viernes, 19 de octubre de 2012
¡Lo logramos!
Casablanca entró entre las cinco películas más vistas del fin de semana pasado. Vamos por más. Ojalá que como El padrino el año pasado esté unas cuantas semanas en cartel. ¡Sí a los reestrenos! ¡Sí a los clásicos! ¡Sí al auténtico cine!
"RECAUDACION
Cantidad de entradas vendidas del jueves al lunes en la salas de la Ciudad por las cinco películas más taquilleras.
1.- Hotel transylvania 1.672
2.- Búsqueda implacable 1.442
3.- Ted 977
4.- Resident evil 659
5.- Casablanca 595"
jueves, 11 de octubre de 2012
Con C de Cine
El cine es un embuste que
compartimos con los que decidieron pagar una entrada a la misma hora que
nosotros. Una luz titilante que destella mentiras que elegimos creer. Una impostura
de vida sobre un trapo sucio más real que despertarnos o morir porque tiene un
propósito. El de embaucarnos en el olvido de que estamos solos. Un milagro
frágil que se fortalece porque se vuelve recuerdo. Fotos móviles de actores
maquillados con emociones fabricadas contra un fondo de decorado o paisaje. Un truco
de feria tan barato como el exorcismo a un desposeído que el ingenio del
hombre, llamado tecnología, ha hecho tan tangible como el pan y nítido como una
campana.
Años atrás, muchos, era pobre de ciencia y rico de magia. Bastaba que
Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se encontraran en Casablanca para que supiéramos qué era un ideal y muriéramos de
amor. Hoy eso se ha perdido. Pero ha vuelto por un ratito y nos necesita más
que nunca.
Aunque la hayamos visto mil veces o ninguna, con ganas o a la fuerza, con dolor de alma o de estómago, llenemos todas, todas, todas las funciones de Casablanca. Con extorsión de afectos o a punta de pistola, llevemos a padres, hijos, vecinos y porteros, a esposos compartidos, novias olvidadas, amantes imaginarios, putas castas, amigos traicioneros o enemigos fieles, colemos las mascotas, embanderemos al hincha, endominguemos al zaparrastroso, arrastremos al deprimido y hasta carguemos los fantasmas. Todos valen y cuentan.
Sólo así volverán Lawrence de Arabia, Barrio Chino, Cabaret, El gatopardo, El ciudadano, Cartouche, Amarcord, El séptimo sello, Umberto D, Los diez mandamientos, Los niños del paraíso, Ben Hur, Cantando bajo la lluvia (o la que quieran o elijan) al galpón al que pertenecen: EL CINE.
Aunque la hayamos visto mil veces o ninguna, con ganas o a la fuerza, con dolor de alma o de estómago, llenemos todas, todas, todas las funciones de Casablanca. Con extorsión de afectos o a punta de pistola, llevemos a padres, hijos, vecinos y porteros, a esposos compartidos, novias olvidadas, amantes imaginarios, putas castas, amigos traicioneros o enemigos fieles, colemos las mascotas, embanderemos al hincha, endominguemos al zaparrastroso, arrastremos al deprimido y hasta carguemos los fantasmas. Todos valen y cuentan.
Sólo así volverán Lawrence de Arabia, Barrio Chino, Cabaret, El gatopardo, El ciudadano, Cartouche, Amarcord, El séptimo sello, Umberto D, Los diez mandamientos, Los niños del paraíso, Ben Hur, Cantando bajo la lluvia (o la que quieran o elijan) al galpón al que pertenecen: EL CINE.
Casablanca se exhibe en el Cinema City (50 e/ 9 y 10) y va a las 14:15 - 18:45 - 21:00 - 23:10 – (y el sábado en trasnoche a la 1:25). Vayamos ahora, hoy, ya, no lo dejemos para la semana que viene porque quizá ya no esté en cartel. Dejemos de contentarnos con sucedáneos pobres, demostremos que hay un público para los clásicos.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 28 de septiembre de 2012
Tournée
Esta vez, el título y el afiche lo dicen todo. Tournée es la historia de la gira de una
compañía de burlesque estadounidense por ciudades de Francia. Cinco mujeres de
distinta contextura y edad más un hombre componen la compañía. Una de ellas
toca el piano y canta, los demás se desnudan. Como le enseñan las
strip-teaseras a la bisoña Gypsy Rose Lee en el musical Gypsy, en el burlesque, el arte de desnudarse al ritmo de la
música, lo esencial es tener un “gimmick”, es decir un truco que te distinga,
que haga que tu acto sea original. Estas chicas y el muchacho lo tienen. Los
números van del clásico strip con abanicos, hasta el novedoso meterse dentro de
un globo gigante. Y las personalidades artísticas van desde la veterana que
hará su gracia aunque tenga el corazón roto hasta la novata que no se anima
todavía a quitarse todo. La compañía es una hermandad forzada con su
solidaridad y contención. Andar por tu cuenta es muy solitario, dirán en algún
momento. Como en toda gira, los aplausos mitigan sólo en parte la nostalgia de
estar lejos de casa. No hay aquí promiscuidad ni vicios ni perversiones. Son
gente más o menos normal (¿quién lo es del todo?) que hace un trabajo como
cualquier otro. Todo trabajo tiene sus reglas, sus obligaciones, sus
responsabilidades, las de éste serán un poco más llamativas y extravagantes que
las de ser maestro o bancario, pero hay que ser igual de dedicado si se quiere
recibir con dignidad el sobre de la paga.
Tournée (segundo largometraje como director del
extraordinario actor francés Mathieu Amalric, La escafandra y la mariposa, Un secreto, 007 Quantum of solace), es
una variación del viejo género de la road-movie, la película de caminos. El
viaje perfila, define y desnuda a los personajes. Lo apasionante es que esta
vez nada se explicita del todo, se evitan las disculpas y las obviedades. Los
personajes son lo que son y sus historias más que conocerse, se atisban. Es
como si los espiáramos a través de un documental o un reality.
La Meca de la gira es París, que se muestra esquiva, porque
el empresario tiene demasiadas cuentas pendientes en la exquisita ciudad luz.
No parece ser un mal tipo, aunque una juventud impetuosa le ha dejado unas
cuantas macanas impagas. Ya se sabe, la juventud es soberbia, y desatada, suele
llevarse el mundo por delante. Y si el éxito no es la recompensa, los platos
rotos no se enmiendan solos. Cree que ahora puede hacerlo bien, tiene un as
ganador, esta compañía de New Burlesque es buena, pero hay que ver si lo dejan,
porque hay heridas que tardan en cicatrizar o no cicatrizan nunca.
Tournée ganó una Palma en Cannes por mejor
dirección. No procura conmover ni seducir con los habituales trucos berretas del
cine yanqui: no hay aquí personajes simpáticos de dientes emblanquecidos ni
lágrimas de cebolla ni violines machacones que si no te hacen llorar por las
buenas, quieren hacerte llorar por dolor de muelas de tan puro empalagosos. Y,
por suerte, tampoco las triquiñuelas del cine arte francés con sus encuadres
pictóricos y sus diálogos erráticos. No, hay sencillez, elegancia, gusto por
los detalles reveladores y parsimonia (no esperen un ritmo trepidante o la
odiarán cuando no se lo merece). Es un film que apuesta por los personajes, que
el elenco ilumina con fervor, y gana. Como toda película de caminos ratifica la
metáfora de que la vida es un viaje y, claro, se viaja como se puede, se
aprende a los tumbos y se confía en que la nueva parada será mejor.
Un abrazo, Gustavo Monteros
El elenco con su protagonista y director en la presentación del film en Cannes.
Otra variación del afiche.
viernes, 21 de septiembre de 2012
¡Feliz primavera!
¡Feliz primavera! Perdón, pero he tenido poca suerte y me ha llegado una traducción más larga que la guía telefónica de Nueva York así que otra vez no podré ir al cine. De todos modos, de la ventana de mi prisión se ve un sol que deja pocas ganas de perderlo en la oscuridad de una sala. No se preocupen, pronto volveré a mi antiguo vicio de hablar de las películas. (Eso espero...)
En la foto dos íconos. Uno del cine (Sophia ¿necesita presentación?) Loren. Otro de la pintura (bueno, ya saben quién). Dos modelos de belleza imperecedera. (Aunque uno es más lindo que el otro ¿tengo que aclarar cuál?... Una chanza, claro)
Abrazo grande y gracias
Gustavo Monteros
En la foto dos íconos. Uno del cine (Sophia ¿necesita presentación?) Loren. Otro de la pintura (bueno, ya saben quién). Dos modelos de belleza imperecedera. (Aunque uno es más lindo que el otro ¿tengo que aclarar cuál?... Una chanza, claro)
Abrazo grande y gracias
Gustavo Monteros
domingo, 16 de septiembre de 2012
Sepan disculpar
Sepan disculpar,
pero no habrá crónica de estreno esta semana. Me quedé sin tiempo de ver una
película porque me dediqué a vivir. Sí, ya sé que saben que el cine para mí es
como respirar, dormir o comer, pero me avoqué a otros menesteres igual de
sabrosos como ir al teatro, pasear o leer. De las películas estrenadas vería
¿Qué voy a hacer con mi marido? en la que Meryl Streep vuelve a trabajar con David
Frankel el director de El diablo viste a la moda. Según leí es una comedia
atendible con grandes trabajos de Meryl y Tommy Lee Jones. Quizá la vea durante
la semana y haga la crónica o quizá no. Pasen ustedes un domingo fantástico.
Con
afecto, Gustavo Monteros
viernes, 7 de septiembre de 2012
360
La ronda es muy volvedora, y no me refiero al
juego infantil al son del Puente de Aviñón, sino a la obra teatral de Arthur
Schnitzler. La ronda, escrita en 1897
pero estrenada recién en los años veinte del pasado siglo en Berlín y Viena con
éxito, censura y escándalo, como las mareas y las golondrinas, no deja de
volver. Conoció incontables versiones teatrales, numerosas adaptaciones cinematográficas
y televisivas. Hoy se vampirizan sus temas y su estructura, más que su
contenido. (¡Hasta yo tengo una reformulación de la misma!) Es que el amor, el
adulterio, la pasión, el deseo, la frustración, la melancolía, la
insatisfacción, el descontento son cositas tan inherentes al humano como las
cucarachas a la cocina. Pero lo más seductor de La ronda es su estructura. A se relaciona con B, B con C y así
hasta la letra que queramos; pongamos que lleguemos a la Z; al final Z se
relaciona con A, y el círculo se completa.
Ahora le toca el turno al guionista Peter Morgan (El último rey de Escocia, La reina,
Frost/Nixon, Más allá de la vida) y al director Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel, Ceguera)
tomarse de las manos y ponerse a dar vueltas. De La ronda de Schnitzler sólo queda que el círculo se abre y se
cierra en Viena con la prostitución como fondo, y dos aportaciones novedosas
saltan a la vista, primero, ya no son los habitantes de una misma ciudad los
que se relacionan sino hombres y mujeres de distintas partes del mundo, porque
ya se sabe, claro, el planeta hoy está interconectado e ir de acá para allá es
de lo más común. Viena, Paris, Berlín, Londres, Denver, Phoenix son algunas de
las ciudades por las que pasean las historias. Y segundo, los personajes más
que de lujuria y deseo, están dominados por la ansiedad, la depresión y la
culpa.
La diversidad de las historias en diferentes ciudades trae el
recuerdo de todas aquellas películas de los sesenta y setenta que se
articulaban en episodios o que transcurrían en locaciones turísticas como valor
agregado. El elenco es multiestelar y va desde estrellas internacionales como
Anthony Hopkins, Jude Law, Rachel Weisz o Ben Foster hasta estrellas reinantes
sólo en su país de origen como la brasileña María Flor o el alemán Moritz
Bleibtreu. Y las historias van del viejo y querido adulterio hasta otras mucho
menos transitadas como la del violador en recuperación. Morgan y Meirelles
quieren patentizar aquello siempre rendidor del azar y el destino, pero son los
personajes los que terminarán implantándose o no en nuestra memoria.
A mí me hicieron más mella la historia del aeropuerto con
Hopkins, María Flor y Ben Foster y la de Londres con Rachel Weisz, más que nada,
porque como ya he confesado más de una vez en estas páginas, la amo hasta el
delirio, la chica es hermosa, tiene una voz acariciante y talento para
repartir.
Lo de Hopkins viene con un chusmaje. El hombre tiene una larga
historia de pelear y haber vencido adicciones varias y quería que algo de eso
apareciera en la película. Morgan y Meirelles coincidieron con que la
sugerencia sumaría a su personaje y agregaron la secuencia de Alcohólicos
Anónimos, en la que Hopkins hace un desparramo de talento que yo venía
extrañando desde los tiempos de Lo que
queda del día.
La película fue elogiada o denostada por los mismos motivos:
su ambición, su elegancia, la elocuencia de sus historias. De modo que todo se
reduce al lugar donde uno se para. Yo me paro entre los que la aprecian. Meirelles
es un director que me gusta. Soy sensible a su buen gusto visual, a su banda de
sonido tan sofisticada como bella y a su talento narrativo. De allí que la
recomiendo, uno pasa un par de horas de lo más agradables y estimulantes. Para
un fin de semana que se anuncia lluvioso ¿qué más se puede pedir?
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 31 de agosto de 2012
Vacaciones explosivas
Mel Gibson es un hombre complicado (para decirlo
amablemente). Se permitió comentarios homófonos pesados, exabruptos xenófobos y
si hemos de creerle a las ex esposas (en los juicios de divorcio se puede
llegar a decir cualquier cosa, son un strip tease emocional no siempre veraz)
es un misógino violento. O sea que sin pelos en la lengua podríamos decir que
es un ser humano despreciable. Y sin embargo es un artista atendible. La
historia de las artes nos enseña que no es una paradoja infrecuente. Muchos
grandes han sido miserables en la intimidad.
Mis amigos saben que hubo una época en que le tuve particular
afecto y simpatía. Lo conocí como casi todos por Mad Max, que no en vano le dio proyección internacional. Después
vino el inolvidable período con Peter Weir con quien hizo dos películas
maravillosas: Gallipoli y El año que vivimos en peligro. Se
convirtió en súper estrella de acción con Arma
mortal, puesto que defendió con El
rescate, El complot y El patriota,
se lució en la comedia con Dos pájaros a
tiros, Maverick y Lo que ellas
quieren, fue un buen Hamlet para
Zeffirelli, hizo un despropósito con Win Wenders (El hotel de un millón de dólares) y descolló en la dirección con Corazón valiente y la polémica Pasión de Cristo. Y se portó muy bien en
el peor período de Robert Downey Jr. Lo hizo protagonizar la más que
interesante El detective cantante,
cuando Hollywood estaba dispuesto a lincharlo por caótico, alcohólico y
drogadicto.
Y en medio de todo eso, el desbarrancamiento comenzó, se fue
de boca varias veces, terminó en la Corte y troqué afecto y simpatía por
desilusión y distancia. Y como casi todos también, me tuve que tragar el juicio
moral lapidario cuando estrenó la excepcional Apocalypto. Hasta sus detractores más feroces tuvieron que
reconocer su valía. Pero siguió metiendo la pata al reincidir con más
barbaridades. Hizo un buen policial, Al
filo de la oscuridad, del que De Niro huyó por diferencias con el director
Martin Campbell. Sobrevino un divorcio sangriento con detalles escabrosos y su
amiga Jodie Foster vino al rescate y le sacó su mejor actuación dramática hasta
la fecha: La doble vida de Walter. Y
otra vez sus detractores debieron tragarse los chistes ponzoñosos y reconocer
que tiene talento.
Ahora regresa con una buena película que será maltratada, vilipendiada
o ignorada, y sin duda rescatada cuando sobreviva en el cable. Vacaciones explosivas (Get the gringo) es
un film cínico y nihilista que se contacta con Revancha de Brian Helgeland que protagonizó en 1999. Coincido con
el crítico de The Guardian que dijo que de no haberse mandado Mel Gibson tanto
moco en su vida, Get the gringo/
Vacaciones explosivas sería saludada por lo que es, una buena película de
acción que cualquier actor querría tener en su currículum.
El tráiler que adjunto, creativo y original, les da una idea
que no es un resabio del cariño que le tuve el que habla. Dirigió Adrian
Grünberg, el guión es de Grünberg y Gibon y fue, claro, producida y
protagonizada por Gibson.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 24 de agosto de 2012
Cuando los chanchos vuelen
La expresión en español, al
menos el de estos lugares, es Cuando las
vacas vuelen, o sea la imposibilidad de lo utópico. Como la película gira
alrededor de un chancho se tradujo más o menos literalmente el título en inglés
(When Pigs Have Wings / Cuando los
chanchos tengan alas). Porque en inglés sí, los que vuelan son los chanchos
y no las vacas. Chanchos y vacas aparte, el título original en francés es El chancho de Gaza (Le cochon de Gaza),
que alude a otro dicho en español rioplatense: el del chupete ya sabemos dónde.
Porque si hay un lugar en el que el chancho está desubicado es en Gaza. Los dos
bandos en pugna en esta conflictiva región, los árabes y los judíos, consideran
impura a la carne de chancho.
El protagonista, el iraquí
Sasson Gabay (a quien viéramos en La
visita de la banda) es un actor carismático y simpático como pocos. Arranco
con él porque gracias a su encanto, uno se pasa toda la proyección deseando que
la película sea mejor de lo que es. En remotas épocas pretéritas nos pasaba lo
mismo con Peter Sellers. Él también nos hacía desear que algunas de esas
películas flojitas, flojitas que solía protagonizar fueran mejores.
El inicio une a Sasson Gabai con
el chancho en una impronta que consideraremos de “realismo mágico” para no
descartarla como una absoluta tontería. Jafar (Gabai) es un pescador y como
está prohibido apartarse mucho de la costa, tiene que tener mucha suerte para
pescar otra cosa que zapatillas viejas, latas vacías y otras basuras. No va que
un día atrapa en sus redes a un chancho. ¿Cómo llegó el chancho ahí?, sabrán los
guionistas. Después se dice que el chancho pudo haber venido de ¡Vietnam!
Obviamente Jafar intentará
desembarazarse del chancho y su precaria vida se verá alterada. Habrá
situaciones que con mucha buena voluntad podrían considerarse humorísticas,
personajes de trazo grueso que con mucha buena voluntad podrían considerarse
simpáticos y chistes que con mucha buena voluntad podrían considerase
graciosos. Y si uno no ha agotado la mucha buena voluntad se llega a un final
obvio-simbólico que dice que los árabes y los judíos están más cerca de lo que
creen y que podrían vivir en paz. Los buenos deseos siempre se aplauden aunque,
como declara con poca fe el título, vayan a pasar cuando los chanchos, las
vacas o los corderos vuelen.
Esta película de Sylvain Estibal
ganó el César (el Óscar francés) a la Mejor Ópera Prima, ¿cómo habrán sido las
otras?
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 17 de agosto de 2012
La era del rock
Camino del cine, La era
del rock más que intriga me provoca un suspenso atenazador. Desde su
estreno en los EEUU me cruzo con opiniones dicotómicas tan claramente
diferenciables como el Norte y el Sur. De un lado están los que piensan que es
un bodrio irredimible y del otro los que creen que con un mínimo de buena
voluntad es divertida. Yo ¿de qué lado me pondré? Buena voluntad me sobra, pero
me he incinerado tantas veces… Como voy caminando, tengo tiempo de pensar. Me
digo que los musicales me gustan y que tiendo a tenerles indulgencia. ¿Acaso no
vi completa y sin pestañar Grease 2?
Sí, pero ¿y Bailarina en la oscuridad?
También la vi completa aunque fue una experiencia tan traumática que casi
abandono el cine por completo. Tardé como una semana en ver otra película. Me
tranquilizo con que ésta viene para el lado de la comedia. Sí, pero ¿hay algo
más triste que una comedia que sale mal? Me consuelo con que nada en que estén
Bryan Cranston, Alec Baldwin o Catherine Zeta Jones pueda ser del todo malo.
Claro, pero si no tienen buen material con el que trabajar, juntos o separados
pueden dar lástima. OK, OK, pero tanto los sostenedores como los detractores
coincidieron en que Tom Cruise está bien. El hombre puede ser un poco “tieso”
cuando es el protagonista, pero hace desparramo de talento en los secundarios (Magnolia, Una guerra de película). Se
acaba el suspenso, ahora viene el deleite, la paciencia o el padecimiento:
entro al cine.
Y hubo un poco de los tres, nomás. Experimenté deleite,
ejercí la paciencia y padecí. Pero comencemos por el principio.
La era del rock fue primero un jukebox musical de
Broadway, o sea un musical armado en base a temas populares archiconocidos, con
canciones de Poison, Twisted Sister, Scorpions, Def Leppard, Pat Benatar, Joan
Jett, Warrant, Foreigner, Journey entre otros, en este caso. Una celebración
del rock de los ochenta. La historia transcurre en 1987. Broadway es Broadway y
Broadwayriza todo lo que toca y el rock made in Broadway pierde algo de su
salvajismo y se asimila en un punto al showtune tradicional, lo cual no está
mal ni bien, es una descripción de hechos. El argumento de los jukebox
musicales es otro asunto. Suelen ser tan leves como el batido punto nieve. Más una
excusa para hilvanar las canciones del período elegido que otra cosa. Y es ahí
donde entró a tallar mi paciencia.
La era del rock se cimenta en fórmulas narrativas
que ya eran viejas en el cine mudo. Bah, ya eran viejas cuando los griegos
inventaron la comedia. No hay nada malo con las fórmulas. Toda narración puede
reducirse a una, pero cuando no es más que un esquema pelado y visto hasta el
hartazgo, estamos en problemas. Tenemos aquí a “chico (Diego Boneta) conoce
chica (Julianne Hough), chico pierde chica y chico… adivinen, sí, chico
recupera chica”. Y “chicos pueblerinos (los mencionados) llegan a la ciudad a
triunfar y… adivinen, sí, ¡triunfan!”. Si les parece que lo han visto en todas
las películas de cantantes, desde las de Elvis hasta las de Palito, no se
equivocan. Pero hay más. “Estrella de rock (Tom Cruise), estancada artísticamente
y en vertiginosa autodestrucción se recupera a través de… adivinen, sí, ¡del
amor! (la bella Malin Akerman), y hasta ¡funda una familia! Y “representante desalmado
(Paul Giamatti) manipula a estrella en problemas (Tom Cruise, of course)”, ¡qué
novedoso! Y “fanática político-religiosa (Catherine Zeta Jones) quiere destruir
a estrella (el susodicho Cruise) por… adivinen, sí, ¡despecho!”. Más “dos
personas (Alec Baldwin y Russell Brand) que ya son pareja en todo menos en los
hechos, un día lo descubren y… adivinen, sí, ¡lo aceptan!”.
Si la historia me obligó a hace acopio de paciencia, padecí
lisa y llanamente el “supuesto” humor de la propuesta. Los chistes son tan pero
tan malos que me dejan sin aumentativos ni superlativos. Pero, claro, Hollywood
puede ser obvio aunque a veces no muy estúpido. Saben que si un guión es malo,
buenos actores quizá no lo rescaten, pero al menos pueden hacerlo más
soportable. El gran Bryan Cranston, como el político esposo de Zeta Jones, a
fuerza de mucho oficio y tremendo talento transforma un no-gag en gag y
no-chiste en chiste. El no menos grande Paul Giamatti hace un caldo cuasi
nutritivo con el hueso pelado de su “representante desalmado”. Catherine Zeta
Jones sobreactúa a más no poder y se lo agradecemos porque otra cosa no puede
hacer y le da color a un personaje que en el fondo no es nada. Alec Baldwin y
Russell Brand están divertidos en el montaje paródico de la pareja feliz,
aunque no hacen mucho para dar sustento a sus personajes. No los culpo, tienen
algunas de las peores líneas cómicas de toda la historia de la comedia
cinematográfica. Hay también que sufrir algunas de las resoluciones escénicas más
torpes que se hayan visto jamás, como la del notero corriendo micrófono en mano
entre los bandos de los roqueros y de las anti-roqueras. No abundo para no
aburrir, sin embargo, créanme, hay otras secuencias antológicas de inenarrable
torpeza.
Y ¿el deleite? Vino por el lado del primer número de Zeta
Jones, exageradamente tenso pero efectivo, del breve diálogo de la parejita en
el último encuentro detrás del cartel de Hollywood, no es porque fuera muy bueno,
pero por como veníamos, parecía de un Neil Simon inspiradísimo, y (jamás pensé
que lo diría, el caballero dista mucho de ser santo de mi devoción) por lo que
hace Tom Cruise. Está estupendo de toda “estupendez”.
En definitiva, en la dicotomía que mencionábamos al comienzo
¿dónde me pongo? En el medio. La era del
rock alterna permanentemente una de cal y una de arena. Es un bodrio, pero
algunas canciones, los actores y la cantante Mary J Blige la salvan de la caída
al abismo de los bodrios irrecuperables, aunque juega todo el tiempo con el
borde del precipicio. Dirigió, es una manera de decir, Adam Shankman.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 10 de agosto de 2012
La fuerza del amor
Luc Besson es más francés que le croissant, la baguette o
l’éclair. Sin embargo es el más hollywoodense de los realizadores europeos. A
las pruebas me remito: Azul profundo,
Nikita, El perfecto asesino, El quinto elemento. Aunque le ha dado un toque
de finesse, d’auteur a la estandarizada receta yanqui del cine de acción.
La fuerza del amor (The
lady, en el original) es su segunda biopic (película biográfica) si
consideramos como tal su pochoclerísima Juana
de Arco. Se centra en Aung San Suu Kyi, una líder pacifista birmana que se
opone a una dictatorial Junta Militar. Ya se sabe, en las dictaduras la vida no
vale nada y Suu conserva su pellejo primero por la superstición de un general y
después por la siempre atendible razón de que contra un enemigo vivo se puede
luchar mientras que con un mártir no queda otra que verlo agigantarse. La dama,
que lo es en todo el sentido de la palabra, cuenta con el apoyo incondicional
del marido y padre de sus dos hijos, Michael Aris, un erudito inglés en
cuestiones orientales.
The lady comete todos los pecados veniales y
mortales de una biopic. Idolatra a su protagonista, simplifica lineamientos
políticos que se intuyen más complejos y banaliza dilemas éticos
inconmensurables. Con buen criterio Besson muestra cuidado y reserva en el
registro de las atrocidades de una dictadura, lo que resulta paradójico en
alguien que no tuvo restricciones en pergeñar sadismos varios en producciones
anteriores. Pero claro aquello era ficción pura y esto realidad amarga: la
crueldad de los dictadores supera la imaginación descabellada de cualquier
autor. De todos modos el peor pecado del film, la santificación de su
protagonista (de la que se ríen en un tierno diálogo) es absuelto por la
franqueza que exhibe. Es una película militante, el problema sigue sin
resolverse, Birmania continúa bajo una dictadura y se dice por ahí: Ustedes que
tienen libertad ayúdennos a obtener la nuestra. La señora ganó en 1991 el
otrora significativo Premio Nobel de la Paz, devaluadísimo ahora desde que se
lo dieron a ¡Obama!
El film triunfa o sea gana en temperatura emocional cuando se
concentra en detalles: la radio sin pilas, el teléfono espasmódico que
incomunica más que comunica, el piano que enseña la palabra música o los dedos
del asesino que se despiden en el gesto de disparar un arma. Es cuando lo
político se convierte en peripecia humana que se logra la conmoción y la
solidaridad del espectador.
Me costó entrar en la película, un problemita que tengo
últimamente. Es que el cine contemporáneo es tan previsible, tan verificable,
tan fácilmente decodificable que uno al segundo fotograma ya sabe de qué viene
el trámite y se padece un déjà vu que dura toda la proyección. Como siempre los
actores vinieron a mi rescate. Una mirada desesperada, triste y piadosa de
Michelle Yeoh me hizo entrar y la historia ya no me soltó. Yeoh nació en
Malasia y tiene una carrera muy particular. Estudió danza en Londres, fue reina
de la belleza, triunfó en el cine haciendo acrobacias y artes marciales en
películas de acción, hasta coprotagonizó un par con, nos ponemos de pie y
hacemos una reverencia, el genial Jackie Chan. Occidente la conoció cuando
James Bond era Pierce Brosnan en El
mañana nunca muere y alcanzó notoriedad mundial con la inolvidable El tigre y el dragón. Después Hollywood
la usó en varios despropósitos, pero no importó, porque ya sabíamos que era una
actriz maravillosa. Aquí deslumbra. Hay una foto del estreno, en la que Besson
se inclina y le besa la mano. No es un aspaviento francés, es el reconocimiento
sincero a una grande. El bueno de David Thewlis es el marido, que hace una cosa
medio rara, por momentos su actuación tiene profundidad y sutileza y en otros
un trazo grueso con acabado de hilo chanchero. Sea como fuere, tamaño contraste
lo vuelve hipnótico.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 3 de agosto de 2012
Amigos intocables
Philippe (François Cluzet) es un francés cincuentón rico, aristocrático,
culto, sin ninguna necesidad a satisfacer,
con un pequeño problema, está tetrapléjico después de un accidente en
parapente. Driss (Omar Sy) es un senegalés treintañero pobre que acaba de salir
de la cárcel, sin oportunidades, con todas las necesidades a satisfacer. Driss
está en la casa de Philippe, bueno, un palacete de aquellos en realidad, para
ser rechazado en el trabajo que se ofrece o sea cuidarlo. Tres rechazos le
permitirán acceder al seguro de desempleo. Sin embargo el desparpajo, la espontaneidad,
la indiferencia o más bien la falta de lástima por su condición conquistan a
Philippe y a Driss le ofrecen el trabajo. Cada uno tiene lo que el otro carece
y más allá del contrato que los une, surgirá una amistad incondicional.
Amigos intocables, si no se basara en un documental
que registra esta historia verdadera, sería desestimada como el colmo del
caradurismo de un guionista manipulador a ultranza. Tiene todos los elementos
de un melodrama ramplón y el catálogo completo de las triquiñuelas marketineras
berretas, pero más allá del derroche de encanto que se permiten en la
narración, el hecho existió y confirma que
la vida se comporta de vez en cuando como un cuento de hadas.
Esta película de Olivier Nakache y Eric Toledano fue un
tremendo éxito en las pantallas francesas el año pasado y se vendió muy bien en
los países en los que fue distribuida. Es comprensible. Está filmada con
elegancia clásica, sensibilidad astuta y bastante buen gusto. Como si se
hubieran dicho: Tenemos una historia linda y “buena”, hagámosla lo más linda y
buena posible (según los cánones comerciales de “bondad” y belleza más
estandarizados, claro).La musicalización es tan dulce que si uno obvia la culpa
y el prejuicio el oído se deja acariciar con placer. Y los actores redimen la historia de todos
sus excesos de seducción y de su obstinada voluntad de agradar.
Cuando comenzó, pensé que iba a detestarla, pero la
convicción con que está contada, el nivel de compromiso con los personajes es
tal que terminé “comprándola”. El final certifica
que es honesta y que todo cinismo fue inútil. Que se le va a hacer, habrá que
aceptar que los milagros también se dan.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 27 de julio de 2012
Todo queda en familia
En las vacaciones de invierno, los cines se llenan de niños,
padres y adolescentes con baldes de pochoclo y gaseosas para alimentar las eras
de hielo cuaternarias, los terceros madagascares, las valientes pelirrojas
pixar-disneylandianas, los sorprendentes (?) hombres arañas y los murciélagos
ensombrecidos de masacres. Sin embargo los distribuidores no descuidan a los
minoritarios adultos cinéfilos y nos sorprenden con una película croata de
2010.
Me divierte la idea de ver una película sobre la que no sé nada,
firmada por un director del que me acabo de anoticiar. Tanto me divierte la
idea que se me cruza verla y no contarles nada para que ustedes pasen por la
misma experiencia. Aunque, claro, si hiciera esto, ¿para qué corno tendría este
blog? De modo que me pongo a averiguar de qué viene la peli. Primero miro el
tráiler y veo que anda por los andurriales de la infidelidad, tema sabroso y
eterno. Descubro también que ganó un premio en el festival de Karlovy Vary. El
original se titula Neka ostane medju nama,
que sabrá Dios cómo se traduce; en inglés se la llamó Just between us (Entre
nosotros) y en español: Todo queda en
familia. A uno de los protagonistas, Miki Manojlovic, lo hemos visto en
varias películas de Kustirica y en otros tantos films franceses. Leo por ahí
que el director Rajko Grlic dijo: "nuestra vida está muy determinada por
nuestros empleadores, familia, iglesia, estado, medios de comunicación y
dinero. Parece que lo único que resta susceptible de cambio es la persona con
quien compartir nuestra cama. Hoy en día, los adúlteros reemplazan a los
bandidos de ayer -los revolucionarios, los rebeldes y los visionarios-. Según
los sociólogos, la emoción de la rebelión, el dulzor de romper las reglas y el
peligro de cruzar hacia lo desconocido han quedado reducidos a una aventura
llamada adulterio". Interesante idea rectora.
Hace transcurrir la acción en Zagreb, capital y ciudad más
grande de Croacia, a la que equipara con cualquier otra metrópolis europea, por
momentos parece París, en otros Lisboa. La trama, una vez completa, se asemeja
a una mezcla de Almodóvar con un culebrón brasilero-colombiano, aunque la
musicalización me devolvía a las telenovelas argentinas de los setentas y
ochentas, subrayadas también por Satie y reconfortantes melodías. El tono es
agridulce y las actuaciones, impecables.
Al principio la odié y de a poco me fue seduciendo. Se exhibe
en horarios difíciles, pero vale la pena acercarse, aunque más no sea para visitar
una cinematografía que frecuentamos muy poco.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 20 de julio de 2012
El dictador
Las generalizaciones más que malas son peligrosas. Si son
negativas derivan en prejuicios. Si son positivas se convierten en corrección
política. Ambos extremos son enemigos del discernimiento libre y saludable. Los
prejuicios engendran fundamentalismos y fanatismos. La corrección política, si
no es genuina o ingenua, alberga esa cosa hipocritona mal.
Sacha Baron Cohen, como buen autor satírico, se las ingenia
para atacar a ambos. Aunque la que más sufre es la corrección política porque
su progresismo es endeble y cubre con el manto de piedad más de lo que debe. Con
El dictador, Baron Cohen se aparta
del esquema de falso documental que usara en Borat y en Brüno, intenta
una trama tradicional propulsada a gag y chiste que está más cerca de ¿Dónde está el piloto? que de One, two, three. El resultado puede que
sea desparejo, pero ya lo era, incluso con las cámaras ocultas, en las dos
precedentes. Aunque está más allá de toda discusión el discurso final en The
Lancaster, antológico y de una genialidad absoluta.
Convengamos que la sátira no debe medirse con los cánones de
la comedia. Por su esencia reniega de toda prolijidad, corrección o del tan
cacareado buen gusto. La sátira es re “des”: desmadrada, desmesurada,
desaforada. De allí que cuando logra "épater le bourgeois" se la
acusa de obscena, escatológica y atrevida. La sátira se mide por la eficacia de
sus descalabros, por la claridad conceptual de sus ataques. Y si en ese campo
se miden las de Baron Cohen son más que logradas.
Otra cosa que diferencia a El dictador de Borat y Brüno es que en éstas le escapaba al
estereotipo y sus personajes más allá de los colores fuertes se perfilaban con
humanidad. Aladino, el dictador vitalicio de Wadiya, un inventado país
norafricano, es estereotipo liso y
llano, lo que no le resta contundencia a sus embates.
En lo personal debo confesar que poder apreciar el trabajo de
Baron Cohen me rejuvenece. Mis contemporáneos suelen rechazar sus excesos, les
da cositas algunos chistes y culpa, ciertas barbaridades. Yo, en cambio, como
los jóvenes, me deleito a lo grande.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
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