viernes, 23 de febrero de 2024

Querido diario - Hoy: El 74 de Giannini


 

Mientras duró el descanso, elegí películas para nuestras secciones habituales de Programa doble, Películas que ya tendría que haber visto o Películas con títulos de una palabra evocadoras de ciudades, países o accidentes geográficos, etc. Pensé también en nuevas secciones: 50 años no es nada (donde repasaría films que este año cumplen 50 años de su estreno, como Chinatown), Reverdeciendo laureles (en la que vería si algunos clásicos sigue vigentes o ya perecieron), El original y la copia (análisis de obras que tuvieron su remake feliz o desafortunada) o Al mal tiempo, feel-good movies (espacio para contrarrestar la deshumanización ya instalada o para celebrar la poca humanidad que nos queda, revitalizando costumbres perdidas, como la solidaridad, la generosidad, la amabilidad) Pero a medida que se acercaba el momento de concretar las ideas y sentarme a escribir, me dominaba un sentimiento de Déjà vu, de ya lo hice antes y mejor quizá, de para qué insistir. ¿Acaso se me habían pasado las ganas de hablar sobre cine? No, me contesté. Solo es hora de variar el ángulo, de correrse de las estructuras practicadas, de abandonar las rigideces a las que obligan las formas elegidas de ejercer este amor por la narración audiovisual. Se me ocurrió entonces intentar uno de los recursos más viejos: el clásico y confesional Diario. Allá vamos.

 

Diario de un cinéfilo desesperado en tiempos de oscuridades político-sociales

 

También fui actor. Mi carrera de tan modesta fue casi secreta. Los pocos fulgores que disfruté fueron los entusiasmos inesperados de conocidos y parientes que no esperaban nada de mi talento y que en noches de estreno a regañadientes concedían que quizá no fuera histriónicamente tan negado y algo pudiera lograr con mi insistencia de hacerlos reír y emocionarse. En noches de insomnio fantaseo con los papeles con los que me hubiera gustado consagrarme en el teatro o el cine, la tele no me moviliza demasiado, soy un nadie con pretensiones. Y como soy enciclopédico y me gusta solazarme con las carreras ajenas, se me da por pensar si tal o cual actor comprendió la trascendencia de su labor en el momento en que encaraba el personaje que habría de hacerlo inolvidable o si lo vivió como una instancia más de su trabajo.

 

Uno de los actores que más admiro es Giancarlo Giannini, sobre todo por culpa de su Pasqualino Siete Bellezas (o Pasqualino Settebellezze, en el original), que se estrenó en Italia el 20 de diciembre de 1975 y en Argentina el 20 de octubre de 1977 (por entonces las películas tardaban en llegar y la censura no ayudaba mucho, le ponía peros hasta a Bambi). No pude encontrar detalles de fechas de producción o mucha precisión de dónde se filmó. Lo poco que pude averiguar es que se rodó en parte en Yugoslavia (las escenas de la fuga) y que el escenógrafo Enrico Job pidió que las tomas de interiores del campo de concentración se filmaran en Tívoli, en una vieja fábrica de papel erigida sobre las ruinas de un templo griego y que hay escenas en Aversa y en Nápoles, claro). Y la única fecha fidedigna que averigüé dice que en junio de 1975 estaban filmando (¿esta fecha es terminación o inicio de rodaje?, no se sabe o yo no supe averiguar más. Las maravillas no surgen de la magia. Todo tiene trabajo, dudas, sudor, detrás. No basta con la inspiración y la suerte.

 

Vi y leí reportajes a Giannini sobre Pasqualino y nadie le preguntó si tuvo consciencia durante el rodaje de que estaba inscribiéndose en la Historia del cine.

 

Y como mi curiosidad es insaciable, me dije: ya que mi inquietud está insatisfecha, puedo hacer algo que si está a mi alcance: repasar la carrera de Giancarlo desde sus inicios hasta que llegó a Pasqualino. Ambición que tuve que contener o limitar al año anterior de filmar Pasqualino, porque Giancarlo antes y después de las siete bellezas es un hombre prolífico con gran capacidad de trabajo. Y si bien internet podía proveerme todos los títulos, mi tiempo es limitado. Trabajo, tengo otras inquietudes, una vida de relación, una perra, bañarme, comer, etc. A veces, muy pocas en realidad, envidio a los copistas medievales que en las tranquilidades de sus conventos se dedicaban a una sola tarea en sus vidas.



En el año 1974, Giannini estrenó tres películas. La primera Il bestione de Sergio Corbucci, conocida en la Argentina como Nino, el bestione, una comedia costumbrista, mencionada a la pasada en el documental de Netflix sobre Corbucci producido por Quentin Tarantino. Esta comedia es tanto una de caminos (road movie que le dicen) como una de amigos o parientes desparejos (buddy movies que le dicen) Al contrario de lo que implica el título para la distribución argentina, el bestione no es Nino (Giannini)] sino el camión gigantesco que, con su compañero, Sandro (Michel Constantin) se turnan en manejar mientras van de un país a otro con la gran carga que transportan. Los dos protagonistas se detestarán en un inicio y de a poco, por problemas a superar, por aventuras compartidas, por soledades iluminadas, comenzarán a aceptarse y apreciarse. Hoy da un poco de resquemor verla. Si bien no promueve el machismo, refleja una sociedad patriarcal condescendiente y despreciativa hacia las mujeres. El aire de los tiempos en que fue hecha. Al ser fiel a su época, denuncia una necesidad de cambio urgente, porque estos dos hombres no hallan fácil vivir en este mundo patriarcal. Sostienen el statu quo por inercia, no por convicción. Hoy, las feministas rechazan de plano estas películas (quizá hagan bien) y no observan que el mundo retratado reclama el desequilibrio que no tardaría en llegar. Uno es un hombre divorciado a la que la mujer le metió los cuernos, porque se sintió frágil y abandonada por los tiempos muertos de los largos viajes y el otro se aprovecha de las necesidades de una viuda mayor con algo de dinero porque es su única posibilidad cierta de reunir el dinero para comprar su propio bestione, y ambos rechazan haber sido arrinconados a esa realidad. Son machos que no se sienten cómodos en sus roles (Ciao machio, Marco Ferreri, 1978) en los tiempos (para jugar con otro título de película) de El futuro es mujer (Il futuro è donna, Marco Ferreri, 1984)




La segunda película que Giannini estrenó en 1974 se ve sin vergüenza porque es un drama histórico progresista y bien intencionado: Fatti de gente perbene (conocido en la Argentina no por la traducción fiel de su título original, Hechos de gente bien, sino como La gran burguesía) de Mauro Bolognini. Estamos en 1902 en Italia. Linda (Catherine Deneuve, esplendorosamente bella) está mal casada con un hombre violento, abusivo, cruel. Su hermano Tulio (Giannini) decide librarla de lo que considera una muerte segura matando al marido. Linda y Tulio son hijos de un profesor de Medicina de ideas amplias, opuestas a las restrictivas del catolicismo, el doctor Augusto Murri (Fernando Rey, actor que también estará en Pasqualino Settebellezze). La verdad del crimen saldrá a la luz, pero los responsables no serán juzgados por el asesinato en sí, sino por el odio a las ideas progresistas del doctor Murri. La acción coordinada de una prensa que defiende un catolicismo a ultranza demonizará, con la ayuda del comisario investigador, transformarán el juicio en una caza de brujas. La película nos demostrará que las campañas de los medios de comunicación hegemónicos actuales no inventaron nada al demonizar a los que se oponen al ideario de ultra derecha que sostienen. El film también nos corroborará que, en esos lejanos tiempos, tal como ahora, una justicia supeditada a la opinión fanatizada de los medios dominantes no es tal sino una farsa. Un drama de época muy bien hecho y por desgracia muy vigente.




Y la tercera película que Giancarlo estrenó en 1974 es Travolti da un insolito destino nell'azzurro mare d'agosto (Abrumado por un destino insólito en el mar azul de agosto, en la traducción original). Para su estreno en la Argentina, el título se simplificó a Insólito destino, y es la película inmediatamente anterior a Pasqualino Settebellezze que hizo el tándem Lina Wertmüller, directora y guionista y su actor fetiche, don Giancarlo Giannini, el genial. Se trata de una comedia de estereotipos opuestos. En un yate de lujo, alquilado a unos cuentapropistas, veranean unos ricos. La insoportable Raffaella (Mariangela Melato), una alta burguesa caprichosa, cruel, despreciativa, insultante se destaca del resto de los veraneantes. Y la padece el camarero-tripulante, Gennarino (Giancarlo Giannini, filmado más esplendorosamente que de costumbre por Wertmüller), un proletario socialista, machista y prejuicioso. El azar y el argumento determina que Raffaella y Gennarino terminen juntos en una isla desierta. De movida la extracción social, o sea la diferencia de clases, la ideología, las experiencias de vida y los prejuicios irremontables los separarán. Pero los dos son jóvenes, saludables y sexis, así que el prejuicio de la diferencia de clases se volverá deseo, y aunque apliquen en clave erótica la dicotomía amo-sirviente, invirtiéndola a cómo se daba en el barco, la pulsión sexual aplanará las diferencias. Tanto que cuando puedan ser rescatados, preferirían no serlo para continuar con su recién descubierta relación erótica-afectiva. La comedia es efectiva, aunque ratifica verdades de Perogrullo. Si se eliminan los mandatos sociales de clase, experiencia, crianza, surgirá una lógica nueva, que quizá contenga los mandatos mencionados, ahora reacondicionados a una manera más asequible a las necesidades de los individuos que deben padecerlos. Dice también que el sexo, reprimido por las convenciones y necesidades de dominio, de mantenimiento de un equilibrio social reaccionario, liberado es la puerta a un estado nuevo, quizá revolucionario. De todos modos, la realidad como la conocemos se impondrá, aunque nadie les quitará lo bailado, de ahí que el final sea más agridulce que triste.




Y a continuación de Insólito destino, algo que no puede negarse porque se lo ve muy bronceado, y aunque habría de estrenarse en 1975, Giannini rodó por septiembre de 1974 A mezzanotte va la ronda del piacere (conocida por estos pagos por la traducción literal de su título: A medianoche va la ronda del placer) de Marcello Fondato. Se trata de una comedia ligera a la manera de Punch and Judy, porque cualquier motivo es bueno para darse mamporros (tradición cómica que hoy merece la política de la cancelación, pero que se entronca con el comienzo del teatro y de gran éxito en el Medioevo y el Renacimiento. Tina Candela (Monica Vitti) enfrenta un juicio por haber supuestamente matado a su marido, Gino Benacio (Giannini) tras una violenta pelea. Digo supuesto crimen porque no hay cadáver, dado que Gino cayó accidentalmente en un sumidero y no se supo más de su cuerpo. Gabriella Sansoni (Claudia Cardinale) casada con Andrea Sansoni (Vittorio Gassman) más preocupado por hacer dinero en dudosos negocios que en atenderla, es llamada como miembro del jurado en el juicio a Tina Candela. Gabriella, única mujer en un jurado de hombres, tiende a comprender e inclinarse por la inocencia de Tina Candela. En un principio la balanza parece inclinarse hacia ella, Gino Benacio era un marido que por todo recurría a los cachetazos y a la infidelidad. Aunque, como se comprobará después, Tina Candela no se queda atrás. En cachetazos e infidelidad. Gabriella, afecto-carenciada, imaginará que las distintas instancias por las que pasa Tina Candela, le pasan a ella y Andrea. Por todo lo dicho, hoy es una comedia vergonzante, ofensiva e injustificable, más allá de unos buenos chistes y gags que no se relacionan para nada con la violencia contra la mujer.




Nunca sabré, o al menos no por ahora, si al comenzar a filmar Pasqualino Settebellezze, Giancarlo Giannini fue consciente de que entre manos tenían una genialidad. Lo que queda en evidencia es que le puso todo el amor a su profesión y el máximo compromiso con su histrionismo. El mismo empeño responsable que le puso a estos proyectos de variado propósito y resultados. Los actores que aman su profesión encaran cada proyecto con la creencia de que saldrán de la mejor manera. Y a veces sus esperanzas se cumplen.

Gustavo Monteros


viernes, 16 de febrero de 2024

Querido diario - Hoy: Past Lives - Of an Age


 

¡Bienvenidos a un nuevo año de Crónicas de cine!

Mientras duró el descanso, elegí películas para nuestras secciones habituales de Programa doble, Películas que ya tendría que haber visto o Películas con títulos de una palabra evocadoras de ciudades, países o accidentes geográficos, etc. Pensé también en nuevas secciones: 50 años no es nada (donde repasaría films que este año cumplen 50 años de su estreno, como Chinatown), Reverdeciendo laureles (en la que vería si algunos clásicos sigue vigentes o ya perecieron), El original y la copia (análisis de obras que tuvieron su remake feliz o desafortunada) o Al mal tiempo, feel-good movies (espacio para contrarrestar la deshumanización ya instalada o para celebrar la poca humanidad que nos queda, revitalizando costumbres perdidas, como la solidaridad, la generosidad, la amabilidad) Pero a medida que se acercaba el momento de concretar las ideas y sentarme a escribir, me dominaba un sentimiento de Déjà vu, de ya lo hice antes y mejor quizá, de para qué insistir. ¿Acaso se me habían pasado las ganas de hablar sobre cine? No, me contesté. Solo es hora de variar el ángulo, de correrse de las estructuras practicadas, de abandonar las rigideces a las que obligan las formas elegidas de ejercer este amor por la narración audiovisual. Se me ocurrió entonces intentar uno de los recursos más viejos: el clásico y confesional Diario. Allá vamos.

 

Diario de un cinéfilo desesperado en tiempos de oscuridades político-sociales

 

Las transculturizaciones me pudren. Me asusta que Halloween se instale o que la pérdida de raigambre cultural nos lleve a abrazar Acción de gracias. Pero suprema contradicción (¿a la Maryland?) San Valentín ya no me cae tan mal y San Patricio me seduce mucho. O sea, me perdono con aquello de Si no podés contra ellos, úneteles. Y como todo es compraventa y dado que no tenemos un mango que nos sobre, no intentan campañas agresivas para vendernos flores o bombones (algo complicado en tiempos de olas de calor) y se conforman con alentarnos a que celebremos nuestros San Valentines con cenas afueras que pueden ser con amigos si no tenemos parajes estables, en vías de serlo o palenques donde rascarnos. Eso sí, como siempre están vendiendo streamings varios, nos recuerdan hasta el hartazgo las películas de amor que tenemos disponibles en tal o cual plataforma. Yo, sin ir más lejos, enumeré el año pasado para estas fechas algunas de mis favoritas. ¿Tengo algunas nuevas para agregar a la lista?

 

De las que vi últimamente dos se me hicieron recuerdos recurrentes. Y bien que podrían haber terminado en la sección de Programa doble, porque las dos juegan con (para citar un clásico) Lo que no fue, pero bien pudo haber sido. Ellas son la nominada a dos Óscares 2024 (por Mejor Película Mejor Guion Original) Past Lives, escrita y dirigida por Celine Song con Greta Lee, Teo Yoo y John Magaro en los protagónicos y la no Oscarizada y un poquito más vieja, es del 2022, Of an Age, escrita y dirigida por Goran Stolevski con Thom Green y Elias Anton en los protagónicos.

 

En el comienzo de Past Lives vemos a la futura Nora y a Hae, dos chicos de 10 años en Seul, son compañeros de escuela, se complementan, se apoyan mutuamente y si no es el famoso primer amor, le pasa raspando. Pero la familia de Nora emigra a Canadá y la relación se suspende. Pasan 10 años y Nora que ahora está en Nueva York como dramaturga en ciernes, una noche jugando con su madre con las redes sociales descubre que Hae la anduvo buscando, le responde y se reencuentra por zoom. La relación reverdece, pero ante la imposibilidad de verse a la brevedad en persona, deciden darse un año sin comunicarse. Cuando este lapso haya pasado, unas cuantas cosas habrán pasado y llegado el momento de reencontrarse en persona, algunas cuestiones se han vuelto insalvables.

 

En Of an Age, estamos en el verano de 1999 en Australia, Kol (Elias Anton) un adolescente de 17 años tiene que participar en una competencia de ballroom con Ebony (Hattie Hook) una tarambana fiestera que despierta la tarde del concurso en una playa muy lejana de donde tienen que participar. Ebony le pide a su hermano mayor, Adam (Thom Green) que la pase a buscar. Y así Kol y Adam se conocen. Habrá idas y vueltas, y Adam y Kol pasaran una noche de amor. Pero, siempre hay un pero. Adam al día siguiente se va a estudiar a las antípodas. Se despiden para siempre jamás. Aunque 10 o 12 años más tarde, el casamiento de Ebony volverá a juntarlos. Pero el tiempo transcurrido y el océano de por medio habrán levantado barreras infranqueables, incluso cuando el amor siga tan vivo como en aquella noche fundacional.

 

Estas dos historias juegan con el esquema de Romeo y Julieta. Las circunstancias de las dos familias enfrentadas son sustituidas por elecciones profesionales, ambiciones personales y destiempos desafortunados. Pero lo más corrosivo y con lo que nos identificamos es con la idea de lo que pudo haber sido. Todos tenemos historias inconclusas que pudieron haber tenido derroteros con los que solo podemos fantasear. La vida nos llevó para otros lados, para otros brazos, para otros destinos. Sin embargo, en noches de insomnio o en esperas en los que la mente divaga, nos preguntamos y si…

 

Past Lives y Of an Age son historias conmovedoras que acompañan y se vuelven imperecederas. Y nada expresa su pernicioso sustrato como la letra de esta canción de Stephen Sonheim que canta el personaje Benjamin Stone en Follies

 

The road you didn’t take

 

You're either a poet

Or you're a lover

Or you're the famous

Benjamin Stone

 

You take one road

You try one door

There isn't time for any more

One's life consists of either/or

One has regrets

Which one forgets

And as the years go on

 

The road you didn't take

Hardly comes to mind

Does it?

The door you didn't try

Where could it have led?

 

The choice you didn't make

Never was defined

Was it?

Dreams you didn't dare

Are dead

Were they ever there?

Who said?

I don't remember

I don't remember

At all...

 

The books I'll never read

Wouldn't change a thing

Would they?

The girls I'll never know

I'm too tired for

 

The lives I'll never lead

Couldn't make me sing

Could they?

Could they?

Could they?

 

Chances that you miss

Ignore

Ignorance is bliss—

What's more

You won't remember

You won't remember

At all

Not at all...

 

You yearn for the women

Long for the money

Envy the famous

Benjamin Stones

 

You take your road

The decades fly

The yearnings fade, the longings die

You learn to bid them all goodbye

And oh, the peace

The blessed peace...

At last you come to know

 

The roads you never take

Go through rocky ground

Don't they?

The choices that you make

Aren't all that grim

 

The worlds you never see

Still will be around

Won't they?

The Ben I'll never be

Who remembers him?

El camino que no elegiste

 

O sos un poeta

O sos un amante

O sos el famoso Benjamin Stone

 

 

Tomás un camino

Abrís una puerta

No hay tiempo para nada más

La vida consiste en es esto o aquello

Uno tiene arrepentimientos

De los que se olvida

A medida que pasan los años

 

El camino que no elegiste

Apenas si te lo acordás

¿No?

La puerta que no abriste

¿Dónde te pudo llevar?

 

La elección que no hiciste

Nunca se definió

¿No?

Los sueños a los que no te atreviste

Están muertos

¿Alguna vez existieron?

¿Quién dijo qué?

No me acuerdo

No me acuerdo

Para nada…

 

Los libros que nunca leíste

Nada cambiaron

¿No?

Las chicas que nunca conocerás

Porque estoy cansado para hacerlo

 

Las vidas que no vivirás

No te hubieran hecho cantar

¿No?

¿No?

¿No?

 

A las oportunidades perdidas

Ignóralas

La ignorancia es felicidad

Lo que es más

No te acordarás

No te acordarás

De nada

Absolutamente nada…

 

Añoraste mujeres

Anhelaste dinero

Envidiaste a los famosos

Benjamin Stone

 

Tomás un camino

Las décadas vuelan

Las añoranzas se apagan, los anhelos mueren

Aprendés a despedirte de todo eso

Y, ah, la paz

La paz bendita

Por fin la llegás a conocer

 

Los caminos que nunca elegiste

Van por terreno pedregoso

¿No?

Las elecciones que hiciste

No son todas siniestras

 

Los mundos que nunca verás

Todavía andarán por ahí

¿No?

El Ben que nunca serás

¿quién se acuerda de él?

 

 

Stephen Sondheim

Traducción de quien les habla

 

Gustavo Monteros



viernes, 24 de noviembre de 2023

Desensillar hasta que aclare

 Hola

Iba a tomarme las vacaciones anuales desde el viernes 8 de diciembre, pero voy a adelantarlas un par de semanas. Para los que no viven en Argentina y no son de seguir la agenda política de cada país, les cuento que el domingo 19 de noviembre, la ultraderecha se hizo con la presidencia de la república. Si bien puedo divorciarme de la realidad y abstraerme en la escritura sobre cine, prefiero no hacerlo si tengo la oportunidad. El fondo de mi mente no dejaría de estar abarcado por la preocupación de toda la incertidumbre que se nos viene encima. Por eso mejor desensillar hasta que aclare. ¡Felices fiestas! Nos reencontramos por el día de San Valentín. ¡Y que no nos quiten lo conseguido!

Gustavo Monteros

viernes, 17 de noviembre de 2023

Lo que ya tendría que haber visto - Hoy: Mi familia y otros animales


 

En el mundo hay muchas películas, demasiadas quizás, y no hay cinéfilo que haya visto todas las que hubiera querido ver. Por motivos distintos, guarda algunas para otra ocasión. Hasta que la lista se le vuelve tan voluminosa como una novela de Tolstoi. Entonces, cuando puede, comienza a disminuir la selección, no sea cosa que se le haga una enciclopedia de varios volúmenes.

Esta sección no se llamará Lo que no fue ni Lo que el viento se llevó sino Lo que ya debería haber visto.

 

Hoy: My Family and Other Animals

Los pueblos cargan una idiosincrasia mítica y falaz, basada en supuestas observaciones objetivas, que si tuvieron algún fundamento fue más efímero que el famoso pedo en la canasta. Y así se dice, peyorativa y estereotipadamente, que los italianos son vocingleros y expansivos, que los franceses son antipáticos y poco amigos del baño, que los alemanes son fríos y carecen de humor, que los argentinos son charlatanes y ventajeros y así.

 

De los ingleses se dicen que son recatados, convencionales, inexpresivos. Esta caracterización se da de bruces con la celebración permanente de los ingleses de la excentricidad. Su historia y literatura rebosa de excéntricos, anticonvencionales, excepciones a la norma. Y si bien ya venían raritos desde los albores, en el siglo XX en cine, teatro, música, moda y literatura fueron el colmo. Y la familia Durrell no fue la excepción. Y para dejarlo en claro, al revés de las familias encumbradas por genios que por regla ostentan uno por árbol genealógico, los Durrell tuvieron dos y ¡en la misma generación!: Gerald y Lawrence.

 

Lawrence es el autor del Cuarteto de Alejandría (Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958), Clea (1960)) y por lo tanto un novelista insoslayable en la historia de la literatura mundial del siglo XX. Gerald fue un divulgador científico de la zoología, un conservacionista y ambientalista único. Su obra científica es medular y si bien ya no se usa observar en cautiverio, su amor por todas las especies animales es tan encomiable como inevitable. Yo, por el contrario, no soy ningún San Roque. Amo a los perros, pero tal predilección no me convierte en adicto al Animal Planet o la National Geography, lejos de ello. Por eso de todas las animaladas de Gerald Durrell, amo su obra literaria, en especial su trilogía de Corfú. (Mi familia y otros animales (1958), Bichos y demás parientes (1969), El jardín de los dioses (1978))

 

Y de las tres, me llevo de respuesta la primera a la pregunta trasnochada de qué libro te llevaría a una isla desierta (me llevaría también Cien años de soledad de Gabo García Márquez y la Santa Juana de Bernard Shaw, pero esa es otra historia). El libro de Gerald Durrell es rico, sustancioso y de una humanidad regocijante.  Y más que admite, invita a adaptaciones teatrales y cinematográficas.

 

Al cine propiamente dicho, todavía no llegó, pero a la pantalla chica, sí y en tres oportunidades. En 1987 como una miniserie de 10 episodios de media hora. En 2005 como una película para la televisión (de la que nos ocupamos aquí) y entre 2016 y 2019 la trilogía de Corfú completa se adaptó como una serie llamada The Durrells y tiene 26 episodios de entre 40 y 50 minutos.

 

A mi desvelaba la película, más que nada por el elenco envidiable. La matriarca de la familia, una mujer de decisiones súbitas, es Imelda Stauton, el hermano mayor, el novelista Lawrence en ciernes, aquí presentado solo como Larry, es Matthew Goode, la hermana que le sigue, Margot, una veinteañera que despierta al sexo es Tamzin Merchant, el hermano que sigue, Leslie, un adolescente fascinado con las armas de todo tipo es Russell Tovey y como el niño Gerald, el futuro experto en animales como tales y los llamados humanos, Eugene Simon. Todos se entregan al juego de interpretar estos más que peculiares individuos con encomio y delicia, y lo bien que hacen porque las aventuras, que se desarrollan un ratito antes de que se declare la Segunda Guerra, tienen su gracia, hay escenas logradísimas y a todos les dieron líneas desopilantes, además disfrutan el privilegio de filmar en la mismísima Grecia. Dirigió Sheree Folkson y el guion es de Simon Nye.

 

La guardé para un día de lluvia y como la ultraderecha preanuncia tormentas, la vi y cumplió su cometido, durante una hora y media, me olvidé de las amenazas que nos acucian.

Gustavo Monteros

 

viernes, 10 de noviembre de 2023

Lo que ya tendría que haber visto - Hoy: Shanghai Surprise


 

En el mundo hay muchas películas, demasiadas quizás, y no hay cinéfilo que haya visto todas las que hubiera querido ver. Por motivos distintos, guarda algunas para otra ocasión. Hasta que la lista se le vuelve tan voluminosa como una novela de Tolstoi. Entonces, cuando puede, comienza a disminuir la selección, no sea cosa que se le haga una enciclopedia de varios volúmenes.

Esta sección no se llamará Lo que no fue ni Lo que el viento se llevó sino Lo que ya debería haber visto.

 

Hoy: Shanghai Surprise (Jim Goddard, 1986)

Corría el año 1986. Madonna y Sean Penn eran la pareja más perseguida por los paparazzi. Sean Penn ya había hecho Picardías estudiantiles (Fast Times at Ridgemont High, Amy Heckerling, 1982) y La traición del halcón (The Falcon and the Snowman, John Schlesinger, 1985) y Madonna ya había vendido millones de discos con Like a Virgin, 1984 y Material Girl, 1985.

 

Por entonces el exBeatle, George Harrison, comandaba una productora de cine, Handmade Films, y le acercó a Sean Penn el guion de John Kohn (El coleccionista / The Collector, William Wyler, 1965, Caprice (Frank Tashlin, 1967), Theatre of Blood / El mercader de la muerte, Douglas Hickox, 1973) y Robert Bentley (primer y único guion, ya que no volvería a intentar escribir otro) sobre la novela Faraday’s Flowers de Tony Kenrick, que había sido un best-seller en 1978.

 

Madonna y Sean Penn leyeron el guion y Madonna quedó muy entusiasmada, tanto que se ofreció para ser la coprotagonista. Hasta ahí todo era mieles y rosas, ¿qué podía salir mal? Todo.

 

Los exteriores se filmarían en Macao. El idioma fue la primera barrera infranqueable, los técnicos hablaban una variante del chino y no se conseguían suficientes traductores. Hubo una intoxicación por una comida. Se descubrieron nidos de ratas debajo de los bungalós de actores y técnicos. Sean Penn se agarraba a las piñas con los fotógrafos que lo perseguían y consideraba que todas las decisiones del director, Jim Goddard, eran erradas. George Harrison voló desde Londres a apaciguar los ánimos. Sin éxito.

 

Madonna estaba disgustada porque Harrison que se ocupaba de todas las canciones del film no la había invitado a participar en ninguna. (De las cinco que Harrison compuso, una, la del título, necesitaba una voz femenina y optó por Vicki Brown).

 

Harrison opinaría después que fue el peor rodaje del que participó (se lo ve un segundo como el cantante de un club nocturno en una escena), que Sean Penn era un grano en el culo y que Madonna podía ser una persona fabulosa a la que le faltaba una buena dosis de amabilidad. Madonna a su vez dijo que Harrison le había dado unos buenos consejos sobre como tratar a la prensa, pero nada sobre cine, porque de eso no sabía nada. Harrison concluyó que filmaban una comedia de acción, género para el que se necesita levedad y buena predisposición, aunque en el plató solo había tensión, disgusto y animosidad.

 

De todos modos, queda claro cómo tendría que haber sido. El argumento se desarrolla en el Shanghai de 1937 durante la ocupación japonesa. Dos misioneros, el reverendo Burns y Gloria Tatlock (Madonna) le piden al aventurero, Glendon Wasey (Sean Penn) que averigüe cómo contactarse con cierto hombre que puede estar en conocimiento del paradero de un cargamento de opio que podría aliviar el sufrimiento de los heridos de guerra. Una cosa lleva a la otra y las aventuras se suceden. Hay claras situaciones de comedia (actuadas horriblemente por los dos protagonistas y bien por los actores secundarios), buenas líneas (que el dúo estelar desaprovecha) y un interesante y vistoso nivel de producción. Alguien dijo con justeza que era un argumento como para una película de la Warner Bros de los cuarenta, con un romance que permite algo de sofisticación en un ambiente exótico, sobre el que se puede fantasear extravagancias a gusto, sin ningún asidero en la realidad cultural del lugar.

 

La película fue un estrepitoso fracaso artístico, comercial y de crítica. Fue seleccionada como lo peor del año en los espacios que se dedican a distinguir bodrios notables.

 

En la Argentina se la exhibió muy brevemente y se la comercializó con el acento en la cantante, tanto así que se la rebautizó como Las aventuras de Madonna en Shanghái. En su momento yo me la perdí y me quedaron siempre las ganas de comprobar si era tan mala.

 

Vista hoy, es más fallida que mala. No hay química entre Madonna y Penn, actúan mecánicamente, a reglamento, con la cabeza en mejor que se acabe de una vez, que en cualquier morbo creativo. En el fondo una pena. Había buen material de partida, en otras manos, en otro momento se habría logrado una buena comedia. Oportunidad perdida definitivamente. En general, los proyectos malditos no se retoman. (Hay excepciones, Doctor Dolitle (Richard Fleischer, 1967), por ejemplo)

Gustavo Monteros

 

viernes, 3 de noviembre de 2023

Programa doble - Hoy: Cassandro - La revanche de Crevettes Pailletées



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Cassandro – La revanche des Crevettes Pailletées

 

Parece que esto de aceptarse no es de una vez y para siempre como quieren hacer creer los manuales de autoayuda, sino más bien un work in progress con afirmaciones si no cotidianas, al menos más que frecuentes. Incluso si se vive con la lógica de las aves del paraíso, algo que requiere de una producción diaria. Saúl, el futuro Cassandro (Gael García Bernal) si acaso estuvo en el closet fueron los minutos que le tomó comprender para donde iban sus deseos e identificaciones. Tiene con su madre, Yocasta (Perla De La Rosa) un negocio de limpieza, planchado y costura de ropa. Ella lo acepta sin dobleces y él la admira hasta imitarle la torpeza de enamorarse de hombres casados que nunca reconocerán que están en relación con ellos. De su padre, Eduardo (Robert Salas) heredó la afición por la lucha libre, que practica en forma amateur, con la esperanza de que lo acepte como luchador, ya que no puede hacerlo ni como hijo ni menos que menos homosexual. Como no es un grandote con cuerpo de estibador, es el que siempre pierde. Para mejorar y tener derecho a ganar, toma clases con una luchadora profesional, Sabrina (Roberta Colindrez) que como casi todo el mundo de la lucha le insiste que sea un exótico, una versión queer del luchador, porque el ambiente de la lucha será machista, pero admite al menos el reconocimiento de la disidencia sexual o de género. Saúl, el futuro Cassandro, no quiere saber nada de convertirse en un exótico, porque si bien se lo admite diferente, no se le reconoce mérito, es el que pierde de hecho y al que se humilla por su diferencia. Pero Saúl tendrá una revelación que le permite ser Cassandro, su alter ego exótico: la vieja y querida lógica de Rocky 1, el campeón moral, el que si el mundo fuera justo debería ganar, el perdedor orgulloso que se gana el aplauso y el corazón del público.

 

Cassandro (Roger Ross Williams, 2023) se basa en situaciones y personajes reales, ligeramente acomodados para que entren en el formato ficcional clásico, o sea el de  introducción, desarrollo y final. Y es la confirmación de una verdad tan evidente que solemos pasar por algo, que Gael García Bernal es un actor más que grande prodigioso. Es dueño de un talento natural que no subraya, sino que vive con frescura. A lo largo de una ya extensa carrera ha hecho cosas dificilísimas sin la ostentación ni la alharaca, que desatan críticas superlativas y profusión de reconocimientos. No, él simplemente actúa con la fluidez con la que se juega. La película se conoció lejos de la temporada de premios que está por empezar. Sería lindo y justo que no se olvidara su impecable caracterización ni se la pasara por alto, que esté en las nominaciones para los premios más rimbombantes y que se gane más de uno. Ya es hora de que se lo ubique donde le corresponde, entre los inmensos.

 

Vuelven los camarones con purpurinas. Para los que no tengan ni noticia de lo que estamos hablando, les cuento que son un equipo gay de water polo, que en la ahora película 1, Les Crevettes Pailletées (Maxime Govere-Cédric Le Gallo, 2019) eran entrenados por un coach profesional en castigo por su homofobia. Y el hombre aprendió tanto a respetarlos que ahora en opus 2, La revanche de Crevettes Pailletées (Maxime Govare, Cédric Le Gallo, 2022) es su entrenador no por obligación, sino por elección.

 

Van camino a los Gay Games de Tokio, pero se ven conminados a hacer una escala en una región particularmente homofóbica de la madre Rusia. Y mientras los entuertos se anudan y desatan, aprenderemos que estos paladines del anticloset, guardan demasiados secretos para ser los autoproclamados héroes de una muy cacareada libertad.

 

Está el dispuesto a todo el sexo que quieras, pero a ningún compromiso afectivo, está el que es heterosexual pero que ha fingido ser gay para no ser rechazado, está la pareja con hijos, con uno quiere equiparar a los gustos y formas de las parejas heterosexuales burguesas, con cenas con dígalo con mínima, mientras el otro se aburre soberanamente en silencio y extraña el desenfreno gay de beber y bailar a lo grande, está el que no puede hacer el duelo y anda como si ya estuviera hecho, está el nuevo que no puede admitir que es más gay que una marcha de orgullo, está la chica trans que aspira contra toda cordura por el premio mayor, seducir al entrenador hetero, que respeta y gusta de su femineidad, pero nada más, está el zurdo que oculta que su pareja tiene más dinero que jeque petrolero no sea cosa que se burlen de su ideología. Y así.

 

Estos camarones repiten la magia inaugurada en la primera aventura. Cuando empieza son casi una caricatura plana y chata, puro estereotipo, pero de a poco van ganando carnadura y terminan por tener más profundidad y sutilezas que novela de Henry James. Sin perder nunca el tono de comedia por más que afloren los dramas más puros.

 

En estas dos películas, no hay gays intentando ser aceptados en un ambiente deportivo mayoritariamente machista como el fútbol, el box y otros. No andan pidiendo permiso ni extensión de la aceptación. Pero aprenden a deletrear una de las verdades del universo: para ser respetados, primero hay que respetarse. En definitiva, la aceptación no es cosa de un día, es de todos.

Gustavo Monteros

viernes, 27 de octubre de 2023

Programa doble - Hoy: Excelentísimos cadáveres - Todo modo



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Excelentísimos cadáveres – Todo modo

 

Excelentísimos cadáveres (Cadaverice eccellenti, Francesco Rossi, 1976) se abre con un hombre viejo, de aspecto saludable, bien vestido que visita las catacumbas de Palermo. Observa con atención las momias. La cámara con llamativa insistencia procura dar hasta los detalles más insignificantes de los embalsamamientos. Como si con estos acercamientos obsesivos pudiera descubrir alguna verdad que ocultan. El hombre sale y en la calle es asesinado. Sabremos de inmediato que era un Juez de Instrucción.

 

La investigación del crimen recae en el Inspector Rogas (Lino Ventura), un casi infalible sabueso policial. Como es de manual comienza a investigar a la víctima, para saber si existen motivos que pudieron llevar a el o los asesinos a matarlo. Descubre fortunas no declaradas y otros indicios de corrupción. El jefe de policía rompe estas pruebas y le dice que no investigue más por ese lado y se concentre en hallar a los criminales.

 

Otros dos jueces son asesinados y Rogas halla que los tres constituyeron alguna vez un tribunal con fallos contra inocentes. Uno de los cuales pudo haberlos matado.

 

Debido a que algunos jóvenes pelilargos fueron vistos huyendo de los escenarios de los dos últimos crímenes, los jefes de Rogas deducen que los autores sin duda pertenecen al área más radicalizada del Partido Comunista y lo instan a que escarbe por ese lado. Rogas persiste en una investigación clásica que lo llevará hasta el Presidente de la Primera Corte (Max von Sydow), el ministro de Justicia (Fernando Rey) y un experto en escuchas ilegales (Renato Salvatori).

 

En definitiva, nada es lo que parece y en términos formales cuando el jefe de Policía destruyó las pruebas incriminatorias del primer juez asesinado, Rogas debió irse, porque el poder al resguardarse se volvió inexpugnable y lo que siguiera solo podía ser un juego político de idas y vueltas para justificar la consecución y dominio de una facción dominante, la de siempre, la que entroniza injusticias para los de abajo y beneficios para los de arriba.

 

Y la cámara como al principio con las momias, se ha acercado al misterio obsesivamente, no al de quién o quiénes son los asesinos, sino al de los entresijos del poder.

 

En Todo modo (Elio Petri, 1976) el país (se presupone que es Italia) está asolado por una pandemia, camiones con altavoces recomiendan que toda la población se vacune, se ven centros de vacunación ambulantes a los costados del camino por donde va el líder M (Gian Maria Volonté) a un retiro espiritual en una especie de spa religioso. El lugar es frío, lúgubre, oscuro y geométrico.

 

Asisten también al retiro, partidarios y opositores al partido que lidera M (se dice que el personaje encubre a Aldo Moro). En sus aposentos lo espera su esposa, Giacinta (Mariangela Melato) quien se supone no debía acompañarlo y no porque en el retiro no haya mujeres, las hay, pero pertenecen a la oligarquía encumbrada, a las familias patricias, a las herederas de la industria.

 

El retiro es dirigido por un cura, Don Gaetano (Marcello Mastroianni) que por lo que se entrevé tuvo con M una relación borrascosa en la que quizá hasta hubo sexo. M está en una crisis personal y política. Se lo presenta como un hombre débil, inseguro, maniobrable, de convicciones quebradizas, acomodaticio, volátil y muy amanerado.

 

Don Gaetano, en cambio, es un hacedor de reyes al que le hubiera gustado ser rey. Sabe lo que quiere y cómo lograrlo, a cómo dé lugar, con todas las manipulaciones del caso. Es que el poder de M está en un estado de transición, y la pandemia les viene al pelo, para barajar y dar de nuevo.

 

Si M quiere seguir a cargo del gobierno, las cosas se repartirán de otro modo, de ahí que seguidores y opositores, más representantes del clero, de la industria, la banca, y demás están aquí para decidirlo, moderados o más bien guiados por Don Gaetano.

 

Pero una muerte aquí y allá alterarán el encuentro. Y como por más poderosos que sean deben respetar las instituciones, o al menos aparentarlo, aparecerá un comisario (Renato Salvadori) para llevar a cabo la investigación. Algo inútil porque los cadáveres se apilarán en profusión incontenible. ¿El poder se desmiembra? No, solo se quita el lastre.

 

El título Excelentísimos cadáveres hace referencia al juego inventado por Breton (un papel es plegado en varias partes, cada jugador dibuja una parte del ser humano en su porción, sin ver lo que han dibujado los anteriores, cuando todos los jugadores hayan concluido, se despliega el papel y se ve el resultado, que no puede ser sino monstruoso o al menos muy peculiar) y a los cadáveres de los altos magistrados que no pueden ser sino excelentísimos, como el apelativo que recibieron en vida)

 

El título Todo modo hace referencia a una cita de San Ignacio de Loyola respecto a lo que es la espiritualidad en el ser humano: "Todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocalmente y mentalmente y de otras espirituales operaciones que preparan y disponen al alma a quitar de sí todas las afecciones desordenadas y después de quitadas buscar y hallar la divinidad, voluntad en la disposición de su vida para la salud del alma".

 

Estas dos películas, un thriller con ingredientes, una, una sátira devastadora, la otra, se basan en novelas de Leonardo Sciascia, Il contesto / El contexto (1973), la primera, y en la homónima de 1974, la segunda.

 

Leonardo Sciascia (1921 – 1989) fue uno de los autores italianos ineludibles del siglo XX.

 

Fue maestro, periodista, concejal, diputado. Comenzó con novelas neorrealistas que atacaban a la mafia, que por entonces era vista folklóricamente, visión que eludía la organización delictiva y la presentaba como una cofradía que defendía el honor y hacía justicia por mano propia, de manera expeditiva para sortearse la lentitud de la ley.

 

Sciascia desnudó el procedimiento mafioso de cómo enquistarse en el poder institucional, corrompiendo a los funcionarios, para así vaciarlo de eficacia y someterlo a las necesidades de la “organización”, estimulando el silencio de todos como medida de supervivencia, hasta erigirse en la única autoridad confiable, un estado paralelo al Estado, que no desea subvertirlo sino vivir desangrándolo sin matarlo del todo.

 

Las primeras novelas de Sciascia plantean víctimas y culpables. En las siguientes se desinteresó de los culpables y comenzó a indagar en las estructuras que permiten que el crimen tenga lugar, lo que subyace en el poder, lo que lo construye.

 

Y estas dos películas que vimos se nutren en esa idea, no importa determinar quienes mataron sino por qué y en nombre de quién. Son indagaciones sobre la esencia del poder.

 

Más adelante en su carrera, Sciascia confesó carecer de imaginación para plantear tramas atrapantes y desempolvó viejos expedientes sobre casos policiales o judiciales célebres por sus peculiaridades.

 

Y en este viaje al pasado, cuestionó lo que se sabía (tal hizo qué y mató a quién) y dio por válido lo que no se sabía y esta inversión del modo de trabajo habitual, desmoronó la construcción dada por válida y produjo conjeturas que desnudaban las solideces que erigen el poder.

 

Nos aclara Diego Ameixeiras: “Como Borges, por el que sentía una profunda admiración, Sciascia creía por encima de todo en la literatura. «Nada de sí mismos ni del mundo entienden la generalidad de los hombres si la literatura no se lo explica». «La literatura es la forma más absoluta que puede asumir la verdad». Bajo estas afirmaciones, reiteradas frecuentemente en sus textos, late una certeza hermenéutica: la de que la verdad, cuya madre es la historia (Borges), tiene que ver menos con lo sucedido que con nuestra interpretación de lo sucedido. Los hechos son los que son, pero la interpretación de los hechos depende de muchos factores, empezando por nuestros prejuicios. Justamente porque las cosas son así es por lo que la literatura constituye uno de los lugares privilegiados de la verdad. «Literatura» quiere decir aquí narración congruente, búsqueda de sentido. Puede tratarse de la Biblia, la Historia de la caída y decadencia del Imperio Romano o La cartuja de Parma. «No es la literatura lo que es fantasía —escribe en El caso Moro—, sino la realidad tal como es tomada y sistematizada por el poder».”

 

 

Volviendo a nuestras películas, Excelentísimos cadáveres y Todo modo nos hablan de la claridad del cine italiano para plantearse problemas candentes mientras bullían y se desarrollaban. No esperaron a tomar distancia, a tener una perspectiva. Los miraban de frente y los analizaban. Una urgencia ejemplar que hoy deviene envidiable.

 

Volviendo a Sciascia, creo que hoy en que las derechas vuelven a engendrar fascismos, hay que volver a leerlo, analizar sus conclusiones e ir más allá. Hoy las circunstancias son otras, A las que él conoció se suman las más evidentes la derivación de la universalización del capitalismo en internet, redes sociales, interconexión universal en segundos, etc., pero el Poder es el mismo. Y hay que encauzarlo, equilibrarlo, para que no nos destruya a todos. A menos, claro está, que se nos ocurra una sustitución viable, algo muy difícil, llevamos unos cuantos siglos de historia del hombre y no se nos ha ocurrido nada.

 

Otro factor une a estas dos películas: la censura durante la dictadura. Hasta la disolución del Ente Calificador con el advenimiento de la democracia, ambas estuvieron prohibidas. Se sabe que un distribuidor presentó ante el Ente una copia de Excelentísimos cadáveres para su consideración. Se estima que el hombre o era muy despistado o no la había visto, suponiéndola un thriller más, de los que hacía con frecuencia por entonces Lino Ventura. La copia jamás salió del Ente.

 

Todo modo se pudo exhibir caída la dictadura. Limitadamente. Siempre fue muy difícil de ver. Es angustiosa, asfixiante, demandante y alejada del tiempo en que fue concebida, sabrá Dios qué les decía a los espectadores de la recién advenida democracia argentina.

 

Excelentísimos cadáveres jamás se estrenó en cine. Resurgió en el auge del video club primero y en la proliferación del cable, después.

 

Si se gusta del cine político o del cine provocador o que alimenta debates o ideas alternativas, estos dos ejemplos de pararse ante el mundo son de visión imprescindible.

 

Ah, las une también que, en las dos, Renato Salvatori hace un papel secundario.

Gustavo Monteros