viernes, 16 de febrero de 2024

Querido diario - Hoy: Past Lives - Of an Age


 

¡Bienvenidos a un nuevo año de Crónicas de cine!

Mientras duró el descanso, elegí películas para nuestras secciones habituales de Programa doble, Películas que ya tendría que haber visto o Películas con títulos de una palabra evocadoras de ciudades, países o accidentes geográficos, etc. Pensé también en nuevas secciones: 50 años no es nada (donde repasaría films que este año cumplen 50 años de su estreno, como Chinatown), Reverdeciendo laureles (en la que vería si algunos clásicos sigue vigentes o ya perecieron), El original y la copia (análisis de obras que tuvieron su remake feliz o desafortunada) o Al mal tiempo, feel-good movies (espacio para contrarrestar la deshumanización ya instalada o para celebrar la poca humanidad que nos queda, revitalizando costumbres perdidas, como la solidaridad, la generosidad, la amabilidad) Pero a medida que se acercaba el momento de concretar las ideas y sentarme a escribir, me dominaba un sentimiento de Déjà vu, de ya lo hice antes y mejor quizá, de para qué insistir. ¿Acaso se me habían pasado las ganas de hablar sobre cine? No, me contesté. Solo es hora de variar el ángulo, de correrse de las estructuras practicadas, de abandonar las rigideces a las que obligan las formas elegidas de ejercer este amor por la narración audiovisual. Se me ocurrió entonces intentar uno de los recursos más viejos: el clásico y confesional Diario. Allá vamos.

 

Diario de un cinéfilo desesperado en tiempos de oscuridades político-sociales

 

Las transculturizaciones me pudren. Me asusta que Halloween se instale o que la pérdida de raigambre cultural nos lleve a abrazar Acción de gracias. Pero suprema contradicción (¿a la Maryland?) San Valentín ya no me cae tan mal y San Patricio me seduce mucho. O sea, me perdono con aquello de Si no podés contra ellos, úneteles. Y como todo es compraventa y dado que no tenemos un mango que nos sobre, no intentan campañas agresivas para vendernos flores o bombones (algo complicado en tiempos de olas de calor) y se conforman con alentarnos a que celebremos nuestros San Valentines con cenas afueras que pueden ser con amigos si no tenemos parajes estables, en vías de serlo o palenques donde rascarnos. Eso sí, como siempre están vendiendo streamings varios, nos recuerdan hasta el hartazgo las películas de amor que tenemos disponibles en tal o cual plataforma. Yo, sin ir más lejos, enumeré el año pasado para estas fechas algunas de mis favoritas. ¿Tengo algunas nuevas para agregar a la lista?

 

De las que vi últimamente dos se me hicieron recuerdos recurrentes. Y bien que podrían haber terminado en la sección de Programa doble, porque las dos juegan con (para citar un clásico) Lo que no fue, pero bien pudo haber sido. Ellas son la nominada a dos Óscares 2024 (por Mejor Película Mejor Guion Original) Past Lives, escrita y dirigida por Celine Song con Greta Lee, Teo Yoo y John Magaro en los protagónicos y la no Oscarizada y un poquito más vieja, es del 2022, Of an Age, escrita y dirigida por Goran Stolevski con Thom Green y Elias Anton en los protagónicos.

 

En el comienzo de Past Lives vemos a la futura Nora y a Hae, dos chicos de 10 años en Seul, son compañeros de escuela, se complementan, se apoyan mutuamente y si no es el famoso primer amor, le pasa raspando. Pero la familia de Nora emigra a Canadá y la relación se suspende. Pasan 10 años y Nora que ahora está en Nueva York como dramaturga en ciernes, una noche jugando con su madre con las redes sociales descubre que Hae la anduvo buscando, le responde y se reencuentra por zoom. La relación reverdece, pero ante la imposibilidad de verse a la brevedad en persona, deciden darse un año sin comunicarse. Cuando este lapso haya pasado, unas cuantas cosas habrán pasado y llegado el momento de reencontrarse en persona, algunas cuestiones se han vuelto insalvables.

 

En Of an Age, estamos en el verano de 1999 en Australia, Kol (Elias Anton) un adolescente de 17 años tiene que participar en una competencia de ballroom con Ebony (Hattie Hook) una tarambana fiestera que despierta la tarde del concurso en una playa muy lejana de donde tienen que participar. Ebony le pide a su hermano mayor, Adam (Thom Green) que la pase a buscar. Y así Kol y Adam se conocen. Habrá idas y vueltas, y Adam y Kol pasaran una noche de amor. Pero, siempre hay un pero. Adam al día siguiente se va a estudiar a las antípodas. Se despiden para siempre jamás. Aunque 10 o 12 años más tarde, el casamiento de Ebony volverá a juntarlos. Pero el tiempo transcurrido y el océano de por medio habrán levantado barreras infranqueables, incluso cuando el amor siga tan vivo como en aquella noche fundacional.

 

Estas dos historias juegan con el esquema de Romeo y Julieta. Las circunstancias de las dos familias enfrentadas son sustituidas por elecciones profesionales, ambiciones personales y destiempos desafortunados. Pero lo más corrosivo y con lo que nos identificamos es con la idea de lo que pudo haber sido. Todos tenemos historias inconclusas que pudieron haber tenido derroteros con los que solo podemos fantasear. La vida nos llevó para otros lados, para otros brazos, para otros destinos. Sin embargo, en noches de insomnio o en esperas en los que la mente divaga, nos preguntamos y si…

 

Past Lives y Of an Age son historias conmovedoras que acompañan y se vuelven imperecederas. Y nada expresa su pernicioso sustrato como la letra de esta canción de Stephen Sonheim que canta el personaje Benjamin Stone en Follies

 

The road you didn’t take

 

You're either a poet

Or you're a lover

Or you're the famous

Benjamin Stone

 

You take one road

You try one door

There isn't time for any more

One's life consists of either/or

One has regrets

Which one forgets

And as the years go on

 

The road you didn't take

Hardly comes to mind

Does it?

The door you didn't try

Where could it have led?

 

The choice you didn't make

Never was defined

Was it?

Dreams you didn't dare

Are dead

Were they ever there?

Who said?

I don't remember

I don't remember

At all...

 

The books I'll never read

Wouldn't change a thing

Would they?

The girls I'll never know

I'm too tired for

 

The lives I'll never lead

Couldn't make me sing

Could they?

Could they?

Could they?

 

Chances that you miss

Ignore

Ignorance is bliss—

What's more

You won't remember

You won't remember

At all

Not at all...

 

You yearn for the women

Long for the money

Envy the famous

Benjamin Stones

 

You take your road

The decades fly

The yearnings fade, the longings die

You learn to bid them all goodbye

And oh, the peace

The blessed peace...

At last you come to know

 

The roads you never take

Go through rocky ground

Don't they?

The choices that you make

Aren't all that grim

 

The worlds you never see

Still will be around

Won't they?

The Ben I'll never be

Who remembers him?

El camino que no elegiste

 

O sos un poeta

O sos un amante

O sos el famoso Benjamin Stone

 

 

Tomás un camino

Abrís una puerta

No hay tiempo para nada más

La vida consiste en es esto o aquello

Uno tiene arrepentimientos

De los que se olvida

A medida que pasan los años

 

El camino que no elegiste

Apenas si te lo acordás

¿No?

La puerta que no abriste

¿Dónde te pudo llevar?

 

La elección que no hiciste

Nunca se definió

¿No?

Los sueños a los que no te atreviste

Están muertos

¿Alguna vez existieron?

¿Quién dijo qué?

No me acuerdo

No me acuerdo

Para nada…

 

Los libros que nunca leíste

Nada cambiaron

¿No?

Las chicas que nunca conocerás

Porque estoy cansado para hacerlo

 

Las vidas que no vivirás

No te hubieran hecho cantar

¿No?

¿No?

¿No?

 

A las oportunidades perdidas

Ignóralas

La ignorancia es felicidad

Lo que es más

No te acordarás

No te acordarás

De nada

Absolutamente nada…

 

Añoraste mujeres

Anhelaste dinero

Envidiaste a los famosos

Benjamin Stone

 

Tomás un camino

Las décadas vuelan

Las añoranzas se apagan, los anhelos mueren

Aprendés a despedirte de todo eso

Y, ah, la paz

La paz bendita

Por fin la llegás a conocer

 

Los caminos que nunca elegiste

Van por terreno pedregoso

¿No?

Las elecciones que hiciste

No son todas siniestras

 

Los mundos que nunca verás

Todavía andarán por ahí

¿No?

El Ben que nunca serás

¿quién se acuerda de él?

 

 

Stephen Sondheim

Traducción de quien les habla

 

Gustavo Monteros



viernes, 24 de noviembre de 2023

Desensillar hasta que aclare

 Hola

Iba a tomarme las vacaciones anuales desde el viernes 8 de diciembre, pero voy a adelantarlas un par de semanas. Para los que no viven en Argentina y no son de seguir la agenda política de cada país, les cuento que el domingo 19 de noviembre, la ultraderecha se hizo con la presidencia de la república. Si bien puedo divorciarme de la realidad y abstraerme en la escritura sobre cine, prefiero no hacerlo si tengo la oportunidad. El fondo de mi mente no dejaría de estar abarcado por la preocupación de toda la incertidumbre que se nos viene encima. Por eso mejor desensillar hasta que aclare. ¡Felices fiestas! Nos reencontramos por el día de San Valentín. ¡Y que no nos quiten lo conseguido!

Gustavo Monteros

viernes, 17 de noviembre de 2023

Lo que ya tendría que haber visto - Hoy: Mi familia y otros animales


 

En el mundo hay muchas películas, demasiadas quizás, y no hay cinéfilo que haya visto todas las que hubiera querido ver. Por motivos distintos, guarda algunas para otra ocasión. Hasta que la lista se le vuelve tan voluminosa como una novela de Tolstoi. Entonces, cuando puede, comienza a disminuir la selección, no sea cosa que se le haga una enciclopedia de varios volúmenes.

Esta sección no se llamará Lo que no fue ni Lo que el viento se llevó sino Lo que ya debería haber visto.

 

Hoy: My Family and Other Animals

Los pueblos cargan una idiosincrasia mítica y falaz, basada en supuestas observaciones objetivas, que si tuvieron algún fundamento fue más efímero que el famoso pedo en la canasta. Y así se dice, peyorativa y estereotipadamente, que los italianos son vocingleros y expansivos, que los franceses son antipáticos y poco amigos del baño, que los alemanes son fríos y carecen de humor, que los argentinos son charlatanes y ventajeros y así.

 

De los ingleses se dicen que son recatados, convencionales, inexpresivos. Esta caracterización se da de bruces con la celebración permanente de los ingleses de la excentricidad. Su historia y literatura rebosa de excéntricos, anticonvencionales, excepciones a la norma. Y si bien ya venían raritos desde los albores, en el siglo XX en cine, teatro, música, moda y literatura fueron el colmo. Y la familia Durrell no fue la excepción. Y para dejarlo en claro, al revés de las familias encumbradas por genios que por regla ostentan uno por árbol genealógico, los Durrell tuvieron dos y ¡en la misma generación!: Gerald y Lawrence.

 

Lawrence es el autor del Cuarteto de Alejandría (Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958), Clea (1960)) y por lo tanto un novelista insoslayable en la historia de la literatura mundial del siglo XX. Gerald fue un divulgador científico de la zoología, un conservacionista y ambientalista único. Su obra científica es medular y si bien ya no se usa observar en cautiverio, su amor por todas las especies animales es tan encomiable como inevitable. Yo, por el contrario, no soy ningún San Roque. Amo a los perros, pero tal predilección no me convierte en adicto al Animal Planet o la National Geography, lejos de ello. Por eso de todas las animaladas de Gerald Durrell, amo su obra literaria, en especial su trilogía de Corfú. (Mi familia y otros animales (1958), Bichos y demás parientes (1969), El jardín de los dioses (1978))

 

Y de las tres, me llevo de respuesta la primera a la pregunta trasnochada de qué libro te llevaría a una isla desierta (me llevaría también Cien años de soledad de Gabo García Márquez y la Santa Juana de Bernard Shaw, pero esa es otra historia). El libro de Gerald Durrell es rico, sustancioso y de una humanidad regocijante.  Y más que admite, invita a adaptaciones teatrales y cinematográficas.

 

Al cine propiamente dicho, todavía no llegó, pero a la pantalla chica, sí y en tres oportunidades. En 1987 como una miniserie de 10 episodios de media hora. En 2005 como una película para la televisión (de la que nos ocupamos aquí) y entre 2016 y 2019 la trilogía de Corfú completa se adaptó como una serie llamada The Durrells y tiene 26 episodios de entre 40 y 50 minutos.

 

A mi desvelaba la película, más que nada por el elenco envidiable. La matriarca de la familia, una mujer de decisiones súbitas, es Imelda Stauton, el hermano mayor, el novelista Lawrence en ciernes, aquí presentado solo como Larry, es Matthew Goode, la hermana que le sigue, Margot, una veinteañera que despierta al sexo es Tamzin Merchant, el hermano que sigue, Leslie, un adolescente fascinado con las armas de todo tipo es Russell Tovey y como el niño Gerald, el futuro experto en animales como tales y los llamados humanos, Eugene Simon. Todos se entregan al juego de interpretar estos más que peculiares individuos con encomio y delicia, y lo bien que hacen porque las aventuras, que se desarrollan un ratito antes de que se declare la Segunda Guerra, tienen su gracia, hay escenas logradísimas y a todos les dieron líneas desopilantes, además disfrutan el privilegio de filmar en la mismísima Grecia. Dirigió Sheree Folkson y el guion es de Simon Nye.

 

La guardé para un día de lluvia y como la ultraderecha preanuncia tormentas, la vi y cumplió su cometido, durante una hora y media, me olvidé de las amenazas que nos acucian.

Gustavo Monteros

 

viernes, 10 de noviembre de 2023

Lo que ya tendría que haber visto - Hoy: Shanghai Surprise


 

En el mundo hay muchas películas, demasiadas quizás, y no hay cinéfilo que haya visto todas las que hubiera querido ver. Por motivos distintos, guarda algunas para otra ocasión. Hasta que la lista se le vuelve tan voluminosa como una novela de Tolstoi. Entonces, cuando puede, comienza a disminuir la selección, no sea cosa que se le haga una enciclopedia de varios volúmenes.

Esta sección no se llamará Lo que no fue ni Lo que el viento se llevó sino Lo que ya debería haber visto.

 

Hoy: Shanghai Surprise (Jim Goddard, 1986)

Corría el año 1986. Madonna y Sean Penn eran la pareja más perseguida por los paparazzi. Sean Penn ya había hecho Picardías estudiantiles (Fast Times at Ridgemont High, Amy Heckerling, 1982) y La traición del halcón (The Falcon and the Snowman, John Schlesinger, 1985) y Madonna ya había vendido millones de discos con Like a Virgin, 1984 y Material Girl, 1985.

 

Por entonces el exBeatle, George Harrison, comandaba una productora de cine, Handmade Films, y le acercó a Sean Penn el guion de John Kohn (El coleccionista / The Collector, William Wyler, 1965, Caprice (Frank Tashlin, 1967), Theatre of Blood / El mercader de la muerte, Douglas Hickox, 1973) y Robert Bentley (primer y único guion, ya que no volvería a intentar escribir otro) sobre la novela Faraday’s Flowers de Tony Kenrick, que había sido un best-seller en 1978.

 

Madonna y Sean Penn leyeron el guion y Madonna quedó muy entusiasmada, tanto que se ofreció para ser la coprotagonista. Hasta ahí todo era mieles y rosas, ¿qué podía salir mal? Todo.

 

Los exteriores se filmarían en Macao. El idioma fue la primera barrera infranqueable, los técnicos hablaban una variante del chino y no se conseguían suficientes traductores. Hubo una intoxicación por una comida. Se descubrieron nidos de ratas debajo de los bungalós de actores y técnicos. Sean Penn se agarraba a las piñas con los fotógrafos que lo perseguían y consideraba que todas las decisiones del director, Jim Goddard, eran erradas. George Harrison voló desde Londres a apaciguar los ánimos. Sin éxito.

 

Madonna estaba disgustada porque Harrison que se ocupaba de todas las canciones del film no la había invitado a participar en ninguna. (De las cinco que Harrison compuso, una, la del título, necesitaba una voz femenina y optó por Vicki Brown).

 

Harrison opinaría después que fue el peor rodaje del que participó (se lo ve un segundo como el cantante de un club nocturno en una escena), que Sean Penn era un grano en el culo y que Madonna podía ser una persona fabulosa a la que le faltaba una buena dosis de amabilidad. Madonna a su vez dijo que Harrison le había dado unos buenos consejos sobre como tratar a la prensa, pero nada sobre cine, porque de eso no sabía nada. Harrison concluyó que filmaban una comedia de acción, género para el que se necesita levedad y buena predisposición, aunque en el plató solo había tensión, disgusto y animosidad.

 

De todos modos, queda claro cómo tendría que haber sido. El argumento se desarrolla en el Shanghai de 1937 durante la ocupación japonesa. Dos misioneros, el reverendo Burns y Gloria Tatlock (Madonna) le piden al aventurero, Glendon Wasey (Sean Penn) que averigüe cómo contactarse con cierto hombre que puede estar en conocimiento del paradero de un cargamento de opio que podría aliviar el sufrimiento de los heridos de guerra. Una cosa lleva a la otra y las aventuras se suceden. Hay claras situaciones de comedia (actuadas horriblemente por los dos protagonistas y bien por los actores secundarios), buenas líneas (que el dúo estelar desaprovecha) y un interesante y vistoso nivel de producción. Alguien dijo con justeza que era un argumento como para una película de la Warner Bros de los cuarenta, con un romance que permite algo de sofisticación en un ambiente exótico, sobre el que se puede fantasear extravagancias a gusto, sin ningún asidero en la realidad cultural del lugar.

 

La película fue un estrepitoso fracaso artístico, comercial y de crítica. Fue seleccionada como lo peor del año en los espacios que se dedican a distinguir bodrios notables.

 

En la Argentina se la exhibió muy brevemente y se la comercializó con el acento en la cantante, tanto así que se la rebautizó como Las aventuras de Madonna en Shanghái. En su momento yo me la perdí y me quedaron siempre las ganas de comprobar si era tan mala.

 

Vista hoy, es más fallida que mala. No hay química entre Madonna y Penn, actúan mecánicamente, a reglamento, con la cabeza en mejor que se acabe de una vez, que en cualquier morbo creativo. En el fondo una pena. Había buen material de partida, en otras manos, en otro momento se habría logrado una buena comedia. Oportunidad perdida definitivamente. En general, los proyectos malditos no se retoman. (Hay excepciones, Doctor Dolitle (Richard Fleischer, 1967), por ejemplo)

Gustavo Monteros

 

viernes, 3 de noviembre de 2023

Programa doble - Hoy: Cassandro - La revanche de Crevettes Pailletées



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Cassandro – La revanche des Crevettes Pailletées

 

Parece que esto de aceptarse no es de una vez y para siempre como quieren hacer creer los manuales de autoayuda, sino más bien un work in progress con afirmaciones si no cotidianas, al menos más que frecuentes. Incluso si se vive con la lógica de las aves del paraíso, algo que requiere de una producción diaria. Saúl, el futuro Cassandro (Gael García Bernal) si acaso estuvo en el closet fueron los minutos que le tomó comprender para donde iban sus deseos e identificaciones. Tiene con su madre, Yocasta (Perla De La Rosa) un negocio de limpieza, planchado y costura de ropa. Ella lo acepta sin dobleces y él la admira hasta imitarle la torpeza de enamorarse de hombres casados que nunca reconocerán que están en relación con ellos. De su padre, Eduardo (Robert Salas) heredó la afición por la lucha libre, que practica en forma amateur, con la esperanza de que lo acepte como luchador, ya que no puede hacerlo ni como hijo ni menos que menos homosexual. Como no es un grandote con cuerpo de estibador, es el que siempre pierde. Para mejorar y tener derecho a ganar, toma clases con una luchadora profesional, Sabrina (Roberta Colindrez) que como casi todo el mundo de la lucha le insiste que sea un exótico, una versión queer del luchador, porque el ambiente de la lucha será machista, pero admite al menos el reconocimiento de la disidencia sexual o de género. Saúl, el futuro Cassandro, no quiere saber nada de convertirse en un exótico, porque si bien se lo admite diferente, no se le reconoce mérito, es el que pierde de hecho y al que se humilla por su diferencia. Pero Saúl tendrá una revelación que le permite ser Cassandro, su alter ego exótico: la vieja y querida lógica de Rocky 1, el campeón moral, el que si el mundo fuera justo debería ganar, el perdedor orgulloso que se gana el aplauso y el corazón del público.

 

Cassandro (Roger Ross Williams, 2023) se basa en situaciones y personajes reales, ligeramente acomodados para que entren en el formato ficcional clásico, o sea el de  introducción, desarrollo y final. Y es la confirmación de una verdad tan evidente que solemos pasar por algo, que Gael García Bernal es un actor más que grande prodigioso. Es dueño de un talento natural que no subraya, sino que vive con frescura. A lo largo de una ya extensa carrera ha hecho cosas dificilísimas sin la ostentación ni la alharaca, que desatan críticas superlativas y profusión de reconocimientos. No, él simplemente actúa con la fluidez con la que se juega. La película se conoció lejos de la temporada de premios que está por empezar. Sería lindo y justo que no se olvidara su impecable caracterización ni se la pasara por alto, que esté en las nominaciones para los premios más rimbombantes y que se gane más de uno. Ya es hora de que se lo ubique donde le corresponde, entre los inmensos.

 

Vuelven los camarones con purpurinas. Para los que no tengan ni noticia de lo que estamos hablando, les cuento que son un equipo gay de water polo, que en la ahora película 1, Les Crevettes Pailletées (Maxime Govere-Cédric Le Gallo, 2019) eran entrenados por un coach profesional en castigo por su homofobia. Y el hombre aprendió tanto a respetarlos que ahora en opus 2, La revanche de Crevettes Pailletées (Maxime Govare, Cédric Le Gallo, 2022) es su entrenador no por obligación, sino por elección.

 

Van camino a los Gay Games de Tokio, pero se ven conminados a hacer una escala en una región particularmente homofóbica de la madre Rusia. Y mientras los entuertos se anudan y desatan, aprenderemos que estos paladines del anticloset, guardan demasiados secretos para ser los autoproclamados héroes de una muy cacareada libertad.

 

Está el dispuesto a todo el sexo que quieras, pero a ningún compromiso afectivo, está el que es heterosexual pero que ha fingido ser gay para no ser rechazado, está la pareja con hijos, con uno quiere equiparar a los gustos y formas de las parejas heterosexuales burguesas, con cenas con dígalo con mínima, mientras el otro se aburre soberanamente en silencio y extraña el desenfreno gay de beber y bailar a lo grande, está el que no puede hacer el duelo y anda como si ya estuviera hecho, está el nuevo que no puede admitir que es más gay que una marcha de orgullo, está la chica trans que aspira contra toda cordura por el premio mayor, seducir al entrenador hetero, que respeta y gusta de su femineidad, pero nada más, está el zurdo que oculta que su pareja tiene más dinero que jeque petrolero no sea cosa que se burlen de su ideología. Y así.

 

Estos camarones repiten la magia inaugurada en la primera aventura. Cuando empieza son casi una caricatura plana y chata, puro estereotipo, pero de a poco van ganando carnadura y terminan por tener más profundidad y sutilezas que novela de Henry James. Sin perder nunca el tono de comedia por más que afloren los dramas más puros.

 

En estas dos películas, no hay gays intentando ser aceptados en un ambiente deportivo mayoritariamente machista como el fútbol, el box y otros. No andan pidiendo permiso ni extensión de la aceptación. Pero aprenden a deletrear una de las verdades del universo: para ser respetados, primero hay que respetarse. En definitiva, la aceptación no es cosa de un día, es de todos.

Gustavo Monteros

viernes, 27 de octubre de 2023

Programa doble - Hoy: Excelentísimos cadáveres - Todo modo



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Excelentísimos cadáveres – Todo modo

 

Excelentísimos cadáveres (Cadaverice eccellenti, Francesco Rossi, 1976) se abre con un hombre viejo, de aspecto saludable, bien vestido que visita las catacumbas de Palermo. Observa con atención las momias. La cámara con llamativa insistencia procura dar hasta los detalles más insignificantes de los embalsamamientos. Como si con estos acercamientos obsesivos pudiera descubrir alguna verdad que ocultan. El hombre sale y en la calle es asesinado. Sabremos de inmediato que era un Juez de Instrucción.

 

La investigación del crimen recae en el Inspector Rogas (Lino Ventura), un casi infalible sabueso policial. Como es de manual comienza a investigar a la víctima, para saber si existen motivos que pudieron llevar a el o los asesinos a matarlo. Descubre fortunas no declaradas y otros indicios de corrupción. El jefe de policía rompe estas pruebas y le dice que no investigue más por ese lado y se concentre en hallar a los criminales.

 

Otros dos jueces son asesinados y Rogas halla que los tres constituyeron alguna vez un tribunal con fallos contra inocentes. Uno de los cuales pudo haberlos matado.

 

Debido a que algunos jóvenes pelilargos fueron vistos huyendo de los escenarios de los dos últimos crímenes, los jefes de Rogas deducen que los autores sin duda pertenecen al área más radicalizada del Partido Comunista y lo instan a que escarbe por ese lado. Rogas persiste en una investigación clásica que lo llevará hasta el Presidente de la Primera Corte (Max von Sydow), el ministro de Justicia (Fernando Rey) y un experto en escuchas ilegales (Renato Salvatori).

 

En definitiva, nada es lo que parece y en términos formales cuando el jefe de Policía destruyó las pruebas incriminatorias del primer juez asesinado, Rogas debió irse, porque el poder al resguardarse se volvió inexpugnable y lo que siguiera solo podía ser un juego político de idas y vueltas para justificar la consecución y dominio de una facción dominante, la de siempre, la que entroniza injusticias para los de abajo y beneficios para los de arriba.

 

Y la cámara como al principio con las momias, se ha acercado al misterio obsesivamente, no al de quién o quiénes son los asesinos, sino al de los entresijos del poder.

 

En Todo modo (Elio Petri, 1976) el país (se presupone que es Italia) está asolado por una pandemia, camiones con altavoces recomiendan que toda la población se vacune, se ven centros de vacunación ambulantes a los costados del camino por donde va el líder M (Gian Maria Volonté) a un retiro espiritual en una especie de spa religioso. El lugar es frío, lúgubre, oscuro y geométrico.

 

Asisten también al retiro, partidarios y opositores al partido que lidera M (se dice que el personaje encubre a Aldo Moro). En sus aposentos lo espera su esposa, Giacinta (Mariangela Melato) quien se supone no debía acompañarlo y no porque en el retiro no haya mujeres, las hay, pero pertenecen a la oligarquía encumbrada, a las familias patricias, a las herederas de la industria.

 

El retiro es dirigido por un cura, Don Gaetano (Marcello Mastroianni) que por lo que se entrevé tuvo con M una relación borrascosa en la que quizá hasta hubo sexo. M está en una crisis personal y política. Se lo presenta como un hombre débil, inseguro, maniobrable, de convicciones quebradizas, acomodaticio, volátil y muy amanerado.

 

Don Gaetano, en cambio, es un hacedor de reyes al que le hubiera gustado ser rey. Sabe lo que quiere y cómo lograrlo, a cómo dé lugar, con todas las manipulaciones del caso. Es que el poder de M está en un estado de transición, y la pandemia les viene al pelo, para barajar y dar de nuevo.

 

Si M quiere seguir a cargo del gobierno, las cosas se repartirán de otro modo, de ahí que seguidores y opositores, más representantes del clero, de la industria, la banca, y demás están aquí para decidirlo, moderados o más bien guiados por Don Gaetano.

 

Pero una muerte aquí y allá alterarán el encuentro. Y como por más poderosos que sean deben respetar las instituciones, o al menos aparentarlo, aparecerá un comisario (Renato Salvadori) para llevar a cabo la investigación. Algo inútil porque los cadáveres se apilarán en profusión incontenible. ¿El poder se desmiembra? No, solo se quita el lastre.

 

El título Excelentísimos cadáveres hace referencia al juego inventado por Breton (un papel es plegado en varias partes, cada jugador dibuja una parte del ser humano en su porción, sin ver lo que han dibujado los anteriores, cuando todos los jugadores hayan concluido, se despliega el papel y se ve el resultado, que no puede ser sino monstruoso o al menos muy peculiar) y a los cadáveres de los altos magistrados que no pueden ser sino excelentísimos, como el apelativo que recibieron en vida)

 

El título Todo modo hace referencia a una cita de San Ignacio de Loyola respecto a lo que es la espiritualidad en el ser humano: "Todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocalmente y mentalmente y de otras espirituales operaciones que preparan y disponen al alma a quitar de sí todas las afecciones desordenadas y después de quitadas buscar y hallar la divinidad, voluntad en la disposición de su vida para la salud del alma".

 

Estas dos películas, un thriller con ingredientes, una, una sátira devastadora, la otra, se basan en novelas de Leonardo Sciascia, Il contesto / El contexto (1973), la primera, y en la homónima de 1974, la segunda.

 

Leonardo Sciascia (1921 – 1989) fue uno de los autores italianos ineludibles del siglo XX.

 

Fue maestro, periodista, concejal, diputado. Comenzó con novelas neorrealistas que atacaban a la mafia, que por entonces era vista folklóricamente, visión que eludía la organización delictiva y la presentaba como una cofradía que defendía el honor y hacía justicia por mano propia, de manera expeditiva para sortearse la lentitud de la ley.

 

Sciascia desnudó el procedimiento mafioso de cómo enquistarse en el poder institucional, corrompiendo a los funcionarios, para así vaciarlo de eficacia y someterlo a las necesidades de la “organización”, estimulando el silencio de todos como medida de supervivencia, hasta erigirse en la única autoridad confiable, un estado paralelo al Estado, que no desea subvertirlo sino vivir desangrándolo sin matarlo del todo.

 

Las primeras novelas de Sciascia plantean víctimas y culpables. En las siguientes se desinteresó de los culpables y comenzó a indagar en las estructuras que permiten que el crimen tenga lugar, lo que subyace en el poder, lo que lo construye.

 

Y estas dos películas que vimos se nutren en esa idea, no importa determinar quienes mataron sino por qué y en nombre de quién. Son indagaciones sobre la esencia del poder.

 

Más adelante en su carrera, Sciascia confesó carecer de imaginación para plantear tramas atrapantes y desempolvó viejos expedientes sobre casos policiales o judiciales célebres por sus peculiaridades.

 

Y en este viaje al pasado, cuestionó lo que se sabía (tal hizo qué y mató a quién) y dio por válido lo que no se sabía y esta inversión del modo de trabajo habitual, desmoronó la construcción dada por válida y produjo conjeturas que desnudaban las solideces que erigen el poder.

 

Nos aclara Diego Ameixeiras: “Como Borges, por el que sentía una profunda admiración, Sciascia creía por encima de todo en la literatura. «Nada de sí mismos ni del mundo entienden la generalidad de los hombres si la literatura no se lo explica». «La literatura es la forma más absoluta que puede asumir la verdad». Bajo estas afirmaciones, reiteradas frecuentemente en sus textos, late una certeza hermenéutica: la de que la verdad, cuya madre es la historia (Borges), tiene que ver menos con lo sucedido que con nuestra interpretación de lo sucedido. Los hechos son los que son, pero la interpretación de los hechos depende de muchos factores, empezando por nuestros prejuicios. Justamente porque las cosas son así es por lo que la literatura constituye uno de los lugares privilegiados de la verdad. «Literatura» quiere decir aquí narración congruente, búsqueda de sentido. Puede tratarse de la Biblia, la Historia de la caída y decadencia del Imperio Romano o La cartuja de Parma. «No es la literatura lo que es fantasía —escribe en El caso Moro—, sino la realidad tal como es tomada y sistematizada por el poder».”

 

 

Volviendo a nuestras películas, Excelentísimos cadáveres y Todo modo nos hablan de la claridad del cine italiano para plantearse problemas candentes mientras bullían y se desarrollaban. No esperaron a tomar distancia, a tener una perspectiva. Los miraban de frente y los analizaban. Una urgencia ejemplar que hoy deviene envidiable.

 

Volviendo a Sciascia, creo que hoy en que las derechas vuelven a engendrar fascismos, hay que volver a leerlo, analizar sus conclusiones e ir más allá. Hoy las circunstancias son otras, A las que él conoció se suman las más evidentes la derivación de la universalización del capitalismo en internet, redes sociales, interconexión universal en segundos, etc., pero el Poder es el mismo. Y hay que encauzarlo, equilibrarlo, para que no nos destruya a todos. A menos, claro está, que se nos ocurra una sustitución viable, algo muy difícil, llevamos unos cuantos siglos de historia del hombre y no se nos ha ocurrido nada.

 

Otro factor une a estas dos películas: la censura durante la dictadura. Hasta la disolución del Ente Calificador con el advenimiento de la democracia, ambas estuvieron prohibidas. Se sabe que un distribuidor presentó ante el Ente una copia de Excelentísimos cadáveres para su consideración. Se estima que el hombre o era muy despistado o no la había visto, suponiéndola un thriller más, de los que hacía con frecuencia por entonces Lino Ventura. La copia jamás salió del Ente.

 

Todo modo se pudo exhibir caída la dictadura. Limitadamente. Siempre fue muy difícil de ver. Es angustiosa, asfixiante, demandante y alejada del tiempo en que fue concebida, sabrá Dios qué les decía a los espectadores de la recién advenida democracia argentina.

 

Excelentísimos cadáveres jamás se estrenó en cine. Resurgió en el auge del video club primero y en la proliferación del cable, después.

 

Si se gusta del cine político o del cine provocador o que alimenta debates o ideas alternativas, estos dos ejemplos de pararse ante el mundo son de visión imprescindible.

 

Ah, las une también que, en las dos, Renato Salvatori hace un papel secundario.

Gustavo Monteros

 


viernes, 20 de octubre de 2023

Programa doble - Hoy: Celda 211 - Modelo 77







Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Celda 211 – Modelo 77

 

¿Para qué sirve la cárcel? No, mejor dicho: ¿para qué debe servir la cárcel? ¿Para purgar la condena sobre lo que sea que se haya hecho, recapacitar y salir y reinsertarse en la vida en sociedad? ¿Para castigo ejemplar y así someter al culpable a las más abyectas condiciones de vida, a las más aberrantes humillaciones, a que sufra en carne propia una equivalencia al dolor y pérdida que por su accionar hubiera podido provocar? ¿Algo en el medio, un poco de sufrimiento al inicio de la condena y superación y reflexión antes de la liberación?

 

En este país, en este momento las condiciones carcelarias son temibles. Hacinamiento, mugre, políticas erráticas, falta de direccionamiento de lo que se quiere lograr con los presos, humillación, degradación, fomento de la reincidencia en el delito. El capitalismo ha convertido el crimen contra la propiedad en el peor delito, inclusive uno peor que el asesinato. En un altísimo porcentaje los presos cumplen condenas por robo, estafa, fraude. Y nadie se pregunta por qué hizo lo que hizo. No sea cosa que haya que contestarse: por hambre, por mala distribución de los ingresos, por falta de equidad en las posibilidades para ascender socialmente, por desesperación.

 

En esta supuesta tendencia global hacia la derecha y la ultra derecha, ante un robo a uno o a alguien muy cercano, la víctima vocifera que al culpable habría que meterlo en cana de por vida, porque eligió delinquir en vez de trabajar de algo, ofreciendo el servicio de limpiar o cortar pasto, aunque más no sea. Nadie se pregunta qué pudo haber llevado al ladrón a robarme, ponerse en el lugar del otro es una postura humanista que se ha perdido. Ante el delito violento con muerte de alguien muy cercano, es lógico y humano que se pida venganza, la retribución ojo por ojo. Pasado el duelo se verá qué clase de retribución para paliar la pérdida irreparable quieren los deudos.

 

Pero los medios, en su afán de justicia mediática, valga la contradicción en términos, no dejan que nadie haga el duelo, alimentan el fuego del dolor y hacen que los deudos exijan lo que el rating más disfruta: sangre, martirio, revancha. La noción de accidente está perdida, hay, por ejemplo, solo asesinos al volante. Como si todo el resto de la sociedad, menos el atropellador vial en cuestión, esté exento de provocar accidentes luctuosos.

 

Y, sin embargo, incluso los exégetas de la violencia, de los castigos ejemplificadores, de la reducción de la imputabilidad a las edades de jardín de infantes se les caen las medias cuando los llevan de paseo a una cárcel. Ni el cínico más curtido permanece incólume ante lo que se ve. Lo que atestiguan no se lo desearían ni al peor de los enemigos.

 

Con los vociferantes de las penas capitales pasa algo similar cuando se les pregunta al estar tan convencidos de matar al congénere, si llegado el caso conformarían un pelotón de fusilamiento y si darían el tiro certero, o peor, el tiro de gracia, si accionarían la trampa del patíbulo, si bajarían la palanca de la silla eléctrica, si administrarían la inyección letal. La respuesta es siempre un silencio culposo.

 

Como sea, la cuestión de que para qué es la cárcel sigue sin discutirse y el horror de las prisiones se propaga como si no le importara a nadie. Bueno, a nadie no. A los presos y a los parientes de los presos les importa. Y a veces se hacen oír. De la peor manera, que es la única que les dejan, la que ya no se puede ignorar.

 

En un lapso de tiempo más o menos cercano, dos películas españolas se plantearon la situación de las prisiones.

 

Primero fue Celda 211 (Daniel Monzón, 2009). Juan Oliver (Alberto Ammann) un oficial muy celoso de su trabajo, tanto que el día anterior a asumir su puesto en la prisión, va de visita a la misma, para que sus futuros compañeros le informen lo que le espera, cómo se trabaja, etc. Mientras le hacen la visita guiada, se desata un motín y Juan, que es un sobreviviente de aquellos, al no poder escapar, se hace pasar por un preso recién llegado. El jefe del motín es el rey sin corona de la cárcel, Malamadre (Luis Tosar en uno de sus más hipnóticos papeles).  Y como ya lo dijo el bueno de Shakespeare que “inquieta vive la cabeza que lleva la corona”, Juan comprende que nada lo pone más a salvo que convertirse en lacayo, consejero, asesor de Malamadre.

 

La trama se despeña a una velocidad de catarata y disimula, o más bien, hace olvidar que el guion se basa en una obra de teatro, que se agita en el más puro melodrama. Y como el melodrama es binario a más no poder, de un lado están los buenos, o sea las víctimas, aquí los presos y del otro lado, los malos, o sea los victimarios, en este caso todo el resto de la sociedad, con la vanguardia de ministros, jefes de cárceles, guardias, asistentes sociales, médicos, abogados y especialistas en crisis.

 

Y para que no sea todo tan básico, tan blanco y negro, están los grises, o sea los traidores, o los débiles, si se los mira con piedad, los que informan a las autoridades a cambio de alguna mejora en la condena o en las condiciones del día a día. Y ya se sabe, el traidor solo es fiel a sí mismo, y puede traicionar para este lado y para el opuesto.

 

Y como el melodrama español ha aprendido a tenerse mucha fe y nada de vergüenza es capaz de ir a los extremos más extremos, con vueltas de tuerca tan manipuladoras, que hasta el más ingenuo se da cuenta, pero todos nos hacemos los distraídos, porque la desvergüenza y la convicción en lo que se cuenta apasiona y arrastra hasta el más superado, que terminado el cuento dirá: no me tragué el anzuelo, pero bien que no se retiró ofendido y se quedó hasta el final.

 

El autor de la idea, de la obra y su novelización, o al revés, no sé, las dos existen, obra y novela, y no supe cuál vino primero, o sea Francisco Pérez Gandul, y sus compañeros coguionistas, Jorge Guerricaechevarría y Daniel Monzón, con mucha astucia le dan a Malamadre más sutilezas que a diplomático chino, entonces puede que este personaje no dude en matar cruentamente, pero a la vez tiene más moral, ética (o la definición que más les guste) que otros que se creen impolutos e intachables. Uno, en la vida común y corriente puede que no lo quiera ni de vecino de las antípodas, pero en una crisis, se lo quiere al lado y de esta parte.

 

Como bien nos enseñó Dante en La divina comedia, para visitar el Infierno se necesita un Virgilio, o sea un cicerone. Y como las películas de prisiones son una visita al infierno, el guion requiere de un personaje introductorio al mundo a describir. En la anterior era el guarda celoso atrapado en el motín. Aquí, en Modelo 77 (Alberto Rodríguez, 2022) es un joven preso, Manuel (Miguel Herrán) un contador acusado de desfalco que espera una sentencia que puede ser de diez años (comprobamos otra vez que los delitos al capital son imperdonables)

 

Según parece el pobre es inocente de toda inocencia, le hizo un favor al hijo del dueño, que al verse apretado por su padre hizo recaer la responsabilidad en Manuel. El pobre cree que puede conservar el traje caro con el que fue aprehendido. Tarde y de la peor manera comprenderá su error.

 

La cárcel es un mundo con sus propias leyes y el que no se adapta a ellas, sucumbe. Su entereza y rebeldía lo pondrán en contacto con una organización de presos que lucha clandestinamente por mejoras al sistema. Un preso veterano, Pino (Javier Gutiérrez) con el que comparte la celda lo interpelará con su cinismo.

 

Habrá idas y vueltas y Pino terminará convencido de que pertenecer a la organización quizá sea el camino. Habrá más idas y vueltas y no, la organización no es la salida. Pino y Manuel sobreviven a duras represalias y Pino convence a Manuel que la única salida, valga la redundancia, es el escape. ¿Lo lograrán?

 

Como su título lo indica, la acción transcurre a finales de los setenta y se basa en circunstancias que fueron reales, como la organización de presos, pero el film hace una reelaboración y lo que se cuenta se parece a la realidad más que por “pura coincidencia” de puro milagro. Los destinos de Pino y Miguel están sujetos a tantas vueltas de tuerca melodramáticas que son difíciles de pasar por reales. Sin embargo, la convicción del guion y del director las vuelven “creíbles” por aquello de “se non è vero, è ben trovato” (si no es cierto, está bien armado/contado/compuesto) La verosimilitud no denota verdad sino plausibilidad.

 

Los españoles pueden que se vayan bien al carajo a la hora de contar, pero mientras dura el cuento nos tienen agarrados de las bolas y no podemos apartarnos ni si nos pagan fortunas. Después, despabilados, decimos sí, pero manipulan mucho. Lo que es decir nada, porque todo cuento es manipulación. Y a la hora del cuento, lo que cuenta (valga la aliteración) es el entretenimiento. Y en eso, no hay con qué darles.

Gustavo Monteros

 

viernes, 13 de octubre de 2023

Programa doble - Hoy: La historia de Irene y Vernon Castle - La magia de tus bailes



 


Ellos llaman “a match made in Heaven”, lo que nosotros decimos “nacidos el uno para el otro” Aunque sea algo decidido por el Cielo o por los designios de las fuerzas inmanentes del Universo, la idea es la misma, se tenían que encontrar sí o sí. Él venía de formar un dúo danzante de éxito en Broadway y en el West End con su hermana. Ella bailaba como un recurso más de su histrionismo innato. Y en la primera película que compartieron, los unieron de pura chiripa. Algo así como si él baila y ella baila, que hagan juntos un número en algún momento.  Porque en Volando a Río (Flying Down to Rio, Thorton Freeland, 1933) eran apenas partiquinos, el comic relief (alivio cómico) para las alternativas del romance entre la estrella Dolores del Río y el astro ascendente, Gene Raymond. Y alguien (así, en anónimo, dado que después cuando la magia ya se había producido, varios se apuntaron en vano el mérito de haberlos emparejado) dispuso que además de comic relief fueran el dancing relief. Y el resto es historia, porque se complementaron, vaya si se complementaron. Además de la gracia, de la sincronía, exhibían una tensión sexual apreciable que los volvía (si cabe) más atractivos. Aparearse, a decir verdad, como confesó años después Ginger, cuando esas cosas ya podían decirse, fue algo que pasó en su prehistoria. Tuvieron un encuentro sexual cuando los dos deambulaban por Broadway como figuras promisorias. Ginger dijo que la primera vez fue decepcionante porque él estaba medio borracho y con demasiadas ansías de cumplir, de deslumbrar hasta en la cama. Después, ya cuando eran la dupla del baile en el cine, en algún momento entre ensayo y ensayo para la sucesión de películas que protagonizaron, lo volvieron a intentar. Con gran éxito, según ella, él, muy en caballero inglés, que no era, claro, porque había nacido en Nebraska, selló sus labios y se guardó si no el secreto al menos su versión.

 

Diez fueron las películas que hicieron juntos y la segunda, La alegre divorciada (The Gay Divorcee, Mark Sandrich, 1934) fue la que sentó el paradigma de las películas de Fred Astaire y Ginger Rogers. O sea, una trama frágil, pero trama al fin, con juego de comedia clásicos y eficientes, a puro disparate, asociables a algún sentido de realidad solo porque los supuestos personajes estaban encarnados por seres humanos, y por las dudas a alguien se le ocurriera confundirse y creer en la veracidad de semejante embuste, tramas y personajes deambulan por ambientes de artificio indiscutible. A decir verdad, esa es la palabra exacta, todo era artificio, y está bien que así sea, ya que nadie quería otra cosa, se iba al cine a olvidar que afuera había hambre, miseria y ningún futuro discernible.

 

En estas dos primeras películas, las canciones que bailaron fueron de varios autores, pero en La alegre divorciada figuran “The Continental” de Con Conrad y Herbert Magidson, que habrían de ganar el Óscar a la mejor canción por la misma y, nada más ni nada menos que “Night and Day” de Cole Porter.

 

Pese al éxito de la pareja recién creada, para su siguiente película, la primera de las dos que hicieron ese año, Roberta (William A. Seiter, 1935) los volvieron a los secundarios. Giraron alrededor de las peripecias románticas de la súperestrella de aquellos tiempos, Irene Dunne, enamorada en este caso de un incipiente Randoph Scott (que pasaría a la historia por haber convivido con Cary Grant, como pareja, a la vista de todos y por alcanzar una fugaz fama como cowboy, por esas cosas de la vida, los westerns le sentaban a las mil maravillas). Por suerte en la segunda película de aquel año, Sombrero de Copa (Top Hat, Mark Sandrich, 1935) volvieron al modelo establecido en La alegre divorciada, o sea como los dueños de una trama leve, llena de enredos tan ingeniosos como irreales, que se resolvían dos o tres minutos antes del final como por arte de magia, después, por supuesto, de haber enhebrado unos cuantos bailes sencillamente antológicos. Porque todos y cada uno de los bailes que hicieron fueron históricos y atendibles, aquel te gustará más que este, pero todos y cada uno son ineludibles.

 

En Top Hat fue la primera vez que trabajaron con partitura de Irving Berlin, el autor que más frecuentaron (esta, más Sigamos la flota y Al compás del amor). Si de autores se trata, establezcamos que fueron 3 películas con Berlin, dos con música de Jerome Kern (la ya mencionada Roberta y Ritmo loco) y una con George Gershwin, Al compás del amor, en las demás se usaron canciones de autores varios.

 

Volviendo a Top Hat, muchos dicen que es la mejor película de este dúo, otros eligen La alegre divorciada, y no faltan los que optan por Ritmo loco. Como sea, al año siguiente también hicieron dos películas, primero, Sigamos la flota (Follow the Fleet, Mark Sandrich, 1936) con música de Irving Berlin, como ya dijimos y segundo, Ritmo loco (Swing Time, George Stevens, 1936) con música de Jerome Kern, también como ya fue mencionado.

 

Al año siguiente, solo una, Al compás del amor (Shall we dance, Mark Sandrich, 1937, según música de George Gershwin, como fuera oportunamente consignado). Y en el próximo año, también solo una, Baila conmigo (Carefree, Mark Sandrich, 1938) con canciones de Irving Berlin.

 

Para esta sección, elijo sus dos últimas, La vida de Irene y Vernon Castle (The Story of Vernon and Irene Castle, H.C. Potter, 1939) la que cerró el ciclo de las hechas para la productora RKO y con 10 años de diferencia, La magia de tus bailes (The Barkleys of Broadway, Charles Walters, 1949), la única que hicieron juntos para la MGM. Las dos películas se centran en vida y milagros de sendas parejas triunfantes en escenarios (en las anteriores, él era el que generalmente bailaba como profesional (La alegre divorciada, Roberta, Sombrero de copa, Ritmo loco), ella era una millonaria a divorciarse en La alegre divorciada, una cazafortunas en Roberta, una modelo rica en Sombrero de copa y una instructora de baile en Ritmo loco; en Volando a Río, él era un músico y ella, cantante; en Sigamos la flota, ella era cantante y bailarina y él que había bailado con ella antes, era ahora marinero; en Al compás del amor él dirigía una compañía de ballet clásico y ella bailaba tap; y en Baila conmigo, él era ¡psiquiatra!, y ella era paciente)

 

La vida de Irene y Vernon Castle es la más tierna de todas las que hicieron, a pesar de estar presente la levedad de conflictos que caracterizó a sus películas, al estar basada en una historia real, los personajes viven situaciones disparatadas, pero tienen carnadura humana, no son muñecos elegantes que solo abren la boca para cantar o decir brillanteces. A principios del siglo XX, Irene y Vernon intentan triunfar como pareja de baile en el music-hall (él venía de ser el objeto de burla en sketches de capocómicos, o sea el equivalente al “que recibe las cachetadas” en el mundo circense y ella era una aficionada entusiasta, aunque no profesionalizada) pero el suceso les es esquivo. Una gira los lleva al viejo continente y una confusión los deja varados en París, sin un céntimo ni un contrato. La casualidad les regala un trabajo en un restaurant-concert de lujo y se convierten en los antecedentes de los modernos influencers o modelos a seguir de un reality show. Dictan la moda en bailes, ropas y gustos en comida, bebida, cigarros, y productos de aseo personal. Pero se declara la Primera Guerra Mundial y ya nada será como antes.

 

En La magia de tus bailes son los Barkley, una pareja de baile de gran éxito en Broadway. Pero ella tiene ambiciones de ser una actriz importante o sea de dramas para arriba, no solo de comedias musicales. Un dramaturgo pretencioso acaba de escribir una obra sobre al ascenso a la fama de Sarah Bernhard y por varios juegos de comedia clásica, ella obtiene el papel y abandona el musical que coprotagonizaba con él, que no se queda de brazos cruzados. Con la pretensión de recuperarla, terminará ayudándola a triunfar como actriz dramática. En el final el engaño caerá y la verdad (paradoja de las comedias, en los dramas la verdad siempre separa) los reunirá. Al revés de los Castle, el brillante guion de Betty Condem y Adolph Green no se basa en personajes reales, aunque hay quien dice que algunas vueltas del argumento, no el nudo central, evocan problemas atravesados por Alfred Lunt y Lynn Fontanne, pareja de divos teatrales que vivieron y triunfaron en la primera mitad del siglo XX, dato que no debe ser tomado muy en serio, ya que se afirma (por unanimidad y sin excepción ni fundamento) que toda comedia con dos divos del teatro refiere a Lunt-Fontanne.

 

La magia de tus bailes fue el exitoso canto del cisne para las películas de Fred Astaire y Ginger Rogers. Él seguiría una larga carrera, llena de musicales con partenaires tan fabulosas como Rita Hayworth, Judy Garland, Cyd Charisse, Audrey Hepburn o Leslie Caron, para nombrar solo algunas de las más rutilantes, y ya maduro haría alguna que otra comedia sin baile y algún que otro papel dramático tan inolvidable como su pasado danzarín, La hora final (On the Beach, Stanley Kramer, 1959), por ejemplo. Ella, al igual que su personaje en La magia de tus bailes, triunfaría como actriz dramática y hasta ganaría un Óscar con Espejismo de Amor (Kitty Foyle, Sam Wood, 1940), pero es en la comedia donde mejor se perfilan sus talentos. Les hizo frente de igual a igual a reyes del género como David Niven, Cary Grant y no en vano, para mí y muchos otros, su mejor comedia es la única que hizo con Billy Wilder, El mayor y la menor (The Major and the Minor, 1942) Y al revés que Astaire, solo esporádicamente hizo musicales. Porque bailar para ella era solo un recurso más de su histrionismo innato.

 

Muchos se han esforzado en intentar describir con palabras o con pinturas el Paraíso. Ilusos, no saben lo que sabemos los que hemos visto una película de Ginger Rogers y Fred Astaire: el Paraíso es verlos bailar y por la magia vicaria e hipnótica del cine, ser Ginger y Fred. “A Fine Romance”, “Cheek to Cheek”, “Night and Day”.

Gustavo Monteros