Amigxs, con su permiso, abriré un pequeño paréntesis, vuelvo después de Semana Santa. Ah, si no la vieron todavía, dense una vuelta por la película de Fernán Mirás: El peso de la ley, por suerte sigue en cartel, está en Cinema Paradiso y va en su ya acostumbrados dos horarios: 18:30 y 23:05. Es una buena película y de paso apoyamos el cine nacional. Abrazo.
viernes, 7 de abril de 2017
viernes, 31 de marzo de 2017
El peso de la ley
Voy a hacer una excepción. En alguna crónica pasada
declaré que no escribiría sobre películas argentinas porque no perdía la
esperanza de participar de alguna y no quería que, llegado por fin el caso, se
me reprochara un comentario trasnochado. Pero hoy hablaré de El peso de la ley con libertad y sin
renuencias por la sencilla razón que no tengo nada malo que decir de ella.
La veo en una función del Espacio Incaa en el cine
Gaumont de Buenos Aires, de cara a la Plaza Congreso. Es en la sala 1 que
parece inmensa para albergar a la cincuentena de espectadores que somos. Terminada
la proyección se da una tímida salva de aplausos, que se vuelve cálida porque
nos sumamos casi todos. Camino a la salida, escucho que una espectadora le
preguntaba a la chica, que había entrado con escoba y palita para adecentar
otra vez el lugar, si alguna vez la sala se había llenado con esta película. A la
señora le resultaba increíble que una película tan buena no convocara
multitudes.
Camino del subte, que me llevará a Retiro, repaso
mentalmente las reviews que leí sobre la película. Desacuerdo fervientemente
con ellas. Una vez en casa, entro a la página argentina equivalente a Rotten
Tomatoes, o sea, que rejunta todas, o casi todas, o más o menos todas las
críticas publicadas sobre tal o cual film. Veo que los mismos motivos derivan
en elogios o descalificaciones. Ratifican mi creencia de la inutilidad de las
críticas. Lo mejor que uno puede hacer es describir lo que la película nos
despertó y confiar que esto le sirva como orientación a los probables
espectadores. Ponerse por encima de lo se ve y levantar el dedito para
calificar o bajar línea es tan anacrónico como un dinosaurio en la Revolución
Francesa.
El peso de la ley, como su título lo indica, viene de abogados y sus
casos. Y es el debut como director del actor Fernán Mirás. En una nota del
diario La Capital de Mar del Plata hallo lo siguiente (quien habla es el
coguionista Roberto Gispert): “La
historia la escribimos con Fernán, está basada en un expediente real, que
utilicé para recibirme (de abogado) y cuyo hecho ocurrió en un pueblo del
interior”, agregó Gispert, quien contó que el filme se sostiene “en el humor
negro” para narrar una historia que ocurre en 1983, a poco de que termine la
dictadura cívico militar. “No caímos en mostrar hechos escabrosos ni
escatológicos, es un filme sobre las luchas intestinas que se viven en el poder
judicial”, agregó Gispert. (…) Según el
coguionista, motivó el filme un expediente que, de tan absurdo, los abogados se
lo pasaban entre ellos como un chiste. Pero hubo personas que padecieron las
decisiones de ese expediente, seguramente por las condiciones sociales a las
que pertenecían.
De un lado tenemos a Gloria Soriano (Paola Barrientos),
una abogada a la que le toca defender al Gringo (Daniel Lambertini) acusado de
violar al idiota del pueblo, Mamfredo (Fernán Mirás), la fiscal del caso Mercedes
Rivas (María Onetto) fue profesora de Gloria. El expediente es casi un chiste
de mal gusto de tan precario y prejuicioso. Darío Grandinetti será el juez,
personaje comprometido en el caso por más de un aspecto.
Los detractores del film insisten con que el
tratamiento del tema es enfático, los personajes está subrayados y que el
contenido es discursivo. Los defensores damos vuelta esos argumentos y decimos
que no hay énfasis sino voluntad de claridad, no hay personajes subrayados sino
caracterizaciones claras y que el contenido no es discursivo sino elocuente.
Eso sí, todos coincidimos en que la historia es muy atrayente y que las
actuaciones son excelentes.
Yo, ya es obvio, milito en las filas de los defensores
de un film, que me pareció lisa y llanamente el mejor que he visto este año
hasta la fecha. Por su audacia, por sus logros, por su historia, por volver inolvidables
a sus personajes. (Y porque antes de los títulos finales reconocí las
locaciones necochenses utilizadas)
En resumen, asúmase como juez de este film impar y
emita sentencia. (Se exhibe en el Cinema Paradiso en solo dos horarios, uno muy
cómodo: 18:40 y otro no tanto: 23:05, incluso a pesar de esta incomodidad, no
se lo pierda)
Gustavo Monteros
jueves, 23 de marzo de 2017
Dos noches hasta mañana
Decía la vieja canción de Dave
Ellingson y Kim Carnes:
Love comes from the most unexpected places (El amor llega de los lugares más inesperados)/
In someone's eyes you've never met (en los ojos de alguien que no conocías)/
Who wants to get to know you (y que quiere conocerte)/
In someone's smile you can't forget (En una sonrisa que no puedes olvidar)/
And if the music plays on in your mind (Y si la música suena en tu cabeza)/
Take all the love that you can find (Apodérate del amor que halles)/
And if love takes you in (Y si el amor
te engaña)/
Take all the love that you can find (Apodérate del amor que halles)/
And hope it comes again (Y cruza los
dedos para que vuelva)
Y algo así les pasa a Caroline y Jaakko. Caroline
(Marie-Josée Croze) es una arquitecta que está de paso en la ciudad de Vilna,
capital de Lituania por un trabajo. Su vuelo de regreso a París parte a la
mañana siguiente. En el bar del hotel cruza miradas y sonrisas con Jaakko
(Mikko Nousiainen) quien se acercará a su mesa y comenzarán una noche de
juegos, tragos y sexo. Pero la casualidad, el azar, el destino o la pura
coincidencia harán que el aeropuerto se cierre por una nube de cenizas
volcánicas y que deba permanecer en Vilna un día y una noche más.
Si bien esta película escrita y dirigida por el
finlandés Mikko Kuparinen trabaja con intensidad el símil de verdad y realismo,
abreva en la fantasía romántica del amor inesperado que define las relaciones
en conflicto que arrastramos o que nos enfrenta a aspectos nuestros algo
adormecidos, por no decir negados.
Para que la historia funcione es necesario que
desarrollemos una instantánea empatía con los personajes, a través de los
actores, claro. Yo, al menos, lo hice de inmediato y entré y viví con ellos los
vaivenes y vericuetos de una relación que termina por poner negro sobre blanco
el amor rengo que ella arrastra o la soledad luminosa que el éxito de él
oculta.
En resumen, si alguna vez elucubraste adónde te
llevaría esa mirada o aquella sonrisa de lxs extrañxs si hubieran dejado de
serlxs y te hubieras relacionado con ellxs, este film te ofrece una agradable
respuesta a esa inquietud.
Gustavo Monteros
jueves, 16 de marzo de 2017
Elle: Abuso y Seducción
Elle: abuso y seducción de Paul Verhoeven es tanto una comedia de humor
negro, un psicodrama (lo que en algún momento llamamos estudio de personajes),
una sátira de la burguesía, un policial de venganza, una comedia de costumbres
y unas cuantas cosas más.
Paul Verhoeven (RoboCop,
1987, El vengador del futuro, 1990, Bajos instintos, 1992, Showgirls, 1995, Invasión-Starship Troopers, El
libro negro, 2006) es ante todo un provocador, un satirista a la vieja
usanza, así que descoloca y mucho, tan poco acostumbrados estamos a la sátira
punzante, como las del Buñuel del Discreto
encanto de la burguesía, 1972, El
fantasma de la libertad, 1974 o Ese
oscuro objeto de deseo, 1977. A lo que voy es que nos sorprendería menos si
viniéramos de una seguidilla buñuelesca.
Michèle (Isabelle Huppert) es violada en la primera
escena y su respuesta es inaudita. Es la más inteligente manera de informarnos
a qué deberemos atenernos de ahí en más. Verhoeven dinamitará todos nuestros
conceptos bienpensantes de temas álgidos como la violencia de género, el
feminismo o el rol de la mujer. Nos incomodará, nos escandalizará (si el
amarillismo que nos domina nos dejó un resto de sensibilidad), nos apabullará.
Es una de las películas más inusuales que tendremos la suerte de ver. Nunca
sabremos muy bien dónde estamos parados, adónde se dirigirá la trama, en qué
vericuetos nos meterá, qué salvedades morales tendremos que enfrentar.
Michèle es un personaje multifacético, es una
empresaria de éxito, una amiga, una hija, una madre, una amante, una vecina y
una vengadora. Cada uno de estos roles dispara una subtrama, de superficie
elegante y luminosa y de trasfondo sucio y barroso. A propósito no daré más
detalles, no para evitar espoilear sino para no condicionar las sorpresas, que
son muchas.
Isabelle Huppert leyó Oh..., la novela de Philippe Djian, en que se basa el film, y supo que
tenía un papel ideal para ella, por eso se la acercó al productor y sugirió que
Verhoeven debía dirigirla. El productor y Verhoeven llevaron el proyecto a los
Estados Unidos con la aspiración de Nicole Kidman como la protagonista soñada.
Ante el poco eco encontrado, regresaron a Francia y a Huppert, quien asegura no
sentirse traicionada por el paseo estadounidense de su productor y director,
quizá por creer que el personaje le estaba destinado.
Huppert hace una de las actuaciones más destacadas de
la historia del cine y no exagero en lo más mínimo. Deslumbra a cada paso del
camino con cada pequeño gesto, con cada inflexión de la voz, por cada
movimiento que encara. Comienza por hacer lo opuesto a lo que hacen casi todos
los actores, nos empuja afuera, no quiere empatía, quiere que nos distanciemos
de su personaje, que permanezcamos alejados y cuánto más nos empuja, más
queremos acercarnos, estar con ella, disfrutar de su libertad de acción. Huppert
nos informa que nada de lo que sucede es
casual, accidental, que cada desvío desafiante de los temas o argumentos
socialmente aceptados son a propósito, y que hacemos bien en sentirnos
interpelados porque esa es la intención que ella y el director se traen a
simple vista y bajo la manga. Y si se ve la película otra vez (yo voy por la
segunda) su actuación deslumbra más todavía, porque uno comienza a comprender
la cantidad de pliegues que le imprime a su criatura, que es tanto un ser
humano como un monstruo. Ella es la película, pero la película no es ella, de
ahí que uno pueda sentirse disgustado por el film y fascinado por lo que ella
hace.
En un reportaje para The Guardian, Huppert poco menos
que camina por los techos ante la sugerencia de que su personaje encarne algún
tipo declaración de principios o que la película aspire a tal o cual mensaje.
Con mucho acento francés afirma que el film es una fantasía destinada a
incomodar al espectador que cree tener verdades reveladas sobre cómo son
algunos temas. Eso está cumplido con creces. Más allá de algunas resoluciones
magistrales, no sé si me gusta esta película tan atrevida, que de todos modos
considero de visión imprescindible porque Huppert hace algo antológico de lo
que se hablará durante generaciones.
Gustavo Monteros
Silence
En mi modesta opinión, que no tiene por qué ser
compartida por nadie, de todos los Scorsese que conviven en la carrera de
Martin Scorsese director, el que menos
me gusta y menos revisito (por no decir jamás) es el religioso. Por censuras
varias llegamos tarde a La última
tentación de Cristo, 1988, y cuando la vimos lucía antigua, superada,
parecía Los diez mandamientos de
Cecil B De Mille reversionada por el Pier Paolo Pasolini de El evangelio según San Mateo, o sea
desprovista de luz, color y magnificencia, era un tedio que solo Willen Dafoe y
Barbara Hershey hacían soportable. Kundun,
1997, en cambio, era todo luz, color y lujo, pero más seca que hueso que da la
luz mala e igual o más aburrida que la mencionada antes, uno se tenía que
pellizcar cada cinco segundos y decirse que era una profunda exploración
religiosa para no caer en el sopor que nos acuciaba. La que le siguió, si bien
no se la incluye entre las religiosas-religiosas, igual indagaba sobre Dios, el
destino, la culpa y demás, Vidas al
límite (Bringing out the dead,
1999) esa en la que Nicolas Cage subrayaba su natural cara de vagina afligida, obra
que podría figurar entre las interesantes-pero-no-logradas del currículum de
ambos. Y como no hay dos sin tres, llega Silence
para integrar, hasta la fecha, una trilogía religiosa, sabrá Dios si hay más y
se conforma una tetralogía, y otra y una pentalogía, después quizá una
hexalogía, una heptalogía, una octología, una enealogía o nonalogía, una
decalogía y así sucesivamente.
Silence se basa en una novela de 1966 del autor católico
japonés Shūsaku Endō, que ya fuera llevada al cine por Masahiro
Shinoda con el mismo título en 1971, y hasta hay quien dice que también por
João Mario Grilo porque su The Eyes of
Asia de 1994 se nutriría en esta novela.
Estamos en 1639, dos
sacerdotes portugueses, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver)
llegan a Japón en busca de su mentor, Ferreira (Liam Neeson) quien no solo
habría dejado de difundir la fe católica sino que también habría apostatado al
abrazar el budismo y que incluso viviría amancebado con una japonesita. El
cristianismo católico sobrevive a duras penas una persecución oficial, igual de
cruenta que la Santa Inquisición, quienes se nieguen a renegar del credo son
quemados vivos, crucificados hasta ahogarse con las mareas, o colgados boca
abajo con una herida precisa que los desangra gota a gota.
Scorsese no es Scorsese al
divino botón, aquí filma con la amplitud de un despojado David Lean, su puesta
en escena es siempre creativa, elocuente, grandiosa. El guión peca de demasiado
declamativo, algo que es casi de rigor en las disquisiciones religiosas o
filosóficas. Dos problemas graves preocupan a los fieles seguidores de
Scorsese, entre los que me cuento, uno, el relato no fluye con naturalidad,
tropieza una y otra vez con una solemnidad, con una pretenciosidad, con una
autoconsciencia de importancia, que poco ayudan para involucrarnos con lo que
sucede en pantalla, salvo las escenificaciones de los martirologios que
conmocionan con su salvajismo, el resto nos aburre más que misa en latín.
Y dos, los protagonistas,
Andrew Garfield no tiene madera de estrella, no puede sostener nuestra
atención, carece de brillo, de presencia, de recursos, por más que angustie su
cara de niño no pasa nada, en Hasta el
último hombre, 2016, de Mel Gibson o en su El sorprendente Hombre Araña, 2012, de Marc Webb le iba mejor
porque estaba rodeado de carismáticos e inflado de efectos especiales, aquí no
hay ni una cosa ni la otra. Su coequiper, Adam Driver, tiene cara y cuerpo como
para estar en El entierro del conde de Orgaz de El Greco, y ahí se acaba su
contribución a la imaginería religiosa, como Andrew Garfield, su atractivo
estelar va de poco a nulo. Uno comienza a rezar que aparezca Liam Neeson de una
buena vez y le dé espesor, presencia, interés al cuento.
Pobre Scorsese, terminar con
Andrew Garfield y Adam Driver, él que tiene ciclos con algunos de los más
grandes actores que han existido, De Niro, Di Caprio, Daniel Day Lewis en un
par, y en solo una vez por ahora,
estrellas como Jack Nicholson, Jerry Lewis, Nicolas Cage, Tom Cruise o el
inolvidable Paul Newman. Mientras se elaboraba este proyecto, algo que tomó
muchos años, se barajaron nombres como los de Daniel Day Lewis, Benicio del
Toro, o Gael García Bernal como posibles participantes de esta aventura
creativa. Otra cosa hubiera sido con ellos o con cualquier otro de la guía
telefónica. Otro detalle, en tiempos en que se apunta a un verosímil más
certero (como por ejemplo la serie The
Americans en la que los personajes rusos hablan en ruso, con su
correspondiente subtítulo, claro), que estos supuestos portugueses se traben
cada vez que tengan que decir Ferreira suena a que practicaste poco, y eso que
es solo una palabra que debieron aprenderse, no a leer Saramago en voz alta,
recitar poemas de Pessoa o cantar fados. No se trata de que te den solo el
protagónico, también hay que poner huevo y sudar la camiseta. La empatía a
despertar no crece en los árboles, ni se da con tener cara bonita o
interesante, hay que seducir a la cámara con lo que se tenga. Y si no se tiene
nada, se construye algo. En cine si el protagonista no tiene hambre de gloria,
la película está en serios problemas y nuestro interés también. Ante cualquier
arte, aburrirse en más fácil que interesarse.
Eso sí, no hay que ser
injusto con los actores japoneses que hacen una faena maravillosa. El
flaquísimo Yōsuke Kubozuka es Kichijiro, un equivalente de Judas para el padre
Rodrigues. Yoshi Oida es Ichizo, el jefe del primer pueblo que visitan los
sacerdotes, sobre cuyas espaldas cae una pesada decisión. Issey Ogata es el fatigado
y hastiado Inquisidor, que mira casi con desdén y abulia los tormentos que
infringe. Y last but not least, para nada en absoluto, el traductor que hace Tadanobu
Asano, un viscoso divertido como pocos, de esos personajes que seducen en la
pantalla con su humor y sus dobleces, pero que son letales en la vida real. Un
verdadero actor de cine el señor, no como los dos bodoques que protagonizan.
Terminada la película, uno
comprende que la borgeana victoria secreta final está mejor contada que la
bergmaniana angustia por el silencio de Dios.
Más allá de los reparos, es
un Scorsese, o sea, más temprano que tarde hay que verlo, aunque sea una vez,
que Scorsese no es Scorsese al divino botón.
Gustavo Monteros
Todanobu Asano
jueves, 9 de marzo de 2017
Jackie
Quizás yo no sea el mejor candidato para hablar de Jackie de Pablo Larraín, pero
intentémoslo al menos.
Jackie se estructura a partir de la entrevista que le hizo
el periodista Theodore White (Billy Crudup cubre este personaje, que sabrá Dios
por qué, aquí se lo llama a secas El Periodista) el 29 de noviembre de 1963
para la revista Life. Jackie no es la
típica película biográfica, no, es más bien un retrato artístico de una
personalidad en un trance muy difícil y determinante de su vida. Este retrato
se vertebrará también en la recreación del especial para televisión de 1962: Una visita a la Casa Blanca con la Sra
Kennedy. Y es de capital importancia también el diálogo que tiene con un
sacerdote (John Hurt). Todo girará acerca de los prolegómenos al atentado a
John Fitzgerald Kennedy, la ejecución del mismo, sus consecuencias y los
preparativos y realización de sus honras fúnebres.
No hay una linealidad, el guión va para adelante y
para atrás en un acotado marco de tiempo, apenas un mes, como mucho, pero el
juego es de una claridad meridiana, siempre sabemos en qué momento estamos. El
modelo narrativo usado no es el de las cajas chinas, ni el de los espejos
enfrentados, sino más bien, aquel que se llama el del espejo roto, cuyos
fragmentos van reflejando aspectos distintos de la realidad elegida. Y esta vez, es la partitura la que
da cohesión al todo. No es una banda sonora intrusiva, no, introduce, acompaña,
celebra. Tiene los instrumentos típicos, los infaltables violines, por ejemplo,
pero es de una creatividad inusual. Sin ser tan rara como la de Jonny Greenwood
para Petróleo Sangriento (There will be blood, Paul Thomas
Anderson, 2007) no se recuesta en el típico colchón de compases melifluos. Pertenece
a la compositora Mica Levi, un nombre a tener en cuenta y seguir.
Larraín logra un film particularmente impecable en su
elegancia, la dirección de arte, el maquillaje y vestuario son de una gran
belleza. El tono elegíaco sumado a la luminosidad de los ambientes va creando
de a poco una atmósfera onírica, no, más que onírica, sonambulesca. Comunica
con contundencia ese estado de melancolía, extrañeza, sensibilidad y agudeza
que da la pérdida de un ser querido. Nos mete en ese estado de tristeza
irremediable y de tranquilizantes asimilados.
Y se vuelve atrapante cuando abreva en los detalles.
Por ejemplo, el momento en que le toman juramento a Lyndon Johnson (John
Carroll Lynch) y comprobamos como ella pierde el centro de la escena y cómo lo
resiente. Y los vericuetos, las idas y vueltas de las pompas fúnebres, más la
tozudez de Jackie de no cambiarse el traje ensangrentado hasta llegar a la Casa
Blanca. Y sobre el final, la utilización de la última canción del musical Camelot de Loewe - Jay Lerner, cantada
por Richard Burton que dio origen al mito.
Sí, se dice que Jackie fue una de las pioneras en
comprender la importancia de la televisión y la imagen, que la presidencia de
su esposo no tuvo el brillo que ella le adjudicó con sus gestos. Casi sobre el
final vemos su máximo triunfo, el de las tiendas que se pueblan con maniquíes
vestidos con modelos que copian su estilo. El famoso conjuntito de remerita
manga corta y camperita de banlon completado con el collarcito cortón de perlas
fue usado por las señoronas con pretensiones de distinción hasta bien entrados
los setenta. Y por estas tierras de prosapia latina, desterró en el luto el
llanto destemplado por el dolor estoico, con lágrimas para la intimidad y en
público un rostro sufrido pero seco.
A pesar de su exposición mediática, Jackie fue siempre
un misterio. Y Natalie Portman y Pablo Larraín parecen por momentos develar
aspectos del misterio, pero esta operación tapa más de lo que revela. Cuánto
más parece abrirse, más se cierra en realidad, más se afirma en los ropajes del
ícono, el trajecito, el sombrerito, el peinadito, la carterita, los zapatitos.
Natalie Portman entrega una actuación deslumbrante,
hipnótica. Por momentos muy vulnerable, en otros férrea, más todos los estados
intermedios. Recrea también con exactitud la forma de hablar de Jackie, que era,
claro, la de las mujeres neoyorquinas de clase alta. Confieso que esos
susurritos modositos de gatita morronga me sacaron de quicio en un principio,
pero después me fui acostumbrando y los acepté. Esta actuación notable de
Portman me remitió a la Michelle Pfeiffer en Love Fields / Conflictos de
amor donde era una rubia obsedida con Jackie al punto de la imitación maníaca.
Comprendo ahora por qué Michelle hablaba como hablaba en esa película. Si
existieran los dobles programas, deberían dar Jackie primero y después Love
Fields, cubren las mismas fechas desde perspectivas opuestas, en una se
vería las intimidades de esta primera dama irrepetible y en la otra cómo el
público de la época, en especial algunas mujeres, se identificaban en Jackie
hasta la veneración.
Aparte de los ya nombrados, se lucen Peter Sarsgaard
como Bobby Kennedy, Greta Gerwig, como su secretaria privada, Richard E Grant,
como el asesor en decoración, Beth Grant como la señora de Johnson y Max
Casella como el jefe de prensa. El danés Caspar Philipson personifica a John
Fitzgerald Kennedy, más una foto que un personaje, no es su demérito, es
elección del guión y del director.
Creo que no me fue tan mal, que describí más o menos bien los muchos méritos de este film. Hago esta aclaración porque, como dije por ahí, antes, en algún otro escrito, las biopics (películas biográficas) me tienen harto y encima, confieso, que Jacqueline Lee Bouvier Kennedy Onassis nunca me importó un comino y me pareció, perdón, es sin intenciones de ofender ni discriminar, una pelotuda importante.
Habla maravillas del arte del director Pablo Larraín,
del guionista Noah Oppenheim y de Natalie Portman que me interesara y
compartiera el dolor de esta mujer que nunca me cayó bien.
Gustavo Monteros
Monsieur Chocolat
Chocolat, dirigida por el también actor, Roschdy Zem, es una
película biográfica (comúnmente llamadas, biopic) que cuenta el ascenso
artístico y caída del primer payaso negro de Francia, a fines del siglo XIX y
comienzos del XX.
Chocolat cae en muchos vicios habituales de las biopics,
esquiva algunos y se anota unos pocos triunfos.
Si bien el título refleja a una sola persona, en
realidad es la historia de una relación, la que se da entre el payaso George
Footit (James Thierrée, actor de gran prosapia como se verá) y Chocolat (Omar
Sy, que se ganó fama internacional con Amigos
Intocables, 2011, o Intouchables,
en el original de Olivier Nakache y Eric Toledano).
Footit es un Carablanca, o sea en la clasificación de
los payasos, el que lleva la máscara de Pierrot, es decir, maquillaje blanco,
cejas dibujadas en la frente, pintura roja en los labios, nariz y orejas, y es
elegante, orgulloso, autoritario y malicioso. Chocolat será una variante del
Augusto, o sea el de la nariz roja, zapatos enormes, maquillaje que combina el
negro, rojo y blanco, peluca grotesca y ropa de colores brillantes, y es
impertinente, promueve travesuras y desestabiliza al payaso blanco o
Carablanca.
Esta información es necesaria, puesto que en los
títulos finales nos ratificarán algo que la película ya ilustró ampliamente, y
es que Footit y Chocolat revolucionaron el número del Carablanca y el Augusto
llevándolo a alturas inauditas.
Insiste como El
aviador (Martin Scorsese, 2004) en el flasback pedagógico que nos informa
el origen de un trauma (a su favor diremos que el de Chocolat no es tan torpe ni tonto como el del film de Scorsese,
quizá porque en Francia la psicología conductista no es el único modelo
psicológico en uso). Es casi tan larga como La
môme (La vie en rose, 2007) de
Olivier Dahan, igual de “ilustrativa” o sea más que contar hechos, los ilustra,
como si se tratara de las vidas de los héroes contadas en las historietas de
las viejas Billiken y Anteojito. También como dicha película de Dahan, cuenta
con grandes actuaciones, eso sí, no llegan a ser tan monumentales como la que
Marion Cotillard dio de la Piaf, a lo que voy es que no salvan esta película
del montón, como lo hizo Marion con aquel film bastante pobre que la convirtió
en estrella internacional. También a favor de Chocolat está que no sea solemne como suelen serlo casi todas las
biopics, quizá por tratarse de payasos.
El problema principal de Chocolat es primero político y después de punto de vista.
Chocolat en la cima de la fama parece haber olvidado
que es negro. Una irresuelta cuestión de papeles lo manda a la cárcel, temible
porque por entonces ni había nacido la noción de derechos humanos, bah, la de
derechos de cualquier tipo. Allí lo desnudan, lo humillan, lo torturan, lo
golpean, más que nada porque los guardias resienten la aberración de ser un
negro rico y famoso. Después lo tirarán a una celda, donde está también Victor
(Alex Descas) un haitiano preso por difundir ideas políticas opuestas al
stablishement. Víctor le hará comprender que su actuación puede verse como una
burla al negro ignorante, una aseveración del estereotipo, una ratificación de
que el negro no merece más que este retrato indigno y denigrante. Cuando vuelve
a ser libre, Cholotat intenta hacer algo para revertir ese lugar común, pero no
toma en cuenta que carece de sustento ideológico y que tampoco puede defender
su caso sin elocuencia. Hasta ese momento ha vivido hedonísticamente y ni
pensaba en los estereotipos humillantes que una vez lo paralizaron. El dinero
repentino calma los nervios de los necesitados como pocas drogas. Germinará sí
otra idea de Víctor, la de hacer Otelo,
pero sin la reversión de los lugares comunes reservados al cómico, negro para
peor, probará ser una mala idea.
Esta visión claramente política de la cuestión no es
expuesta ni a fondo, ni con superficialidad, es simplemente “ilustrada” como si
fuera otro traje, otro auto, otra pieza de mobiliario.
El film tampoco asume el punto de vista de George. No
se necesita ser Sherlock Holmes, Hercule Poirot, Jules Maigret o Philip
Marlowe, para darse cuenta que George ama a Chocolat, y que nunca lo dirá.
Pertenece a la época en que la ambición a la felicidad entre integrantes del
mismo sexo que se aman era directamente utópica de tan lejana, y que había
quienes preferían morir en silencio, antes que exponerse a un revelación
oprobiosa, que consideraban inútil y desesperanzadora. Y sin embargo, como
creador y director de los números que hacían, George, al menos en escena, sin ceder
su espacio de payaso importante y triunfador, se permitía amar a Chocolat. Puede
que ese amor fuera pobre y limitado, pero ese punto de vista podría haberle
dado a la película la profundidad que carece.
O ver la historia desde la perspectiva exclusiva de
Chocolat. Siglos atrás, Bob Fosse tomó el punto de vista de su retratado, Lenny
Bruce, en Lenny y nos regaló uno de los pilares de las buenas
biopics.
Claro, la verdad sea dicha, Chocolat no aspira al arte, es solo un pretexto para explotar y
expandir la fama internacional de Omar Sy, dándole otro papel carismático,
seductor y de segura empatía. El hombre es una estrella innata, pero hasta las
estrellas necesitan de buenas películas para que sus halos prosperen.
James Thierrée es un actor excelente, antes dijimos
que tiene una gran prosapia, juzguen ustedes. Es hijo de Victoria Chaplin y
Jean-Baptiste Thiérrée, sí, sí, es nieto de Charles Chaplin y Oona Chaplin,
biznieto de Eugene O´Neill y tataranieto del gran actor teatral, James O’Neill,
o sea fruto de un ilustrísimo árbol genealógico.
En resumen, a pesar de las cortedades mencionadas,
merece verse por las actuaciones, por la impecable reconstrucción de época, por
la buena banda de sonido y por las maravillosas rutinas payasescas, que
entroncan al menos en el cine con una trayectoria que se inicia con Charles Chaplin,
Buster Keaton, Harold Lloyd, Douglas Fairbanks padre, Gene Kelly, Burt
Lancaster hasta llegar a Jackie Chan, pasando por Belmondo, o sea la del
histrión acróbata, que deslumbra siempre.
Gustavo Monteros
En lo profundo del bosque
El planteo inicial me apasionaba porque siempre me
pregunté cómo será el fin de la civilización, ya sea en sus variantes brote de
zombies, ataque extraterrestre, bomba nuclear que desata el apocalipsis o como
en este caso corte de luz que se prolonga para siempre jamás.
Vayamos al principio. Nell (Ellen Page) una estudiante
universitaria y Eva (Evan Rachel Wood) una aspirante a bailarina profesional,
viven con su padre, Robert (Callum Keith Rennie) en un hermosa y luminosa casa
en medio de un apacible bosque. Un buen día se corta la electricidad (y eso que
el ministro de lujo Aranguren, su sinceramiento de tarifas de más del 1000 %,
eufemismo oficial del más popular “tarifazo” que ahora se paga ¡mensualmente!,
la condonación de deudas millonarias a las compañías eléctricas sin ningún
argumento, válido o no, el cero control a los planes de inversión que no se
llevaban a cabo antes, que los vigilaban y multaban, imagínense ahora que se
“autoregulan”, y demás delicias que los servicios, bajo la revolución de la alegría,
nos deparan en nuestra vida cotidiana, no tienen participación en esta odisea)
El tiempo pasa y la luz no vuelve. Como es habitual en
estas historias, se desata lo peor de los seres humanos. Es como si la
electricidad, con todos los aparatos que soporta, fuera las riendas de la
civilización, que sueltas desatan la violencia, el descontrol, el caos del
sálvese quien pueda (no sé por qué siempre se da por sentado este escenario, y
no el de la supervivencia por la solidaridad, si ya no puedo comprar nada de lo
que compraba, porque los supermercados quedaron sin nada y no hay ni producción
ni distribución, en una primera instancia, creo que consultaría con los vecinos
qué les queda a ellos y les diría qué tengo yo, para ver si compartiendo
podemos durar más tiempo, si se mostraran renuentes o mezquinos quizá entonces
me pondría agresivo o egoísta, y adheriría al Sálvese quién pueda, pero no de
inmediato, como si fuera el único camino, no sé, esa presunción de violencia
insoslayable me resulta falsa.
Esta familia de tres (la madre de las chicas murió
tiempo atrás) vive aislada y así queda para evitar la disrupción social que se
supone se desató en el pueblo. El padre tendrá un accidente y las chicas
quedarán a sobrevivir por las suyas. Y entonces comienzo a no entender nada, no
porque sea incomprensible, la trama, las situaciones, los personajes son muy
sencillos, sino por cómo se desarrolla y se vive todo. En tiempos de tanta
consciencia de género comprendo que esta es una película de mujeres, hecha por
mujeres, para mujeres y que por no serlo, jamás comprenderé el por qué hacen lo
que hacen y elijen lo que elijen.
Jamás creí que fuera a pasarme algo así, siempre
consideré tener un costado femenino fuerte, pero a las evidencias me remito, no
alcanza. De todos modos creo que es un avance en la causa femenina, en el arte
al menos se ha alcanzado una independencia del modelo masculino patriarcal que
ya pergeña como en este caso un resultado exclusivamente femenino. Más de una
vez, mujeres me han señalado que tal o cual resolución en este policial, en
aquel thriller o en esa comedia vulgar les resultaba demasiado boluda, en el
más estricto sentido de la palabra, para aprehenderlos desde una sensibilidad
femenina. Decían no entender o no querer entender lo que era dictado por un mar
de bolas para el supuesto regocijo de quienes ostentaban iguales atributos
colgantes. Ahora parece darse el reverso.
En lo profundo del bosque se basa en una novela de Jean Hegland, con guión y dirección
de Patricia Rozema (Cuando cae la
noche, 1995, Mansfield Park,
1999) y protagónicos de la personalísima Ellen Page y Evan Rachel Wood (que
viene de hacerse notar y cómo en Westworld,
la serie de HBO).
En el relato hay solo tres hombres que se destacan y
que ejemplifican roles muy marcados, tenemos a Robert (el ya mencionado Callum
Keith Rennie) como El Padre, a Eli (Max Minghella) como El Novio o La Pareja, y
a Stan (Michael Eklund) como El Abusador.
En resumen, para ver en noche de chicas y discutir a
la salida, o para ver en pareja heterosexual o con amigos de géneros diversos y
solicitar a lxs representantes femeninxs aclaraciones y puntos de vista.
Por favor, sepan perdonar si sueno misógino, no es en
absoluto mi intención, solo es ignorancia. Gracias a todos los cielos el mundo
avanza.
Gustavo Monteros
jueves, 2 de marzo de 2017
La chica sin nombre - El viajante
Dado que la casualidad de la distribución así lo
quiere y las estrenan juntas, hoy me referiré a estas dos películas a la vez,
porque tienen más en común de lo que las diferencia. Algo que podría
comprobarse fácilmente si hacen con ellas un programa doble y las ven una
después de la otra.
Comencemos por sus puntos de partida, que es lo único
que podemos contar.
En La chica sin
nombre (La fille inconnue, 2016,
de Jean Pierre Dardenne y Luc Dardenne), una joven médica, Jenny (Adèle
Haenel) junto a su más joven practicante, Julien (Olivier Bonnaud) trabajan
después de hora en la salita de un pequeña ciudad belga, Lieja. Él termina el
papeleo, ella lo reprende por un comportamiento que tuvo ante un paciente.
Suena el timbre, Jenny le ordena a Julien que no vaya al portero
eléctrico con cámara a ver quién es, que ya es tarde, que si es importante
tocará de nuevo. No hay un segundo timbre. Al día siguiente Jenny sabrá por los
policías que la visitan que quien llamaba era una chica negra que apareció
muerta cerca de allí y que no saben su nombre. Jenny hará lo que esté a su
alcance para averiguar el nombre.
En El viajante (Forushande,
2016) de Asghar Farhadi (director de la gloriosa La separación, 2011 y del megabodrio El pasado, 2013) Emad (Shahab Hosseini) un profesor de literatura y
también actor, está casado con Rana (Taraneh Alidoosti) ambos ensayan una
versión de La muerte de un viajante
de Arthur Miller. Deben abandonar el edificio donde vivían, porque una
excavación vecina, lo ha puesto en peligro de derrumbe. Un compañero de elenco,
Babak (Babak Karimi) les ofrece un departamento de su propiedad que acaba de
ser desocupado por la inquilina anterior, que ha dejado sus cosas detrás. Se
mudan. Una noche, Rana regresa sola al departamento y es atacada. Emad procurará
saber quién la atacó y por qué.
Ambas películas son obras de
autor.
Ambas ponen puntos
suspensivos después del momento que motoriza el relato. Sólo oímos el timbre en
La chica sin nombre. Y no vemos el
ataque a Rana en El viajante. Dichos
puntos suspensivos irán llenándose de a poco, a medida que avanza el relato.
En ambas los personajes femenino
principales se lamentan, una y otra vez, no haber recurrido al portero
eléctrico. Jenny podría quizá haber evitado el trágico destino de la chica sin
nombre. Rana, sin duda, habría evitado ser golpeada físicamente y lastimada
psicológicamente. Cuando oyó el timbre, por la hora, supuso que era Emad, no
preguntó por el intercomunicador y dejó abierta la puerta, porque iba a
bañarse.
En ambas, los personajes
deciden no recurrir a la Policía y juegan a ser detectives aprovechándose de
los beneficios que otorgan sus profesiones. Jenny es médica y sabe que alguno
de sus otros pacientes puede darle información alguna sobre la chica
desconocida. Emad, como dijimos aparte de actor, es profesor de literatura y
como lo saben todos los que han ejercido la docencia, con un mínimo de
curiosidad uno se entera de las actividades que ejercen sus alumnos, si son
adultos, y si son niños, los padres de sus alumnos, y a lo largo del tiempo si
hay una mínima relación con ellos, uno puede armar una base de datos que puede
resultar útil. De todos modos, es llamativo que tanto la película belga como la
iraní prescindan de la fuerza policial.
En ambas se logra la
confesión del culpable y se busca sino un castigo, al menos un resarcimiento de
los hechos brutales.
Ambas, más allá de su
cercanía con el policial o el mismísimo thriller, son dramas morales de culpa y
castigo.
Ambas echan luz sobre las
costumbres de las sociedades que las crearon. Gracias a La chicas sin nombre sabremos que en Bélgica y en Francia, los
hospitales no están obligados a denunciar a los inmigrantes indocumentados, si
no tienen documentos se los atiende igual bajo el nombre que dicen tener (al
menos en el momento de la filmación, después no se sabe, la derecha avanza por
todas partes y hace moco los derechos de los ciudadanos, ¡si lo sabremos
nosotros, desde que Macri está en el poder, no pasa día en que no perdamos
algún beneficio social). Gracias a El
viajante, sabremos que, en Teherán, los taxis son comunitarios, o sea hay
que compartirlos con hasta tres personas más, o cuatro, según el tamaño del
auto. Sabremos también que incluso en los edificios las puertas de entrada de
los departamentos, aparte de la usual de madera, tienen una anterior de rejas o
rejilla como protección extra. Y cuando vemos la obra que presentan (La muerte de un viajante) si bien no
modifican el lugar de la acción original, o sea los Estados Unidos, todos los
personajes femeninos llevan cubierta la cabeza, algo imprescindible en esa
sociedad, pero sin uso en la norteamericana.
Por último, intentaremos por
separado, una valoración crítica.
La
chica sin nombre es un traspié en la carrera de los hermanos
Dardenne. Luce muy menor ante la anterior, la soberbia Dos días, una noche y lo que es peor se nota demasiado su estilo de
cámara en mano, documentalista, con sus planos cortos y nerviosos que parecen
querer invadir la intimidad de sus personajes. Se percibe, esta vez, que más
que un estilo, es una intervención (para no ser insultantes con personas tan
creativas y llamarlo receta) que puede aplicarse a cualquier historia, por
mínima e insulsa que sea. No es un desastre, es solo que las implicancias
sociales que se desprenden de sus historias no son aquí muy elocuentes y no van
más allá de los problemas de comunicación entre las personas. Aunque como
siempre con las películas de los Dardenne, está actuada con gran verdad y,
aparte de los mencionados, en su bastante extenso elenco, se destaca como el
padre de un paciente, Jérémy Renier, veterano de sus filmes, y que por aquí
participara en Elefante blanco (Pablo
Trapero, 2012).
Asghar Farhadi con El viajante (que acaba de ganar el Óscar
a la Mejor Película Extranjera) no llega a las alturas de La separación, pero al menos se redime del insoportable bodrio de El pasado, película tonta y pagada de sí
misma como pocas (lo peor que le puede pasar a un director es asumirse como
genio, sin ir más lejos remítanse a lo que pasó con la carrera de Almodóvar).
Comparaciones al margen, El viajante
es una muy buena película, que establece un paralelo con la obra de Miller de
la que toma parte de su título. Si en La
muerte de un viajante, Miller expresa su desencanto ante el engaño o muerte
(si alguna vez existió) del sueño americano, Farhadi pareciera decir que la
sociedad a la que pertenece ofrece flancos igual de decepcionantes. Eso sí,
Miller es más tajante, Farhadi es más esperanzado en su lectura parabólica.
Gustavo Monteros
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