jueves, 31 de mayo de 2018

No llores por mí, Inglaterra


Sinopsis

En 1806 los ingleses invaden la ciudad de Buenos Aires, hasta entonces bajo el mando de la monarquía española. Instalados en este nuevo territorio, el general Beresford, para distraer a la población, les presenta un nuevo juego: el fútbol. La idea es tenerlos entretenidos hasta que lleguen los refuerzos desde Inglaterra. El general Beresford parece ser fuerte y seguro, aunque su estrategia estará guiada por su madre, una mujer de mucho carácter que digita su vida. A Manolete, una especie de empresario de espectáculos que está siempre a la pesca de algún negocio, le ha ido mal con su último emprendimiento y está en bancarrota. Piensa que el fútbol puede resultar un buen negocio y organiza un partido con los dos barrios históricamente enfrentados, Embocadura y La Rivera. Manolete despliega todo su ingenio para armar este espectáculo, con el aval de Beresford, pero el juego termina en una batalla campal. Sin embargo, Beresford necesita que los criollos sigan distraídos. Sabe que se está formando una resistencia armada y necesita a Manolete para su propósito. Entonces le ofrece a Manolete el gran partido del siglo: criollos versus ingleses en la Plaza de Toros. El gran evento se acerca, pero también el ejército comandado por Liniers por la reconquista de la ciudad

Dirección: Nestor Montalbano. Con Gonzalo Heredia, Mike Amigorena, Laura Fidalgo, Diego Capusotto, Mirta Busnelli, Luciano Cáceres, Matías Martin, Fernando Cavenaghi, José Chatruc, Fernando Lúpiz, Roberto Carnaghi, Evelina Cabrera. 

Cinema San Martín 12:10 - 14:20 - 16:30 - 18:40 - 20:55 - 23:15 


jueves, 24 de mayo de 2018

Isla de Perros



En las redes sociales (o antisociales) circula un meme muy popular que dice: Es viernes y tu cuerpo lo sabe. Podríamos parafrasearlo y poner: Hay una nueva película de Wes Anderson y tu cinefilia lo sabe. De entre toda la amplia oferta de estrenos que van de una historia muy anterior de Han Solo, a una interlocutora de la Virgen María, pasando por hombres argentinos puestos a prueba y adorables alienígenas que le cambian la vida a un chico solitario, los Andersianos sabemos qué veremos primero (y segundo y tercero) en este fin de semana largo: Isla de perros.


Los Andersianos somos una banda amable, aunque si alguien nos pregunta ¿cuál era Wes Anderson?, no nos dignamos responder, nuestro ocasional interlocutor no merece pertenecer a la banda. Wes Anderson lleva más de 20 años (22 para ser precisos) dando películas en el circuito comercial, de modo que quien nos pregunta ya visto más de un Anderson y si no le ha alcanzado para convertirse en un Andersoniano, nuestra prédica es inútil y hasta redundante.


Anderson tiene una manera única de contar y hacer imágenes (es tan peculiar que bastan un par de fotogramas para que cualquiera levante el dedo y señale con un es un Anderson). No he visto esta todavía, cuento las horas para hacerlo, y ya la recomiendo. No porque venga procedida de elogios prodigados por los que la vieron (hasta sus detractores la celebran) sino porque no hay Anderson que no merezca ser visto (del mismo modo que no hay Bergman, Kurosawa, De Sica, Truffaut, Fosse, o el maestro que sigas, que no merezca ser visto). Ojo, siempre se puede ser un Andersoniano, eso sí, no esperes que te convenzamos. El amor es como la fe, da envidia tenerlo, pero no es contagioso, se da o no se da.

Gustavo Monteros


jueves, 17 de mayo de 2018

Lady Macbeth

Versión muy libre de la clásica novela rusa de Nikolai Leskov, Lady Macbeth de Mtsensk (que llegó a ser ópera de Dimitri Shostakóvich).  Dirige William Oldroyd, director teatral en su debut en el largometraje. La protagoniza Florence Pugh, acompañada por Cosmo Jarvis, Paul Hilton, Naomi Ackie, Christopher Fairbank, Golda Rosheuvel y Anton Palmer como el pequeño Teddy. Es muy recomendable, eso sí tiene un par de escenas fuertes pare espíritus sensibles, porque como su título lo indica la chica en algún momento llega al asesinato. 

Gustavo Monteros


jueves, 10 de mayo de 2018

El amante doble


François Ozon es uno de los grandes favoritos de los distribuidores locales, hemos visto casi todos sus títulos estrenados en los cines. No es de extrañar, es impredecible (salta de un género a otro), es arriesgado (juega siempre con temas que bordean lo escandaloso), elegante (su cine es agradable hasta cuando no lo es) y prolífico (se mueve casi a un título por año, la prodigalidad crea hábito y dependencia, lo que acrecienta lo económico). Tiene ambiciones de “autor” y no te hace quedar mal cuando invitas a “la última de”… Hasta ahora.


Nobleza obliga, vi su film el día en que nos comunicaron que volvíamos a la tutela del FMI, algo que el que tiene memoria no puede soslayar, incorporar y manejar, así como así, ya que casi todas las cosas que pudieron ser regulares, fueron horribles por su designio y consejo. A lo que voy es que la realidad me llevaba una y otra vez a los recuerdos de una realidad nefasta, y se necesitaba una narración no tan apegada a la frialdad, a la estética, a la cinefilia para abstraerme.


El amante doble juega con unas cuantas fantasías como la de acostarse con el psicoterapeuta o experimentar el sexo con gemelos. Como todo, absolutamente todo en Ozon remite a la cinefilia, la frialdad deriva de Chabrol, ¿dijimos mellizos?, volvamos a los mellizos de Cronenberg, los de su Dead Ringers/Pacto de amor corporizados por seductora sinuosidad por el inmenso Jeremy Irons, y la anécdota surge de la siempre rendidora premisa de preguntarnos qué filmaría Hitchcok en la actualidad de ser eterno.


El problema es que habrá más espejos enfrentados que en una vidriería, la historia tendrá más dobleces que el hojaldre, y tras el armado del cuento al final, más que la supresión de la incredulidad se nos pide un salto de fe, para desbrozar símbolos primero y compartir después el desenlace de la terapia de la protagonista, que nos condujo con sustituciones y variantes por el frágil laberinto de su mente. La pregunta del millón es si la situación en la que se halla la protagonista interesa o no.


La cosa se inicia con una chica, Chloe (Marine Vacth, descubierta por el mismísimo Ozon para Jeune et jolie, aquí con un corte de pelo que la asemeja a la Juliette Binoche incónica) que es invitada a hacer terapia porque su malestar de vientre no obedece a ningún cuadro clínico y es probable que se trate de alguna psicopatía, de allí que vaya a psicoanalizarse con Paul (Jérémie Renier) que oculta un particular secreto, entonces…


Respecto a la pregunta hecha antes, en lo personal, no me importaba mucho lo que le pasaba a la pobre Chloe, y me parecía que Ozon recurría al sexo casi pornográfico y a audacias ginecológicas para interesarnos. Procedimiento tan lícito como cualquier otro, siempre y cuando no se le note tanto la hilacha como en este caso. Vacth y Renier muestran todos y cada uno de sus lunares en los desfogues sexuales, y cerca del final, en lamentablemente breve actuación reaparece Jacqueline Bisset y uno descubre que fuimos muy injustos con ella, nunca la valoramos en plenitud, es una gran actriz, claro, sin embargo es tan hermosa que siempre nos quedamos en su figura escultural y en su rostro impar y no ahondamos en un talento actoral amplio y flexible.


Ah, cerca del final, por las dudas nos estemos aburriendo mucho, Ozon para acercarse al Cronenberg de Pacto de amor apela a trucos de Grand Guignol, muy en consonancia con el Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott.


No sé, sin amenaza inminente del retorno al FMI quizá la hubiera disfrutado más, pero no estoy seguro. Van por su cuenta y riesgo.

Gustavo Monteros

jueves, 3 de mayo de 2018

Yo soy Simón

Simón es adolescente y gay. O sea ha llegado el momento en el que debe informarle al mundo su orientación sexual. Como es un chico contemporáneo, por suerte ya no tiene “enclosetarse” como la opción más a mano. Eso sí, aunque hayamos ido un par de pasos más allá en la permisibilidad social, en la aceptación de las minorías, el mundo es heteronormativo y ser gay y no morir en el intento sigue siendo todo un tema. Menos trágico que en los cincuenta, como bien puede deducirse en la ganadora del Óscar de este año, esa maravilla que es La forma del agua del gran Guillermo del Toro, está bien, menos trágico, pero muy dramático al fin.


Mientras Simón decide el cómo y el cuándo, otro adolescente de su misma escuela da a conocer en una red social, bajo el seudónimo Blue, que es gay, pero que no se anima a admitirlo públicamente. Simón comenzará con Blue un intercambio de mails, que es el equivalente actual a la vieja y querida relación epistolar. El intercambio ahonda el misterio, ¿quién es Blue? Esta es la parte más interesante de la película, imaginar que todos sus compañeros pueden ser el Blue en cuestión. Haberse quedado en esta inquietud hubiera llegado a la exploración de las zonas grises, porque está la asunción de la orientación sexual, pero existe también la voluntad de exploración, de juego. Pero no se trata de una película indie experimental, sino de una mainstream con un género en mente: la comedia romántica, de modo que pasa a otro truco para progresar la acción: el chantaje. Simón se descuida y deja abierto su correo en la sala de internet del colegio, entonces no faltará quién lo mire y…


Yo soy Simón (Love, Simon en el original) de Greg Berlanti se impone a pesar de sus cortedades. Se centra en una clase social acomodada predominantemente blanca, que juega a la apertura hacia otras razas y clases, pero desde una asepsia, que todavía es más declamada que incorporada. Esto hace que trama y personajes bordeen los de un cuento de hadas, o la comedia romántica conservadora, tranquilizadora en sus afirmaciones de que pueden que las formas cambien, pero todo sigue más o menos igual. Sin embargo, como ya dijimos,  a pesar de esto, Yo soy Simón se sigue con interés y empatía. Queremos que le vaya bien a Simón y a todos los demás, porque como dice una tagline del afiche en inglés: “Todos nos merecemos una gran historia de amor.”

Gustavo Monteros

Da la casualidad que en el mismo día en que publico esto, Página 12 incluye un artículo sobre salir del clóset en la clase media argentina, y como no hay que despreciar las casualidades, ahí va:  https://www.pagina12.com.ar/112087-papa-quiero-contarte-que-soy-gay

jueves, 26 de abril de 2018

Las estrellas de cine nunca mueren


Una estrella de cine, en la acepción más clásica del término, es un ser que más allá de su pulsante humanidad, ostenta excepcionalidad de algún tipo, en general una belleza deslumbrante, un encanto inexorable, una simpatía invencible o una fotogenia indeclinable, virtud o virtudes agigantadas por la seducción de vivir en las sombras que son los pliegues de ese sueño colectivo que es una película y por el misterio de la creación de dichas sombras que parece haber descifrado el secreto del tiempo porque ya son tan eternas como el amor y la desconfianza.


Gloria Grahame perteneció a esa estirpe exclusiva y legendaria, a esa nobleza democrática abierta a todos y cerrada con los elegidos, a ese hechizo perfumado que te destaca por sobre los demás y te aísla en famas endebles, que son menos que nada, porque son pura ilusión y que se ansían con más ahínco que las verdaderas, porque son sueño, quimera y horizonte.


Gloria Grahame fue una auténtica estrella de cine, su nombre no desata los ecos inmediatos de una Marilyn o de una Liza, para mencionar solo dos que de nombre aparecen en esta película, no, exige una módica cinefilia, módica porque si se fue co-estrella de Humphrey Bogart, no se vive en el anonimato del despiste por mucho tiempo (In a lonely place, conocida tanto como En un lugar solitario como La muerte en un beso, Nicholas Ray, 1950).


Es más, trabajó con directores notables en películas muy recordadas: Frank Capra (It's a wonderful life/¡Qué bello es vivir!, 1946), Edward Dmytryk (Crossfire/Encrucijada de odios, 1947), Nicholas Ray (A woman's secret/El secreto de una mujer, 1949), Nicholas Ray (In a lonely place, 1950), Cecil B DeMille (The greatest show on Earth/El espectáculo más grande del mundo, 1952), Josef von Sternberg (Macao, 1952), Vincente Minnelli (The bad and the beautiful/Cautivos del mal, 1952), Elia Kazan (Man on a tightrope/Fugitivos del terror rojo/El circo fantasma, 1953), Fritz Lang (The big heat/Los sobornados, 1953), Lewis Gilbert (The good die young/Los Buenos mueren jóvenes, 1954), Fritz Lang (Human desire/La bestia humana, 1954), Vincente Minnelli (The cobweb/La telaraña, 1955), Stanley Kramer (Not a stranger/No serás un extraño, 1955), Fred Zinnemann (Oklahoma!, 1955), Ronald Neame (The man who never was/El hombre que nunca existió, 1956), Robert Wise (Odds against tomorrow/Apuestas contra el mañana, pero también como Reto al destino (¡?), 1959).


Su figura escultural y la salvaje belleza de su rostro, como si un escultor lo hubiera dejado inconcluso, sin terminar de pulir sus rasgos, hermosos por separado, pero que no terminan de amalgamarse en un todo indisimulablemente armónico, la hicieron única para el noir, género que prosperó en el cine de posguerra. Ganó un Óscar bajo las órdenes del gran Vincente Minnelli en esa cruenta oda al cine de Hollywood que se llamó The bad and the beautiful en el original y Cautivos del mal por aquí.


Las estrellas de cine nunca mueren (Film stars don’t die in Liverpool, 2017) de Paul McGuigan narra con sensibilidad y belleza el último romance de Gloria con un joven actor Peter Turner (Jamie Bell en estado de gracia) al que conoció mientras ennoblecía el oficio haciendo giras teatrales por el Reino Unido con Rain de Somerset Maugham o de El zoo de cristal de Tennessee Williams, entre otras obras, y la dignidad con la que enfrentó las últimas instancias de la enfermedad terminal que habría que matarla, agonía que asumió en sus propios términos con la misma caótica libertad con la que vivió. Es necesario destacar que no solo Peter sucumbió al romance con una estrella de cine, si no toda su familia, conmueve el cariño con que su padre (Kenneth Cranham), su madre (Julie Walters) y su hermano (Stephen Graham, casi irreconocible con su setentosa melena) la tratan y respetan. Y no pasan para nada desapercibidas Vanessa Redgrave o Frances Barber, como madre y hermana de Gloria, respectivamente. Y es entrañable la amiga de Peter que hace Leanne Best.


Y si Gloria Grahame fue realeza hollywoodense, se necesitaba una reina cinematográfica para encarnarla, y que mejor que la exquisita Annette Bening, que firma otra actuación antológica, inolvidable por añadidura. Y si bien Jamie Bell y Annette Bening obtuvieron nominaciones para los BAFTA, la cosecha parece pobre ante la magnífica exhibición de sus talentos, los robaron, bah, en la temporada de premios.


Y hago mías las palabras finales que le tributa el personaje de Julie Walters: May the Lord protect you, Gloria Grahame (Que el Señor te proteja, Gloria Grahame).


Gustavo Monteros


jueves, 19 de abril de 2018

Madame


Madame de Amanda Sthers arranca como una comedia social de costumbres y se despeña de a poco a la comedia romántica.


La cosa es así, la madame del título es Anne Fredericks (Toni Collette) una ricachona egoísta y snob como pocas, que dará una exclusiva cena para 12 en su palacete de París. Está casada con un hombre que le lleva unos cuantos años, Bob (Harvey Keitel) y que está dispuesto a hacer lo que sea para que tenga una vida sin privaciones de ninguna clase, por eso venderá incluso un Caravaggio que está en su familia desde siempre. La venta se hará a través de un amigo marchante, David Morgan (Michael Smiley) y el comprador es Antoine Bernard (Stanislav Merhar) que aunque está casado con la bella Hélène (Violaine Gilibert) , mantiene con Anne una relación extramatrimonial. El proyecto de la cena se desbarata por la súbita llegada del primogénito de Bob, Steven (Tom Hughes), vástago de un matrimonio anterior de Bob y que no simpatiza para nada con Anne,  los comensales ya no son 12 y pasan a la fatídica suma de 13, y como la hora se viene encima no queda más remedio que sentar a la mesa a María (Rossy de Palma) mezcla rara de mucama, niñera y secretaria de Anne. María, que pasa por una misteriosa aristócrata española, provocará la curiosidad de David, a quien no se quiere sacar del error hasta que la venta del Caravaggio se consume. Y entonces…


Madame es una película rara, no porque ostente cosas extrañas, sino porque toma decisiones muy erradas y uno la sigue viendo. Toni Collette y Harvey Keitel están miscast como nunca, no responden ni por asomo al tipo de personaje que les dieron, pero defienden lo que les toca con gracia y esmero. La crítica a las convenciones sociales de clase luce tibia, elemental y hasta obvia. Con las réplicas hay que suponer que son brillantes, cuando en realidad son sosas y a veces vergonzosas, como el supuesto chiste que involucra a HBO, que ya era malo la primera vez y no obstante ¡se lo repite! Hay líneas de conflictos que se abren para no cerrarse, como el amorío de Bob con su profesora de francés. Y si bien Rossy de Palma da el rango del personaje que se le pide, no le escatiman molestias, como cuando al principio la hacen ponerse una flor en la boca e impostar un olé.


Madame tiene todo para ser desestimada como un bodrio hecho y derecho y sin embargo se la ve con resignada simpatía. ¿Por qué? Por el arte de los actores. Toni Collette, por ejemplo, puede que no sea la actriz ideal para corporizar una snob inflexible, pero la acompaña el aura de personajes que amamos y le agradecemos el convite. Puede que no sea el mejor festín que compartiremos con ella, pero al menos no nos deja con hambre.

Gustavo Monteros

jueves, 12 de abril de 2018

La Cenicienta


No es difícil comprender por qué el mito de la Cenicienta es tan popular, desde un esquimal de pelo en pecho del delta del Yukón hasta una esbelta maorí de las Islas Cook conocen la historia de la chica que perdió el zapato. Se considera a Charles Perrault como su autor, aunque en realidad es su recopilador más famoso, puesto que el cuento venía contándose casi desde el principio de los tiempos, habría que ver si no se lo reconoce en los bisontes de la Cueva de Altamira.


A decir verdad tiene todo para ser uno de los top best sellers de todos los tiempos: chica huérfana a manos de una cruel madrasta y dos mezquinas hermanastras, un príncipe que da un baile, un hada madrina de lo más oportuna, una noche de juega con plazo de vencimiento, la pérdida del zapato en las escalinatas del palacio y la búsqueda de la dueña que repara la injusticia sufrida y que se parece mucho a una noble venganza.


El esquema esencial del cuento (chica humilde que asciende socialmente por el matrimonio con un burgués/aristócrata/millonario) vertebra miles de historias. En cine, de la galera, sin profundizar demasiado en el tema, me vienen a la memoria dos Cenicientas que tuvieron a Richard Gere como el príncipe: Reto al destino (An officer and a gentleman, Taylor Hackford, 1982) y Mujer bonita (Pretty Woman, Garry Marshall, 1990). En la primera Debra Winger era una proletaria rescatada de la fábrica en la que trabajaba por el oficial reciente de reluciente traje blanco y en la segunda Julia Roberts alcanzaba el estrellato al ser retirada de la prostitución por un tiburón financiero.


En las luchas contemporáneas del feminismo, el mito de Cenicienta suena un poco obsoleto, pero los conservadurismos de toda laya mantienen vivos estos cuentos como tapadera de la preservación de otros privilegios, es casi como si dijera: la riqueza no es mala, siempre puede rescatarse una sirvientita sucia e insignificante y convertirla en princesa.


Por todo lo dicho, no es de extrañar tampoco que la Walt Disney Company decidiera revisitar el mito esta vez con actores de carne y hueso y no con dibujos como lo hiciera en 1950. A esta versión se dice que la dirige Kenneth Branagh, aunque es solo un concertador, La Cenicienta es una película que casi se dirige sola, porque poniéndonos borgeanos, nació para realizar un destino, en este caso canalizar la historia y el estilo Disney.


Los verdaderos intérpretes de la velada nos son los actores o el director, sino el director de arte, Dante Ferreti y la diseñadora de vestuario, Sandy Powell, aquí ungidos como los responsables directos de perpetrar el legado Disney. Y lo logran con creces, el típico barroco Disney (más cercano a la estética Liberace que a la de Luchino Visconti) refulge enceguecedor. Todo es dorado, brillante, los campos siempre están en flor, los días jamás están nublados (solo llueve para calmar la ansiedad post-baile de Cenicienta), siempre es primavera o verano (en la última escena hay una sugerencia de nieve, pero es solo para darle más encanto a una maqueta casi vaticana en su distribución arquitectónica.


Como corresponde a la tradición Disney, la protagonista está un poco enajenada en su soledad y habla con animales para paliarla. Aquí son unos ratoncitos tan limpios como simpáticos y un ganso, que de ganso solo tiene la forma. A mí siempre me dan como que están un poco del ácido estas princesas, ¡hablan con pajaritos o ratoncitos!, que encima les resuelven problemas prácticos como coser, remendar, cocinar o lavar platos. Ojalá fueran tan fáciles de asociar en la vida real.


La única innovación significativa es la villana (en realidad es una consecuencia del éxito de Espejito, espejito (Mirror, mirror, Tarsem Singh, 2012) con Julia Roberts como la bruja de una reformulada Blancanieves. Película espejo en realidad de otra de 2012 (en Hollywood, los proyectos vienen en tándem, algo así como “si yo hago ravioles, ella hace ravioles”), Blancanieves y el cazador (Snow White and the Hunstman, Rupert Sanders, 2012) en la que la bruja era nada menos que Charlize Theron, papel que repetiría en El cazador y la reina del hielo (The Huntsman: Winter’s War, Cedric Nicolas-Troyan, 2016). O sea la de poner a una gran estrella en su luminosa madurez como villana. Aquí el honor le cabe a Cate Blanchett, que sale bellísima y elegantísima en cada escena, nunca los superlativos fueron más justos. Y como para que no todo sea pasar por Maquillaje y Vestuario, los guionistas le dieron una justificación a su personaje, ya no es solo mala por designio divino.


La otra particularidad es extra-arte, Kenneth Branagh y Helena Bonham Carter (el Hada Madrina) fueron pareja y parece que la separación no fue cruenta porque pueden trabajar juntos. Para nosotros, los espectadores, es un beneficio, combinan bien sus talentos, tanto en sus roles director-actriz como cuando solo son compañeros de elenco. Y como Kenneth es muy amigo de sus amigos, en donde él esté si hay un lugar para Derek Jacobi, allí estará Derek Jacobi (aquí es el rey). Casi irreconocible, por culpa del peinado, como el Gran Duque está el gran Stellan Skarsgård.


La Cenicienta puede verse en Netflix. Si tienen alguna curiosidad con el catálogo Disney disponible en Netflix, no se dejen estar y véanla, ya anunciaron su divorcio y en breve Disney tendrá su propia plataforma.

Gustavo Monteros


jueves, 5 de abril de 2018

Los úlitmos cinco años


The last five years / Los últimos cinco años es una película musical de 2014. Tiene letra y música de Jason Robert Brown y guión y dirección de Richard LaGravanese. Lo protagonizan Anna Kendrick y Jeremy Jordan. Puede verse en Netflix.



jueves, 29 de marzo de 2018

Ready Player One

Esta semana celebramos el regreso de Steven Spielberg al cine de aventuras. Si la vemos este fin de semana, se lo contaremos. Si la ve antes, cuente. ¡Felices Pascuas! 

jueves, 22 de marzo de 2018

¡Ave, César! ¡Salve, César!, Hail, Caesar! o como sea, pero véase



Netflix acaba de añadir a su oferta este inolvidable y regocijante homenaje al Hollywood clásico de los hermanos Coen, la recomendación es obvia y ya está en el título de este post. Por mi parte, para amplificar la invitación, publico de nuevo lo que escribí en ocasión de su estreno:

"Hubo una vez una ciudad llamada Hollywood que fabricaba literalmente sueños. No contradecía o subvertía la realidad sino que la ensalzaba, la enaltecía, la magnificaba, la embellecía, bah, para que eso que llamamos vida empalideciera ante el contraste. Esa fantasía se llamó cine y ya no existe. Evolucionó, transmutó, se adaptó, pero la magia se perdió. Los hermanos Coen, cinéfilos empedernidos como pocos, homenajean en ¡Salve, César! a ese tiempo en que las películas eran películas.


Estamos a principios de los años cincuenta, en los últimos años de producción en serie de los grandes estudios. Eddie Mannix (Josh Brolin) no solo es el jefe de producción del estudio sino también un fixer, o sea un facilitador de soluciones para diversos tipos de problemas que traen las estrellas o las películas. Atestiguaremos 27 horas de su vida, en las que evita que una estrellita en ascenso empañe su carrera con pornografía, les haga verónicas a dos hermanas periodistas, Thora y Thessaly Tacker (Tilda Swinton) que se dedican a los chismes y que podrían boicotear la película más importante que encaran en ese momento, ¡Salve, César!, una épica con romanos, sandalias y el mismísimo Cristo, empeñándose en contar intimidades de su estrella, Baird Whitlock (George Clooney), hallar el modo de que Deanna Moran (Scarlett Johansson) no sea madre soltera, mediar ante el temperamental director Laurence Laurentz (Ralph Fiennes) desesperado porque le impusieron a la estrella de westerns, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich) para que estelarizara una comedia dramática sofisticada que le queda muy por encima de sus posibilidades actorales, y más tarde resolver el secuestro de Baird Withlock a manos de… eso, mejor no contarlo. Todo mientras decide si aceptar el puesto, en apariencia mucho menos conflictivo, que le ofrece una aeronáutica y mientras ve o supervisa filmaciones que incluyen la mencionada comedia dramática sofisticada, un western abiertamente B, una coreografía acuática al estilo Esther Williams, y otra con marineros a la manera de Gene Kelly, con la que Channing Tatum se anota entre los grandes bailarines del cine.


Es la película más amable de toda la carrera de los hermanos Coen, no tiene uno sino ¡dos! personajes “buenos”, el humor va desde gruesos gags y chistes de doble sentido hasta finísimas ironías, y el destino es menos cruel que en otras ocasiones con sus “víctimas”. Por supuesto, como en todo film de los hermanos Coen, está implícita una reflexión sobre si somos hacedores de nuestro futuro o si somos apenas juguetes de los dioses o de un Dios, viejo, barbudo e inmisericorde. Para esto, préstele especial atención a “aquello que se resuelve solo” y la supuesta culpa por hacer lo que gusta.  


Todos los actores, desde las más encumbradas estrellas al último de los extras están magníficos, pero es imposible no destacar las cumbres de histrionismos a las que llega George Clooney y el catálogo de virtudes que exhibe un hasta hace poco desconocido Alden Ehrenreich, el hombre canta, arma su singing cowboy hasta los últimos detalles y hasta ¡hace acrobacias con un lazo!


Por supuesto, también, hay constantes referencias a figuras, directores y películas del cine clásico, para no enturbiar la diversión, hice un glosario aparte, al que se recomienda recurrir una vez vista la película.



En resumen, para los que nos criamos y nos educamos viendo clásicos hollywoodenses en los viejos cines de cruce y la televisión de cinco canales, es de gozosa visión obligatoria. Recuperamos, con toda delicia, los modismos y mañas de aquellos géneros que terminamos por venerar. Para los que no tuvieron nuestra suerte, ¡Salve, César! puede obrar como introducción a una época dorada sobre la que sin duda recibieron nostálgicos peroratas. Además como no hay parodia ni sátira, sino una recreación respetuosa, no se precisa conocimiento alguno para degustar este deleite. La falta de cinismo se nota, por ejemplo, en el número musical de Channing Tatum; se resignifica sobre el final con total naturalidad, porque está hecho con la blancura y la inocencia con que se hacían algunas cosas en aquella época."

Gustavo Monteros

jueves, 15 de marzo de 2018

El hilo fantasma


El hilo fantasma se centra en el viejo y querido tema del juego de poder en una pareja, el choque de voluntades, el equilibrio o el desequilibrio de quien lidera y quien sigue. Paul Thomas Anderson (Boogie Nights/Noches de placer, 1997, Magnolia, 1999, Punch-Drunk Love/Embriagado de amor, 2002, There will be blood/Petróleo sangriento, 2007, The master, 2012, Inherent Vice/Vicio propio, 2014) elige ambientar su cuento en el mundo de la alta costura a principios de los años cincuenta. Su personaje principal Reynolds Woodcock se inspira, según confesión de partes, en Cristóbal Balenciaga, misterioso creador (nunca concedió una entrevista) casi un recluso. La casa donde transcurre gran parte de la acción se basa en la que tuvo Charles James, el gran couturier estadounidense y algunos vestidos y trajes transitan The New Look de Christian Dior, su glamorosa reacción de 1947 a las pasadas restricciones sufridas durante la Segunda Guerra.


Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis)  vive abstraído en su creación, su hermana Cyrill (Lesley Manville) maneja los aspectos prácticos del negocio y hasta los desvíos sentimentales, ya que es la que se ocupa de “despedir” con un cheque y un vestido a la amante pasada de moda, valga la obvia metáfora. En un descanso en el campo, conocerá en un restaurant a una mesera, Alma (Vicky Krieps) que será su nuevo amor y que procurará revolucionar una vida cerrada en férreas rutinas.


Paul Thomas Anderson declaró en una entrevista con The New York Times. “En mi experiencia y en las experiencias que he visto en la gente que me rodea, los cambios en la situación de poder en una relación nunca tienen fin. (...) Es algo natural para todos aquellos que deciden compartir su vida con otra persona. En la película, simplemente llevamos el volumen a 10 como forma de destacarlo y subrayarlo”. Detengámonos en esto de subir el volumen a 10, algo que bien podría definir no solo su estilo sino su método de trabajo.


En lo personal, esta vez, el planteo y el desarrollo me resultaron embriagadores y fascinantes, pero el final, perdón, me pareció una boutade, que según la Real Academia Española es una “Intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar.” No, no expresa del todo lo que quiero decir, creo que “disparate” está más cerca. Si Strindberg es el campeón de las pujas matrimoniales de voluntades, este final es un Strindberg sadomasoquista tamizado a puro glamour. No solo exige la suspensión de la incredulidad, sino un salto de fe a que tomemos por verosímil un absurdo irredimible. Si obviamos el final, lo demás es muy placentero y elocuente.


Se supone que es el último trabajo de Daniel Day-Lewis, que ha anunciado su retiro de la actuación. Ojalá no sea así, es de los imprescindibles, aquí ratifica una vez más su inmenso talento. Lesley Manville, como la hermana omnipresente, dibuja un personaje apasionante, lleno de dobleces y matices. Vicky Krieps convierte a su Alma en una consorte a la altura de Day-Lewis, y no hay elogio mayor que pueda prodigársele.

Gustavo Monteros

jueves, 8 de marzo de 2018

Yo soy Tonya




La historia detrás de Yo soy Tonya para los estadounidenses es tan conocida como por aquí lo son las de Moria con medio mundo o los escándalos alrededor de Diego, el único. En cambio, nosotros (o al menos yo) no sabemos nada de lo que pasó entre Tonya Harding y Nancy Kerrigan, lo que nos conviene como espectadores, ya que todo lo que acontece nos tomará de sorpresa. Razón por la cual contaré lo menos posible.


Yo soy Tonya se basa en hechos reales pero no cae, gracias a Dios, en ninguna de las estupideces habituales de la biopic al pochoclo con las que el Hollywood contemporáneo nos golpea semana a semana. No, tiene un punto de vista, criterio propio, juega con los elementos del documental y tiene mucho humor. El tema daba para un dramón de proporciones, pero en sintonía con la dureza de sus protagonistas, se eligió el tono de un humor salvaje.


Yo soy Tonya transcurre en el mundo del patinaje artístico y se centra en la competencia feroz de Tanya Harding, una chica recia, mal hablada, con menos roce que un cactus y tan refinada como una lija, de clase baja y orgullosa de serlo y  Nancy Kerrigan, una chica femenina, de buen gusto, modosita y de clase media alta y orgullosa de serlo.


Yo soy Tonya cuenta con una media docena de personajes fascinantes, pero dos se llevan todas las palmas. La madre de Tonya (la justamente premiada Allison Janney) es lo que en cierta jerga norteamericana se define como una pretty tough cookie o sea una señora de armas tomar. Esta señora de nombre LaVona deja a la legendaria mamá Rose de Gypsy a la altura de Jacinta Pichimahuida… en su día más dulce. Y Tonya (la sencillamente fabulosa Margot Robbie) es una badass, o sea una guarra, una aguerrida indomable. Y si decimos que entre ellas hay una relación de amor-odio, es el eufemismo del siglo. Hemos visto cientos de relaciones de amor-odio entre madres e hijas, pero esta es de una ferocidad temible, que vista con humor se vuelve irresistiblemente deliciosa, valga el sadismo implícito del comentario.


Yo soy Tonya en mi opinión, más que una historia de ascenso y caída, es la de la suprema ironía que un gran talento caiga en cuerpo de quien no puede manejarlo, porque Tonya es una patinadora de un talento innato e irrepetible, hasta puede hacer el triple Axel, un salto con un giro infinito antes de volver al hielo.
Todos los personajes están actuados con gloria y honor y merecen la honra sin par, pero la mamá que hace Allison Janney, merece todos y cada uno de los premios que recibió. Y si bien Margot Robbie obtuvo iguales nominaciones, aunque se quedó con los sobres y las fotos, porque en la temporada de premios todos se enamoraron de esa otra badass que hizo la gran Frances McDormant en Tres anuncios por un crimen, compone una Tonya i-nol-vi-da-ble, por momentos odiosa, pero a la que terminamos por amar. (Bueno, algún que otro premio ligó pero eran de los equivalentes a la Asociación de Críticos de Calamuchita Oeste, nada que ver con las grandes ligas del Óscar, Globo de oro, BAFTA y esas pulgas)


Al margen de los actores, en guión y dirección hay gente con antecedentes que dan envidia.


El guionista es Steve Rogers que inició su carrera en una nota menor con Vientos de esperanza (Hope floats, 1998, dirección de Forest Whitaker) romance mantenido a flote por la inhundible Sandra Bullock acompañada en esa ocasión por el cantante/actor Harry Connick Jr., la siguiente fue un melodrama tan lacrimógeno como efectivo de Quédate a mi lado (Stepmom, 1998 con dirección de Chris Columbus, con las siempre fabulosas Julia Roberts y Susan Sarandon, continuó con otro romance, esta vez delicioso, el de Kate & Leopold (2001, con dirección de James Mangold) y protagónico de los carismáticos Meg Ryan y Hugh Jackman, una película a descubrir, porque pasó injustamente desapercibida, y como le salían bien los romances, se despachó con otro, Postdata, te amo (P.S. I love you, 2007, dirección de Richard LaGravenese) para la pareja de la doblemente oscarizada Hilary Swank y el galán recio de voz grave de Gerald Butler, y antes de Yo soy Tonya, una grata sorpresa navideña, género ñoño por excelencia, la ácida y brillante Navidad con los Cooper (Love the Coopers, 2015, con dirección de Jessie Nelson y un elenco de notables, Diane Keaton, John Goodman, Marisa Tomei, Alan Arkin, Amanda Seyfried, Olivia Wilde y con el ahora famoso Timothée Chalamet, entre otros, para esta comedia coral con situaciones y líneas muy logradas.


El director es el australiano Craig Gillespie que arrancó su carrera en 2007 con Enemigo en casa (Mr Woodcock) vehículo de lucimiento para Billy Bob Thornton, acompañado por Susan Sarandon y Sean William Scott, siguió también en 2007con su obra más recordada y estimada (adjetivos que Soy Tonya disputará) Lars y la chica real con un delicioso Ryan Gosling acompañado por Emily Mortimer y Patricia Clarkson entre otros, en 2011 reprisó una de vampiros Noche de miedo (Fright night) con los geniales Colin Farrell, Toni Collette, David Tennant entre otros talentosos, en 2014 hizo una de deportes para Disney, Un golpe de talento (Million dollar arm) con Jon Hamm, secundado por Lake Bell, Alan Arkin y el recordado Bill Paxton entre otros notables, en 2015 hizo una de cine catástrofe con afortunado buen desenlace, Horas contadas (The finest hours) para un largo elenco con Chris Pine, Casey Affleck, Ben Foster y Eric Bana a la cabeza y ahora esta maravillosa Yo soy Tonya.


No andemos con más vueltas, repitamos el viejo chiste y definámosla en dos palabras: im-perdible.

Gustavo Monteros