes, los elijo ahora y elegiré una tercera, una cuarta, una quinta, si las hay, porque me hacen bien y las considero buenas. ¿Lo son? Creo que ya respondí, como me hacen bien, lo son. Y punto.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Ah, el título no se refiere al color sino que es una sigla: Retired Extremely Dangerous o sea Jubilados Extremadamente Peligrosos. Dirigió Dean Parisot (La quiere matar, Galaxy Quest y Las locuras de Dick y Jane).

viernes, 26 de julio de 2013

Algunas horas de primavera



El director, Stéphane Brizé, junto con su guionista, Florence Vignon, intentan en Algunas horas de primavera (Quelques heures de printemps) una reformulación de dos de los tópicos más gastados del melodrama: el de las segundas oportunidades y el de la reconciliación ante la muerte. ¿Y lo logran? Veamos.

Alain (Vincent Lindon) un camionero, que en un arranque de autodestrucción intentó pasar la frontera con una carga de marihuana y fue atrapado, sale de la cárcel después de cumplir 18 meses. Sin trabajo, ni dónde ir y con sólo 800 euros, no le queda más remedio que volver a casa de su madre, Yvette (Hélène Vincent) con la que se entiende poco y nada. A Yvette, por algo que se intuirá más tarde, le cuesta expresar afecto, es dura y seca, y para colmo de males (para ella, no para el melodrama) se está muriendo. Alain en una noche de bowling conocerá a Clémence (Emmanuelle Seigner) quien intentará relacionarse con él. Hay también un vecino amable y cálido, Lalouette (Olivier Perrier) y un amigo fiel de Alain, Bruno (Ludovic Berthillot).

La novedad es que no asistiremos esta vez a la agonía o a la pérdida de las capacidades físicas de Yvette, ya que la señora ha decidido evitarlas solicitando un suicidio asistido, modalidad que se practica en Suiza, para lo cual debe dejar Francia e internarse por una hora (final) en una casita suiza.

Si el borracho parlanchín y torpe es el recurso más barato para garantizar hilaridad en la comedia, condenar a una enfermedad terminal a un protagonista es el recurso más barato en un drama o melodrama para garantizar conmoción. Siempre nos reiremos con el borracho simpático y lloraremos siempre con quien muere de un mal incurable. Son los trucos más bajos de un género u otro.

Aquí, hasta cierto punto, la utilización de un recurso tan básico se redime por unos cuantos detalles sutiles y certeros y por la inconmensurable humanidad de sus protagonistas.

Tiendo a creerle todo lo que hace Vincent Lindon, más que nada por portación de cara. Pertenece a la tradición inaugurada casi por casualidad por Humphrey Bogart, en la que se inscriben también Jean-Paul Belmondo y Jean Reno, la de los protagonistas que ni en los más delirantes elogios podrían ser descriptos como buenmozos. Ostentan esas “jetas” sin embargo atractivas que en cámara dan siempre más expresivas que las de los lindos anodinos estilo Brad Pitt.

La actuación de Hélène Vincent es de una belleza que está más allá de las palabras. En su última escena exhibe una verdad lacerante que la hace inolvidable. Verla, descubrirla o revisitarla vuelve recomendable esta película de un género que detesto: el drama pseudo-hospitalario.
Un abrazo, Gustavo Monteros

Ladrona de identidades



Sandy Patterson (James Bateman) está en problemas, menos mal, porque si así no fuera, no habría comedia. Sandy puede perder su trabajo, lo que es no es poco ya que será padre por tercera vez, debido a que XX (sabremos su nombre verdadero sólo al final y será a la vez emocionante y cómico)  (la impar Melissa McCarthy) le ha robado su identidad, usa clones de sus tarjetas de crédito y lo ha metido en apremios legales. Como la policía puede hacer poco por problemas jurisdiccionales, al pobre Sandy no le queda otra que ir a buscarla a Florida desde Denver. La encontrará, claro, pero a XX la persigue también una especie de cazador de recompensas y dos asesinos al servicio de un mafioso.

Estamos, entonces, en el viejo tópico de la pajera despareja de la no menos vieja película de caminos, aunque con ingredientes que la hacen peculiar. XX, en fondo y superficie, es una pobre desgraciada y Sandy es un nabo con muchas probabilidades de dejar de serlo. El viaje de regreso será el tiempo de las confesiones y transformaciones.

Ambos saltaron a la fama en la televisión, Jason Bateman en Arrested development y Melissa McCarthy en Mike and Molly. Ella viene de lucirse también en el cine con Damas en guerra. Los dos son grandes comediantes y ultra simpáticos, de modo que verlos juntos es un placer.

Aquí y allá hay unos toquecitos dramáticos que le dan más sabor y humanidad al asunto. Este film de Seth Gordon cae, sin embargo, en el típico mal de la nueva comedia yanqui: es un poco largo y se adentra en mesetas narrativas evitables como la escena del bosque y las serpientes, es hora que la comedia deje a los ofidios en paz. Más allá de estos pequeños reparos y de algunos excesos, la película se sigue con bastante agrado y devuelve con sonrisas el costo de la entrada.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 19 de julio de 2013

3 estrenos de vacaciones de invierno





En vacaciones de invierno, los cines se llenan de padres con chichos, de abuelos con chicos, de tíos con chicos, de chicos con chicos. Común denominador: ¡chicos! De donde se deduce que en vacaciones de invierno, los cines son el reino de los chicos. Como yo no lo soy y no tengo ninguno a mano (no se molesten, tampoco me presten ninguno) no pienso acercarme a un cine hasta que las vacaciones terminen. Que tan sensata decisión no me impida, sin embargo, informarles de qué van los estrenos de esta semana. Son tres. Uno argentino, muy anticipado y esperado: Metegol de Juan José Campanella, sobre el cuento Memorias de un wing izquierdo de Roberto Fontanarrosa, con guión de Campanella, Eduardo Sacheri, Gastón Gorali y Axel Kuschevatzky, con las voces de Pablo Rago, Diego Ramos, Horacio Fontova, Fabián Gianola y Miguel Ángel Rodríguez (porque es de animación, claro, el primer argentino en 3D, y para los que, como yo, odian los anteojos bicolores, en 2D también, ¡se agradece!). La sinopsis en el sitio oficial de la película dice: “Amadeo vive en un pueblo pequeño y anónimo. Trabaja en un bar, juega al metegol mejor que nadie y está enamorado de Laura, aunque ella no lo sabe. Su rutina sencilla se desmorona cuando Párpados, un joven del pueblo convertido en el mejor futbolista del mundo, vuelve dispuesto a vengarse de la única derrota que sufrió en su vida. Con el metegol, el bar y hasta su alma destruidas, Amadeo descubre algo mágico: los jugadores de su querido metegol hablan ¡y mucho! Juntos se embarcarán en un viaje lleno de aventuras para salvar a Laura y al pueblo y en el camino convertirse en un verdadero equipo.  Pero, ¿hay en el fútbol lugar para los milagros?”

El segundo es Turbo de David Soren, producida por Dreamworks, otra de dibujitos, esta vez con un caracolito que, a pesar de sus limitaciones físicas, sueña con ganar una carrera.

El tercero es para adultos: Woody Allen, el documental de Robert B. Weide. Según la página oficial: “Una mirada íntima sobre la vida, la carrera y el proceso creativo del autor-director más prolífico de los EE UU.” Como Woody trabajó con medio mundo, el reparto de los que dan testimonio es impresionante e incluye a su primera musa, la gran Diane Keaton (por obvias razones, la segunda, Mia Farrow, brilla por ausencia…) Prudentemente va una vez por día, a las 21:10 en el Cinema Paradiso. (Y sí,  por más fanáticos que sean los padres del querido Woody, no creo que lleven a sus hijos a ver ¡un documental!)
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 12 de julio de 2013

El chef



Épocas hubo en que esta comedia hubiera sido desestimada por la modestia de sus logros. Hoy la vara está tan baja que celebramos la excepcionalidad de los mismos. Por lo poco frecuentes, claro, no por sus ocasionales brillos, poco destellantes a decir verdad. Hagamos memoria, ¿hace cuánto que no vemos una comedia blanca-blanca, amable, tierna, no estridente, sin groserías que se pretenden transgresoras y que no siempre lo son, sin procacidades estentóreas que ya no escandalizan ni a los chupacirios? Dios me libre y me guarde de decir que todo tiempo pasado fue mejor, que no lo fue, sólo diferente, que el tiempo me haga viejo pero que no me obnubile para disfrutar lo que nos da la contemporaneidad. Sin embargo, mentiría si no dijera que en estos últimos tiempos, la comedia, salvo honrosas excepciones, es tirando a mala. Y si bien la comedia de cualquier color es flojita, flojita, la blanca-blanca hace siglos que no se hace. Ni siquiera la película de Los Muppets del año pasado era blanca-blanca, de modo que esta comedia francesa es toda una rareza, el último Yeti de una tradición casi perdida.

Jacky Bonnot (Michaël Youn) es un chef desconocido, perfeccionista e inflexible; no tolera que la gente mezcle sabores a su arbitrio y se resista a la combinación exquisita que eleva el gusto. No es de extrañar que no dure en ningún trabajo. Alexander Lagarde (Jean Reno) es un chef famoso que conoció tiempos mejores; si pierde una estrella en el restaurant que dirige deberá abandonarlo y su cocina será reemplazada por la especialidad molecular. Los caminos de Jacky y Alexander se cruzarán, se ayudarán mutuamente y mucho aprenderán uno del otro. Habrá, por supuesto, un colorido elenco de personajes secundarios, entre los que se destaca un supuesto especialista en cocina molecular, Juan (Santiago Segura).

Michaël Youn es simpático, histriónico, y no se desbanda mucho. Jean Reno, un colmo de humanidad, deleita y resiste la tentación de caer en el vulgar andropáusico malhumorado y jetón. Los demás cumplen su cometido con justeza, lo que en una comedia es titánico.

Como dijimos, el tono es amable y apunta más a la sonrisa que a la carcajada. En tiempos de comedias desabridas, El chef de Daniel Cohen no será un boccato di cardinale, lejos de ello, pero se deja hincar el diente. Sosa y todo, es la única alternativa diferente ante tanto pochoclo monótono.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 5 de julio de 2013

2 tanques




En la jerga cinematográfica local se le dice “tanques” a los estrenos cinematográficos yanquis de abultados presupuestos que vienen hiperpromocionados y con expectativas de arrasar en la taquilla.

La cartelera de nuestra ciudad se renueva esta semana con la sola aparición de dos tanques. Por un lado regresan los amarillitos Minions junto a Gru, Lucy,  Margo, Edith, Agnes y el Dr Nefario para luchar esta vez contra El macho y dilucidar las dudas que genera el avasallante Eduardo. Ah, y están también los Minios malvados, púrpuras ellos. Hablamos de Mi villano favorito 2 (Despicable me 2) que según parece se quedará con el primer puesto de la taquilla estadounidense durante el fin de semana del famoso 4 de julio, destronando al súper tanque Disney El llanero solitario. En esta versión, el dúo de director y actor estrella de Los piratas del Caribe, Gore Verbinski y Johnny Depp vuelven a reunirse. Depp es Toro, espero, hasta ahora así se lo llamó por estos lares, en el original es Tonto, aunque ojalá siga siendo Toro y no Tonto, digo esto porque no hace mucho la Disney tuvo que pedir disculpas por insistir en llamar Kemit en los subtítulos y en el doblaje de Los Muppets a la ranita que aprendimos a amar por estos parajes como René, que si bien era Kermit en el original, para nosotros es René y punto. Como sea, Depp debajo de unos cuántos gramos de maquillaje es el indio. Armie Hammer, a quien vimos replicándose a sí mismo para hacer de los mellizos Winklevoss en Red Social, el objeto de deseo para el J. Edgar (Hoover, claro) de Leonardo Di Caprio en el film del maestro Clint Eastwood y como el simpático torpe príncipe de Espejito, espejito en el que la bruja era ¡Julia Roberts!, es el Llanero. Anda por ahí también con mucho maquillaje y con ganas de divertirse la maravillosa Helena Bonham Carter. Según puede verse en los tráileres es un festival de efectos especiales y acción apabullante. Habrá que ver si alcanza para entretener todos y cada uno de los ¡149 minutos! que dura.

Sea cual fuere su elección, acompañar con balde de pochoclos porque de cine-pochoclo a full se trata.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 28 de junio de 2013

Antes de la medianoche




La historia se hace de noche decía el título de la vieja película. Según la experiencia del director Richard Linklater y de los actores Julie Delpy y Ethan Hawke, podríamos decir: la historia se hace sin querer y sin saberlo. En 1995 los tres, como buenos artistas que son, pusieron lo mejor de sí para hacer Antes del amanecer, una comedia romántica muy peculiar. Si alguien les hubiera dicho que, aparte de una buena película, estaban haciendo historia, quizá no le hubieran creído. Sin embargo así fue. Jesse y Celine y su viaje de Budapest a Viena se convirtieron en el referente de toda una generación. Se consideró al film como el equivalente de los noventa de Casablanca, por lo mítica y romántica.

En 2004 sintieron la necesidad de darle a la historia un segundo capítulo y crearon Antes del atardecer. Se encontraron esa vez en la eternamente luminosa París. Con esta segunda parte se inscribían en la tradición de los proyectos que toman personajes y sus historias a través de los años. (El ejemplo más recordado y venerado es el de Francois Truffaut y su Antoine Doinel. En 1958 Truffaut para gloria del cine y de la humanidad hizo Los 400 golpes con Antoine como su protagonista ficcional, quien reaparecería dos veces en 1962, primero en un mediometraje, Antoine y Colette y después en el largo, El amor a los 20 años. En 1968 tocaría  La hora del amor. En 1970 establecería Domicilio conyugal y se despediría en 1979 con El amor en fuga. Interpretado siempre por Jean-Pierre Léaud.)

Como no hay dos sin tres, el díptico se convirtió en tríptico, Grecia es ahora el escenario.

Si se vieron las anteriores, ¿cómo perderse ésta? Si no se vieron las anteriores, ¿cómo no acercarse a conocerlos? (Yo todavía no la vi, pero sin duda lo haré.)(O no, la vida es pura contingencia.)

Por desgracia la historia real detrás de la ficción es malograda. En 1989, Linklater estaba en Filadelfia de paso por una noche. En una juguetería conoció a Amy Lehrhaupt. Pasó la noche con ella, conversando y esas cosas. En algún momento le dijo que haría una película con lo que estaba pasando entre ellos. La relación continuó telefónicamente hasta que se truncó. Cuando presentaba Antes del amanecer pensaba que Amy aparecería, pero para su decepción no pasó. Recién hace unos tres años supo por qué. Un amigo de Amy le mandó una carta contándole que unas semanas antes de que comenzara el rodaje de Antes del amanecer, Amy había muerto en un accidente de tránsito. El cine es más benigno que la realidad.

Aparte de la hasta ahora trilogía de Antes de…, Richard Linklater, entre otras, dirigió: Bernie, Me and Orson Welles, Una mirada a la oscuridad, Fast Food Nation, Bad News Bears, Escuela de rock, Despertando a la vida, La pandilla Newton, SubUrbia, Rebeldes y confundidos, Slacker.
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 20 de junio de 2013

A puro pochoclo




Y los distribuidores locales tuvieron razón nomás. La cacería no duró mucho. Ya no está en cartel y con su partida la cartelera local exhibe sólo películas pochocleras, es decir típicos productos del cine industrial yanqui. Dos son los estrenos: Monsters University precuela de la vieja y peluda, adorablemente peluda, Monsters Inc. Pixar nos cuenta ahora cómo los asustadores llegaron a serlo. Sin duda la propuesta más interesante de la semana. En el otro estreno, Guerra mundial Z, el astro Z, perdón no lo puedo evitar, el muchacho, bue, muchacho lo que se dice muchacho ya no es, no me cae ni ahí, sí, es el blondo Brad Pitt, quien salva al mundo de una epidemia que convierte a los humanos en…. ¡zombis! Qué se le va a hacer, los zombis están de moda. Ideal para los que gustan de efectos especiales y para los que no pueden vivir sin ver a Brad un par de veces al año.

Siguen Superman: hombre de acero (un Superman más y van…), ¿Qué pasó ayer? parte 3, Después de la Tierra (¡mama mía, qué bodrio!), El gran casamiento (¿Robert De Niro leerá los guiones antes de aceptar un contrato? Parece que no), Héroes del espacio, Nada es lo que parece (tramposa pero entretenida película de magos), Rápido y furioso 6 y Scary movie 5.

A hacerse de un gran balde de pochoclo y a disfrutar, si se puede, del título elegido.

¡Feliz fin de semana largo!
Un abrazo, Gustavo Monteros

miércoles, 19 de junio de 2013

Chau, Tony Soprano

James Gandolfini (1961-2013) "Ten más modestia, muerte (...) Menos humos, que veremos tu fin, tu muerte" (John Donne) Pero mientras tanto, mierda, mierda, mierda

viernes, 14 de junio de 2013

La cacería



Esta vez empezaré al revés, comenzaré por la conclusión. De esta crónica, que de la película sería muy injusto. La cacería es una película excelente, imperdible, sin lugar a dudas una de las mejores que veremos este año. Es la historia de la pesadilla de un hombre inocente. Un pobre tipo al que acusan de pedofilia.

Lucas (Mads Mikkelsen) trabaja en un jardín de infantes. Es un maestro muy bueno. Está separado y es padre de un adolescente. Un día, Klara (Annika Wedderkopp), la hija de su mejor amigo y compadre, Theo (Thomas Bo Larsen) dice que Lucas le ha mostrado su miembro. Se activa un protocolo que desconoce todo lo que Freud, sus epígonos y detractores, escribieron sobre la sexualidad infantil y que se asienta en una premisa falsa considerada no obstante verdad irrefutable: los chicos no mienten. Quizá, no en sentido bíblico al menos, con la intencionalidad del engaño, pero más allá de toda discusión, podemos asegurar categóricamente que fantasean. Plantean hipótesis que juegan a considerarlas reales y con las que experimentan hasta eventualmente descartarlas. La pedofilia es una aberración tan absoluta que la mera sospecha de su existencia lleva implícita el veredicto de culpabilidad. Es una sospecha que no admite tibiezas y que desata una histeria de persecución y ajustamiento. Por temor y por sentido común se aparta al sospechado pero también a la presunción de inocencia, sólo queda la posibilidad de la ratificación de la culpa.

La película no juega con nuestros juicios morales ni especula con vueltas de tuerca sorpresivas, sabemos con certeza que Lucas es inocente y se nos muestra con contundente claridad cómo el caso se forma. La tragedia se amplifica porque Lucas está asentado e integrado al pequeño pueblo en el que transcurre la historia. Sencillamente no puede armar las valijas e intentar otra vida en otro lugar. Todos lo conocen desde que nació y sin embargo basta la instalación de la sospecha para que lo desconozcan al instante. A la larga todos son víctimas de una cacería inútil, de una broma entre hermanos que pudo no tener ninguna consecuencia, de un ataque de celos que pudo desarmarse. Como siempre la parte  más indefensa pagará con su vida la ferocidad desatada.

El final puede parecer abierto y no, es uno de los finales más claros y definitivos de la historia del cine, y no digo más para que no se me escape una pista.

Por la índole del trabajo, los docentes son los más proclives a ser acusados de pedofilia. Cuando un caso adquiere trascendencia, la verdad sea dicha, por horrible que suene, casi se desea que sea cierto, porque de no serlo, una vida inocente queda arruinada para siempre.

La dirigió el danés Thomas Vinterberg (La celebración, Todo es por amor, Querida Wendy, Submarino) y lleva ganada con toda justicia unos cuantos premios en festivales internacionales, entre los más importantes, unos palmares del festival de Cannes del año pasado.

Consejo de amigo, véanla pronto, los cines locales le tienen poca confianza, ya que la estrenan en horarios restringidos, se exhibe a las 16:35 y a  las 21:05 en el Cinema Paradiso.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 7 de junio de 2013

Un lugar donde refugiarse



Hay gente que tiene mucha suerte en la vida y puede vender el pan de anteayer convenciendo a todos de que está recién horneado. El novelista estadounidense Nicholas Sparks es uno de los más mediocres (y son benévolo) que hayan existido. Sus historias ya eran vetustas la primera vez que se usaron, sus personajes tienen psicología cero, los conflictos que maneja ofenden la etimología del término. Sin embargo, sus libros se venden mejor que el pan fresco y prácticamente todos fueron llevados al cine con parejo éxito: Cuando te encuentre, La última canción, Querido John, Noches de tormenta, Diario de una pasión, Un amor para recordar, Mensaje de amor. El hombre es muy celebrado, ni que fuera Shakespeare (qué se le va a hacer, el éxito glorifica) y tiene ganados más millones de dólares que pulgas el perro callejero (si la envidia fuera tiña, y verde, yo ya sería el increíble Hulk). ¿Será que el hambre de historias de amor jamás se sacia? La cruelmente vilipendiada Corín Tellado al lado de este ladrón de gallinas es Virginia Woolf.

En el inicio de esta historia (de alguna manera hay que llamarla), una joven tirando a bonita (Julianne Hough) comete un acto de sangre (contra quien lo perpetra y lo que esta persona hace a continuación no cierra ni ahí, pero ¿a quién le importa?) y huye. Se sube a un ómnibus que va a Atlanta, pero se baja antes en una población costera (Sparks adora las poblaciones costeras, son tan evocadoras y fotogénicas), conoce a un viudo doliente pero querendón (Josh Duhamel), con dos hijitos encantadores, un nene y una nena, porque a Sparks las familias típicas y lo convencional le tiran. ¿Se enamorarán? Mejor no hago preguntas idiotas. Le aparece a la chica, en la miserable y sin embargo adorable cabaña que alquila, una mujer que querrá ser su amiga y que a la postre dará una vuelta de argumento que sería ligerísimamente interesante si la intriga no estuviera tan mal construida. El oscuro pasado de la chica no tardará en acecharla. ¿Cuándo? ¡El cuatro de julio! Porque Sparks es más patriotero que el tío Sam. Entonces…

Dirigió, es un decir, el sueco Lasse Hallström (El año del arco irís, ¿A quién ama Gibert Grapes?, El poder del amor, Las reglas de la vida, Chocolate, Atando cabos, Siempre a tu lado, Un amor imposible) que ya le llevara al cine al ¿novelista? Sparks, su Querido John.

Los actores hacen como que actúan, lo cual prácticamente en titánico teniendo en cuenta lo insustanciales que son los personajes.

El trámite dura ¡115 minutos! (15 minutos sobraban para contar el inexistente argumento). Un lugar donde refugiarse busca el espectador después de haber pagado una entrada para ver esta cosa.

En fin, sólo para románticos y románticas incurables, muy incurables. Entonces por qué la vi, se preguntarán ustedes, si Nicholas Sparks me da más escozor que la hemorroide propia y la halitosis ajena. Porque no lo puedo evitar, ¡tengo más alma de bolero que telenovelera adicta! Amor, amoooor, nació de mí, nació de ti, de la esperanzaaa…

Un abrazo, Gustavo Monteros