sábado, 25 de junio de 2011

8 minutos antes de morir

En un principio parece que estamos ante el thriller semanal. Tomas aéreas persiguen a un tren en movimiento con una dramática música de fondo estilo Alfred Hitchcock. Pero al ratito comprendemos que es una de ciencia-ficción. Dentro del tren, el bueno de Jake Gyllenhaal se despierta sobresaltado y una chica (Michelle Monoghan) le da charla como si lo conociera. Él ni por las tapas sabe quién es. Va al baño y, oh sorpresa, ve a un hombre que no es él reflejado en el espejo. Mientras intenta dilucidar qué corno está pasando, explota el tren. ¡Cómo! ¿Mataron al protagonista a minutos de empezar? Sí y no tanto. Como en Hechizo del tiempo o El día de la marmota con el gran Bill Murray, para descubrir las claves de lo que pasa, habrá que recurrir a la repetición de los 8 minutos a los que hace referencia el título en español.

El relato es atrapante y se sigue con expectativa constante. Y más allá del discutible final (¿había necesidad?), las piezas encajarán; el problema es que a pesar de contar en el rol central con el magnético Gyllenhaal, pichón de superestrella carismática a la usanza tradicional, no empatizamos del todo con su personaje. Lo que sucede nos interesa más en términos de trama que en identificación con este flaco en problemas que suda tinta china. El interés no se pierde, pero no hay conmoción. El poco espesor humano que se vislumbra lo pone Vera Farmiga, que se luciera en 15 minutos, Los infiltrados y en Amor sin escalas. O sea todo muy lindo, pero un poco frío e impersonal. Y livianito,  pese a que coquetea con temas considerados “profundos”, con los cuales no me meto porque revelaría vericuetos del argumento que deben permanecer misteriosos hasta que lo vean.

Dirige con brío y efectividad Duncan Jones (está bien, cumplamos con el chusmaje: es el hijo de David Bowie). El niño de 40 años recién cumplidos viene de dirigir la interesantísima Moon, una lograda reflexión sobre la distancia, el Gris de ausencia de la lejanía.

En definitiva, salvo el pero señalado y un par de énfasis patrioteros innecesarios (los yanquis si no agitan las banderitas cada tantos centímetros del metraje, no degluten el pochoclo tranquilos), un entretenimiento recomendable.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 18 de junio de 2011

Los agentes del destino

Como con el libre albedrío los hombres no hicieron más que desastres, Alguien decidió que los destinos fueran predeterminados. Para cuidar que las vidas no se salgan de cauce, hay un comando burocrático de hombres trajeados y con sombrero: los agentes del destino (o The adjustment bureau, según el título original). Demás está decir que ponen particular celo en los destinos importantes, los otros que se arreglen más o menos como puedan. De allí que la historia se centre en un político carismático (Matt Damon) llamado a ser el futuro presidente de los EEUU (¡andá!), que no va y pone su futuro de gloria en peligro porque se enamora de una bailarina (Emily Blunt) (algo muy comprensible porque hay que ser extraterrestre para no enamorarse de la Blunt). Los hombrecitos trajeados harán lo imposible para separarlos. El suspenso consistirá en saber si el amor que se profesan el próximo cortador de bacalao mundial y la heredera de Terpsícore es lo suficientemente fuerte como para superar las triquiñuelas de los hombrecitos con sombrero.


Basada muy libremente en un cuento de Philip K. Dirk, la película tiene un arranque promisorio, pero de a poco se desbarranca en un mar de explicaciones para sustentar el trámite. Y es harto sabido que en la ficción cuantas más explicaciones se dan, más rápido se instala el tedio y se vuelve tan irremontable como las cataratas del Iguazú. Nobleza obliga, confieso que el poco interés que el cuento me despertaba se diluyó más rápido que un alka seltzer cuando supe que se trataba de “salvar” al futuro presidente yanqui; el encumbramiento del rol del presidente como un ser noble, digno y dotado casi de infalibilidad divina que lo compren los yanquis que serán la primera carne de cañón en la próxima invasión; en mi modesta opinión, el presidente yanqui no es sino un generador de hambre, odio, guerras, hecatombes ecológicas y negocios fabulosos para tres o cuatro corporaciones o sea un ser miserable que no encuentra dignidad o nobleza ni en un diccionario.


Lo único indiscutible de este film de George Nolfi es la gran química que hay entre Damon y la Blunt, la relación está tan bien trabajada que nos convencen que su amor es verdadero. Logro que el cine yanqui curiosamente no repetía desde que Heath Ledger y Jake Gyllenhaal fueron cowboys gays en "Secreto en la montaña". Desde ese film hubo muchos romances “profesionales”, pero poco amor “verdadero”.


En definitiva, ideal para verlo cuando lo dé Telefé, que más que películas da resúmenes de películas. Quizá con cortes abusivos, se vuelva más misteriosa y apreciable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 11 de junio de 2011

Hanna

A la pobre Saoirse Ronan, (quien fuera la adolescente histericona que desataba el drama en Expiación, deseo y pecado), le tocan los relatos multigéneros. Viene de Desde mi cielo, un error mayúsculo de Peter Jackson, que mezclaba el thriller, el drama de pérdida y ausencia con lo sobrenatural. Ahora en Hanna, primera incursión en la acción de Joe Wright (Orgullo y prejuicio, Expiación, deseo y pecado), le toca lidiar con el cuento de hadas macabro, los enredos de espías, las vueltas de la iniciación a la vida, el drama de venganza y una pizca de ciencia ficción.


A la chica le va mejor con Hanna, que no estará lograda, pero al menos no es un bodrio irredimible como Desde mi cielo.


Hanna tiene sus errores, pero también sus hallazgos. Entre los primeros podemos consignar las escenas de acción, elementales y trabajadas a reglamento; algunas transiciones de escenas como la del número cabaret que pareciera querer terminar en algo contundente y no termina en nada; algunas caracterizaciones como la Tom Hollander en el lugar común del gay sádico; el cuadro de flamenco, que pretende color local y es anodino; y un humor tan ramplón que más que humor es carencia de toda gracia.


Entre los hallazgos podemos mencionar a Cate Blanchett, que si bien no convierte en oro todo lo que toca, lo dignifica y lo vuelve apreciable; Berlín, que es tan de películas de espías; la música de The chemical brothers, un descanso para el oído de la habitual batahola estúpida pochoclera; la escenografía de la secuencia final, ese parque de diversiones decadente y siniestro; y Saoirse Ronan.


La chica es un talento que viene en un formato raro. Es flaquísima, casi andrógina, desgarbada y hasta desangelada, pero es imposible dejar de mirarla o no conectarse con su luminosidad prerrafaelista.


En definitiva, Hanna no amalgama sus heterodoxos elementos, exige una tremenda suspensión de la incredulidad, pero entretiene, se sigue con interés y para variar uno sale del cine sin sentirse estafado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 4 de junio de 2011

Blue Valentine

Blue Valentine es una película triste, triste, triste. Cuenta el fin de una pareja y paralelamente en flashbacks el nacimiento y la consolidación de la misma. El debutante Derek Cianfrance narra las escenas del pasado principalmente con cámara en mano y las del presente mayormente en video de alta definición con acercamientos asfixiantes. Pero se le va la mano con los juegos estilísticos y una película que pudo ser emocionalmente devastadora se queda en apenas conmovedora.


Es obvio que siente una gran admiración por el cine de John Cassavetes y sus modismos de actuación. Cassavettes manejaba un club privado de grandes actores que se dedicaban a bucear y profundizar, desde la improvisación, en un acotado tipo de personajes y situaciones en pos de una verdad reveladora. Si bien obtenían actuaciones frescas y sinceras, no podían escaparle al artificio.


La actuación es ante todo un juego y la verdad, esa cosa inaprehensible que se esconde en la realidad. Una actuación se acerca a la verdad, pero nunca es la verdad. La verdad huye ante una cámara o en un escenario porque no son los lugares en que se sienta a sus anchas.


La actuación alude a la verdad, pero no es la verdad. Se puede orinar en cámara, pero no se orina de verdad. El elemento del ojo visor, de sentido de espectáculo le quitan "sinceridad" y cubren de "exhibicionismo" al hecho natural de orinar.


Una improvisación no da nunca una verdad, da a lo sumo una ilusión de naturalismo. De modo que Cassavetes y su club lejos de alcanzar la verdad, se pierden en un nuevo ejercicio de naturalismo "supuestamente" extremo.


Parece que Cianfrance para acercarse a su ídolo Cassavetes propuso a sus actores Williams y Gosling encerrarse en una casa y experimentar la cercanía aguda. Se dice que en momento le propuso a Gosling que le tirara los galgos mal a la Williams hasta convencerla de acostarse con él. La actriz se negó y el director usó la emoción negativa desatada para alimentar el conflicto del personaje de la actriz.


Como Cassavetes, Cianfrance es un pichón de manipulador. Y como todo manipulador, es un demiurgo en ciernes. Y como todo demiurgo, es más cruel con sus personajes que el mismo Dios. Michelle Williams y Ryan Gosling corporizan, con indiscutible talento, un par de perdedores en el amor y en la vida al que su creador no les da la más mínima esperanza o les concede la mínima piedad. O sea todo es triste, triste, triste.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 28 de mayo de 2011

Incendies

Incendies del director canadiense Denis Villeneuve, Maelström (2000) y Polytechnique (2009), se basa en una obra de teatro de Wajdi Mouawad y compitió por Canadá en la última entrega de los Oscar. Su director la describe con justicia como "Una brillante mezcla de film de detectives y tragedia griega".

Dos gemelos, Jeanne y Simon, al morir su madre reciben el encargo de entregar dos cartas, una al padre que creían muerto, y otra a un hermano mayor del que no tenían ni noticia. Y así, Jeanne, primero, y Simon, después, comienzan a desandar el periplo del pasado de su madre, o como dice el director el "viaje de Jeanne y Simon hacia el origen del odio de su madre". Terminarán en el país de origen de la madre, que está aquí ficcionalizado, pero que oculta con transparencia el Líbano de las luchas y matanzas entre musulmanes y cristianos.

El relato atrapa y se permite algunas crudezas. Necesarias para comprender algunas decisiones de la madre.

Las actuaciones son muy buenas y Villeneuve dirige con elegancia, austeridad y firmeza, aunque abusa del plano que se abre (se comienza la escena con un plano detalle de alguna cosa que obviamente no se percibe del todo y entonces se comienza a abrir el plano para hacernos comprender de qué va o dónde transcurre la escena. Un recurso muy de moda entre los directores de cine de autor para generar atención e interés. Todo bien, pero cuando se reitera una y otra vez, termina por ser monocorde).

De todos modos, altamente recomendable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 21 de mayo de 2011

Poder que mata

Poder que mata de Doug Liman (Viviendo sin límites, Identidad desconocida, Sr. y Sra. Smith) es una estupidez, una pérdida de tiempo a la que fui arrastrado por el afecto, la admiración y el respeto que siento por Naomi Watts y Sean Penn.


La primera parte relata con módico brío (léase: con ligero interés) algo que ya sabe hasta el más despistado paseador de perros o la modelo más frívola: que la administración Bush inventó que Saddam Hussein tenía armas nucleares para invadir Irak. Entonces Joe Wilson (Sean Penn) escribe en el New York Times que el presidente miente, y el gobierno se venga desclasificando información secreta y revelando que su esposa, Valerie Blame (Naomi Watts) trabaja para la CIA. O sea que para intentar cubrir el cielo con la mano, agitan, con la complicidad de medios poco interesados en la verdad, el siempre rendidor fantasma del enemigo interno. (Es harto conocido, a los yanquis les gritás “antipatriótico”, y salen en manada a agitar banderas y cazar brujas). Y por un tiempo, como dirá más tarde el personaje de Sean Penn, la pregunta pasa de “¿Qué hacemos en esta guerra?” a “¿Quién es la mujer de este tipo?”.


Poco importa que la historia sea real y que sea una variación de David venciendo a Goliat, porque el guión, basado en sendos libros de Valerie y Joe, no promueve simpatía alguna por los personajes ni les da mucho espesor humano. Se presupone que creamos que Valerie y Joe son los buenos de la historia, porque sufren y son interpretados por Naomi y Sean. Y de este lado del universo, eso, sin una elaboración o desarrollo de personajes y circunstancias, es muy difícil de aceptar por más ganas que le pongamos.


La película espera que traguemos dos núcleos (más bien tremendos sapos) para que la identificación con las tribulaciones de Joe y Valerie funcione. Que veamos como heroína a una agente de la CIA (¡andá!) y que aceptemos como verdad revelada la defensa de la democracia que hace Sean Penn en un “supuestamente” conmovedor y componedor discurso que culmina con un “Dios bendiga a los Estados Unidos” (¿no será mucho?)


Como buenos capitalistas, los yanquis te venden todo. Tanto las ínfulas patrióticas que los llevan a cometer cualquier desmán (invasiones, asesinatos, guerras, desastres ecológicos, etc.) como el posterior arrepentimiento, las lágrimas de cocodrilo y el compungido golpeteo de pechos. Todo con la misma convicción, sinceridad y pretensiones de inimputabilidad. Las películas yanquis, hasta las más torpes, no son inocentes. Están imbuidas de la ideología y la lógica del imperio.


No le recrimino a Naomi Watts y Sean Penn el tiempo que me hicieron perder y que podría haber aprovechado mejor leyendo un libro, durmiendo una siesta o cocinando un postre. No. Mi afecto, admiración y respeto por ellos permanece incólume. Son actores y tienen que comer, pagar sus cuentas o expresar sus convicciones políticas. Puede que para ellos, esta película sea de una corrección política pertinente y necesaria. Pero para nosotros es, digámoslo claro, de una pelotudez pomposa, redundante e hipócrita.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 14 de mayo de 2011

Mujeres al poder

A François Ozon le gusta jugar con el cine y el teatro. No lleva al cine obras de teatro en el sentido tradicional, sino que experimenta con las herramientas de ambos medios expresivos. En Gotas que caen sobre rocas calientes, sobre obra de Rainer Maria Fassbinder, privilegió la forma por sobre el contenido, el cómo se contaba era más importante que el qué se contaba. En 8 mujeres, sobre obra de Robert Thomas, se movió en el más puro artificio y creó un homenaje a las divas del cine con las convenciones de los vehículos de lucimiento de las divas teatrales. Ahora, en Mujeres al poder, Potiche (florero) en el original, sobre obra del dúo Pierre Barillet y Jean-Pierre Grédy, opta por la transformación, la relectura feroz de una pieza enmohecida y apolillada.


Potiche fue el último vehículo estelar que eligió Mirtha Legrand para plantarse como florero en el escenario, lo que prueba la vetustez del original, porque ya se sabe que la señora atrasa en política, moral y buen gusto. El conservadurismo recalcitrante es su ADN.


Ozon conserva los vericuetos de la trama y reescribe con malicia diálogos y personajes. Sacude el moho, mata las polillas, elimina las ñoñerías y dinamita la moralina bobalicona. Para empezar, manda la acción a 1977, lo que le permite explotar lo retro y exacerbar lo kirsch. Se da el gusto de entregarse a excesos en los subrayados musicales y termina por vitalizar una obra convencional y llena de telarañas hasta volverla una mordaz comedia farsesca sobre la guerra de los sexos y la diferencia de clases. Y así la historia de una señora burguesota y cornuda, pasiva como un florero que termina potenciando capacidades que desconocía y llega a ser una buena directora de fábrica y luego política, se cubre de resonancias pertinentes y tiros por elevación certeros hacia la realidad contemporánea.


Catherine Deneuve y Gérard Depardieu no son monstruos sagrados del cine por azar o imposición del mercadeo. Prolíficos y/o generosos con su talento, han alcanzado una madurez deslumbrante. Regocija verlos hacer cosas difíciles a la velocidad de la luz. Los cambios, reacciones y transiciones de sus personajes fluyen con la celeridad con que ocurren en la vida. Aún en la farsa, se desenvuelven con la naturalidad de lo real. Y Ozon celebra sus mitos a la vez que los reinventa: el baile en la discoteca, por ejemplo, es un deleite endorfínico inusitado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 7 de mayo de 2011

Cocina del alma













Zinos Kazantsakis (Adam Bousdoukos) tiene una fonda de mala muerte ampulosamente llamada Soul Kitchen, porque la música soul acompaña los grasosos platos que sirven. Su hermano, Illias (Moritz Bleibtreu), un convicto para nada reformado con régimen de salidas temporales le pide que finja darle trabajo en el comedero. Su novia, Nadine (Pheline Roggan) se va a trabajar a Shanghai. En la cena de despedida que la familia de Nadine organiza en un restaurant de lujo, Zinos ve que despiden al temperamental chef, Shayn Weiss (Birol Ünel) al que eventualmente contratará.


Es el punto de partida de esta comedia de 2009 del director germano-turco Fatih Akin, de quien hace tres años conociéramos la valiosa y atrapante El otro lado.


Soul Kitchen ganó el premio especial del jurado del Festival de Venecia de 2009. Dicho jurado estuvo integrado por Ang Lee, Sandrine Bonnaire, Liliana Cavani, Joe Dante, Anurag Kashyap, Sergej Bodrov, Luciano Ligabue. (Consigno los nombres para que sepan a quien reclamarle si el galardón les parece exagerado).


Soul Kitchen no es un bodrio, es más bien una indigestión. Tiene demasiados platos, complicaciones que se huelen antes de que terminen de cocinarse, y unos cuantos condimentos ya degustados demasiadas veces. Sin embargo se paladea con agrado porque Fatih Akin es un chef astuto, algunos personajes son sabrosos y la banda sonora dulcifica el oído sin empalagar.


No es un menú imperdible, pero puede no caer mal si se va provisto de antiácidos, digestivos o antiespasmódicos.


Eso sí, démosle una buena copa de vino picado a quien decidió el título en español, dándole a la comedia una espiritualidad siempre bienvenida, pero que no tiene. El señor o la señora deben ser sordos o ignorantes musicales.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 30 de abril de 2011

Mis tardes con Margueritte






Había una vez en un pueblito francés tan encantador y pintoresco como el de una obra de Marcel Pagnol, un tontón tan grandote como brutazo. De niño fue maltratado por su madre (algunas mamás en su día más que un regalo merecerían un buen escupitajo en medio del rostro) y por su maestro (algunos docentes merecerían que se les revocara el título y que les sumergieran las manos en aceite hirviente). A Germaine, el tontón, un grupo de amigos en un bar le permiten beber con ellos, más como objeto de burla que por camaradería. Que Germaine no sea un pozo ciego de resentimiento y crea todavía en la especie humana es un auténtico milagro. Pero no todo es horroroso en la vida de Germaine. Una conductora de autobús, inteligente y bella, lo ama porque claro, Germaine es Gérard Depardieu, y el hombre habrá perdido gallardía y donosura con los años, pero ganó en kilos y en sensibilidad, y hoy es el equivalente humano a James P. "Sulley" Sullivan, el bicho inmenso y entrañable de Monsters, Inc.


Un día, en la plaza del pueblo, conoce a Margueritte (así con dos tes por un error de ortografía de su padre al anotarla), una anciana luminosa de 95 años. Margueritte (Gisèle Casadesus) tiene un libro en sus manos y le lee un pasaje. Germaine visualiza todo lo que se le lee. Será la iniciación al vicio de la literatura. Germaine seguirá siendo grandote, pero ya no será ni tontón ni brutazo.


Mis tardes con Margueritte (La tête en friche) de Jean Becker como todo cuento de hadas es ingenuo, tiene giros melodramáticos, redenciones sorpresivas, y finales justicieros. Para ser disfrutado a pleno, el film exige que dejemos nuestro cinismo en el foyer del cine. En mi caso, tres factores se unieron para que lo lograra. Uno, la naturalidad y la facilidad con la que Depardieu abraza el personaje; dos, la ratificación de que la educación debe estar al alcance de todos; y tres, la celebración de la literatura, que no dará la felicidad, pero ayuda bastante. Conceptos, estos dos últimos, a los que adhiero con fervor.


En el transcurso de la película, se leen extractos de “La peste” de Albert Camus, “La promesa del alba” de Romain Gary, “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda, y “La niña de alta mar” de Jules Supervielle.


Transcribo la cita completa de “La promesa del alba” de Romain Gary, porque googleando otra cosa, la encontré de casualidad y no me gusta contradecir el azar: «No es bueno ser amado de esa manera, tan joven, tan pronto. Uno se acostumbra mal. Mides, confías, aguardas. Creemos que eso existe en otra parte, que lo podemos encontrar. Con el amor materno, la vida te hace al alba una promesa que jamás cumple. Después nos vemos obligados a comer frío hasta el final de nuestros días. Después de eso, cada vez que una mujer te abraza y te aprieta contra su corazón no hace más que darte el pésame. Uno siempre vuelve a aullar sobre la tumba de su madre, como un perro abandonado. Nunca más, nunca más, nunca más, unos brazos adorables te rodean el cuello y unos labios dulces te hablan de amor. Tú ya sabes de qué va. Fuiste muy temprano a la fuente y te lo bebiste todo. Cuando vuelves a tener sed, por más que busques por doquier, ya no quedan pozos, sólo hay espejismos. Desde el primer resplandor del alba, has hecho un estudio muy riguroso del amor y dispones de documentación. Vayas donde vayas, llevas contigo el veneno de las comparaciones y pasas el tiempo esperando lo que ya recibiste... »

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 24 de abril de 2011

El gato desaparece

Carlos Sorín (La película del rey, Historias mínimas, El perro) es uno de nuestros grandes maestros y no hay quien lo niegue. Decide ahora jugar con el thriller y nos da una de las películas más firmes, precisas y elegantes del cine argentino.


Luis (Luis Luque) es un profesor universitario de literatura y regresa a su casa después de estar internado en una clínica psiquiátrica por un brote psicótico en el que atacó a un ayudante de cátedra. Beatriz (Beatriz Spelzini), su mujer, luce desencajada. ¿Por temor a que el brote se repita o la loca es ella? Sólo uno de los muchos interrogantes que nos planteamos mientras el argumento se desarrolla.


En un thriller lo más importante es el “durante”, que la narración nos atrape y que nos mantenga en vilo. Y claro, que la resolución esté a la altura de la intriga planteada. Esto aquí se cumple a rajatabla. El único “pero” es que a la salida, con el rompecabezas armado, comprendemos que la historia es tan mínima como endeble en su plausibilidad, aunque ya no importa, porque nos entretuvo mientras se desenvolvía.


Muchos factores contribuyen a que la intriga nos interesara en todo momento. La impecable secuenciación, la maravillosa dirección de arte de Margarita Jusid, la deslumbrante fotografía de Julián Apezteguía (Crónica de una fuga, Carancho, Los Marziano), la bellísima música de Nicolás Sorín (hijo del director) y las notables actuaciones de un elenco parejísimo.


Luque, Spelzini y María Abadi (como la hija) ofrecen trabajos que sólo los superlativos pueden describir. Y que ande por allí la gran Norma Argentina no es un placer menor. Ni que decir de la presencia del inolvidable protagonista de El perro, Juan Villegas (cuando apareció en escena, quien esto escribe y unas cuantas personas más emitimos un “Ah” de reconocimiento y afecto; es que quien haya visto El perro no puede sino recordar con cariño a Juan Villegas).


Toda una sorpresa, El gato desaparece. Se estrenó casi sin aviso y nos dio una hora y media de entretenimiento inusitado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 16 de abril de 2011

Los Marziano

Ana Katz (El juego de la silla, La novia errante) es una directora muy personal que está desarrollando una voz única en la cinematografía argentina. Su parangón habría que buscarlo en algunas películas de Wes Anderson (Los fabulosos Tenembaum, Rushmore) o en Embriagado de amor de Paul Thomas Anderson. El método que utiliza, al igual que en los ejemplos mencionados, es la descomposición de la comedia clásica y el desbaratamiento sistemático de sus efectos cómicos tradicionales hasta lograr una amalgama cómico-dramática que podríamos denominar contracomedia. Dicho método procura volver evidentes verdades y profundidades subyacentes en situaciones en apariencia banales o de una cotidianeidad anodina o de una comicidad prosaica. No se persigue la carcajada sino más bien una sonrisa cómplice o conocedora. Y el resultado final es de extrañeza ante situaciones conocidas que se tornan levemente feéricas o un poco excéntricas. Como puede deducirse, el trabajo actoral es crucial en este estilo de comedia.

En el presente caso, el argumento podría remitir a la comedia costumbrista argentina típica, pero, como dijimos, se pretende otra cosa. Juan (Guillermo Francella) es un locutor de provincia al que no le fue del todo bien en la vida; está peleado con su hermano, Luis (Arturo Puig) al que aparentemente le va mejor, si se juzga como un ideal o un logro vivir en un country. La hermana de ambos, Delfina (Rita Cortese) y la mujer de Luis, Nena (Mercedes Morán) procuran reconciliarlos.


El mundo de cada hermano está contado estupendamente. Los detalles son certeros y expresivos. La resolución es apropiada y contundente. La empatía que se crea con los espectadores es inmediata.


Guillermo Francella, como en El secreto de sus ojos, se aparta de los histrionismos que le dieron fama y fortuna, y entrega otro trabajo atendible y logrado. Me quedo corto y me corrijo, superlativo. Arturo Puig, uno de nuestros más grandes actores teatrales, lamentablemente poco convocado por el cine, luce concentrado y enfurruñado, y contribuye con justeza y generosidad a la emoción final. Cortese y Morán ratifican ser actrices dotadas y maravillosas, luminosas y hondamente humanas.


Los rubros técnicos son impecables y es muy hermosa la música del Chango Spasiuk.


Los Marziano
es una rareza. Es una película industrial, no independiente, con nombres populares y convocantes, pero no es la comedia que el afiche o el pasado de los actores podría sugerir, sino una obra de autor. Ojalá que el público que la vea, aunque pueda llegar a esperar otra cosa más tradicional, la aprecie y la disfrute. Ojalá que tanta minuta berreta al paso que ofrece la tele todo el tiempo no haya arruinado el paladar del espectador popular.


Consejo de amigo, si pueden, véanla, es una muy buena película.


Un abrazo,

Gustavo Monteros

viernes, 15 de abril de 2011

Homenaje a Sidney Lumet

El sábado pasado se fue de gira Sidney Lumet. A modo de homenaje por las horas y horas de buen cine que nos hizo disfrutar, vuelvo a publicar el agradecimiento que le tributé a propósito del estreno de Antes que el diablo sepa que estás muerto.

Antes que el diablo sepa que estás muerto


Hay artistas que aman su arte por encima de toda consideración, que ven su talento como algo natural que no merece una celebración exagerada. Uno los cree víctimas de una humildad malsana. Se toman tan en serio su rol de laburantes del arte, que no especulan con la elección de proyectos que asegurarán su nombre o consolidarán su fama. Prefieren el trabajo continuo, la frecuentación constante de su arte. En la Argentina, el ejemplo que se me ocurre es el de Roberto Carnaghi, quien ha prestado su figura a proyectos excelsos y a aventuras que sólo se podrían disculpar por la atendible necesidad de parar la olla. Pero más que por eso, uno intuye que es porque no puede estar sin actuar, y donde sea que esté, siempre dignifica su arte entregando sus mejores recursos.


El cine yanqui tiene uno de esos héroes: el director Sydney Lumet.


Su capacidad creativa está a la altura de la de Kubrick, Scorsese, Coppola, Polanski o Spielberg. Pero por trabajar mucho, durante años se lo consideró un artesano eficiente y recién ahora se le está dando la categoría de maestro, que en realidad siempre tuvo. Cuando recibió el Oscar por la trayectoria, premio consuelo que les dan a los que soslayaron sistemáticamente por celos o marketing, no pasó factura ni se hizo autobombo, sino que aprovechó la ocasión para hablar de su arte y terminó dando una clase magistral, que pasó desapercibida entre el glamour y la estupidez habitual de esa fiestita anual.


A él le debemos: Doce hombres en pugna, Límite de seguridad (Fail Safe), El prestamista, Serpico, Tarde de perros (mi favorita entre las de él), Network, poder que mata, Príncipe de la Ciudad, Será justicia (The verdict), El precio del poder (Power), Daniel, entre otras.


Amante del teatro, llevó al cine respetuosas versiones de Panorama desde el puente (Arthur Miller), Largo viaje de un día hacia la noche (Eugene O'Neill), El hombre de la piel de víbora (The fugitive kind sobre Orpheus descending de Tennessee Williams), La Gaviota (de Anton Chejov, con las magníficas Simone Signoret y Vanessa Redgrave), Equus (Peter Shaffer) , La colina de la deshonra (The Hill de Ray Rigby), Trampa mortal (de Ira Levin), El sueño de Stella (Garbo talks de Larry Grusin).



Riguroso director de actores, bajo sus ordenes, muchos dieron su actuación más compleja: Al Pacino (Tarde de Perros), Treat Williams (Príncipe de la ciudad), Raf Vallone (Panorama desde el puente), Katherine Herpburn (Largo viaje de un día hacia la noche) Henry Fonda (Doce hombres en pugna). Y le sacó algo nuevo a algunos caballos veteranos que volvieron a correr como potrillos: Paul Newman (Será justicia), Gene Hackman y Julie Christie (El precio del poder), Ingrid Bergman (Crimen en el expreso de Oriente), Anne Bancroft (El sueño de Stella), Sean Connery (Negocios de Familia).



Llevar novelas al cine, tampoco le generó grandes inconvenientes: Llamada para un muerto (de John Le Carré), El grupo (de Mary Mc Carthy), Los tapes de Anderson (de Lawrence Sanders), Crimen en el expreso de Oriente (de Agatha Christie, Asuntos de familia (de Vincent Patrick).



Los fanáticos del musical le reclamamos la poca onda que le puso a El Mago (The Wiz), pero había tanto ego suelto y tanto productor desesperado porque la plata invertida se viera, que prácticamente sólo le dejaron poner la cámara.



Aún sus títulos no tan logrados son interesantes: Un extraño entre nosotros con Melanie Griffith, El lado oscuro de la justicia (Night falls on Manhattan) con Andy García, La mañana siguente (con Jane Fonda y Jeff Bridges), Tan culpable como el pecado (con Rebecca de Mornay y Don Johnson), Gloria (la remake del film de Cassavetes con Sharon Stone).



Y ahora, a los 84 años, con el brío que más de un director joven le envidiaría, se despacha con una obra maestra; una indagación, incisiva como pocas, de la decadencia de la sociedad yanqui: Antes que el diablo sepa que estás muerto, en la que un par de hermanos decide robar la joyería de sus padres. Una lección de cine por donde se la mire, desde el uso de la cámara, la banda de sonido, la dirección de arte, el manejo de los tempi del guión, hasta como dirigir a un actor. La actuación es sencillamente sobresaliente. Philip Saymour Hoffman, Ethan Hawke, Marisa Tomei, Albert Finney y Rosemary Harris resplandecen, sacan a la luz la tremenda humanidad de sus personajes.



El título sale de un brindis irlandés: "Que tengas comida y ropa, una almohada mullida para tu cabeza, que estés 40 años en el Cielo antes que el diablo sepa que estás muerto."



Yo por mi parte levanto la copa y brindo: ¡Larga vida a Sydney Lumet!Hoy en día hay muchas maneras de ver cine: el DVD, legal o trucho, el video, el cable o las bajadas de Internet, pero esta maravilla merece la vieja ceremonia de ir al cine. Sé que no me condenarán por mi entusiasmo.


Crónica publicada el 13 de julio de 2008


Sólo me queda agregar: El rey ha muerto, ¡viva el rey!


Gustavo Monteros

sábado, 9 de abril de 2011

Revolución - El cruce de Los Andes

Hace una chorrera de años (tantos que es como si hablara de algo sucedido en una vida pretérita, en otra encarnación), fui un niño y vi El santo de la espada de Leopoldo Torre Nilsson en la primera fila del Cine Gran Rocha. Me había llevado mi hermano y era tanta la gente que no nos quedó otro remedio que sentarnos tan adelante. Me hundí en la butaca y hacía fuerza como para correrla porque sentía que la pantalla se me venía encima. Habíamos llegado sobre la hora y al ratito empezó. No bien se apagaron las luces, la platea explotó en gritos, silbidos y aplausos, como cuando íbamos al cine con la escuela. En la película era como si el general y el caballo de la plaza hubieran cobrado vida. Aunque no se comportaban como un caballo y un hombre de verdad sino como una estatua un poco más flexible, pero igual de ferrosa. El gran Alfredo, el de la dicción perfecta y la voz timbrada, en versión San Martín, era incapaz de decir: Me duele la panza; no, decía: La Patria me impone el Sacrifico de ignorar Las Dolencias Corporales. Era un San Martín de libro de texto, de revista para el colegio, de discurso de acto escolar. Alfredito nunca estuvo más grandioso, más aparatoso, más altisonante. No se bajaba del pedestal ni para besar a Remedios, que era Evangelina Salazar de Ortega, quien había sido también la primera Jacinta Pichimahuida, de modo que era como tener la escarapela recién planchada en la solapa. Sólo faltaba el olor a tiza, tomar distancia y las ganas de que ya fuera el recreo. Una clase especial tema San Martín en el cine en vez de en el aula.

Pasaron los años y a San Martín le quitaron tanto el bronce, que casi ni héroe era. Volvió al cine de la mano de Jorge Coscia, interpretado por Rubén Stella (El general y la fiebre). Era tan humano y sufriente que daba pena. La fiebre que lo consumía lo desproveía del mito, pero también de grandeza. Y San Martín sin hazaña es como el vecino taciturno de la esquina. San Martín sin gloria y fanfarria no existe, que para eso es San Martín.


San Martín y Belgrano, aunque no queramos, nos devuelven siempre a la infancia, porque fue allí donde los conocimos. Y ese chico que fui me pedía que Revolución, El cruce de los Andes fuera una película pochoclera clásica, con un San Martín heroico como en versión Bruce Willis. Sudado, sangrante pero heroico y único. Ni de bronce ni tan humano, pero héroe.


Tras una chorrera de años que no soy niño, ya tendría que saber que no hay que llevar expectativas al cine. La casualidad o la historia con minúsculas (con muchas minúsculas) nos volvió a reunir a San Martín y a mí en el mismo cine: el Gran Rocha. Había gente, pero no estaba lleno como la vez anterior (bah, sólo un fenómeno como El secreto de sus ojos puede hoy llenar el Gran Rocha).


Pasado el shock inicial de que todos los actores pueden ser San Martín, aunque en el fondo ninguno pueda serlo, Rodrigo de la Serna resulta la elección ideal. Por naturaleza es tiesito, armadito, lo que le viene muy bien al personaje. Ojo, no quiero implicar que sea tenso o envarado, no, sólo quiero decir que es derechito como un álamo, lo que, insisto, le viene de perillas a cualquier San Martín. Este San Martín ya no es marmóreo como Alcón ni sufriente como Stella, pero por la visión del director (Leandro Ipiña) es un poquito histérico. No es culpa de de la Serna, quien, salvando ese rasgo del personaje, hace un buen trabajo, en el que (se agradece mucho) hasta incluye el humor.


La discusión es con el guión y la visión del director, que tienen sus más y sus menos. Hay una buena decisión inicial, concentrarse en el cruce de los Andes y en la batalla de Chacabuco. También es buena la idea de partir de los recuerdos de Corvalán, el amanuense. Lástima que ese foco se pierde y no se desarrolla a fondo. De haberse quedado en ese punto de vista se habría ganado en intensidad, y la película no se hubiera difuminado hasta parecer un documental ficcionado. La subtrama del fraile es buena y cierra, y la batalla tiene una secuenciación eficiente. Y es muy efectivo el pequeño thriller del cruce de Los Andes. Pero es efectista y berreta, cercana a la insoportabilidad, la banda sonora.


Y aunque me haya quedado con las ganas de que San Martín fuera un héroe como para Bruce Willis, creo que merece verse. Por Los Andes, de la Serna, porque son más sus más que sus menos, y porque San Martín merece menos actos, conmemoraciones, plazas y estatuas y más películas.


Un abrazo,

Gustavo Monteros