jueves, 27 de octubre de 2016

El hombre perfecto

No hay que robar zapatos / sin saber correr primero, decía la canción de Carlos del Peral y Jorge Schussheim que cantaba Nacha Guevara en los tiempos del Instituto Di Tella. Parafraseándola podría decirse: No hay que robar manuscritos / sin saber escribir otra novela. O sin saber lidiar con los chantajes y revelaciones que trae publicar con nombre propio una novela escrita por otro.


En Un homme idéal (2015) de Yann Gozlan, Mathieu Vasseur (Pierre Niney) es un joven novelista sin suerte, su esforzado trabajo ha sido rechazado por una respetable editorial. Se gana la vida como peón de una empresa de mudanzas. Un día la empresa recibe el encargo de desarmar una casa en la que un viejo inquilino ha muerto. Salvo algunos muebles, deben tirar todo lo que encuentren, ropa, papeles, enseres, etc. Entre los papeles, Mathieu encuentra un diario de las luchas de Argelia, que bien puede leerse como una novela. Copia este manuscrito y lo envía con su nombre a otra editorial, distinta de la que lo rechazó, para probar suerte. Sorpresa, hay verdadero interés de que firme con ellos un contrato. No se necesita ser muy perspicaz para suponer que será saludado como un grande de las letras francesas.


Esto del robo de manuscrito corre el peligro de convertirse sino en un género al menos en tendencia. En el 2012, los directores Brian Klugman y Lee Sternthal en The words (apodada por estas tierras Palabras robadas) contaron cómo un autor bloqueado, el bueno de Bradley Cooper, hallaba por casualidad un manuscrito perdido con una historia de amor en tiempos de la segunda guerra y decidía publicarlo con su nombre. En algún momento se le presentaba el verdadero autor, el legendario Jeremy Irons, y la cosa se ponía espesa.


Y si en Palabras robadas todo derivaba para el lado de la parábola del autoconocimiento, la retribución, la expiación o la capacidad de vivir en la mentira (Jeremy le decía  a Bradley la frase matadora de que “todos tomamos decisiones, lo difícil es vivir con ellas”, por ejemplo), en El hombre perfecto la historia se inclina por el viejo y querido thriller. Llegado este punto, se puede presumir de erudición y dejar caer al pasar, como quien no quiere la cosa, los nombres de Alfred Hitchcock y Patricia Highsmith (en realidad, obviedades a evitar cada vez que hay un poco de suspenso o un personaje miente).


Mathieu debe enfrentar unos cuantos demonios que le aparecen. El director Yann Gozlan juega muy bien sus cartas, porque a pesar de unas cuantas crueldades y bajezas que Mathieu comete, nuestra simpatía siempre está con él. Deseamos que se salga con la suya. Simpatía y deseo que le debe no poco a la caracterización de algunos personajes y a una pertinente planificación.


El cine francés ha propuesto desde siempre protagonistas masculinos que se apartan del típico atlético carilindo (Jean-Paul Belmondo, Yves Montand, Daniel Auteuil, Vincent Lindon, Gérard Depardieu, Vincent Cassel, Mathieu Amalric, Jean Rochefort, Philippe Noiret, Michel Piccoli, Lino Ventura, Jean Reno, Fabrice Luchini, Jean-Pierre Bacri, Dominique Pinon, Michel Blanc, entre muchos otros). Pierre Niney se inscribe en esa tradición. Por bromear hasta podríamos decir que es un identikit hecho de actores argentinos, tiene ojos parecidos a los de Sergio Surraco, mira como Pablo Rago y es incluso más flaco que Juan Minujín. Bromas al margen, sabe ganarse la atención y justifica el protagonismo concedido. Se lucen también Ana Girardot, André Marcon, Valéria Cavalli, Thibault Vinçon y Marc Barbé como el siniestro chantajista.


No será el mejor partido para una chica casadera ni la opción más confiable para que nos cuide la casa en vacaciones, pero este supuesto Hombre perfecto ofrece durante 100 minutos una más que atendible compañía.

Gustavo Monteros 

jueves, 20 de octubre de 2016

¿Qué invadimos ahora?

Michael Moore esta vez parte de una humorada: los altos mandos militares le consultan sobre qué países invadir a continuación. Comienza entonces una gira europea por distintos países a los cuales se les puede “robar” una idea.


Primero va a Italia, de donde se quiere quedar con el concepto de vacaciones pagas, del aguinaldo, de las licencias por maternidad y de las dos horas para almorzar, prerrogativas que los yanquis no tienen.


En segundo término va a Francia y observa que el menú escolar no solo es balanceado sino rico, sano y nutritivo, celebra el buen uso de los impuestos y la importancia de la educación sexual.


En tercer lugar va a Finlandia, en donde se maravilla (yo, también) de los avances en educación, los alumnos no tienen tareas, asisten a jornadas acotadas y los años lectivos son lo más cortos posibles, ya que han descubierto que cuanto menos se va a la escuela más se aprende, hay verdadera integración social porque la educación (¡Dios los bendiga!) privada no existe (los ricos se preocupan y se comprometen para que la educación pública sea de excelencia) y se procura por sobre todo que los alumnos sean felices. En la felicidad se descubre la verdadera capacidad y potencial que cada alumno posee.


La cuarta escala es en Eslovenia donde la educación universitaria es gratuita (nada que nosotros debamos envidiar… por ahora… (El oficialismo actual propende al arancelamiento.)


El quinto lugar que visita es Alemania, en donde descubre la fortaleza de la clase media, que las jornadas semanales no exceden las 36 horas de trabajo, aunque se les paga por 40, que suscriben a que el trabajo no debe generar estrés y que si lo hace tienen masajes gratis, y que si es grave pueden internarse por un par de semanas en un spa con todo pago por el estado, que los trabajadores participan activamente en las juntas de administración de las fábricas y que exigen medidas que los beneficien continuamente, y que para no repetir los horrores de la Segunda Guerra hacen un culto a la memoria y que buscan la expiación y la reparación por las salvajadas cometidas.


El sexto turno le corresponde a Portugal donde atestigua que el narcotráfico no es un problema y que el consumo y la adicción se han reducido drásticamente porque se despenalizó el uso de drogas y la policía, créase o no, sostiene que la dignidad humana está por encima de todo.


La séptima escala es en Noruega, en donde se detiene en la rehabilitación de los presos (algo que ya sabemos por otras películas, incluso de ficción, las cárceles noruegas, y también las suecas, son más cómodas que donde yo ahora vivo, que están más cerca de la idea de hotel o de barrio con talleres y escuelas que otra cosa), claro, allí la idea es que el delincuente se integre a la sociedad después de cumplida la pena y que se convierta en un buen vecino. La bajísima tasa de reincidencia en el delito dice que no están para nada equivocados.


En octavo lugar se aleja momentáneamente de Europa y recala en Túnez. Allí ve que hay clínicas gratis para mujeres y que el aborto es legal. Comprueba, además, cómo se instauraron y se defienden los derechos de la mujer.


El noveno y último lugar que visita le corresponde a Islandia, donde observa la importancia de la visión femenina en las tomas de decisiones, y ve lo que parece un milagro: desatada la crisis económica suscitada por la especulación, no, subrayo no, no salvaron los bancos y enjuiciaron y condenaron no solo con inhabilitación y multas a los banqueros, sino que además ¡los metieron presos! (aquí el presidente no es solo un especulador comprobado, un contrabandista confeso sino que también un evasor insistente, tiene más cuentas off-shore que cuatro o cinco magnates juntos). El estómago de sus votantes debe ser de acero.


La conclusión lo halla en Alemania y no es novedad para los que lo acompaños en este viaje: como la Dorothy de El Mago de Oz, la solución estaba en sus narices, o en sus zapatos, en el caso de la metáfora elegida. Los yanquis se olvidaron de su Constitución y dejaron que el capitalismo los esclavizara, pero se dan aliento con algo que se probó verdadero, los grandes cambios se pueden hacer de un día para otro, solo basta la convicción política.


Moore, ya es verdad de Perogrullo, simplifica demasiado grandes temas o conflictos para convertirlos en tesis o antítesis de lo quiere probar. Se acepta la salvedad, pero también entretiene, provoca e invita a adentrarse en los temas que enuncia. Aquí hay menos mordacidad que de costumbre porque va al rescate de buenas ideas, más que a la erradicación de males. Para nosotros en interesante ver cómo dialoga con nuestro presente: se ve la primera huelga de mujeres en Islandia, se ve cómo se pretendió acabar con la educación universitaria gratuita en Eslovenia con la propuesta de que los alumnos extranjeros paguen, se ve que la discusión sobre la seguridad en Noruega está tan avanzada que los medios amarillos no pudieron torcer el discurso ni con el caso de un francotirador que mató a 54 chicos que hacían campamento en una isla. La derecha es igual en todas partes, es estrecha, cerrada, prejuiciosa, negacionista, retrógrada e impulsora de odios y violencia. No tiene límites para conservar la jerarquía preestablecida. Da pena (y vergüenza) que halle eco en quienes se perjudican cuando triunfa.

Gustavo Monteros

jueves, 13 de octubre de 2016

Las inocentes



 Polonia, diciembre de 1945. La guerra acaba de terminar. Todos, sin excepción, están heridos, física o espiritualmente. Una joven médica francesa (Lou de Laâge) que en misión de la Cruz Roja atiende solo a franceses se topará con una situación inédita que le exigirá la mayor cautela, un estricto sigilo, la máxima discreción y un absoluto secreto. En un convento monjas polacas, que han sido violadas por las tropas soviéticas, están, ahora, embarazadas. Las inocentes del título. La historia se basa en hechos reales, contados, a su debido momento, por la médica.


Anne Fontaine (Coco antes de Chanel , 2009, Adoration /Madres perfectas, 2013, Gemma Bovery/La ilusión de estar contigo) hace dos películas en una, la primera mucho mejor que la segunda. Durante los primeros 50 minutos deja que la historia se imponga con su sequedad, con su contundencia sin agregados ni subrayados. No hay música incidental, la que se oye es la lógica, si van a un club a bailar es la del grupo del lugar la que se oye, o si estamos en la capilla escuchamos solo el canto de las monjitas. No hay regodeos en la reconstrucción de época ni encuadres preciosistas. La emoción surge con naturalidad. Sin embargo, algo pasó en la sala de edición. Decidieron entonces recurrir a los trucos habituales de la manipulación al público. Comienza la lacrimógena música incidental, se imponen los subrayados, se multiplican las obviedades. Una pena porque la historia tiene una fuerza que no necesitaba adornos. Además el guión se preocupa por dar la mayor cantidad de puntos de vista posibles, ofrecer aristas relevantes y reveladores de los personajes, contrastar por ejemplo el comunismo práctico y ateo de la médica con los fundamentalismos religiosos que padecen algunas de las monjas, no todas, porque las hay también pragmáticas, curiosas o flexibles ante la terrible experiencia que les tocó en suerte. Es muy interesante comprobar cómo el guión ilustra personajes y conductas sin caer en didactismos ni demagogias.


La improbable amistad entre la médica Mathilde (Lou de Laâge) y la monja Mary (Agata Buzek) encuentra en las actrices mencionadas una dinámica tan reveladora como conmovedora. La gran Agata Kulesza (la tía de Ida, Pawel Pawlikowski, 2013) perfila la madre superiora con todos los matices a su alcance, que no son muchos sino casi infinitos. El médico que hace Vincent Macaigne sabe hacerse odiar y caer simpático, a la vez o sucesivamente, un logro nada menor.


En resumen, una historia profunda que a pesar de las concesiones innecesarias al cine habitual de masas se vuelve inolvidable. Muy recomendable.

Gustavo Monteros

jueves, 6 de octubre de 2016

Un traidor entre nosotros

En un principio su novelística se concentró en los soterrados enfrentamientos de la Guerra Fría con sus bandos bien diferenciados, de un lado La Rubia Albión con su socio obligado, el Tío Sam, y del otro La Madre Rusia. Agotada que fue la vertiente, más la caída del Muro de Berlín que volvió obsoleto su mundo anterior, John Le Carré amplió sus horizontes y resaltó las diferentes formas internacionales de la plutocracia que se sobreimponen a las democracias y nos señaló que las compañías farmacéuticas, por ejemplo, nada tiene que envidiarle a las mafias o los carteles narcos, hasta pueden ser incluso más dañinas. Su esquema novelístico comenzó a usar inocentes que quedan en el centro de la puja entre intereses poderosos, generalmente los de la Inteligencia Británica y los antagonistas de turno, mafias varias, lavadores de dinero, empresas armamentísticas, etc.


Esta vez, los inocentes son una pareja, Perry (Ewan McGregor) y Gail (Naomie Harris) en vías de recomposición de una relación que se sabe dañada y que buscan reencausarla en una paradisíaca Marruecos. La casualidad hace que se topen con un mafioso ruso, Dima (Stellan Skarsgard) que necesita hagan llegar a la Inteligencia Británica un pendrive con información confidencial, que bien podría valerle a él y su familia asilo en Gran Bretaña, algo que deberá negociar Hector (Damian Lewis), que así  podría hacerle pagar a su exjefe, Aubrey (Jeremy Northam) una afrenta muy personal.


A contramano de anteriores logros de Le Carré, la trama no es perfecta. Las motivaciones de algunos personajes tienden a la endeblez extrema, hay giros argumentales que exigen más de un salto de fe y ciertas resoluciones son harto discutibles. En el guión, al menos, el conflicto entre Hector y Aubrey está más vociferado que desarrollado, nunca se entiende demasiado por qué Perry y Gail están tan dispuestos a arriesgarse por Dima y su familia, se vislumbran razones que jamás se explicitan, y demanda una gran suspensión de la incredulidad que gente tan paranoica soslaye que adolescentes y teléfonos celulares van en tándem y ni se les ocurra secuestrárselos o pedirles que no los usen.


El elenco es parejo y efectivo, aunque sobresale el gran Stellan Skarsgard como el patriarca ruso, su labor se agiganta en comparación con lo conseguido en la imperdible serie River que puede verse en Netflix. El contraste entre estos dos personajes tan dispares revela la inmensidad de su talento.


Dirigió con esmero Susanna White de gran experiencia en la televisión, lo que tomando en cuenta la excelencia que alcanzó en los últimos tiempos la ficción televisiva no es poco aval. La trama pasea sus personajes por Marruecos, Londres, París, Berna entre otras atractivas locaciones, algo que siempre suma.


En resumen, si se está dispuesto a ser crédulo y dejarse llevar sin exigir rigores argumentales, entretiene. No es poco, ostenta debilidades, pero no insulta la inteligencia.


Gustavo Monteros

La lección

La lección (Urok, 2014, en el original) de los búlgaros Kristina Grozeva y Peter Valchanov exhibe muchas de la virtudes del cine de autor aunque también muchas de sus falencias.


Como su título lo preanuncia una moraleja está implícita. En las narraciones, las lecciones aprendidas implican siempre una moraleja. Esta puede surgir naturalmente de lo que se cuenta o estar sobreimpresa de antemano a lo que va a narrarse. La lección habita el segundo caso. La historia es prácticamente una tesis a corroborar.


Todo arranca con una docente de inglés, Nadezhda (Margita Gosheva) que debe resolver un robo de dinero en su clase. Como buena docente, se cree imbuida de una moralidad indiscutible y al no denunciarse el autor, organiza una vaquita para restaurarle lo perdido a la víctima. La trama se empeñará en demostrarle que está mal sentirse superior ante quien tiene la necesidad de robar. Para empezar, al llegar a su casa, sabrá que su marido no estuvo pagando la deuda con el banco y van a proceder a rematarle la casa.


Como en muchas películas de autor se prescinde de la banda sonora y la cámara más que seguir acosa a la protagonista. Muchas escenas están trabajadas hasta los últimos detalles, herramientas que nos hace involucrarnos con los que se cuenta. Entre las falencias se hallan las resoluciones caprichosas que exigen una infinita suspensión de la incredulidad, la psicología de algunos personajes que de tan estrambótica requeriría la escritura de nuevos tratados sobre el comportamiento, y el poner en puntos suspensivos los aspectos más inverosímiles, dejando en escena solo sus consecuencias, algo que en el cine comercial se considera vagancia, pero que en el de autor se lo denomina peculiaridad, y el callar razones que solucionarían el conflicto de inmediato, como por ejemplo por qué no decirle a la cajera que exige los tres centavos que faltan el motivo por el que debe hacer la transferencia nimia. Además de abusar del poder de demiurgo que tiene todo creador y someter a sus personajes a atroces arbitrios.


Margita Gosheva es una actriz soberbia y hace congruentes algunas dudosas resoluciones del guión sobre su personaje.


En resumen, sin ser una maravilla, se deja ver, se sigue con interés y promueve más de una bienvenida discusión.

Gustavo Monteros

jueves, 15 de septiembre de 2016

Le nouveau

El  pobre de Benoît (Réphaël Ghrenassiano) no las tiene todas consigo. Su familia se acaba de mudar del campo a la ciudad, que no nada más ni nada menos que París, y a Benoît le está costando mucho integrarse, hacer amigos en su nueva escuela. Quiere pertenecer, o sea formar parte del grupo más popular, más cool, que de eso se trata el juego de los estratos de poder, porque cualquiera puede asimilarse a los nerds, los marginados, los desclasados, en todo momento. Los chicos cool lo ponen a prueba y Benoît no la pasa. Tendrá, eso sí, un breve momento de gloria. Entre las recientes adquisiciones a la clase, está Johana (Johanna Lindstedt), una sueca nada rubia, aunque no por eso menos bonita, que lo tomará como amigo. Sin embargo, una imprevista tardanza hará que Johana se integre al grupo cool y sin querer lo deje de lado. Un tío, medio tarambana, ex DJ, le sugerirá aprovechar que los padres se marchan por el fin de semana y dar una fiesta a lo grande, o sea con alcohol incluido, y entonces…


The nouveau / El novato, primer largometraje del actor Rudi Rosenberg, es un film luminoso, optimista, distendido. Va detrás de una pequeña peripecia y la cuenta con alegría y ternura. Como todo cuento de crecimiento se centra en descubrimientos. La verdad no está en las formas, en las apariencias sino en lo que se siente.


Si bien el relato se centra en Benoît, los personajes secundarios no se opacan y cuentan también sus historias. Por implicancia, muchas veces, que es también una buena forma de contar. Habrá primeros besos, casi robados por lo rogados, que a la postre sabrán a delicia. Desengaños amorosos que dolerán mucho por ser los primeros, pero que superarán pronto, porque se está entre la niñez y la pubertad y no es cuestión de sentarse a sufrir y perderse el resto del verano.


La llegada del invierno mostrará que las cosas están en su lugar y el que no canta, se embroma, se la pierde.


La sencillez y la luminosidad de la propuesta impiden la mirada cínica que podría hallar, entre tanto niño y hasta gags con perros, una explotación de los dulzores de la inocencia que empieza a abandonarse.


Quizá en el fondo sea la venganza de unos ex-nerds. Si así fuera, se desmiente lo de que es un plato frío, este tiene la tibieza justa que agudiza todos los sabores.

Gustavo Monteros


jueves, 8 de septiembre de 2016

Amor y amistad

Dado que las novelas mayores de Jane Austen (Sensatez y sentimientos, Orgullo y prejucio, Mansfield Park, Emma, La abadía de Northanger, Persuasión) ya tienen su correlato audiovisual en cine, teatro y televisión (en algunos casos, más de una vez) es hora de que los relatos menores, en tamaño y logros, hallen el suyo. Puesto, además que sus tramas, entre otras cosas, se centren en el apareamiento perfecto, comienza a darse el perfecto maridaje entre material y director. Pero vayamos por partes.


Amor y amistad se basa en una novela corta primeriza de Jane Austen, Lady Susan, publicada, sin embargo, póstumamente. Dice la contratapa de una edición en español: “Su protagonista, lady Susan Vernon, es un personaje memorable: una viuda todavía joven (treinta y tantos), de gran belleza e inteligencia, pero cuya apariencia encantadora, amable y seductora oculta una personalidad egoísta, manipuladora, mentirosa, fría, falsa y despiadada.” O sea, en criollo, una reverenda hija de su madre. O, como comprenderemos más tarde, una superviviente. La señora no tiene donde caerse muerta, debe hallar rápido marido rico para ella o su hija, o perderse en el abismo del hambre y la pobreza. Por ahora vive de “visitante”, impone su presencia en las mansiones de sus parientes más afortunados y se ahorra manutención, servidumbre y demás gastos, mientras puede simular todavía su endeble pertenencia a una clase social privilegiada. Y aunque es moralmente reprensible todo lo que hace, nos fascina con la impunidad con que manipula voluntades, sin importarle las consecuencias. Seamos sinceros, todos, alguna vez, fantaseamos con liberarnos de los preceptos morales que nos fueron inculcados y actuar con irrestricta inmoralidad, por eso nos seducen estos personajes que se comportan como si nada, y perdón por la repetición, como unos reverendos hijos de mala madre.


Continuemos con la contratapa: “Lady Susan llega a Churchill, a la mansión de campo del señor Vernon, el hermano de su difunto esposo, para refugiarse del escándalo provocado por sus recientes coqueteos con un hombre casado en Langford. Aunque es recibida con prevención, sobre todo por su cuñada, la señora Vernon, la cautivadora lady Susan logra engañar a (casi) todos, logrando conquistar al joven Reginald mientras trama la boda de su hija Frederica con un hombre al que ella detesta...”


Este resumen nos ayudará a sortear con buena fortuna el primer tramo de la película, que puede parecer confuso para el espectador desprevenido, quien debe también sortear el aparentemente farragoso modo de hablar de los personajes. Superados estos escollos primerizos, el resto es puro placer.


Whit Stillman (Metropolitan, 1990, Barcelona, 1994, Los últimos días del Disco, 1998, Chicas en conflicto, 2011) demuestra ser un candidato ideal para trasladar el mundo de Jane Austen al cine. El señor, muy sofisticado y educado, que pertenece a la clase alta y adinerada retrató, en sus películas, en clave de comedia de costumbres, los vaivenes de jóvenes privilegiados, que si dejamos al margen el origen de sus fortunas (no es que exprese mi resentimiento de pobre a través de veleidades marxistas, porque hoy ya es una verdad de Perogrullo que no hay fortuna bien habida, en la historia de las riquezas más temprano que tarde nos encontramos con imperdonables chanchullos, la ética y la riqueza son enemigas naturales) son iguales a nosotros de inseguros, neuróticos y sufrientes de desamor o falta de sexo.


Stillman, como Austen, manejan la ironía, el sarcasmo incluso, pero no caen en el cinismo, que puede ser muy divertido en un principio, pero que termina por deshumanizar trama y personajes. De allí que digamos que son tal para cual, casi un Mr Darcy y una Elizabeth Bennet.


El elenco es tan parejo como brillante, lo que no impide que sobresalgan Kate Beckinsale (Lady Susan Vernon) y Chloë Sevigny (Alicia Johnson), deliciosas actrices que ya estuvieron en otro Stillman y que aquí grafican la amistad del título.


Stillman interviene a veces la acción con fotos e intertítulos que remiten tanto al melodrama del siglo XIX como al cine mudo, no los describo para no quitarles diversión.


Y la pregunta del millón halla su respuesta… otra vez. ¿Por qué en un mundo cambiante con (¡gracias a todos los cielos!) familias de todo tipo y parejas de diversos plumajes, Jane Austen sigue vigente? Sencillo: la tensión sexual no ha muerto, ni la política de las relaciones y menos que menos la estupidez de querer y no animarse.


Gustavo Monteros

jueves, 1 de septiembre de 2016

Café Society

Acabo de verla y un poco camino por los aires dominado por el romanticismo que emana.


Es una historia de amor. Es también una saga familiar. Y por momentos una novela epistolar. Es también el homenaje a dos ciudades en su esplendor: Los Ángeles y Nueva York. En un principio es el año 35 o 36 porque pueden verse en el cine Swing Time con Ginger y Fred o The woman in red o La vestida de rojo con Barbara Stanwyck. Es el principio de la era dorada de Hollywood. La gran era del jazz en New York. El apogeo de los grandes clubes como Ciro’s, Mocambo, el Trocadero en Los Ángeles. O el Morocco, el Stork Club o el Copacabana en Manhattan. El Café Society del título tiene un poco de todos estos míticos night-clubs.


Todo está sazonado por buenas réplicas, situaciones construidas con astucia, personajes singulares y todo regado con el mejor de los vinos o sea la música y la letra de los Gershwin, de Rogers and Hart, Dorothy Fields and Jerome Kern, de Johnny Mercer and Harry Warren. Más algún Manisero contagioso.


En su entrada Steve Carrell está peinado, maquillado, iluminado y enfocado para evocarnos a Edward Everett-Horton, gloria de la comedia de la época. Kristen Stewart con su cintura mínima luce esplendorosa con vestidos iguales a los que llevaban por entonces Joan Crawford o Barbara Stanwyck. En la escena en la que le muestra a Jesse las casas de las estrella, su largo talle en esos shorts cortones, cortones que fueron los antecedentes de la minifalda, camisa entallada de dos bolsillos, zapatos Guillermina con medias zoquetes blancas y una cinta con moño en el pelo no es para corazones débiles. Deberían dar pastillas sublinguales o advertencias de infarto a la entrada.


Y puede que Kristen Stewart no sea la nueva musa de Woody, como lo fueron últimamente Scarlett (Johansson, claro, ¿hay otra?) o Emma (Stone, of course, ¿podemos hablar de otra Emma, acaso?, ¡que la boca se nos haga a un lado!), no, Kristen, como Cate (Blanchett, bueno, Cate con C, hay una sola que valga la pena) se perfila como chica de una sola película, pero ¡qué personaje le dieron!, y ¡cómo lo resuelve! Si no estuviera enamorado de Kristen hasta el infinito y más allá, con esta película me enamoraba de nuevo hasta la luna ida y vuelta. No quiero contar mucho para no spoilear, pero Kristen le pone algo de heroína de Chejov a su papel, y le da una trascendencia casi cósmica a la cuestión. Y uno se pone a delirar con el sentido del destino y con dónde va el amor correspondido y el no correspondido y el por corresponder.


Y el personalísimo Jesse Eisenberg se anima a ser ingenuo, bobo, bah y en un tiempo en el que todos los actores bajan 14 octavas de su voz para ostentar un vozarrón grave de cuádruple dosis de testosterona, no tiene problema en hablar como un tenor ligero al que le aprietan el escroto. Y cuando ella entra a su club nocturno y todos decimos Casablanca y nos repetimos “De-todos-los-tugurios-de-la-Tierra-tuvo que-entrar-a-este”, Jesse, de saco blanco, no juega a ser Humphrey sino Jesse, toda una prueba de coraje.


Steve Carell vuelve a demostrar que es un actor todo terreno, al que se le puede pedir lo que sea. Y la bellísima Blake Lively (Verónica) ostenta esa mezcla de sensibilidad y sensualidad que llevó a Scarlett a la fama imperecedera en Perdidos en Tokio o Lost in translation.


Todo está bañado de dorado, como corresponde, en la luz del gran director de fotografía, y nos ponemos de pie y hasta le cantamos el himno, Vittorio Storaro.


Son 96 minutos de dicha inexorable. Como en todo lo que hace Woody hay constantes citas al cine clásico, lo que le agrega alegría a la fiesta que gozamos todos los que fuimos deformados por el Hollywood de la Edad Dorada, pero aunque se hubiera tenido la suerte de haber nacido ayer y se desconociera todo sobre lo que salió del valle dominado por la colina con el cartel Hollywood, igual disfrutaría esta maravilla, porque una joya es una joya y no se necesita saber nada para disfrutar de su belleza.


Gustavo Monteros

jueves, 25 de agosto de 2016

Testigo de cargo


Si todos los caminos conducen a Roma, la semana pasada me crucé con un  par de detalles que, con exageración, podrían llevarme a decir: todos los caminos conducen a Testigo de cargo. Por un lado, el domingo vería por segunda vez, aprovechando que se presentarían en el Coliseo Podestá, el hermoso musical de Fernando Albinarrate, Ni con perros ni con chicos, protagonizado por Omar Calicchio y Laura Oliva, que cuenta la historia de amor de Charles Laughton y Elsa Lanchester y que incluye un momento en que juegan a improvisar la primera escena de Testigo de cargo. Y por otro, leí por ahí que Ben Affleck protagonizará y dirigirá la remake de esta joya de Billy Wilder. De modo que reverla era casi un mandato cósmico.


Testigo de cargo es, con dignidad y orgullo, una película de género. Es un ejemplo perfecto del courtroom melodrama, es decir un melodrama judicial con jurado, defensor, fiscal y juez, y puesto que transcurre en Inglaterra, los tres últimos llevan blanca y empolvada peluca ruluda, más negra y larga toga. Se basa en una astuta obra de teatro de Agatha Christie, que como todo lo que salió de su imaginación plantea un rompecabezas que se arma y desarma a la perfección. Y por si las virtudes del material original fueran pocas, el sabio director y maestro entre maestros, Billy Wilder, y el experimentado guionista Harry Kurnitz procedieron a enriquecerlo aun más para su versión cinematográfica.


El prestigioso abogado, Sir Wilfrid Roberts (Charles Laughton) se repone de un infarto. Lo deshospitalizaron, pero todavía no le dieron el alta, motivo por el cual está al cuidado de la severa enfermera, Miss Plimsoll (Elsa Lanchester). Brogan-Moore (John Williams) su socio lo consulta sobre un caso que le ha tocado en suerte. A Leonard Vole (Tyrone Power) lo acusan de asesinar a una viuda rica, Emily French (Norma Varden) por dinero. Si no demuestra su inocencia, será ejecutado. Sir Wilfrid, a pesar de su convalecencia, tomará el caso. La esposa de Vole, Christine (Marlene Dietrich) será quien justifique el título de la película.


Como en todo buen courtroom-melodrama, las sorpresas, las revelaciones y los giros abruptos motorizarán la trama con sus idas y vueltas.


Lo primero que apreciamos (y que extrañamos en el cine contemporáneo) es la importancia que cobran y el color que aportan los personajes secundarios. Durante su apogeo, los grandes estudios contaban con un ejército de actores “característicos” que con sus peculiaridades contribuían a garantizar la empatía, pathos o simpatía para sus personajes y para los principales con los que se relacionaban. A veces sellaban el éxito de un proyecto mejor que los rutilantes astros y estrellas. Podían ser mucamas, mayordomos, socios, compañeros de trabajo, jefes de los protagonistas, pero nunca pasaban desapercibidos. Tal era su relevancia que los guionistas se veían obligados a escribir líneas punzantes o concebir situaciones jugosas para explotar sus talentos. Aquí, quien se lleva las ovaciones es Una O’Connor, la sorda mucama de la pobre Sra French. Hoy en día, los secundarios quedan librados a su suerte, de vez en cuando se contrata actores de personalidad definida para que aporten su presencia, aunque nadie se preocupa demasiado para garantizarles buenas líneas o situaciones interesantes.


Como ya dije, Billy Wilder era un maestro entre maestros y sabía como pocos dónde y cómo poner la cámara. Ante todo era consciente del género al que pertenecía la película en la que trabajaba y obraba en consecuencia. El courtroom melodrama lo que expone es que la justicia es maleable y que la verdad en un juicio no importa, importan más las apariencias, lo que puede pasar por cierto, los códigos de la verosimilitud, la lógica del espectáculo en realidad (que con buen cinismo el abogado del musical Chicago, Billy Flynn, expresa en su canción: A la gilada dale circo, dale un lindo show). Es casi un tropo en estas películas mostrar la estatua de la justicia cuando comienzan los procesos judiciales. Billy Wilder cumple con la tradición, pero su estatua está siendo limpiada por un obrero… humanización o desacralización de la diosa si las hay, con esa sola imagen nos dice qué opina de lo que vendrá, una teatralización que hará inclinar la balanza para un lado u otro, según la artificialidad más eficiente.


Ninguna película por buena que sea (y esta vive en la excelencia) sobrevive sin el arte de sus actores. Aquí aunque el cuarteto principal brilla, es Marlene Dietrich la que lo hace con excelsitud, brinda una de sus actuaciones más recordadas. Con toda justicia, el veredicto es unánime: maravillosa.


Testigo de cargo o Witness for the prosecution puede verse en Netflix.


Gustavo Monteros

jueves, 18 de agosto de 2016

El pulso

El pulso (Cell, 2016) es de esas películas ante las cuales uno se pregunta… ¿para qué?, ¿por qué? O sea, ¿para qué la hicieron?, ¿por qué salió tan mal? La idea no es mala (quizá ninguna lo sea, lo que cuenta es lo que se hace con ellas). Se basa en una novela de Stephen King, en la que el prolífico novelista expresa su odio por los telefonitos. Al menos el que sentía en 2006, ahora no sé, puede que se haya reconciliado con la telefonía celular. Tecnofobias aparte, su resentimiento en el papel era bueno, en celuloide no tanto.


En el aeropuerto de Boston, un soleado día, Clay Riddell (John Cusack) un autor de novelas gráficas, alejado de su familia, física y sentimentalmente, atestigua como una extraña descarga, llamada luego “el pulso”, fríe (y no es una metáfora) los cerebros de los que están usando un celular en ese preciso momento, quienes se transforman en una especie de zombis (sin el maquillaje mantecoso de los que pululan por The walking dead) y que pasan a atacar con inusitada violencia a los que no “evolucionaron”. En su accidentada salida del aeropuerto, Clay se topa primero con Tom McCourt (Samuel L Jackson) un conductor de subtes, después con Alice (Isabelle Fuhrman), una vecina, y más tarde, ya en plena huida, con Charles Ardai (Stacy Keach) un director de escuela y el único alumno que le queda, Jordan (Owen Teague). Después, claro, aparecerá más gente, pero ese es otro cantar.


Como en toda historia de supervivencia, los personajes más que tener un retrato, un perfil, ostentan solo un rasgo colorido, una pulsión. Y por no tener desarrollo psicológico alguno dependen de ese matiz para despertar empatía. A decir verdad, aquí, poca o ninguna según el caso. La historia avanza a los tropezones y se subraya un defecto que sobresalía en la novela, los personajes sacan conclusiones sobre lo que pasa con los “cambiados” de la nada, porque sí, o porque algo hay que elucubrar.


John Cusack (también productor) y el gran Samuel L Jackson hacen uso y abuso de su carisma para disipar un poco el tedio… sin vencerlo del todo. Stacy Keach, figura señera de los setenta, aporta nostalgia por su glorioso pasado. Y el casi niño Owen Teague lucha por hacerse de un rincón en el cine.


Dato curioso: el mismísimo Stephen King es co-guionista de este desaguisado. ¿Por qué, querido Stephen?, ¿qué necesidad había?


Lo único que quizá subsista sea la escena de la “transformación” con gente que convulsiona, que echa espuma por la boca, descerraja balazos, acuchilla, reparte golpes contundentes por las cabezas, cosas así, más la perla del policía que muerde el perro (policía, claro) que lo acompañaba en la primera escena. No es particularmente ridícula, pero con buena voluntad es risible.


Dirigió Tod Williams (The adventures of Sebastian Cole, 1998, Una mujer infiel/The door in the floor, 2004, buen dramón con Jeff Bridges, Kim Basinger y Elle Fanning, Actividad Paranormal 2, 2010)


Para ver en una desolada, lúgubre y lluviosa tarde de domingo en la que las únicas opciones son esta película o un documental semiótico sobre la vacuidad de los discursos de Mauricio Macri.


Gustavo Monteros 

viernes, 12 de agosto de 2016

jueves, 4 de agosto de 2016

Matar a un ruiseñor


El tiempo no respeta nada. Es cruel. Arrasa, desbanda, devora. Todo decae, se arruga, se apergamina.  Pierde color, brillo, brío. No hay fuerza, empuje, voluntad que resista. El tiempo tropella, aplana, desluce. Nada queda igual. Nada se parece a como era. Arremete, destruye, apelmaza. No se detiene ante nada. Ni ante las películas.


Sí, las películas envejecen. Como todos, todas, todo. No hablo de los aspectos técnicos, esos envejecen por hora. Ni del tratamiento de las temáticas. El amor será amor, aunque cambien los volados. No, envejecen cuando callan, cuando se secan, cuando ya no tienen nada que decir. Cuando son solo una escenografía ajada, sucia, rota, que apenas se sostiene en pie. Cuando se han muerto y no lo saben. No hay nada más triste. Confundir la muerte con la vida, creer que son lo mismo, no saber. No conjugar la diferencia.


Ante las películas que amamos, pasado un largo rato, uno tiene miedo de volver a verlas. Es como ante alguien que amamos mucho y que no volvimos a ver. ¿Queremos de verdad comprobar cómo el tiempo ha deteriorado su cara, quebrado la línea de su espalda, debilitado sus rodillas, le ha puesto opacidades a su pelo, temblores a sus manos, desteñido los ojos, fustigado la voz y castigado las sonrisas? No, en realidad, queremos volver a ver ese alguien y que sea igual a como era, y en el fondo que nosotros seamos como éramos. Queremos vencer al tiempo, que el recuerdo no sea recuerdo, sino ahora. Ahora, ahora. Es triste, no hablo de admitir el error, la derrota, eso se asume fácil. Lo triste es ser juguete del tiempo y saber que nos ha tirado, nos ha dado por inútiles, nos ha olvidado. Eso es lo triste, que el tiempo te olvide. Eso es la muerte.


Vi Matar a un ruiseñor por Canal 9, en la televisión de 5 canales, en un televisor de blanco y negro, claro, una noche perdida de los setenta tempranos. Ya no era un chico, pero no hacía mucho que había dejado de serlo, aunque ya me creía más perspicaz que todos los adultos que me rodeaban, porque tenía la temeridad de tener una vida por delante.


Y me gustó mucho. Quizá sea una película ideal para adolescentes. Uno ve el cuento a través de los ojos de Scout, pero uno se da cuenta de lo que ella no, porque ya no somos chicos, ya somos grandes. Bueno, quizá no, pero adolescentes sí.


Hay dos misterios en la película. El del juicio que tiene al padre de Scout (Mary Badham), Atticus Finch (Gregory Peck) como abogado defensor y el de Boo Radley (Robert Duvall) que vive oculto en la casa lúgubre. Como en un juego, serán testigos del primero, y en peligro, resolverán el segundo.


Esta  película de 1962 se basa en una celebrada y muy popular novela de Harper Lee (se la creía autora de esta sola novela hasta hace un par de años, en que apareció mágicamente un manuscrito perdido, supuestamente escrito antes, aunque de una continuación de la historia, la autora ya muy mayor no podía ser consultada y no hay acuerdo definitivo sobre la certeza de su autoría). Entre otras cosas, es un alegato contra la segregación y el racismo. Dirigió Robert Mulligan (El gran impostor, 1961, Desliz de una noche/Love with a proper stranger, 1963, Verano del 42, 1971, El otro, 1972, A la misma hora, el año que viene, 1978). Le significó por fin el Óscar como mejor actor protagónico a Gregory Peck después de cuatro nominaciones fallidas: Las llaves del reino (John M Stahl, 1944), El despertar/The yearling (Clarence Brown, 1946), La luz es para todos/Gentleman’s agreement (Elia Kazan, 1947) y Almas en la hoguera/Twelve O’Clock High (Henry King, 1949). Técnicamente si bien todo gira alrededor de su personaje, es casi una actuación de reparto, los chicos ocupan la mayor parte del metraje, y más allá de la impecabilidad de su actuación, en el fondo solo Peck podría haber interpretado a Atticus, todo actor arrastra su pasado actoral, las imágenes de actuaciones anteriores, y él traía aparejada toda una prosapia de personajes tan humanos como íntegros. Mary Badham, de 10 años, interpretó a Scout, la auténtica protagonista, no haría carrera y se retiraría después de 6 trabajos a los 14 años. Philip Alford, de 14 años, hizo de su hermano mayor, Jem, tampoco haría carrera, se retiró a las 24 años, después de 8 trabajos. John Megna, también de 10 años hizo de Dill Harris, el vecino amigo de  los chicos que viene a la locación ficcional donde trascurre la historia para pasar las vacaciones. Se dice que la historia tiene fuertes trazos autobiográficos y el personaje de Dill supuestamente se basa, nada más ni nada menos que en Truman Capote. John Megna haría carrera, pero su vida culminaría a los 42 años, sesgada por el SIDA. Boo Radley fue un hito en la carrera de Robert Duvall, sin embargo tuvo que esperar 10 años para quedar indeleble en la memoria del público con su Tom Hagen, el abogado de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972).


Matar a un ruiseñor envejeció bien, luce sabia y donosa. Yo, no sé. Quiero creer que sí.


Matar a un ruiseñor/To kill a mockingbird puede verse en Netflix.


Gustavo Monteros