viernes, 21 de febrero de 2025

Querido diario - Hoy: Historias de Tokio

 


No falla. No hay encuesta hecha a gente relacionada con el cine en la que no aparezca. Sean directores, actores, críticos, cinéfilos o meros espectadores. Ya sea las 10 películas que más me influyeron, las 100 películas a ver antes de morir, las 30 películas que no olvidaré o mis películas favoritas. Hablo de Tôkyô monogatari o Tokyio Story o Historias de Tokio, película de 1953, dirigida por Yasujirô Ozu, con guion del propio Ozu con Kôgo Noda.

 

Mi ignorancia no hace que la elija cuando me piden que haga listas de películas. No sé si no la vi o si la vi cuando era chico y la olvidé. Decido dejar de dar vueltas, verla y zanjar la cuestión de si coincido o no con todos los demás que la eligen.

 

A poco de empezada comprendo que la vi, puedo predecir con certeza lo que sigue. La debo haber visto cuando no tenía la experiencia necesaria para apreciarla en su profundidad. Por suerte me esperó y llegué.

 

La trama es sencilla. En una ciudad pequeña, a unas pocas horas de Tokio por tren, vive un matrimonio de ancianos. (Los dos andan por los sesenta y pocos, pero por entonces ya calificaban de ancianos). Ellos viven con la hija menor, que es maestra (¡pobre!) Y como los viejitos ahorraron unos pesos y tienen tiempo libre deciden visitar a los hijos que viven en Tokio. En una ciudad cercana vive un hijo del medio que trabaja en el ferrocarril, lo saludarán en el viaje de ida y pasarán un tiempo con él en el de vuelta. En Tokio primero se hospedan en la casa del hijo mayor que es médico, está casado y tiene dos hijos chicos. Después se quedarán en la casa de la hija del medio, que es peluquera, también casada, pero sin hijos. Y visitarán a la nuera viuda que estuvo casada con un hijo que presumiblemente murió en la guerra. En algún momento a la peluquera se le hace larga la estadía de los viejos, entonces con el hijo médico les pagan unos días en un hotelito de un balneario de moda. Y eso es casi todo. Todos los personajes mostrarán sus pocas virtudes y sus muchas miserias, salvo la nuera que probará ser esa rara avis, a la que aspiramos y casi nunca somos, una buena persona.

 

Es evidente que las sorpresas de un argumento apasionante no son su fuerte, entonces ¿en dónde radica su magia? Es una película de narración clásica, de ahí que antes de que transcurra la acción nos mostrarán con detalle dónde ocurrirá. Y ahí está el indicio fundamental. Se habla mucho respecto de esta película de la organicidad tatami. El tatami es un tapiz o una estera acolchada. Dice Wikipedia: "Una estera de tatami siempre presentan el mismo tamaño y forma, y de hecho, proporcionan el módulo del que derivan el resto de proporciones de la arquitectura tradicional japonesa. El tamaño de una habitación viene dado por el número de tatami que podría contener. Las tiendas son tradicionalmente diseñadas para medir 5.5 esteras. El cuarto del té y las casas de té miden frecuentemente 4.5." Aquí como se parte del tatami, casi todas las tomas abarcan tanto piso como techo. Aunque la magia no está en el encuadre, sino que todas las habitaciones que vemos parecen vividas, no el diseño de un escenógrafo talentoso sino algo en lo que se vive.

 

Y esa es la clave, la magia, la seducción, los lugares son vividos, y lo que se cuenta también, no parece aparentado como en 99% de las películas, sino que empezamos a sospechar que por los motivos que sea, han atrapado un pedazo de vida. Pero, ¿no es lo que hacen todas las películas bien armadas? No. Casi todas las películas nos muestran un simulacro, una ilusión, una ambición.

 

Cuando De Niro hace su magia en Érase una vez en América, por ejemplo, ejerce su arte con una maestría sublime, nos convence de que no hay nada más cercano a la verdad por la que su personaje atraviesa. Así sabemos que, si su personaje existiera en la realidad, sin duda se comportaría igual. Su actuación respira certeza, pero es un artilugio, no es vida atrapada. Todos los artistas aspiran a atrapar un poco de vida, y los mejores son los que más cerca están de lograrlo.

 

Por los motivos que sean, insisto, Yasujirô Ozu aquí lo logró. Y por medios tradicionales, nada revolucionarios, innovadores o experimentales. Es una historia guionada, actuada para una cámara. Podemos hablar horas de los encuadres, del uso de la luz, de los ritmos del habla, de los subtextos, etc. Pero no llegaríamos al secreto de su magia. ¿Se puede atrapar vida en cámara?

 

Sí, no es fotografiar hadas o fantasmas. Todas las tomas de calles en las que las personas no saben que están registrados por una cámara son vida atrapada. Si lo saben, si tienen consciencia, ya no. Aunque el logro es alcanzarlo con un guion, con actores, con escenógrafos, con sonidistas, con fotógrafos a través de una ficción.

 

John Cassavetes lo intentó, pero sin ánimo de revivir discusiones, solo logró, en mi modesta opinión, captar actores que improvisan con una naturalidad pasmosa. Se acercan a lo que puede ser vida, pero no es vida atrapada. Richard Linklater tardó 12 años en filmar Boyhood, momentos de vida. El chico protagonista fue filmado creciendo, y los actores mayores madurando o envejeciendo. Evita el truco de cambiar de actores o de llenarlos de prostéticos o kilos de maquillaje y su proyecto sorprende, pero, de nuevo en mi modesta opinión, son actores filmados en tiempo que pasa, no vida atrapada. (Linklater está usando esa técnica para llevar al cine el musical de Sondheim, Merrily We Roll Along, en el que los personajes maduran, crecen o se engañan a través del tiempo, calcula que le tomará 30 años terminarlo, es un proyecto extremo, incluso más que extremo porque debe sortear con éxito la convención de que sus personajes cantan y bailan porque es un musical, artificio si los hay, si fuera una historia no musical le saldría más fácil)

 

Sí, me sumo. Cuando me pregunten sobre las mejores películas, las que más me marcaron, gustaron o tengo siempre ganas de celebrar, incluiré Historias de Tokio. En cine cuando se habla de algo que gusta mucho es un lugar común decir Es un prodigio, Es un milagro, Es un portento. Esta película lo es. No es el blablablá de siempre. Aunque recurramos a él para glorificarla.

Gustavo Monteros

viernes, 14 de febrero de 2025

Querido diario - Hoy: Día de los enamorados - Vuelve San Valentín



 

Mi “vida de santos” es poco enciclopédica, así que mejor empezar con lo básico. ¿Quién corno fue San Valentín? ¡Sorpresa! ¡Hay tres!

 

Dice Wikipedia: "Según la Enciclopedia Católica, hay en realidad tres santos mártires del mismo nombre que fueron ejecutados en tiempos del Imperio Romano, y cuya festividad cae en la misma fecha (tal vez por un error, que no es infrecuente en el calendario de santos) que conocemos hoy como día de San Valentín: los dos primeros fueron martirizados en la segunda mitad del siglo III, durante el reinado del emperador Claudio II “el Gótico”:

1) un médico romano que se hizo sacerdote y que casaba a los soldados, a pesar de que ello estaba prohibido por el emperador, quien lo consideraba incompatible con la carrera de las armas. Claudio II ordenó decapitarlo en el 269; fue muy venerado en Francia, en la diócesis de Jumièges.

2) un obispo de la ciudad de Interamna (hoy Terni, Italia), donde se encuentran los restos del cuerpo conservados en la homónima basílica, y donde el 14 de febrero es la fiesta patronal.

3) un obispo llamado Valentín de Recia, que vivió en el siglo V y que fue enterrado en Marlengo (en alemán Mais), cerca de Merano, en el Tirol, Italia; en el siglo VIII su cuerpo se trasladó a Passau, Baviera, en Alemania; es invocado para curar la epilepsia, y a partir del siglo XV se le representa con un niño tendido a sus pies."

De los tres, parece que el primero es el que dio origen a la celebración romántica que hasta hoy se verifica.

Como con todas las festividades de las que se puede sacar rédito, el cine la revisita con fruición.

Por casualidades de las que mejor no hablar, descubro que la cinematografía española de fines de los cincuenta y principios de los sesenta, tiene dos muestras sobre la celebración de San Valentín.

La primera es de 1959, se llama convenientemente El día de los enamorados, y la dirigió Fernando Palacios con guion de Pedro Masó, Antonio Vich y Rafael J. Salvia, servido por un elenco de notables, algunos muy de moda en el momento de la realización, otros que trascendieron la época y son representantes de lo mejor del espectáculo español, como la inmensa Concha Velasco.

Hay cuatro parejas en problemas para llegar al final feliz, y como es 14 de febrero, el vero santo tiene que bajar para solucionar los entuertos. Por un lado, tenemos a tres amigas, Atenea (Katia Loritz), Conchita (Concha Velasco) y Luisa (María Mahor). La primera es locutora de la televisión y está enamorada del escritor, productor y colega del programa en el que está, Luis Martín (Manuel Monroy) que no registra los sentimientos de la chica.

Conchita es vendedora de una tienda departamental (estilo la vieja Harrods) y anda de novia con Antonio (Antonio Casal), vendedor de zapatos en un negocio vecino, que la desatiende por el fútbol, pasión que para él ocupa el primer lugar.

Luisa es una manicura de una peluquería de hombres cortejada por Manolo (Tony Leblanc) un chofer de autobús, al que los celos lo tienen a mal traer.

Por el otro tenemos a María José (Mabel Karr), rica como McPato, a la que sus conocidas hacen bullying por considerarla una romántica, algo que consideran poco práctico, ya que todos se le acercan por su dinero, sin embargo, San Valentín (Jorge aquí, en otras George Rigaud) la acercará con Emilio (Ángel Aranda), un médico recién recibido, idealista y generoso, al que el dinero no le importa mucho.

Cada pareja tiene un elemento de comicidad que la circunda. En la de María José y Emilio es el padre de ella, un tarambana mujeriego, y el mayordomo de la mansión que habitan, al que cada vez que le piden un favor o su complicidad, le suben el sueldo.

En la de Luisa y Manolo, es un grupo de aspirantes a choferes, muy torpes ellos, a los que Manolo aconseja e instruye.

En la de Concha y Antonio, el humor corre por cuenta de la mismísima Concha, que puede vender un refrigerador para iglús, y es tan rápida de mente que siempre tiene la última palabra y puede desarmar en segundos el sofisma mejor armado.

San Valentín también tendrá su alivio cómico, un ascensorista que se desmaya de vértigo, porque en un momento clave el santo sube al Cielo en su ascensor.  

El film fue tan exitoso que tuvo una secuela en 1962, se llamó Vuelve San Valentín, Fernando Palacios siguió en la dirección, ahora con guion de Vicente Coello que se sumó a Pedro Masó y Rafael J. Salvia, que habían estado en la anterior. El elenco otra vez fue numeroso y efectivo.

Ahora San Valentín baja para arreglar las desavenencias del matrimonio de Mercedes (Amparo Soler Leal) y Fernando (José Luis López Vázquez), decoradora, ella, importador de tractores, él, los dos anteponen la profesión y los negocios al amor.

Mauricio (Cassen / Casto Sendra), un exitoso fotógrafo de bellezas que supuestamente deja atrás los sexuados efectos colaterales para centrarse en su prometida Julia (Teresa del Río), chica sin trabajo ni problemas económicos. La resolución de Mauricio es firme, pero el entorno no le hace las cosas fáciles, mediación santa se necesita.

Felisa (Gracita Morales) una mucama ingenua y pizpireta, pero nada tonta (o sea ingenua, no crédula) se quiere casar con Antonio (Manolo Gómez Bur), campesino dominado por sus padres. Felisa se gana la lotería, y lo que para muchos es una bendición, a ella no hace más que traerle problemas. El santo tendrá que intervenir.

Leonor (María Cuadra) se manda cartas románticas. Sus compañeras de la facultad hacen como que las creen, pero en realidad se burlan de ella y de su necesidad de inventarse novios. Pero el último candidato ficcional se hará realidad. A Manuel (Ángel del Pozo) un vendedor de seguros, el santo le pidió que lo corporice a cambio de contratarle una suculenta póliza. Claro, Manuel no tardará en enamorarse de Leonor.

Esta vez la comicidad está dentro de los conflictos románticos. Amparo Soler Leal y José Luis López Vázquez, ya son por estos tiempos dos comediantes afiatados y muy eficientes. Gracita Morales defiende a su mucama con uñas y dientes y desata carcajadas. La familia a la que sirve (tan típica que es padre, madre, hijo e hija) aporta lo suyo. El novio, al que la madre sobre todo no termina de soltar, está delicioso en su endeblez e inseguridad. Y si la madre es la gigantesca Rafaela Aparicio, no reírse es imposible. Cassen tiene gracia, pero sus voluptuosas fotografiadas y su voraz asistente que no quiere desdeñar ningún trabajo agregan comicidad al asunto. La novia, que anda para todos lados vestida de ídem, y su madre, que no ve la hora de sacársela de encima y disfrutar de su vida, arriman calor y sonrisas. Y el santo viene, a falta de ascensorista, con un taxista que lo atropella una y otra vez sin dar crédito a sus ojos de que el santo solo se sacuda la ropa y esté de lo más ileso después de cada accidente.

Las comedias amables del cine comercial (románticas o de costumbres) son puro artificio. No reflejan la realidad sino como le gustaría verse a la sociedad que la produce. Estas dos comedias industriales de pleno franquismo muestran una sociedad pujante, próspera, consumista, patriarcal y conservadora. En la primera, las tres amigas ganan como para darse todos los gustos, es más a la hora de comprar regalos para sus prometidos van a las mejores tiendas y eligen lo que les gusta sin fijarse en los precios. Sin embargo, el novio chofer y el novio vendedor hacen malabares para vivir al día. De modo que el supuesto estado de bienestar que se quiere vender es relativo. Los alumnos del chofer se quejan porque le tienen que convidar a su maestro todos los días de lección una picadita, que come solo el chofer, porque no alcanza para que ellos coman también. Cuando el chofer y la manicura deciden casarse no mencionan el lugar a vivir entre los inconvenientes a superar. Al que, para mencionar las más famosas películas en tratar el tema, El pisito (Marco Ferreri-Isidoro M.Ferry, 1958), El inquilino (José Nieves Conde, 1958), La vida por delante (Fernando Fernán Gómez, 1958) desmienten, conseguir casa por entonces era un verdadero problema. En las dos películas se subraya que el hombre debe ganar más que la mujer, que es lo que corresponde. Y se da por sentado que la esposa está sujeta, en el sentido de sometida, al marido en las decisiones importantes, los puntos de vista y las aficiones. Y que conste que solo menciono los aspectos sociales más salientes. Si se las escrudiña con afán sociológico se pueden hasta escribir libros. Las películas en apariencia más inocuas son las que mejor pintan a la sociedad que las produjo.

El amor es el amor, aquí, en la antigua Roma, la vieja China o la madre Rusia, pero en cuanto a lo demás, ¿todo tiempo pasado fue mejor? ¡Ni ahí!

Gustavo Monteros

viernes, 27 de diciembre de 2024

viernes, 20 de diciembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos de una palabra - Blitz - Joy



 Y en la letra chica de los datos inútiles, el 2024 pasará a la historia como el año cinematográfico con preeminencia de películas con títulos de una sola palabra. Ejemplos al paso, hay más, muchos más: Joy, Blitz, Here, Maria, Absolution, Ghostlight, Kill, Heretic, Queer, Cónclave, Thelma, Twisters, Megalopolis, Anora, Challengers, Vermiglio, Babygirl, Lee, Nightbitch.

 

Concentrémonos en los dos primeros. Se llama Blitz al bombardeo continuo que los alemanes ejecutaron sobre el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, entre el 7 de septiembre de 1940 y el 21 de mayo de 1941. Si bien varias ciudades lo padecieron, Londres se llevó la peor parte. La entereza que demostraron los londinenses enorgullece a la nación entera y fortifica la noción de un temple histórico, infatigable e indómito, que los británicos dicen tener. Grandes partes de la ciudad eran reducidas a escombros cada noche. Al amanecer, los ciudadanos emergían de los refugios subterráneos y continuaban con su vida como si nada, a pesar de las ruinas de sus casas y las muertes de familiares, amigos y vecinos. Durante guerras diversas, muchas ciudades fueron bombardeadas, pero ninguna ostentó resiliencia semejante a la mostrada por Londres. Muchas películas tienen al Blitz como tema central o como telón de fondo. No es para menos, pocos padecimientos dejan tan bien parados a sus protagonistas.

 

Se dice del director Steve McQueen (homónimo del inolvidable astro hollywoodense) sobre todo por sus películas Hunger (2008), Shame: Sin reservas (así se la conoció por estos pagos, 2011) y 12 Years a Slave (12 años de esclavitud, 2013) que trata temas difíciles con un estilo brutal e implacable. De ahí que sus estrenos se esperen con ansía y con expectativa de escándalo. Blitz demolió tales ansias y expectativas.

 

Las primeras críticas describieron al film como sorprendentemente convencional y anticuado, contracara negativa de lo que se llama “clásico” cuando a lo mismo se lo quiere ensalzar.

 

La trama es sencilla. Rita (Saoirse Ronan) una madre soltera, bonita y joven que vive con su padre anciano y músico (Paul Weller) envía a George (Elliott Hefferman) el hijo que tuvo con un hombre negro, al interior del país al cuidado (circunstancial o duradero, nunca se sabe) de otra familia (generalmente voluntaria, aunque muchas fueron obligadas) como lo aconsejan las autoridades, para evitar que los chicos mueran en los bombardeos. George se escapa del tren en el que viaja, mucho antes de llegar a destino y en el camino de regreso a casa, vive aventuras y desventuras. (Si a alguien esto le recuerda a Dickens, no anda muy errado)

 

McQueen, esta vez secundado por el director de fotografía, Yorick Le Saux, sigue deslumbrando con sus elocuentes planos secuencias y las tomas de cámara en mano casi sin contraplano.

 

Se suma a la tradición de resaltar el encomiable espíritu heroico de los londinenses, pero lo contrapone con una actitud revisionista que provocó más de un prurito. Algunos londinenses a pesar de ser conscientes de que debían enfrentar unidos la desgracia que se les venía encima, no depusieron un enojoso e inveterado racismo. McQueen es negro y debe haber oído de primera mano relatos de incidentes discriminadores durante la guerra. Tampoco obvió, como lo señalan documentos de época, que hubo saqueos a joyerías, bancos y casas de antigüedades, y rapiña a los cadáveres. Circunstancias que retratos ficcionales anteriores eligieron ignorar.

 

El relato atrapa y emociona. Y depara escenas inolvidables, como la que abre la película, con el edificio en llamas imparables y la manguera que serpentea literalmente. Y al igual que toda película de guerra usa el tropo de que, en el fragor de la lucha, vivir o morir, más que nunca es una lotería. Muestra también que hay ricos que, por no haber padecido nunca restricciones, se creen a salvo de lo que sea, y que los ninguneados de siempre, como el enano que comanda un refugio, saben en los huesos por haber padecido las más variadas restricciones que, en la adversidad, la solidaridad no es una contingencia, sino un imperativo insoslayable.

 

Joy (Alegría en inglés, como dice un subtítulo clave) es una película dirigida por Ben Taylor y estrenada en la plataforma Netflix el 22 de noviembre de 2024. Transcurre desde mediados de la década del sesenta hasta el final de la década del setenta y atestigua los esfuerzos de Jean Purdy (Thomasin McKenzie), enfermera y embrióloga, del Dr. Edwards (James Norton), científico y del Dr. Steptoe (Bill Nighy), cirujano, por concluir con éxito la primera fertilización in vitro, lo que los medios de entonces llamaron bebé de probeta.

 

Las innovaciones científicas muy incorporadas a la vida cotidiana parecen existir desde siempre y se olvida que alguna vez se probaron, que hubo dificultades, errores, infructuosidades.

 

Con el diario del lunes en la mano, se allanan los problemas, se olvidan las polémicas, se niegan las resistencias, las negaciones, los rechazos. Todas las innovaciones que cambiaron la vida de la gente tuvieron que sortear impedimentos morales, religiosos, de usos y costumbres, de recelos y envidias profesionales, de mezquindades ignorantes.

 

Dos vicisitudes conmueven: los precios que tiene que pagar Jean Purdy por participar en el proyecto y la solidaridad de las mujeres que se ofrecen de voluntarias, ellas rezan, cruzan los dedos, acumulan ansias porque les toque a ellas llevar a cabo el proceso con éxito, pero saben que, si no es así, su participación no habrá sido en vano, que le habrán facilitado el camino a las que vendrán. En estos tiempos de individualismo muy acendrado, el altruismo inesperado se valora más que un tesoro perdido. Como escribió el viejo y querido John Donne, tan citado en un momento y tan olvidado ahora: Ningún hombre es una isla.

Gustavo Monteros


viernes, 13 de diciembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos obras maestras del cine de oro japonés



 

Kiyoko es una de esas heroínas que ya no abundan…menos mal.

 

Estamos en el Japón de los cincuenta. Y aunque las costumbres están cambiando, Kiyoko observó la tradición del casamiento arreglado por casamentera para unirse a Shinji.

 

Mejor no lo hubiera hecho, más que quererse, valorarse o respetarse, se toleran amablemente.

 

Viven en la casa de la suegra, Yumiko, una anciana matriarca viuda, que tiene un almacencito que está más cerca del cierre que de la prosperidad. A Kiyoko, para mejorar la situación económica, se le ha ocurrido iniciar un café en la dependencia que se usa como depósito. Idea que la suegra resiste, vive la innovación como una amenaza a su autoridad. Entre las razones que enuncia la vieja para negarse está el gran gasto afrontado recientemente de la dote para la hermana menor de Shinji, que también va a casarse por concertación.

 

Otro matrimonio que se augura infeliz. El novio se le duerme en las citas y ya al mes de casados, la chica regresa a pasar unos días en su antigua casa porque necesita unas vacaciones de su marido.

 

El que también regresa supuestamente por unos días es el hermano mayor de Shinji, Zenichi, que tiempo atrás, harto de la vida provinciana se fue a Tokio, donde se casó y tuvo una hija. Ahí trabajaba en una empresa que cerró y ahora, con la cola entre las patas, se aparece con mujer e hija a que la casa familiar lo cobije.

 

Kiyoko no abandona la idea del café y por medio del hermano de una amiga, Kenkichi, que trabaja en un banco, consigue un préstamo de 300.000 yenes.

 

Como a la fuerza la visita de Zenichi, esposa e hija de unos siete años se prolonga, el hermano mayor de Shinji termina por reconocer que está sin trabajo y que necesita que le faciliten 300.000 yenes para abrir un restaurante.

 

Yumiko, que se oponía a la idea del café de Kiyoko, está más que de acuerdo con que le den el dinero a Zenichi. Shinji se niega echándole en cara que por qué se fue, él tuvo que quedarse a hacerse cargo del almacén, algo que no le interesaba y que ahora Zenichi no puede venir a exigir nada.

 

Yumiko, Zenichi y esposa, menos la nena que juega y vive en su mundo como todo chico, presionan a que Shinji habilite el dinero. Shinji y Kiyoko resisten como pueden.

 

Un día Yumiko le pide a Kiyoko que interceda ante Shinji para que deponga el resentimiento que tiene contra su hermano. Kiyoko no promete nada, pero Yumiko hace de cuenta de que aceptó y cuando Shinji regresa de una ida a las carreras, Yumiko le dice que Kiyoko está de acuerdo con la entrega del dinero.

 

Entre estas idas y vueltas Kiyoko y Kenkiche fortalecieron una relación de amistad que ya bordea el amor.

 

Shinji termina por adelantarle 200.000 yenes a Zenichi, que desaparece por unos días, en los que todos suponen acertadamente que se está dando la gran vida sin importarle más nada.

 

Shinji le dice a Kiyoko que, si se quiere divorciar, él no se lo impedirá y que haría bien en vivir su amor por Kenkiche. Kiyoko niega estar enamorada de Kenkiche y querer divorciarse.

 

Zeniche le escribe una carta a su mujer en la que le pide que deje a la hija a cargo de la familia y que ella sola regrese a Tokio. La familia acepta y la esposa de Zeniche se va.

 

Shinji y Kiyoko hacen planes para seguir con el café, se dicen que lo comenzarán de a poco y con modestia, pero que lo abrirán.

 

Contado así, parece un relato coral, pero no lo es, todo gira o se supedita alrededor del personaje de Kiyoko. Es la protagonista absoluta.

 

El diccionario de la Real Academia dice que “abnegado/a” significa “que se sacrifica o renuncia a sus deseos o intereses, generalmente por motivos religiosos o por altruismo”

 

Y es el adjetivo que mejor define a Kiyoko, ella es abnegada. Y en estos tiempos de individualismos, su postura sobresale como la mosca en la sopa. Su punto de vista asombra y nos interpela. ¿Por qué insiste en quedarse en una familia que no la valora, en proseguir con un matrimonio que nunca la hará feliz, por qué acepta ayudar a cuidar y crear una hija que no es propia y cuyos padres no merecen ningún respeto, por qué insiste con la idea del café cuando sabe que es una ambición que tarde o temprano los demás boicotearán, porque sus anhelos no le importan a nadie salvo a ella?

 

La respuesta abarcadora quizá sea porque ella es fiel a sus elecciones primeras. Ella eligió casarse sin amor, pertenecer a esta familia con sus más y sus menos, y no desviándose cree que está construyendo algo que a la larga le hará bien a ella y a los demás, a la familia y a la sociedad. En esas cosas pensaban antes.

 

Secreto de esposa o A Wife´s Heart (Corazón de esposa) en inglés es una película idiosincrática del maestro Mikio Naruse. Se dice que de haberse inventado o usado el término en la época en que creaba, su cine se habría considerado “feminista”, porque miraba el universo femenino muy en detalle. Sabrá Dios si Naruse hubiera estado de acuerdo con el mote.

 

Como su cine no me es muy familiar (conozco solo unos pocos títulos) no sé si critica o ayuda a sostener la sujeción opresiva de la mujer a las costumbres antiguas. Dicho de otro modo, la postura de Kiyoko ¿refleja la opinión del autor o este solo la patentiza con la intención de que cambie pronto?

 

Hideko Takamine es Kiyoko, Toshiro Mifune es Kenkichi, Keiju Kobayashi es Shinji, Yoko Sugi es Yumiko, y Minoru Chiaki es Zenichi.

 

Hideko Takamine y Toshiro Mifune, dos gigantescas estrellas del cine japonés volverían a reunirse en 1958 para otra obra maestra, esta vez del director Hiroshi Inagaki: El hombre del carrito o The Rickshaw Man, en inglés.

 

Matsugoro (Mifune) es un portador cargasilla fuerte, expansivo, lábil, bienhumorado generalmente, noble, bromista, agradable, violento si lo provocan, sincero. Un tipo bárbaro, dirían en el bar.

 

Estamos a fines del siglo XIX. Un buen día Matsugoro le devuelve a una madre, la señora Yoshiko Yoshioka (Hideko Takamine) su hijo herido, Toshio, al que le había dado un mal consejo. Le dijo que no fuera llorón, que se subiera al árbol como le pedían sus amigos, que no iba a pasarle nada. Error, cuando el cargasilla volvió a pasar por donde jugaban los chicos, halló al niño en piso con el tobillo esquinzado y llorando, obviamente se cayó y mal.

 

La madre quiere que a Toshio lo vea un médico de inmediato. Matsugoro acepta llevarlos, pero no quiere recompensa ni por el viaje ni por el favor.

 

Cuando el padre de Toshio, el capitán Kotaro Yoshioka (Hiroshi Akutawa) conoce a Matsugoro, queda encantado. Se da cuenta de que es bruto como un arado, tanto en modales como en analfabetismo, pero bueno y generoso como ninguno. Y a pesar de la diferencia de clases y de educación, lo adopta como amigo.

 

El capitán no tarda en morir y Yoshiko le pide a Matsugoro que la ayude a hacer de Toshio un chico fuerte y sano. Y así el cargador se convierte en el tío Matsugoro para Toshio.

 

El tiempo pasa y cuando Toshio parte a la universidad en la gran ciudad, Yoshiko sufre el nido vacío y Matsugoro ya no puede evitar revelarle el amor y la pasión que siente por ella. Yoshiko queda consternada y Matsugoro, rechazado, se propone beber hasta morir.

 

El relato general se construye sobre pequeñas anécdotas o historias. Según dicen, esta no es una película típica de Hiroshi Inagaki, al que se le daban mejor las épicas samuráis de largo aliento, “un gran sentido estético basado en las pinturas del concepto de belleza denominado ukiyo-e”. Aquí si bien hay escenas multitudinarias y majestuosas, predomina lo pequeño, íntimo, delicado casi.

 

Y si en Secreto de esposa todo giraba alrededor de la protagonista Kiyoko, aquí todo gira alrededor de Matsugoro (o Matsu para sus amigos). Personaje conmovedor si los hay, que construye su vida para un chico que siempre lo considerará un sirviente y para una mujer que nunca superará las convenciones sociales que los separan. Yoshiko y Toshio quieren a Matsu, pero ni sueñan con elevarlo a la categoría a la que ellos pertenecen.

 

O sea, no lo querían lo suficiente. Quizá el capitán lo quiso y apreció más. A la hora de la verdad, la diferencia social no le importó, solo que Matsu era un buen hombre, íntegro y a cultivar. Sin embargo, de haber vivido el capitán, Matsu no hubiera tenido preeminencia en la vida de Yoshiko y Toshio. Paradoja tan triste como el amor de Matsu, que fue correspondido, pero hasta ahí.

Gustavo Monteros


viernes, 6 de diciembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos con Jeremy Irons


 

Cuando Waterland (rebautizada Nosotros mismos para su distribución local, Stephen Gyllenhaal, 1992) se estrenó allá por los lejanos principios de los noventa, leí críticas o reseñas y hubo un detalle que capturó mi atención. Como no la vi en ese momento, el detalle se me olvidó. Y ahora que finalmente la veo, me fue fácil distinguir cuál fue.

 

Un profesor de Historia, Tom Crick (Jeremy Irons) al comprobar que a sus alumnos les interesa tres cominos, dos pepinos y un arándano, el programa a desarrollar, se pone a contar su “historia”, lo que termina adelantando su jubilación porque incluye en la narración varias aventuras sexuales y los alumnos se quejan (transcurre en 1974 y parece que por entonces los adolescentes se escandalizan más o no estaban tan hechos a la idea de que hasta los viejos profesores habían tenido sexo alguna vez) De todos modos, estas incidencias son colaterales, la trama principal pasa por otro lado, por aquello tan sabido de que somos lo que vivimos.

 

Hay dos tiempos en esta historia, el contemporáneo, o sea el 74, que transcurre en Pittsburgh, y el de la juventud de Tom que sucede durante la Segunda Guerra en The Fens, una zona pantanosa del este de Inglaterra, con una breve desviación a incidentes que involucran al abuelo materno de Tom y que pasan en los prolegómenos y postrimerías de la Primera Guerra Mundial.

 

Todo el argumento es rebuscado, bien de novelón de aquellos. Arranquemos con el abuelo. El viejo era el rico propietario de una destilería de cerveza, pero el pueblo mucho no lo quería. Entonces, para una fiesta fundacional, creó una cerveza especial con alto contenido alcohólico, que puso a todo el pueblo borracho y que expuso in vino veritas toda su miseria. Tan miserable era el pueblo que ¡incendió la destilería!, lo que desató la bancarrota del anciano.

 

Vino la guerra (la Primera) y el castillo se convirtió en hospital y el viejo y su hija (la madre de Tom) pasaron a vivir en la casita del guardabosques. La cuestión es que al viejo se le voló la chaveta y empezó a tener relaciones con la hija, a la que confundía con la esposa, o algo así. La hija quedó embarazada, pero ocultó su desgracia casándose con un herido de la guerra (Pete Postlethwaite) que se reponía en el castillo en el que ella trabajaba de enfermera.

 

Nace Dick (David Morrissey), el fruto del incesto que, como en todo novelón que se precie, es un disminuido mental, eso sí, fuerte como un toro y con un miembro viril que le daría envidia al negro de WhatsApp. Yo no tengo nada que ver, pregúntenle al autor de la novela en la que se basa el film, Graham Swift, por qué el miembro es todo un tema.

 

Al poco tiempo nace Tom (que de joven es interpretado por Grant Warnock), él sí hijo de su papá y de su mamá, no de su mamá y su abuelo. La madre muere joven y de paso se salva de dar explicaciones del incesto y esas cosas.

 

Llega la Segunda Guerra y Dick y Tom son dos saludables mozalbetes. El despertar de las hormonas y el carpe diem, que incita la guerra, hacen que se borren las inhibiciones sexuales, a tal punto que Tom y su compañerita de curso, Mary (de joven es interpretada por Lena Headley, sí, sí, la que sería la Cersei Lannister de Games of Thrones) se la pasan dale que dale al pandeiro que se acaba el mundo. Como los conejos, como quien dice.

 

Tom, que es muy generoso, le pide a Mary que le dé conversación a Dick, así es menos huraño y aprende a tratar con las mujeres. Mary lo entiende (o lo desentiende) al vuelo e inicia a Dick en los placeres de la carne. Al principio tiene problemas con el tamaño del miembro, pero después se da maña de lo más bien. La cosa es que queda embarazada. ¿De Tom o de Dick? ¡Ah, misterio!

 

La cosa es que le dicen a Dick que el retoño a nacer bien puede ser de Freddie (Callum Dixon) un compañero de escuela de Tom y Mary, que aprovecha la guerra para dedicarse al contrabando, mercado negro y esas minucias. No le dicen a Dick que el hijo puede ser de Tom porque tienen miedo de que lo mate a golpes, porque cuando Dick pierde el control, ¡arde Troya!

 

A todo esto, o se muere el abuelo o recuerdan que al morir dejó de legado un cajón con 10 botellas de la cerveza aquella que enardeció al pueblo y una carta. La cosa es que Dick toma una de las botellas, se la da a beber a Freddie, y cuando está que se cae de borracho, Dick agarra la botella vacía y de un golpe desmaya a Freddie y lo ahoga, no olvidemos que estamos en una zona pantanosa, de modo que hay agua de sobra.

 

Mary y Tom optan por el aborto y van a ver a una vieja gitana, que deja a Mary sin hijo, pero sangrante y estéril. Tom confronta a Dick por la muerte de Freddie, esgrime como prueba irrefutable la botella de cerveza del abuelo. Dick se acuerda de que hay una carta, se la da a leer a Tom, que primero le dice cualquier bolazo, pero termina por leerle lo que en verdad está escrito. Dick entonces se entera de que su papá no es su papá sino ¡su abuelo!

 

Dick enloquece, agarra las botellas de cerveza restantes, se las va tomando, mientras huye en su motocicleta, perseguido por Tom y el padre. Dick se tira al mar y suponemos que ha muerto (digo suponemos porque Dick es un nadador excepcional y un buceador con gran capacidad pulmonar, de modo que bien puede haber terminado en una población vecina e iniciar una nueva vida, como sea, ya no importa)

 

Pasa el tiempo y Mary ya no es Lena Headey y se ha vuelto Sinéad Cusack, y con Tom que ahora ya es Jerermy Irons se han mudado de Inglaterra a Pittsburgh, donde Tom ejerce de profesor de Historia en un secundario.

 

Mary empieza a tener signos de demencia, anda contando que va a tener un bebé dentro de muy poco, algo que sabemos no es posible porque está pasada de edad (no olvidar que estamos en 1974 y no ahora) y porque el aborto juvenil la volvió yerma (y de paso homenajeamos a Lorca)

 

Una buena mañana, Mary va al shopping y aprovecha que una mamá entró a probarse un vestido y dejó a su hijito en un cochecito para secuestrarlo y llevárselo a su casa. Tom vuelve del trabajo y se pone como loco, claro, aunque hace entrar a Mary en sus cabales y la lleva a devolver el chico.

 

Mary como represalia, ¡lo deja! Encima a Tom se lo sacan de encima en el colegio por lo de los cuentos sexuales y entonces se queda sin trabajo. Noble hasta el fin, en el discurso de despedida se las arregla para darle ánimos a su alumno más cercano, Matthew (Ethan Hawke) que andaba preocupado por el inminente fin del mundo (no olvidar que entre las permanentes hipótesis de conflicto que maneja el imperio, por entonces batían el tambor por Vietnam y la Guerra Fría).

 

Tom vuelve a The Fenns, adonde antes había regresado Mary, y auguramos que ella deja de enloquecer, y que juntos se dan otra oportunidad.

 

La película es todo lo buena que puede ser una con ese argumento. Sé que contada como la conté da como para una comedia, pero no, está contada con gran seriedad y apunta para las de llanto.

 

El director es Stephen Gyllenhaal y si el apellido les suena es porque es el padre de Jake y de Maggie, que ya tienen una gran carrera en el cine. Y como todo está bien lo que termina en familia, consignemos como al pasar que Jeremy Irons y Sinéad Cusack son marido y mujer en la vida real y ¡que siguen casados! (Es que se tomaron muy en serio lo de comer perdices)

 

Dicen los Ibsenitas que El pato salvaje es una de las obras más queridas de Ibsen. No la más frecuentada, claro, ese lauro lo comparten Casa de muñecas, El enemigo del pueblo, Hedda Gabler o Peer Gynt. No ratifico la aseveración, porque más que Ibsenita, soy un admirador pasivo, veo sus obras siempre que puedo, las aprecio, pero no descorcho champanes a la salida.

 

Como con otros tantos grandes, perdón por la blasfemia, el manejo de la trama no es lo suyo. Convengamos que a veces la trama es lo de menos. Romeo y Julieta, por ejemplo, tiene más agujeros en el argumento que red de cazar ballenas, pero a nadie le importa. ¡Ni te digo el último acto de Hamlet! Pero para entonces estamos tan cautivados por la belleza de los textos y la complejidad de los personajes, que bien puede terminar con una invasión zombi sin que a nadie le importe.

 

Volvamos a Ibsen, al que, según mi modesta opinión, no se le da bien la lógica de los argumentos. Pero a Henrik se lo debe tomar como a los integrantes de la propia familia: viene así. El hombre no es un negado y tiene muchas otras virtudes que compensan sus tramas rebuscadas. No nos quedemos en la anécdota y vayamos a lo importante.

 

El pato salvaje ha sido llevada al cine varias veces y hay una versión de 1983, dirigida por Henri Safran, con el protagónico de Jeremy Irons y Liv Ullmann.

 

Según Wikipedia: (La obra) “Explora las complejidades de la verdad y la ilusión a través de la historia de una familia destrozada por los secretos y la intrusión de un extraño idealista.” (…) “Los temas de visibilidad y reconocimiento impregnan la narrativa, con personajes que luchan por ser vistos mientras son metafórica y literalmente ciegos a la verdadera identidad de los demás, simbolizada a través de motivos como la ceguera, la fotografía y el pato salvaje herido.”

 

He visto y leído la obra y la película de Safran respeta la esencia de la obra. La cosa es más o menos así, hay dos familias entrelazadas, la de Harold (Jeremy Irons) y la de Gregory (Arthur Digman) que fueron amigos desde chicos y compañeros de clase.

 

El padre de Gregory y el padre de Harold fueron socios alguna vez, pero el padre de Gregory se excedió en trapisondas ilegales y cuando las papas quemaban, le echó la culpa al padre de Harold, que pasó algunos años en la cárcel.

 

Hoy el padre de Gregory es un pilar de la sociedad, un patriarca respetado, que está quedándose ciego por una enfermedad que se trasmite de generación en generación. El padre de Harold es un señor que vive en un ático amplio lleno de animales varios, como pollos y conejos, a los que da caza creyendo que es el reputado cazador de antaño, el gran señor que era antes de la cárcel. Malvive haciendo copias de la contabilidad del padre de Gregory, dinero que invierte en botellas de licores varios, que lo emborrachan y le dan el aliento para soportar el destino. 

 

Gregory lleva añares sin ver a su padre, ahora vuelve porque su padre se casará con su ama de llaves de toda la vida, la Sra. Summers (Marion Edward), que lo cuidará en casa y atenderá los negocios cuando la ceguera sea total.

 

Gregory dejó la casa paterna a poco de morir su madre, que se suicidó amargada porque su marido andaba en amoríos con una de las criadas, Gina (Liv Ullman).

 

Para evitar el escándalo o por culpa, el padre de Gregory casó a Gina con Harold, y como dote, les instaló una casa de fotografía, negocio del que viven no muy holgadamente que digamos.

 

A meses de consumado el casamiento, Gina dio luz a Henrietta (Lucinda Jones) ahora una adolescente de unos 14 años ¡que se está quedando ciega de una enfermedad hereditaria! Dos más dos son cuatro.

 

No nos olvidemos del pato. Días anteriores al regreso de Gregory, su padre fue de caza y como ve cada vez menos, en vez de matar malhirió a un pato, que su perro rescató de morir ahogado al enredarse en las plantas acuáticas del fondo de un lago (gran escena del perro en cuestión). El pato es regalado a Henrietta que lo cuida y cura en el ático de su abuelo.

 

No nos olvidemos tampoco del doctor (Michael Pate) y el reverendo (Rhys McConnochie), dos borrachos consuetudinarios y alegres que viven en el departamento de abajo del de Gina y Harold, de los que son muy amigos.

 

Gregory finalmente se reencuentra con Harold, se entera de que este está casado con Gina y como es un “idealista” que cree que todos deben vivir en la verdad más absoluta, le cuenta a Harold que Gina tuvo un amorío con su padre y que quizá Henrietta sea hija del viejo George y no de él. Como todos los idealistas fanáticos, Gregory no vive según sus convicciones, sino que pretende que los demás lo hagan. No solo de buenas intenciones está lleno el camino al infierno, de fundamentalismos, también.

 

Harold comienza a rechazar a Henrietta, que vive para que su padre la quiera. Gregory convence a Henrietta que, si sacrifica al pato salvaje como acto de amor por su padre, Harold volverá a quererla. Henrietta abraza al pato con su brazo izquierdo y lo acurruca contra su pecho y con la mano derecha empuña una de las pistolas de su abuelo y le pega un tiro, muriendo en el acto, ella y el pato.

 

Harold comprende tarde su necedad. Gina quiere consolarlo, ¿dejará que lo haga y de paso la perdonará? Gregory está convencido de que pese a la tragedia, Gina y Harold están mucho mejor porque viven en la verdad. Algo que es ampliamente rebatido por el doctor, que cree que todos estaban más felices con las verdades tapadas. Incluso antes el doctor le había dicho a Gregory que se enorgullecía de ser el responsable de que Harold creyera que era un gran inventor que un día daría con el descubrimiento que lo sacaría de pobre, y que también incentivaba a que el padre de Harold creyera que seguía siendo el gran señor que fue y que el ático era su actual coto de caza, que era la ilusión y no la verdad desnuda lo que hace que los hombres sean felices y puedan seguir, aunque las realidades sean adversas.

 

Jeremy Irons es uno de los más grandes actores cinematográficos del mundo y de todos los tiempos, pero no es infalible, como lo prueban estas dos películas, que no están precisamente entre las mejores de su carrera, ni son redimidas por su actuación.

 

Le va mejor en Waterland / Nosotros mismos, porque su personaje es, en esencia, un narrador al que le pasan cosas, un rol que le pide más reacción que acción. Pero en The Wild Duck / El pato salvaje, es derrotado por el personaje. Lo entiende, lo “lee” bien, sin embargo, no termina de corporizarlo en plenitud. Por momentos lo erige en toda su vacuidad, su superficialidad, su egolatría, su arrogancia, pero las más de las veces lo sumerge en la indecisión (la peor, no la del personaje sino la del actor), lo desdibuja en una voluntad de intentar hacerlo más querible de lo que verdaderamente es, algo que surge más del deseo del actor que se vea así, que de lo que emerge del personaje en sus debilidades, que son, en definitiva, las que lo hacen estimable en su fallida humanidad.

 

Sin embargo, son las fallas las que, en comparación, engrandecen los logros, valga la contradicción. Los balbuceos siempre serán perdonados si alguna vez se fue elocuente y no solo locuaz. La genialidad perpetua aburre. La comprobación de que los grandes también tienen dudas, que meten la pata como todos, los devuelve más entrañables y cercanos.

Gustavo Monteros


viernes, 29 de noviembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos con Laure Calamy


 

La serie francesa Dix pour cent / Call My Agent, de 24 episodios, creada por Fanny Herrero, 2015-2020, se centra en una agencia de representantes de actores/actrices, directores/directoras y exhibe los problemas de los agentes y de sus representados, es decir las desventuras que se derivan de sus personalidades y de su conflictivo entorno. Es de tontos perdérsela, puesto que solo acepta elogios exacerbados, que uno sospecha pobres y mezquinos. Si no me creen, vean como muestra el episodio 6 de la segunda temporada que se llama Juliette, por Binoche, claro. Delicia de delicias. Comprobarán de paso por qué las actrices aparecen a veces disfrazadas en los eventos de alfombra roja y aprenderán también cómo sacarse de encima un pesado que es casi un ejemplo perfecto de acosador inmanejable. La serie catapultó a la fama a Laure Calamy y Camille Cottin, que venían haciéndose notar en secundarios y llevó a otro nivel las carreras de todos los que intervienen como miembros del staff de la agencia, como Nicolas Maury que en 2020 se probó como autor, director y protagonista de su propia película, Garçon chiffon (chico de peluche) o My Best Part (Mi mejor papel) para los países de habla anglosajona.

 

En este film, Jérémie Meyer (el propio Nicolas Maury) es un ejemplo insuperable de drama queen. Joan Crawford hace costumbrismo realista al lado suyo. Los celos desmadrados lx dominan y arruinan su relación con Albert (Arnaud Valois), un veterinario de muy buen ver. Jérémie es actor, sin trabajo por el momento y su agente Jean-François (Laurent Capelluto) le ruega dos cosas, que se presente al casting de la obra teatral Despertar en primavera de Frank Wedekind y que bajo ninguna circunstancia acepte ser el coach actoral de la directora cinematográfica, Sylvie (Laure Calamy) que se apresta a protagonizar la película que dirigirá en breve.

 

Sylvie es la quintaesencia de la artista estrella en problemas, está vulnerable, insegura, emocionalmente lábil, hipersensible, manipuladora y demandante. Para estar a salvo del pedido de Sylvie y poder prepararse bien para la prueba teatral, Jérémie cumplirá con el compromiso de acompañar a su madre en el homenaje póstumo que le harán a su padre, que se suicidó no hace mucho.

 

Bernardette (Nathalie Baye), la madre, tiene una casa de huéspedes en un paraje turístico-vacacional y hacia allá va Jérémie. En el tributo fúnebre, Bernardette es solo la primera esposa, hay una segunda mujer, la viuda oficial de marras, que viene acompañada por su suegra, que está perdidamente senil.

 

Bernardette le reclama a Jérémie no haberla acompañado mejor en su proceso de ruptura y divorcio, aunque el reclamo no se convierte en culpa, porque Bernardette comprende que Jérémie era apenas un chico, que se encerraba en sus fantasías de divas para elaborar la separación de sus padres a su modo. Ve a su hijx tan solx y desvalidx que le regala un cachorro de perro.

 

Jérémie a su vez cela a su madre con Kévin (Théo Christine), un chico de su edad que ayuda con las tareas del hotelito. Kévin es hetero como el de más, pero respeta y le intriga la plumífera desfachatez con la que Jérémie vive su vida.

 

Jérémie vuelve a la ciudad y entre cosas que se arman y desarman encontrará algo de paz. El final lo hallará con Kévin que vino al estreno de la obra y si hay un romance en ciernes o el inicio de una gran amistad como en el desenlace de Casablanca es algo que no sabremos. De lo que no queda duda es que Jérémie vivirá lo que sobrevenga en sus propios términos, como una buena diva que se precie de tal.

 

Este film es un buen drama de relaciones con actuaciones impecables que vuelan alto en el caso de Calamy y Baye. Ambas están inspiradísimas, Calamy a pleno histrionismo y Baye en completo sosiego. Sylvie/Calamy desordena a pura locura. Bernardette/Baye reacomoda su presente a pura sabiduría. Baye en algunas tomas nos recuerda a Selva Alemán, que se fue de gira no hace mucho y eso vuelve a su personaje más profundo y entrañable.

 

En Une femme du monde / Una mujer de mundo, 2021, de Cecile Ducrocq, Laure Calamy es Marie, una trabajadora sexual, que cumple su tarea con convicción y sin ninguna vergüenza. Tanto así que su hijo adolescente, Adrien (Nissim Renard) y sus padres saben a qué se dedica. Su madre en algún momento le pedirá que cambie de profesión y Marie contestará que no, que por qué.

 

Adrien, como suele suceder con los adolescentes, anda desorientado y no sabe bien qué hacer con su vida. Cree que le gustaría ser chef, pero por una broma de mal gusto lo echaron del secundario público con orientación culinaria en el que cursaba. Ahora dice que le gustaría enrolarse en el ejército, como fantasean o tienen la intención, algunos de sus compinches.

 

Marie no quiere ni oír hablar del mundo castrense. Se enteran de la existencia de una encumbrada, cara y lujosa academia privada de cocina. Los aspirantes deben pasar primero una entrevista. Adrien, asesorado por una amiga travesti de Marie, que fue abogadx, pasa la entrevista con creces. Ahora solo quedar reunir el importe de la matrícula, que es bastante salado para ellos, y hacer frente a las mensualidades.

 

La calle enfrenta una de sus habituales crisis económicas y está más dura que de costumbre. Por eso es que Marie abandona el cuentapropismo que la enorgullece y comienza a trabajar en un prostíbulo disfrazado de discoteca. Algo que Adrien le echará en caro disgustado cuando se entere. Marie, a su vez, le pedirá a Adrien que colabore haciendo pequeños trabajos. Algo que en un principio Adrien de puro inmaduro incumplirá, para después entrar por la variante y responsabilizarse, lo que augura un buen final.

 

Calamy no pidió dobles de cuerpo y jugó todas las escenas descarnadas y muy arriesgadas de sexo y se puso vestuarios que desfavorecerían a la Venus de Milo. Porque, como declaró, no puede haber verdad en la interpretación de una prostituta si se anda con remilgos.

 

Dato que remite a su esencia como actriz, a su manera única de “leer” sus personajes, de corporizarlos con todas las emociones, fantasías y sensualidades sin red ni reaseguro alguno. El concepto actoral de “aquí y ahora” con el que hace parar a sus personajes es maravilloso. Conocerla es amarla. La inmediatez con la que mira, siente, camina desarma al descreído más acérrimo del arte de actuar. Su talento es coraje puro.

 

Muchas ponen el cuerpo. Calamy lo planta sin pedir nada a cambio, porque actuar es dar sin miedo, y eso hace el prodigio, y nuestra retribución natural de dar hasta lo que no tenemos.

 

Ante una entrega así, solo nos queda el placer de la admiración sin límites. Y si ese ida y vuelta entre actor/a y espectador/a, ese intercambio de verdades, no es amor, se le parece tanto que debería serlo.

Gustavo Monteros


viernes, 22 de noviembre de 2024

Querido diario - Hoy: El primer día del resto de nuestras vidas


 

Así como no hay hijos malos, no hay géneros malos (aunque ejemplares de unos y otros a veces salgan mal)

 

Confieso que hay géneros que frecuento con interés renovado: el policial, la comedia, el musical, el drama. Otros que visito tan poco que ya soy un ignorante supino de ellos: el terror, el documental. Algunos fueron pujantes y hoy son casi una rareza: el western y el de guerra. Otros muy de moda en estos tiempos que me dan pereza visitar (para decirlo amablemente), porque caen las más de las veces en la fórmula, la poca imaginación, lo probado hasta el hartazgo: la biopic y el navideño.

 

El cine comercial de Hollywood, pasada la fiesta de Halloween ataca con el bodrio navideño (hay excepciones, pocas, pero las hay). Y como en todo país colonizado culturalmente, tengo la acotada elección de qué ver, en respuesta al mandato sin escapatoria de ver algo navideño, porque es el momento del año de hacerlo. (El que pueda huir del “supuesto” espíritu navideño en algún especto de la vida cotidiana ¡que pase la receta!)

 

Llego a esta película de casualidad, busco antecedentes de Melvil Poupard, hallo que estaba aquí, incluida en mi lista larga e inabarcable de pendientes a ver.   

 

Un conte de Noël (2008) (El primer día del resto de nuestras vidas para su distribución local) de Arnaud Desplechin cubre dos casilleros: es de Navidad y de familias disfuncionales, tema tan recurrente en los últimos 15 años, o alrededor de (desde mediados de los sesenta a mediados de los setenta, el tema excluyente era la pareja, hoy es la familia peculiar).

 

Junon (Catherine Deneuve) y Abel (Jean-Paul Roissillon) tienen una familia atravesada por la muerte. De jóvenes perdieron un hijo a los seis años de un cáncer. Y ahora a Junon se le declaró uno parecido que necesita de la médula de un donante compatible. Sin hacer mucho suspenso porque la gracia no va por ahí, en su familia tiene dos que podrían donarle médula, su hijo Henri (Mathieu Amalric) y su nieto Paul (Emile Berling).

 

Pero arranquemos con más orden, aparte del finadito, Junon y Abel tuvieron a Henri, que es financista, a Elizabeth (Anne Consigny) que es una dramaturga de éxito y a Ivan (Melvin Poupaud) que no queda claro a qué se dedica o se me pasó por alto.

 

Henri, un irresponsable, amoral, mujeriego, bebedor, tiene una novia, Faunia (Emmanuelle Devos), mujer de ascendencia judía con mucho humor y paciencia. (El judaísmo no es tema de conflicto en esta familia, pero no se soslaya, como si sintieran el mandato social de hacerse cargo de los prejuicios sociales)

 

Elizabeth, que como ya dijimos es una dramaturga de éxito, casada con un matemático genial, Claude (Hippolyte Girardot) y son padres de Paul, un adolescente que padece de un desequilibrio mental, que puede o no desembocar en la locura.

 

Ivan está casado con Sylvia (Chiara Mastroianni) y son padres de mellizos de unos ocho años, Basile (Thomas Obled) y Baptiste (Clément Obled).

 

El núcleo familiar inmediato incluye a Simon (Laurent Capelluto), sobrino de Junon y primo, claro, de Henri, Elizabeth e Ivan.

 

Y esta Navidad, debido a la enfermedad de Junon, es la primera reunión de todos en 5 años. Cuando la familia celebraba algo, siempre faltaba Henri, exiliado por Elizabeth como resultado de un juicio por deudas. Elizabeth, desde que decidió ser dramaturga, contó con el apoyo de Henri, tanto así que hasta le compró un teatro para que lo dirigiera y probara su creatividad con plena libertad, pero Herni cayó en una pequeña omisión, se olvidó de pagarlo. Al momento del juicio, pretendía saldar las deudas vendiendo lo que a los efectos reales no era suyo, dado que jamás lo había pagado. Abel estaba dispuesto a hipotecar la casona familiar y su empresa, una tintorería (más que limpiar ropa, se dedica a teñir telas para la industria), aunque había un problemita, lo que pudiera obtener no cubría la deuda. La solución vino de un as bajo la manga que sacó Elizabeth: cubrirá la deuda en su plenitud con la condición de no ver nunca jamás a Henri en ningún evento familiar. No podía evitar que todos vieran o visitaran a Henri, pero exigió que bajo ninguna circunstancia se lo pusieran por delante. La jueza que intervenía le dijo que la ley no podía avalarla, que era una cuestión privada, que solo podía pedir el compromiso de la familia. Y la familia optó con complacerla y exiliar a Henri de las reuniones familiares, hasta ahora, en que la enfermedad de Junon obliga a todos a deponer las diferencias.

 

Lo que Henri es, está a la vista desde el principio, pero ¿qué determinó específicamente que Elizabeth dijera basta? El motivo es objeto de especulación para el resto, nunca llegan a una conclusión satisfactoria. Incluso el propio Henri le reclama que defina qué fue lo que le hizo. Elizabeth nunca lo dice, solo equipara a Henri con el Mal Absoluto, con lo horrible, lo abyecto, con todo de lo que hay que huir para mantener a su hijo, sobre todo, alejado y protegido. Por supuesto, Henri y Paul simpatizan, y si pudieran desarrollar una relación, verían que no solo son compatibles en medula para Junon.

 

Junon enfrenta la enfermedad sin remilgos ni delicadezas. Desde la pérdida del primogénito, vida y muerte son contingencias cercanas para ella. Confiesa que Henri nunca le cayó bien y que nunca lo quiso. Henri dice que él siente lo mismo. Puede que sea verdad, pero no se convive inútilmente y terminan manifestándose una sinceridad conmovedora, que bien puede ser amor. Nada es blanco y negro en la vida.

 

Junon expresa que Sylvia le cae poco y mal, porque se ha llevado de premio a su hijo preferido, el más querido, Ivan. Y le dice a Faunia, que ella sí le cae bien, porque le saca de encima a su hijo menos querido, o sea Henri. Junon puede hablar con Faunia sin tapujos, porque es la extraña, la desconocida, a la que se le puede decir y contar lo que sea. Y si bien Junon no es de andar cargando lastre, le hace bien hablar con Faunia, la clarifica.

 

De adolescentes, Henri, Simon e Ivan estuvieron enamorados (o deseaban) a Sylvia. Henri en apariencia solo quería acostarse con ella y como no lo logró, no la cortejó más. Simon se la “cedió” a Ivan. Secreto contado por Rosaimée (Françoise Bertin) la abuela postiza de todos, que fue a su vez amante de la madre de Abel (la amplitud de las relaciones no es cosa que se inventó ayer, puede que ahora se tienda a poner los puntos sobre las íes, pero las alternativas vitales vienen desde el principio de los tiempos). Retomo, cuando Rosaimée le relata a Sylvia que Simon la “cedió”, aunque nunca dejó de amarla y perdió en la entrega su sentido del humor y su alegría de vivir, Sylvia se pregunta lo que en algún momento nos preguntamos todos: ¿qué hubiera sido de mi vida si en vez de lo que viví, hubiera vivido esto otro? Enterarse de la verdad le cae a Sylvia en un mal momento. No porque sienta que concluyó su ciclo con Ivan, sino por todo lo contrario, porque no hace mucho aceptó estar enamorada de él. Pero también siempre quiso a Simon, sin atreverse a desearlo. Ahora ¿tiene el permiso?

 

Elizabeth también tiene un pretendiente desfavorecido, Spatafora (Samir Guesmi) amigo de sus hermanos, hoy un delincuente de poca monta, con el que pudo haberse casado, y que esta Navidad le deja de regalo una cadenita de oro con una medalla, no el colmo de la belleza, pero no carente de encanto. ¿Sería Elizabeth una dramaturga de haberse casado con Spatasfora? Y este, ¿habría en tal caso zafado de una vida delincuencial? Sabrá Dios o el universo paralelo.

 

Como bien puede deducirse, es un film navideño, pero alejado de las ñoñerías habituales. Habla de reencuentros, sí, pero sin las boberas entusiastas de una superación amortizada a plazos. Como en la vida, no hay cambios drásticos ni definitivos. En los días que atestiguamos, todos son sacudidos emocionalmente. No sabremos a ciencia cierta en qué medida el sacudón los modificará. Junon obtiene su transfusión de médula. ¿La aceptará su cuerpo, le dará una larga y buena sobrevida? Como Elizabeth elegimos creer que sí. Después de todo, si hay que completar el cuento, que sea con la mejor de las probabilidades. ¿A quién no le gusta un final feliz?

Gustavo Monteros