domingo, 13 de junio de 2010

Kick-ass

Kick-ass de Mathew Vaughn es lo más cercano a un entretenimiento inteligente que los productores de Hollywood pueden ofrecer. (No esperen mucho tampoco, la craneoteca hollywoodense concibe el cine como una excusa para consumir pochoclos.) Se basa en una historieta como casi todo el cine de masas contemporáneo. (Y cuando no es así, hacen todo lo posible para que lo parezca.)


En un nivel superficial es una comedia paródica de las aventuras de los superhéroes. (Como cantaba Tina Turner: No necesitamos otro héroe.) En un nivel más profundo es un reflejo de lo mal de la cabeza que están los yanquis. (Hacen pasar violencia desquiciada y erotismo enfermizo como diversión provocadora.)


Un adolescente desangelado y con poca autoestima (Aaron Johnson) intenta convertirse en un superhéroe lo que le acarreará unos cuantos problemas. Conocerá a un par de aspirantes a héroes más preparados, una nena de 11 años, Hit Girl (Chloe Moretz) y su papá, Big Daddy (Nicolas Cage), quienes están entreverados en una venganza. Y como corresponde a todo “bueno”, Kick- ass se hará de un enemigo, Red Mist (Cristopher Mintz-Plasse), cuyo papá es un lord de la mafia droguera (Mark Strong) y el bicho del que Hit Girl y Big Daddy se quieren vengar.


Los primeros 50 minutos son ligeramente originales (y con buena voluntad hasta mordaces). La hora que sigue es efectiva pero más convencional (la típica parafernalia pochoclera).


La omnipresente banda sonora, si bien cae en un par de lugares comunes, es más soportable que de costumbre. (No lastima los oídos con las efectistas bobadas sonoras habituales.)


Mathew Vaughn tiene mejor hueso en la primera parte y le hinca el diente con gusto. Nicolas Cage y Mark Strong la pasan a lo grande con papeles que no les piden mucho (se agradece que hayan hecho algo más que poner la cara y cobrar el cheque). Pero la sorpresa de la velada la da Chloe Moretz, una delicia.


Si se digiere su conservadurismo retrógrado disfrazado de progresismo, su humor cínico y su sadismo coreografiado a la Kill Bill, puede entretener. (Porque más allá de las salvedades hechas, al menos esta vez no nos tratan de infradotados.)

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 6 de junio de 2010

Por tu culpa

Nada hay más profundo que lo simple visto en detalle, ni nada más revelador que una historia bien contada. Fui con ansía a ver Por tu culpa, me intrigaba la definición que de ella daban su directora y algunos críticos: un thriller doméstico. El thriller evoca siempre un ámbito mayor que lo doméstico, y el adjetivo doméstico se aviene mejor a un drama o a una comedia. Pero mis expectativas no fueron vanas, me mantuvieron en vilo hasta el último segundo.


Julieta (Érica Rivas), madre treintañera juega rudamente con sus hijos, uno de unos ocho años y otro de unos dos o tres. De a poco una duda se instala ¿por qué no puede ponerles límites? Se lo reclamarán en el teléfono tanto su madre como su marido. En un forcejeo por un triciclo, el más chico se golpea la cabeza contra el piso. Decide llevarlo a una clínica para que lo vean ¿es para tanto? Los atiende un joven pediatra que sospecha que sea un caso de violencia familiar ¿lo que ve justifica su accionar o es pura paranoia? ¿Por qué ella miente y no pone las cosas en su lugar? Julieta le pide ayuda a su madre (Marta Bianchi), una profesional demasiado apegada a sus cosas ¿por qué es así? Llegará el marido (Rubén Viani) y establecerá la autoridad que ella no pudo imponer, pero aprovechará la ocasión para pasarle a su esposa cuantas facturas impagas pueda. ¿Por qué, qué es lo que hay detrás? La denuncia sigue su curso y terminarán en una comisaría. ¿Por qué no puede aclarar ella nada, cuál es su culpa? Cuantas más preguntas se amontonan, más apasionante se vuelve la película. Muchas, casi todas, quedarán sin respuestas, pero los interrogantes nos remitirán a nosotros, a una forma de vida que damos por sentada, que nos parece natural y que oculta mucha violencia.


Anahí Berneri, directora también de las interesantísimas Un año sin amor y Encarnación, dijo: la idea era trabajar con elementos que tuvieran que ver con un thriller, con tiempos acotados, un falso culpable, para poder reflexionar acerca de la maternidad y la crianza en nuestros tiempos, de la violencia invisible en la familia, de los vínculos. Me parece que los culpables se transforman en víctimas, un doble juego. Esta madre es lo que puede, lo que sabe, y sabe y puede muy poco, y ejerce violencia con sus hijos, pero a la vez ella también la recibe, sin contención alguna. Mi idea era mostrar en estos personajes cierta fragilidad, porque ninguno de ellos está obrando mal según sus convicciones, sino todo lo contrario, porque creen que están haciendo lo mejor que pueden hacer.


A confesión de partes, sólo queda sentenciar que es una película lograda, tensa, angustiante, atrapante y conmocionante. Érica Rivas concreta una actuación consagratoria que la pone entre las mejores actrices de su generación y no es un mérito menor trabajar con una cámara intrusiva que le está siempre encima (la película se cuenta desde el punto de vista de su personaje y la cámara parece treparse todo el tiempo a su figura y a sus sentimientos). A Marta Bianchi le bastan dos conversacioncitas en off en el teléfono y una brevísima aparición para dibujar con nitidez su personaje. Osmar Núñez (un médico) y Carlos Portaluppi (el comisario) están muy bien. Y el trabajo que hicieron con los chicos, Zenón y Nicasio Galán, es impecable.


Una experiencia inolvidable que ratifica el enorme talento de algunos de nuestros cineastas.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 30 de mayo de 2010

Regreso a la mansión Brideshead

Es harto conocido que a los productores no se les cae una idea. Después del éxito de Expiación, deseo y pecado, era esperable que se pusieran a enlistar otras novelas de amores culposos o imposibles nacidos entre guerras y con un desenlace en la segunda guerra mundial. Brideshead revisited, una de las grandes novelas inglesas, llena esos requisitos.


Esta película es un buen ejemplo de lo que se llama cinéma de qualité, término que describe a las superproducciones basadas en novelas célebres u obras de teatro grandiosas que posibilitan la reconstrucción de ambientes de antaño y la presencia de grandes actores vestidos de punta en blanco en papeles jugosos.


Es un buen ejemplo porque exhibe lo mejor y lo peor de los films de este género. Ofrece una cáscara reluciente pero poco contenido. Y eso que en la novela hay sustancia de sobra.


Un joven de clase media Charles Ryder (Matthew Goode), futuro artista plástico, va a Oxford. Allí se deslumbra con Sebastian Flyte (Hayley Atwell), hombrecito disoluto que se comporta como una Marlene Dietrich en un film de Von Sternberg. En lo exterior, en su interior está lejos de la fortaleza de la Venus rubia. Sebastian lo llevará a conocer su casita, la fabulosa mansión Brideshead. Charles se enamorará del caserón y de Julia (Hayley Atwell), la hermana de Sebastian. La cosa no le gustará nada a mamá, Lady Marchmain (Emma Thompson (de regia cabellera blanca y en plan de matriarca impiadosa) y menos a Sebastian, ya para este momento, enamoradísimo de Charles. Tampoco es un atractivo menor para el ateo Charles que todos los habitantes de Brideshead sean católicos. Toda una excentricidad en una clase mayormente protestante. Y en un viajecito a Venecia, Charles conocerá también a Lord Marchmain (el gran Michael Gambon en plan de aristócrata hedonista) y a su amante, Cara (Greta Scacchi, en plan de no me importa verme vieja). Habrá muchas idas y vueltas, con confrontación de prejuicios de clase y dilemas religiosos.


La novela original de Evelyn Waugh es elegante y profunda, toda una proeza literaria ya que esos adjetivos casi nunca van juntos. Esta versión cinematográfica de Julian Jarrold es elegante y superflua. La densidad de los conflictos se ha diluido en vaivenes de telenovela suntuosa. Emma Thompson da una actuación memorable, pero, en un contexto tan vacuo y frío, se parece peligrosamente a una sobreactuación.


Suele rondar por el cable e internet, la versión de la BBC en miniserie de 1981, que convirtió en estrella internacional a Jeremy Irons. Si pueden, véanla. Es mucho mejor que este mamotreto de más de dos horas, tan bello e insustancial como la tan citada bomba de jabón.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 23 de mayo de 2010

El mural

Héctor Olivera siempre contará con mi gratitud y mi afecto, porque es el director de La Patagonia rebelde y No habrá más penas ni olvidos. Últimamente se le ha dado por la recreación de episodios de vida de personas reales. Viene de Ay, Juancito que se centraba en el ascenso, fulgor y muerte de Juan Duarte, el hermano de Eva. Fue un film injustamente ignorado. Entre otras virtudes exhibía un muy buen guión de José Pablo Feinmann (con un diálogo entre Inés Estevez y la Brédice sencillamente antológico). Ahora cuenta la trastienda del mural que el mexicano David Alfaro Siqueiros pintó, con la ayuda de Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo y Juan Carlos Castagnino, más el escenógrafo uruguayo Enrique Lázaro, en el sótano de la quinta de Natalio Botana.


Aparte de los mencionados en el impresionante reparto de celebridades figuran Salvadora Medina Onrubia, la feminista, anarquista y ocultista esposa de Botana, Blanca Luz, la mujer de Siqueiros, Pablo Neruda, Victoria Ocampo y Agustín P. Justo. Más Carlos, el malogrado hijo mayor de Botana, un policía siempre listo para el servicio sexual y una institutriz lesbiana.


Mencionar la sexualidad es relevante porque los entretelones de la pintura implican un novelón erótico de proporciones. Blanca Luz (Peterson) es una chica voraz que no deja títere con cabeza. Inicia una relación con Botana (Machín) y tiene un touch and go con Neruda (Boris). A su vez, la despechada Salvadora (Celentano) se permitirá un ardoroso encuentro con el policía (Palomino). Y Siqueiros (Bruno Bichir) en los descansos de su trabajo se procurará también sus desahogos sexuales.


Se perciben las debilidades habituales de las biografías con reparto de gente famosa. Algunos personajes son sólo un nombre y algunas líneas solemnes y discursivas que los denotan. El que peor parado sale es Neruda. Queda como un baboso cursi. Además el actor que lo encarna da una mala faena y para colmo de males en primer plano se parece a Duhalde.


El mexicano Bichir es seductor y tiene buena voz, pero ofrece un Siqueiros monocorde, clavado siempre en la misma cuerda. Carla Peterson es una buena actriz que aquí sólo a veces está cómoda. Lo mejor, el Botana de Luis Machín y la Salvadora de Ana Celentano.


A las audacias formales y de pintura (una mezcla industrial que posibilitó su supervivencia) del mural, Olivera lo confronta con un fresco nítido de elegancia clásica. Su pertinente uso de la música denuncia la seguridad de los viejos maestros que confían en lo que cuentan y no caen en la berretada yanqui de subrayar todo sonoramente. La dirección de arte de Emilio Basaldúa recrea la época con acierto, y deslumbra el vestuario de Graciela Galán. Elocuente y por desgracia todavía vigente la descripción que Botana hace de la prensa.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Zenitram, hay un argentino que vuela

Zenitram de Luis Barone hace de sus falencias sus mejores virtudes. Y no es un juego de palabras. Basada en un cuento de Juan Sasturain, se centra en el primer superhéroe argentino. Subrayo lo de argentino, porque es muy argentino. Estamos en el 2025. La Argentina padece una tremenda sequía y la reserva de agua ha sido diezmada por empresas extranjeras. Rubén Martínez, un basurero, pierde su trabajo porque en su recorrido se roban las bolsas de basura. En el baño de una estación de trenes, un hombre extraño le dice que si se agarra las partes pudendas y dice su nombre al revés, le sobrevendrán súper poderes. Del resto poco puede contarse sin arruinar las sorpresas.


El primer problema es el guión. Parece estar pensado a lo grande, con una gran producción en mente. Obtuvieron una buena producción, pero no una “grande”, lo que hace que haya varios puntos suspensivos que, si bien se completan, no tienen la contundencia de un desarrollo articulado.


Los actores son otro problema. Algunos están muy bien (Minujín, Fanego, Luque), otros parecen entender la propuesta, pero necesitarían mayor ensayo (Mollá), otros parecen haber sido elegidos por su rostro o su contextura y dan idea de los personajes, pero no los corporizan del todo.


Al salir del cine, me encontré con un amigo que me preguntó qué me había parecido, lo sorprendí contestándole que era un film “querible”. Es que es el adjetivo que mejor lo define. Las intenciones son nítidas, aunque no estén logradas. Presenta desde el delirio un reflejo claro de la argentinidad que es imposible no reconocer y apreciar. Por desgracia somos eso. Pero el relato no nos invita a flagelarnos, sino a tomar distancia y sonreír. La voluntad de cambio también puede venir de la sonrisa y no necesariamente de la elucubración filosa.


No está atada con alambre, está hecha con la dignidad de la creatividad a la que apelamos cuando nos fallan los recursos. Los efectos especiales lucen apropiados y prolijos, aunque algunas escenas tiene la premura de las filmaciones con tomas limitadas. Pero una banda sonora generosa cubre con talento muchos baches de planificación y montaje.


Juan Minujín (el protagonista de Un año sin amor) se divierte a lo grande como el héroe boludón, y la dirección de arte, que recrea lo que sus ejecutores llamaron un “gótico justicialista”, luce espléndida. Y es un hallazgo el uso de un famosísimo tema de Gardel en una escena clave.


No será una muy buena película, pero logra hacerse querer precisamente por eso, por sus cortedades, por no ser irreprochable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 16 de mayo de 2010

El escritor oculto

Los que nos hemos aquerenciado más de una vez de una butaca de cine, tenemos nuestra película favorita de Roman Polanski. En una rápida encuesta que hice con los amigos y colegas que me fui encontrando, obtuve estas respuestas. Alguno optó por El bebé de Rosemary, otro por La danza de los vampiros, una por Tess, otra prefirió su etapa pre Hollywood no pudiendo decidirse por Cul-de-sac o Repulsión, un hermano prefirió El pianista, y hasta hubo alguien, quien para espanto de otro amigo, eligió Perversa luna de miel. La mía es Chinatown. Sea como fuere, el polémico Polanski viene ahora a poner a prueba nuestra elección con El escritor oculto.


Es una película en la que uno no sabe qué admirar primero o más, si la maestría de la dirección, la esplendidez del elenco, la astucia de la historia, la precisión del guión o las exquisiteces técnicas de la fotografía, la dirección de arte, la música, etc.


Ewan McGregor (impecable) es un escritor fantasma (un negro en la jerga del mercado local), un autor de biografías de celebridades en primera persona, que desaparece en el momento de la publicación para que el famoso en cuestión finja haber escrito una autobiografía. Le piden que complete las memorias de Adam Lang (Pierce Brosnan, perfecto, parece haber nacido para el papel), un ex primer ministro inglés caído en desgracia. Su predecesor ha muerto, no se sabe si por accidente o suicidio. El libro lo mató, dice alguien. La cosa pinta mal, pero por suerte para la gloria del cine, el escritor se mete y ya que está en el baile, baila.


Estamos de buena racha quienes gustamos paladear un buen policial, thriller o enigma. Primero, la espléndida La isla siniestra; después, la magnífica Carancho y ahora la gloriosa El escritor oculto.


Permítanse una siesta reparadora, péguense un baño reconfortante, pónganse la ropa de domingo, perfúmense rico, prepárense para una fiesta de la inteligencia y disfruten el banquete. Es unos de esos deleites irrepetibles que se dan muy de vez en cuando.


En cuanto a mí, el tiempo dirá si me terca fidelidad permanece con Chinatown o si mi preferencia cambia por esta maravilla.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 9 de mayo de 2010

Carancho

Cinco motivos para ver Carancho


Primero. Porque es cine argentino del mejor. En lo personal, una buena película nacional me satisface doblemente ya que tiene paisajes e interiores que reconozco, personajes en los que me veo, una forma de hablar que me es familiar y una cultura que me refleja. Y cuando veo una excelente película como ésta, ni les cuento. Se me hincha el pecho con un orgullo que debe ser lo que se llama patriotismo. Me siento honrado de ser de un país que produce artistas de esta estatura. En una tierra en el que cipayismo es ley, y en la que hay que luchar para desembarazarse de un complejo de inferioridad que desde siempre nos lleva a oler a lavanda cualquier pedo extranjero, cuesta enorgullecerse de nuestros creadores. Pero ya es hora de sacudirse prejuicios y aceptar que el talento es talento y si es nuestro, cuánto mejor.


Segundo. Pablo Trapero. Con seis películas (Mundo grúa, El bonaerense, Familia rodante, Nacido y criado, Leonera y ésta), ha construido una trayectoria de una coherencia encomiable, de una creatividad inclaudicable y ha redondeado un estilo intransferible que sólo puede describirse con su apellido. El estilo Trapero. Si no le tuviera miedo a las palabras, le endilgaría el trato que le corresponde, el de maestro. (Perdón, más allá de mi entusiasmo anterior, aún me cuesta sacarme preconceptos que me fueron impuestos desde que tengo uso de razón.)


Tercero. Martina Gusman. Una magnífica actriz cinematográfica a la que la cámara ama. Y ella le retribuye tanto amor, entregándolo todo, no guardándose nada. Tiene un talento innato, una astucia, una intuición que la hace saber que no sólo se trata de confiar en la fotogenia o en la actuación sensible. Para brillar en el cine, hay que proyectar una personalidad, una manera única de enfrentar la cámara, eso que hace que Audrey Herpburn sea Audrey. La Gusman lo sabe y obra en consecuencia.


Cuarto. Ricardo Darín. Por mal que le pese a su modestia, para abarcar su trabajo hay que caer en los superlativos. No es sólo uno de los mejores actores argentinos, es uno de los mejores actores del mundo. Qué raro decir esto de un actor que uno vio nacer como un galán canchero y poco más. Pero lo vimos crecer, comprometerse con su oficio hasta llegar a ser este actor luminoso que hace cosas dificilísimas con la naturalidad de quien se peina. Un grande.


Quinto. La película en sí. Un policial negro hecho y derecho. Uno de esos en el que sus protagonistas por personalidad, por trabajo forjan un destino que los empuja a estrellarse. Ya se sabe, el azar en el policial negro favorece y desfavorece caprichosamente, pero a la larga la impiedad se impone. Trapero se acerca al policial negro clásico sin dejar jamás de ser Trapero (sobre todo en el trasfondo social, nítido, corpóreo, nunca discurseado, en el que sus historias se inscriben; se podrían escribir gruesos tratados sobre las resonancias de su dibujo social.) Y por si fuera poco, los últimos 10 minutos son de una contundencia narrativa maravillosa. Una secuencia inolvidable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 2 de mayo de 2010

Todas las vidas, mi vida

A algunos hombres les basta con esbozar algún mérito para ser encumbrados como genios. Dicha injusticia se corrige tarde o temprano porque no pueden mantener su posición en dicha categoría mucho tiempo. Ahora ha llegado el momento de corregir la falaz imprecisión con que críticos apresuradamente deslumbrados calificaron a Charlie Kaufman. Dista tanto de la genialidad como de la medianía, es apenas un hombre de indiscutible talento, sólo eso.

Despertó una más que auspiciosa reacción con el guión de ¿Quieres ser John Malkovich?, una historia que nadie comprendió del todo y que, para no quedar como tarados, muchos se apuraron a decir que era astuta e inteligente. Sí, pero en el fondo ¿qué corno quería contar? De Human nature mucho no me acuerdo, pero fue muy bueno su guión para el debut como director de George Clooney: Confesiones de una mente peligrosa.

Le siguió su guión para El ladrón de orquídeas en el que echó mano al truco más viejo del manual del guionista. ¿Qué hacer ante un libro infilmable? Poner en escena un guionista que no sabe cómo adaptar un libro y hablar de lo infilmable desde su peripecia. Los críticos fingieron desconocer la obviedad del recurso y calificaron a su treta como innovadora y revolucionaria. Por favor, seamos serios.

Vino entonces su trabajo impecable, irreprochable, magnífico. Su guión para Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, film que posibilitó la mejor actuación dramática hasta la fecha del impar Jim Carrey, perdidamente enamorado de una terrena Kate Winslet de pelo imposible. Una maravilla.

Pero la estatura de un genio se mide más por los yerros que por los logros. Decimos que Bergman, Visconti o Fellini, por ejemplo, son genios porque hasta sus films más imperfectos y menores son valiosos y recompensan. Y si medimos la estatura de Charlie Kaufman con Synecdoche, New York, descubrimos que su mito es insustentable. Debuta como director con este bodrio indigerible. Quizá le convenga seguir como guionista y confrontar su escritura con un director.

Su puesta en escena es pedestre, ramplona, carente de imaginación y creatividad. Sus ideas dominantes (la teoría del otro y el argumento de que todo artista cuenta una única historia a lo largo de su vida) han sido tratadas cientos de veces con resultados más encomiables. El tono es deprimente, es como si este aprendiz de genio, subido equivocadamente al Olimpo de los grandes guionistas hubiera descubierto de repente que, no obstante toda su gloria, morirá algún día como cualquier otro perejil. Y no nos deslumbra con un opus luminoso como Cuando huye el día con la reciente adquirida noción de su mortalidad, sino que nos tortura durante 124 larguísimos e insoportables minutos.

Un director de teatro (Philip Seymour Hoffman), ególatra y pedante como pocos, es abandonado, con razón, por su mujer (Catherine Keener) y su hija (Sadie Goldstein). Al tiempito gana una beca que le permite montar donde quiera y durante el tiempo que sea un proyecto teatral. Se embarca en el montaje de su vida, de allí el título. Sinécdoque es un tropo literario en el cual una parte de algo es utilizada para representar el todo. De allí también el aclaratorio título en castellano (Todas las vidas, mi vida), su vida vendría a representar todas las vidas. El único encanto que tiene el trámite es poner a Samantha Morton y a Emily Watson en el mismo personaje. Estas dos notables actrices inglesas puestas una al lado de la otra, si no hermanas, lucen al menos como primas cercanas.

Cuesta creer que en este film haya diálogos y situaciones que salieran de la misma computadora del hombre que escribió Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Y parece también increíble que con tantas películas valiosas que van a parar directamente a DVD, este engendro irredimible llegue a los cines. Más que un bodrio hecho y derecho, es un SÚPER BODRIO, es un MÁXIMO BODRIO, es EL REY DE LOS BODRIOS.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 25 de abril de 2010

La cinta blanca

En los días previos a la entrega de los Óscars, La cinta blanca era el cuco tan mentado. Es que muchos especialistas la daban como segura ganadora en la categoría de mejor film extranjero. Como se sabe, la criollísima El secreto de sus ojos, que recolecta en estos días merecidos y ditirámbicos elogios de la crítica yanqui, terminó llevándose el premio. Ambas son películas magníficas. Que hubiera que decidir cuál era mejor fue el antipático daño colateral de las entregas de premios. Más allá de estilos y temáticas lo que las distingue es la actitud que le exigen al espectador. El secreto de sus ojos seduce y sólo hay que dejarse llevar. La cinta blanca recompensa mejor cuánto más despejado y atento se está a sus detalles.


Michael Haneke (La profesora de piano, Cachè: Escondido) es un moralista provocador que no se anda con chiquitas. Procura indagar nada más ni nada menos que el origen del mal, el germen del terrorismo, del mesianismo, del fanatismo. Desnudar la violencia, la crueldad, el odio, el goce por la aniquilación que se recubre de apariencias civilizadas.


Sus películas son obras de tesis. Echan mano a cuanta técnica de distanciamiento se conoce. La cámara parece denunciar su presencia. Los diálogos evidencian el poder de la incomunicación, de tan precisos se vuelven inaprensibles. Su cine parece la amalgama perfecta de influencias irreconciliables (Hitchcock y Bergman) que genera thrillers metafísicos que juegan con misterios cuyos desenlaces asustan no sólo a la mente sino también al alma.


La cinta blanca transcurre en un pueblito imaginario del norte de Alemania entre 1913 y 1914. La voz en off del maestro de la escuela nos informa que se propone contar algunos raros sucesos que pueden echar luz a lo que sucedió después. Sus alumnitos parecen estar detrás de esos extraños acontecimientos. Formados en las rigideces protestantes crecen desprovistos de ternura o afecto. Y no se necesita ser muy lúcido para comprender que la represión fanática de necesidades básicas sólo puede engendrar monstruosidades, el nazismo es este caso.

Implacable metáfora en blanco y negro que remite al origen de todo tipo de fundamentalismos. No se la pierda, un lujo para la inteligencia, mire.

Gustavo Monteros

domingo, 18 de abril de 2010

Querido John

Querido John es un drama romántico estúpido y nocivo. La cosa es así. Hay un muchacho, el John del título (Channing Tatum), musculoso saludable al que le dieron todas las vacunas y no le faltaron proteínas en la edad de crecimiento, quien conoce en la playa a chica rubia, bonita, de grandes ojos claros, llamada Savannah (Amanda Seyfried). Pianos y violines dulces subrayan la escena. Estamos en el 2001, según cartel informativo. Contrabajo ominoso hace su entrada. Se enamoran perdidamente. Él es un soldado de licencia. En la adolescencia fue un chico violento, pendenciero, pero desde que entró al ejército es noble y dócil. (Por ahí Susy Giménez tiene razón y debe volver el servicio militar para disciplinar indeseables que provocan inseguridad.) (Aunque por ahí no tiene razón, porque John, a la menor provocación, te caga a patadas, y más eficientemente que antes porque ahora tiene entrenamiento de marine.) Ella (Savannah, claro, no Susy) estudia y es tan rica y buena que reconstruye una casa derrumbada por un huracán para una familia necesitada. En el esqueleto de la casa en construcción se darán el primer beso. Bajo la lluvia, porque es más romántico. Violines melosos que dañarían a un diabético de fondo. El papá de John (el gran Richard Jenkins) es medio autista, pero John lo niega. Hay un vecino (Henry Thomas, quien fuera el nene amigo de E.T.), torpe y bueno como pocos o tan bueno y torpe como un personaje encarnado por el querible Henry Thomas puede ser. Al pobre vecino lo abandonó la mujer y arrastra un adorable niño autista. Con tantos autistas dando vuelta, Savannah tendrá la brillante idea de organizar una granja con caballos para autistas. Porque no sé si sabían, yo al menos no, los caballos y los autistas se llevan bien. Por ahí no es cierto, pero autistas y caballos quedan bien en una película. No importa, Savannah abrirá la granja cuando se reciba y todavía falta para eso. Como dijimos estamos en el 2001, John regresa al ejército a realizar misiones por África que parecen ilegales y nada humanitarias. No llama la atención porque el ejército yanqui es cualquier cosa menos casco blanco. Savannah vuelve a la facultad y estudia mucho porque es una niña muy buena. Y de repente, con violines muy dramáticos de fondo, vuelan las Torres Gemelas. A John le queda un mes para dejar el ejército y volver a comer perdices por siempre jamás en la cocina de Savannah, pero ahora se re enlista porque el deber patriótico lo llama. Savannah llora mucho, se resiste y termina por comprender, porque aparte de buena es muy patriota. Carta va y carta viene. Todas de amor. Canciones románticas poperas de fondo. Hasta que al pobre John, que hace desmanes en Afganistán, le llega una carta de desamor. Contrabajo y violines dramáticos, otra vez. Savannah le da calabazas, zapallos y zapallitos. Se va a casar con otro. Parece que Savannah no era tan buena después de todo. (Los que no quieran saber el final de la historia saltéense el próximo párrafo.)

John, despechado, quema todas las cartas de la ahora pérfida Savannah. Más violines dramáticos y canciones poperas cursis. Al pobre John lo hieren, lo mandan a un hospital, se cura y vuelve a la acción. El ejército ahora es su carrera. Acabado el amor, le queda la defensa de la patria. (En este momento se recomienda a los lectores cantar America the beatiful.) John lucha y despanzurra unos cuantos musulmanes. De repente lo llaman de regreso a la madre patria. Papá tuvo un derrame cerebral. Papá vivía su semi autismo coleccionando monedas. John se reconcilia con papá, hay una escena muy pero muy conmovedora, y papá pasa a mejor vida. John, de puro masoquista, va a ver a Savannah. Ella está acariciando un caballo, pero lo de la granja de caballos para autistas fracasó porque era muy cara. Y se viene la gran sorpresa. Savannah se había casado con el vecino Henry Thomas, no porque haya sido el chico de E. T. o el padre de un autista adorable sino porque lo aqueja una enfermedad terminal. Savannah era muy pero muy buena después de todo. Se había sacrificado dejando al joven padrillo musculoso para casarse con el viejo flacucho, peligroso en el fondo como los galanes que hacía Anthony Perkins. Obviamente, el ex vecino está de última y en el hospital. Savannah quiere traerlo de vuelta a casa, pero la impiadosa prepaga no se lo quiere pagar. John, que es muy pero muy bueno también, vende las monedas coleccionadas por papá y le hace una donación anónima (bah, no tanto porque hasta el boletero lo sabe). Lo hace, no porque Henry Thomas haya sido el nene de E. T. sino porque, como a su propio papá, al ex vecino lo abandonó la mujer. Sí, tiempo atrás la mamá de John, de puro mala malísima, había abandonado al marido semi autista y al pequeño John. John regresa al frente a despanzurrar más musulmanes. Hay una última carta con violines y canción pop melosa, después de la cual, John regresa finalmente a comer perdices por siempre jamás en la cocina de Savannah y a cuidar del autista semi adorable (semi porque ya no es niño sino un adolescente medio pesado) que les legó el ex vecino.

En resumen es un film tonto, torpe, conservador y patriotero. Esto último es lo peor porque defiende la teoría de Bush. Los yanquis son el brazo armado de la palabra divina. Dios nos libre y nos guarde. Amén.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 11 de abril de 2010

Ninotchka

Greta Garbo emerge en mi memoria enmarcada de adjetivos hiperbólicos, todos en mayúsculas: LA ÚNICA, LA ENIGMÁTICA, LA DIVINA. Así la conocí, incluso antes de verla por primera vez. Es que en el viejo star system era la estrella de estrellas. La más distante, la más luminosa, la más inalcanzable. Cuando la conocí, no daban sus películas por televisión. Cuando lo hicieron, lo anunciaron como el evento televisivo más trascendente desde la llegada del hombre a la luna. (No se andaban con chiquitas con nada que tuviera que ver con ella.) En mi infancia por suerte se usaban los re estrenos. Volvíamos a ver en cine films destacados de años anteriores. La MGM organizaba de vez en cuando una retrospectiva de la Garbo que incluía La dama de las camelias, Ana Karenina, Reina Cristina, María Walewska y Ninotchka. Las combinaban de a dos, menos a María Walewska que la daban sola con dibujitos de Tom y Jerry porque era más larga. Vi en el Cine Teatro Catamarca todas, menos María Walewska. El día que la exhibían, cuando me fueron a buscar a la escuela, la maestra se quejó de que me había pasado la mañana conversando con Manuelito Moya que era mi compañero de banco y me castigaron no dándome el permiso para ir al cine. La tía Martina intercedió a mi favor, pero fue de poca ayuda. Sabrá Dios por qué, mamá andaba medio peleada con el mundo en general y con la tía en particular. La tía consideró que era toda una injusticia y la vio en la función nocturna para después contármela. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos mate cocido con leche y rebanadas de pan cacho con manteca y azúcar, me la contó. Mamá estaba furiosa y le dijo algo muy cruel, que tuviera sus propios hijos y no interviniera en la crianza de los ajenos. La tía se encogió de hombros, me guiñó un ojo y siguió contándomela. Mamá salió de la cocina pegando un portazo que hizo temblar los vidrios. Durante el día la pelea terminó. Esa noche, mamá y la tía jugaron a la canasta con los vecinos y estaban de lo más bien. Tiempo después, en mis primeros años de secundario en La Plata, en otra edición del ciclo Garbo, vi María Walewska en el cine 8. Es la más espectacular de las cinco, pero también la más flojita. Las otras tres son muy atendibles, Reina Cristina por el perturbador manejo del erotismo, La dama de las camelias por la insuperable actuación de la escena en que muere, y Ana Karenina porque la pasión que siente por Vronsky es innegable, con semejante calentura no le quedaba más remedio que abandonar casa, marido, hijo e irse con el amante. Pero de las cinco, bah, de todas las que hizo, Ninotchka es la mejor.


No es para menos, fue dirigida por Ernest Lubitsch, uno de los tres reyes de la comedia parlante estadounidense (los otros dos son Preston Sturges y Billy Wilder). Ninotchka es uno de sus dos film que tienen como telón de fondo a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (el otro es su obra maestra indiscutida To be or not to be (1942), calificarla de joya es quedarse corto). Ninotchka (1939) trata el romance entre un occidental capitalista decadente y una fervorosa camarada soviética. Hay filosos chistes que desnudan las iniquidades de ambos sistemas político-económicos. Pero el humor político no es el eje. Lubitsch, como todo buen comediógrafo, es un humanista. Sabe que más allá de declamadas posturas éticas o políticas, un hombre es un hombre. Un ser proclive a los peores vicios y miserias, pero también capaz de maravillas tales como el amor, la solidaridad y el perdón. Ése es su tema: el movimiento pendular humano entre maravillas y miserias. Y él se ríe. De todo. No como la hiena sino con furibunda ternura. Lubitsch comprende y confía. Apuesta a que un día quizá seamos mejores. Es impiadoso con nuestras debilidades, pero las retrata con la esperanza de que podamos modificarlas. Al analizar en detalle sus comedias vemos que nos hace reír de atrocidades, pero no nos atosiga con moralinas infames, nos invita a comprender para superar.


Dos famosos golpes publicitarios se destacan de la carrera de Greta Garbo en la MGM. Su pase del cine mudo al sonoro fue anunciado con bombos y platillos como GARBO HABLA. Y cuando se estrenó Ninotchka se la promocionó como GARBO RÍE. No es que no se hubiera reído nunca, no, en sus películas se rio y mucho, pero por primera vez dejaba de lado a las sufridas heroínas románticas y se lanzaba a la comedia. Para gloria propia y la del cine. Está deliciosa.


Garbo permaneció siempre incólume en su esplendor, como una esfinge perfecta y eterna. Todas las demás estrellas (Ingrid Bergman, Marlene Dietrich, Katherine Herpburn, Bette Davis, etc.) envejecieron ante las cámaras. Las vimos ajarse y las amamos más. A Garbo, no. Ninotchka sería su penúltima película. Tres años después, tras el fracaso artístico y comercial de La mujer de dos caras (u Otra vez mío) se retiró para siempre y se escondió del mundo. Su imagen se volvió icónica, legendaria. Despertó admiración, pero no mucho cariño. La perfección detenida en el tiempo en el fondo asusta. Sin embargo Ninotchka nos muestra a una mujer asequible a la que es posible amar. Otro mérito del gran Lubitsch, quizá.


El jueves 15 de abril TCM brinda un tributo a Greta Garbo. A las 14 va La dama de las camelias, a las 15:55 Mata Hari, a las 22 Reina Cristina y a las 23:50 El velo pintado. Pero a las 17:30 va la mejor: NINOTCHKA. Si la han visto, véanla otra vez. Es un clásico y los clásicos se resignifican cada vez que uno los visita. Y si no la han visto, falten al trabajo, salgan más temprano, o no cometan ningún pecado laboral y grábenla o bájenla de internet. En esta era de listas, de las 2000 películas que hay que ver antes de morir y esas cosas, diré que figura en mi lista de imperdibles. Vale la pena. Consejo de amigo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 4 de abril de 2010

Dos hermanos

Todos los años pares, Daniel Burman estrena un largometraje. Así que cada dos años, los degustadores del buen cine argentino estamos de parabienes. Desde su más que auspicioso debut con la bella y sorprendente Un crisantemo estalla en cinco esquinas (1998), el cine de Burman fue siempre atendible, lo evidencian Esperando al mesías (2000) y Todas las azafatas van al cielo (2002), pero desde que inauguró su ciclo de indagación de las relaciones familiares se ha vuelto fascinante: El abrazo partido (2004), Derecho de familia (2006), El nido vacío (2008).


Antes de entrar, el afiche nos informa que seguimos en el universo familiar, pero el eje ya no está puesto en la relación padre-hijo sino en la fraternal. Dos hermanos retoman un trato estrecho después de la muerte de la madre. A Burman más que articular una historia, le gusta narrar desde los personajes. Para ello cumple a rajatabla con un precepto de las artes de representación que en inglés se expresa como God is in the details (Dios está en los detalles). Es decir que cuanto más pormenoricemos una situación en particular más cerca estaremos de hallar una verdad. Burman, más que un pintor de frescos, es un orfebre que engarza gemas en un collar. Cada escena sería una gema. Algunas están mejor pulidas que otras. Sus películas están unidas por apasionantes puntos suspensivos. Tanto en El nido vacío como en Dos hermanos, los personajes se vuelven misteriosos. Los espiamos en momentos intensos, los conocemos en profundidad en circunstancias determinadas, pero no sabemos con certeza qué los llevó a ser así, qué devenir los conformó de esa manera. En Dos hermanos, vemos que Marcos (Antonio Gasalla) reprimió sus impulsos sexuales y supeditó la vida a la de su madre, pero ¿por qué exactamente? Hay pistas, pero nos toca a nosotros completar el retrato. Susana (Graciela Borges) es una manipuladora terrible, pero ¿cuál de todas sus frustraciones la lleva a meterse de ese modo con la vida de los demás? También como El nido vacío, un viaje acelera la peripecia hacia la aceptación y el conocimiento de algunas verdades negadas.


Al ser una película de personajes, los actores adquieren una relevancia suprema. A Gasalla se le pide un personaje muy metido para adentro que lo aleja de sus extrovertidos hallazgos cómicos. Está muy bien, pero por momentos se le escapa su reconocido histrionismo como en la escena en la que le reclama a su hermana la habilitación del celular. Graciela Borges compone un personaje que parece dialogar con toda su carrera. En este personaje conviven las chicas un poco tarambanas que hizo para Torre Nilsson, las señoras paquetas de sus primeros films con Raúl de la Torre y las mujeres patéticas que le dio a Lucrecia Martel y a Luis Ortega. Y agrega ahora el manejo sabio de un negrísimo humor.


Burman vuelve también a coquetear con el musical. Declaró que le encantaría hacer uno, pero que los costos son muy altos. Ojalá encuentre producción y logre concretar esa ambición. En la función a la que asistí, no bien terminó el film, nos prendieron las luces de sala y muchos espectadores que se marchaban tuvieron que volver a los asientos. Esperen los títulos finales, hay una yapa que nos devuelve a la calle con una sonrisa.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 28 de marzo de 2010

El cine de Berón

Como nada digno de mención se estrena en nuestros cines esta semana, aprovecho para completar una crónica que quedó pendiente cuando hablé de Confidencialmente tuya: la del cine de Berón.


El de Berón era un cine fantasma, trashumante. Funcionaba los domingos en el patio de la cuadra de la panadería de los Beltramelo. La panadería estaba frente a la plaza, sobre la calle que lleva a La Barrera y más allá, a la cuesta del Portezuelo.


Como todo cine al aire libre, dependía de las inclemencias del tiempo. Desde mediados de junio hasta los primeros días de septiembre no había función, los rigores del frío lo impedían. Y si el invierno se adelantaba, desde mediados de abril raleaban las funciones. Su temporada fuerte era la primavera y el verano. Siempre y cuando no se presentaran demasiado lluviosas.


Los domingos, entre la misa de once y el partido de la Liga de Fútbol que arrancaba a la una, pasaba una chatita con altoparlantes anunciando el programa de la fecha. Generalmente el programa consistía en viejas películas argentinas o mexicanas. Aunque la campaña de alfabetización amenazaba con desterrar el analfabetismo, todavía había gente que no sabía leer, de ahí la importancia de que fueran películas habladas en castellano. Recuerdo que sólo una vez dio una película hollywoodense hablada en inglés: Sinuhé, el egipcio. Ese día la chatita para compensar la desventaja del idioma, acentuaba que era en rutilante Tecnicolor.


La función era a las nueve. A eso de las seis llegaba Berón en un camioncito en el que transportaba un centenar de sillas plegables de madera y de lata, y el proyector, claro. Los Beltramelo que eran un batallón con dos reinas de la belleza lo ayudaban a descargar y a instalar las sillas en el patio. Las dos reinas eran las hermanas del medio, tan hermosas como las estrellas de cine.


Se entraba por un portoncito de lata, frente al cual a eso de las ocho se instalaba Don Berón en una mesita de madera para ver pasar la vuelta al perro y esperar a sus clientes. Tenía a mano una caja de zapatos con las entradas y el cambio, y un vaso de vino tinto con el que se mojaba los labios porque siempre estaba lleno. La tía Martina decía que había tenido mala bebida, que las monjitas le habían quitado la sed, pero no la costumbre. A mí la frase me sonaba críptica aunque nunca pregunté qué significaba. Un buen día la entendí. Supongo que son esas cosas las que nos indican que ya no somos chicos.


Al contrario del cine del cura, al que sólo se accedía si se tenía el monto completo de la entrada, el cine de Berón tenía una entrada negociable. Si no se tenía plata, pero sí la voluntad de ayudarlo a cargar las sillas al final de la función, se entraba. Si se era chico y se tenían sólo unas monedas, se podía entrar y ubicarse en las ramas del árbol que separaba el patio del gallinero de los Jalil. Y si su clientela femenina, consistente en señoras que se ganaban la vida limpiando casas, cuidando chicos o ayudando en las huertas, había tenido una mala semana, aceptaba huevos, quesillos o algún frasco de arrope. Aclaraba siempre que le convenía que le pagaran con plata, pero que no por ese detalle se iban a quedar sin entretenimiento si tenían algo que canjear. Algunas de sus clientas que hallaban duras las sillas traían mullidos almohadones de plumas.


La única vez que tuvo poco público fue durante el reinado de La novicia rebelde en el Cine Teatro Catamarca. Pero no la maldijo porque le había gustado. Además opinó que la Julie Andrews aunque cantaba finito tenía buenas tetas, y que menos mal que no terminaba de monja porque hubiera sido un desperdicio de mujer.


Sus grandes éxitos eran las películas de Tita Merello y en menor escala, las de Libertad Lamarque. Si daba Mercado de Abasto o Pasó en mi barrio venía gente hasta de Sumalao y tenía que pedir prestado sillas a los clubes vecinos. Esos días no aceptaba trueque, cantante y sonante o nada. No era necesario que lo aclarara. Su clientela femenina de la mala semana, aunque las hubieran visto dos o tres veces, sacaban plata de donde no fuera y si no quedaba más remedio hasta pedían prestado, pero a la Merello no se la perdían. En las escenas dramáticas se oían sollozos y lamentaciones tan profundas que parecía el velorio de alguien muy apreciado. La película se interrumpía dos o tres veces para el recambio de rollo. Y si nos pescaba en un revés del destino de la pobre Tita, hasta a los hombres que no debían llorar se los veía pelear con los lagrimones. Es que el sufrimiento de Tita no le era ajeno a nadie. De la Lamarque nos llegaban sus tremebundos melodramas mexicanos, llenos de madres abnegadísimas e hijo pérfidos que sólo se redimían al final, después de haberle ocasionado infinitas penas a la sufridísima madre.


Entre los hombres, el más popular, incluso más que Sandrini, era Cantiflas. Su buscavidas rotoso y querible hallaba eco inmediato. Curiosamente Niní Marshall, aunque respetada y venerada, no era tan popular. Sospecho que hallarían su humor demasiado “urbano” para el gusto norteño.


Como en el cine Mayo de La Plata, uno entraba por el lado donde estaba la pantalla, ya que la colgaban sobre la pared y puerta trasera de la panadería. A la derecha, en la puerta de la cuadra, los Beltramelo ponían una tabla y vendían sándwiches, empanadas y una especie de churro relleno de dulce de leche, que no puedo recordar cómo los llamábamos por más que rastrille mi memoria. No vendían alcohol, sólo gaseosas. Las bellas Beltramelo recibían con gusto todo tipo de piropos, pero si alguien se propasaba papá Beltramelo ponía orden. Un gesto inútil porque las niñas, criadas con una cuadrilla de hermanos sabían muy bien cómo lidiar con cualquier hombre por más pesado que se pusiera.


Baños no había, los hombres se desaguaban en los árboles de la plaza y las damas iban a la esquina, donde estaban el Club Obrero y el Marcos Avellaneda. También se podía recurrir al baño de la comisaría, sita también en la esquina.


Me dejaron ir solo al cine de Berón desde que tenía siete años. Estás más seguro ahí que en el cine del cura, me decían. Cuando pregunté por qué, me contestaron que iban todos los que nos conocían. Era verdad. Volvía pisando la medianoche, caminando por la calle con Doña Cacho, que era jefa de la hinchada de San Martín, o en el caño de la bicicleta del Mingo, de Don Hilario o de Don Quintero.


Si hacía frío en otoño, nos abrigábamos bien. Sabíamos que teníamos que estar unas tres horas a la intemperie. Las funciones dudosas eran cuando relampagueaba. En primavera o en verano, a veces relampaguea mucho, pero no llueve. Una vez, se desató un aguacero en medio de la segunda película, Don Berón nos dijo que faltaba una media hora y preguntó si nos queríamos quedar porque no podía volver a traer el mismo film el próximo fin de semana. Dijimos que nos quedábamos. Le hicieron un techito con lonas al proyector y vimos el final, empapados y felices. Hacía mucho calor y la lluvia nos atemperaba. Para combatir los mosquitos y zancudos, quemaban guano, o sea caca seca de caballo o vaca, una hora antes de la función.


Por supuesto, el cine de Berón era itinerante. Cada día de la semana abría en un lugar distinto de la provincia. En otoño e invierno andaba por lugares alejados donde daba funciones bajo techo, en clubes o escuelas.


Durante mi primaria en Catamarca, el cine de Berón funcionó con éxito. En algún momento de mi secundaria en La Plata, dejó de existir. En unas vacaciones, la tía Martina me contó que se cruzó con Don Berón en la fiesta de la Virgen y le preguntó de su vida, no por curiosidad propia (sí, tía, claro) si no porque sabía que a mí me interesaría. Don Berón le contó que había vendido el proyector a un cine del interior, que nadie había querido seguir con su itinerario y lo bien que habían hecho, porque con la proliferación de la televisión que llegó a Catamarca con el Mundial del 78, ya a nadie le interesaba el cine. Nada zonzo, el hombre se había separado de su esposa, una mujer amargada que lo había empujado al camino y a la bebida porque no lo quería, y se había aquerenciado con una buena moza de Andalgalá que le cambiaba entradas por una cama caliente y cariñosa. Estaba muy bien y ya andaba por el tercer retoño, dos changuitos y una chinita que eran su alegría. La vida lo había premiado. Lo bien que hizo. La buena fortuna siempre debería sonreírles a los hombres que ennoblecen la vida.

Un abrazo,
Gustavo Monteros