viernes, 9 de agosto de 2024

Querido diario - Hoy: Últimos trenes (Primera parte)


 

El humor social es inocultable. Solo hay que saber mirarlo, para poder aprehenderlo. Y en pocos lugares se hace más evidente que en un aula. Cuando hay, como ahora, una situación económica de miseria, se intenta en vano soslayarlo. Se hace de cuenta de que los ajustes no nos abarcan, que seguimos como siempre, sin variar el modo de vida habitual. Pero el humor social, como el chiflete, se cuela por los resquicios. Entonces los alumnos padecen una mezcla de hastío, desidia, frustración. Y la mayoría de las veces se vuelve agresión. Entre ellos, al docente, o a quien tengan a mano.

 

Doy clases en escuelas secundarias públicas, de modo que ellos y yo somos clase media. (Baja, sería la definición técnica que nos corresponde, pero de eso mejor me olvido, porque nadie quiere ser lo que es, si de clases sociales bajas se trata). No es que pasen hambre o vistas harapos. No, pero ya se nota que sus familias resignaron ahorros, planes de vacaciones, consumos ociosos. Lo que traen para gastar en el kiosco es un billete más simbólico que sustancial. A menos que junten lo de dos o tres días, ya no les alcanza para comprar lo que les gustaba. Tienden a conformarse con las golosinas magras que ahora pueden permitirse.

 

No la expresan como tal, pero la angustia de no poder gastar lo que antes podían, se les instala. No se necesita ser adivino ni sociólogo para concluir que sus familias galguean. No resignan apagar la estufa todavía, aunque ya el mes se les hace largo y comer todos los días es una empresa descomunal.

 

No es que me vaya mejor, pero darme cuenta, no me hace más sabio, querido Tolstoi, sino que aumenta mi impotencia. No es mi culpa, son los reveces de la democracia. La voluntad de la mayoría que hay que aceptar y apoyar. Pero no juegan limpio, nadie vota libre de influencias, de maquinaciones, de perturbaciones. Antes te quitaban el voto, ahora te quitan la capacidad de raciocinio. Te la invaden tanto que sos un autómata, un zombi, un prisionero al que le dan la llave para que se encierre solo.

 

Una mañana me levanto más desvalido que de costumbre. Me acomete un cóctel de furia y desidia. No tengo ganas de nada, ni de balearme en un rincón, como dice el tango. Pero la peleo, porque sé que, si me dejo estar, la cabeza se me va a llenar de pensamientos negros que alimentan las muertes. Las del cuerpo, las del alma, las de las ganas de ser y estar y querer y reír y compartir. Como siempre opto por ir a las películas. El cine no cambiará mi realidad, pero me pondrá la mente a resguardo. Fantasear también es salvarse.

 

En una página que frecuento, subieron The Hurricane, 1937, de John Ford, con Dorothy Lamour, Jon Hall, Mary Astor y otros notables. Me pregunto por qué Jon Hall no llegó a ser tan preeminente como Dorothy Lamour o Mary Astor y me pongo a repasar su carrera en páginas enciclopédicas. La rápida lectura de los títulos en los que participó me hace detener en uno de 1952, Last Train from Bombay. Título con el que no me había cruzado cuando escribía mi libro sobre los trenes en el cine.

 

Se trata de una película escrita por Robert Yale Libott y dirigida por Fred F. Sears. Pero es su productor, Sam Katzman, el que hace la diferencia. Sam Katzman fue un productor (y ocasional director) que se especializó en filmes de bajo presupuesto, el abarcador y nunca bien ponderado Cine B. Este pertenece a su etapa en la Columbia. ¿Se conseguirá? ¡Se consigue! La bajo y me pongo a verla.

 

Estamos en la India (por el título, ¿dónde íbamos a estar? ¿En la Antártida?) Diarios y noticieros nos informan de una revuelta en Janipur (o sea que nos ubican en el conflicto entre India y Pakistán por los territorios de Cachemira). Fundido a negro. Dos indios llevan un gran canasto de ropa lavada a un hotel. Lo dejan en una habitación del segundo piso. Un hombre los recibe, los hace dejar el canasto y los echa sin darles propina. El hombre, al quedarse solo, revuelve dentro del canasto y saca el cuerpo inerme, exangüe de otro hombre. (¿Un cadáver? Y, sí) Lo pone sobre la cama y le destroza la cara de un balazo. Fundido a negro. Después se ve al hombre que pegó el tiro, cambiado, de uniforme de soldado indio, con un dastar (o sea el turbante que usan los sikh) y un parche negro en el ojo derecho. (Si no es futuro villano de la película, le pasa raspando) Fundido a negro.

 

Puerto de Bombay. De un trasatlántico bajan un importante Nawab (especie de príncipe indio) de Janipur (¿de dónde más iba a ser?) y su hija. Martin Viking (Jon Hall), nuestro protagonista (ya nos detendremos en él más adelante) por verlo mejor, le pega un codazo a Mary Anne (Christine Larson) y evita que le saque una foto. Mary Anne está con su papá, el coronel Frederick Palmer (Matthew Boulton) un exmilitar que sirvió en la India (en otras palabras, un colonialista de aquellos). Vienen a ver el Taj Mahal a la luz de la luna (sí, calcularon las fechas para verlo en plenilunio, gente muy precavida para cumplir sus deseos). Fundido a negro.

 

Jon Hall, quince años después del rol en Huracán que lo inscribiría en la historia del cine y con un evidente sobrepeso que sepultó su cuerpo apolíneo en una contextura de rugbier, es, recapitulamos, Martin Viking, un diplomático norteamericano que va a ejercer de cónsul en Lucknow. Lo vemos dirigirse a un gran hotel (¿el mismo al que iban los dos indios con el canasto con ropa?, sí, el mismo) Su amigo Kevin (Douglas Kennedy), registrado en el mismo hotel, se olvidó de reservarle una habitación. No es problema, por unos cuantos dólares de más, el conserje le da una habitación de las que tiene bajo la manga para emergencias. Pregunta por el cuarto de su amigo Kevin y le dicen que está en el segundo piso. (Sí, Kevin es el que baleó al cadáver y se fue disfrazado de villano). Martin entra en el cuarto de Kevin y descubre el cadáver con el rostro desfigurado en la cama. Asume, claro, que se trata de Kevin. Fundido a negro.

 

Martin conoce al Capitán Tamil (Michael Fox) de la Policía, que, tras hacerle unas preguntas, lo deja ir (Martin tiene pasaporte diplomático). Martin y el capitán Tamil aceptan a regañadientes que Kevin pudo haberse suicidado, pero no se lo creen del todo. Fundido a negro. Martin en la estación está por abordar un tren a Lucknow. Kevin, de uniforme, parche y turbante, manda a un indio a que le cambie el bolso a Martin, cuando está entretenido con el guarda. El tren parte, Martin está muy cómodo instalado en un compartimento para él solo, chuchuchú, chuchuchú, pero en la primera parada suben unos policías. Andan detrás de unas drogas robadas. Le piden a Martin permiso para revisar su equipaje, aunque puede negarse por ser diplomático. Martin acepta y le encuentran las drogas perdidas entre sus ropas. Lo detienen y lo bajan del tren. Fundido a negro.

 

Otro encuentro con el capitán Tamil de la policía, que habla un ingles perfecto y que se nota que es un muy actor, que de nuevo lo deja ir, aunque le sugiere que deje de meterse en problemas porque si bien su pasaporte diplomático lo exime de algunos inconvenientes, no es un salvoconducto supremo. Fundido a negro. Martin descansa en su cuarto de hotel (¿habrá conseguido esta vez un cuarto disponible u otra vez habrá tenido que coimear al conserje? Ah, misterios de la continuidad). Golpean a la puerta. Abre, es Kevin, de uniforme, parche y turbante, que viene a devolver el bolso original de Martin. Martin le hace una toma candado de catch, creyendo que es un malhechor. Kevin revela su identidad, despojándose del disfraz. Fundido a negro.

 

Toman unos tragos y Kevin le confiesa que el cambio de bolsos fue para sacarlo del tren, que volará por los aires, antes de llegar a destino, para matar al Nawab que negociará un tratado de paz en el conflicto entre India y Pakistán. Kevin, que fue un comando en la Segunda Guerra, junto con Martin, lo invita a ser un mercenario y recuperar la alegría perdida de estar en peligro constante. Martin se horroriza, el pasado era una guerra, lo que Kevin propone ahora es terrorismo y muchos civiles serán víctimas inocentes. Martin toma el teléfono para comunicarse con el capitán Tamil y Kevin lo ataca para impedírselo. Se trenzan en una buena pelea.

 

Antes de continuar a las piñas, Kevin le propone apagar la luz porque en la oscuridad se pelea mejor (¡!) (¿Será para que no se note que serán reemplazados por dobles de riesgo?, ¿o acaso será algo medio homoerótico que tienen entre ellos?, ¿o tal vez enfrentan una imprevista suba de tarifas? Misterios del guion)

 

Mientras pelean cerca del balcón, una daga lanzada acorta la vida de Kevin (¡menos mal que estaban en planta baja! ¡De haber estado en el segundo piso, como antes, lo de la daga se complicaba!) Antes de morir, Kevin balbucea algo sobre un prestamista llamado Samir, o algo así, y de que el jefe de la organización es un rengo. Expira Kevin y Martin sale corriendo por el balcón rumbo al jardín para perseguir al asesino.

 

Al lado de una fuente de lo más bella, Martin y el asesino se trenzan. En un momento el asesino intenta estrangular a Martin con una cuerda llena de nudos, igual a otra con la que jugaba Kevin mientras bebían. (La cuerda remite a una famosa banda de estranguladores, perdida en el tiempo, aunque muy famosa, hasta estaba un cuento de Leopoldo Lugones, si mal no recuerdo, igual, esta secta es muy conocida y aludirla, siempre paga) Martin interroga al asesino metiéndole la cabeza en la fuente (bueno, che, había que usarla), pero lo deja ir. Fundido a negro.

 

(Estamos en un momento decisivo. Lo lógico sería que Martin fuera a ver al comisario Tamil y le contara todo lo que sabe para que este se ocupe de impedir el atentado, investigar la organización terrorista y desmantelarla y seguir su viaje a Lucknow, pero ¿hacen los protagonistas de los films de aventura lo lógico y esperable? ¡No! Jamás en sus perras vidas. Claro, la lógica de la acción en un relato no es la de la vida, y no por eso se suspende la credibilidad, por el contrario, se fortalece nuestro contrato de fe en el relato: el héroe es héroe, y no un pusilánime de la calle. O sea que Martin se va a desarmar los entuertos él solo)

 

Martin en la calle busca donde atiende el prestamista. Un chico se ofrece a ayudarlo a cambio de unos dólares. La sociedad con el chico dura poco. Ven pasar un cortejo fúnebre, en el que el prestamista es el muerto. Martin va al aeropuerto para tomar un avión que lo acerque al lugar donde el tren explotará (esto lo sabe por lo que le contó Kevin del atentado) No hay aviones que salgan para allá y el que más lo acerca sale al día siguiente, se le advierte que debido al conflicto India-Pakistán necesita permisos de viaje, algo que no puede conseguir porque lo busca la policía para interrogarlo sobre la muerte de Kevin en su cuarto. Martin, que también es piloto, secuestra una avioneta. Al despegar, el capitán Tamil con otros policías en un jeep le aciertan al tanque de combustible de la avioneta. Eventualmente Martin se queda sin combustible, se pone un paracaídas y abandona la avioneta. Cae cerca de un camino por el que pasan autos a gran velocidad (¿llegarán tarde al trabajo?, ¿las esposas de los que conducen habrán entrado en trabajo de parto?, ¿se vendrá la marabunta?) Un auto se detiene. ¡En él vienen Mary Anne y su anciano padre colonialista! Martin sube al auto e intenta convencer a Mary Anne, a punta de pistola primero, a seducción galana después de que lo ayude a llegar a la frontera (¿cuál?, ¡Sabrá Dios!, de repente se ponen a hablar de fronteras) Mary Anne le dice que sabe de su predicamento por haberlo leído en el diario, tanto andar con muertos, lo llevaron a primera plana. Hay retenes en el camino y Mary Anne, ¡lo entrega a la policía! (si creíamos que iba a sumarse a la aventura, estábamos muy equivocados, ella es una dama inglesa muy respetuosa de la ley y el orden, ¡God save the Queen!, qué carajo. Fundido a negro.

 

Martin, por supuesto, huye y termina con el traje roto en un pueblito, donde hay un bar-cabaret. Pide comida y se le acerca una prostituta francesa, Charlane (Lisa Ferraday). Martin le pregunta si lo puede ayudar a conseguir permisos de viaje para que no lo detengan en los retenes. Ella le dice que es algo difícil, entonces él saca la billetera y le muestra que tiene dinero suficiente para sobornos. La visión del dinero despierta la codicia del dueño del bar y otros asiduos parroquianos. Charlane le dice que apure el trago y que no espere la comida que le va a presentar de inmediato un amigo que le solucionará el problema de los permisos. Salen y el dueño del bar y un par de parroquianos lo dejan inconsciente y le roban el dinero que se reparten entre ellos, dándole, claro, su parte a Charlane. Lo dejan tirado en la calle y todos se van. Fundido a negro.

 

Martin recupera el conocimiento acostado en la cama de Charlane (¿Cómo diablos llevó Charlane, que es de lo más frágil, a tremendo mastodonte a su cama? Porque no olvidemos que Martin es todo un rugbier, por no decir un luchador de sumo…bah, los misterios de la continuidad) Mientras Martin vuelve en sí, ¡llega la policía con el capitán Tamil a la cabeza! Charlane los atiende en la antecámara y le contesta todas las preguntas al capitán. Este antes de irse, le ordena a un sikh grandote de uniforme, turbante y sin parche (este es un sikh legítimo, no como el trucho que personificaba Kevin) Al quedarse solos, Charlane noquea al sikh y lo apura a Kevin para que se vaya, le da el dinero que le tocó a ella del robo y le ofrece un traje de su exmarido, un marine que se fue para no volver. Charlane le da también un permiso de viaje (¿cómo lo obtuvo? Misterios del guion) Fundido a negro.

 

Martin se toma un colectivo y después un avión para llegar a una ciudad en la que busca al rengo. Para disimular se puso un turbante (¡cómo si un yanqui grandote de traje fuera a pasar desapercibido en una ciudad de indios esmirriados, tirando a bajos!) Deambulando halla una taberna llamada El rengo. Entra, se sienta a una mesa, pide comida. Cuando se la traen, pone al lado del plato recién servido, la cuerda con los nudos de los estranguladores. El mozo le dice que lo siga. A resguardo de miradas intrusas, Martin le dice al indio que debe revisar la bomba para asegurarse de que todo esté bien. El indio le dice que es muy raro que aparezca para una revisión, que va a consultar. Martin aprovecha para huir. Fundido a negro.

 

Martin va a ver a la más alta autoridad del ferrocarril que es ¡el rengo! El rengo ordena a sus secuaces que lo encierren. Camino del calabozo o donde sea que lo vayan a encerrar, hacen una parada estratégica en la estación de trenes (la ciudad donde están resulta ser Agra), Martin al ver que en el andén está el famoso tren que será bombardeado, golpea a sus captores, escapa y se sube al tren. Se encuentra con la hija del Nawab en un compartimento y la advierte del peligro. Ella le dice que traerá a su padre para que hable con él, pero no alcanza a ver al Nawab porque los esbirros del Rengo lo bajan del tren. El tren parte. Chuchuchú, chuchuchú.

 

En el andén, se encuentra con ¡Mary Ann! Ella le pide disculpas por haberlo entregado y le dice que se alegra de que no haya habido ninguna explosión de trenes. Los esbirros del Rengo oyen tren y se ponen como locos: ¿Qué tren?, ¿qué tren?, dicen. Martin intenta excusarla, pero por las dudas, marche presa también Mary Ann. Los esbirros los encierran en una mazmorra en la montaña bajo siete llaves, pero Martin observa las antorchas y descubre que hay una corriente de aire, la sigue y hallan un pasadizo entre las rocas como para que pase ¡un carro! Huyen como por una puerta…abierta.

 

Llegan a donde está la bomba, protegida por algunos terroristas a los que Martin pone fuera de combate, of course. Se viene el tren, ¡directo al túnel dónde está la bomba! Chuchuchú, chuchuchú. Martin se sube a una zorra. Está a unos metros del tren que viene. Chuchuchú, chuchuchú. Martin acciona la zorra y salta, antes de que esta entre el túnel y haga explotar la bomba. ¡Pum! El tren, que viene apenas unos metros detrás, frena y se salva.

 

Mary Anne corre adonde está tirado Martin. Sí, ¡está vivo! Fundido a negro. El capitán Tamil frente al Taj Mahal felicita a Martin y de paso a Mary Ann. El padre de Mary Anne, el coronel colonialista, les saca la foto. El capitán les pregunta a Mary Anne y a su padre si ya se vuelven a Inglaterra. Mary Anne dice que no todavía, que antes pasarán por Lucknow. Hum… ¿Habrá conseguido novia Martin? No sé si le conviene Mary Anne, apretada por las circunstancias ¡lo entregó! Pero es la chica de la película. Fin.

 

El Cine B, a pesar de todas las características distintas que abarca, engloba un compromiso que se mantiene inalterable en todas sus variantes: una voluntad infranqueable de contar una historia. Este tren de Bombay puede que no sea el Orient Express, pero tiene su chuchuchú, chuchuchú, chuchuchú. (La realidad sigue dura, pero mi mente está por suerte más ligera, gracias al chuchuchú, chuchuchú. Un viaje, aunque por delegación sigue siendo un viaje, chuchuchú, chuchuchú)

Gustavo Monteros

 

viernes, 2 de agosto de 2024

Querido diario - Hoy: Régis Roinsard


 

Buscando algo para ver, me remito a mi lista de películas que ya tendría que haber visto (los cinéfilos tenemos muchas listas, somos gente muy organizada, no vayan a creer lo contrario, además de maniáticos, minuciosos, memoriosos, somos de hacer listas, en fin, se es lo que es). Retomo. Al escrudiñar la lista, noto que hay tres películas francesas del mismo director, Régis Roinsard, que todavía no he visto, vaya a saber por qué motivos, pero con temáticas que me interesan. Y casualmente estos tres títulos conforman su filmografía de largometrajes hasta la fecha, de modo que, si me pongo al día, habré conocido toda su obra. Para no innovar, comienzo por la primera.


Populaire es una comedia romántica deportiva del 2012 y está protagonizada por Déborah François y Romain Duris. Estamos en el interior de Francia en 1958. Rose (Déborah François) es la única hija del ferretero del pueblo, un viudo con pocas ganas de reincidir en el matrimonio, y que quiere asegurar el futuro de Rose, casándola con el hijo del mecánico. Rose quiere algo más para su vida y como ve que su padre no cejará en su intento de casarla, una buena madrugada hace su valija y se va a un pueblo vecino, previo dejarle a su padre una carta de despedida. Rose, como muchas muchachas de su época, según novelas, películas y series que transcurren en esos tiempos, tiene la fantasía de profesionalizarse como secretaria. Así que de blusa, falda acampanada y colita de caballo (le faltan los anteojos con forma de antifaz, a decir verdad) va a pedir trabajo de secretaria al agente de seguros de su nuevo pueblo, Louis Échard (el bueno de Romain Duris). La entrevista es un desastre, pero alcanza a mostrar un factor que la hace única, es una dactilógrafa de velocidad asombrosa, aunque escriba con dos dedos. Esta característica despertará en Louis al deportista frustrado (venía para corredor de fondo, pero una lesión se lo impidió) Es que el pobre acaba de leer un panfleto que invitaba a ver o participar en un concurso de dactilógrafas. Le propone a Rose que el trabajo será suyo si se compromete a aprender a escribir con los 10 dedos, desarrollar mayor velocidad que la exhibida y a participar en campeonatos de dactilógrafas. Rose acepta y Louis que no pudo ser atleta, será lo que más se le aproxima, un entrenador. Y como por más que haya deporte, primero estamos en una de amor, Rose y Louis son atravesados por la flecha de Cupido, pero, claro, Louis se niega a pasar de entrenador a galán, algo que agotará la paciencia de Rose. Entonces…


Les traducteurs es un policial whodonit con sorpresas, que cambian el juego o la perspectiva del mismo cada 15 minutos. Es del 2019 y cuenta con un elenco multiestelar internacional, en el sentido más estricto de la palabra. Lambert Wilson, Olga Kurylenko. Riccardo Scamarcio, Sidse Babett Knudsen, Eduardo Noriega, Alex Goodman, Anna Maria Sturm, Frédéric Chau, Maria Leite, Manolis Mavromatakis, Sara Giraudeau y Patrick Bauchau. La cosa es que está por salir el último libro de una saga exitosísima escrita en francés. Es un fenómeno de alcance mundial. El original en francés y todas sus traducciones deben salir el mismo día. Para ello encierran en un bunker ultrasecreto a traductores de inglés, griego, chino mandarín, español, italiano, portugués, danés, ruso y alemán. Se les quitan los celulares, y todo artefacto que pueda comunicarlos con el exterior. Se les entregarán computadoras que no tendrán conexión a internet, trabajarán simultáneamente y ante cualquier duda en su trabajo deberán arreglárselas con esas antiguallas conocidas como libros de referencia, o sea diccionarios y enciclopedias. Prácticamente son presos voluntarios incomunicados. La idea es que nadie pueda filtrar detalle del libro. Pero lo impensable sucede. El responsable a cargo de los traductores, Eric Angstrom (Lambert Wilson) recibe evidencias de una filtración y es chantajeado. Si no paga una millonada, el primer capítulo será publicado en internet, y el gigantesco éxito quedaría boicoteado. ¿Quién fue el o la que burló medidas de seguridad tan extremas? (¡Hasta guardas armados tienen!). Otra que “El misterio del cuarto amarillo”. Entonces…





En attendant Bojangles (Esperando a Mr. Bojangles) es un melodrama romántico de realismo mágico de 2021 y lo protagonizan la maravillosamente bella e hipnótica de Virginie Efira, el bueno de Romain Duris (otra vez) y el rotundamente simpático de Grégory Gadebois. Otra vez estamos a fines de los cincuenta. Georges Fouquet (Romain Duris) es el hijo de un rico empresario que se niega a continuar con el negocio familiar. En un coctel de millonarios se pone a contar historias desorbitadas para gusto del grupo que lo oiga. Seduce y confunde a su auditorio, son tan traídas de los pelos, que pueden ser ciertas. Y se va antes de que puedan descifrarlo. De repente va a una chica, Camille (Virginie Efira) que ha llegado como compañía de un importante político, Charles (Grégory Gadebois) comportarse de una manera muy extraña. Baila y escapa con ella. La pierde, pero a través del político la reencuentra. Camille tiene algo así como lo que podríamos considerar un trastorno bipolar galopante que bordea la demencia. Sus mejores momentos son cuando habita un estado de fantasía que roza el delirio. Georges, que cuenta con los medios para sostener este estado, se lo produce y se casa con ella. El padre lo deshereda, pero Charles, ahora parlamentario, logra que pasen una ley de control vehicular, que monopolizará el taller mecánico que abrirá Georges. Camille al poco tiempo tiene un hijo de Georges, Gary (Solan Machado Graner) que crecerá en este corrimiento de la realidad que Georges produce para Camille. Viven en un piso en París. Al lado de la puerta hay una pirámide de sobres con cuentas que jamás se abren porque Camille no cree en abrir cartas, la mascota de la casa es una cigüeña (o algo así, la zoología no es lo mío) exótica y el único disco que se oye es el simple de Nina Simone cantando Bojangles, tema sobre el bailarín negro homónimo, de ahí el título del filme. Hay fiesta todas las noches y la comida y bebida es muy caprichosa. Gary anda por los diez años, cuando Camille de a poco cae en la demencia sin retorno. Georges lo niega y procura mantener el reino de fantasía, pero cuando ella incendia el piso, no le queda más remedio que aceptar la realidad e internarla en un manicomio. A esta altura estamos como a fines de los sesenta y la demencia se trataba con métodos cercanos a la tortura. Padre e hijo secuestrarán a Camille, la llevarán a España a un castillo que Georges compró con la venta del taller y la concesión de la revisación vehicular e intentarán tratarla con un método de fantasía controlada. Entonces… (Dos detalles, el filme se basa en una novela best-seller de Olivier Bourdeaut y se terminó de filmar cuatro días antes de que comenzara el confinamiento por COVID en Francia, si eso no es tener suerte, no sé qué lo sea).

 

Como sea, me gustó conocer a Régis Roinsard. Tiene, claro, una predilección por el cine popular. Pero no de cualquier modo, si no con el mayor arte posible que le permita el relato, sin extrapolarlo de lo que imagina el gusto popular. Es una especie de autor de cine industrial, si es que tal cosa existe. Circunscribe sus historias a un género y juega con todas las trampas que dicha elección le permite.

 

Populaire es una de deportes tanto como una de amor y no excluye una por la otra. Baraja todos los platos en sus palitos sin dejar caer ninguno. En Les traducteurs se permite todas las trampas que le habilita el género para ir engañando al espectador: da la información con cuentagotas, en un diálogo revelador, enfoca solo a un personaje y así no sabemos con quién es que habla, da pistas falsas, retiene detalles que revelará cuando le convenga, etc. El rompecabezas cierra, pero con tanta trampa no puede evitar que el cuento le quede medio frío, no es posible identificarse con personajes que siempre están incompletos para que el engaño funcione.

 

En Esperando a Mister Bojangles, hay problemas de la novela original (los bolazos de Georges al principio son medio pedorros, por ahí es porque somos latinoamericanos, de las tierras donde se descubrió, inventó, o fomentó el realismo mágico, debe ser por eso que estos cuentos no satisfacen nuestro paladar, nos suenan rancios) y también problemas propios de la transcripción cinematográfica (algunas convivencias de realidad-fantasía hacen ruido, no están logradas. Por ahí en el papel están bien, aunque realizadas no tienen una lógica que las fortalezca. Las aceptamos y seguimos adelante porque nos decimos: el relato viene para ese lado, es “volado”, algo que no deberíamos vernos obligados a convalidarlo. Aunque la magia de Virginie Efira, que destruye todo atisbo de ineficacia insalvable, nos hace pasar por alto estos inconvenientes.  Duris y Gadebois ponen lo suyo, pero es ella, la que con su belleza y sensibilidad, nos conmina a refrendar el delirio en el que vive su personaje. Con una aliada así, cualquiera.

 

Aunque disfruté la obra de Roinsard, una ironía paradojal queda rondando: me gustó más Populaire, que es la primera. Puede que Los traductores y Esperando a Bojangles sean mucho más ambiciosas, pero la ambición ante el logro escaso no es buena excusa.

Gustavo Monteros

viernes, 26 de julio de 2024

Querido diario - Hoy: La condesa descalza


La condesa descalza (1954) es una película mezquina porque todo lo que tiene de interesante pasa fuera de cámara. Es la historia de una mujer excepcional en tres etapas (el camino de ascenso al estrellato, las consecuencias del estrellato alcanzado y su salida de escena), contada por tres narradores (un director de cine, un relacionista público y el conde con el que se casó y que justifica el título).

 

María Vargas (Ava Gardner, ¿quién si no) es un animalito de Dios, sensual, libre, volátil. Baila en un cabaret de Madrid y ha logrado que se hable de ella hasta en Roma. De allí vienen Kirk Edwards (Warren Stevens) un heredero reciente de un par de millones de dólares que quiere producir un film, Myrna (Mari Aldon) una buscavidas cínica y de escasa autoestima, Harry Dawes (Humphrey Bogart) un director de cine, alcohólico en recuperación, que procura salir de una mala racha con un proyecto para un nuevo film que es lo que se traen entre manos y Oscar Muldoon (Edmond O’Brien) un relacionista público de ricos y famosos con una alta tolerancia para las humillaciones.

 

Este cuarteto de notables viene al cabaret para ver el número de María y convencerla de que se vuelva con ellos a Roma para que le hagan una prueba de cámara. Están en problemas, han llegado tarde para la actuación y María no se sienta en la mesa de los clientes. Kirk, que se revela como un déspota medio bobo, manda primero a Oscar y luego a Harry para que la traigan a su presencia. Entre estas idas y vueltas, un mal chiste de Myrna hace que Kirk se la saque del medio de mala manera.

 

Como ni Oscar ni Harry consiguen acercar a María a la mesa, Kirk le ordena a Harry que se quede en Madrid hasta que María acepte ir con él a Roma y si no lo logra que se olvide de filmar la película. Como vemos Kirk no se postula para Miss Simpatía. Harry y María se hacen amigos y ella le cuenta que necesita que la quieran cómo es (¿quién no?) y que no soporta los zapatos, que pasan a ser símbolo de su resistencia a adaptarse al status quo.

 

Su retrato es contradictorio, porque es una salvaje de lo más civilizada. En el camarín la hemos visto, intuido más bien, entrelazarse con uno de los músicos, al que presenta como un primo. Digo intuido, porque solo vimos los pies de ambos, el resto de sus cuerpos quedó cubierto por una cortina.

 

Esta parte está contada por Harry. La segunda etapa la cuenta Oscar y tiene dos partes, en la primera atestiguamos que su estrellato es tan sólido como para sobrevivir un escándalo policial (su padre ha matado a su madre, hay un juicio, María declara y el público se pone de su parte) En la segunda parte asistimos a la caída en desgracia de Kirk y a su reemplazo por Alberto Bravano (Marius Goring) otro ricachón más inútil y pusilánime que Kirk (todo un logro porque Kirk en esas cualidades sobresalía con honores) Oscar y María se inclinan por Bravano, Harry ha recuperado su independencia y ha retomado su carrera con honores. Pero Kirk no se queda solo, Myrna, que en sus ratos de hastío se pisotea el amor propio se va con él. Harry ha visto que en la casa de la piscina, María guarda otro “primo” para desahogos eróticos y ¡se lo recrimina!

 

La tercera y última etapa está contada por el conde Vincenzo Torlato-Favrini (Rossano Brazzi) que se enamora de María con solo verla. La seduce, se casa con ella y espera a la luna de miel ¡para contarle que una herida en la Segunda Guerra Mundial lo ha incapacitado sexualmente! María que está loca por el conde, en su animalidad erótica, interpreta mal lo que se espera de ella. Cree que Vincenzo se ha casado con la esperanza de que le dé un hijo. De ahí que María se ha conseguido otro “primo” para tal fin, pero Vincenzo, cuando se entera, reacciona a los balazos y mata a María y al “primo”. Y volvemos al principio, al entierro de María bajo la lluvia, con todos los hombres que han participado en estas etapas de su vida de pilotos y con paraguas.

 

La recordaba mejor de lo que es. Bueno, la vi a los 13 o 14 años y por entonces todo lo que expresara alguna idea con dos esdrújulas seguidas me parecía serio y profundo. Ahora a la vuelta de la esquina, algo discerní.

 

Es una película con muchos problemas y malas elecciones. Para empezar, es teatral en el peor sentido. Cada vez que alguien toma la palabra no la suelta por un buen rato. Y son parrafadas más farragosas que elocuentes. Además, el diálogo suple información que podría desarrollarse más dramáticamente, con mayor profusión de escenas. Parece una de las películas perezosas de Woody Allen, en las que prefiere contar con escenas largas, en un solo ambiente, con solo un par de cámaras, en vez de que con escenas más cortas y más ricamente planeadas. Por supuesto, de tanto en cuando hay logros en los diálogos. Después de todo, está escrita y dirigida por Joseph L. Mankiewicz, que de escrituras y dirección entendía largo y tendido, aunque no era infalible, claro.

 

Otro problema que tiene es que los personajes son muy poco atractivos y son tan simpáticos como una hiena con hambre. Se hace difícil empatizar con ninguno. Un poco tal vez con la María Vargas de Ava, por su supuesto impulso vital al menos. Los demás nos importan poco o nada. Incluido Humphrey (¡Dios me perdone!) Su personaje es testigo de la peripecia de vida de la Vargas, un amigo, un confidente, un psicoanalista improvisado. Un personaje opaco para alguien como Bogart. Ojo, demuestra que es un buen actor, que entiendo qué función cumple su papel y lo defiende con un entusiasta profesionalismo. Lo que hace es irreprochable, pero uno lo siente como un desperdicio. El cartel dice Bogart y Ava y uno se pone a imaginar algo más desafiante o apasionado que estrellita en ascenso recibe ayuda y consejo de director curtido.

 

Encima su papel y el del relacionista público que hace Edmond O’Brien tienen características tan similares que parecen mellizos. Dos cínicos duchos del mundo del espectáculo, que saben cuándo agachar la cabeza y tragarse el insulto y cuándo devolver los golpes recibidos con resignada sabiduría. Los diferencia un poco el amor al dinero que tiene el personaje de O’Brien. También que, en mitad del film, el Harry de Bogart se suaviza por presencia de su amada esposa, Jerry (Elizabeth Sellars) que lo contiene y lo robustece. Ella corta de raíz el más mínimo intento de doblegar o ningunear a Harry. Ahora que lo pienso, es un personaje agradable, no como el resto.

 

Y es extraño (si no extraño, al menos curioso) que todo erotismo, sensualidad o apasionamiento, esté fuera de cámara. Detalle que se manifiesta en el principio, no se ve qué es lo que la Vargas hace en el escenario del cabaret, solo se registra las reacciones del público. Después, como ya dijimos, se ven los pies de Ava y su “primo” en el camarín, una cortina los tapa pudorosamente. En la casa de la piscina, el otro “primo” es una luz en la ventana. Y no se ve cuando el conde Vincenzo la mata junto al amante, nosotros, el público, al igual que Bogart solo oímos los disparos.

 

La única excepción a algo parecido a la sensualidad es cuando el conde que hace Brazzi la ve por primera vez. Ella está ensayando un baile un tanto parsimonioso con un gitano, al que después le dará dinero que le sacó a Bravano. No es para menos, el gitano es un “primo”.

 

Eso sí, Mankiewicz ratifica que el dinero no hace a la felicidad (o tal vez odia a los ricos tanto o más que su hermano). Aquí los ricos puede que tengan asegurado el futuro, pero son infelices, neuróticos, frustrados e impotentes. A cuál peor.

 

Y si bien se supone que María Vargas es una fuerza vital, el erotismo irrestricto que ostenta es algo que todos quieren aplacar. Como si les molestara que una mujer fuera capaz de ser libre y plena en el sexo. Todos andan como catequistas procurando reformarla. Sin duda su voluptuosidad los amenaza.

 

Para no cargar tanto las tintas sobre estos hombres, podemos decir que son muy producto de su época, muy personajes de postguerra o más bien de post bomba atómica. Todos andan con la crisis existencial, saboreando la angustia de saber que el hombre es un miserable irredimible, que de tanto insistir en ser lobo del hombre, poco de humano le queda.

 

Pero ¿no es que la chica descalza es una alternativa? ¿Algo así como a coger que hay que replantear el mundo? Sin embargo, lo que le sale a Mankiewicz es más bien: Matémosla ya, no sea cosa que con su vitalidad nos salve de esta angustia tan sentadora que estamos disfrutando.

Gustavo Monteros

 

viernes, 19 de julio de 2024

Querido diario - Hoy: El rey



 

A los fines prácticos, The King es la historia de una venganza. Pero ¿una deliberada, concebida, planeada? O ¿una accidental, azarosa, improvisada?

 

Elvis (Gael García Bernal) sale de la Marina con un rifle y un dinero ahorrado y se dirige a un pueblo de Texas para contactarse con su padre, al que no conoce, Dave (William Hurt) hoy un pastor evangelista a cargo de una comunidad cristiana.

 

Dave le pide a Elvis que se mantenga alejado de su nueva familia. A su esposa Twyla (Laura Harring), a su hija Malerie (Pell James) y a su hijo Paul (Paul Dano) les pide que no se relacionen con Elvis, pero no les cuenta que es un hijo carnal que tuvo con una mexicana en su tumultuoso pasado, del que se dice reformado.

 

Pero Elvis ya ha conocido a Malerie y se embarca en una seducción irrestricta. Paul, frustrado por no haber sido elegido en la universidad local en la que ha decidido seguir sus estudios y serenamente furioso por haber sido retado por su padre por hacer en la iglesia un número musical no doctrinario sino catártico, al descubrir una noche que Elvis ha estado en la pieza de Malerie lo sigue hasta el hotel en que vive y le ordena que no vea más a su hermana. Elvis, con una frialdad ¿insospechada?, lo mata y esconde su cadáver, a la vez que organiza circunstancias para que se crea que Paul ha huido de la familia por sus propios medios. Entonces…

 

En el afiche se lee un slogan publicitario que dice: “El diablo me ha obligado a hacerlo”. En un momento clave de la historia, Elvis dirá: “Dios me ha obligado a hacerlo”. Las dos versiones de la frase no son un error ni un truco publicitario. Son la declaración de principios de para dónde va la película.

 

Dios y el diablo no son las dos caras de una misma moneda, pero cuando se habla tanto en que todo se hace en el nombre de Dios, el diablo no tarda en meter la cola. Dave es un evangelista obcecado, fanático, irreductible, no solo dice hacer las cosas en nombre de Dios, sino que erige en su representante, en su vocero, porque cree en Dios piensa que Dios habita en él.

 

Cuando Paul desaparece no entra en crisis de fe sino en desazón. ¿Por qué Dios habría de quitarle a su hijo? No haya respuesta y ve en Elvis al hijo pródigo. Y lo lleva a su casa, lo pone en la habitación de Paul. Reemplaza al hijo perdido con el recién encontrado.

 

Error. Puede que participemos (por ser hijos) de la naturaleza divina, pero ni por asomo somos dioses. En el caso de Dave, ¿la redención obtenida no borra su pasado? Al parecer no, sobre todo cuando se ha intentado negar las consecuencias del mismo, o sea al hijo. El supuesto puro ve peligrar su imagen santurrona y prohíbe al hijo recién llegado y a la familia que no se traten.

 

Estas son solo algunas de las preguntas que van surgiendo a medida que avanza la historia. Cada decisión que cada uno de los personajes toma trae consecuencias arrasadoras. Elvis, un rey de pacotilla con corona de cartón de restaurant de comida basura, ¿ha destronado al profeta hipócrita? ¿Esa era su misión?

 

Este film de 2005 de James Marsh crece con lentitud, pero es apasionante. Gael García Bernal y Willliam Hurt están soberbios en sus personajes y ratifican que son actores maravillosos.

 

Por desgracia ha habido guerras, masacres, persecuciones atroces por las mismas pretensiones que ostentan estos personajes. La fe pueda que mueva montañas, pero también puede destruirlas.

Gustavo Monteros

viernes, 12 de julio de 2024

Querido diario - Hoy: Las nuevas ropas del emperador


 

Por una vez decidí seguir mi propio consejo. ¿Cuál de todos? Cuando digo que, si la realidad es cruel y sucia, mejor meter la cabeza dentro de una feel movie.

 

No como el avestruz para no ver, sino para recuperar con un cuento que podemos ser sensibles, solidarios y bienintencionados.

 

Me cruzo con The Emperor’s New Clothes (Alan Taylor, 2001) y decido verla por fin completa y de corrido. Cuando reinaba el cable, la veía empezada y por partes. Me gustaba lo que veía, pero o no terminaba de verla o me sorprendía empezada. Y por los motivos que fueran, no utilizaba mis recursos para verla al fin entera.

 

Como Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando (Jaime Chávarri, 1997) o La luz prodigiosa (Miguel Hermoso, 2003), da un final alternativo al destino de un hombre notable, en este caso, Napoleón Bonaparte. El juego, claro, está en inventar circunstancias que hagan plausible la peripecia. Convencernos sin caer en la gratuidad del disparate. Aquí, al igual que en los dos buenos casos citados, lo logran.

 

Al principio estamos en 1821, en Santa Elena. El exemperador evita la angustia o el tedio del exilio dictando sus memorias. Una organización secreta, empeñada en su regreso al poder, ha dispuesto reemplazarlo por un sosia, un viejo marinero. El doble lo cubrirá en la isla y Napoleón ocupará el lugar del marinero en el barco y se bajará cuando lleguen a París.

 

El engaño se revelará cuando haya recuperado el gobierno de Francia. Pero, ya se sabe, no hay plan perfecto. Terminará en Bélgica, y casi a la buena de Dios. Pasan algunas cosas y llega por fin a París, sus nuevas instrucciones son contactar con el teniente Truchaut.

 

Llega a la casa del teniente y descubre que no podrá albergarlo porque ha muerto. Su viuda (que no lo reconoce como Bonaparte) le da trabajo y cobijo por unos días, al cabo de los cuales deberá irse, porque la pobre está en una pésima situación económica. El negocio de venta de melones y sandías en el que ha depositado todas sus esperanzas y el poco dinero que le quedaba no funciona como ambicionaba.

 

Pero a Napoleón le basta con un mapa y un objetivo a conquistar para dar con una estrategia vencedora y la ayudará a salir adelante y ganarse unos buenos réditos. Mientras tanto en Santa Helena, su doble no quiere revelarse como tal y persiste en ser Napoleón. Disfruta de los beneficios de ser un prisionero de lujo y además se revela como un narrador astuto que salpimienta las memorias del gran corso, sobre todo las amorosas con un erotismo delicioso. Y así una cosa lleva a la otra.

 

Es una película muy disfrutable por la historia, por el pudor y la elegancia con la que está narrada, sin subrayados ni salidas de tono, por un elenco perfecto y porque la improbable pareja romántica de Napoleón y la viuda tienen una química que vuelve lo implausible no solo posible sino real y concreto.

 

El maravilloso Ian Holm, por una vez ascendido a protagónico, demuestra tener una solvencia envidiable, no solo para atraer nuestra atención sino para llevarnos literalmente de las narices.

 

Ella es Iben Hjejle, una estrella danesa, que no ha fatigado el cine de Hollywood, aunque es bella y brilla como la mejor.

 

Me fui a dormir con una sonrisa que evitó los monstruos en mi sueño. Al día siguiente la realidad no era piadosa y bella por la magia del cuento, pero mi voluntad de cambiar la podredumbre se fortaleció. Después de todo, ser consciente de que el mundo puede ser mejor es un primer paso y aleja las inmensas ganas de resignarse, de rendirse. Y eso es algo que los buenos cuentos siempre pueden hacer.

Gustavo Monteros


viernes, 5 de julio de 2024

Querido diario - Hoy: Venganza por el pasado - Una banda loca, loca


 

Venganza por el pasado es una película industrial multigénero como les gusta a los productores, un poco feel good, un poco buddy movie, un poco thriller, un poco de acción, un poco drama y un poco comedia y un todo de venganza a cumplir como sea. La surcoreana Rimembeo (¿en el original?) o Remember (para el público anglosajón) fue escrita y dirigida por Il-Hyeong Lee en 2022 y me la crucé por casualidad en Prime Video paveando o buscando otra cosa.

 

Pil-Ju (Lee Sung-min) anda por los ochenta años y hasta ayer trabajaba en un restaurant de comida rápida. Allí conoció a In-gyu (Nam Joo-hyuk), un veinteañero al que el viejito le parecía tan inofensivo como simpático. Lo que ni se imagina es que el viejo necesita ayuda para completar una lista de pendientes (o sea, cosas que hacer antes de morir) que no incluye visitar antiguos amores perdidos sino matar a unas cuantas personas que le hicieron mucho daño a su familia y a él, durante la dominación japonesa de Corea.

 

El viejito no será un exmarine, pero tiene algunos trucos que enseñarles. Pese a sus recursos para la pelea, tiene unas cuántas cortedades físicas, traducidas como un Alzheimer galopante y un tumor cerebral que se le expande con la celeridad del Correcaminos. Por supuesto el deseo de venganza está más que justificado (faltaba más) y el joven no es un inocente intocado por la injusticia. Su padre está inválido, la empresa que lo explotó toda la vida se niega a hacerse cargo de los gastos que su decadencia física depara y en la desesperación por darle el mejor tratamiento, el joven recurrió a unos mafiosos prestamistas que exigen que se les cumpla en efectivo lo más pronto posible. De ahí que al joven, los pruritos moralistas de despanzurrar gente se le pasen más bien rápido y que de auxiliar del viejo pase a secuaz o cómplice.

 

Para no perder la atención del público en las dos horas con ocho minutos que dura el film, habrá vueltas inesperadas de guion y sorpresas varias, lícitas en todo melodrama, con acción o sin acción, que se precie. Aunque lo que hace que uno no abandone jamás el relato, ni aunque nos prometan un más que generoso puñado de dólares es Lee Sung-min, el actor que hace de viejito. Una maravilla por donde se lo considere, ni hasta el mismísimo Robert De Niro se salva de envidiarle un talento nato que ilumina cada rincón del personaje que le tocó en suerte.




Debería haber una ley contra los compositores extremadamente melodiosos, esos que componen canciones tan pegadizas que basta escucharlas una vez para que instalen en nuestra memoria para siempre. De existir tal ley, los hermanos Sherman habrían estado presos, no de por vida, sino de por varias vidas. Robert B. Sherman (1925-2012) y Richard M. Sherman (1928-2024) son los responsables de las canciones de Mary Poppins y Chitty Chitty Bang Bang, entre otras magnéticas composiciones.
 
Supercalifragilisticoexpialidoso y Chim Chim Cher-ee de Mary Poppins o la canción del título de Chitty Chitty Bang Bang son más pegajosos que el almíbar, más inolvidables que Rebecca, más verificables que el mal aliento, más contagiosas que el resfrío y más adherentes que el abrojo.
 
La muerte reciente de Richard M. Sherman me recordó que tenía pendiente la revisión de una fallida comedia musical de la Disney de 1968: The One and Only, Genuine, Original Family Band o Una banda loca, loca, dirigida por Michael O’Herlihy y con canciones de ¡los hermanos Sherman!
 
Se basa en la biografía de Laura Bower Van Nuys (¡?) y se centra en las elecciones presidenciales norteamericanas de 1888. Dato no menor porque hay una lógica Romeo y Julieta, pero no entre la pareja romántica del film sino entra el abuelo y padre de la familia.
 
El abuelo (Walter Brennan) es demócrata mientras que el hijo y pater familias (Buddy Ebsen) es republicano. La madre (Janet Blair) y la hija mayor (Lesley Ann Warren) son árbitros apolíticos entre las partes (estamos a años luz de algunas modernidades, el sexo femenino, según la mentalidad de la época, solo debe ser reproductor y guardián del hogar, o sea a parir hijos, guisar, coser y callarse)
 
La apolítica hija está comprometida con un editor de periódico republicano, resistido por el abuelo, no como persona sino como portador de una ideología inadmisible (en realidad más una dicotomía futbolera Boca-River // Estudiantes-Gimnasia, etc., que otra cosa) El chico editor este es de Dakota y convence a la familia de que se instalen en este territorio. Así como así, sin mucha lógica ni motivación, la familia que hasta ayer iba a cantar en una convención demócrata en Chicago, termina mudándose a Dakota como unos buenos y sacrificados pioneros. La chica futura esposa del editor trabajará allí de maestra.
 
Todo bien, pero el abuelo provoca con sus ideas a medio pueblo, mayoritariamente republicano, y surge algo así como un conflicto. Llegarán las elecciones, habrá sorpresas sobre detalles del sistema eleccionario yanqui, los dos partidos terminarán beneficiados y todos se pondrán a cantar y bailar (algo que ya venían haciendo desde un principio).
 
Obviamente el estudio Disney quería surfear la ola de las familias musicales creada por La novicia rebelde, pero el material elegido, a pesar de que todos tocan un instrumento musical, no daba para mucho. El trámite de verla es caprichoso y confuso. Pero uno llega al final por ¡las benditas canciones de los Sherman!, que de puro melodiosas son irresistibles.
 
Y para contribuir a la confusión del asunto, abuelo y padre lucen como dos viejos de edad pareja, más para hacer de hermanos que de padre e hijo. Brennan había nacido en 1894 y Buddy Ebsen (muy popular por aquellos tiempos, dado que era el pater familias de Los Beverly Ricos (The Beverly Hillibillies, una sitcom icónica que estuvo en el aire como por 10 años, del 62 al 71)) había nacido en 1908), o sea que Walter Brennan lo había engendrado a los 14 años, bueno, es que los pioneros eran ¡muy precoces! El mayor de los hijos de la familia es un astro niño-joven de la Disney de aquellos tiempos, el ahora igual de famoso Kurt Russell. Y es la película debut de una jovencita que sería el amor de su vida y su pareja duradera, es decir, Su Majestad Goldie Hawn, que aparece de lo más pizpireta y desarrollada en la fiesta del granero. Y no es una ilusión óptica que Goldie luzca desarrollada y Kurt todavía un impúber. Kurt nació en 1951 y Goldie en 1945.


Gustavo Monteros

viernes, 14 de junio de 2024

Cerrado por amargura


 Nos tomamos una semana o dos para intentar recuperar las ganas de hablar de cine. Volveremos porque el cine nunca se va del todo. Cuídense. 

Gustavo Monteros


viernes, 7 de junio de 2024

Querido diario - Hoy: Un match en el infierno


 

Por fin una película a la que no le tenía que poner fuerza para que me gustara.

 

Esto de ponerle fuerza o ganas viene a cuento, gracias a una amiga, desde fines de los noventa. Ella acababa de ver una película con Anthony La Paglia, en la que era un cura, en amores con una chica de la resistencia, en la Italia de la Segunda Guerra y cuando le pregunté si le había gustado, me dijo: Y si le ponés ganas, te gusta, ¿viste que ahora con muchas películas, hay que ponerle fuerza, hacer como que te gustan, para no dejarlas y ver otra cosa. Yo me reí, pero la observación tenía verdad y se me pegó. Son pocas las películas que nos gustan naturalmente, a la mayoría le ponemos ganas, garra, fuerza.

 

Bueno, a esta no le tenemos que agregar ningún aditamento extra, nos gusta, nos atrapa, nos interesa, por lo que cuenta y por como lo cuenta.

 

Y si el argumento nos recuerda a una de principio de los ochenta, muy glamorosa y estelarizada, con Stallone, Michael Caine, Max Von Sydow, Osvaldo Ardiles y ¡Pelé!, que se llamó Victory, en el original, o Escape a la victoria en el título que le pusieron para estos pagos, es porque es una remake de esta de la que hablo ahora. Que se llama, Két félidö a pokolban, que en húngaro vendría a ser: Dos medios tiempos en el infierno, que en 1961 dirigió Zoltán Fábri y que participó en el Festival de Cine de Mar del Plata de 1962, y que por aquí se estrenó como Un match en el infierno.

 

Y es sobre un partido de fútbol entre un equipo de prisioneros húngaros y un seleccionado de guardias alemanes durante la Segunda Guerra, claro.

 

Hay un campo de prisioneros de Hungría bajo el mando ruso. Si decimos que los pobres presos están mal es casi un eufemismo. Apenas los alimentan con un menjunje, con buena voluntad digerible, que les refuerza el hambre, más que quitárselo. Visten harapos, las frazadas son unos remedos de abrigo, y se roban unos a otros unas botas rotosas para ver si pueden soportar mejor el frío y sobrevivir unos días más.

 

Entre ellos, está Ónodi (Imre Sinkovits) que fue jugador profesional de fútbol, al que muchos le tienen envidia por su pasado de gloria.

 

Se viene el cumpleaños de Hitler, y como ningún elenco teatral de los que alegran el frente puede venir a este asentamiento perdido en las montañas, y como ni siquiera se pueden conseguir putas para armar un prostíbulo provisorio, es que a uno de los comandantes alemanes se le ocurrió la idea de armar un partidito de presos y guardias.

 

El crack Ónodi primero dice que no, pero después, cuando lo convencen sus compañeros más cercados de que puede sacar algunas ventajas, como más comida para todos o que los que integren el equipo dejen de trabajar algunos días para entrenar, acepta (dicho sea de paso, el supuesto “trabajo” es esclavizante, en sentido literal),

 

El equipo se completa con un rebelde ideologizado que los insta a escapar durante un entrenamiento. Eso hacen, pero son capturados. Y cuando creen que los van a ejecutar, les dicen que antes deben jugar el partido.

 

Menuda motivación saber que la muerte los espera al final del encuentro. Pero la esperanza es lo último que se pierde y si dan un buen espectáculo (¡ni sueñan con ganar!) esperan que se apiaden y los perdonen.

 

Entonces llega el partido y los espectadores nos comemos las uñas, nos llevamos unas cuantas sorpresas y no podemos menos que conmovernos con estos pobres desgraciados, que hacen tripas corazón y rescatan desde el fondo del tarro, una dignidad que ya creían perdida.

 

Los actores son maravillosos y dan y lucen el personaje. Mientras que Stallone, Caine, Ardiles y compañía estaban más a dieta que con hambre, en aquella película que dirigió John Huston en 1981, a estos unos los ve y dan ganas de llevarles un plato de comida.

 

Tendría que ser de visión obligatoria para nuestros neo fascistas contemporáneos que eligen no conmoverse ni con los chicos que se duermen llorando de hambre. Si la ven es imposible que no recuperen algo de la humanidad que alguna vez tuvieron. O al menos en mi desesperación es lo que elijo creer.

Gustavo Monteros


viernes, 31 de mayo de 2024

Querido diario - Hoy: Los dioses vencidos



Me la crucé fatigando el catálogo de películas de Star+ (envidio a la gente que elige la primera película que llama su atención de un catálogo y se pone a verla, yo hago nota mental o física de las que me interesan y hasta no haber llegado al final, no paro. Y puedo revisar el listado completo una o dos veces más, no sea cosa que se me haya escapado algún título interesante. A veces pasa que para cuando terminé, ya no tengo ganas de ver nada, agotado de haber recordado detalles de tantas películas, porque cuando un cinéfilo irredento pasa revista a un listado de títulos, recuerda tales o cuales cosas de cada film. Somos unos adictos muy peculiares.)

 

Retomo: me la crucé y recordé haberla visto en un televisor blanco y negro de los setenta, en alguna noche de El mundo del espectáculo o de Hollywood en castellano. Eso sí, no me acordaba nada del argumento o de los personajes, salvo que estaba bajo el rótulo de las “importantes”, que era como se calificaba a esas películas serias, profundas o relevantes por algún motivo.

 

Un día que me quedo sin opciones urgentes, me pongo a verla. A poco de andar dos peculiaridades se vuelven preeminentes. Se supone que comienza a fines de los 30 y se extiende hasta el inmediato fin de la Segunda Guerra, pero la ropa de las mujeres, sobre todo, sus peinados y sus accesorios no se remontan a las modas de la época, si no que responden a los tiempos en que fuera filmada, o sea 1957. Vicio extendido del cine de los 50 y 60. La minuciosa recreación de época volvería en los años 70. Y dos, en el original se llama The Young Lions (rebautizada en estos pagos como Los dioses vencidos) y sus tres protagonistas, lo que se dicen muy jóvenes no son. Marlon Brando había nacido en 1924, de modo que, en el 57, tenía 33 años. Montgomery Cliff había nacido en 1920, o sea que tenía 37 años. Y Dean Martin que había nacido en 1917, tenía 40 añitos. Los personajes se suponen que andan por los veintipico. Quien dice veintipico, dice treinta y tantos, el problema es que los tres lucen muy creciditos y si nos descuidamos dan hasta mayores de la edad que por entonces tenían. Estos dos detalles anulan el verosímil y dan sobrepeso al platillo de la balanza de la suspensión de la incredulidad.

 

El argumento gira alrededor de las vidas de tres jóvenes atrapados por la vorágine de la guerra, dos norteamericanos y un alemán. Marlon Brando es este último, al principio un instructor de esquí que le da clases a la novia del personaje de Dean Martin y con la que no puede tener una noche romántica de dos que no volverán a verse jamás, porque él le expresa su adhesión al nazismo ya que cree que mejorará la vida del hombre común, desfavoreciendo los usos y costumbres de la vieja política (cualquier parecido con el Mileinato del Río de la Plata es pura coincidencia). Más adelante lo vemos entre los alemanes que toman París, como subalterno de Maximilian Schell (que sí andaba por los veintipico porque había nacido en 1930, este es su debut en el cine norteamericano). Más tarde el alemán Brando se enamorará de una chica francesa, que primero lo desprecia por invasor, después se dejará usar como juguete sexual por la esposa de Maximilien Schell y por último se decepcionará del nazismo, llegando al paroxismo cerca del final cuando se enfrente a los horrores de los campos de concentración.

 

Montgomery Clift es un intelectual, hasta lee el Ulises de James Joyce y todo, empleado en una gran tienda y conocerá a Dean Martin en la oficina de reclutamiento. Dean Martin lo invitará a una fiesta y le presentará a una chica de la que se enamorará, aunque antes de casarse deberá convencer a su futuro suegro de que es un buen partido, a pesar de ser judío. Durante el entrenamiento sufrirá el matoneo de sus compañeros, pero se ganará el respeto de los mismos, después de hacerles frente en unos combates de boxeo que lo dejan bastante maltrecho y por aguantarse los abusos de unos militares que creen que los conscriptos existen para ser doblegados por la humillación.

 

Dean Martin es un cantante de éxito en clubes y teatros neoyorquinos (y…es Dean Martin), no quiere ir a la guerra, a la que supone un sacrificio inútil, porque dice que 10 años después de terminado el conflicto, los yanquis y los alemanes volverán a ser amigos. La novia que casi tiene un romance con el alemán Brando, le pide que se calle porque su postura se parece mucho a la cobardía. Dean Martin será un buen compañero de Clift en el entrenamiento, aunque lo abandone en un momento clave por aceptar un puesto en Londres que le consiguió su novia, puesto que lo dejará bastante a salvo, hasta que un ataque de consciencia lo haga pedir ir al frente en Alemania, donde se reencontrará con Clift y tendrán un final con el alemán Brando subrayador de los absurdos de la guerra.

 

Cuesta creer que alguna vez fuera considerada “importante”, porque más allá de algunos logros de realización (la dirigió el bueno de Edward Dmytryk, un narrador todoterreno, firmante de algunos títulos magistrales), la cosa es bastante boba, insustancial, de poco a nada interesante.

 

Todos los personajes, sobre todo los femeninos, tienen una psicología fluctuante que parecen responder más a las necesidades de las escenas que les tocan que a un perfil bien definido.

 

Se supone que Hope (Hope Lange) es una chica fiestera conocida o compinche del playboy Dean Martin, que es llamada para darle una buena noche al intelectual Clift, pero termina teniendo más mandatos decorosos que una catequista, lo cual no es ningún demérito, pero ¿cómo llegó a estar en la agenda del seductor Dean Martin?

 

Margaret (Barbara Rush) la novia de Dean Martin, que en la primera escena con el alemán Brando parece una mujer de mundo, rica, sofisticada, al vérsela después interaccionar con Dean Martin, muestra que tiene menos calle que monja de clausura. ¿Y la sofisticación en qué línea descartada del guion quedó?

 

Simone (Dora Doll), la francesa de la que se enamorará el alemán Brando, en su primera escena es una patriota inclaudicable, sin límites para expresar su desprecio por el invasor, pero basta que el alemán Brando le muestre un mínimo de tolerancia y buena educación para que le pida perdón y se le cuelgue del brazo. Esta bien que las primeras impresiones se corrigen, pero ¿en una misma escena después de haber cantado poco menos que La Marsellesa?

 

Y la esposa de Maximilien Schell, Gretchen (May Britt) es una ninfómana dispuesta a levantarle el ánimo a medio ejército alemán, y para demostrarle a Brando que tiene poder de influencias consigue que trasladen a Schell y a Brando de la glamorosa París al ¡África del Norte! Macanuda como pantera con hambre. Y después cuando más humana se ponga y quiera borrar la angustia de la muerte circundante con un buen revolcón, será despreciada por un ataque de moralina del alemán Brando.

 

El bueno de Brandon volverá a París, reverdecerá su amor por Simone, pero la dejará porque él es un soldado alemán y ella, ¡una chica francesa! Pero, hermano, eso lo sabías en la escena uno, sé un poco más creativo para darle calabazas. Otro momento delirante es cuando Clift se está despidiendo de su esposa Hope para irse a la guerra y aparece el lechero de la cuadra y le regala una botella de leche entera y le pide que se la tome toda, porque le dará la energía y la salud que necesita para enfrentar a los enemigos. Y uno no sabe si es un refuerzo a una campaña de tomar leche o una tomadura de pelo mayúscula. Hay otra muestra involuntaria de humor cuando Maximilien Schell y Brando están en África del Norte. Schell está por dar la orden de ataque a un campamento inglés, Brando le dice que espere al amanecer porque la luz enceguecerá a los ingleses y no podrán defenderse bien, Schell concuerda y le cede la iniciativa a Brando, pero después cuando Brando ordene el alto el fuego, a Schell le agarrará un ataque de personalidad insegura y lo retará a Brando por hacer dado la orden, pero ¿cómo, no era que le había delegado el mando cinco segundos atrás? ¿Es que será algo así como ordená un poco, pero no mucho?

 

Dicen que Kurosawa la incluyó en una lista de 100 mejores películas. Bueno, uno no es quien para decir qué le vio el querido Akira. Una pena que nadie le pidiera que fundamentara. A favor de la duda, diremos que era una lista de 100, no de 10.

 

Edward Dmytryk dirigió también la película inmediata anterior que protagonizó Montgomery Clift, Raintree County o El árbol de la vida, como se la conoció aquí. Fue durante el rodaje de esa película cuando Clift sufrió el accidente automovilístico que casi lo mata y que liquidó su apostura sin par. Unas cuantas cruentas operaciones de reconstrucción de rostro lo dejarían lejanamente parecido a quien había sido. Lo dejó también adicto a calmantes y tranquilizantes que mezclaba con alcohol. De allí que en estos jóvenes leones o dioses vencidos se lo vea tan flaco y desmejorado.

 

Y esta fue la primera película “seria” de Dean Martin después de la ruptura del dúo que había tenido con Jerry Lewis. Se sentía inseguro y Clift, un eminente cultor del Actor Studio, fue en su auxilio. Como devolución de gentilezas, Dean Martin lo llevaba de gira de tragos, algo que Monty disfrutaba mucho, dado que, por un rato, se integraba a una supuesta normalidad, no era el permanente sapo de otro pozo, al que su homosexualidad, obligadamente enclosetada por los impedimentos de la época, lo condenaba. Dean Martin, un heterosexual de cabeza amplia y desprejuiciada, tendió puentes y logró ser su amigo.

 

Por entonces Dean Martin ya casi no bebía, apenas mojaba los labios en los tragos que pedía. Su personaje idiosincrático público, su “muñeco”, era el de un borrachín simpático, permanentemente achispado, pero por dentro, beber ya no le interesaba. Nunca renegó del alcohol, porque sus amigos más íntimos, Frank Sinatra y Sammy Davis Jr., bebían como esponjas y no quería dejar de acompañarlos en sus recorridas de bares. Dicen que Martin perdió el gusto por el alcohol al ver las dificultades por las que pasaba su esposa, Jeanne, una bebedora reincidente, en tratar de dejarlo.

 

En los días siguientes a haber visto de nuevo The Young Lions / Los dioses vencidos, mientras iba de una escuela a otra, procuraba darme respuestas a por qué alguna vez esta película fue consideraba “importante”, no encontré un motivo abarcador o satisfactorio. Es antibelicista, como la mayoría de los filmes de guerra, pero eso es poco o nada, es como decir que el cielo es azul. Quizás con el tiempo se volvió perimida, irrelevante, tonta. ¿Otro ejemplo de la maldad de las arenas del tiempo? No sé, pero si los tragos que le invitó Dean Martin a Montgomery Clift, después de cada día de trabajo, sirvieron para que este último olvidara por un rato sus penurias, no fue un film inútil. Porque esa “importancia” no hay Tiempo que se la quite.

Gustavo Monteros