Julie Andrews está en tres títulos claves de la historia del musical en el cine: The Sound of Music / La novicia rebelde (Robert Wise, 1965), Mary Poppins (Richard Anderson, 1964) y Victor/Victoria (Blake Edwards, 1982). Cada film tiene, claro, su número icónico. Repasemos hoy el de Victor/Victoria, Le Jazz Hot, que repercute hasta hoy. Gustavo Monteros
viernes, 20 de enero de 2023
viernes, 13 de enero de 2023
Intermezzo musical - Hoy: The Wiz
En su momento fue difícil ver The Wiz (El mago, Sidney Lumet, 1978) Como en los EEUU no fue el éxito que esperaban, la distribución mundial fue limitada. En Buenos Aires se dio solo una semana en el extinto Cine Libertador. Como no llegué a verla, comenzó la espera. La televisión la dio poco y nada, como es casi toda cantada, con pocos diálogos y había como una prohibición expresa de no poner subtítulos, era una experiencia rara para el espectador desprevenido ver cantar y cantar sin entender qué corno están diciendo. Canal 13 la dio una tarde de sábado, pero me la perdí porque me vienieron a buscar para algo. En el mientras tanto, Michael Jackson se convirtió en una super estrella y creí que la reflotarían para aprovechar el éxito, pero no. Tampoco se programaba en las cinematecas por su extracción popular e industrial y porque otros títulos tenían más urgencias de ser redescubiertos. Recién pudimos verla con la eclosión de los videos clubes. Pasaron los años y sus hacedores se llevaron una sorpresa, por distintos motivos se había convertido en un film de culto, atesorado y venerado por miembros de varias generaciones. El fracaso de hoy puede ser el mito de mañana.
Gustavo Monteros
viernes, 6 de enero de 2023
Intermezzo musical - Hoy: Hairspray
El casting en el cine industrial está tan profesionalizado que no se registran muchas sorpresas. Pero hay castings tan apropiados en los que uno sospecha que hubo intervención divina. Como en el de Hairspray (Adam Shankman, 2007) por ejemplo.
viernes, 30 de diciembre de 2022
Intermezzo musical - Hoy: Roald Dahl's Matilda the Musical
¡Feliz año nuevo! Y a ser a little bit naughty...
viernes, 23 de diciembre de 2022
Intermezzo musical - Hoy: Bing Crosby y su White Christmas
Como es de esperarse, Bing Crosby canta el clásico navideño compuesto por Irving Berlin, White Christmas en White Christmas (Michael Curtiz, 1954), pero ya la había cantado antes en Holiday Inn (Mark Sandrich, 1942) que es la que vemos.
viernes, 16 de diciembre de 2022
Intermezzo musical - Hoy: Cabaret
Peino canas, ya no tengo todos los dientes, se me pasó la edad para jubilarme en la profesión que más ejercí, todos los días descubro molestias o dolencias nuevas, me cuesta levantarme de la cama con dignidad...ah, pero ¡vi jugar a Maradona y vi Cabaret en los cines cuando se estrenó!
Gustavo Monteros
viernes, 9 de diciembre de 2022
Intermezzo musical - Hoy: Fred Astaire and Ginger Rogers
Basta mencionarlos para despertar en quienes ya los conocen algo parecido a la felicidad.
Gustavo Monteros
viernes, 2 de diciembre de 2022
Intermezzo musical - Hoy: Funny Lady
Le damos por un tiempo descanso a las palabras, mientras vuelven repasamos números musicales, célebres y no tanto. Comenzamos con uno de Funny Lady (Herbert Ross, 1975) que no fue precisamente un gran éxito de público y crítica. Contaba el Capítulo II en la vida de la estrella de Broadway, Fanny Brice. La muy lograda y exitosa Funny Girl (William Wyler, 1968) nos había contado el I. Pero esta vez la magia no se repitió. Pasados los años, los que sí quedaron en pie, incólumes y soberbios, fueron los números musicales. Aquí un botón de muestra.
Gustavo Monteros
viernes, 25 de noviembre de 2022
Programa doble: Hablame al cohete - El botín más grande del mundo
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: Hablame al cohete – El botín más grande del mundo
En Spara forte, più
forte... non capisco! (Eduardo De Filippo, 1966) (en España conocida por su
traducción literal Dispara fuerte, más
fuerte...¡no lo entiendo!, en Argentina se la dio como Hablame al cohete), la astuta escena inicial nos debe servir de
advertencia. El encuadre nos lleva a creer que Alberto (Marcello Mastroianni)
está comprando una mansión, pero de repente empieza a empujar la puerta de una
verja autoportante a la que le pusieron unos rulemanes. Es que Alberto es un
escultor de material alternativo y prefiere trabajar el hierro en todas sus
formas.
Esta broma inicial sugiere que desconfiemos, que tomemos
todo entre comillas, que no demos nada por descontado. Antonio vive con su
viejo tío, Nicola (Eduardo De Filippo), que hace cincuenta años que no habla en
protesta contra la humanidad y que solo se comunica con Alberto con cohetes.
Alberto tiene con su hermano Carlo, (Leopoldo Trieste) un negocio de alquiler
de adornos, sillas o armado de fuegos artificiales para fiestas públicas o
privadas.
Alberto por casualidad se topa con Tania (Raquel Welch)
que va a que Matilde Cimmaruta, una vecina, le lea las cartas. Las explosiones del tío Nicola obligan a
Alberto a pedir disculpas en la vecindad y a entrar en casa de los Cimmaruta en
la que ve a un conocido Anniello Amitrano, con el que queda en verse más tarde.
Después, una serie de extraños sucesos hará que Alberto
crea que los Cimmaruta mataron a Amitrano y los denuncia a la policía. Pero
Alberto es un denunciante irresponsable, el pobre sufre de insomnio crónico y
tiene dificultades en reconocer lo que es verdad de lo que es onírico. Aunque
esta falencia desenmascara latencias temibles, el asesinato corre por la sangre
de los Cimmaruta y Amitrano no es noble ni trigo limpio.
Spara
forte, più forte... non capisco! se basa en una de las obras
más ambiguas y elusivas de De Filippo, Le
voci di dentro (Voces desde el
interior) escrita en 1948 para evidenciar las ruinas morales que dejaron
las ruinas materiales de la Segunda Guerra. Un hombre que no distingue realidad
de ficción denuncia sin fundamento, pero la denuncia desata no una ofensa sino
un afán homicida. ¿Acaso los sueños dicen más sobre lo que escondemos de lo que
estamos dispuestos a admitir? La guerra pone de manifiesto que el hombre puede
ser el lobo del hombre, o ¿el hombre es el lobo del hombre también en la paz,
solo que en ciernes?
No leí ni vi la obra en teatro, donde, según parece, el
material es más oscuro que en esta adaptación cinematográfica del propio De
Filippo, en la que entre cohetes, disparates soñados, la rotundez de Welch y el
encanto de Mastroianni, el mensaje final sobre la esencia del hombre sigue
elusivo pero no tan agrio. El hombre puede ser codicioso, acomodaticio, de
moral lábil, de ímpetu asesino, pero también puede pensarse y trascenderse que
es lo que quizá haga el personaje de Mastroianni.
En The Biggest
Bundle of Them All (El botín más
grande del mundo, Ken Annakin, 1968) Harry Price (Robert Wagner) más un vivo
jactancioso que un delincuente, quiere salir de pobre secuestrando al mafioso
retirado Cesare Celli (Vittorio De Sica), pero no hay nadie dispuesto a pagar
el rescate, porque el retiro encumbrado es una pura apariencia que oculta una
modestia vergonzante.
La banda de Harry está integrada por Davey Collins (Davy
Kaye) un mecánico casado con una italiana con la que tiene once hijos, Benny
Brownstead (Godfrey Cambridge), un violinista clásico desempleado casi
continuamente, y Antonio Tozzi (Francesco Mulè), un chef que no quiere saber
nada de comidas porque está con sobrepeso y su novia no lo acepta a menos que
baje unos cuantos kilos. Cesare, para recuperar su honor y autoestima, les
propone a todos ellos que finjan estar bajo su mando y no el de Harry, mientras
consigue el dato y la estrategia para una gran golpe de su consejero de
siempre, el profesor Samuels (Edward G. Robinson).
Harry tiene una novia, Juliana (Raquel Welch) a la hace
explotar su belleza para facilitarle cosas, trámites e inconvenientes.
Ken Annakin fue un narrador todo terreno, con grandes
logros en la comedia y en el cine de acción, al que recién ahora se le están
reconociendo sus estimables virtudes, sobre todo gracias a espectadores
memoriosos que no olvidaron los gozos recibidos en las gloriosas matinés de sus
infancias. El botín más grande del mundo
es precisamente eso, atrapante, fluida y ligera como la mejor matiné posible.
Cuando los dinosaurios dominaban la tierra, Un millón de años A.C. (Don Chaffey,
1966) Raquel Welch se puso una bikini de piel y habitó un poster poseído o
conocido por todos los cinéfilos de aquel entonces. Dicha película pero sobre
todo el poster dio inicio al reinado de la Welch que duró hasta principios de
los ochenta, para cuando el tiempo dañó apenas, pero ajó, su tangible belleza.
Mientras fue reina, Hollywood ya no era “Hollywood” y Europa, principalmente
Italia, tenía una industria cinematográfica pujante, de ahí que era frecuente
que estrellas instaladas o en ascenso pasaran por tierras italianas para
protagonizar proyectos junto a italianos ilustres como De Sica, De Filippo o
Mastroianni. Y tener arriba en el cartel, genio y belleza, como quien dice.
viernes, 18 de noviembre de 2022
Programa doble: No te preocupes, cariño - Mi policía
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas
con aspectos en común.
Hoy: No te preocupes, cariño – Mi policía
Ni tanto ni tan poco.
Se suponía que el 2022 marcaría un antes y un después en
la carrera cinematográfica de Harry Styles.
(Para quienes no lo conozcan, un cantante británico,
exintegrante de la banda juvenil One Direction, que se lanzó como solista y
alcanzó un contundente éxito en el mercado pop británico y su zona de
influencia. Antes de la globalización, las famas eran intrusivas y abarcadoras.
Mi tía Martina que era más folklorista que Leda Valladares jamás consumió a los
Beatles, los Rolling Stones o ABBA, pero sabía perfectamente quienes eran y,
muy a su pesar, movía la cabeza y los pies al ritmo de sus sucesos cuando se
los topaba. Ahora con tanta segmentación y redes sociales y nichos, la fama
urbi et orbi ya no existe, fue sustituida por famitas, según los consumos más
individualizados. Es probable que llegue el día en que se cumpla una de las
polaridades borgeanas, que de tantas famitas, todos seamos famosos y que
ninguno lo sea, porque el todo y la nada, en la concepción de Borges, o en este
caso, la fama y el anonimato, al ser ambos absolutos se igualan.)
En realidad toda esta perorata es para defenderme de las
ofensas de los fans de Harry Styles por haberme puesto a explicar quién es y no
dar su fama por asumida.
Como sea el chico vendemúsica, chico porque no llega a
los treinta todavía, lo pusieron a vender películas y lo hicieron protagonizar
un par. Aparte de los videos, ya habían comprobado que la cámara lo trataba con
suma simpatía en la breve participación en Dunkerque
(Christopher Nolan, 2017) y en su cameo para Eternals (Chloé Zhao, 2021).
No
te preocupes, cariño (Don’t
Worry Darling, Olivia Wilde, 2022) se estrenó primero. La presentación en
el Festival de Venecia reveló que la filmación tuvo sus entredichos
escandalosos, en particular entre la protagonista femenina Florence Pugh y
quien precedió a Styles en el papel de Jack, Shia LaBeouf. Aunque, según parece,
no faltaron tampoco dimes y diretes entre la directora y también actriz en el
proyecto, Olivia Wilde, y la ya mencionada Florence Pugh. Los escándalos
opacaron los logros de un film no muy original, pero bello y atrapante.
Estamos en un suburbio cerrado que vive según modas,
códigos de comportamiento y peculiaridades de finales de los años cincuenta y
principio de los sesenta. Los hombres parten a trabajar en una planta
misteriosa que quizá tenga que ver con materiales atómicos, mientras las
mujeres se quedan en la casa, limpiando, cocinando, construyendo un paraíso de
descanso para cuando vuelvan sus maridos, al que reciben con un beso
apasionado, la cena lista, acicaladas cual modelos y con un vaso de whisky
reparador, como preludio a una relajación mayor.
Esta cerrada comunidad está liderada por el carismático
Frank (Chris Pine). Accedemos a la historia por el matrimonio conformado por
Alice (Florence Pugh) y Jack (Harry Styles). Sociedad tan ordenada y glamorosa
no tarda en resquebrajarse y por las grietas se cuelan unas incómodas verdades.
La directora Wilde mencionó como influencias para este
film a Inception (Christopher Nolan,
2010) y a The Truman Show (Peter
Weir, 1998), pero cuando uno llega al final de la trama, otras dos películas
muy pero muy famosas vienen a la mente. Películas que no nombraré, porque si se
las menciona, todos supondrán con acierto de qué viene el cuento.
Mi
policía (My Policeman,
Michael Grandage, 2022) es una historia de amor de a tres, narrada en dos
tiempos (los años cincuenta y el ahora más o menos contemporáneo) y por seis
actores (los tres más jóvenes encarnan a los personajes en los cincuenta, los
tres mayores en la actualidad).
Todo comienza en los cincuenta, Marion (Emma Corrin) una
maestra recién recibida se enamora del hermano de una amiga, Tom (Harry
Styles), el policía del título. Pero el mío de Mi policía no le pertenece en exclusividad, lo comparte con Patrick
(David Dawson) un curador de museo, que es más rico y cultivado que los otros
dos, provenientes de las clases populares.
La relación de Tom y Patrick no solo está prohibida por
la sociedad de aquellos tiempos sino que es muy peligrosa, puesto que se la
considera ilegal y se la pena con la cárcel.
En la actualidad, pasados unos cuantos y largos años,
Patrick (Rupert Everett) que ha sufrido un severo ACV es traído por Marion
(Gina McKee) a la casa costera en la que disfruta de su jubilación junto a Tom
(Linus Roache), que no quiere saber nada con Patrick, menos que menos cuidarlo
en esta hora de desdicha física. Pero hay que pagar deudas pendientes y las
verdades ocultas tanto tiempo no dejan vivir tranquilo.
Esta historia de amores contrariados conmueve e interesa,
pero tanto la novela de Bethan Roberts en la que se basa como el guión que la
respeta en demasía, tiene un Macguffin conflictivo, unos diarios en los que el
joven Patrick vertía sin pelos en la lengua todo lo que vivía. La novelista
Roberts los necesita para una imputación legal, pero le complican las vueltas
de tuerca que tiene reservadas. Habría que haber llegado a otra solución
técnica, porque estos benditos diarios molestan más que ayudan.
De todos modos hay buenos momentos. Por ejemplo el viejo
Tom en un momento atestigua en la calle un beso entre dos hombres y se le
desata una tristeza que solo puede aliviar llorando mucho. El pobre tuvo que
padecer escarnio público por algo que hoy es tan natural como el rocío. (O que al
menos se tolera mayoritariamente) Y la primera relación sexual entre los
jóvenes Tom y Patrick es torpe, tierna y bella.
¿Cuando vimos en estreno La muerte le sienta bien (Death
becomes her, Robert Zemeckis, 1992), El
club de las divorciadas (The First
Wives Club, Hugh Wilson, 1996) o Un
lugar llamado Notting Hill (Notting
Hill, Roger Michell, 1999) nos dimos cuenta de la relevancia que
alcanzarían y de la influencia que ejercerían? Nos encantaría decir que sí,
pero ni ahí. Seguimos nuestra vida y esas películas las suyas y dejaron huella.
Se suponía que No
te preocupes, cariño y Mi policía
significarían el breakthrough (trabajo consagratorio) para Harry Styles. No lo
fueron, aunque las dos tiene elementos
que quizá las hagan duraderas (quizá también se olviden, claro)
Ni tanto ni tan poco. Pero quién sabe…
Gustavo Monteros
viernes, 11 de noviembre de 2022
Programa doble: El sentido de un final - El mensajero
Programa doble, sección en la que repasamos dos
películas con aspectos en común.
Hoy: El sentido de un final – El mensajero
En El sentido de un
final (The Sense of An Ending,
Ritesh Batra, 2017) si de emociones se trata, el viejo Tony Webster (Jim
Broadbent) cree tener más pasado que futuro, se cree dueño de una vida vivida y
aprendida de memoria de tanto como se la ha contado. Pero una carta lo
contradecirá por completo. Una abogada le dice que la madre de una exnovia,
Sarah Ford (Emily Mortimer) le ha dejado en el testamento un cheque y un
adjunto. Como la carta ensobra el cheque aunque no el “adjunto”, concierta una
cita para ver de qué se trata. La abogada recorre el testamento y le confía que
el tal adjunto es un diario escrito por Adrian Finn (Joe Alwyn) un compañero de
secundaria de Tony. Este diario en cuestión está en manos de la exnovia,
Veronica Ford (Charlotte Rampling) que se niega a entregarlo. Tony desandará un
camino insospechado, que repercutirá en la vida presente que lleva y modificará
sus relaciones con la exmujer, Margaret (Harriet Walter) y con la hija de
ambos, Susie (Michelle Dockery), una lesbiana en trance de convertirse en madre
soltera, ya que arrastra un embarazo de casi nueve meses.
En El mensajero
(The Go-Between, Pete Travis, 2015)
si de emociones se trata, el viejo Leo Colston (Jim Broadbent) es un muerto en
vida. No ha podido relacionarse sentimentalmente con nadie desde el verano de
1900, cuando tenía 13 años y fue manipulado para desempeñarse como un
improvisado cartero entre la niña casadera de la mansión victoriana, Marian
Maudsley (Joanna Verderham) y su amante, el modesto arrendatario de las tierras
de labranza, Ted Burgess (Ben Batt).
Esta aventura romántica tuvo un desenlace que lo traumó drásticamente. Ahora en
su madurez es llamado por la envejecida Marian (Vanessa Redgrave) para que
entregue un último mensaje, algo que quizá, está por verse, lo destraumatice.
En estas dos películas el personaje de Jim Broadbent debe
cerrar círculos. Ambas se basan en hermosas novelas homónimas. The Go-Between es L.P. Hartley y The Sense of An Ending es de Julian
Barnes.
La de L.P.Hartley se abre con la famosa y muy citada
frase: “El pasado es un país extranjero, allí las cosas se hacen de manera
diferente”. Frase-llave que abre tantos viajes diferentes al pasado como
personas existen.
Gustavo Monteros
De The Go-Between hay
una versión anterior para cine de 1971 (la que referimos arriba fue para la televisión),
que aquí se llamó El mensajero del amor.
El niño era Dominic Guard, los amantes Julie Christie y Alan Bates, y el viejo
Leo, Michael Redgrave. El guión era de Harold Pinter y la dirección de Joseph
Losey, que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes por este trabajo. Con
este film, Jim Broadbent debutó en el cine, fue un extra en el partido de
cricket. Con esta nueva versión quizá haya hecho otro viaje al pasado, otro
cierre, quién sabe. Porque después de todo, si de emociones se trata, por más
viejo que se sea, nadie tiene la vida vivida del todo.
viernes, 4 de noviembre de 2022
Programa doble: Z, la ciudad perdida - El abrazo de la serpiente
Programa doble, sección en la que
repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: Z, la ciudad perdida – El abrazo de la serpiente
Cuando el mundo era ancho y ajeno, o más de lo que lo es
ahora y no había drones, celulares, computadoras, los hombres salían con una
mochila, un sombrero y una brújula a desentrañar regiones jamás visitadas antes
por un hombre civilizado. Hablo del siglo XIX, no de Marco Polo, Colón, Cortez
o Magallanes, la India, América, China, Japón, África y Australia ya habían
sido descubiertas, colonizadas, explotadas y en vías de distintos grados de
liberación, si es que eso es posible en un mundo que necesita dominadores y
dominados para poder seguir girando.
Por entonces dos grandes regiones se consideraban
inexploradas o casi. La Amazonia y los polos. El verde y el blanco profundo
como quien dice. Y geógrafos, cartógrafos, etnógrafos, botánicos, zoólogos,
entre los principales estudiosos científicos, aunque también aventureros,
buscavidas, mercenarios, fugitivos se destinaron a la proeza. Se necesitaba
buena salud, predisposición para la supervivencia, recursos para subsistir con
poco o nada y sobre todo hambre de gloria.
Ambicionaban ir, ver y sobrevivir para volver y contar.
Iban a hacerse de un nombre, a inscribirse en los diccionarios y enciclopedias.
Muchos no volvieron y los que volvían, no venían muy ilesos que digamos. Por
ahí enteros de cuerpo, pero con la cabeza comida por lo visto y obsesionada por
lo que les faltó ver.
Entonces marchaban otra vez y ya no volvían, la suerte
también se cansa y se desenamora. O el milagro no quiere repetirse o Dios se
distrae y se descuida. Muchos simplemente se perdían. No volvía a saberse de
ellos. Se suponía que la selva, la tundra, las infecciones tropicales, el frío,
los caníbales o los osos o los lobos los habían matado. O los había perdido la
locura, la lujuria, o quizá, por qué no, ya no quisieron volver. Dieron por
vanos los sueños de fama y dinero, consideraron su vida por vivida y se
quedaron en algún rincón a rumiar lo aprendido.
Muchos buscaron riquezas en oro y plata y las hallaron
solo arqueológicas, otros buscaron conocimiento y solo hallaron los límites de
su tontería. Muy pocos hallaron lo que buscaban y se conformaron con volver y
contarlo. Exitosos o fracasados, locos o iluminados, perdidos o regresados,
famosos o desconocidos, sus gestas dan material para películas que como sus
hallazgos o desengaños pueden ser abundantes o pobres, pero por malas que sean
(las dos que referiré no lo son) eluden la indiferencia.
La aventura humana engendra siempre admiración o
repugnancia, nunca abulia o desinterés. Después de todo, solo se trata de la
busca del camino de vuelta al Paraíso del que fuimos echados. Algunos lo buscan
en el amor, la religión, el arte o la esperanza, otros en la proeza de explorar
lo no abarcado en las selvas inextricables o los desiertos gélidos. La
esmeralda o el diamante, como quien dice. La ambición de no perderse en el
olvido. O de saber por fin de qué va la piedad o la ira de Dios.
Z,
la ciudad perdida (The
Lost City of Z, 2016) dirigida por James Gray con el protagónico de Charlie
Hunnam (Percy Fawcett), Robert Pattinson (Henry Costin) y Sienna Miller (Nina
Fawcett) se basa en los viajes de Percy Fawcett tras la búsqueda de una antigua
ciudad perdida en la cuenca del río Amazonas. Los viajes de este explorador
británico comenzaron en 1906 y terminaron en 1925.
El
abrazo de la serpiente (2015) dirigida por Ciro Guerra se
centra en los viajes del alemán Theodor Koch-Grünberg (Jan Bijvoet) primero en
1909 y del estadounidense Richard Evans Schultes (Brionne Davis) después en
1940 en busca de yakruna, una misteriosa planta sagrada de casi milagrosos
poderes curativos remontando el río Amazonas. Ambos exploradores se relacionan
con Karamakate (interpretado por Nibilo Torres cuando es joven y Antonio
Bolívar cuando es viejo), un chamán, último descendiente de su tribu.
Z,
la ciudad perdida ronda por el cable y El abrazo de la serpiente se puede ver en Amazon Prime Video.
viernes, 28 de octubre de 2022
Programa doble: Ophelia - Rosaline
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: Ophelia – Rosaline
Avalanzarse sobre el
Hamlet de Shakespeare es muy
tentador. Lo sé por experiencia. Es que es una de las mejores obras teatrales
jamás escritas, pero no es perfecta, quizá allí radique que se la quiera y se
la valore tanto. Tiene algunas de las líneas más bellamente escritas,
personajes tan magistralmente delineados que parecen humanos arrancados a la
realidad, pero tiene una de las tramas o argumentos o como quiera llamársele al
cuento que desarrolla que haría enrojecer de vergüenza al más desenfadado de
los folletineros, al más pirata de los autores de telenovelas, al más
mercenario de los novelistas. Hay fantasmas que aparecen no una sino varias
veces y que motorizan la acción, muertos detrás de tapices, ataques piratas en
alta mar, cartas asesinas, naufragios oportunos, duelos con espadas
envenenadas, regresos en medio de entierros determinantes, súbitos despertares
a la locura, brindis con copas de vino emponzoñado, suicidios intempestivos,
venenos vertidos en orejas y algo más que sin duda me olvido. Y con más muertos
en un final que película gore en el colmo de la truculencia.
La amé desde que la conocí y no pude estar sin participar
de su legado. Hace varios años atrás, concebí un disparate teatral al que
titulé Hamlet II, la venganza final,
en el que le daba continuidad como si se tratara de la secuela de un tanque
hollywoodense. Fue muy regocijante para todos los que participamos de este
descaro, pero al menos no hicimos trampa cambiando la caracterización de ningún
personaje, como lo hizo Lisa Klein, la autora de la novela en la que se basa la
película Ophelia (Claire McCarthy,
2018).
Ofelia, la original, la legítima es la del triste destino
y ofrece pocas aristas para contar la historia de Hamlet desde su punto de
vista. Es un perfil de mujer que ya no se estimula ni frecuenta, por más que el
romanticismo literario la haya convertido en una de sus heroínas. Ofelia, la de
Shakespeare, es sumisa, frágil, obediente, supeditada al mandato patriarcal sin
protesta. Para colmo de males es inmadura e hipersensible. Su amor por Hamlet
es literal, infantil. Por eso es que los hombres de la obra la convierten en un
alfil en un juego de poder que ella jamás comprende y cuando sus referentes
masculinos (su padre, su hermano, su novio) se alejan y la abandonan por
diferentes motivos, ella se desbarranca en la locura primero y en el suicidio
después. Ofelia, la de Shakespeare, si contara el devenir de Hamlet desde su
punto de vista, al ser tan respetuosa del mandato masculino, no haría sino
convalidar la historia que conocemos al pie de la letra, porque, seamos
sinceros, el punto de vista predominante en la obra, es el del hombre, anterior
a las consideraciones de masculinidades y femineidades o de juego de roles que
vendrían después.
De allí que la novelista Lisa Klein conciba la trampa de
querernos convencer de que todo lo que conocemos o sabemos de Ofelia es pura
apariencia, infundada en realidad alguna. Ofelia, para sobrevivir en un mundo
de hombres, se ve forzada a fingir que es frágil e hipersensible, y la locura y
el suicidio no ocurrieron, fueron una comedia concebida para apoyar la trama de
Hamlet para desenmascarar a Claudio. Es más, según Klein, Ofelia es una badass
desafiante de los mandatos machirulos de la época y más que a bordar, aprende a
leer y escribir y se pone a estudiar con los apuntes de su hermano Laertes.
Anda por el bosque como si tal cosa y se mete al lago con la seguridad de una
Esther Williams. Y puesta a cambiar cosas, Klein hace que Claudio aparte de
ladino, sea poco menos que el diablo (no literalmente, pero casi). Polonio, el
padre de Ofelia, aclaro para los que no están tan familiarizados con la obra,
no es el habitual consejero influyente sino un pobretón asociado sabrá Dios
cómo a la corte. Entonces Ofelia se ve obligada a servir más como mucama que
como dama de compañía a la reina Gertrudis (la sensual mamá de Hamlet) que en
versión de Klein, ¡tiene una hermana gemela! que es bruja y botánica, bueno más
bien homeópata, que no solo anduvo en amores con Claudio sino que hasta
engendró un hijo con él.
Esta trama agregada no se mixtura bien, al menos en la
película, por ahí sí en la novela, con la del Hamlet original de Shakespeare. El guión es medio confuso, no en
los hechos sino en la cronología, no dan muy bien los tiempos con los de la
obra. Como en toda reformulación de obras, es necesario conocer el Hamlet original para disfrutar o
reprobar los cambios. Además ciertas circunstancias se dan por sabidas y por lo
tanto pueden confundir a quienes no conozcan el argumento de la célebre obra.
Pero como el hálito es pochoclero, lo que el público
desconozca es suplido por acción a raudales, montaje Marvel, y violines
bombásticos. Ofelia, la película,
intenta ser tomada en serio, ser una alternativa válida al original, pero es un
sinsentido que puede ser gozoso si se toma para la chacota.
La melena que le pusieron a Clive Owen, aquí el pérfido
Claudio y el maquillaje gitano de la siempre bellísima Noemi Watts cuando hace
de la gemela de la reina Gertrudis desnudan la maldad y el resentimiento que
pueden albergar artistas del maquillaje y peinado. Daisy Ridley es Ofelia,
Nathaniel Parker (que fuera el Laertes para el Hamlet de Zeffirelli con Mel Gibson) es el rey Hamlet, padre,
Dominic Mafham es Polonio, Tom Felton es Laertes, George MacKay es Hamlet y
Devon Terrell es Horacio, que es el que salta tanto (pero tanto) de la trama
original de Shakespeare a la de Klein para que armonicen (es una manera de
decir) que lisa y llanamente es...Dios.
En cambio determinar el destino de Rosaline (Rosalinda para nosotros que disfrutamos de Romeo y Julieta por primera vez
traducida, ora por Astrada Marín ora por Pablo Neruda) no solo es fácil sino
hasta lícito. La pobre en los papeles no existe, ni aparece en escena porque es
solo una excusa argumental, un nombre, un perfume que se pierde apenas
percibido.
Es el pretexto para que Romeo vaya al baile de máscaras
de los Capuleto, es que la tal Rosalinda le ha dado calabazas y el chico va al
baile a intentar reconquistarla, pero, claro, conoce a Julieta y ya no tiene
ojos nada más que para ella. Y Rosalinda pasa a la historia en el cuento eterno
del Romeo y la Julieta. Pero y ¿si no se conforma con ser dejada de lado? Y ¿si
se pone a intentar recuperar a Romeo, no por amor, sino por orgullo? Y la
pregunta del millón ¿por qué no fue la rosa linda al famoso baile?
La novelista Rebecca Serle contesta estas preguntas,
gracias a Dios, en tono de comedia. Y en la danza de reveses de esta nueva
historia, habrá un padre empeñado en casar a Rosalinda a como dé lugar (en esos
tiempos las niñas ricas o se casaban o terminaban en el convento y Rosalinda
con sus 20 años ya está más que pasada para casarse, eran tiempos en los que
había que apurar el paso porque no se vivía mucho). Habrá también un proyecto
de novio mucho más interesante que Romeo y un final en el que impera la
impostura intrigada por Julieta y Romeo y no el final tan definitivo. Después
de todo, se trata de dar una lección a la sociedad y no de armar una tragedia
griega con cadenas y coturnos.
Kaitlyn Dever es una Rosaline, Rosalina, Rosalinda (o
como quiera que se la traduzca) sencillamente deliciosa. Minnie Driver
reaparece con las uñas afiladas y reverdece sus laureles para la comedia y es
un placer aparte. Sean Teale es Dario, el apetecible novio que supera a Romeo
(Kyle Allen) y la Julieta (Isabela Merced) de este cuento tiene su carácter no
vayan a creer. Y Paris (Spencer Stevenson) confirma lo que siempre sospechamos,
que es tan queer como el mejor. Bradley Whitford (que saltó a la fama como el
Joseph Lawrence de la ineludible serie El
cuento de la criada) es el padre de Rosaline, Rosalina, Rosalinda (o como
quiera que se la traduzca). En tiempos de comedias flacas, Rosaline es una estimable excepción. Abundan las risas y sonrisas.
Dirigió Karen Maine.
Ophelia se
puede ver en Netflix y Rosaline en
Star+









