jueves, 17 de noviembre de 2016

Corazón silencioso

El danés Bille August ingresó al cine internacional con fulgores de nuevo maestro. Su Pelle, el conquistador (1987) conquistó en el mismo año la Palma de Oro de Cannes y el Óscar de la Academia. Unos años más tarde, en 1991 para ser precisos, Ingmar Bergman lo premió permitiéndole llevar a la televisión, primero como miniserie y condensado después al cine, uno de sus guiones más personales, nada más ni nada menos que la historia de amor de sus padres: Las mejores intenciones. Y allí se apagaron sus fulgores. Todos sus proyectos posteriores oscilaron entre la decepción y la corrección: La casa de los espíritus, 1993, Smila, misterio en la nieve, 1997, Los miserables, 1998, Adiós Bafana, 2007, Tren nocturno a Lisboa, 2013. El nuevo maestro no lo era tal, apenas un aprendiz aventajado.


Con este Corazón silencioso de 2014 prueba suerte con el melodrama de despedida final y eutanasia. Subgénero que amenaza con convertirse en género epidémico: The weather man/El sol de cada mañana, 2005, Antes de partir, 2007, Algunas horas de primavera, 2012, Amour, 2012, entre las que recuerdo en este momento… hay más… muchas más.


Esther (Ghita Norby) una señora de unos setenta largos sufre de esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad degenerativa que la inmovilizará primero para después irle quitando todas las funciones vitales. Como la sentencia es inapelable, con la ayuda de su esposo, Poul (Morten Grunwald) un médico clínico, ha decidido tomar una dosis letal de pastillas. Pero antes quiere pasar un último fin de semana con su familia, la hija mayor, Heidi (Paprika Steen), el esposo de esta, Michael (Jens Albinus), el hijo adolescente de ambos, Jonathan (Oskar Saelan Halskov), la hija menor, Sanne (Danica Curcic), la pareja de la misma, Dennis (Pilou Asbaek) y la amiga de toda la vida de Esther, Lisbeth (Vigga Bro).


Como es previsible durante este fin de semana se expondrán las personalidades de los involucrados en este final, se sacarán trapos al sol y se develarán unas cuantas verdades ocultas.


Bille August, en líneas generales, no es muy avispado y depende mucho de un buen guión para concretar una buena película. El de esta película que firma Christian Torpe no le hace honor al apellido, pero tampoco es muy virtuoso. Digamos que es más bien prolijo, convencional y leve, a pesar de la gravedad del tema.


Si algo no se le discutirá jamás a Bille August es su capacidad para manejar actores y estos, además son muy, muy buenos. Entonces los actores más el estilo clásico elegido por August son los que salvan la velada del tedio y del olvido.


En resumen, más que iluminar con un gran reflector la última peripecia humana, le arrima una linterna, pero a quienes gusten de las elegías quizá les alcance.


Gustavo Monteros

jueves, 3 de noviembre de 2016

El bebé de Bridget Jones

Los críticos anglosajones hacen uso y abuso de una expresión que parece divertirles mucho. Cuando una película les gusta mucho, le adhieren con rapidez el mote de “instant classic”, clásico instantáneo o clásico desde el primer momento. Más una exageración de entusiasmo de la cultura pop que otra cosa. Los que tuvimos la suerte de ver en estreno los que son hoy verdaderos clásicos, a saber, Taxi-driver, Cabaret, Barrio Chino, Tiburón, Luna de papel y esas cosas, ni se nos hubiera ocurrido ponerles instant classic, por no faltarles el respeto a los que eran un poco mayores que nosotros y que habían visto en estreno las obras maestras de Visconti, Bergman, Fellini, Kurosawa y demás gentuza. En aquellos tiempos más moderados y quizá más serios suponíamos que el paso del tiempo era imprescindible para depurar si tal o cual cosa acabaría por convertirse en un clásico. Consideraciones al margen, está más allá de toda duda que El diario de Bridget Jones, dirigido por Sharon Maguire, fue un perfecto ejemplo de eso del instant classic.


Se estrenó por estos pagos el 13 de septiembre de 2001, y fue un bálsamo para la recesión, la inflación, el corralito y demás delicias que nos propinaba, casualmente, la misma dirigencia económica que ahora nos endeuda, despide, emite a lo pavote y nos sube astronómicamente las tarifas. Pero volvamos a Bridget. Se basaba en un libro de Helen Fielding que había vendido casi tanto como los de Harry Potter, y a pesar de ser una comedia romántica dirigida con prioridad a las mujeres fue amada por hombres y mujeres por igual. El hombre heterosexual quizá se vio parcialmente reflejado en esta gordita que se entregaba a los abusos de alcohol, comida, pereza y falta de pulcritud, virtudes generalmente asociadas al varón de la especie. Bridget era también una torpe social, un poco frívola y muy tarambana. Y aunque pretendiera ocultarlo, una romántica incurable, no en vano se castigaba con All by myself, tema que derrocha romanticismo… mucho romanticismo. Y como suele sucederle a tanta desahuciada en la vida y en el cine, después de tanto esperar o probar el príncipe azul o la media naranja, la oportunidad le llegaba por partida doble.


De un lado, Mark Darcy (Colin Firth), un Dirk Bogarde cosecha años cincuenta, elegante, correcto, circunspecto, algo frío y con un sentido del humor en el quinto subsuelo de tan soterrado. Del otro, Daniel Cleaver (Hugh Grant) un Laurence Harvey, cosecha años sesenta, un seductor inveterado, simpático, desenvuelto, irresponsable, superficial, híper-cool y con un sentido del humor tan salvaje como incorrecto.


El cast era soñado, perfecto. Renée Zellweger se animaba a engordar, a aparecer desgreñada, sucia. Su torpeza era muy natural y sincera, con un timing irreprochable que desataba carcajadas. Aunque ya era una figura instalada, este trabajo la catapultó a la categoría de súper-estrella.


En 2004, volvieron con Bridget Jones: Al borde de la razón, otra vez sobre libro de Helen Fielding, esta vez con dirección de Beeban Kidron, y quedaron al borde del aburrimiento y del olvido. Los protagonistas conservaban la magia, al igual que los secundarios, pero el todo no terminaba de ensamblarse. En sus mejores momentos era más de lo mismo, de lo que ya habíamos visto en El diario, en sus peores momentos daba gana de que no la hubieran hecho, de que no la hubieran convertido en una franquicia. Como sea, la simpatía imbatible de Renée Zellweger la salvaba de naufragar, de desbarrancar, de estrellarse.


De dos cosas somos dueños absolutos y sobre las que tenemos absoluta libertad: nuestro cuerpo y nuestro tiempo. Renée Zellweger era, bah, es hermosa, pero su encanto radicaba en que era diferente a todas, en que sus rasgos de tan personales eran únicos. A pesar de su juventud tenía una carita que en la Catamarca de mi infancia llamábamos de “viejita pasa de uva”, o sea surcada de arruguitas por tanto reírse o enfocar los ojos, porque siempre andaba como enfocándolos, como si no viera bien, todo muy sexy, en definitiva una mezcla rara de Marilyn Monroe con Mister Magoo. Una combinación irresistible, que las Sandra Bullock, las Catherine Zeta-Jones, las Meg Ryan se quedaran con sus caras perfectas de muñeca. Renée era otra cosa. Era. Lo que nos encantaba, parecía que a ella no. Un buen día entró a un quirófano y se alisó las arruguitas y se enderezó los ojos. Tenía y tiene toda la libertad del mundo de hacer con su cara, con su cuerpo, lo que quiera, pero en las fotos posteriores a la operación cuesta encontrar, recuperar a la que uno quiso. Ella insistía que eran las fotos, el nuevo maquillaje, el peinado, que era la misma, que no había cambiado. Bueno, decía uno, ella sabrá, ella se ve en el espejo todos los días.


Cuando se anunció que regresaba al papel que la hizo una marca registrada en el mundo, nos preguntábamos si en verdad ella tenía razón, que seguía siendo la misma. De modo que al suspenso de descubrir si la nueva película era buena o no, se sumaba la angustia de corroborar si seguía teniendo el mismo rostro de antes, el que habíamos aprendido a amar, a apreciar.


No diré si sigue siendo la misma, eso se los dejo a ustedes para cuando la vean. En cuanto al resto, la producción procuró reforzar la franquicia para que se pareciera más a la primera que a la segunda. Para ello convocaron a la autora de los personajes, Helen Fielding, más Dan Mazer, guionista de Ali G, Borat y Brüno junto a Sacha Baron Cohen, o sea un experto en la más acabada incorrección política y la guionista ganadora del Óscar por el guión de Sensatez y sentimientos, Emma Thompson (como Emma también actúa, es la obstetra que atiende a Bridget, uno se pregunta ¿habrá armado solo su personaje, escribiendo sus líneas, delineando las situaciones en las que participa o habrá metido mano en el resto de la película?, ¡qué misterio!). El resultado es sólido… por momentos, en otros es solo eficiente… profesionalmente, es decir con más maña que arte, con más oficio que inspiración. Eso sí, está más cerca de la uno, aunque ni ahí llega a ser un instant classic, que de la dos.


Como siempre, Bridget debe estar tironeada entre dos hombres, sabrá Dios por qué sale Hugh Grant, y entra Jack o sea Patrick Dempsey, como un creador de una página de internet de encuentros muy exitosa, tanto que lo ha hecho rico, es también muy inteligente y atractivo, claro. El hombre tiene una fotogenia a prueba de lentes, parece que no hay ángulo que no lo favorezca, encima ahora supera el karma de los galanes de rasgos muy parejos, con mucho ying y poco yang, unas sentadoras y nuevas arrugas dan vuelta la ecuación y ahora hay más yang que ying. En mi modesta opinión está a la altura del personaje de Hugh Grant, al que sin embargo se extraña, porque no se es Hugh Grant por nada. Sigue en carrera Colin Firth con su elegancia y química intacta con su co-protagonista.


El tironeo ahora se centra sobre quién es el padre del bebé en camino, ya que tuvo relaciones con ambos con pocos días de diferencia. Y me callo, porque hasta aquí solo digo lo que se sabe por el afiche.


Bridget no es una chica moderna ni revolucionaria como las que en el film luchan por sus derechos, que de algún modo fueron incluidas para que no dejar obsoleto el mundo de Bridget. Su intención siempre fue casarse, tener hijos, formar una familia. ¿Lo logrará? ¿Habrá una Bridget 4? ¿Una quinta? ¿Una sexta? ¿Será la nueva Guerra de las galaxias? Con productores cada vez menos imaginativos, seguro que sí, hasta la biznieta de Bridget no paramos.

Gustavo Monteros


Anthropoid

Cuando éramos jóvenes y más influenciables, allá por el año 1976, año nefasto para la historia argentina si los hay o los hubo, a decir verdad, en economía tan nefasto como el que estamos viviendo, vimos una película de guerra, dirigida por el veterano y siempre eficiente Lewis Gilbert, encabezada por Timothy Bottoms, Martin Shaw, Anthony Andrews y Joss Ackland, entre otros, que nos causó mucha impresión y que después perdimos, porque no fue repetida en los años venideros, más que nada, creo, porque su protagonista, o sea Timothy Bottoms, no llegó a tener la carrera fulgurante para la que parecía destinado, por razones que me exceden comenzó a perderse en los repartos. El film trataba del atentado contra Reinhard Heydrich, uno de los máximos jerarcas nazis, en 1941 en Praga, perpetrado por la resistencia checa, ayudada por las fuerzas inglesas, y ordenado por el gobierno checo en su exilio londinense. Seguía una estructura clásica, nos contaba cómo se originó, como se planeó, como  se ejecutó y cuáles fueron sus consecuencias. Por esas casualidades de YouTube, volví a verlo el año pasado, de modo que tengo fresca la anécdota y sus pormenores. Ah, se llamaba Operation Daybreak (1975) rebautizada como Siete hombres al amanecer.


Es difícil seguir con renovado interés algo que se conoce y se recuerda, sin embargo el director inglés, Sean Ellis logra desde el primer momento atraparnos y mantenernos interesados hasta el fin. Esta vez la historia prescinde de los orígenes de dicha operación, llamada ahora Anthropoid. Arranca con sus dos protagonistas, Jan Kubis (Jamie Dornan) y Josef Gabcik (Cillian Murphy) cayendo en paracaídas en las afueras de Praga. Cómo consiguen refugio, ayuda y colaboración para llevar a cabo el plan ocupará el metraje. Dos mujeres serán centrales en la historia, Marie Kovárniková (la ascendente Charlotte Le Bon, vista en Un viaje de diez metros, Lasse Hallström, 2014, En la cuerda floja/The walk, Robert Zemeckis, 2015) y Lenka Fafková (Anna Geislerova, magnífica actriz checa vista en la igualmente magnífica Fair Play, 2014 de Andrea Sedlácková).


El director Sean Ellis, también guionista, productor y director de fotografía, hace un trabajo excelente. Sabe que Dios está en los detalles y maneja los mismos para involucrarnos con pasión en lo que se narra. Está construyendo una carrera de lo más atendible, suma otro logro después de las más que interesantes, Cashback , 2006 y Metro Manila, 2013.


Protagoniza Jamie Dornan, de insistente presencia en Netflix en estos días, está en el estreno de la segunda temporada de la impactante The fall, donde comparte cartel con la sensual y talentosa Gillian Anderson, y también en Jadotville o Siege at Jadotville de Richie Smyth, sobre la resistencia de una tropa irlandesa ante mercenarios belgas y franceses en el Congo a principio de los sesenta (no la vi todavía, pero me la recomiendan con entusiasmo). El hombre tiene rasgos casi cincelados y parece haber nacido para estar ante una cámara. Hasta ahora parece más eficiente que inspirado, pero hay que darle tiempo. Y coprotagoniza Cillian Murphy, que como todo hombre de rasgos muy regulares, casi femeninos, el tiempo le sienta muy bien y lo vuelve incluso más expresivo de lo demostrado hasta la fecha, que no es poco, para alguien que estuvo a las órdenes de Christopher Nolan en sus Batman donde era Jonathan Crane, de Neil Jordan en Desayuno en Plutón, 2006, de Danny Boyle en 28 días después, 2002 y Sunshine, 2007, de John Maybury en The edge of love/En el límite del amor, 2008 y de Ken Loach para su obra maestra El viento que acaricia el prado/The wind that shakes the barley, 2006.


Por esas curiosidades de la producción cinematográfica, de razones caprichosas e ininteligibles, el año que viene llegará una nueva versión de la misma historia HHhH se llamará, la dirigirá Cédric Jimenez, con Jack Reynor como Jozef Gabnik y Jack O’Connell como Jan Kubis, más Rosamund Pike, Mia Wasikowska, Jason Clarke en otros papeles. Sabrá Dios si llega a ser tan lograda como esta. Disfrutémosla, entonces. Ampliamente recomendada.


Gustavo Monteros

jueves, 27 de octubre de 2016

El hombre perfecto

No hay que robar zapatos / sin saber correr primero, decía la canción de Carlos del Peral y Jorge Schussheim que cantaba Nacha Guevara en los tiempos del Instituto Di Tella. Parafraseándola podría decirse: No hay que robar manuscritos / sin saber escribir otra novela. O sin saber lidiar con los chantajes y revelaciones que trae publicar con nombre propio una novela escrita por otro.


En Un homme idéal (2015) de Yann Gozlan, Mathieu Vasseur (Pierre Niney) es un joven novelista sin suerte, su esforzado trabajo ha sido rechazado por una respetable editorial. Se gana la vida como peón de una empresa de mudanzas. Un día la empresa recibe el encargo de desarmar una casa en la que un viejo inquilino ha muerto. Salvo algunos muebles, deben tirar todo lo que encuentren, ropa, papeles, enseres, etc. Entre los papeles, Mathieu encuentra un diario de las luchas de Argelia, que bien puede leerse como una novela. Copia este manuscrito y lo envía con su nombre a otra editorial, distinta de la que lo rechazó, para probar suerte. Sorpresa, hay verdadero interés de que firme con ellos un contrato. No se necesita ser muy perspicaz para suponer que será saludado como un grande de las letras francesas.


Esto del robo de manuscrito corre el peligro de convertirse sino en un género al menos en tendencia. En el 2012, los directores Brian Klugman y Lee Sternthal en The words (apodada por estas tierras Palabras robadas) contaron cómo un autor bloqueado, el bueno de Bradley Cooper, hallaba por casualidad un manuscrito perdido con una historia de amor en tiempos de la segunda guerra y decidía publicarlo con su nombre. En algún momento se le presentaba el verdadero autor, el legendario Jeremy Irons, y la cosa se ponía espesa.


Y si en Palabras robadas todo derivaba para el lado de la parábola del autoconocimiento, la retribución, la expiación o la capacidad de vivir en la mentira (Jeremy le decía  a Bradley la frase matadora de que “todos tomamos decisiones, lo difícil es vivir con ellas”, por ejemplo), en El hombre perfecto la historia se inclina por el viejo y querido thriller. Llegado este punto, se puede presumir de erudición y dejar caer al pasar, como quien no quiere la cosa, los nombres de Alfred Hitchcock y Patricia Highsmith (en realidad, obviedades a evitar cada vez que hay un poco de suspenso o un personaje miente).


Mathieu debe enfrentar unos cuantos demonios que le aparecen. El director Yann Gozlan juega muy bien sus cartas, porque a pesar de unas cuantas crueldades y bajezas que Mathieu comete, nuestra simpatía siempre está con él. Deseamos que se salga con la suya. Simpatía y deseo que le debe no poco a la caracterización de algunos personajes y a una pertinente planificación.


El cine francés ha propuesto desde siempre protagonistas masculinos que se apartan del típico atlético carilindo (Jean-Paul Belmondo, Yves Montand, Daniel Auteuil, Vincent Lindon, Gérard Depardieu, Vincent Cassel, Mathieu Amalric, Jean Rochefort, Philippe Noiret, Michel Piccoli, Lino Ventura, Jean Reno, Fabrice Luchini, Jean-Pierre Bacri, Dominique Pinon, Michel Blanc, entre muchos otros). Pierre Niney se inscribe en esa tradición. Por bromear hasta podríamos decir que es un identikit hecho de actores argentinos, tiene ojos parecidos a los de Sergio Surraco, mira como Pablo Rago y es incluso más flaco que Juan Minujín. Bromas al margen, sabe ganarse la atención y justifica el protagonismo concedido. Se lucen también Ana Girardot, André Marcon, Valéria Cavalli, Thibault Vinçon y Marc Barbé como el siniestro chantajista.


No será el mejor partido para una chica casadera ni la opción más confiable para que nos cuide la casa en vacaciones, pero este supuesto Hombre perfecto ofrece durante 100 minutos una más que atendible compañía.

Gustavo Monteros 

jueves, 20 de octubre de 2016

¿Qué invadimos ahora?

Michael Moore esta vez parte de una humorada: los altos mandos militares le consultan sobre qué países invadir a continuación. Comienza entonces una gira europea por distintos países a los cuales se les puede “robar” una idea.


Primero va a Italia, de donde se quiere quedar con el concepto de vacaciones pagas, del aguinaldo, de las licencias por maternidad y de las dos horas para almorzar, prerrogativas que los yanquis no tienen.


En segundo término va a Francia y observa que el menú escolar no solo es balanceado sino rico, sano y nutritivo, celebra el buen uso de los impuestos y la importancia de la educación sexual.


En tercer lugar va a Finlandia, en donde se maravilla (yo, también) de los avances en educación, los alumnos no tienen tareas, asisten a jornadas acotadas y los años lectivos son lo más cortos posibles, ya que han descubierto que cuanto menos se va a la escuela más se aprende, hay verdadera integración social porque la educación (¡Dios los bendiga!) privada no existe (los ricos se preocupan y se comprometen para que la educación pública sea de excelencia) y se procura por sobre todo que los alumnos sean felices. En la felicidad se descubre la verdadera capacidad y potencial que cada alumno posee.


La cuarta escala es en Eslovenia donde la educación universitaria es gratuita (nada que nosotros debamos envidiar… por ahora… (El oficialismo actual propende al arancelamiento.)


El quinto lugar que visita es Alemania, en donde descubre la fortaleza de la clase media, que las jornadas semanales no exceden las 36 horas de trabajo, aunque se les paga por 40, que suscriben a que el trabajo no debe generar estrés y que si lo hace tienen masajes gratis, y que si es grave pueden internarse por un par de semanas en un spa con todo pago por el estado, que los trabajadores participan activamente en las juntas de administración de las fábricas y que exigen medidas que los beneficien continuamente, y que para no repetir los horrores de la Segunda Guerra hacen un culto a la memoria y que buscan la expiación y la reparación por las salvajadas cometidas.


El sexto turno le corresponde a Portugal donde atestigua que el narcotráfico no es un problema y que el consumo y la adicción se han reducido drásticamente porque se despenalizó el uso de drogas y la policía, créase o no, sostiene que la dignidad humana está por encima de todo.


La séptima escala es en Noruega, en donde se detiene en la rehabilitación de los presos (algo que ya sabemos por otras películas, incluso de ficción, las cárceles noruegas, y también las suecas, son más cómodas que donde yo ahora vivo, que están más cerca de la idea de hotel o de barrio con talleres y escuelas que otra cosa), claro, allí la idea es que el delincuente se integre a la sociedad después de cumplida la pena y que se convierta en un buen vecino. La bajísima tasa de reincidencia en el delito dice que no están para nada equivocados.


En octavo lugar se aleja momentáneamente de Europa y recala en Túnez. Allí ve que hay clínicas gratis para mujeres y que el aborto es legal. Comprueba, además, cómo se instauraron y se defienden los derechos de la mujer.


El noveno y último lugar que visita le corresponde a Islandia, donde observa la importancia de la visión femenina en las tomas de decisiones, y ve lo que parece un milagro: desatada la crisis económica suscitada por la especulación, no, subrayo no, no salvaron los bancos y enjuiciaron y condenaron no solo con inhabilitación y multas a los banqueros, sino que además ¡los metieron presos! (aquí el presidente no es solo un especulador comprobado, un contrabandista confeso sino que también un evasor insistente, tiene más cuentas off-shore que cuatro o cinco magnates juntos). El estómago de sus votantes debe ser de acero.


La conclusión lo halla en Alemania y no es novedad para los que lo acompaños en este viaje: como la Dorothy de El Mago de Oz, la solución estaba en sus narices, o en sus zapatos, en el caso de la metáfora elegida. Los yanquis se olvidaron de su Constitución y dejaron que el capitalismo los esclavizara, pero se dan aliento con algo que se probó verdadero, los grandes cambios se pueden hacer de un día para otro, solo basta la convicción política.


Moore, ya es verdad de Perogrullo, simplifica demasiado grandes temas o conflictos para convertirlos en tesis o antítesis de lo quiere probar. Se acepta la salvedad, pero también entretiene, provoca e invita a adentrarse en los temas que enuncia. Aquí hay menos mordacidad que de costumbre porque va al rescate de buenas ideas, más que a la erradicación de males. Para nosotros en interesante ver cómo dialoga con nuestro presente: se ve la primera huelga de mujeres en Islandia, se ve cómo se pretendió acabar con la educación universitaria gratuita en Eslovenia con la propuesta de que los alumnos extranjeros paguen, se ve que la discusión sobre la seguridad en Noruega está tan avanzada que los medios amarillos no pudieron torcer el discurso ni con el caso de un francotirador que mató a 54 chicos que hacían campamento en una isla. La derecha es igual en todas partes, es estrecha, cerrada, prejuiciosa, negacionista, retrógrada e impulsora de odios y violencia. No tiene límites para conservar la jerarquía preestablecida. Da pena (y vergüenza) que halle eco en quienes se perjudican cuando triunfa.

Gustavo Monteros

jueves, 13 de octubre de 2016

Las inocentes



 Polonia, diciembre de 1945. La guerra acaba de terminar. Todos, sin excepción, están heridos, física o espiritualmente. Una joven médica francesa (Lou de Laâge) que en misión de la Cruz Roja atiende solo a franceses se topará con una situación inédita que le exigirá la mayor cautela, un estricto sigilo, la máxima discreción y un absoluto secreto. En un convento monjas polacas, que han sido violadas por las tropas soviéticas, están, ahora, embarazadas. Las inocentes del título. La historia se basa en hechos reales, contados, a su debido momento, por la médica.


Anne Fontaine (Coco antes de Chanel , 2009, Adoration /Madres perfectas, 2013, Gemma Bovery/La ilusión de estar contigo) hace dos películas en una, la primera mucho mejor que la segunda. Durante los primeros 50 minutos deja que la historia se imponga con su sequedad, con su contundencia sin agregados ni subrayados. No hay música incidental, la que se oye es la lógica, si van a un club a bailar es la del grupo del lugar la que se oye, o si estamos en la capilla escuchamos solo el canto de las monjitas. No hay regodeos en la reconstrucción de época ni encuadres preciosistas. La emoción surge con naturalidad. Sin embargo, algo pasó en la sala de edición. Decidieron entonces recurrir a los trucos habituales de la manipulación al público. Comienza la lacrimógena música incidental, se imponen los subrayados, se multiplican las obviedades. Una pena porque la historia tiene una fuerza que no necesitaba adornos. Además el guión se preocupa por dar la mayor cantidad de puntos de vista posibles, ofrecer aristas relevantes y reveladores de los personajes, contrastar por ejemplo el comunismo práctico y ateo de la médica con los fundamentalismos religiosos que padecen algunas de las monjas, no todas, porque las hay también pragmáticas, curiosas o flexibles ante la terrible experiencia que les tocó en suerte. Es muy interesante comprobar cómo el guión ilustra personajes y conductas sin caer en didactismos ni demagogias.


La improbable amistad entre la médica Mathilde (Lou de Laâge) y la monja Mary (Agata Buzek) encuentra en las actrices mencionadas una dinámica tan reveladora como conmovedora. La gran Agata Kulesza (la tía de Ida, Pawel Pawlikowski, 2013) perfila la madre superiora con todos los matices a su alcance, que no son muchos sino casi infinitos. El médico que hace Vincent Macaigne sabe hacerse odiar y caer simpático, a la vez o sucesivamente, un logro nada menor.


En resumen, una historia profunda que a pesar de las concesiones innecesarias al cine habitual de masas se vuelve inolvidable. Muy recomendable.

Gustavo Monteros

jueves, 6 de octubre de 2016

Un traidor entre nosotros

En un principio su novelística se concentró en los soterrados enfrentamientos de la Guerra Fría con sus bandos bien diferenciados, de un lado La Rubia Albión con su socio obligado, el Tío Sam, y del otro La Madre Rusia. Agotada que fue la vertiente, más la caída del Muro de Berlín que volvió obsoleto su mundo anterior, John Le Carré amplió sus horizontes y resaltó las diferentes formas internacionales de la plutocracia que se sobreimponen a las democracias y nos señaló que las compañías farmacéuticas, por ejemplo, nada tiene que envidiarle a las mafias o los carteles narcos, hasta pueden ser incluso más dañinas. Su esquema novelístico comenzó a usar inocentes que quedan en el centro de la puja entre intereses poderosos, generalmente los de la Inteligencia Británica y los antagonistas de turno, mafias varias, lavadores de dinero, empresas armamentísticas, etc.


Esta vez, los inocentes son una pareja, Perry (Ewan McGregor) y Gail (Naomie Harris) en vías de recomposición de una relación que se sabe dañada y que buscan reencausarla en una paradisíaca Marruecos. La casualidad hace que se topen con un mafioso ruso, Dima (Stellan Skarsgard) que necesita hagan llegar a la Inteligencia Británica un pendrive con información confidencial, que bien podría valerle a él y su familia asilo en Gran Bretaña, algo que deberá negociar Hector (Damian Lewis), que así  podría hacerle pagar a su exjefe, Aubrey (Jeremy Northam) una afrenta muy personal.


A contramano de anteriores logros de Le Carré, la trama no es perfecta. Las motivaciones de algunos personajes tienden a la endeblez extrema, hay giros argumentales que exigen más de un salto de fe y ciertas resoluciones son harto discutibles. En el guión, al menos, el conflicto entre Hector y Aubrey está más vociferado que desarrollado, nunca se entiende demasiado por qué Perry y Gail están tan dispuestos a arriesgarse por Dima y su familia, se vislumbran razones que jamás se explicitan, y demanda una gran suspensión de la incredulidad que gente tan paranoica soslaye que adolescentes y teléfonos celulares van en tándem y ni se les ocurra secuestrárselos o pedirles que no los usen.


El elenco es parejo y efectivo, aunque sobresale el gran Stellan Skarsgard como el patriarca ruso, su labor se agiganta en comparación con lo conseguido en la imperdible serie River que puede verse en Netflix. El contraste entre estos dos personajes tan dispares revela la inmensidad de su talento.


Dirigió con esmero Susanna White de gran experiencia en la televisión, lo que tomando en cuenta la excelencia que alcanzó en los últimos tiempos la ficción televisiva no es poco aval. La trama pasea sus personajes por Marruecos, Londres, París, Berna entre otras atractivas locaciones, algo que siempre suma.


En resumen, si se está dispuesto a ser crédulo y dejarse llevar sin exigir rigores argumentales, entretiene. No es poco, ostenta debilidades, pero no insulta la inteligencia.


Gustavo Monteros

La lección

La lección (Urok, 2014, en el original) de los búlgaros Kristina Grozeva y Peter Valchanov exhibe muchas de la virtudes del cine de autor aunque también muchas de sus falencias.


Como su título lo preanuncia una moraleja está implícita. En las narraciones, las lecciones aprendidas implican siempre una moraleja. Esta puede surgir naturalmente de lo que se cuenta o estar sobreimpresa de antemano a lo que va a narrarse. La lección habita el segundo caso. La historia es prácticamente una tesis a corroborar.


Todo arranca con una docente de inglés, Nadezhda (Margita Gosheva) que debe resolver un robo de dinero en su clase. Como buena docente, se cree imbuida de una moralidad indiscutible y al no denunciarse el autor, organiza una vaquita para restaurarle lo perdido a la víctima. La trama se empeñará en demostrarle que está mal sentirse superior ante quien tiene la necesidad de robar. Para empezar, al llegar a su casa, sabrá que su marido no estuvo pagando la deuda con el banco y van a proceder a rematarle la casa.


Como en muchas películas de autor se prescinde de la banda sonora y la cámara más que seguir acosa a la protagonista. Muchas escenas están trabajadas hasta los últimos detalles, herramientas que nos hace involucrarnos con los que se cuenta. Entre las falencias se hallan las resoluciones caprichosas que exigen una infinita suspensión de la incredulidad, la psicología de algunos personajes que de tan estrambótica requeriría la escritura de nuevos tratados sobre el comportamiento, y el poner en puntos suspensivos los aspectos más inverosímiles, dejando en escena solo sus consecuencias, algo que en el cine comercial se considera vagancia, pero que en el de autor se lo denomina peculiaridad, y el callar razones que solucionarían el conflicto de inmediato, como por ejemplo por qué no decirle a la cajera que exige los tres centavos que faltan el motivo por el que debe hacer la transferencia nimia. Además de abusar del poder de demiurgo que tiene todo creador y someter a sus personajes a atroces arbitrios.


Margita Gosheva es una actriz soberbia y hace congruentes algunas dudosas resoluciones del guión sobre su personaje.


En resumen, sin ser una maravilla, se deja ver, se sigue con interés y promueve más de una bienvenida discusión.

Gustavo Monteros

jueves, 15 de septiembre de 2016

Le nouveau

El  pobre de Benoît (Réphaël Ghrenassiano) no las tiene todas consigo. Su familia se acaba de mudar del campo a la ciudad, que no nada más ni nada menos que París, y a Benoît le está costando mucho integrarse, hacer amigos en su nueva escuela. Quiere pertenecer, o sea formar parte del grupo más popular, más cool, que de eso se trata el juego de los estratos de poder, porque cualquiera puede asimilarse a los nerds, los marginados, los desclasados, en todo momento. Los chicos cool lo ponen a prueba y Benoît no la pasa. Tendrá, eso sí, un breve momento de gloria. Entre las recientes adquisiciones a la clase, está Johana (Johanna Lindstedt), una sueca nada rubia, aunque no por eso menos bonita, que lo tomará como amigo. Sin embargo, una imprevista tardanza hará que Johana se integre al grupo cool y sin querer lo deje de lado. Un tío, medio tarambana, ex DJ, le sugerirá aprovechar que los padres se marchan por el fin de semana y dar una fiesta a lo grande, o sea con alcohol incluido, y entonces…


The nouveau / El novato, primer largometraje del actor Rudi Rosenberg, es un film luminoso, optimista, distendido. Va detrás de una pequeña peripecia y la cuenta con alegría y ternura. Como todo cuento de crecimiento se centra en descubrimientos. La verdad no está en las formas, en las apariencias sino en lo que se siente.


Si bien el relato se centra en Benoît, los personajes secundarios no se opacan y cuentan también sus historias. Por implicancia, muchas veces, que es también una buena forma de contar. Habrá primeros besos, casi robados por lo rogados, que a la postre sabrán a delicia. Desengaños amorosos que dolerán mucho por ser los primeros, pero que superarán pronto, porque se está entre la niñez y la pubertad y no es cuestión de sentarse a sufrir y perderse el resto del verano.


La llegada del invierno mostrará que las cosas están en su lugar y el que no canta, se embroma, se la pierde.


La sencillez y la luminosidad de la propuesta impiden la mirada cínica que podría hallar, entre tanto niño y hasta gags con perros, una explotación de los dulzores de la inocencia que empieza a abandonarse.


Quizá en el fondo sea la venganza de unos ex-nerds. Si así fuera, se desmiente lo de que es un plato frío, este tiene la tibieza justa que agudiza todos los sabores.

Gustavo Monteros


jueves, 8 de septiembre de 2016

Amor y amistad

Dado que las novelas mayores de Jane Austen (Sensatez y sentimientos, Orgullo y prejucio, Mansfield Park, Emma, La abadía de Northanger, Persuasión) ya tienen su correlato audiovisual en cine, teatro y televisión (en algunos casos, más de una vez) es hora de que los relatos menores, en tamaño y logros, hallen el suyo. Puesto, además que sus tramas, entre otras cosas, se centren en el apareamiento perfecto, comienza a darse el perfecto maridaje entre material y director. Pero vayamos por partes.


Amor y amistad se basa en una novela corta primeriza de Jane Austen, Lady Susan, publicada, sin embargo, póstumamente. Dice la contratapa de una edición en español: “Su protagonista, lady Susan Vernon, es un personaje memorable: una viuda todavía joven (treinta y tantos), de gran belleza e inteligencia, pero cuya apariencia encantadora, amable y seductora oculta una personalidad egoísta, manipuladora, mentirosa, fría, falsa y despiadada.” O sea, en criollo, una reverenda hija de su madre. O, como comprenderemos más tarde, una superviviente. La señora no tiene donde caerse muerta, debe hallar rápido marido rico para ella o su hija, o perderse en el abismo del hambre y la pobreza. Por ahora vive de “visitante”, impone su presencia en las mansiones de sus parientes más afortunados y se ahorra manutención, servidumbre y demás gastos, mientras puede simular todavía su endeble pertenencia a una clase social privilegiada. Y aunque es moralmente reprensible todo lo que hace, nos fascina con la impunidad con que manipula voluntades, sin importarle las consecuencias. Seamos sinceros, todos, alguna vez, fantaseamos con liberarnos de los preceptos morales que nos fueron inculcados y actuar con irrestricta inmoralidad, por eso nos seducen estos personajes que se comportan como si nada, y perdón por la repetición, como unos reverendos hijos de mala madre.


Continuemos con la contratapa: “Lady Susan llega a Churchill, a la mansión de campo del señor Vernon, el hermano de su difunto esposo, para refugiarse del escándalo provocado por sus recientes coqueteos con un hombre casado en Langford. Aunque es recibida con prevención, sobre todo por su cuñada, la señora Vernon, la cautivadora lady Susan logra engañar a (casi) todos, logrando conquistar al joven Reginald mientras trama la boda de su hija Frederica con un hombre al que ella detesta...”


Este resumen nos ayudará a sortear con buena fortuna el primer tramo de la película, que puede parecer confuso para el espectador desprevenido, quien debe también sortear el aparentemente farragoso modo de hablar de los personajes. Superados estos escollos primerizos, el resto es puro placer.


Whit Stillman (Metropolitan, 1990, Barcelona, 1994, Los últimos días del Disco, 1998, Chicas en conflicto, 2011) demuestra ser un candidato ideal para trasladar el mundo de Jane Austen al cine. El señor, muy sofisticado y educado, que pertenece a la clase alta y adinerada retrató, en sus películas, en clave de comedia de costumbres, los vaivenes de jóvenes privilegiados, que si dejamos al margen el origen de sus fortunas (no es que exprese mi resentimiento de pobre a través de veleidades marxistas, porque hoy ya es una verdad de Perogrullo que no hay fortuna bien habida, en la historia de las riquezas más temprano que tarde nos encontramos con imperdonables chanchullos, la ética y la riqueza son enemigas naturales) son iguales a nosotros de inseguros, neuróticos y sufrientes de desamor o falta de sexo.


Stillman, como Austen, manejan la ironía, el sarcasmo incluso, pero no caen en el cinismo, que puede ser muy divertido en un principio, pero que termina por deshumanizar trama y personajes. De allí que digamos que son tal para cual, casi un Mr Darcy y una Elizabeth Bennet.


El elenco es tan parejo como brillante, lo que no impide que sobresalgan Kate Beckinsale (Lady Susan Vernon) y Chloë Sevigny (Alicia Johnson), deliciosas actrices que ya estuvieron en otro Stillman y que aquí grafican la amistad del título.


Stillman interviene a veces la acción con fotos e intertítulos que remiten tanto al melodrama del siglo XIX como al cine mudo, no los describo para no quitarles diversión.


Y la pregunta del millón halla su respuesta… otra vez. ¿Por qué en un mundo cambiante con (¡gracias a todos los cielos!) familias de todo tipo y parejas de diversos plumajes, Jane Austen sigue vigente? Sencillo: la tensión sexual no ha muerto, ni la política de las relaciones y menos que menos la estupidez de querer y no animarse.


Gustavo Monteros

jueves, 1 de septiembre de 2016

Café Society

Acabo de verla y un poco camino por los aires dominado por el romanticismo que emana.


Es una historia de amor. Es también una saga familiar. Y por momentos una novela epistolar. Es también el homenaje a dos ciudades en su esplendor: Los Ángeles y Nueva York. En un principio es el año 35 o 36 porque pueden verse en el cine Swing Time con Ginger y Fred o The woman in red o La vestida de rojo con Barbara Stanwyck. Es el principio de la era dorada de Hollywood. La gran era del jazz en New York. El apogeo de los grandes clubes como Ciro’s, Mocambo, el Trocadero en Los Ángeles. O el Morocco, el Stork Club o el Copacabana en Manhattan. El Café Society del título tiene un poco de todos estos míticos night-clubs.


Todo está sazonado por buenas réplicas, situaciones construidas con astucia, personajes singulares y todo regado con el mejor de los vinos o sea la música y la letra de los Gershwin, de Rogers and Hart, Dorothy Fields and Jerome Kern, de Johnny Mercer and Harry Warren. Más algún Manisero contagioso.


En su entrada Steve Carrell está peinado, maquillado, iluminado y enfocado para evocarnos a Edward Everett-Horton, gloria de la comedia de la época. Kristen Stewart con su cintura mínima luce esplendorosa con vestidos iguales a los que llevaban por entonces Joan Crawford o Barbara Stanwyck. En la escena en la que le muestra a Jesse las casas de las estrella, su largo talle en esos shorts cortones, cortones que fueron los antecedentes de la minifalda, camisa entallada de dos bolsillos, zapatos Guillermina con medias zoquetes blancas y una cinta con moño en el pelo no es para corazones débiles. Deberían dar pastillas sublinguales o advertencias de infarto a la entrada.


Y puede que Kristen Stewart no sea la nueva musa de Woody, como lo fueron últimamente Scarlett (Johansson, claro, ¿hay otra?) o Emma (Stone, of course, ¿podemos hablar de otra Emma, acaso?, ¡que la boca se nos haga a un lado!), no, Kristen, como Cate (Blanchett, bueno, Cate con C, hay una sola que valga la pena) se perfila como chica de una sola película, pero ¡qué personaje le dieron!, y ¡cómo lo resuelve! Si no estuviera enamorado de Kristen hasta el infinito y más allá, con esta película me enamoraba de nuevo hasta la luna ida y vuelta. No quiero contar mucho para no spoilear, pero Kristen le pone algo de heroína de Chejov a su papel, y le da una trascendencia casi cósmica a la cuestión. Y uno se pone a delirar con el sentido del destino y con dónde va el amor correspondido y el no correspondido y el por corresponder.


Y el personalísimo Jesse Eisenberg se anima a ser ingenuo, bobo, bah y en un tiempo en el que todos los actores bajan 14 octavas de su voz para ostentar un vozarrón grave de cuádruple dosis de testosterona, no tiene problema en hablar como un tenor ligero al que le aprietan el escroto. Y cuando ella entra a su club nocturno y todos decimos Casablanca y nos repetimos “De-todos-los-tugurios-de-la-Tierra-tuvo que-entrar-a-este”, Jesse, de saco blanco, no juega a ser Humphrey sino Jesse, toda una prueba de coraje.


Steve Carell vuelve a demostrar que es un actor todo terreno, al que se le puede pedir lo que sea. Y la bellísima Blake Lively (Verónica) ostenta esa mezcla de sensibilidad y sensualidad que llevó a Scarlett a la fama imperecedera en Perdidos en Tokio o Lost in translation.


Todo está bañado de dorado, como corresponde, en la luz del gran director de fotografía, y nos ponemos de pie y hasta le cantamos el himno, Vittorio Storaro.


Son 96 minutos de dicha inexorable. Como en todo lo que hace Woody hay constantes citas al cine clásico, lo que le agrega alegría a la fiesta que gozamos todos los que fuimos deformados por el Hollywood de la Edad Dorada, pero aunque se hubiera tenido la suerte de haber nacido ayer y se desconociera todo sobre lo que salió del valle dominado por la colina con el cartel Hollywood, igual disfrutaría esta maravilla, porque una joya es una joya y no se necesita saber nada para disfrutar de su belleza.


Gustavo Monteros