domingo, 11 de julio de 2010

La pivellina

La pivellina es de esas películas que dan ganas de invertir los términos del diálogo y decir: véanla y después cuéntenme. No es por pereza sino porque creo que se disfrutará incluso más si se la ve y se la va descubriendo sin preconceptos. Probemos, entonces, hacer el trabajo de la manera más objetiva posible.


Respecto al argumento, transcribiré lo que dice la página web de los cines de La Plata: Mientras deambula por los suburbios de Roma en busca de su perro Hércules, Patty se encuentra con una niña abandonada. La pivellina tiene dos años y dice llamarse "Aia" (por "Asia"). Como no hay ni rastro de sus padres, Patty decide llevársela con ella a la caravana en la que también vive Walter, su compañero sentimental y laboral, pues ambos trabajan juntos como artistas de circo. Aunque dudan seriamente si dar parte de lo sucedido a la policía, pronto comenzarán a encontrarse a gusto cuidando de la encantadora Asia. Algo similar le ocurrirá a Tairo, el joven hijo de otra familia de la zona, que se convertirá en un amigo inseparable de la pequeña.


Sus directores, el matrimonio integrado por Tizza Covi y Rainer Frimmel, (italiana, ella; austríaco, él), vienen del documental. Proponen con La pivellina una reformulación del neo realismo. (Plenamente lograda, déjenme añadir). Más de un despistado ha dicho también que hay algo felliniano. Un disparate, Fellini usaba el circo como una imagen desmesurada del mundo que llamamos “normal” o como una corte de los milagros de la que no podía prescindir. Sospechar de felliniana a toda película italiana que tenga algo que ver con el circo es un despropósito. A las pruebas me remito, véase con atención, el show que presentan. Es tan felliniano como La guerra gaucha.


No es gratuito que los personajes tengan los mismos nombres que los protagonistas, Patrizia Gerardi, Tairo Caroli, Asia Crippa, y Walter Saabel. Es que en la vida real son lo que representan en la película.


Insisto, véanla y cuéntenme que les “pegó” más. En lo personal, me “mató” la imagen de familia que dan. En estos días en que se discute la ley de matrimonio igualitario y la posibilidad de la adopción, y muchos insisten (¡todavía!) en que el único modelo de familia posible es el de La familia Ingalls, ver que una familia puede definirse también como cualquier ámbito humano en el que se da el amor, la contención, el compromiso, el hacerse cargo del otro, es muy conmovedor.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Chéri

A Michelle Pfeiffer le iba bien con el corset. Dos de las mejores películas en que participó (Relaciones peligrosas y El fin de la inocencia de Martin Scorsese) tuvieron que ver con esa torturante prenda femenina. Aquí se reencuentra con el director (Stephen Frears) y el guionista (Christopher Hampton) de Relaciones peligrosas para transcribir al cine las novelas de Colette sobre Chéri. Estamos en la Belle Epoque y Consolata Boyle, la diseñadora de vestuario decidió que el personaje de la Pfeiffer se adscribiera entre las vanguardistas de la moda que abandonaban el corset. Michelle no debió aceptarlo. Debió insistir con el corset. Por cábala.


Chéri no es una mala, pero llama la atención, por los antecedentes de los nombres involucrados en el proyecto, que sea tan leve, tan insustancial, tan incorpórea. La historia está contada, los conflictos son claros, todos actúan bien, los rubros técnicos son irreprochables, pero el tono elegido es muy superficial. Hay elegancia, cinismo, sabiduría erótica, educación sentimental, sin embargo la historia no seduce, no nos hace partícipes. Quizá la línea que dice la Pfeiffer sobre el personaje de Chéri defina asimismo al film: No puedo criticar su carácter porque no parece tener ninguno.


Eso sí, no sé si será que el Art Nouveau me puede, pero me pareció una de las películas más bellas desde la dirección de arte que vi este año. El cuarto de la Pfeiffer, bah, toda la casa, son deslumbrantes. Y el hotelito de Biarritz, ni les cuento. Ah, y la música de Alexandre Desplat acaricia los oídos. Al fin un poco de melodía y no los colchones sonoros atmosféricos con que nos tortura el cine comercial contemporáneo.


No se padece, entretiene, pero no convive mucho con nosotros, se la olvida pronto.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 4 de julio de 2010

Cartas a Julieta

A los 12 años vine a La Plata y viví unos años en casa de mis abuelos. En la esquina de la calle donde vivíamos, había un chalet de dos plantas, casi siempre cerrado, que ostentaba un nombre femenino en la barandilla de su mirador. Nombre femenino que se le adjudicaba también al hombre solitario que lo habitaba. Eran tiempos difíciles para ser homosexual. La sociedad era rígida, cerrada, pacata, prejuiciosa. Se decía que levantaba conscriptos en la estación o en el cine Roca con los que se daba “festicholas” a cambio de dinero. Se trataba de un hombre serio, discreto, para nada afeminado, de unos cuarenta y tantos años, lo que a mí en ese tiempo me parecía una edad matusalémica. Saludaba fría y secamente a los vecinos que se encontraba por la calle, en el almacén o la panadería. Se lo veía amargado. Una madrugada de invierno en que tenía que estar en la escuela a las 6 porque íbamos de excursión a Monte Grande, lo vi despedir a dos conscriptos. Vestía una robe de chambre bordó. Los conscriptos le hicieron por lo bajo un chiste amable que no oí, pero lo oí dar una carcajada fresca y cantarina. En algún momento comprendí que era un hombre feliz y que el vecindario lo despreciaba, pero en el fondo lo respetaba y quizá lo envidiaba. Porque se animaba a ser lo que era, sin vergüenza y sin que le importara nada lo que los demás opinaran.


Cartas a Julieta de Gary Winick me hizo acordar de ese hombre. No disimula y se la banca. Es una película romántica a más no poder. Cursi le dirían los vecinos que llamaban a aquel hombre La Manuelita. Estas cartas tienen dos ases bajo la manga: transcurre en la Toscana (que es más fotogénica que Catherine Deneuve), y actúa Vanessa Redgrave. Después de un inicio horrible que vaticinaba lo peor, de a poco entrelaza dos historias: la de un amor que no es, pero puede ser y la de un amor que no fue, pero que 50 años después podría ser. El único obstáculo es que hay que aceptar que la protagonista (Amanda Seyfried) es inteligente, cuando en realidad se la ve tan ingenua, crédula y aniñada que parece una boba redomada. Aunque no es un obstáculo muy grande tampoco. Las princesas de los cuentos deben creer en los finales felices. Y como yapa, la Redgrave y Franco Nero se animan a exhibir el gran amor que se tienen. Se separaron chiquicientas veces pero siempre vuelven a estar juntos. A esta altura del partido, ya son el hombre y la mujer de sus vidas.

No es una buena película en el estricto sentido del término, pero es un entretenimiento menor logrado. Como aquel hombre, es lo que es, no pide disculpas y le importa cuatro cominos lo que yo u otros piensen. Y por eso se ganó mi respeto.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 27 de junio de 2010

La carretera

El mundo finalmente se ha ido al carajo. Todo es devastación, desolación. Una incognoscible catástrofe ha tenido lugar. Los alimentos escasean. Nadie produce nada. Sólo se trata de sobrevivir. Como era de esperarse, surge lo peor de la especie humana y los más hijos de puta son los que más sobreviven y mejor. No se privan ni del canibalismo. La esperanza parece estar en la costa, hacia el sur. O no, pero al menos es un incentivo para seguir tirando. En este paisaje gris y ceniciento, un padre y un hijo de unos 10 años conservan un dejo de decencia.


La carretera es una historia de supervivencia, de aprendizaje y la crónica de una desesperada relación padre-hijo. El padre idealiza al hijo, lo diviniza. Es su manera, más que de celebrar, de conservar la vida. Él puede morir, pero el hijo debe vivir. Lo que él es o ha sido, su vida o la de cualquiera, perdurará en el hijo. Como suele suceder, sobre el final, los términos se invertirán y el hijo, al menos moralmente, conducirá al padre.


La película, más allá de sus muchas virtudes, no termina de levantar vuelo. Quizá porque como todo relato de camino es episódico. (En estos relatos no hay progresión dramática; la anécdota, un viaje, se nutre de los episodios sueltos que se van sucediendo.) O quizá porque insiste en una simbología religiosa que le da mucho lastre. (Conviene siempre que los símbolos surjan de lo que se cuenta y no que se sobreimpongan a lo narrado.)


Pero si nunca abandonamos el interés en las terribles cosas que van pasando es gracias a Viggo Mortensen. El padre que encarna conmueve a cada instante. Una gran actuación injustamente olvidada en la pompa y fasto de las premiaciones.


Se basa en una novela de Cormac McCarthy, de quien ya se llevaron al cine Espíritu Salvaje (por Billy Bob Thornton, 2000) y Sin lugar para los débiles por los hermanos Coen, 2007). McCarthy tiene una pésima opinión del género humano. No es para menos, vive en Texas.


La carretera es un film maldito por excelencia. Sus productores lo odiaron porque lo hallaron invendible. Los críticos se dividieron. El público le dio la espalda. Y le está costando la carrera a su director, el australiano John Hillcoat. Hollywood es como el caprichoso niño rico, si algo sale mal comercialmente, la culpa la tiene otro, generalmente el director. Si se estrena en cine y no pasa directo a DVD, es por la popularidad de Viggo Mortensen por estos lados. Es justo que así sea, su labor es descollante y cimentará aun más el cariño y el respeto de su público.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 20 de junio de 2010

Francia

Sepan disculpar, por mero capricho resolveré esta crónica alrededor del número 2.


Bolivia (2001) y Francia (2009) son dos películas dirigidas por Israel Adrián Caetano. Dos características las unen. 1) Ambas evocan paraísos perdidos desde sus títulos. Bolivia era la madre patria de la que se había partido por hambre para vivir en las márgenes de la pobreza en un país (la Argentina) que denigraba y excluía. Francia como el Moscú de las Tres Hermanas de Chejov es el paraíso idealizado que jamás se conocerá, la inalcanzable tierra prometida. 2) Ambas se produjeron independientemente, alejadas de las comodidades y condicionamientos de las producciones comerciales.


Dos características las distancian. 1) En Bolivia (una de las mejores películas que tuve la suerte de ver) la narración se centraba en el inmigrante, su mirada dominaba la historia. En Francia, el punto de vista, mayoritario pero no exclusivo, es el de la niña de 12 años que atestigua los vaivenes económicos y sentimentales de sus padres separados, pero obligados a vivir juntos. Y este arbitrariamente oscilante punto de vista dispersa la historia, perturba la progresión y más que sumar resta interés. 2) En Bolivia, el diseño de los personajes y el armado de las escenas eran sólidos. Los personajes eran reconocibles todos en sus grandezas y miserias. El encadenamiento de las escenas daba una cohesión dramática ejemplar y un crescendo angustiante. En Francia, salvo excepciones, los personajes son de trazo grueso, muy grueso. Las escenas están apenas esbozadas, como caídas de un guión que debió trabajarse más, mucho más. Y por momentos sobrevuela una inesperada sensación de torpeza.


Más allá de los reparos, creo que Francia es atendible por dos motivos. 1) El tangible talento de Caetano que lo lleva siempre, sin importar el género en que ancle sus historias, a rescatar la insoslayable dignidad de personajes pasados por alto. 2) Natalia Oreiro. Desconozco su trayectoria televisiva (no puedo seguir programas diarios, no tengo paciencia, la excelente Ciega a citas fue una reconfortante y saludable excepción), pero vi todas sus películas. Media un universo entre la coprotagonista de Un argentino en Nueva York (1998), que sólo ofrecía juventud y simpatía, y esta actriz hermosa, madura, sutil, dueña de nobles recursos actorales.


Consideración única, no doble. En lo personal, jamás olvidaré Francia por culpa de los minutos finales. Caetano logró conmoverme hasta los huesos con una secuencia luminosa y simple que evidencia la felicidad que podrían gozar sus personajes si se les diera una oportunidad. Doblemente conmovedora, eso sí, porque sabemos que nunca la tendrán.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 13 de junio de 2010

Kick-ass

Kick-ass de Mathew Vaughn es lo más cercano a un entretenimiento inteligente que los productores de Hollywood pueden ofrecer. (No esperen mucho tampoco, la craneoteca hollywoodense concibe el cine como una excusa para consumir pochoclos.) Se basa en una historieta como casi todo el cine de masas contemporáneo. (Y cuando no es así, hacen todo lo posible para que lo parezca.)


En un nivel superficial es una comedia paródica de las aventuras de los superhéroes. (Como cantaba Tina Turner: No necesitamos otro héroe.) En un nivel más profundo es un reflejo de lo mal de la cabeza que están los yanquis. (Hacen pasar violencia desquiciada y erotismo enfermizo como diversión provocadora.)


Un adolescente desangelado y con poca autoestima (Aaron Johnson) intenta convertirse en un superhéroe lo que le acarreará unos cuantos problemas. Conocerá a un par de aspirantes a héroes más preparados, una nena de 11 años, Hit Girl (Chloe Moretz) y su papá, Big Daddy (Nicolas Cage), quienes están entreverados en una venganza. Y como corresponde a todo “bueno”, Kick- ass se hará de un enemigo, Red Mist (Cristopher Mintz-Plasse), cuyo papá es un lord de la mafia droguera (Mark Strong) y el bicho del que Hit Girl y Big Daddy se quieren vengar.


Los primeros 50 minutos son ligeramente originales (y con buena voluntad hasta mordaces). La hora que sigue es efectiva pero más convencional (la típica parafernalia pochoclera).


La omnipresente banda sonora, si bien cae en un par de lugares comunes, es más soportable que de costumbre. (No lastima los oídos con las efectistas bobadas sonoras habituales.)


Mathew Vaughn tiene mejor hueso en la primera parte y le hinca el diente con gusto. Nicolas Cage y Mark Strong la pasan a lo grande con papeles que no les piden mucho (se agradece que hayan hecho algo más que poner la cara y cobrar el cheque). Pero la sorpresa de la velada la da Chloe Moretz, una delicia.


Si se digiere su conservadurismo retrógrado disfrazado de progresismo, su humor cínico y su sadismo coreografiado a la Kill Bill, puede entretener. (Porque más allá de las salvedades hechas, al menos esta vez no nos tratan de infradotados.)

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 6 de junio de 2010

Por tu culpa

Nada hay más profundo que lo simple visto en detalle, ni nada más revelador que una historia bien contada. Fui con ansía a ver Por tu culpa, me intrigaba la definición que de ella daban su directora y algunos críticos: un thriller doméstico. El thriller evoca siempre un ámbito mayor que lo doméstico, y el adjetivo doméstico se aviene mejor a un drama o a una comedia. Pero mis expectativas no fueron vanas, me mantuvieron en vilo hasta el último segundo.


Julieta (Érica Rivas), madre treintañera juega rudamente con sus hijos, uno de unos ocho años y otro de unos dos o tres. De a poco una duda se instala ¿por qué no puede ponerles límites? Se lo reclamarán en el teléfono tanto su madre como su marido. En un forcejeo por un triciclo, el más chico se golpea la cabeza contra el piso. Decide llevarlo a una clínica para que lo vean ¿es para tanto? Los atiende un joven pediatra que sospecha que sea un caso de violencia familiar ¿lo que ve justifica su accionar o es pura paranoia? ¿Por qué ella miente y no pone las cosas en su lugar? Julieta le pide ayuda a su madre (Marta Bianchi), una profesional demasiado apegada a sus cosas ¿por qué es así? Llegará el marido (Rubén Viani) y establecerá la autoridad que ella no pudo imponer, pero aprovechará la ocasión para pasarle a su esposa cuantas facturas impagas pueda. ¿Por qué, qué es lo que hay detrás? La denuncia sigue su curso y terminarán en una comisaría. ¿Por qué no puede aclarar ella nada, cuál es su culpa? Cuantas más preguntas se amontonan, más apasionante se vuelve la película. Muchas, casi todas, quedarán sin respuestas, pero los interrogantes nos remitirán a nosotros, a una forma de vida que damos por sentada, que nos parece natural y que oculta mucha violencia.


Anahí Berneri, directora también de las interesantísimas Un año sin amor y Encarnación, dijo: la idea era trabajar con elementos que tuvieran que ver con un thriller, con tiempos acotados, un falso culpable, para poder reflexionar acerca de la maternidad y la crianza en nuestros tiempos, de la violencia invisible en la familia, de los vínculos. Me parece que los culpables se transforman en víctimas, un doble juego. Esta madre es lo que puede, lo que sabe, y sabe y puede muy poco, y ejerce violencia con sus hijos, pero a la vez ella también la recibe, sin contención alguna. Mi idea era mostrar en estos personajes cierta fragilidad, porque ninguno de ellos está obrando mal según sus convicciones, sino todo lo contrario, porque creen que están haciendo lo mejor que pueden hacer.


A confesión de partes, sólo queda sentenciar que es una película lograda, tensa, angustiante, atrapante y conmocionante. Érica Rivas concreta una actuación consagratoria que la pone entre las mejores actrices de su generación y no es un mérito menor trabajar con una cámara intrusiva que le está siempre encima (la película se cuenta desde el punto de vista de su personaje y la cámara parece treparse todo el tiempo a su figura y a sus sentimientos). A Marta Bianchi le bastan dos conversacioncitas en off en el teléfono y una brevísima aparición para dibujar con nitidez su personaje. Osmar Núñez (un médico) y Carlos Portaluppi (el comisario) están muy bien. Y el trabajo que hicieron con los chicos, Zenón y Nicasio Galán, es impecable.


Una experiencia inolvidable que ratifica el enorme talento de algunos de nuestros cineastas.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 30 de mayo de 2010

Regreso a la mansión Brideshead

Es harto conocido que a los productores no se les cae una idea. Después del éxito de Expiación, deseo y pecado, era esperable que se pusieran a enlistar otras novelas de amores culposos o imposibles nacidos entre guerras y con un desenlace en la segunda guerra mundial. Brideshead revisited, una de las grandes novelas inglesas, llena esos requisitos.


Esta película es un buen ejemplo de lo que se llama cinéma de qualité, término que describe a las superproducciones basadas en novelas célebres u obras de teatro grandiosas que posibilitan la reconstrucción de ambientes de antaño y la presencia de grandes actores vestidos de punta en blanco en papeles jugosos.


Es un buen ejemplo porque exhibe lo mejor y lo peor de los films de este género. Ofrece una cáscara reluciente pero poco contenido. Y eso que en la novela hay sustancia de sobra.


Un joven de clase media Charles Ryder (Matthew Goode), futuro artista plástico, va a Oxford. Allí se deslumbra con Sebastian Flyte (Hayley Atwell), hombrecito disoluto que se comporta como una Marlene Dietrich en un film de Von Sternberg. En lo exterior, en su interior está lejos de la fortaleza de la Venus rubia. Sebastian lo llevará a conocer su casita, la fabulosa mansión Brideshead. Charles se enamorará del caserón y de Julia (Hayley Atwell), la hermana de Sebastian. La cosa no le gustará nada a mamá, Lady Marchmain (Emma Thompson (de regia cabellera blanca y en plan de matriarca impiadosa) y menos a Sebastian, ya para este momento, enamoradísimo de Charles. Tampoco es un atractivo menor para el ateo Charles que todos los habitantes de Brideshead sean católicos. Toda una excentricidad en una clase mayormente protestante. Y en un viajecito a Venecia, Charles conocerá también a Lord Marchmain (el gran Michael Gambon en plan de aristócrata hedonista) y a su amante, Cara (Greta Scacchi, en plan de no me importa verme vieja). Habrá muchas idas y vueltas, con confrontación de prejuicios de clase y dilemas religiosos.


La novela original de Evelyn Waugh es elegante y profunda, toda una proeza literaria ya que esos adjetivos casi nunca van juntos. Esta versión cinematográfica de Julian Jarrold es elegante y superflua. La densidad de los conflictos se ha diluido en vaivenes de telenovela suntuosa. Emma Thompson da una actuación memorable, pero, en un contexto tan vacuo y frío, se parece peligrosamente a una sobreactuación.


Suele rondar por el cable e internet, la versión de la BBC en miniserie de 1981, que convirtió en estrella internacional a Jeremy Irons. Si pueden, véanla. Es mucho mejor que este mamotreto de más de dos horas, tan bello e insustancial como la tan citada bomba de jabón.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 23 de mayo de 2010

El mural

Héctor Olivera siempre contará con mi gratitud y mi afecto, porque es el director de La Patagonia rebelde y No habrá más penas ni olvidos. Últimamente se le ha dado por la recreación de episodios de vida de personas reales. Viene de Ay, Juancito que se centraba en el ascenso, fulgor y muerte de Juan Duarte, el hermano de Eva. Fue un film injustamente ignorado. Entre otras virtudes exhibía un muy buen guión de José Pablo Feinmann (con un diálogo entre Inés Estevez y la Brédice sencillamente antológico). Ahora cuenta la trastienda del mural que el mexicano David Alfaro Siqueiros pintó, con la ayuda de Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo y Juan Carlos Castagnino, más el escenógrafo uruguayo Enrique Lázaro, en el sótano de la quinta de Natalio Botana.


Aparte de los mencionados en el impresionante reparto de celebridades figuran Salvadora Medina Onrubia, la feminista, anarquista y ocultista esposa de Botana, Blanca Luz, la mujer de Siqueiros, Pablo Neruda, Victoria Ocampo y Agustín P. Justo. Más Carlos, el malogrado hijo mayor de Botana, un policía siempre listo para el servicio sexual y una institutriz lesbiana.


Mencionar la sexualidad es relevante porque los entretelones de la pintura implican un novelón erótico de proporciones. Blanca Luz (Peterson) es una chica voraz que no deja títere con cabeza. Inicia una relación con Botana (Machín) y tiene un touch and go con Neruda (Boris). A su vez, la despechada Salvadora (Celentano) se permitirá un ardoroso encuentro con el policía (Palomino). Y Siqueiros (Bruno Bichir) en los descansos de su trabajo se procurará también sus desahogos sexuales.


Se perciben las debilidades habituales de las biografías con reparto de gente famosa. Algunos personajes son sólo un nombre y algunas líneas solemnes y discursivas que los denotan. El que peor parado sale es Neruda. Queda como un baboso cursi. Además el actor que lo encarna da una mala faena y para colmo de males en primer plano se parece a Duhalde.


El mexicano Bichir es seductor y tiene buena voz, pero ofrece un Siqueiros monocorde, clavado siempre en la misma cuerda. Carla Peterson es una buena actriz que aquí sólo a veces está cómoda. Lo mejor, el Botana de Luis Machín y la Salvadora de Ana Celentano.


A las audacias formales y de pintura (una mezcla industrial que posibilitó su supervivencia) del mural, Olivera lo confronta con un fresco nítido de elegancia clásica. Su pertinente uso de la música denuncia la seguridad de los viejos maestros que confían en lo que cuentan y no caen en la berretada yanqui de subrayar todo sonoramente. La dirección de arte de Emilio Basaldúa recrea la época con acierto, y deslumbra el vestuario de Graciela Galán. Elocuente y por desgracia todavía vigente la descripción que Botana hace de la prensa.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Zenitram, hay un argentino que vuela

Zenitram de Luis Barone hace de sus falencias sus mejores virtudes. Y no es un juego de palabras. Basada en un cuento de Juan Sasturain, se centra en el primer superhéroe argentino. Subrayo lo de argentino, porque es muy argentino. Estamos en el 2025. La Argentina padece una tremenda sequía y la reserva de agua ha sido diezmada por empresas extranjeras. Rubén Martínez, un basurero, pierde su trabajo porque en su recorrido se roban las bolsas de basura. En el baño de una estación de trenes, un hombre extraño le dice que si se agarra las partes pudendas y dice su nombre al revés, le sobrevendrán súper poderes. Del resto poco puede contarse sin arruinar las sorpresas.


El primer problema es el guión. Parece estar pensado a lo grande, con una gran producción en mente. Obtuvieron una buena producción, pero no una “grande”, lo que hace que haya varios puntos suspensivos que, si bien se completan, no tienen la contundencia de un desarrollo articulado.


Los actores son otro problema. Algunos están muy bien (Minujín, Fanego, Luque), otros parecen entender la propuesta, pero necesitarían mayor ensayo (Mollá), otros parecen haber sido elegidos por su rostro o su contextura y dan idea de los personajes, pero no los corporizan del todo.


Al salir del cine, me encontré con un amigo que me preguntó qué me había parecido, lo sorprendí contestándole que era un film “querible”. Es que es el adjetivo que mejor lo define. Las intenciones son nítidas, aunque no estén logradas. Presenta desde el delirio un reflejo claro de la argentinidad que es imposible no reconocer y apreciar. Por desgracia somos eso. Pero el relato no nos invita a flagelarnos, sino a tomar distancia y sonreír. La voluntad de cambio también puede venir de la sonrisa y no necesariamente de la elucubración filosa.


No está atada con alambre, está hecha con la dignidad de la creatividad a la que apelamos cuando nos fallan los recursos. Los efectos especiales lucen apropiados y prolijos, aunque algunas escenas tiene la premura de las filmaciones con tomas limitadas. Pero una banda sonora generosa cubre con talento muchos baches de planificación y montaje.


Juan Minujín (el protagonista de Un año sin amor) se divierte a lo grande como el héroe boludón, y la dirección de arte, que recrea lo que sus ejecutores llamaron un “gótico justicialista”, luce espléndida. Y es un hallazgo el uso de un famosísimo tema de Gardel en una escena clave.


No será una muy buena película, pero logra hacerse querer precisamente por eso, por sus cortedades, por no ser irreprochable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 16 de mayo de 2010

El escritor oculto

Los que nos hemos aquerenciado más de una vez de una butaca de cine, tenemos nuestra película favorita de Roman Polanski. En una rápida encuesta que hice con los amigos y colegas que me fui encontrando, obtuve estas respuestas. Alguno optó por El bebé de Rosemary, otro por La danza de los vampiros, una por Tess, otra prefirió su etapa pre Hollywood no pudiendo decidirse por Cul-de-sac o Repulsión, un hermano prefirió El pianista, y hasta hubo alguien, quien para espanto de otro amigo, eligió Perversa luna de miel. La mía es Chinatown. Sea como fuere, el polémico Polanski viene ahora a poner a prueba nuestra elección con El escritor oculto.


Es una película en la que uno no sabe qué admirar primero o más, si la maestría de la dirección, la esplendidez del elenco, la astucia de la historia, la precisión del guión o las exquisiteces técnicas de la fotografía, la dirección de arte, la música, etc.


Ewan McGregor (impecable) es un escritor fantasma (un negro en la jerga del mercado local), un autor de biografías de celebridades en primera persona, que desaparece en el momento de la publicación para que el famoso en cuestión finja haber escrito una autobiografía. Le piden que complete las memorias de Adam Lang (Pierce Brosnan, perfecto, parece haber nacido para el papel), un ex primer ministro inglés caído en desgracia. Su predecesor ha muerto, no se sabe si por accidente o suicidio. El libro lo mató, dice alguien. La cosa pinta mal, pero por suerte para la gloria del cine, el escritor se mete y ya que está en el baile, baila.


Estamos de buena racha quienes gustamos paladear un buen policial, thriller o enigma. Primero, la espléndida La isla siniestra; después, la magnífica Carancho y ahora la gloriosa El escritor oculto.


Permítanse una siesta reparadora, péguense un baño reconfortante, pónganse la ropa de domingo, perfúmense rico, prepárense para una fiesta de la inteligencia y disfruten el banquete. Es unos de esos deleites irrepetibles que se dan muy de vez en cuando.


En cuanto a mí, el tiempo dirá si me terca fidelidad permanece con Chinatown o si mi preferencia cambia por esta maravilla.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 9 de mayo de 2010

Carancho

Cinco motivos para ver Carancho


Primero. Porque es cine argentino del mejor. En lo personal, una buena película nacional me satisface doblemente ya que tiene paisajes e interiores que reconozco, personajes en los que me veo, una forma de hablar que me es familiar y una cultura que me refleja. Y cuando veo una excelente película como ésta, ni les cuento. Se me hincha el pecho con un orgullo que debe ser lo que se llama patriotismo. Me siento honrado de ser de un país que produce artistas de esta estatura. En una tierra en el que cipayismo es ley, y en la que hay que luchar para desembarazarse de un complejo de inferioridad que desde siempre nos lleva a oler a lavanda cualquier pedo extranjero, cuesta enorgullecerse de nuestros creadores. Pero ya es hora de sacudirse prejuicios y aceptar que el talento es talento y si es nuestro, cuánto mejor.


Segundo. Pablo Trapero. Con seis películas (Mundo grúa, El bonaerense, Familia rodante, Nacido y criado, Leonera y ésta), ha construido una trayectoria de una coherencia encomiable, de una creatividad inclaudicable y ha redondeado un estilo intransferible que sólo puede describirse con su apellido. El estilo Trapero. Si no le tuviera miedo a las palabras, le endilgaría el trato que le corresponde, el de maestro. (Perdón, más allá de mi entusiasmo anterior, aún me cuesta sacarme preconceptos que me fueron impuestos desde que tengo uso de razón.)


Tercero. Martina Gusman. Una magnífica actriz cinematográfica a la que la cámara ama. Y ella le retribuye tanto amor, entregándolo todo, no guardándose nada. Tiene un talento innato, una astucia, una intuición que la hace saber que no sólo se trata de confiar en la fotogenia o en la actuación sensible. Para brillar en el cine, hay que proyectar una personalidad, una manera única de enfrentar la cámara, eso que hace que Audrey Herpburn sea Audrey. La Gusman lo sabe y obra en consecuencia.


Cuarto. Ricardo Darín. Por mal que le pese a su modestia, para abarcar su trabajo hay que caer en los superlativos. No es sólo uno de los mejores actores argentinos, es uno de los mejores actores del mundo. Qué raro decir esto de un actor que uno vio nacer como un galán canchero y poco más. Pero lo vimos crecer, comprometerse con su oficio hasta llegar a ser este actor luminoso que hace cosas dificilísimas con la naturalidad de quien se peina. Un grande.


Quinto. La película en sí. Un policial negro hecho y derecho. Uno de esos en el que sus protagonistas por personalidad, por trabajo forjan un destino que los empuja a estrellarse. Ya se sabe, el azar en el policial negro favorece y desfavorece caprichosamente, pero a la larga la impiedad se impone. Trapero se acerca al policial negro clásico sin dejar jamás de ser Trapero (sobre todo en el trasfondo social, nítido, corpóreo, nunca discurseado, en el que sus historias se inscriben; se podrían escribir gruesos tratados sobre las resonancias de su dibujo social.) Y por si fuera poco, los últimos 10 minutos son de una contundencia narrativa maravillosa. Una secuencia inolvidable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 2 de mayo de 2010

Todas las vidas, mi vida

A algunos hombres les basta con esbozar algún mérito para ser encumbrados como genios. Dicha injusticia se corrige tarde o temprano porque no pueden mantener su posición en dicha categoría mucho tiempo. Ahora ha llegado el momento de corregir la falaz imprecisión con que críticos apresuradamente deslumbrados calificaron a Charlie Kaufman. Dista tanto de la genialidad como de la medianía, es apenas un hombre de indiscutible talento, sólo eso.

Despertó una más que auspiciosa reacción con el guión de ¿Quieres ser John Malkovich?, una historia que nadie comprendió del todo y que, para no quedar como tarados, muchos se apuraron a decir que era astuta e inteligente. Sí, pero en el fondo ¿qué corno quería contar? De Human nature mucho no me acuerdo, pero fue muy bueno su guión para el debut como director de George Clooney: Confesiones de una mente peligrosa.

Le siguió su guión para El ladrón de orquídeas en el que echó mano al truco más viejo del manual del guionista. ¿Qué hacer ante un libro infilmable? Poner en escena un guionista que no sabe cómo adaptar un libro y hablar de lo infilmable desde su peripecia. Los críticos fingieron desconocer la obviedad del recurso y calificaron a su treta como innovadora y revolucionaria. Por favor, seamos serios.

Vino entonces su trabajo impecable, irreprochable, magnífico. Su guión para Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, film que posibilitó la mejor actuación dramática hasta la fecha del impar Jim Carrey, perdidamente enamorado de una terrena Kate Winslet de pelo imposible. Una maravilla.

Pero la estatura de un genio se mide más por los yerros que por los logros. Decimos que Bergman, Visconti o Fellini, por ejemplo, son genios porque hasta sus films más imperfectos y menores son valiosos y recompensan. Y si medimos la estatura de Charlie Kaufman con Synecdoche, New York, descubrimos que su mito es insustentable. Debuta como director con este bodrio indigerible. Quizá le convenga seguir como guionista y confrontar su escritura con un director.

Su puesta en escena es pedestre, ramplona, carente de imaginación y creatividad. Sus ideas dominantes (la teoría del otro y el argumento de que todo artista cuenta una única historia a lo largo de su vida) han sido tratadas cientos de veces con resultados más encomiables. El tono es deprimente, es como si este aprendiz de genio, subido equivocadamente al Olimpo de los grandes guionistas hubiera descubierto de repente que, no obstante toda su gloria, morirá algún día como cualquier otro perejil. Y no nos deslumbra con un opus luminoso como Cuando huye el día con la reciente adquirida noción de su mortalidad, sino que nos tortura durante 124 larguísimos e insoportables minutos.

Un director de teatro (Philip Seymour Hoffman), ególatra y pedante como pocos, es abandonado, con razón, por su mujer (Catherine Keener) y su hija (Sadie Goldstein). Al tiempito gana una beca que le permite montar donde quiera y durante el tiempo que sea un proyecto teatral. Se embarca en el montaje de su vida, de allí el título. Sinécdoque es un tropo literario en el cual una parte de algo es utilizada para representar el todo. De allí también el aclaratorio título en castellano (Todas las vidas, mi vida), su vida vendría a representar todas las vidas. El único encanto que tiene el trámite es poner a Samantha Morton y a Emily Watson en el mismo personaje. Estas dos notables actrices inglesas puestas una al lado de la otra, si no hermanas, lucen al menos como primas cercanas.

Cuesta creer que en este film haya diálogos y situaciones que salieran de la misma computadora del hombre que escribió Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Y parece también increíble que con tantas películas valiosas que van a parar directamente a DVD, este engendro irredimible llegue a los cines. Más que un bodrio hecho y derecho, es un SÚPER BODRIO, es un MÁXIMO BODRIO, es EL REY DE LOS BODRIOS.
Un abrazo,
Gustavo Monteros