viernes, 11 de octubre de 2024

Andá, mirá si se va a morir Maggie Smith, ¿acaso no va a haber sol mañana?


 

Se me hace que la primera vez que la vi fue en La máquina de hacer millones (Hot Millions, Eric Till, 1968), porque la daban mucho por la tele de cinco canales y porque por entonces no me perdía película en la que estuviera Peter Ustinov.

 

La vi también en El jarro de miel (The Honey Pot, Joseph L. Mankiewicz, 1967) porque tampoco me perdía películas con Rex Harrison.

 

Y la vi, claro, en El soñador rebelde (Young Cassidy, que comenzó a dirigir John Ford y que la dejó porque se enfermó o se hartó y la terminó Jack Cardiff, 1965 y que se supone es sobre la vida del autor Sean O’ Casey, aunque Rod Taylor que lo corporiza no se le parece en nada.

 

Y recuerdo haberla visto también por aquella época en otra que daban mucho en la tele, Hotel Internacional (The V.I.Ps, Anthony Asquith, 1963) en la que era la secretaria enamorada de su jefe, Rod Taylor otra vez. Este hotel tenía un montón de estrellas, por eso insistían en darla: la pareja más renombrada de esos años, o sea la de Liz Taylor y Richard Burton, aunque andaban también por ahí, Louis Jourdan, Margaret Rutherford, Orson Welles y Elsa Martinelli.

 

Y sin duda no la vi en Esclava y seductora (The Pumpkin Eater, Jack Clayton, 1964) que protagonizaban Ann Bancroft y Peter Finch y James Mason), es más, a esta película la vi finalmente durante la cuarentena covideña), ni vi su Desdémona para el Otelo de Laurence Olivier (1965) (película que siempre vi por partes porque invariablemente siempre encuentro algo más interesante que hacer), ni la vi en ¡Oh, qué guerra tan bonita! (Oh! What a Lovely War, Richard Attenborough, 1969) que terminé por ver, o más bien dormitar, en el auge del videoclub.

 

Y aunque estuve al tanto de su fama, no vi en ese momento The Prime of Miss Jean Brodie (por aquí Primavera de una solterona, Ronald Neame, 1969), no me acuerdo porque elegir no verla, pero fue mejor al final. Cuando estaba en la facultad, o sea en algún momento entre 1976 y 1981, me crucé con la novela en la mesa de saldos de la librería Rodríguez de Buenos Aires donde íbamos a comprar libros en inglés. La compré porque Maggie estaba en la tapa y porque era un librito breve como un catecismo. La empecé a leer en el viaje de vuelta en el Río de la Plata y me enamoré de la novela, que es una de mis favoritas y que releo de vez en cuando con mucho placer. Y a la película la vi ya en la tele a color en una trasnoche de canal 7 y decí que ya estaba enamorado de Maggie a más no poder, que si no me enamoraba de nuevo.

 

Menos mal que le dieron el Óscar porque si no había que haberle prendido fuego a la Academia. Y eso que ese año competía contra Liza Minnelli en su inolvidable Pookie Adams para Los años verdes, contra Jane Fonda y su desparramo de talento en Baile de ilusiones que es They Shoot Horses, don’t they?, que se basa en la novela de Horace McDoy que se conoce como ¿Acaso no matan a los caballos?, título que los distribuidores del filme no debieron cambiar, contra Genevieve Bujold y su Ana de los mil días y contra una de las eternamente postergadas del Oscar, Jean Simmons y su Final feliz. Contendientes duras si las hay, pero lo de Maggie como Jean Brodie es tan contundente que cierra toda discusión.

 

Eso si, vi en estreno en el cine Gran Ocho, u Ocho como se lo conocía antes de ser una multiplex, Viajes con mi tía, no se lo digan a nadie, pero todavía no leí la novela de Graham Greene en la que se basa y eso que leí casi todo Greene y más de una vez. Como media humanidad, la amé como la extravagante Tía Augusta.

 

Y después vino Amor, dolor y todo el resto o sea Love and Pain and the Whole Damn Thing, Alan J. Pakula, 1973. Y no la vi (y sigo sin verla, aunque uno de estos días abandono el invicto) porque ya por entonces me disgustaban las películas en que uno de los protagonistas está enfermo y se muere, uno de los argumentos más efectivos y pobres del mundo, porque ¿quién no se va a conmover con un personaje tan condenado?

 

A la que siguió no me la perdí y se convirtió en una de mis favoritas de inmediato: Crimen por muerte (Murder by Death, Robert Moore, 1976) sobre guion de Neil Simon con Peter Falk, Alec Guinness, Peter Sellers, Eileen Brennan, Truman Capote, James Coco, Elsa Lanchester, Nancy Walker, Estelle Winwood, James Cromwell y Richard Narita. Maggie hace pareja con uno de mis favoritos de toda la vida, ¡David Niven!, y se supone, bah, no se supone, son William Powell y Myrna Loy, o sea Nick y Nora Charles de la saga del Hombre delgado o sea The Thin Man. Porque esta regocijante comedia es un misterio que homenajea a los más famosos detectives del cine o de las novelas policiales, como Hercule Poirot, Fu Man Chu, la señorita Marple, Sam Spade o Philip Marlowe (tamizados por Humphrey Bogart, claro) La vi una siesta gloriosa en el Gran Rocha.

 

Y la fiesta con Maggie siguió al año siguiente porque vino Muerte en el Nilo, John Guillermin, 1978, respuesta al éxito que había tenido Crimen en el Expreso de Oriente. Y otra vez, un elenco multiestelar y otra vez Maggie codeándose con leyendas del viejo Hollywood como Bette Davis, Angela Lansbury, David Niven, George Kennedy y Jack Warden, y los juveniles, por entonces, de Jane Birkin, Lois Chiles, Jon Finch, Simon MacCorkindale, y Mia Farrow. Maggie era la dama de compañía y quizás algo más de ¡Bette Davis!, ¡juntas no solo en la misma película sino en casi todas las escenas en que sus personajes tenían relevancia! La vi en el viejo San Martín.

 

Y llegó su segundo Oscar y una de las historias de amor que más me conmueven y revisitan, la de su estrella de cine apabullada, casada con un anticuario, Michael Caine, por pura fachada porque se supone que las estrellas están casadas y así la dejan en paz, pero hete aquí que ella sin querer ni poder evitarlo se enamora de él, que no puede corresponderla, porque es gay, y no quiere ni puede decirle qué hace en las tardes en que ella lo llama y no contesta el teléfono. Son solo unas escenas porque el filme se arma con otras historias pergeñadas por Neil Simon y que corporizan Jane Fonda y Alan Alda, Walter Matthau y Elaine May, Richard Pryor, Gloria Gifford, Bill Cosby y Sheila Frazier, pero son Caine y Smith los que se quedan con la película y nuestro recuerdo. La vi, por supuesto, faltaba más, en estreno en el Ocho.

 

La siguiente la vi en el San Martín y fue la primera vez de Maggie en un filme de James Ivory, Quartet sobre novela de Jean Rhys, que transcurre en París en los años treinta, y esta vez el placer era ver a Maggie con la estrella francesa refulgente de esos años, Isabelle Adjani, que hacía de una joven casada con Anthony Higgins, hombre que termina en la cárcel, obligándola a aceptar la hospitalidad de los Heidler, que no eran otros que Maggie y el glorioso Alan Bates.

 

A la siguiente Furia de titanes (Clash of Titans, Desmond Davis, 1981) no la vi. Porque las de fantasía mucho no me atraen y la mitología griega menos. Y eso que estaban Claire Bloom, la siempre perturbadora Ursula Andress, Burges Meredith, Sian Philips, Flora Robson, musculito Harry Hamlin y Judi Bowker (la chica de Hermano Sol, Hermana Luna) en los protagónicos. Maggie tenía escenas con Laurence Olivier, que se había jurado no trabajar más con Maggie porque sentía que lo opacaba, pero el juramento parece que abarcaba solo el teatro, ya que aquí compartió planos con ella.

 

En 1982, Maggie volvió con otro misterio de Agatha Christie, El demonio bajo el sol (Evil Under the Sun, Guy Hamilton) en la que Peter Ustinov volvía a ser Poirot. El elenco incluía a Diana Rigg, Jane Birkin, James Mason, Colin Blakely, Nicholas Clay, Roddy McDowall, Sylvia Miles, Denis Quilley y guion era de ¡Anthony Shaffer! Transcurría en los treinta, claro, con mucho Art Decó. Una delicia. La vi en estreno en el cine Astro.

 

De 1982 es también El misionero (The Missionary, Richard Loncraine) en la que Maggie hacía pareja con Michael Palin que era un pastor que, a principios del siglo XX, volvía del extranjero a Londres y le tocaba ocuparse de una parroquia con prostitutas. Trevor Howward, David Suchet, un joven Timothy Spall, y el gran Denholm Elliott completaban el elenco. La vi en un cine de la calle Lavalle, porque ya no todas las películas que se estrenaban en Capital llegaban a La Plata.

 

En 1983 participó de un acto de amor, Más vale tarde que nunca (Better Late Than Never, Bryan Forbes) David Niven se moría de complicaciones de ALS (esclerosis lateral amiotrófica) y su hijo Jr decidió fortificarle el ánimo produciéndole una película, que filmó en Monte Carlo cerca de la villa que David Niven tenía ahí y que se llamaba La Fleur du Cap Mansion. Una comedia de acción con el coprotagónico de Art Carney y la participación especial de Maggie. Un afectuoso canto del cisne del gran David Niven.

 

En 1984, Maggie estuvo en una más que atendible y en una insoslayable. La primera es Jugando para ganar (Lily in Love, Károly Makk) en la que un astro de Broadway (Christopher Plummer) recelaba que su esposa (Maggie, of course) una dramaturga de éxito ya no lo quería y prefería escribir para otros, de ahí que se disfraza de italiano seductor para encantarla y darse la razón. Elke Sommer y Adolph Green sobresalían en un elenco con mucho húngaro. Y la insoslayable es A Private Function (Malcolm Mowbray) En 1947 en una Inglaterra todavía bajo racionamiento, en un pueblito, los notables del lugar deciden festejar la boda de Isabel II con un banquete, en el que una cerda adquiere un gran protagónico. Maggie aquí es la esposa del pedicuro del lugar (Michael Palin) y tiene ambiciones de ascender socialmente. El libro es del director con ¡Alan Bennett! Y entre un elenco de notables, imposible no nombrar a Denholm Elliott, Richard Griffiths, Alison Seadman, Liz Smith, Jim Carter, Pete Postlethwaite. Una sátira social de aquellas. Para chuparse los dedos.

 

En 1985 Maggie estuvo en su segundo James Ivory, la súper oscarizada Un amor en Florencia (A Room with a View) romance de época sobre la novela de E.M. Forster, en el que Helena Bonham Carter se enamoraba de Julian Sands ¿brevemente o hasta el Y vivieron felices?) Maggie capitaneaba un elenco en el que estaban Judi Dench, Denholm Elliott, Simon Callow, Rupert Graves y ¡Daniel Day Lewis! Maggie obtuvo una nominación para el Oscar de reparto, pero no ganó. (Se lo quedó Dianne Weist por Hannah y sus hermanas de Woody Allen). La vi en estreno en el Cine San Martín.

 

En 1987 nos compensó por no haber hecho ninguna película en 1986 con esa maravilla que es The Lonely Passion of Judith Hearne (Jack Clayton) en la que Maggie es una solterona de trago fácil que se enamora de uno de los huéspedes (Bob Hoskins) de la pensión que regentea y que le lleva el apunte porque cree que es rica cuando no lo es ni remotamente. Otra actuación inolvidable por la que ganó el BAFTA. La vi en video en el auge del video club.

 

En 1991 con el Hook de Steven Spielberg inaugura una serie de participaciones especiales que sigue con Cambio de hábito (Sister Act, Emile Ardonlino) en 1992, The Secret Garden (Agnieszka Holland), Cambio de hábito 2 (Sister Act 2: Back in the Habit) en 1993, Richard III (Richard Loncraine) en 1995, El club de las divorciadas (The First Wives Club, Hugh Wilson) en 1996, Washington Square (Agnieszka Holland) en 1997. Las vi a todas en estreno en diferentes cines. Que sus participaciones fueran breves no significó que pasaran desapercibidas, ¡lejos de ello! Todas nos dejaron su recompensa.

 

En 1998 volvió al protagónico con Curtain Call, comedia en la que con Michael Caine oficiaban de fantasmales deux-ex-machina para un desorientado en amores James Spader. Cumplía, pero dejaba con las ganas, uno esperaba más de la reunión de Caine-Smith.

 

En 1999 participó de la comedia coral Té con Mussolini (Franco Zeffirelli) sobre la fascinación que experimentaron algunas damas inglesas en la bella Italia con el fascismo, después, claro, habrían de desilusionarse. Judi Dench, Joan Plowright, Lili Tomlin, Cher descollaban con Maggie. No era un té muy cargado, pero Florencia con semejante elenco siempre merece una vista. La vi en estreno con Horacio en el cine Ocho.

 

En 1999 se vieron también dos películas históricas, una sobre el fin de una era The Last September (Deborah Warren) sobre la etapa final en Irlanda de los Anglo-irlandeses que, después de la revuelta de 1916, quedaran atrapados entre dos fuegos, el los irlandeses republicanos y el del ejército británico. En la casa solariega de un matrimonio mayor (Maggie y Michael Gambon), la sobrina de ambos, Keeley Hawes, se debate entre entregarse al amor de un soldado inglés (David Tennant) o al de un revolucionario irlandés (Gary Lydon), hay también un romance secundario entre Fiona Shaw a la que ama Lambert Wilson, casado con Jane Birkin. La vi hace poco a instancias de los recuerdos de un crítico inglés por la partida de Maggie. Buena película, muy bien actuada y contada. Y la otra fue All the King’s Men (Julian Jarrold) sobre una compañía de soldados británicos que desapareció en Gallipolli, en 1915, sin dejar rastro, entraron en acción, los envolvió una niebla y nada más se supo de ellos.

 

Entre 2001 y 2011, Maggie participó de la saga de Harry Potter, alcanzando fama mundial, niños y jóvenes que hasta ese momento jamás habían sabido nada de ella, de pronto la conocían y la admiraban. Pero a Daniel Radcliffe ya lo había conocido en 1999, cuando filmaron para la BBC una versión de David Copperfield, en la que Radcliffe era el personaje del título en tamaño niño. Aparte del suyo, nombres preeminentes aparecían en el reparto: Bob Hoskins, Ian McKellen, Imelda Stauton, y Tom Wilkinson.

 

En 2001 estuvo en la obra maestra de Robert Altman, Gosford Park. Y se dice que el guionista Julian Fellowes, el de Downton Abbey, claro, le regaló un personaje que sería predecesor directo del que inmortalizaría en la serie. Aunque una diferencia importante los separa, el dinero. La Violet de Downton Abbey tiene más plata que los ladrones, mientras que la Constance Trentham de Gosford Park no tiene donde caerse muerta (para seguir con los lugares comunes). En esta oscura comedia coral participaban también Ryan Philippe, Michael Gambon, Kristin Scott Thomas, Tom Hollander, Charles Dance, Jeremy Northam, James Wilby, Stephen Fry, ¡Kelly Macdonald!, Clive Owen, Helen Mirren, Eileen Atkins, Emily Watson, Alan Bates, Derek Jacobi, Richard E. Grant, y el también guionista del film, Bob Balaban. Lisa y sencillamente, una fiesta. La vi en estreno en el San Martín.

 

En 2002 volvió a la participación especial en Divinos secretos (Divine Secrets of the Ya-Ya Sisterhood, Callie Khouri) en la que Sandra Bullock y Ashley Judd encabezaban el cartel, que secundaban Maggie, Ellen Burstyn y James Garner. Confieso no haberla visto.

 

En 2003 volvió al protagónico para el telefilm Mi casa en Umbria (Richard Loncraine) sobre un grupo de personas que se conocen por culpa de un ataque terrorista. Junto a Maggie estaban Chris Cooper, Ronnie Barker, Benno Fürmann, ¡Giancarlo Giannini!, y Timothy Spall. La vi por cable.

 

En 2005 hizo El violinista que llegó del mar (Ladies in Lavender, Charles Dance) en la que en los años treinta, en la costa de Cornish, se peleaba con Judi Dench por las atenciones de un violista náufrago, el bueno de Daniel Brühl. Freddie Jones, Miriam Margolyes, Clive Russell, Toby Jones y Natasha McElhone completaban el elenco. La vi en cable.

 

En 2005 la vimos en ¡Sálvese quien pueda! (Keeping Mum, Niall Johnson) como una madre que se las trae para el atribulado pastor Roman Atkinson. Kristin Scott Thomas, Liz Smith y Patrick Swayze redondeaban el elenco. La vi en estreno en el Cine Ocho.

 

En 2007 en otra participación especial para una película de época, Becoming Jane (Julian Jarrold) fue Lady Gresham, ante una todavía desconocida Jane Austen (Anne Hathaway) que andaba de romance con un irlandés, James McAvoy. Componían el resto del reparto, James Cromwell, Ian Richardson, Julie Walters, Helen McCrory. No la vi todavía, pero la tiene Prime Video.

 

En 2007 estuvo en un telefilme de Stephen Poliakoff, Capturing Mary, con Ruth Wilson, David Walliams, Gemma Artenton, que es difícil de encontrar, pero vi que está online con subtítulos rarísimos, arábigos, creo. Uno de estos días me le animo, después de todo, algo de inglés sé. LOL.

 

En 2009 participó de una película escrita y dirigida por Julian Fellowes, From Time to Time, sobre un chico de 13 años que puede viajar en el tiempo y desenterrar secretos familiares, a los que darles resolución. Alex Etel es el chico y aparte de Maggie, Timothy Spall, Pauline Collins, Carice van Houten, Christopher Villiers, Dominic West, Hugh Bonneville pueblan el elenco. Modestamente atractiva. La vi en cable.

 

En 2010 estuvo en la segunda de Nanny McPhee o sea Nanny McPhee and the Big Bang (El regreso de la nana mágica, por estos lados, la dirigió Susanna White) con Emma Thompson, que es la nana, claro, y Maggie Gyllenhaal, Ralph Fiennes, Asa Butterfield, Daniel Mays, Rhys Ifans, Ewan McGregor, entre los notables del elenco. No la vi todavía.

 

Entre 2010 y 2015 estuvo haciendo historia con Downton Abbey y agrandando su popularidad aún más. Estuvo también en los dos filmes que se desprendieron de la serie: Downton Abbey (Michael Engler, 2019) y Downton Abbey: A New Era (Simon Curtis, 2022) (Ahora se viene un tercer film, pero su personaje ya no está, fue enterrado en la de 2022)

 

Estuvo jubilada, en la India, en las dos del hotel Marigold. The Best Exotic Marigold Hotel (John Madden, 2011) con Judi Dench, Bill Nighy, Dev Patel, Tom Wilkinson, Penelope Wilton, Celia Imrie, Ronald Pickup. Y en The Second Best Exotic Marigold Hotel (John Madden, 2015) con los ya mencionados más David Strathairn y Richard Gere.

 

Prestó su voz en Gnomeo & Juliet (Kelly Asbury, 2011) y para el mismo personaje, Lady Bluebury, en Sherloc Gnomes (John Stevetson, 2018)

 

En 2012 hizo de jubilada otra vez, en esta oportunidad una ex prima donna, en un asilo para músicos. Se llamó Quartet (Dustin Hoffman), igual título que la que hizo para Ivory con otra historia, claro. (Esta se basa en una obra de Ronald Harwood, aquella en una novela de Jean Rhys) Michael Gambon, Billy Connolly, Pauline Collins, Sheridan Smith, Tom Courtenay se sumaban al elenco. La vi en el cinema Paradiso con Ingrid.

 

En 2014 fue parte del departamento que heredaba Kevin Kline en París en Mi vieja y querida dama (My Old Lady, Israel Horovitz) Kristin Scott Thomas era su hija y como todos suponíamos, enamoraba al cascarrabias de Kevin Kline. Cumple, si no se le pide mucho. La vi en streaming.

 

En 2014 fue The Lady in the Van (Nicholas Hytner) sobre texto de Alan Bennett. Y se alejó de las damas ricas, educadas e integradas que le venían endilgando. Está sencillamente soberbia. Tan enojosa como conmovedora. Es la historia real que vivió el propio Bennett. Trata de una señora que vive en una furgoneta instalada en la entrada de la casa de un dramaturgo. La vi en streaming.

 

En 2021 participó en la navideña, El chico que salvó la Navidad (A Boy Called Christmas, Gil Kenan) junto con Henry Lawfull, Michael Huisman, Jim Broadbent, Joel Fry, e Isabella O’Sullivan. No pasé del tráiler, las navideñas me dan pereza de verlas, está en Netflix.

 

Y en 2023, la última (o la penúltima, nunca se sabe) The Miracle Club (Thaddeus O’Sullivan) sobre una peregrinación a Lurdes a fines de los cincuenta. Con Kathy Bates, Laura Linney, Stephen Rea, Brenda Flicker, Agnes O’Casey, Mark O’Halloran, entre otros, en el elenco. La veré pronto, lo juro.  

 

Y hasta aquí el recuerdo de Maggie, ahora una anécdota del tuyo, tocaya de la Bergman. Íbamos en el Misión a Buenos Aires a ver una obra de teatro. Nuestra habitual conversación laberíntica se bifurcaba en recovecos. De pronto me preguntaste si reconocía la melodía que te pusiste a tararear (terminó siendo una de Morricone para una vieja película con Florinda Bolkan y Tony Musante), en ese momento te reconocí que me resultaba familiar, pero que no podía ubicarla. Y no sé porque me puse a decir que de viejo, me había puesto llorón, y que cada vez que alguien del cine o del teatro moría, aunque jamás los había conocido personalmente, si eran significativos para mí, me desataban gruesos lagrimones. Entonces dijiste que cuando muriera Maggie ibas a llorar hasta pasparte. Y no va que te morís antes y me dejás solo, llorando a Maggie no sé si hasta pasparme, pero al menos hasta agotar un par de paquetes de pañuelos descartables. Maggie me acompañó toda la vida, vos un par de décadas. Las dos me dejaron más bello y más sabio. Y cuando se me pasa la congoja de la partida, más feliz. Para ser un cinéfilo se necesitan dos cosas, buena memoria y ganas de ser agradecido. Porque siéndolo se vive de recuerdos y de dar gracias por lo acumulado. Y el cinéfilo también es un deudo, que lamenta lo que ya terminó, pero sin aflicción, porque fue feliz. Y ahora vos también sos una película. El cine de mi mente te proyecta con asiduidad. Y ya no estás y sin embargo estás. Como las actuaciones de Maggie. Sombras que emocionan porque aluden a momentos buenos. Sé que te haya puesto en un mismo párrafo con Maggie, te llena de satisfacción y eso solo ya justifica estas páginas. Y ojalá que nunca me falle la memoria, y si me falla por veleidades del destino, sepan que igual voy a estar sonriendo sin saber por qué, pero con tozudez. Lo que se vive no se pierde. Es eterno, como lo bello, y ni la falta de memoria puede anularlo.

Gustavo Monteros




viernes, 4 de octubre de 2024

Querido diario - Hoy: Sing Sing


 

Las películas con presos que hacen teatro ya son prácticamente un género. La mayoría se basa en historias reales. Y Sing Sing (Greg Kwedar, 2024) es, sin duda, la más militante. Ejemplifica y aboga por el programa Sing Sing’s RTA (Reformed Thorough Art) (Reformados por el Arte).

 

Salvo Colman Domingo y alguno más, el resto del elenco estuvo en la cárcel y actuó en la compañía creada por el programa RTA. Dato que sorprende porque si no lo supiéramos, habríamos jurado que se trataba de actores profesionales de frondosa experiencia.

 

El argumento es sencillo. Asistimos al detrás de escena del montaje de una obra. Vemos primero escenas de la anterior obra presentada, una versión muy peculiar de Sueño de una noche de verano de Shakespeare. Está implícito que la voluntad de la mayoría es no insistir con Shakespeare, al menos de inmediato.

 

Antes de decidir sobre la nueva obra, tienen que discutir y votar nuevas incorporaciones al elenco. Los interesados se inscriben, son probados y el elenco estable vota. Clarence Maclin es aceptado, entre otros.

 

Los nuevos y los viejos actores discuten ahora qué obra poner en escena. Maclin inclina la balanza por una comedia, lo que no sería el fuerte de Colman Domingo (su personaje no solo hace años que está preso, sino que fue fundador del programa y cuenta ya con una extensa trayectoria escénica, hasta ha escrito obras que fueron publicadas, incluso hasta firma autógrafos en copias de sus libros, y eso que no tenía un pasado artístico, toda su experiencia la obtuvo en la cárcel).

 

La nueva obra es una comedia abarcadora escrita para la ocasión por el director de la compañía, Paul Raci (él sí un actor profesional en la vida real). Como todos expresaron lo que querían que la comedia incluyera, para que no fuera una sucesión de sketches, Raci le dio el marco contenedor de un viaje a través del tiempo.

 

Hay un solo papel dramático, el de Hamlet, que recitará en un momento apropiado, su famoso monólogo de Ser o no ser. Se supone que será de Colman Domingo, pero no, Maclin competirá también por dicho papel. Vemos así que procura subvertir el rol de preeminencia que Colman Domingo tiene en el grupo, primero hizo que optaran por una comedia y una vez logrado el objetivo, quiere aspirar al único personaje dramático.

 

Maclin es un hombre complejo, en el patio es un gánster y aquí, en los ensayos, quiere disminuir la influencia ganada por el personaje de Colman Domingo como sea. La dinámica entre estos dos personajes será el centro del relato.

 

¿Por qué quieren hacer teatro? Por la más sencilla (y bella) de las razones, para recuperar la humanidad perdida. El teatro es el misterio más transparente que existe. Unos juegan a ser otros y son tomados en serios por algunos que los ven y juegan a aceptar que de verdad son otros, cuando es obvio y evidente de que no lo son.

 

Y en este relato que crean comprometiéndose a jugar y ser creídos, se produce una emoción (¿catarsis?, ¿sublimación?, ¿trascendencia?) que hace que todos los que participan del juego (si este ha sido bien jugado) terminen mejor a la salida. Es un engaño consensuado. Una estafa lícita. Una mentira certera.

 

En la defensa que la película hace del programa está incorporada una discusión (que ellos ya tienen resuelta) y que los espectadores quizá no (o al menos no todos). La cárcel debe reformar. Lo hecho por terrible que haya sido, hecho está. No se trata del perdón ni de la absolución, sino de que quienes eventualmente salgan, puedan incluirse otra vez en la sociedad. Para ello una reforma tan amplia como sea posible es necesaria. La búsqueda del perdón de las víctimas, o de la absolución del estamento superior en el que crean, divino o profano puede o no ser consecuencia de la reforma (generalmente lo es). Y el teatro los ayuda a recuperar lo esencial para una reforma, el humanismo conducente.

 

Toda esta elucubración corre bajo mi cuenta y riesgo, es mi modo de llenar los puntos suspensivos. La película solo insiste con que el programa RTA es muy bueno y da contundentes muestras de que lo es, no la menor de todas, mi aseveración de que cualquiera de los presos que pasó por el programa puede ser confundido por un profesional hecho y derecho.

 

Lo demás, insisto, es de mi cosecha. Mi contribución al debate en un país en el que el debate se ha perdido. Cuando se quiere discutir de seguridad, se habla solo de la rebaja en la edad de la imputabilidad, como si hacer a la gente responsable de un delito en el destete fuera a cambiar algo.

 

Lo mismo pasa con la educación, cuando se les da por considerar los resultados de las pruebas tales o cuales, se llega a la conclusión de que lo mejor es aumentar los días de clases, sin considerar que tener más tiempo para hacer lo que se supone hacemos mal no va a mejorar ningún resultado. Y así, cuando las pruebas vuelven a dar negativas, se aumentan más días. Quizá cuando lleguemos a la eliminación total de los días de descanso y las pruebas sigan dando negativas, se sopese algún pro o contra de lo que hacemos, de la cantidad de días de trabajo, etc.

 

Y si eso que es universal no se discute, menos que menos la situación de las cárceles, para qué deben servir y qué hacer con las condenas y la reinserción social. Quizá algún día, quizá. Como sea, ver Sing Sing tiene sus recompensas. Es una película bien planteada y actuada como los dioses. Nadie le va a la zaga y eso que Colman Domingo, como siempre, pica alto. Lisa y llanamente rozando la genialidad.

Gustavo Monteros

viernes, 27 de septiembre de 2024

Querido diario - Hoy: Ghostlight


 

A poco de empezar Ghostlight (Kelly O’Sullivan, Alex Thompson, 2024) la hija de la familia protagonista, Daisy (Katherine Mallen Kupferer) se postula con muchas posibilidades de ganar la distinción para el personaje adolescente más insoportable de toda la historia del cine (y eso que tiene competidoras serias).

 

Papá Dan (Keith Kupferer) y mamá Sharon (Tara Mallen) son llamados a la escuela porque la hijita Daisy se violentó con una docente. Daisy se las trae, es mal hablada, maltrata a todo el mundo, se cree dueña de la verdad y no acepta que la contradigan. De inmediato llama la atención que tanto los padres como el personal de la escuela le tengan tanta paciencia. ¿Por qué? No lo sabremos hasta más adelante.

 

También es notoria la incomodidad que hay entre papá Dan y mamá Sharon. A la pasada se menciona un juicio con el que Dan no estaría muy comprometido. ¿Están acusados de algo? ¿Son las víctimas? No lo sabremos hasta más adelante.

 

Papá Dan es de la creencia que los problemas psicológicos, de relación o de comunicación se decantan solos, que no hay que hablarlos, a lo sumo aceptarlos, dormirlos y tener la esperanza de que un día, se hayan solucionado. Mamá Sharon, por el contrario, está dispuesta a recurrir a lo que sea, terapia, intervenciones, consejos familiares, tarot o lectura de manos. Como ya sabemos, hijita Daisy está en la secundaria, en el último para ser precisos.

 

Papá Dan es un obrero de la construcción y mamá Sharon es entrenadora deportiva. En este momento papá Dan y la cuadrilla a la que pertenece están rompiendo una calle, usa esos martillos demoledores rompetímpanos y trepanacerebros. Un día está trabajando y de un lugar cercano sale Rita (Dolly De Leon) y le pregunta si tiene que trabajar sí o sí en ese horario, porque con el ruido no puede ni pensar. Rita está en una clase de relajación, de yoga o de meditación o de algo parecido. Pronto sabremos qué es.

 

Papá Dan puede que no quiera hablar, pero mamá Sharon e hijita Daisy expresan sus desacuerdos con vehemencia y sobrecargan a papá Dan de energía negativa. Y un día en el trabajo, explota con un automovilista, un tipo maleducado para decirlo amablemente. Rita es testigo de la situación y cuando Dan, terminada la jornada laboral, se apresta a irse en su camioneta, Rita se acerca, le pregunta si sabe leer y le pide que le haga el favor de leer algo que le dará. No, antes Rita no estaba en una clase de yoga, de relajación o de meditación, ¡era un ensayo de teatro! Uno de los actores debe ser reemplazado y hasta que esto no suceda, necesitan que alguien lea sus parlamentos. A Dan la cosa no le resulta fácil de entrada porque se trata de una obra de Shakespeare, que con sus enrevesamientos no es precisamente llano. Los demás lo alientan y hacen que Dan se comprometa a volver al siguiente ensayo.

 

Es un grupo de teatro comunitario (vocacional, le diríamos por acá) de edades y razas mezcladas. Eso sí, son muy modernos. Adhieren a algo que está muy en boga en el West End londinense, montan obras age-blind (no se toman en cuenta las edades de los actores para asumir los personajes, de ahí que la protagonista joven de la obra puede ser encarnada por una actriz madura) y colour blind (no se toma en cuenta la raza de los actores para asumir los personajes, de ahí que un actor negro puede cubrir un protagonista caucásico o WASP).

 

La obra que ensayan es Romeo y Julieta, y Rita que anda por la cincuentena es Julieta. Rita tiene un pasado profesional, de joven estuvo en un par de temporadas en ¡Broadway! Su Romeo actual anda por la veintena. Y aunque el trámite tarda un poco y papá Dan se pasea por varios papeles, como suponemos desde un principio, terminará por hacer de Romeo.

 

Papá Dan, que además es escondedor, no dice nada de su trabajo actoral a mamá Sharon e hijita Daisy, las que al notar los cambios positivos que se están manifestando en papá Dan, ¡creen que tiene una amante! Eso da pie a unos eficaces enredos de comedia (la película técnicamente es un drama, pero tiene mucho humor, los integrantes del elenco, por ejemplo, son muy peculiares, para decirlo amablemente, y algunos ensayos son desternillantes.

 

Cerca del estreno, Dan cae en cuenta de que la obra termina con un pacto suicida, detalle muy doloroso para la familia. Fa male, el teatro (hace mal el teatro), decía un monólogo que Vittorio Gassman vino a hacer un par de veces a Buenos Aires.  El título de este monodrama era irónico, claro, porque el teatro nunca puede hacer mal.

 

El teatro es muchas cosas, pero por sobre todo es una ceremonia ancestral que perdura pese a cuanto adelanto tecnológico se le ponga en frente. Y podemos decir, sin que nadie nos discuta, que es tan inherente al hombre como respirar. Puede que haya gente que jamás haya ido formalmente a un teatro, pero todos han visto actos escolares, discursos políticos, entregas de premios, shows televisivos, misas y demás ritos religiosos, etc. O sea que todos sin excepción estamos contaminados por algún juego teatral.

 

Y todos, si jugamos de niños, podemos (si queremos) hacer bien un personaje y participar más que bien en una obra. Claro no todos pueden ser Richard Burton o Tita Merello, pero todos pueden subirse a un escenario y jugar a ser uno y otro, a ser uno mismo y el personaje que nos toca. ¿Y cuál es el secreto del teatro (no muy secreto porque está a la vista de todos)? Es un rito de trascendencia. Por lo que decíamos recién, uno es uno y a la vez otro. Y eso no hace mal, nos hace humanos.

 

Y si algo necesita la familia de papá Dan, mamá Sharon e hijita Daisy es tomar lo que los aqueja y trascenderlo. No olvidarlo, ni superarlo, trascenderlo (si se piensa un segundo no es un juego de palabras). Entonces se da la famosa catarsis, que libera como nada que exista (en tu cara, alcohol, droga, sexo).

 

Dos detalles más antes de terminar. Los actores que hacen de papá Dan, mamá Sharon e hijita Daisy son padre, madre e hija en la vida real (además de actores profesionales, claro, que ya han estado en varias películas, algunas muy conocidas), de modo que la dinámica familiar está dada de movida, trabajaron eso sí, y con mucho arte, las singularidades de los conflictos que le tocan desarrollar.

 

Y el título Ghostlight (aquí se la llama Luz testigo, aunque por la transculturización se la denomina Luz fantasma, que sería la traducción literal del inglés) refiere a la lámpara solitaria con un largo portante que se deja siempre encendida en un teatro por lo demás a oscuras, para que nadie caiga en alguna trampa del escenario, vea el borde que da al foso de la orquesta, la casilla del apuntador, etc. La Luz testigo puede ser el símbolo de muchas cosas, pero para mí, por sobre todo, simboliza la eterna permanencia del teatro y su resistencia a toda oscuridad. Ojalá mucha gente vea esta hermosa y conmovedora película.

Gustavo Monteros


viernes, 20 de septiembre de 2024

Querido diario - Hoy: El final feliz


 

Si no se me hubiera dado por hacerme el erudito quien sabe si hubiera vuelto a ver esta película. Todo empezó porque me crucé Facebook con una foto de una jovencísima Liza Minnelli conversando animadamente con una igualmente joven Barbra Streisand. El epígrafe decía: Entrega de los Oscars de 1970. Y me picó la curiosidad de saber qué hacían ahí porque nadie va a los Oscars si no tiene algún motivo concreto, ya sea estar nominado, entregarle el premio a alguien o actuar en la gala. Me remití entonces a ver quienes habían estado nominados ese año.

 

Barbra directamente no, pero su inminente exmarido sí (Elliott Gould, actor impar si los hay, estaba nominado como actor de reparto por Bob&Carol&Ted&Alice), aunque no solo lo acompañaba, sino que de paso le ponía el cuerpo a las múltiples nominaciones técnicas que había recibido Hello, Dolly!, recientemente estrenada.

 

Liza estaba nominada como mejor actriz protagónica por Los años verdes (The Sterile Cuckoo), actuación inolvidable que ya había recibido el premio de nuestro Festival de Mar del Plata. Sin embargo esa noche perdió el Oscar ante Maggie Smith y su apabullante Primavera de una solterona. Las otras nominadas eran Jane Fonda por Baile de ilusiones (They Shoot Horses, Don’t They? /¿Acaso no matan a los caballos?), otra actuación histórica, Geneviève Bujold por Ana de los mil días, otro destacable desparramo de talento y Jean Simmons por The Happy Ending, de la que no me acordaba nada.

 

Después de repicar la foto en el Facebook y de consignar estos datos y algún otro que se me ocurrió, agregué que buscaría The Happy Ending y que la vería. La suerte quiso que este film anduviera por internet y que no me fuera difícil acceder a él. Si bien podía verla en vivo, elegí bajarla para visionarla entre clases.

 

Se trata de una película de 1969, escrita y dirigida por Richard Brooks, un narrador talentoso al que se recuerda sobre todo por dar versiones cinematográficas impecables de obras de teatro y novelas tales como Los hermanos Karamazov, Una gata sobre el tejado de zinc caliente, Elmer Gantry, Dulce pájaro de juventud, Lord Jim, o A sangre fría.

 

Aquí estamos en el territorio de las burguesas ricas a las que Stephen Sondheim les regaló ese inoxidable himno de batalla que es The Ladies Who Lunch, canción que pertenece al musical Company. Hoy estas mujeres son una excepción, por entonces eran legión. Tiempo que puede ejemplificarse con la carrera de Mary Tyler Moore. En El Show de Dick Van Dyke era la esposa ama de casa, dependiente emocional y económicamente de su esposo, el personaje que hacía Van Dyke. En El Show de Mary Tyler Moore era una mujer sin lazos emocionales ni económicos con ningún hombre a la vista.

 

El personaje que hace Jean Simmons, Mary Wilson, en este The Happy Ending pertenece a la primera etapa de Tyler Moore, la de la esposa ama de casa que depende casi para todo de su marido, interpretado por John Forsythe, unos cuantos años antes de que Linda Evans y Joan Collins se pelearan por él en Dinastía.

 

Estas amas de casa casadas con un profesional rico, es decir exitoso mensurable en dinero, además de ser bellas y dispuestas a gastar mucha plata, debían proveer decendencia, mandato que Mary Wilson / Jean Simmons ya había cumplido en la forma de una adolescente, más volcada hacia su padre como era de esperarse.

 

Mary / Jean Simmons, como la mayoría de sus contemporáneas en la misma situación se deprimían, tomaban muchas pastillas, se emborrachaban, iban a peluquerías, gimnasios, masajistas todos los días, o a lo sumo día por medio, compraban toneladas de ropa que apenas usaban, sombreros como para abrir una sombrerería, innumerables tapados de piel (todavía ni se soñaba con proteger a los animales) que arrastraban gustosas, visitaban con frecuencia cirujanos plásticos y pensaban en el amor de sus maridos más que todas las películas francesas sobre racionalización de los sentimientos juntas.

 

Como esta Mary / Jean Simmons, que dado que tiene tiempo libre de sobra, se le da por indagar en el Y vivieron felices que cierra los cuentos de hadas que terminan en el casamiento significativo. La pobre descubre que la pasión se acaba y el amor romántico trasmuta en algo más parecido a un hábito.

 

Anda muy inquieta porque es inminente la fiesta de aniversario de bodas que no tiene ganas de aguantar. Huye con dificultad (el marido le quitó el acceso a las tarjetas de crédito debido a incidentes graves relacionados con el alcoholismo) a Nasáu para tomar distancia y despabilarse un poco. Por suerte se topa en el avión con una excompañera de facultad, Florence Harrigan / Shirley Jones azafata ella, que es todo lo contrario a Mary / Jean Simmons.

 

La chica es independiente, amante habitual de hombres casados, que (nos enteramos después) hasta se pagó la carrera universitaria no con el dinero de papá y mamá (por otra parte, más que ausentes) sino con su propio cuerpo, prostituyéndose como chica de lujo.

 

Florence / Shirley Jones pasará en Nasáu unos días con su amante, el más que casado, Sam / Lloyd Bridges. Mary / Jean Simmons será asediada por Franco / Bobby Darin, un soltero fotógrafo italiano, que resultará ni fotógrafo ni italiano sino un gigoló estadounidense, que dejará abruptamente de acariciarla cuando sepa que Mary / Jean Simmons no está casada con un multimillonario.

 

Mary / Jean Simmons, más asoleada y menos apabullada volverá a casa. Casa, entendida no como el nido matrimonial sino la ciudad de pertenencia, donde alquilará un departamentito, conseguirá un trabajo de vendedora (para horror de su hija) y tomará cursos nocturnos para ver si puede conseguir mejores trabajos.

 

Yendo a uno de estos cursos será interceptada por su marido Fred Wilson / John Forsythe que la instará a volver con él, aunque parece que no será el caso.

 

Es curioso como a estas mujeres no se les ocurría ni remotamente profesionalizarse retomando estudios, adoptar intereses sociales como contribuir a las mejoras de vida de los poco privilegiados, abrazar las causas feministas o entrar en política.

 

Aunque pensándolo bien no es tan curioso, todos sus mandatos de clase las mantenían prisioneras en cárceles de lujo.

 

Mary / Jean Simmons se libera un poco por casualidad, y de no haber sido así quizá nunca se hubiera liberado. O hubiera seguido gastando dinero a lo pavote o un día hubiera tomado una pastilla de más y hubiera salido de escena.

 

Hoy estas mujeres están casi extinguidas, ¿alguien las extrañara? Sí, los maridos nostálgicos de los patriarcalismos perdidos.

 

A medida que veía esta película recordé por detalles haberla visto. Duró brevemente en mi memoria porque a la edad que la vi me interesaba de poquito a nada las películas sobre las tristezas de los niñas o niños ricos. De puro resentido, supongo. Obligado a labrarme un futuro estudiando y trabajando, me daba mucha envidia los que tenían desde siempre un colchón donde caer sin siquiera despeinarse. Con el tiempo aprendí a ser empático y comprendí que a la hora de la angustia por la existencia y de la desesperación de no saber de qué va la vida no hay riqueza que valga. Puede que el alcohol (como símbolo posible de oráculo falso) sea mejor y más caro, pero sigue sin dar respuestas.

Gustavo Monteros


viernes, 13 de septiembre de 2024

Querido diario - Hoy: Salut l'artiste


 

Nicolas (Marcello Mastroianni) es un profesional implacable de lo suyo. Y ¿qué es lo suyo? La morisqueta, la payasada, actuar que le dicen. Es un actor a secas. Sin especialización a la vista. Hace lo que puede, lo que le piden, lo que halla.

 

Corre de un lado para otro. De día puede ser un secundario en una película de época, a la noche un partiquino en una obra de teatro y en trasnoche parte de un acto para cabarets. Trabaja también de extra especializado, no de los que hacen bulto, sino de los que actúan peleando y muriéndose en una de guerra, con granada, fusil o lo que venga. Y también hace doblajes. Siempre listo para lo que guste mandar.

 

En teatro es un soldado de la patria (se llama así a los actores que obedecen ciegamente al director, sin cuestionarlo ni pedir precisiones demandantes).

 

Y en eso de ser partiquino y en el acto de cabaret, tiene un socio, Clément (Jean Rochefort), que todo es más fácil en sociedad. Clément acaba de pegarla con una publicidad para televisión bastante estúpida, pero al menos difundirá su cara. El acto de cabaret que hacen es gracioso y muy creativo, aunque un tanto mecánico, depende más de cambios de traje que de otra cosa, pero es ideal para cabarets internacionales porque su efectividad no depende de las palabras. A veces presentan este acto en grandes fiestas de casamientos o de embajadas.

 

Toda la vida de Nicolas gira alrededor del actuar y alrededores. Su exesposa, madre de su hijo, es una costurera que trabaja para una casa que hace trajes para los coristas de la ópera o los comparsas de los filmes de época. Su actual pareja es una directora de diálogos para dibujos animados extranjeros a los que actores locales les prestan su idioma y expresividad.

 

A veces a Nicolas lo reconocen en la calle, porque ha estado en escenas claves de películas populares.

 

Por la mitad del metraje de la película, Clément, harto de trabajitos que no conducen a nada, se aparta de la actuación, deja solo a Nicolas y toma un trabajo de publicidad teatralizada en los supermercados para una empresa que, entre otras cosas, hace fideos. Estas teatralizaciones consisten en poner en stands, personajes disfrazados de Reyes Magos, Papas Noel, ángeles o Marys Poppins a que interaccionen con los clientes. Y suprema ironía, ahora que es solo un vendedor, a Clément le surge una oportunidad única. Claude Chabrol, el gran director, lo descubre en un supermercado y le ofrece ser el protagonista de un documental. Clément teme, con razón, que si le confiesa que fue actor, Chabrol se eche atrás.

 

Nicolas ha reemplazado a Clément en el acto que compartían por un colega más bajo y más gordo, al que la ropa no le entra. La ropa y la delgadez de Clément eran claves para la eficacia del número, de ahí que la fisonomía del nuevo integrante augura el probable fin del acto.

 

Nicolas no se queja nunca, porque es un actor de alma, de oficio, de vocación, de destino. Y eso que algunas cosas que le toca hacer bordean la humillación, como cuando en una película, es un gag secundario. La acción principal pasa por una pareja que está en un bote en un río angosto. Detrás se ve un muelle con un pescador, nuestro Nicolas.  De repente el muelle se viene abajo y el pescador se hunde. Por desinteligencias de producción, la toma se hace una y otra vez. Y si bien todos son muy amables rescatando a Nicolas del agua, secándolo y acicalándolo para que vuelvan a hundirlo con el muelle, nadie está muy cómodo con repetir el gag una y otra vez.

 

En la Argentina para su distribución la titularon Intimidades de un seductor. Les debe haber parecido que tenía más gancho, sin embargo, nada más alejado de la esencia de la película. Nicolas tiene sus aventuras con actrices que se inician en la profesión, a las que seduce con cuentos sacados de historias de películas o tramas de obras de teatro. Pero hay poco o nada de intimidades y Nicolas, por más que lo haga Mastroianni, no es ningún seductor.

 

Este film fue escrito y dirigido por Yves Robert, uno de los reyes de la comedia amable y un poco melancólica. Y es un claro homenaje a los actores que están siempre ahí, a la espera larga de que se les dé la oportunidad de saltar al primer plano. El hombre dirigió, entre otras, las recordadas La guerra de los botones (1962), Buenas noches, Alejandro (1968), Alto, rubio y con un zapato negro (1972) (que en 1985 tendría una remake norteamericana protagonizada por Tom Hanks), y Un elefante con una trompa enorme (1976) (que en 1984, Gene Wilder protagonizaría y dirigiría para el cine yanqui como Una chica al rojo vivo, aunque hoy quizá se la recuerde más por la pegadiza banda sonora hecha y cantada por Stevie Wonder.

 

El título de esta película de 1973 es a la vez burlón y afectuoso. Salut l’artiste es Hola, artista y se lo dice un tramoyista a la pasada a Nicolas. E insisto, es tanto una burla como un reconocimiento. Porque Nicolas no será Alain Delon o Jean-Paul Belmondo, pero es un artista con mayúsculas. Talentoso como el que más, no en vano lo interpreta Marcello Mastroianni. Pero en arte, el talento no alcanza, tanto o más que en otras profesiones, la suerte es decisiva. Y a Nicolas le es esquiva. Pero Nicolas no se arredra. Ama lo que hace como quien cumple un único destino posible.

Gustavo Monteros




viernes, 6 de septiembre de 2024

Querido diario - Hoy: Departamento Q


 

En este año del Señor 2024, la tormenta de Santa Rosa llegará a horario y recargada, se dice que lloverá desde la tarde del 30, todo el 31 de agosto y parte del 1 (de septiembre, claro, que si fuera de otro mes, sería ya la inminencia del diluvio, catástrofe bíblica con casillero a cruzar, muchas otras ya están tachadas, que el Mileinato es pesadilla sin fin).

 

Si en tardes de lluvia en las que no se trabaja, uno mira una película, en un fin de semana bajo agua, uno debe programar una maratón. Confieso que después de la cuarentena por la covid, los encierros me hallan si no preparado, al menos con herramientas. De mi amplio catálogo, procuro elegir con celeridad para no perderme en la neurosis del inventario sin fin (es tanta la cantidad de títulos de los que dispongo, que si me pongo a repasar termino por no ver nada).

 

Primero voy por un género (en tardes de lluvia opto en líneas generales por los musicales, pero ahora no ando muy canoro), me surge elegir entre tres: ¿policial, bélico o feel-good? Gana policial. Se me cruza la imagen del libanés Fares Fares y me inclino por las del Departamento Q que lo tienen de protagonista y son cuatro.




La primera es de 2013 y se llama  Kvinden i buret (La mujer en la jaula) en el original danés, The Keeper of Lost Causes en inglés, y en su traducción textual para su distribución en Argentina, El guardián de las causas perdidas. Esta y las tres restantes se basan en novelas best-sellers de Jussi Adler-Olsen.

 

Y como ya se sabe, si uno quiere iniciar una saga policial hay que seguir el modelo Arthur Conan Doyle, o sea inventarse un detective (privado o público, a elección), un ayudante / ladero / secuaz, más un jefe (que ayude o mejor aun que entorpezca por los motivos que sea, en general por política, las investigaciones), algunos colegas envidiosos, y de ser necesario un némesis (como el famoso Moriarty en el ejemplo de Sherlock Holmes mencionado). Pero esto último puede ser aburrido o mandar todo para el lado de la comedia o el modelo James Bond y sus ultraenemigos que, como mínimo, se quieren quedar con el mundo.

 

Aquí el protagonista es un detective público o sea de la fuerza policial, Carl Mørck (Nikolaj Lie Kaas), su segundo es Assad (Fares Fares), el jefe es Marcus Jacobsen (Søren Pilmark), sus colegas envidiosos son varios y a partir del segundo caso, Carl y Assad tienen una secretaria, Rose (Johanne Louise Schmidt). En El guardián de las causas perdidas se inicia el yeite. Carl se manda una cagada y como consecuencia principal lo mandan (literalmente) al sótano a resumir cold cases (casos viejos sin resolución), armar un informe final y archivarlos. Le asignan un ayudante, Assad, un policía musulmán con el que nadie quiere trabajar, por ser, claro, musulmán (porque Dinamarca será muy avanzada, pero prejuicios no le faltan como a todas las sociedades).

 

Carl, sino no habría historias a contar, que es muy peculiar, para usar un eufemismo, entiende que debe resolver estos casos irresolutos y no solo archivarlos y se pone a investigar. Lo que justifica el título en inglés y para Argentina, eso de las causas perdidas y el título original danés, que habla de una mujer en una jaula (aunque no es una jaula sino una cámara de compresión de aire).

 

Hace 5 años, una mujer que iba en un ferry, acompañada por su hermano que padece un daño cerebral, desaparece en pleno viaje y se la da por suicidada. A Carl algunos detalles le hacen ruido y al tirar del hilito descubre una trama de venganza. La chica del ferry, jugando de niña, desató una tragedia que repercute hasta el presente. La pobre paga el daño provocado de un modo que nadie querría para sí ni en las peores pesadillas ni en las fantasías más alocadas.

 

Y este primer caso no solo es apasionante y de sorpresiva resolución, que se queda a vivir en la memoria, sino que establece los personajes protagónicos y la relación que se da entre ellos. Carl tiene serios problemas de relación, no cree en nada ni en nadie, uno intuye que ha padecido un severo trauma en la infancia, más adelante sospecharemos que la formación religiosa podría haber tenido algo que ver, como sea, pone a los que lo rodean a distancia infranqueable, con los que se comunica solo con sarcasmos, lo que lo hace parecer soberbio, ególatra, insensible a los que no saben mirar debajo de las apariencias. Estas características le vienen más que bien a Nikolaj Lie Kaas y su cráneo de hombre de Neanderthal (divergencia al paso, nunca se habla de cráneos de mujeres de Neanderthal, con razón, quizás, deberían haber sido feísimas).

 

Assad, por el contrario, a pesar de haber sufrido toda su vida desprecios varios, subestimaciones, disgregaciones, agresiones raciales y el largo y feo etcétera que se da con la gente diferente, por su fe, quizá, cree que un mundo mejor es posible, que en el fondo de los fondos, hay bien hasta en los peores ejemplares humanos y está más cerca del candor que del cinismo.

 

Estos dos son el agua y el aceite, como quien dice. Aunque forzados a convivir, son una atractiva pareja despareja. Y a medida que más se conozcan, crecerá el respeto e intercambiarán creencias. Muy de a poco, Carl aprenderá a expresar el amor, la amistad, la confianza que es capaz de sentir y Assad será un poco menos crédulo y no tan convencido de que el humano tiene siempre un bien escondido, valga la rima. A este primer filme lo dirigió Mikkel Nørgaard.




El segundo, dirigido también por Mikkel Nørgaard al año siguiente del primero, o sea 2014, se llama Fasandræberne (Los asesinos de faisanes) en el original, The Absent One fue su título en inglés y con la traducción textual del título en inglés se lo conoció en Argentina: El ausente.

 

Y se centra en cómo los ricos encuentran siempre sustitutos para que paguen por sus fechorías (en este caso crímenes horribles, no solo un accidente por descuido de frivolidad como en el cuento protagonizado por Oscar Martínez en Relatos salvajes (Damián Szifron, 2013).

 

Los integrantes de la futura pandilla que derivará en auténtica mafia se conocen en un severo internado para ricos. Estos hijos de sus buenas madres purgan las frustraciones que les provoca ser puestos en vereda ejerciendo violencia atroz contra ciudadanos menos privilegiados como miembros de la clase media tirando a baja, o los pobres de toda pobreza de las clases bajísimas de tan bajas, a los que golpean, violan o matan. Y como es de esperarse, de grandes llegan a ser pilares de la sociedad. Económica, no moralmente, claro. Pero no hay alfombra que oculte tanto mal y la tozudez de los parientes de algunas de las víctimas, más la soberbia de creerse impunes los lleva a pagar los horrores que deben.

 

El sueco David Dencik y el danés Pilou Asbæk, que participarían más tarde en grandes proyectos internacionales como películas de James Bond y series como Games of Thrones, corporizan dos de los deleznables villanos.



 

El tercer film de la saga es 2016, lo dirigió Hans Petter Moland y se llama Flaskepost fra P (Mensaje en la botella de P) en el original y Conspiracy of Faith (Una conspiración de fe) en su título en inglés. Y es sobre cómo el fanatismo de una secta religiosa ha permitido que el secuestro y muerte de chicos quedaran impunes.

 

Pero el descubrimiento de un mensaje en un recipiente de un derivado del petróleo y el celo de un paseador de perros que denuncia lo que podría ser el secuestro de un chico llevan a que el Departamento Q de Carl y Assad procuren evitar uno o dos asesinados de chicos inocentes a manos de una víctima de maltratos infantiles debidos a una madre tan loca como religiosa (el noruego Pål Sverre Hagen, visto también en notorios proyectos internacionales).



 

El cuarto film de la saga es Journal 64 y es de 2018 y lo dirigió Christoffer Boe. El hallazgo macabro, detrás de una pared erigida en un departamento ahora a la venta, de tres cadáveres momificados, en posición de tomar té alrededor de una mesa remite a Marc y Assad a una institución ya abolida, que en los lejanos cincuenta se usaba para disciplinar a mujeres rebeldes. Era una especie de internado donde se las hacía entrar en “razón”, a base de tejidos, canto de himnos y castigos corporales. Y de paso se esterilizaba a las “degeneradas”, o sea a las muy sexuadas, a las lesbianas, o las muy contestonas.

 

Los médicos que hacían estos abortos con “accidentes” después metamorfosearon su monstruosidad y fundaron sociedades médicas que más o menos en secreto esterilizan a las refugiadas, a las inmigrantes ilegales y a las idiotas. Desbaratar esta organización será más que peligroso para el Departamento Q, dado que se trata de figuras prominentes de la sociedad con contactos en los más altos círculos.

 

El Departamento Q será pronto una serie inglesa. Se desconocen los protagonistas y si se respetará la etnia y creencia del personaje de Assad, (quizá Carl sea interpretado por Mathew Goode).

 

Los policiales negros, más allá de muchas categorías que los distinguen y diferencian, caen en dos grandes tendencias. Los que realizan nuestra primaria idea de justicia, en la que los malos no se salen con la suya y reciben algo parecido a un merecido castigo (a veces son tan graves las aberraciones que cometen, que el castigo suena menor) y los que son más realistas, desgraciadamente, y que ratifican que los encumbrados siempre se salen con la suya. Después de todo ser poderoso no es hacer lo que se quiera al margen de todo principio, sino hacerlo y quedar impune. Departamento Q está dentro de la primera tendencia, ojalá alguna vez sea la única.

Gustavo Monteros

viernes, 30 de agosto de 2024

Querido diario - Sexualidades ¿poco frecuentes? Parte 2 - Mamacruz

 


En Mamacruz (Patricia Ortega, 2023) la premisa principal y la secundaria están tan unidas que casi son una. Es la historia de un empoderamiento a través del descubrimiento de la sensualidad.

 

Mamacruz (Kity Mánver) anda por la sesentena larga. Y su vida está inserta dentro de todos los mandatos sociales que la circunscriben, como Dios manda, diría alguien. Tiene un marido Eduardo (Pepe Quero), una hija, Carlota (Silvia Acosta) y una nieta, Carmela (Úrsula Díaz Manzano). Es de misa diaria. Y ya que cose, el cura le encarga renovar el vestido de las madonas y los santos. En su casa tiene un altar con profusión de vírgenes y santos.

 

El marido arrastra los pies, su cabello hace años que no conoce peine y más que vivir, duerme.

 

La hija procura abrirse camino en el mundo de la danza contemporánea y en este momento está en Viena.

 

El soplo de vida lo da la nieta de unos 12 o 13 años que no se resigna a la ausencia de la madre, lo que hace que Mamacruz inste a Carlota a que se deje de cosas y vuelva a acompañar el crecimiento de Carmela. A Mamacruz la idea de una carrera, de la realización personal es tan foránea como la vida en Marte. Para ella, una madre se debe a su familia, a su cría y listo.

 

Abuela y nieta se comunican con la hija / madre en Viena a través de una Tablet, que la nieta, claro, usa como una extensión de sus manos y la abuela con el respeto y la torpeza de los recién iniciados en la tecnología.

 

La abuela es una romántica solapada. Ve una vieja telenovela con Catherine Fulop y Fernando Carrillo y tanto muere de amor que se le despierta una sensibilidad a flor de piel. Una noche de insomnio, toma la Tablet para averiguar sobre Viena y le aparece una página porno y por cerrarla, inicia sin querer una escena muy gráfica, por supuesto.

 

Lo que ve la perturba, la atrae, la incomoda. Y a una edad insospechada de revelaciones sensuales, comienza a dar rienda suelta a curiosidades sexuales.

 

Unas devotas de la parroquia se escandalizan porque han dejado en el atrio de la iglesia unos panfletos que propagandizan cursos de armonización con flores y ¡terapias sexuales!, con la anuencia del cura. El panfleto será el inicio de la continuidad de los maravillosos descubrimientos sensoriales de Mamacruz.

 

En el curso se encontrará con otras mujeres de su edad y condición. Todas han tenido relaciones sexuales, se casaron, tuvieron hijos, enviudaron, tomaron amantes, pero ninguna ha experimentado un orgasmo.

 

A los más jóvenes les resulta extraño que hasta no hace mucho, la información que ellos manejan desde que tienen memoria y uso de razón era ocultada, escamoteada, soterrada e incluso prohibida. Les cuesta creer que el catolicismo (la religión más extendida en estas culturas) imponía sus preceptos en la vida social de todos, creyentes, no creyentes y profesantes de otras religiones.

 

Y que así el sexo se aceptaba y promovía solo para la procreación, que el sexo por el mero placer además de mal visto, se lo prohibía. Lisa y llanamente.

 

Generaciones y generaciones padecieron estas inhibiciones. La carnalidad debía sublimarse, la lujuria era un pecado horrendo y las desviaciones de la norma imperante, como la homosexualidad, una abominación.  

 

Y como peino canas, he conocido ese mundo, esa realidad tan antinatural. Uno vive lo que le toca, es muy acotado lo que uno puede cambiar, así que hacíamos lo que podíamos, en secreto la más de las veces, con la esperanza de que ese modo de vivir tan feo y tan cruel se modificara para bien de los que vinieran después. Y por suerte así fue.

 

Pero mucha gente se quedó sin vivir relaciones plenas, sin saber que el sexo podía ser puro y bello, que lo verdaderamente pecaminoso era encapsularlo, negarlo, abominarlo.

 

Mamacruz tiene suerte y buena disposición y se abre a todo lo que anduvo viviendo mal. Ante cada experimento sensual, deja de prenderle velas a los santos para que la disculpen y perdonen, comprende de a poco que la mujer tiene derecho a la realización, como el hombre, y que, si para eso hay que desoír mandatos patriarcales de toda la vida, se los desoye y listo, que la vida no es rígida, sino que fluye, que el patriarcado no hizo feliz a nadie y ya es hora de destronarlo.

 

Y así mientras se abre a lo que tenía negado, no solo se empodera, sino que empodera a los que la rodean. El marido deja de arrastrar los pies, abandona la somnolencia y hasta se peina. La hija deja de padecer la culpa de estar lejos y la nieta aprende que no hay vergüenza en la menstruación, que lo natural es siempre celebración de vida.

 

Y se viene el spoiler de todos los spoilers, lo que ve venir, lo que está en el afiche, lo que uno desea que por fin le pase a Mamacruz, que nunca es tarde si hay vida, que la felicidad de la plenitud no se mide por el tiempo que le tomó en presentarse sino por la intensidad con que ocurre y entonces tiene su orgasmo.

Gustavo Monteros


viernes, 23 de agosto de 2024

Querido diario - Sexualidades ¿poco frecuentes? Parte 1 - Slow



¿Los opuestos se atraen? Sí, claro. Pero a veces esa atracción es tan amarga que bordea la tragedia.

 

Elena (Greta Grineviciute) es una bailarina de danza contemporánea que ha aceptado un trabajo para el verano: introducir al mundo de la danza y el movimiento a un grupo de sordos. Necesita un instructor de lengua de señas que traduzca las indicaciones. La institución que la contrató le provee uno, Dovydas (Kestutis Cinenas).

 

En la primera clase, ella se apoya mucho en él. Al terminar se despiden, pero él la espera en la puerta y le pide que deje acompañarla a su casa, o al menos caminar juntos unas cuadras. Ella acepta y descubren que congenian, a pesar de la diferencia de edad (ella es un poquito mayor), de gustos, y experiencias.

 

Cuando comprenden que la cosa no viene de amistad, él le dice algo que quizás debió decirle en el primer momento: es asexual. ¿Y eso qué corno es? La ausencia de impulso sexual. Estas personas no tienen morbo para el sexo. No son impotentes, los hombres tienen erecciones y pueden eyacular, pero mecánicamente, sin deseo ni fantasía.

 

Ella vive esta confesión como un rechazo y va a acostarse con un examante para ratificar si todavía puede ser deseada. Es que ella es muy sexuada. Cuando baila con su grupo de pertenencia es como si hiciera el amor, literalmente. A él le gusta el contacto, abrazar, besar, aunque es indiferente al sexo.

 

Contra todo pronóstico, Elena y Dovydas deciden seguir e intentar constituir una pareja “normal”. Descartan la posibilidad de la participación de terceros, sobre todo para cubrir las necesidades sexuales de ella. Los intentos de relaciones sexuales son infructuosos. Una vez ella intenta con el sexo oral y logra que tenga una erección, pero algo lo incomoda y procura penetrarla sin éxito. Otra vez él intenta jugar con los dedos, pero ella está menstruando y a pesar de que él insiste en que no le molesta el flujo, ella se inhibe.

 

En lo que sí son muy normales es en que se celan. A él otros hombres del pasado o del presente de ella y que pueden tener sexo con ella, le producen temor, rechazo, violencia. Ella no puede entender que él pueda masturbarse en la ducha, no cree que solo sea un acto mecánico, está convencida de que piensa en otras.

 

El problema es que se quieren y mucho. Y esta vez no es el afuera el que los separa, como en Romeo y Julieta sino su propia naturaleza. Ninguno de los dos tiene la culpa de ser cómo es. Ella quizá con alguien que maneje pulsiones similares sea feliz. Él con alguien menos sexuado, con mayores herramientas para sublimar o que no esté tan pendiente del sexo quizá sea feliz. Pero justo fueron a encontrarse uno con otro y quererse.

 

El sexo siempre será un misterio. En estos tiempos en que no es tabú o interferido por la religión puede que se sienta más desentrañado, pero su misterio no ha sido develado del todo. Lo exponemos más libremente, procuramos desenredarlo de traumas e inhibiciones, pero nadie ha alcanzado la receta de la plenitud inequívoca para compartir.

 

Aprendimos a dilucidar que el amor y el deseo son dos cosas distintas que a veces se juntan. Sin embargo, el deseo pasa y el amor queda. Algunos no pueden vivir sin el deseo y nunca terminan de madurar en el amor. Otros aceptan que el deseo se pase y valoran la construcción de una relación de amor. Otros intentan de a tres. O plantean una pareja abierta. O se abren a todos los impulsos que se les presentan y lo llaman poliamor (aunque es más polideseo que otra cosa). Y están los que no dilucidan ni distinguen nada, que cuando tienen ganas van y las satisfacen, a veces plenamente, otras no tanto, sin desesperarse, con la certeza de que la próxima va a ser mejor. Son como los que ponen la cabeza en la almohada y se duermen. ¿Los afortunados? No sé, quizás. El insomnio es feo, pero el ocasional tiene su sabiduría y encanto.

 

(Slow es del 2023 y fue escrita y dirigida por Marija Kavtaradze)

Gustavo Monteros