jueves, 27 de junio de 2019

The confirmation


The confirmation (Bob Nelson, 2016) es de esas películas tan chiquitas que puede pasar desapercibida cuando no lo merece. El director - guionista de esta película, Bob Nelson, escribió el guión de Nebraska (Alexander Payne, 2013). Destaco este dato porque quienes vieron Nebraska pueden saber a qué atenerse.


The confirmation es una comedia dramática realista en clave menor, y milita un cristianismo laico para nada catequista.


Anthony, un chico de unos 10 años, (Jaeden Martell) debe pasar un fin de semana al cuidado de su padre, Walt (Clive Owen) ya que su madre, Bonnie (María Bello) se va con su nueva pareja, Kyle (Matthew Modine) a un seminario religioso para parejas.


Padre e hijo pasaran por peripecias que parecen pequeñas, pero vistas desde lo que les cuesta atravesarlas alcanzan proporciones épicas, heroicas. Walt es un alcohólico en recuperación, carpintero él, le roban las herramientas que necesitará para una changa el lunes. Deberá recuperarlas a como dé lugar. Otto (Robert Foster) y Vaughn (Tim Blake Nelson) y sus hijos oficiarán de muy peculiares ángeles de la guarda.


Los personajes, muy entrañables, son unos pobres diablos que, a pesar de todo lo que les pasa, no pierden una bondad natural que los ilumina. Es lo que más llama la atención, no hay villanos, sino gente necesitada y víctima, como los perpetradores del robo o el entusiasta Drake (Patton Oswalt) lleno de buenas intenciones que no puede llevar a buen puerto por sus adicciones.


El relato cobra una vigencia inusitada en la realidad argentina. Todos, en mayor o menor medida son víctimas de un neoliberalismo feroz, indiferente a los despojos que provoca.


El chico protagonista es ya todo un profesional experimentado. Anduvo por St Vincent (Theodore Melfi, 2014) junto a Bill Murray, Naomi Watts y  Melissa McCarthy, por Aloha (Cameron Crowe, 2015) junto a Bradley Cooper, Rachel McAdams y Emma Stone, por Midnight Special (Jeff Nichols, 2016) junto a Michael Shannon, Joel Edgerton y Adam Driver y más cercano en el tiempo, fue uno de los chicos que padecieron al payaso demoníaco de It (Andy Muschietti, 2017). Aquí ratifica que toda esa experiencia no fue en vano. Clive Owen, huelga decirlo, es una estrella por mérito propio y está tan magnético como el primer día. Los demás en roles pequeños se hacen notar, lo que no es poco.


The confirmation puede verse en Netflix. Ideal para cuando uno está a punto de perder la fe en los contemporáneos.

Gustavo Monteros








jueves, 20 de junio de 2019

About a boy - Un gran chico

....

(¿No es que una imagen vale más que mil palabras? Me ahorro las mil palabras, pero por si no hubiera quedado claro, recomiendo rever o ver uno de los clásicos recientes: About a boy o Un gran chico (2002) de Chris y Paul Weitz con una de las más notables actuaciones del gigantesco Hugh Grant, a la que le sumamos una performance inolvidable de la genia de Toni Colette, más la hermosa y talentosa Rachel Weisz, más el papel que le dio el espaldarazo a la carrera del por entonces pequeño Nicholas Hoult. Más una historia inolvidable, llena de réplicas brillantes. ¿Qué más se puede pedir?

About a boy o Un gran chico puede verse en Netflix. 

¡Buen día de la Bandera!

Gustavo Monteros 

jueves, 13 de junio de 2019

Sueños de libertad


Después de ver un bodrio o una película no tan buena, me pregunto por qué no habré utilizado mejor mi tiempo y habré revisto algún clásico o alguna buena película reciente.


Netflix tiene clásicos, no muchos, pero algunos tiene. Reviso Mi lista y como las opciones seleccionadas no me resultan particularmente tentadoras, opto por un clásico más o menos reciente, The Shawshank Redemption o Sueños de libertad, como se la conoció por aquí. Se basa en una novela corta de Stephen King, (Rita Hayworth and Shawshank Redemption, algo así como en tu cara, Manuel Puig, no sos el único de incluir a la Hayworth en un título) y la dirigió Frank Darabont en 1994.


Y como sin duda recuerdan la protagonizan Tim Robbins y Morgan Freeman. Y en el centro, están una amistad entre hombres y las apetencias de alguna forma de justicia. Un par de temas de lo más matadores.


Cuando se revisita una película con la que uno tiene alguna historia después de un buen tiempo de no haberla visto, se siente un cosquilleo de temor, y ¿si ya no nos gusta tanto?, y ¿si se ha vuelto obsoleta?


Por suerte, Sueños de libertad sigue gustándome mucho y no ha envejecido para nada.


Los invito a que la revisiten ustedes también. Es mejor que clavarte ese bodrio casi asegurado que no te decidís a ver de una vez. Te entretendrá, te enojará y volverá a emocionarte. Además, como si fuera poco, está narrada por el mismísimo Morgan Freeman, que es como te la cuente el mismo Dios, porque si Dios se decidiera a hablar y eligiera una voz, seguro sería la de Morgan Freeman.


Sueños de libertad volvió a las opciones de la plataforma de contenidos, Netflix. Aprovechala antes de que se vaya de nuevo.

Gustavo Monteros

jueves, 6 de junio de 2019

Tiempo compartido


En el prólogo, Andrés (Miguel Rodante) el empleado de un inmenso complejo vacacional, a pesar del aliento de su esposa Gloria (Montserrat Marañón) se quiebra y el quiebre no augura nada bueno respecto a las condiciones de trabajo y las intenciones del monstruo vacacional. Cuando la historia propiamente dicha comienza, vemos a Pedro (Luis Gerardo Méndez) llegar con su mujer Eva (Cassandra Ciangherotti) y su hijo Ratón al hiperbólico sitio de descanso. Van a reparar algo que le pasa con Eva o que le ha pasado a Eva, no lo sabemos todavía, pero que algo pasó, pasó. Los problemas no tardan en empezar. Tendrán que compartir el departamentito asignado con otra familia, la de Abel (Andrés Almeida), señor que parece tener una sospechosa cercanía con la administración del complejo.


Después veremos que la historia se articula por partida doble, por lo que le pasa a Pedro y por cómo es ahora la vida de Andrés.


Muy de a poco, las circunstancias de Pedro se enrarecen y su familia comienza a tomar el punto de vista de Abel, por el que Pedro siente una insuperable animadversión.


Se introducirá entonces un personaje muy particular, Tom (RJ Mitte) un gerente de liderazgo que entrena a los aspirantes a ascender, entre los que se encuentra Gloria.


La película exhibe dos tendencias que el cine mexicano maneja a la perfección, uno, en esto de enrarecer climas surge como ineludible la sombra del gran Luis Buñuel que dejó en México su gran impronta, y dos, en el manejo de circunstancias dolorosas nadie mejor que ellos, que tienen una larga y férrea tradición en el melodrama. Lástima que en un momento clave, el relato se incline o haga pie en el melodrama cuando hubiera sido mejor la sutileza o la distancia.


Tiempo compartido es de esas películas que se admiran más por el esfuerzo que por los logros obtenidos. Se la hizo difícil y si bien no triunfa, no sale mal parada, de ahí los premios para los actores y las nominaciones para director Sebastián Hofman y para los guionistas, el mismo Hofman más Julio Chavezmontes en festivales varios. Quiere establecerse como metáfora de la vieja y querida dicotomía de la ciencia ficción: el mundo corporativo y su modelo de vida ordenado, imperturbable, consumidor y uniforme y los que resisten a ser atrapados por ese hipnótico y ficticio modo de vida, ya sea por convicción o porque aunque lo intenten, no les sale, ya que les es más fuerte el impulso a resistirse a una vida, que ellos ven en su esencia, siniestra y manipulada por cuatro cínicos, por más que en la superficie “de venta” parezca buena, alegre, brillante y confortable.


Más allá de los reparos, que mucho no puedo detallar sin espoliar, creo que merece verse, por las actuaciones, porque habilita la discusión de qué mundo queremos y porque cuando la pega, nos da una idea de lo difícil que se la hicieron y lo cerca que estuvieron de lograrla.


Tiempo compartido puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros



jueves, 30 de mayo de 2019

Alta mar



Un barco muy Art Nouveau en el que hay un crimen. ¿Alguien dijo Muerte en el Nilo? Sí, sí, solo que esta vez el crimen es en un transatlántico de España a Argentina con parada en Brasil. Art Nouveau hay, pero más que espíritu Agatha Christie, hay impronta de teleteatro.


El plot se centra en dos hermanas, Eva Villanueva (Ivana Baquero, la ex niña de El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006) convenientemente crecida) una novelista en ciernes de vívida imaginación y Carolina (una rubísima Alejandra Onieva) que se casará con uno de los dueños del paquebote, Fernando Fábregas (un barbado Eloy Azorín). Las niñas, como son ricas, van asistidas por una mucama de toda la vida, Francisca (Chiqui Fernández) y su hija, la ambiciosa y casquivana Verónica (Begoña Vargas). Hay un capitán argentino de duelo y con compromisos varios, Santiago Aguirre (Eduardo Blanco), secundado por el oficial Nicolás (Jon Kortajarena en plan galanazo) como el interés romántico para Eva y otro oficial de acento francés, Pierre (Daniel Lundh) enamorado hasta los dientes de la cantante del barco, Clara (la bella Laura Prats con un pelucón imposible). Hay también un don Juan tarambana, Sebastián de la Cuesta (Tamar Novas) atendido por el ayuda de cámara con un invento promisorio, Dimas (Ignacio Montes). Está también la bella hermana de Fernando, Natalia (Natalia Rodríguez, a la que le va mejor en peluquería y vestuario que a la cantante Clara) casada con el bestial Aníbal de Souza (Félix Gómez). Tenemos además al tío de las chicas, un amable en demasía Pedro (José Sacristán), en compañía permanente de un demasiado acicalado doctor Rojas (Pepe Ocio) un médico con unos cuantos bemoles. Y como corresponde no debe faltar el polizonte, en femenino en este caso, Luisa (Manuela Vellés) y el hombre de cara desfigurada que nadie ve, Mario Plazaola (Luis Bermejo). Y un acreedor misterioso (Ben Temple) que suponemos participará más en la segunda parte. Sí, la trama se resuelve en su mayoría, pero hay una continuación en ciernes, o más bien en votes salvavidas. Para dar tranquilidad a la población, dicha continuación ya está en producción.


Es de la productora Bambú que antes trajera Las chicas del cable, Velvet y Gran Hotel, los que vieron o pasearon por dichas series saben qué esperar. Clasicismo narrativo y recreación de época detallada y lujosa. Los creadores o, como se dice en anglosajón, show runners de esta serie son Ramón Campos y Gema R. Neira.


Pensé que exigirían una tremenda suspensión de la incredulidad por culpa del escondite de la polizona Luisa. Puedo detallar porque no es un spoiler, es algo que ocurre casi detrás de los títulos iniciales. En una calle llena de gente de bote a bote (para hacer juego con lo náutico del escenario) en la que se vislumbra ya el gran barco, a un auto en el que viajan las hermanas Villanueva, Francisca y Verónica, se le tira encima la futura polizona Luisa, que las convence con rapidez sospechosa de que la lleven con ellas y la salven de una persecución tan mortal como enigmática porque Luisa se niega a dar precisiones. El auto tiene un gran baúl atado a la parte trasera. ¿Dónde esconden a Luisa para meterla en el barco? ¡En el baúl, claro! Pero, ¿dónde la ocultaron? ¿En medio de la calle? Retroceder con el auto no se puede, está atiborrada. Ir hacia adelante es llegar al barco. O sea, ¿la metieron en el baúl a la vista de todos? Y ¿qué hicieron con lo que estaba adentro? Encima no bien están subiendo el baúl, se menciona que el resto del equipaje de todos ya está en los camarotes o en la bodega. Entonces, ¿qué, iba vacío? Si así era, ¿para qué iba atado al auto? Errores o practicidades que los continuistas no toman en cuenta y que a cualquiera con un mínimo de sentido común distrae o hace que la atención se desvíe para ver cuál será el próximo. Por suerte es el único grosero, de modo que mi atención regresó a la trama principal.


Si se gusta de los melodramas policiales (ojo, es eso, más que un policial en sí) o de los teleteatros/culebrones, no lo duden, esta es su serie ideal para una maratón de fin de semana de lluvia.


Alta mar puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros



jueves, 23 de mayo de 2019

Los Hermanos Caradura - The Blues Brothers


¡Volvió The Blues Brothers (Los hermanos caradura, 1980) a Netflix! ¿Estaba? ¿Cuándo se fue?, se preguntarán ustedes en broma. No olvidemos que Netflix es una plataforma de contenidos que varían para hacer espacios a otros, algunos incluso regresan. Por suerte, The Blues Brothers entre ellos.



A mí, a veces me pasa que la oferta me apabulla. No sé qué ver, o más bien, no sé qué tengo ganas de ver. Y cuando la neurosis está a punto de atormentarme, opto por un musical. El género me tira, y mucho. El problema es que en esos estados de duda, prefiero la comedia musical, y ya se sabe que en el mundo moderno, ha triunfado el drama musical, que está bueno, pero no para todas las ocasiones. En este preciso momento, por ejemplo, si exceptúo los shows o los documentales, puedo optar entre Miss Saigón e Into the Woods, muy buenas opciones a las que le falta el toque “feel good” (optimista) que me desate alguna sonrisa. Bueno, está también la versión televisiva de Hairspray, con sus logros, sí, pero prefiero la versión cinematográfica que sacaron ya hace un año. Lo sé con precisión porque la alternaba con…The Blues Brothers.



The Blues Brothers no es un musical en el sentido estricto del género, es más bien una comedia de acción con canciones, lo que la acerca al público que NO le gusta el musical. Como sea es lo suficientemente FEEL GOOD, así con mayúsculas, como para verla con frecuencia.



Es una creación de John Landis, bueno, más bien una travesura, que protagoniza el malogrado John Belushi en su esplendor y el siempre delicioso y permanentemente subestimado Dan Aykroyd. Los dos deben reunir una banda de rhythm and blues que tuvieron para un beneficio que recupere el orfanato en el que se criaron los hermanos. Los perseguirá la policía y hasta unos parapoliciales. En el camino se encontrarán con amores despechados (la siempre recordada Carrie Fisher) o con una cita ineludible (Twiggy en el colmo de su belleza). Y en el camino no solo reunirán una banda de músico excepcionales sino que también habrá números de los míticos (y nos quedamos cortos) Cab Calloway, James Brown, Aretha Franklin, Ray Charles entre otros gigantes. Y en un gag semi final el cameo del genial (y muy joven por entonces) Steven Spielberg.



Hay además el disfrute permanente de destruir patrullas policiales porque sí y meter gags de todo tipo.



Si no la vieron, no se la pierdan. Es tan gozosa como parece. Y si la vieron, repásenla, sigue tan pimpante como el primer día.

Gustavo Monteros

jueves, 16 de mayo de 2019

Delhi Criminal



Lo que pasó en ese bus en movimiento por la noche de Delhi es un crimen tan atroz, tan aciago que ensombrece no solo la historia del hombre sino la de la condición humana. Cometeré el spoiler de la tranquilidad: no se ve nada de ese horroroso crimen que desafía el poder de las palabras, solo sus temibles consecuencias para la víctima femenina.


Parece que fue un crimen que partió aguas, que endureció penas para las violaciones y socavó la moral machista.


La miniserie se centra en la investigación y muestra la historia del lado de la policía. Celebra sobre todo a la investigadora en jefe, Vartika Chaturveli (Shefali Shah) en un retrato que roza la santidad por su elevada dedicación y paciencia. (Detalle al margen, ya vi varias series o películas indias que acentúan la importancia de las mujeres en lugares de autoridad dentro de la policía, subrayan que son necesarias e incluso mejores que sus pares masculinos). Algunos de sus compañeros en la fuerza son más egoístas, más desidiosos, menos comprometidos. Otros, ojo, son igual de abnegados que ella.


Se nos dice que se basa no solo en hechos reales sino que nos contarán la investigación tal como fue. De ser así, esta vez, los policías estuvieron a la altura de la circunstancia, usaron toda su experiencia para dar con los culpables y traerlos a la justicia (Otro detalle al margen, también por series o películas sabemos que en la India, lo que llamamos apremios ilegales está permitido, y así se golpea o tortura a los sospechosos)


Los abnegados policías deben enfrentar además de las dificultades de la investigación, a dos poderes que aliados son temibles: el de los medios y el de las trapisondas políticas para trepar en cargos o amasar más poder. Circunstancias que se padecen y mucho cuando gobierna la derecha, carroñera y corrupta en esencia (cualquier similitud con el régimen macrista no es pura coincidencia).


Delhi Crime o Delhi Criminal, creada por Laurence Bowen, Toby Bruce y Richie Mehta, puede verse en Netflix. Y más allá de desbordes muy melodramáticos, de algunos trazos muy gruesos y de unos cuantos lugares comunes, es sencillamente apasionante, sobre todo en los aspectos de la investigación que debelan lo universal. En el mundo real hay hombres que hacen cosas que empalidecerían al mismísimo Hannibal Lecter…


En resumen, imperdible por lo que revela y porque (para usar un término de moda) nos interpela y sacude la modorra de nuestro bien pensar, como ¿qué hacer con el monstruo cuando sus acciones son imperdonables?

Gustavo Monteros

jueves, 9 de mayo de 2019

Undercover, Operación Éxtasis



De antemano de entre las vertientes del policial, me da más confianza la de los policías infiltrados en una red mafiosa. Por las siguientes razones: los personajes principales tienen una doble vida, la que dejan atrás y la que empiezan a tener, el peligro siempre latente de ser descubiertos, el secreto que debe mantenerse y que siempre se cuela (así un colega corrupto puede ponerlos al borde de la muerte), la manipulación de un inocente (siempre se logran más cosas de los que están alrededor de los mafiosos), el difuso margen que existe entre los que viven de este o aquel lado de la ley  (al estar sumidos en un mundo de violencia, los códigos y las actitudes ante la vida se vuelven muy parecidos), y la riqueza de las relaciones (entre los policías que pasan a interpretar un rol con alguien al que acaban de conocer, fingir ser marido y mujer y esas cosas) y la empatía que desarrollan con quienes deben a la larga acusar (en las noticias en los medios de después, todos son malos, pero en el día a día, hasta el villano más perverso exhibe rasgos queribles).


Todos estas características y otras más que no enumeramos para no espoilear aparecen en Undercover, Operación Éxtasis, miniserie belga que Netflix acaba de estrenar. Bob (Tom Waes) y Kim (Anna Drijver) son dos policías que hasta ayer ni sabían de la existencia del otro y que a partir de mañana deben pasar por casados. Serán vecinos en un camping de Ferry Bouman (Frank Lammers), un alto capo del narcotráfico, y de su joven esposa, Danielle (Elise Schaap). Hay, también, como corresponde, un lugarteniente muy peligroso, John (Raymond Thiry, por momentos de asombroso parecido al Frank Sinatra adulto).


El showrunner Nico Moolenaar perjura que se basa en hechos reales, aunque lo más exacto sería decir inspirada en hechos reales, porque en líneas generales los hechos policiales suelen tener un punto final y aquí se deja una rendija para una nueva temporada.
En resumen, aunque no es perfecta, hay un par de personajes en apariencia importantes al principio que desaparecen sin que nadie se pregunte mucho por ellos (¡?), y sobre el final el destino de otro queda boyando, ¿quizá como puente para la parte dos?, no impide que se vuelva adictiva y uno consuma capítulo tras capítulo. 

Además está el interés adicional de espiar cómo viven y trabajan comunidades como las belgas, de las que no sabemos tanto porque no son tan frecuentadas en el cine o la tele que se ven por estos pagos.


Ideal para organizarse una maratón de fin de semana lluvioso.

Gustavo Monteros

jueves, 2 de mayo de 2019

Arenas movedizas


Un escritor de policiales arranca siempre por el final. Establece en su mente con claridad el crimen o el delito a descubrir, y comienza a ver cómo distribuirá las pistas, y las espaciará, las dosificará para mantener el interés por develar el enigma de quién fue o por qué lo hizo. El rompecabezas debe quedar armado al final y debe estar a la altura del suspenso generado.


Arenas movedizas de la sueca Camilla Ahlgren nos muestra el crimen en la ultimísima escena, casi en los créditos finales y no nos enoja porque no traiciona la esencia de su relato con un truco barato que dé vuelta la trama o que pretenda resignificarlo todo, no sé, cómo decir que el asesino es el portero al que vimos solo una vez en el tercer capítulo. No, no saca de la manga un as sorprendente y tramposo, pero la verdad sea dicha, la intriga propuesta no le da para seis (¡6!) capítulos, o no supo sacarle partido. No es que aburra, pero el desarrollo de los personajes o situaciones no contribuye mucho al cuadro final. Bah, hay más relleno del aconsejable.


Arenas movedizas se permite una pirueta que no le funciona del todo. Quiere que sintamos empatía con su protagonista a la que sabemos culpable de algún horror a determinar desde el inicio. Un protagonista culpable es todo un escollo, para superarlo debe ser un personaje fascinante o hipnótico. Norman Bates o Hannibal Lecter se presentan como ejemplos ineludibles. La adolescente Maja (Hanna Ardéhn) no llega ni a los talones de semejante compañía. El problema es que no es un victimario orgulloso de su maldad sino una víctima de sus circunstancias. Y como el por qué llega a ser víctima debe ocultarse hasta el final, se vuelve difícil volverla empática o interesante.


El arranque es así. Hubo un tiroteo en una escuela secundaria, Maja estuvo involucrada, hasta dónde y por qué debe establecerse. En el inicio tampoco sabemos quiénes y cuántas son las víctimas. Nuestro acceso a la historia es Maja que por la legislación sueca (tal el país de origen, como ya mencionamos) debe permanecer aislada sin acceso a internet o medios de difusión masiva como diarios, televisión o radio. Solo somos testigos de sus conversaciones con el abogado defensor, Peder Sander (David Dencik) y la información que obtenemos es escueta. No es que la chica no recuerde lo qué pasó, sino que esa información debe reservarse hasta que llegue el juicio, instancia que llega en el ¡capítulo 5!


En el mientras tanto nos queda ver cómo se relacionan los personales y cuáles son sus entornos y antecedentes. Todo policial es un cuento moral y en este la sociedad sueca aprovecha para reafirmarse y celebrarse. A través de los vericuetos de la historia se nos dice que la riqueza es obscena y de mal gusto, que termina por degenerar en conductas no solo reprobables sino letales, que el sistema judicial funciona y que ignora el amarillismo de medios inmundos (ah, quién pudiera ver eso en la Argentina de hoy), que el uso de las armas está mal y que debe evitarse toda forma de discriminación. O sea la sociedad sueca tiene logros para exhibir y los cultiva. Ni un policial es descartado a la hora de formar un ciudadano. Debo confesar que el modo en que la riqueza es mostrada como algo detestable me voló le moño, va a contracorriente de casi todo lo que se ve por todas partes.


En resumen, Arenas movedizas es buena…a secas. Hubiera sido mejor como largometraje. El material, como está presentado y desarrollado, no da para una miniserie. Aunque si bien no apasiona, tampoco aburre.

Gustavo Monteros

jueves, 25 de abril de 2019

Dirty John


Al ver Dirty John no puedo dejar de admirarme lo mucho que nos hemos concientizado sobre el inter juego de roles desde el advenimiento del movimiento Ni una menos y todo lo que le siguió, como la importancia que adquirió el día de la visibilidad lésbica o la patriada que llevan a cabo las chicas del pañuelo verde.


El modelo de mujer que se ve en Dirty John suena ya antiguo y por suerte en vías de perimirse. Todas son mujeres exitosas, pero machistas en esencia. La única aspiración de felicidad que cultivan es la de la validación de un hombre. Su realización será completa si un hombre, en cuanto patriarca y marido, la aprueba.


El John sucio del título es un depredador sexual, un estafador que utiliza el sexo y la seducción como arma de sujeción de voluntades. Sus víctimas deben cumplir tres requisitos, tener dinero, ser machistas, y con serios problemas de estima. Las busca en bares determinados o sitios de citas de internet. O sea lugares donde pululan chicas con el perfil requerido por él. Ellas disfrazan su falta de autoestima en el ideal romántico de un hombre que acompaña y contiene. Un hombre que las seduzca con cenas a la luz de las velas y de música romántica, de caminatas por la playa, descalzas por la arena, con los zapatos en la mano y el saco de él sobre los hombros. Y no se dan cuenta de que con tal de cumplir con ese ideal romántico, ampliamente vendido y difundido, son capaces de aceptar lo que sea. Y depredadores como John son expertos en “lo que sea”. Por supuesto estos depredadores deben estar a la altura del ideal romántico y John lo está. Es apuesto, atlético y la va de médico, aunque en realidad solo es un técnico anestesista.


Cuatro mujeres centrales aparecen en la serie. Debra (Connie Britton) la víctima más nueva del Dirty John (Eric Bana), sus dos hijas, Verónica (Juno Temple) y Terra (Julia Garner) y su madre Ariane (Jean Smart)


La madre de Debra es todo un tema y merecería una serie para sí sola por lo que se delinea. Debra tuvo una hermana que fue víctima de violencia de género y mamá se puso del lado del victimario. ¿Por qué? Se escuda en una religiosidad extrema que según ella la lleva al perdón y a otorgar la misericordia de la segunda oportunidad (¡!)


Verónica, la hija mayor, tiene más ego que cerebro, o sea se le desatan todas las alarmas, se le prenden todas las luces rojas ante el Dirty John, pero no puede elaborar una estrategia eficiente para sacarlo de sus vidas. Terra, la menor, parece necesitar más horas de sueño aunque se la pase durmiendo, y siempre luce abstraída, como perdida en alguna nube, de allí que sea muy apreciada en su trabajo en un refugio de perros. Eso sí, en un momento clave, no solo se despertará sino que hará uso de la cultura popular. No quiero spoliar, pero es algo que se refiere a los zombies.


Y, por supuesto Debra, que no termina de comprender que su ideal romántico es una trampa. Y está tan ganada por cumplirlo que le dará al depredador una oportunidad tras otra. Y es aquí donde la serie se vuelve apasionante. Se basa en hechos reales, así que la Debra de ficción copia lo que hizo la Debra verdadera, y uno se enchincha preguntándose ¿cómo es que insiste, insiste, insiste? ¿Por qué? El derrotero de su madre perdonadora es una posibilidad de respuesta, pero no basta.


Además de la miniserie hay un documental sobre los hechos que nos permite conocer las caras de los auténticos protagonistas. Es aconsejable verlo después de la serie, claro. Echará luz sobre algunas conductas y es revelador ver cómo estas personas se justifican o se explican los hechos. Eso sí, verlo requiere un mínimo ejercicio de paciencia, porque no se trata de un documental en sí, sino de un programa de hechos reales. Un programa pensado para ir con cortes comerciales, entonces antes de ir al corte, desarrollan una idea o concepto, que repiten cuando vuelven del corte. Debió reeditarse para darse completo. Tal como está tiene dos repeticiones de la misma idea, una tras de la otra. Es solo un detalle, pero como puede irritar, lo señalo. Un inconveniente menor ante la curiosidad de verlos y escucharlos.


En la serie todos actúan con destaque, no el menor el del protagonista Eric Bana, que echa luz sobre un personaje desagradable y único, porque es a la vez monstruoso y seductor.


Creo que tanto la miniserie como el falso documental merecen verse. Y no solo por el entretenimiento que deparan, sino también como advertencia. Los depredadores son más comunes de lo que estamos dispuestos a aceptar.




Dirty John, la miniserie (creada por Alexandra Cunningham y dirigida por Jeffrey Reiner) y Dirty John, the dirty truth, el documental (dirigido por Sara Mast) pueden verse en Netflix..

Gustavo Monteros



jueves, 18 de abril de 2019

Hello, my name is Doris


Hello, my name is Doris se inscribe en un género reciente de creciente popularidad, el género geriátrico, aquí en su variable comedia. Y sí, la querida Sally Field nació en el 46.


El inicio encendió todas mis alarmas. Parecía que la película cumpliría con algunos de los lugares comunes más usados. La anciana madre de Doris muere y la deja ya muy adulta con la posibilidad de liberarse, de vivir finalmente la vida con algo de plenitud. Y no bien se reintegra al trabajo, se topa con un nuevo y joven compañero del que se enamora a primera vista, o primera proximidad, ya que viajan apretados en un ascensor atestado. Huy, me dije, segundas oportunidades en variación geriátrica desata pasión en veterana, que luego de confesarse, deberá aceptar el paso del tiempo y desistir de ser el interés romántico y pasar a ser la abuela o tía abuela del protagonista.


Pero no, la película da un triple salto mortal en las alturas sin red y cae ilesa. Acrobacia que puede hacer solo porque la protagoniza Sally Field, que tuvo como 800 carreras, que pasó de chica con personalidades múltiples a mujer madura generalmente madre que sobrevive a duras peripecias a fuerza de indeclinable dignidad, pasando por la sexy boba siempre predispuesta a hacerte el favor, o la empleada de fábrica de perturbadora remera que se atrevía a treparse a una mesa con el cartel de Huelga, más muchas otras variables más. A lo que voy es que, a pesar del paso del tiempo, Sally está de lo más enterita y puede todavía crear el verosímil primero y la plausibilidad después de que un treintañero pueda enamorarse de ella también en lo carnal, porque para lo espiritual le sobra, Sally siempre da como que tiene más vida interior que Emily Dickinson. Bah, a lo que voy es que de MILF pasó a GILF con honores (MILF = Mom I’d like to fuck / GILF = Granny I’d like to fuck).


Doris es un aparato, no solo querible sino que en el ambiente adecuado hasta puede hacerte quedar como los dioses, por más ridícula que pueda parecer en la vida “normal”.


Sally Field se ubica alto en las ligas mayores de las actrices que son leyenda, y si su nombre sale bastante después de las Meryls, las Bettes, las Katharines, las Vanessas, las Maggies, las Jessicas y demás es por su humildad de comediante, que se toma en serio su trabajo y no su fama. Aquí redondea con mucha contención uno de sus mejores trabajos. Su juego histriónico está lleno de detalles, matices, sutilezas y está vertido a puro coraje.


Hay un momento que roza la maravilla, lisa y llanamente. Doris siempre está tan maquillada como un transformista en plena función y por las vueltas del argumento se quita todo el maquillaje y va a aceptar que es una vieja llena de arrugas, de rasgos deformados y cachetes macilentos. Esa es la idea, pero sin maquillaje y frente al espejo, es bellísima, por más arrugas que tenga, por más que sus redondas mejillas se caigan y sean pasas. Es bellísima porque Sally sigue siendo Sally, y por más retoques y cirugías que se haya hecho, sigue siendo Sally, y en nuestro recuerdo se funden y superponen las 800 Sallys que conocemos y que hemos visto a lo largo de sus 800 carreras, y si bien no es Catherine Deneuve, o sea una mujer de rostro perfecto, Sally tiene un fulgor que se lo envidian hasta las más agraciadas.


Hello, my name is Doris, escrita y dirigida por Michael Showalter y con ayuda de Laura Terruso en el guión, puede ahora verse en Netflix.


Ah, el galán es Max Greenfield, y como una amiga de toda la vida de Doris, está la siempre impecable Tyne Daly. También hay un cameo de Peter Gallagher.


¡Aguante Doris, carajo!

Gustavo Monteros

jueves, 11 de abril de 2019

Annie

El director John Huston podía hacer cualquier cosa. No porque su versatilidad fuera prodigiosa, sino porque su profesionalismo era a prueba de balas. A lo largo de su carrera había probado ser un profesional hábil y sobre todo confiable. Puede que el proyecto no se aviniera a su sensibilidad, su interés o su talento, pero no por eso dejaría de entregar un producto serio y vendible y a tiempo, sin demasiadas demoras que engrosaran el presupuesto inicial.


A principios de los ochenta, andaba por los setenta y pico y procuraba tachar de su lista los proyectos que quería hacer y que comprometían su arte. Su salud declinaba y no era un hombre proclive a restringirse placeres de alcohol y tabaco, sobre todo. A lo largo de su vida se había bebido un par de destilerías y se había fumado un par de cosechas de Cuba. Había tenido a todas las mujeres que había querido y no extrañaba las hazañas de la cama. Las drogas no lo habían hecho adicto y podía prescindir de ellas por un whisky, incluso uno regular.


Entre sus ambiciones no realizabas, figuraba llevar al cine la novela de Malcolm Lowry (considerada infilmable) Under the volcano/Bajo el volcán. Como era considerado un proyecto muy poco rentable, no había productores dispuestos a aventurarse, por lo que el viejo Huston debía producirla él mismo. Para ello necesitaba trabajar y aceptaba lo que le propusieran. Aunque fuera una de terror, terrorífica en todo aspecto comenzando por un muy pobre guión (Fobia, 1980) o una de fútbol en un campo de concentración de la Segunda Guerra en la que había que hacer magia, porque el presupuesto era magro, el elenco numeroso, y encima había que recrear “época”. Le salió bastante bien y fue por estos pagos todo un éxito. Porque somos futboleros y aparte de las rutilancias de Stallone y Michael Caine, andaban en este argumento el mundialista Osvaldo Ardiles y el rey Pelé. Victory, a secas, era el título original, ampliado aquí como Escape a la victoria, 1981.


A poco de terminarla, el productor Ray Stark, muy amante de llevar obras de teatro triunfadoras en Broadway al cine, le ofreció el éxito más comentado por aquellas temporadas: el musical Annie.


Cuando la vi en ocasión de su estreno en 1982, me pareció que no se había esmerado demasiado, pero ahora que se supone sé más, o que al menos tengo muchísimas más horas de cine, comprendo que estaba equivocado.


Para empezar se aseguró de tener en el reparto amigos y talentos que le resolvieran los personajes sin obligarse a estar excesivamente sobrio al dirigirlos. Albert Finney, convenientemente pelado para el rol, era el ricachón que necesitaba invitar una huerfanita a su palacete (literalmente) para mejorar su imagen de sociópata. Su asistente era la alta de piernas eternas Ann Reinking. A John le divirtió la idea de equiparla a la también maravillosa bailarina de piernas eternas, Cyd Charisse. La directora del orfanato era la infaliblemente cómica Carol Burnett, secundada por los “malos” Bernardette Peters y Tim Curry, dos delicias en estado puro. Y claro, un ejército de niñitas.


Para sorpresa de todos, dirigirlas fue su mejor contribución a la película. El hombre tenía en su currículum unas cuantas historias de malandrines sin suerte. Quizá las huerfanitas no llegaran a dedicarse a una vida de delito, pero que tenían poca  o ninguna suerte era muy comprobable. Y ¿cuál es la diferencia ente una cárcel y un orfanato de melodrama tipificado? La edad de los internos. Esto, supongo, que fue lo que más estimuló su morbo creativo. Como sea, insisto, lo mejor de la película son las escenas en el encierro del orfanato. También tiene mucho nervio la persecución final, el final feliz está garantizado, pero que no sea óbice para no someter a la pobre Annie a unas cuantas torturas previas.


La nena Aileen Quinn fue una Annie tan pelirroja como simpática secundada por el peludo y pulguiento perro Sandy.


Annie tiene unas cuantas canciones muy logradas y de mejor oír.


Lo ganado en esta  película redondeó finalmente el presupuesto para rodar Bajo el volcán en 1984, el protagónico recaería de nuevo en el muy talentoso Finney, con pelo esta vez.


Annie ha regresado a Netflix y merece verse o reverse porque después de todo “Seguro que hay sol…mañana”


Gustavo Monteros









En colores imágenes de la película. En blanco y negro, el director John Huston y las chicas de Annie.

jueves, 4 de abril de 2019

Traidores


Con dos autores próceres como Graham Greene y John Le Carré entre sus filas y con el agente secreto más famoso del mundo como estrella invitada, los ingleses pasan a ser los reyes del mundo del espionaje (en tu cara, Tom Clancy).


Más que en el policial, en el que un asesino puede estar loco de remate y por eso iniciar un baño de sangre, en el espionaje, los locos quedan afuera, puede que algún miembro de algún departamento secreto esté enajenado, pero para espiar se necesita dominio e inteligencia, de modo que las motivaciones de por qué se traiciona o se lucha por una facción en particular están a la orden del día. Y si de motivaciones se trata, los ingleses que también son los reyes del policial en su variación whodunit entienden y mucho.


Traidores, la nueva serie que puede verse en Netflix se retrotrae al inicio del mundo del espionaje moderno. Acaba de terminar la Segunda Guerra y todavía la Guerra Fría no se les cruza por la mente. Bah, puede que a los ingleses y los yanquis no, pero a los rusos sí.


Como todo dependerá de las motivaciones para obrar a favor o en contra de tal o cual bando, se necesitan personajes de caracterización fuerte y clara. Y uno puede adivinar si un cuento de espías será bueno o no, por el casting. Si los actores elegidos son de probado talento, la cosa perfila bien. Y aquí, por la mera elección de Keeley Hawes y Michael Stuhlbarg, esa premisa está cumplida con creces.



Keeley Hawes fue la alta dignataria protegida por el arrancasuspiros Richard Madden en Guardaespaldas, y fue un personaje apasionante en una de las temporadas de Line of duty (la tres, para ser preciso). Ambas series mencionadas pueden también verse en Netflix. La señora tiene talento de sobra y una intensidad hipnótica.



Michael Stuhlbarg dio unas cuantas vueltas hasta convertirse en el protagonista de una de las películas más peculiares de los Hermanos Coen, lo cual no es decir poco, Un hombre serio (2009), se lució en la más que interesante serie Boardwalk Empire (2010-2013) y anduvo por cuanta película interesante se hizo, a saber: Hugo (Scorsese, 2011), Hombres de negro 3 (Barry Sonnenfeld, 2012), 7 sicópatas, (Martin McDonagh, 2012), Lincoln (de este chiquito que no sabe nada de cine, el tal Spielberg, 2012), Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012), Blue Jasmine (esa maravilla que hizo Woody Allen en 2013), La jugada maestra (Edward Zwick, 2014), Steve Jobs (Danny Boyle, 2015), Trumbo (Jay Roach, 2015), La llegada (Denis Villeneuve, 2016), Doctor Strange (Scott Derrickson, 2016), Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), la tercera temporada de la espléndida serie Fargo, creada por Noah Hawley, (2017), la inolvidable La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017), The Post de nuevo, obra del chiquito este que no sabe nada de cine, el tal Spielberg (2017) y como curiosidad está en la por ahora maldita y sin estrenar Gore (Michael Hoffman, 2014) que es sobre el escritor Gore Vidal y está maldita porque al protagonista del título lo interpreta el ahora mala palabra de Kevin Spacey. Stuhlbarg es uno de los actores más sólidos e interesantes surgidos últimamente.



La protagonista de Traidores es la joven Emma Appleton, que no conocía y que me dejó una excelente impresión y que tiene como interés romántico a Luke Treadaway, que está redondeando una interesante carrera desde que se hiciera notar en la versión teatral de la novela de Mark Haddon, El curioso incidente del perro a la medianoche, obra que casualmente se estrenará este mes en el mítico Teatro Maipo.


Traidores, aunque tiene una historia cerrada, ha elaborado personajes que bien pueden continuarse en otras temporadas, algo que ojalá ocurra, ya que tanto la Guerra Fría como el conflicto de Palestina están a la vuelta de la esquina. Conflictos horrorosos para el mundo real, pero fructíferos para el mundo ficcional.


Traidores, creada por Bathsheba Doran (Bash, para los amigos), puede verse en Netflix y si gustan de los espías, las cosas de época, buenas actuaciones o el té inglés, es imperdible por lo disfrutable.


Gustavo Monteros