Y en plenas vacaciones de invierno para no perder ni el
vicio ni la costumbre pedagógica, bien podemos asistir a las cátedras de los
dos docentes titulares de Netflix: Rita
y Merlí.
Rita
viene de Dinamarca y tiene 4 luminosas temporadas. Merlí viene de Cataluña, de la mismísima Barcelona para ser más
precisos y viene con tres salerosas temporadas.
Y Netflix no es lo único que tienen en común, los dos son
docentes histriónicos que todo alumno desea tener y de los que los colegas y
directivos huyen como de la peste, los colegas porque ponen la vara muy alta y
los directivos porque son de una notable resistencia a las normas
institucionales.
No en vano su
histrionismo es una adolescencia relegada eternamente, defecto/virtud que les
permite comunicarse a las mil maravillas con los alumnos.
Y por esas casualidades de la vida y de los guiones,
ambos tienen un hijo homosexual que les expondrán los límites que creen no
tener y que les regalarán una mirada más amplia de la vida, que una cosa es
suponerse con un hijo homosexual y otra, muy distinta, tenerlo.
Eso sí, por más excepcionales que sean, no serían lo que
son sin alumnos ni colegas, que una escuela es una escuela no solo por los
bancos y los pizarrones. El mapa humano que los alberga es un seleccionado variopinto
de personalidades tan entrañables como coloridas.
Faltar a una clase de estos teachers, más que una rata es
un una insubordinación imperdonable al entretenimiento.
Desde no hace mucho, está disponible en Netflix una película que desata una gran cantidad de endorfinas: Los intocables (1987) de Brian De Palma. Ideal para descubrir o repasar cuando no se halla nada nuevo digno de ver. Y entre sus muchas virtudes, tiene un elenco de antología. Gustavo Monteros
Cuando no hallemos nada que ver en Netflix, no olvidemos que tenemos varios Scorsese que podemos repasar. Hoy por hoy hallamos su segundo largometraje y el primero que hizo con un tal Robert DeNiro: Calles peligrosas (1973). Con DeNiro tenemos también Cabo de miedo (1991) y Casino (1995). Con Di Caprio tenemos dos: La isla siniestra (2010) y El lobo de Wall Street (2013). Tenemos asímismo una de las escapadas de Scorsese a la Nueva York de otros tiempos con La edad de la inocencia (1993) y su ida a París con La invención de Hugo Cabret (2011).Más el documental sobre George Harrison (2011). Y hasta lo encontramos como actor poniéndole la voz a uno de los personajes de El espanta tiburones (2004). Con tanto Scorsese suelto, no protesten con nunca encuentro un carajo en Netflix (dicho esto con mucho humor, claro) Gustavo Monteros
Para descubrir, para rever, una de las grandes películas de la historia del cine, una de las historias de amor más conmovedoras jamás hechas. Ahora disponible en Netflix Gustavo Monteros
Cecilia y Diego, una pareja en sus treinta largos, se han radicado hace pocos años en Tolhuin, un sufrido pueblo de Tierra del Fuego, a raíz del trabajo de él como Técnico Forestal. Ante la imposibilidad de concebir hijos, iniciaron un buen tiempo atrás el trámite de adopción. La repentina llegada de Joel, de 9 años, quien carga con una dura historia de vida, revoluciona sus vidas. Las ilusiones, un acelerado proceso de aprendizaje de la paternidad, y el desafío de educarlo e insertarlo en esa pequeña comunidad patagónica, pondrán bajo la lupa sus propios esquemas de vida, y un conflicto que se desata en la única escuela pública del lugar donde acude el niño, tensará el vínculo social y la propia relación de la pareja. Joel, dirigida por Carlos Sorín, con Victoria Almeida, Diego Gentile, Joel Noguera, Ana Katz, Gustavo Daniele, Emilce Festa. Cinema Paradiso 12:00 - 14:10 - 16:20 - 18:30 - 20:40 - 22:50 Ah, la deliciosa comedia No llores por mí, Inglaterra continúa en cartelera, en el Cine San Martín a las 19:20 y 23:10
En 1806 los ingleses invaden la ciudad de Buenos Aires, hasta entonces bajo el mando de la monarquía española. Instalados en este nuevo territorio, el general Beresford, para distraer a la población, les presenta un nuevo juego: el fútbol. La idea es tenerlos entretenidos hasta que lleguen los refuerzos desde Inglaterra. El general Beresford parece ser fuerte y seguro, aunque su estrategia estará guiada por su madre, una mujer de mucho carácter que digita su vida. A Manolete, una especie de empresario de espectáculos que está siempre a la pesca de algún negocio, le ha ido mal con su último emprendimiento y está en bancarrota. Piensa que el fútbol puede resultar un buen negocio y organiza un partido con los dos barrios históricamente enfrentados, Embocadura y La Rivera. Manolete despliega todo su ingenio para armar este espectáculo, con el aval de Beresford, pero el juego termina en una batalla campal. Sin embargo, Beresford necesita que los criollos sigan distraídos. Sabe que se está formando una resistencia armada y necesita a Manolete para su propósito. Entonces le ofrece a Manolete el gran partido del siglo: criollos versus ingleses en la Plaza de Toros. El gran evento se acerca, pero también el ejército comandado por Liniers por la reconquista de la ciudad. Dirección: Nestor Montalbano. Con Gonzalo Heredia, Mike Amigorena, Laura Fidalgo, Diego Capusotto, Mirta Busnelli, Luciano Cáceres, Matías Martin, Fernando Cavenaghi, José Chatruc, Fernando Lúpiz, Roberto Carnaghi, Evelina Cabrera. Cinema San Martín 12:10 - 14:20 - 16:30 - 18:40 - 20:55 - 23:15
En las redes sociales (o antisociales) circula un meme
muy popular que dice: Es viernes y tu cuerpo lo sabe. Podríamos parafrasearlo y
poner: Hay una nueva película de Wes Anderson y tu cinefilia lo sabe. De entre
toda la amplia oferta de estrenos que van de una historia muy anterior de Han
Solo, a una interlocutora de la Virgen María, pasando por hombres argentinos
puestos a prueba y adorables alienígenas que le cambian la vida a un chico
solitario, los Andersianos sabemos qué veremos primero (y segundo y tercero) en
este fin de semana largo: Isla de perros.
Los Andersianos somos una banda amable, aunque si
alguien nos pregunta ¿cuál era Wes Anderson?, no nos dignamos responder,
nuestro ocasional interlocutor no merece pertenecer a la banda. Wes Anderson
lleva más de 20 años (22 para ser precisos) dando películas en el circuito
comercial, de modo que quien nos pregunta ya visto más de un Anderson y si no
le ha alcanzado para convertirse en un Andersoniano, nuestra prédica es inútil
y hasta redundante.
Anderson tiene una manera única de contar y hacer
imágenes (es tan peculiar que bastan un par de fotogramas para que cualquiera
levante el dedo y señale con un es un Anderson). No he visto esta todavía,
cuento las horas para hacerlo, y ya la recomiendo. No porque venga procedida de
elogios prodigados por los que la vieron (hasta sus detractores la celebran)
sino porque no hay Anderson que no merezca ser visto (del mismo modo que no hay
Bergman, Kurosawa, De Sica, Truffaut, Fosse, o el maestro que sigas, que no
merezca ser visto). Ojo, siempre se puede ser un Andersoniano, eso sí, no
esperes que te convenzamos. El amor es como la fe, da envidia tenerlo, pero no
es contagioso, se da o no se da.
Versión muy libre de la clásica novela rusa de Nikolai Leskov, Lady Macbeth de Mtsensk (que llegó a ser ópera de Dimitri Shostakóvich).Dirige William Oldroyd, director teatral en su debut en el largometraje. La protagoniza Florence Pugh, acompañada por Cosmo Jarvis, Paul Hilton, Naomi Ackie, Christopher Fairbank, Golda Rosheuvel y Anton Palmer como el pequeño Teddy. Es muy recomendable, eso sí tiene un par de escenas fuertes pare espíritus sensibles, porque como su título lo indica la chica en algún momento llega al asesinato. Gustavo Monteros
François Ozon es uno de los grandes favoritos de los
distribuidores locales, hemos visto casi todos sus títulos estrenados en los
cines. No es de extrañar, es impredecible (salta de un género a otro), es
arriesgado (juega siempre con temas que bordean lo escandaloso), elegante (su
cine es agradable hasta cuando no lo es) y prolífico (se mueve casi a un título
por año, la prodigalidad crea hábito y dependencia, lo que acrecienta lo
económico). Tiene ambiciones de “autor” y no te hace quedar mal cuando invitas
a “la última de”… Hasta ahora.
Nobleza obliga, vi su film el día en que nos comunicaron
que volvíamos a la tutela del FMI, algo que el que tiene memoria no puede
soslayar, incorporar y manejar, así como así, ya que casi todas las cosas que
pudieron ser regulares, fueron horribles por su designio y consejo. A lo que
voy es que la realidad me llevaba una y otra vez a los recuerdos de una
realidad nefasta, y se necesitaba una narración no tan apegada a la frialdad, a
la estética, a la cinefilia para abstraerme.
El amante
doble juega con unas cuantas fantasías como la de acostarse
con el psicoterapeuta o experimentar el sexo con gemelos. Como todo,
absolutamente todo en Ozon remite a la cinefilia, la frialdad deriva de
Chabrol, ¿dijimos mellizos?, volvamos a los mellizos de Cronenberg, los de su Dead Ringers/Pacto de amor corporizados
por seductora sinuosidad por el inmenso Jeremy Irons, y la anécdota surge de la
siempre rendidora premisa de preguntarnos qué filmaría Hitchcok en la
actualidad de ser eterno.
El problema es que habrá más espejos enfrentados que en
una vidriería, la historia tendrá más dobleces que el hojaldre, y tras el armado
del cuento al final, más que la supresión de la incredulidad se nos pide un
salto de fe, para desbrozar símbolos primero y compartir después el desenlace
de la terapia de la protagonista, que nos condujo con sustituciones y variantes
por el frágil laberinto de su mente. La pregunta del millón es si la situación
en la que se halla la protagonista interesa o no.
La cosa se inicia con una chica, Chloe (Marine Vacth,
descubierta por el mismísimo Ozon para Jeune
et jolie, aquí con un corte de pelo que la asemeja a la Juliette Binoche
incónica) que es invitada a hacer terapia porque su malestar de vientre no
obedece a ningún cuadro clínico y es probable que se trate de alguna
psicopatía, de allí que vaya a psicoanalizarse con Paul (Jérémie Renier) que
oculta un particular secreto, entonces…
Respecto a la pregunta hecha antes, en lo personal, no me
importaba mucho lo que le pasaba a la pobre Chloe, y me parecía que Ozon
recurría al sexo casi pornográfico y a audacias ginecológicas para
interesarnos. Procedimiento tan lícito como cualquier otro, siempre y cuando no
se le note tanto la hilacha como en este caso. Vacth y Renier muestran todos y
cada uno de sus lunares en los desfogues sexuales, y cerca del final, en
lamentablemente breve actuación reaparece Jacqueline Bisset y uno descubre que
fuimos muy injustos con ella, nunca la valoramos en plenitud, es una gran
actriz, claro, sin embargo es tan hermosa que siempre nos quedamos en su figura
escultural y en su rostro impar y no ahondamos en un talento actoral amplio y
flexible.
Ah, cerca del final, por las dudas nos estemos aburriendo
mucho, Ozon para acercarse al Cronenberg de Pacto
de amor apela a trucos de Grand Guignol, muy en consonancia con el Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott.
No sé, sin amenaza inminente del retorno al FMI quizá la
hubiera disfrutado más, pero no estoy seguro. Van por su cuenta y riesgo.
Simón es adolescente y gay. O sea ha llegado el
momento en el que debe informarle al mundo su orientación sexual. Como es un
chico contemporáneo, por suerte ya no tiene “enclosetarse” como la opción más a
mano. Eso sí, aunque hayamos ido un par de pasos más allá en la permisibilidad
social, en la aceptación de las minorías, el mundo es heteronormativo y ser gay
y no morir en el intento sigue siendo todo un tema. Menos trágico que en los
cincuenta, como bien puede deducirse en la ganadora del Óscar de este año, esa
maravilla que es La forma del agua
del gran Guillermo del Toro, está bien, menos trágico, pero muy dramático al
fin.
Mientras Simón decide el cómo y el cuándo, otro
adolescente de su misma escuela da a conocer en una red social, bajo el seudónimo
Blue, que es gay, pero que no se anima a admitirlo públicamente. Simón
comenzará con Blue un intercambio de mails, que es el equivalente actual a la
vieja y querida relación epistolar. El intercambio ahonda el misterio, ¿quién
es Blue? Esta es la parte más interesante de la película, imaginar que todos
sus compañeros pueden ser el Blue en cuestión. Haberse quedado en esta
inquietud hubiera llegado a la exploración de las zonas grises, porque está la
asunción de la orientación sexual, pero existe también la voluntad de
exploración, de juego. Pero no se trata de una película indie experimental,
sino de una mainstream con un género en mente: la comedia romántica, de modo
que pasa a otro truco para progresar la acción: el chantaje. Simón se descuida
y deja abierto su correo en la sala de internet del colegio, entonces no
faltará quién lo mire y…
Yo soy Simón (Love, Simon en el original) de Greg Berlanti se impone a pesar de sus cortedades.
Se centra en una clase social acomodada predominantemente blanca, que juega a
la apertura hacia otras razas y clases, pero desde una asepsia, que todavía es
más declamada que incorporada. Esto hace que trama y personajes bordeen los de
un cuento de hadas, o la comedia romántica conservadora, tranquilizadora en sus
afirmaciones de que pueden que las formas cambien, pero todo sigue más o menos
igual. Sin embargo, como ya dijimos, a
pesar de esto, Yo soy Simón se sigue
con interés y empatía. Queremos que le vaya bien a Simón y a todos los demás,
porque como dice una tagline del afiche en inglés: “Todos nos merecemos una
gran historia de amor.”
Gustavo Monteros Da la casualidad que en el mismo día en que publico esto, Página 12 incluye un artículo sobre salir del clóset en la clase media argentina, y como no hay que despreciar las casualidades, ahí va: https://www.pagina12.com.ar/112087-papa-quiero-contarte-que-soy-gay
Una estrella de cine, en la acepción más clásica del
término, es un ser que más allá de su pulsante humanidad, ostenta
excepcionalidad de algún tipo, en general una belleza deslumbrante, un encanto
inexorable, una simpatía invencible o una fotogenia indeclinable, virtud o
virtudes agigantadas por la seducción de vivir en las sombras que son los
pliegues de ese sueño colectivo que es una película y por el misterio de la
creación de dichas sombras que parece haber descifrado el secreto del tiempo
porque ya son tan eternas como el amor y la desconfianza.
Gloria Grahame perteneció a esa estirpe exclusiva y
legendaria, a esa nobleza democrática abierta a todos y cerrada con los
elegidos, a ese hechizo perfumado que te destaca por sobre los demás y te aísla
en famas endebles, que son menos que nada, porque son pura ilusión y que se
ansían con más ahínco que las verdaderas, porque son sueño, quimera y
horizonte.
Gloria Grahame fue una auténtica estrella de cine, su
nombre no desata los ecos inmediatos de una Marilyn o de una Liza, para
mencionar solo dos que de nombre aparecen en esta película, no, exige una
módica cinefilia, módica porque si se fue co-estrella de Humphrey Bogart, no se
vive en el anonimato del despiste por mucho tiempo (In a lonely place, conocida tanto como En un lugar solitario como La
muerte en un beso, Nicholas Ray, 1950).
Es más, trabajó con directores notables en películas
muy recordadas: Frank Capra (It's a
wonderful life/¡Qué bello es vivir!, 1946), Edward Dmytryk (Crossfire/Encrucijada de odios, 1947),
Nicholas Ray (A woman's secret/El secreto
de una mujer, 1949), Nicholas Ray (In
a lonely place, 1950), Cecil B DeMille (The
greatest show on Earth/El espectáculo más grande del mundo, 1952), Josef
von Sternberg (Macao, 1952), Vincente
Minnelli (The bad and the
beautiful/Cautivos del mal, 1952), Elia Kazan (Man on a tightrope/Fugitivos del terror rojo/El circo fantasma,
1953), Fritz Lang (The big heat/Los
sobornados, 1953), Lewis Gilbert (The
good die young/Los Buenos mueren jóvenes, 1954), Fritz Lang (Human desire/La bestia humana, 1954),
Vincente Minnelli (The cobweb/La telaraña,
1955), Stanley Kramer (Not a stranger/No
serás un extraño, 1955), Fred Zinnemann (Oklahoma!, 1955), Ronald Neame (The
man who never was/El hombre que nunca existió, 1956), Robert Wise (Odds against tomorrow/Apuestas contra el
mañana, pero también como Reto al destino (¡?), 1959).
Su figura escultural y la salvaje belleza de su
rostro, como si un escultor lo hubiera dejado inconcluso, sin terminar de pulir
sus rasgos, hermosos por separado, pero que no terminan de amalgamarse en un
todo indisimulablemente armónico, la hicieron única para el noir, género que
prosperó en el cine de posguerra. Ganó un Óscar bajo las órdenes del gran
Vincente Minnelli en esa cruenta oda al cine de Hollywood que se llamó The bad and the beautiful en el original
y Cautivos del mal por aquí.
Las estrellas de cine nunca
mueren (Film stars don’t die in Liverpool, 2017)
de Paul McGuigan narra con sensibilidad y belleza el último romance de Gloria
con un joven actor Peter Turner (Jamie Bell en estado de gracia) al que conoció
mientras ennoblecía el oficio haciendo giras teatrales por el Reino Unido con Rain de Somerset Maugham o de El zoo de cristal de Tennessee Williams,
entre otras obras, y la dignidad con la que enfrentó las últimas instancias de
la enfermedad terminal que habría que matarla, agonía que asumió en sus propios
términos con la misma caótica libertad con la que vivió. Es necesario destacar
que no solo Peter sucumbió al romance con una estrella de cine, si no toda su
familia, conmueve el cariño con que su padre (Kenneth Cranham), su madre (Julie
Walters) y su hermano (Stephen Graham, casi irreconocible con su setentosa
melena) la tratan y respetan. Y no pasan para nada desapercibidas Vanessa
Redgrave o Frances Barber, como madre y hermana de Gloria, respectivamente. Y
es entrañable la amiga de Peter que hace Leanne Best.
Y si Gloria Grahame fue realeza hollywoodense, se
necesitaba una reina cinematográfica para encarnarla, y que mejor que la
exquisita Annette Bening, que firma otra actuación antológica, inolvidable por
añadidura. Y si bien Jamie Bell y Annette Bening obtuvieron nominaciones para
los BAFTA, la cosecha parece pobre ante la magnífica exhibición de sus
talentos, los robaron, bah, en la temporada de premios.
Y hago mías las palabras finales que le tributa el
personaje de Julie Walters: May the Lord
protect you, Gloria Grahame (Que el Señor te proteja, Gloria Grahame).