viernes, 9 de octubre de 2015

Sicario


Se viene el fin de semana largo y cuatro estrenos más  o menos para adultos renuevan la cartelera. Solo puedo ver uno, así que tengo que elegir. Decido ver los tráileres en vez de tirar la perinola.

Veo primero el de El regalo, escrita, dirigida y protagonizada por Joel Edgerton, y coprotagonizada por Jason Bateman y la casi perfecta Rebecca Hall. El argumento abreva en la vieja trampa del intruso, en principio inofensivo, que después se revela peligroso, peligrosísimo; sí, un thriller de esos que se hacían de a cuatro docenas por semana en los noventa. Paso. Supongo que lo terminaré viendo cuando reaparezca por internet o aledaños. (Último momento: algunas críticas advierten que no es tan mala como podría esperarse; tarde, al menos para mí).

Veo después los avances de Sin escape, escrita y dirigida por John Erick Dowdle y protagonizada por Owen Wilson, Lake Bell y Pierce Brosnan. ¡Qué manía la de los productores de darles a los comediantes roles serios, como si hacer comedia no fuera lo suficientemente difícil! Cualquiera puede hacer drama, comedia solo los elegidos. Al Pacino daría hasta lo que no tiene para poder tener esa gracia, y como ejemplo de disparate mayúsculo hasta anda dando vuelta por ahí una película con Will Ferrell en un papel dramático. El bueno de Owen Wilson no perdió el toque humorístico ni con sus problemas de ánimo y salud, y la divina Lake Bell, responsable del guión y protagónico  de la deliciosa comedia In a world, que se desarrolla en el ambiente de los locutores de tráileres (ya que hablamos de ellos) hacen aquí de un matrimonio atrapado en un país sesgado por un golpe de estado, del que hay que huir porque matan a todos los extranjeros y (supongo que si son yanquis más todavía o indefectiblemente, ¡sabrá Dios por qué!, ya que son tan buenos e inocentes), los ayuda a salir de tal encrucijada el bueno de Pierce Brosnan, que también puede hacer comedia, ser galán maduro, hacer drama y andar a los tiros, claro. Paso.

Veo a continuación la cola de En la cuerda floja de Robert Zemeckis (el recordado director de Tras la esmeralda perdida, la trilogía de Volver al futuro, La muerte le sienta bien, Forrest Gump, Contacto) que últimamente anda con la brújula desorientada. Este film, como el 99,99 % de las películas que se vienen, se basa en una historia real. En este caso la de Philippe Petit, acróbata francés que atravesó en 1974 un cable que unió las Torres Gemelas. Sobre esta historia ya hay hasta un famoso documental Man on wire (James Marsh, 2008) y en el tráiler se ve a Joseph Gordon-Levitt tambalear en su decisión de cumplir la proeza y su novia, la ascendente Charlotte Le Bon, le dice: “Tu corazón te dirá qué hacer”, variación de la clásica: “You can do it” (of course). Gracias, paso. (Si en la película anterior, El vuelo, el morbo de Zemeckis pasaba por escenificar un accidente aeronáutico, en esta parece pasar por acrecentar el vértigo del espectador con el berreta truco de feria del 3D). Ah, anda por ahí también Ben Kingsley, perdón Sir Ben Kingsley. (Lo siento, Ben, igual paso). Ah, como Joseph Gordon-Levitt hace de francés, se respeta a rajatabla la tradición actoral anglosajona y habla con acento supuestamente francés, o sea que suena como Peter Sellers haciendo de El inspector Clouseau.

Mi amor por Emily Blunt puede más y opto por Sicario de Denis Villenueve. La película se abre con una astucia narrativa que al profundizarse se vuelve relevante y seductora. Kate (Emily Blunt) es una agente especialista en rescate de rehenes. Después de un descubrimiento macabro, su jefe, Dave (Victor Garber) la invita a unirse a un grupo ultrasecreto liderado por Matt (Josh Brolin) y secundado por un guardaespaldas que es intensidad y misterio puros, Alejandro (Benicio Del Toro). Ella (y por ende nosotros) no sabe nada de las características de la nueva unidad, a qué se dedica exactamente o qué se espera de ella. ¿Es Dave de la CIA, de la DEA, o de qué? ¿Opera legalmente? ¿Qué hay detrás del misterioso Alejandro? ¿Por qué se insiste en mostrarnos la cotidianeidad del policía mexicano, Silvio (Maximiliano Hernández)?

Como corresponde todas las preguntas tendrán su respuesta y como corresponde al género, el modo en que se responden es tan importante como la respuesta en sí. El canadiense Denis Villenueve (Incendies, 2010, La sospecha, 2013, El hombre duplicado, 2013) se perfila como un eficiente creador de los climas y espesuras de la irreversibilidad del destino trágico. No puede escapar, como todos los directores contemporáneos que llegan después de él, de la influencia de Michael Mann (Ladrón, 1981, The keep/La fortaleza infernal, 1983, Manhunter, 1986, El último de los mohicanos, 1992, HEAT/Fuego contra fuego, 1995, El informante, 1999, Muhammad Ali, 2001, Colateral, 2004, Miami Vice, 2006, Enemigos públicos, 2009, Blackhat, 2015) quien a su vez no pudo escapar de la influencia del maestro Sergio Leone (Lo bueno, lo malo y lo feo, 1966, Érase una vez en el Oeste, 1968, Érase una vez en América, 1984).

Y esa innegable capacidad para la puesta en escena le da en este caso transcendencia a una historia que cuando se arma y se recrea a la salida del cine, aparece con la crudeza, el salvajismo, el juego gozoso de los lugares comunes del mejor cine B, porque en realidad todo calza en los parámetros esperables, no hay sorpresas ni alejamientos de las normas.

Esto se logra no solo con la creatividad del director sino con la talentosa complicidad de los actores y sus antecedentes en otros papeles. Emily Blunt está tan maleable y sensible como siempre, Josh Brolin está tan arrogante y seguro como suele estarlo en los papeles que tales perfiles le demandan, Benicio Del Toro con su rostro privilegiado para los dobleces es la dualidad personificada, y los siempre impecables Victor Garber, Jon Bernthal y Daniel Kauuya, al igual que el mencionado Maximiliano Hernández, actualizan su currículum con otra labor encomiable.

En resumen, dos horas seductoras que quizá no tengan la profundidad que pregonan, pero que son altamente entretenidas.

Gustavo Monteros

domingo, 4 de octubre de 2015

Hombre irracional



Como ante todo estreno de Woody Allen, no solo se desatan los ríos de tinta, sino que reverdecen las posturas encontradas de los dos bandos en pugna. Sí, a esta altura de la velada, Woody es cosa juzgada, o en homenaje a las inminentes elecciones, un voto cantado. De un lado, los que están a favor a ultranza (entre los que me encuentro, creo y juro sobre siete Biblias que el peor de los Woody es más atendible que todo el promedio de la producción yanqui en cadena) y los que están en contra (incluso ante sus aventuras más lograda e indiscutibles). (Si existe una postura intermedia, la dejamos de lado por aburrida y poco pasional).

Como no vi aún Un hombre irracional y no tendré por ahora tiempo para verla, me propongo ponerme a la última moda e “intervenir” un reportaje de Diego Battle para La Nación, que se publicó el domingo 27 de septiembre en dicha insoportable, hipócrita, mentirosa y berreta “Tribuna de doctrina”. Se intitula: Woody Allen: "Lo único que me separa de la genialidad soy yo mismo" Y lleva como subtítulo: “El director habla sobre su nuevo film, Hombre irracional, de sus "ritos" laborales y de su admiración por Relatos salvajes”.

El crítico devenido cronista en esta ocasión arranca presentándonos al personaje y poniéndonos en tiempo y espacio: “Si Woody Allen construyó, tanto dentro como fuera de la pantalla, un estilo de persona(je) bastante fóbico y torturado, ya es tiempo de desmitificar esa imagen. En la entrevista a solas con LA NACION, en una suite del tradicional y lujoso Hotel Martinez de Cannes, el director, guionista y actor neoyorquino ratificó que es un verdadero experto en las relaciones públicas y que, con casi 80 años, es capaz de sostener la sucesión de reportajes con un profesionalismo, simpatía y dedicación que muchos jóvenes colegas envidiarían.” (…) “Cuando recibe a este cronista (es nuestro cuarto encuentro en Cannes) ya tiene su speech introductorio preparado: "Quiero decirle que la mejor película extranjera que vi en el último año es argentina: Wild Tales (Relatos salvajes). No sólo es una notable muestra de talento narrativo sino que además rompe con los estereotipos que los norteamericano tenemos respecto del cine de Argentina o Brasil, que debería ser seductor, pintoresco, romántico. No hay tango, ni escenarios llenos de colores ni ninguno de esos clichés ligados al exotismo. Sé que Buenos Aires en varios sentidos es más europea que latinoamericana y esa fuerza cosmopolita se percibe en algunos de los episodios urbanos del film de Szifron, a quien he felicitado públicamente cuando estuvo nominado al Oscar". Bien, más que en los estereotipos esperables en el cine de Argentina o Brasil, Woody parece referirse a los lugares comunes de las producciones yanquis ambientadas en dichos países, sin ir más lejos: Focus: maestros de la estafa, la película que filmó en estas tierras el bueno de Will Smith, porque como nuestras películas se venden al exterior más por accidente que por intención, no abusan de pintoresquismo ni color local alguno. El bueno de Woody no puede evitar ser yanqui y creerse el dueño del mundo, ya que nos caracteriza no por lo que somos, sino por la idea de lo que él cree que somos. Nos atribuye “sus” lugares comunes, no los nuestros.

A continuación el cronista ataca el tema central: “Tras ese prólogo, Woody propone pasar, claro, a su obra y, más precisamente, a Hombre irracional, su 45º largometraje y 13º que estrenó en el Festival de Cannes desde que en 1979 presentara allí Manhattan. El film que el próximo jueves 1º de octubre se lanzará en los cines locales reunió a Allen con Emma Stone y Parker Posey y significó su primer trabajo con Joaquin Phoenix como protagonista.”

Y no solo da una síntesis sino que adelanta una opinión, ¡bravo por él!: Hombre irracional es de esas películas en apariencia ligeras, pero con un sustrato decididamente oscuro y pesimista. Debajo de la gracia de sus gags, del tono liviano con que se retrata la dinámica de un campus universitario, de la sonrisa encantadora de Stone o la locura salvaje de Posey y de los hermosos paisajes de Newport fotografiados en pantalla ancha por el talentoso Darius Khondji, se esconde una película ácida y perturbadora sobre la condición humana y el sentido de la vida.” (…) “Plagada de referencias intelectuales (desde Heidegger hasta Dostoievsky, pasando por Kant, Freud y la dupla Sartre-De Beauvoir), Hombre irracional tiene como perfecto antihéroe a Abe Lucas (Phoenix), un profesor de filosofía alcohólico, traumado, depresivo y en plena crisis creativa que llega a una universidad de Rhode Island, donde no tardará en despertar un interés cercano a la obsesión por parte de una de sus alumnas (Stone) y de una colega casada (Posey).” (…) “La película arranca como una previsible comedia de enredos amorosos, pero da una decisiva vuelta de tuerca cuando trabaja sobre una de las cuestiones favoritas de Allen: el crimen perfecto.”

Y transcribe una cita del director: "Mis héroes de siempre eran grandes escritores como Eugene O'Neill, Tennessee Williams o incluso Ingmar Bergman, pero a nadie le interesó cuando traté de seguir esa línea. Nunca quise ser comediante, pero me fueron empujando y nunca más pude salir"

Y le pregunta: Nunca se muestra demasiado eufórico con los resultados de sus películas ¿Por qué es tan exigente consigo mismo?

A lo que Woody responde: “En verdad soy bastante haragán cuando trabajo. Estoy muy lejos del perfeccionismo de (Martin) Scorsese o (Steven) Spielberg. Uno siempre quiere hacer El ciudadano o Ladrones de bicicletas, pero eso nunca ocurre. Ya no quiero frustrarme más. Me conformo con tener continuidad de trabajo porque filmar sigue siendo una opción bastante mejor que otros oficios. Con Match Point estuve bastante cerca de conseguir lo que quería, y lo mismo ocurrió con Crímenes y pecados, que justo son dos películas con claras conexiones con Hombre irracional en la exploración de los dilemas morales, la muerte o la culpa.”

Obviamos la pregunta sobre cómo mantener la productividad a los casi 80 años porque no nos importa y porque la respuesta es poco reveladora. (Después de todo estoy interviniendo el texto y no simplemente copiándolo).

Agrega luego el cronista: ¿Y el proceso de elección de los intérpretes cómo es?

A lo que Woody responde: “Mi directora de casting, Juliet Taylor, lee el guión y dos días después me trae una lista de 5, 10 o 20 intérpretes para cada papel. Me dice: "El protagonista podría ser Joaquin Phoenix". Yo no tengo idea quién es, pero me trae los videos de Paul Thomas Anderson, los veo y luego apruebo o rechazo. En este caso, me gustó. Y cuando me llevo bien con alguien suelo repetir, como ocurrió con Scarlett Johansson o ahora con Emma Stone, que es como una nueva Diane Keaton con una impronta de estrella clásica. A veces escribo el guión con el actor o la actriz ya en mente, que es lo mejor, pero muy pocas veces ocurre.” (Joaquin Phoenix si lee este reportaje, no va a tirar cohetes de alegría, el hombre no es ningún primerizo, con más de 30 años de carrera, comenzó medio chico en 1982, había nacido en 1974, que le digan todavía que no lo conocen, que no saben quién es, debe ser un baño de humildad inesperado y medio cruento). (A la divina de Emma Stone, que Woody ya conoce por haber trabajado con él en el film anterior a éste o sea Magia a la luz de la luna, le va mejor, que Woody te compare con Diane Keaton es como ganarte un camión con acoplado de Óscars).

A continuación el cronista le pregunta sobre cómo se siente por no haberle mostrado jamás un guión a un financista, pregunta que también obviamos por los motivos aducidos para obviar la pregunta que dejamos afuera antes: no nos interesa y la respuesta no es muy rica.

Pero sí nos interesa la pregunta siguiente: Su próximo film será el primero que hará íntegramente con tecnología digital. ¿Cómo se siente frente a semejante cambio?

Woody dice: “Soy un dinosaurio. No cambio fácilmente. Piense que uso la misma máquina de escribir de toda la vida para redactar mis guiones. Pero el director de fotografía de mi nueva película, el italiano Vittorio Storaro, me convenció. El tiempo ha llegado, no tiene sentido resistir más, no podés ir contra el futuro, que en verdad ya es el presente. Hace tiempo acepté abandonar la moviola y editar en la computadora, lo que me permitió montar una película en apenas 6 o 7 días. También me di cuenta de que la proyección digital es muy linda, casi igual que en 35mm. Pero nunca filmé en digital. En la próxima entrevista le cuento cómo me fue con Jesse Eisenberg y Kristen Stewart.” (¡Lo convenció Vittorio Storaro! Vittorio, entre otros directores, fue fotógrafo de casi todas las películas de Bernardo Bertolucci (incluidas El último tango en París, Novecento, y El último emperador) Francis Ford Coppola (juntos en Apocalypse now) o Warren Beatty (juntos en el demandante desafío de Dick Tracy))

Le sigue una pregunta que parece destinada a los “contreras” que lo odian: Se lo nota incansable. ¿Piensa a veces en dejar de dirigir? No consignamos la respuesta, que peca de obviedad.

Entonces llega el final, una reflexión que habría que memorizar, encuadrar y hasta bordar en almohadones: "No me interesa en absoluto cómo es la industria del cine hoy con sus blockbusters de acción, sus sagas, secuelas y remakes, adaptaciones de comics, acumulación de superhéroes y esa obsesión enfermiza por la taquilla. Para mí el cine es el que me legaron maestros europeos como Truffaut, Godard, De Sica o Fellini. Un arte hecho con amor. No una actividad industrial y mercantil. Ojalá alguna vez vuelvan aquellos tiempos esplendorosos".

Ojalá. Amén.

Gustavo Monteros

jueves, 17 de septiembre de 2015

La maestra de jardín



Nira (Sarit Larry) es una maestra de jardín de infantes, bien casada, madre de nido vacío, poeta en ciernes, que un día se topa con el misterio: un chico de cinco años, Yoav (Avi Shnaidman) puede concebir hermosos poemas. Claro, el niño es niño y no tiene la experiencia ni el conocimiento y menos que menos la sabiduría para que de su boca surjan esos conceptos tan elusivos como evocadores. Este misterio provocará en Nira emociones, reacciones, obsesiones inéditas, imprevistas.


Nadav Lapid como ya lo demostrara en la deslumbrante Ha-shooter (Policeman o Policía en Israel, 2011, que exhibe un paralelismo entre un grupo extremista de izquierda y una fuerza policial antiterrorista que convergen finalmente en una situación con rehenes) tiene una manera única de seducirnos, de meternos en lo que narra. La clave de su poder quizá resida en su imprevisibilidad. Nunca sabemos qué hará a continuación, de qué manera lo presentará, es imposible prever su próximo paso y en el pobre cine contemporáneo estamos tan acostumbrados a adelantarnos, a comprobar que acertamos en nuestra predicción, que esta imprevisibilidad nos atenaza con fuerza a sus imágenes.


Cuando la historia de esta maestra se despliega por completo, uno se siente tentado de hallarle resonancias psicológicas, sociológicas o políticas, se puede, claro, pero es mucho mejor, creo, dejar el misterio en misterio, que sea inescrutable lo hace más rico.


Si se piensa que a veces el cine debe ser más que mero entretenimiento, si se tiene la voluntad de apreciar el cine de autor, esta película es imprescindible. Es una de las mejores que veremos este año. Sin duda.

Gustavo Monteros

El gran secuestro de Mr Heineken



El gran secuestro de Mr. Heineken (2014) del sueco Daniel Alfredson, protagonizada por Anthony Hopkins revisita el caso del cervecero que ya fuera tratado por el holandés Maarten Treurniet en El secuestro de Alfred Heineken (2011) con el protagónico de Rutger Hauer.


Ambas películas podrían exhibirse una después de la otra sin que pierdan su interés, el que es posible hasta que lo acrecienten, porque podrían ejemplificar cómo incluso partiendo de los mismos datos duros (la fecha y la modalidad del secuestro, los detalles del cautiverio, el modo de la entrega del rescate y la liberación, las  personalidades e historiales del secuestrado y los secuestradores) se pueden hacer lecturas e interpretaciones que de tan disímiles bordean el antagonismo.


Las diferencias fundamentales radican en que al film con Hopkins le preocupa más la vida anterior de los secuestradores, mientras que a la película con Hauer el secuestro le resulta tan importante como las repercusiones que tuvieron en la vida posterior de Heineken, la manera en que  reacondiciona su vida y las obsesiones que se le desatan.


La película con Hopkins pierde por goleada ante la de Hauer, al secuestro y cautiverio le faltan vigor o nervio, las situaciones son excesivamente crispadas y carecen del poder de despertar empatía, las caracterizaciones son superficiales y las recreaciones de las circunstancias, planas y anodinas.


En resumen y a modo de consejo: La película con Hauer anda por el cable, por internet o en los anaqueles de los clubes de DVD, buscarla si el tema interesa. Exponerse a la versión con Hopkins solo si se es fanático del gran Anthony o si se suspira por la seducción de Jim Sturgess, Sam Worthington o Ryan Kwanten.


El “gran” agregado al título por los distribuidores locales desnuda la desesperación por hacer apetecible una propuesta insulsa, desabrida.

Gustavo Monteros

Laberinto de mentiras



Laberinto de mentiras (2014) de Giulio Ricciarelli expone con claridad meridiana las virtudes y defectos de las biopics o de los filmes basados en hechos reales. Presenta conflictos nítidos, con personajes muy perfilados aunque monolíticos y con pocos matices, en una narración que avanza más por acumulación de circunstancias que por progresión dramática, más la infaltable secuencia onírica que en clave de pesadilla exhibe tanto el inconsciente del protagonista como la capacidad de la puesta en escena del director. Todo muy prolijo, sí, pero también superficial, impersonal, anodino. A su favor diremos que esta película al menos cuenta con un tema de atractivo indiscutible.


Estamos en Alemania, más precisamente en Frankfurt, en 1958. Johann Radmann (Alexander Fehling) es un joven fiscal que se ocupa de las infracciones de tráfico. Un día junto a sus colegas es interpelado por el periodista Thomas Gnielka (André Szymanski) a que investiguen por qué un ex nazi torturador puede ejercer alegremente como maestro de escuela. Es que los alemanes luego del Juicio de Núremberg han dado por cerrada la cuestión de los crímenes de guerra. Sus colegas ignoran la interpelación, pero Johann que, como muchos de sus compatriotas, ignora todo lo que pasó en Auschwitz,  decide investigar. Apoyado por el Jefe de Fiscales, Fritz Bauer (Gert Voss) iniciará un proceso que llevará a juicio a muchos de los asesinos que se escudaban en que “solo cumplíamos órdenes”.


O sea la película expone algo en lo que creo con fuerza: que no hay horror por pequeño que sea que pueda taparse indefinidamente y ni que hablar de los monstruosos. Johann hace un viaje doblemente filoso, al del pasado reciente de la sociedad en la que vive y al de la revelación de secretos familiares. Y así pasa de la ingenuidad y la inocencia a la ceguera transitoria que provoca la verdad y que deriva en la sabiduría o el cinismo.


En la narración se destacan dos logros. En un impecable montaje, en las entrevistas previas a las víctimas, los horrores del campo de concentración más que verbalizados  son vistos en las reacciones de quienes los cuentan y quienes los escuchan. Y cerca del final cuando Johann y Thomas llegan finalmente a Auschwitz, hay un diálogo que de tan inspirado se vuelve inolvidable.


Las buenas actuaciones, la perfecta reconstrucción de época y la eterna puja entre la justicia y el olvido que piden los asesinos hacen que un guión más prolijo que elocuente no pierda sonoridad y transforman a este film en ineludible.

Gustavo Monteros

jueves, 10 de septiembre de 2015

Ricky y The Flash



Por razones de fuerza mayor no podré ir al cine esta semana, sin embargo que esto no sea óbice (siempre me deliró esta expresión) de que hable de la película que vería si pudiera ir: Ricki y The Flash. Con la ayuda del tráiler y los antecedentes de las personas involucradas en el proyecto, no es difícil hacer clarividencia sobre ella. Fue escrita por Diablo Cody, dirigida por Jonathan Demme, y protagonizada, claro, por Meryl Streep.


Diablo Cody, al margen de o debido a su peculiar nombre, es una de las pocas guionistas con status de celebridad. Debutó allá en el lejano 2007 (dado que mi vida no es muy abundante en eventos cambiantes, el tiempo me parece como la pampa, lo que semeja cerca está lejos y ayer es ya anteayer) con La joven vida de Juno, (dirección de Jason Reitman) película que aun hoy recordamos y celebramos. Como suele suceder con los auspiciosos debuts, lo que viene a continuación es una segura decepción: Jennifer’s body o sea El cuerpo de Jennifer, rebautizada aquí como Diabólica tentación (2009, dirigida por Karyn Kusama con Megan Fox en la mentada Jennifer y secundada por Amanda Seyfried y sus inmensos ojos), bodrio en el que la “diabólica” Cody demostró más apego a los lugares comunes que a la originalidad. Se repuso, un poco, no demasiado, porque los convencionalismos la pueden, con Adúltos jóvenes (2011, Jason Reitman) en el que al menos le permitía a la fabulosa Charlize Theron lucirse en la inmadura protagonista que aprendía a colapso limpio de qué va la vida. Cody, como puede vislumbrarse en el tráiler, no le hace asco a las convenciones (Ricki y The Flash va de recuperaciones y segundas oportunidades, mamá Streep abandonó por el rock a marido Kevin Kline e hijos, entre ellos, nena Mamie Gummer (hija de Streep en la vida real) quien intentó suicidarse porque la dejó exmarido, papá Kline llama a Ricki para que ayude y de paso se redima) y las buenas líneas. De modo que es fácil prevenir que el film hará nada que no hayamos visto antes, pero que quizá lo diga de un modo eficiente y, si nos descuidamos, hasta entrañable en el futuro.


Jonathan Demme, contando documentales, cortos, películas de TV y episodios de series, dirigió hasta la fecha 55 títulos; y como toda persona de larga trayectoria cuenta con logros indiscutibles (Melvin y Howard, 1980, que lo puso en el mapa, Totalmente salvaje o Something wild a secas, 1986, delicia de delicias con una imparable Melanie Griffith, más un impagable Jeff Daniels y unos anteojos de sol inolvidables; la simpatiquísima Casada con la mafia, 1988, con la ídem Michele Pfeiffer; la icónica El silencio de los inocentes que afianzó la carrera de Jodie Foster y catapultó al Olimpo de las caracterizaciones carismáticas a Anthony Hopkins) con interesantes (Filadelfia, 1993) o fallidas (Beloved, 1998, La verdad sobre Charlie, 2002) concesiones a la industria, más otras aventuras personales que terminaron en vehículos de lucimiento para actores (Denzel Washington en la remake de El embajador del miedo, 2004, Anne Hathaway en La boda de Rachel, 2008 , Wallace Shawn, The master builder, 2013, según la obra de Ibsen, El maestro constructor, of course). Y con Ricky y The Flash, no sé si redescubrirá la pólvora, pero sin duda limará los convencionalismos y lugares comunes del guión para refrescarlos un poco.


And last but not least, la señora Streep. Meryl está a prueba de críticos que quieren odiarla, bajarla de las alturas que habita, denostarla, arrastrarla por el fango de la ignominia, pero, pobres, no pueden; se les nota la mala leche, y mucho, aunque no les queda más remedio que sumarse a regañadientes al coro de alabanzas. Meryl puede con todo, ahora encima hasta canta y bien. Su grandeza de tan evidente es ya indiscutible. Es una de las pocas figuras que devuelve con su sola presencia el precio de la entrada, puede que la película en la que está sea buena, regular o mala, pero ella garantiza que dará espectáculo y del bueno. Meryl es así. Una chica de talento. De mucho talento.

Un abrazo, Gustavo Monteros