viernes, 17 de abril de 2015

Big eyes



Estimado Tim  Burton, espero que te hayan pagado bien por estos Ojos grandes. ¿Sabés qué? Los directores de cine tendrían que hacer como los novelistas, que cuando escriben algo que no está a la altura de sus antecedentes o que no refleja la visión literaria que se han forjado, usan un seudónimo. Está bien, está bien, todas las gacetillas y las notas de prensa aclaran que Ojos grandes nada tiene que ver con tu estilo, pero para ir al cine no es imprescindible leer tratados sobre lo que se va a ver y más de uno al ver tu nombre en el afiche va a creer que tiene que ver con tu estilo. Vos tenés la suerte de ser uno de los pocos que logró convertir su nombre en una marca, se dice Tim Burton y a uno le vienen los Beetlejuice, los Batman (de cuando el ahora resucitado Michael Keaton era tu actor fetiche), El joven manos de tijera (que inauguró tu período Johnny Depp), Ed Wood, Marte ataca, La leyenda del jinete sin cabeza, El gran pez, Charlie y la fábrica de chocolate, Sweeney Todd y las animadas El cadáver de la novia y Frankenweenie, o sea tu mundo, el que aprendimos a apreciar y a querer. Claro, también hiciste El planeta de los simios, mirá, esa es una buena para poner en el afiche: del director de El planeta de los simios llega Ojos grandes, así al menos uno tendría una pista de lo que nos espera.


Ojos grandes trata del matrimonio de la pintora Margaret Keane (Amy Adams) con Walter Keane (Christoph Waltz), de cómo ella llegó a crear esos cuadros de niños con ojos inmensos, de los cuales tendríamos que haber sido marcianos para no chocarnos con ellos de tan populares que fueron, de cómo permitió que Walter dijera que los había pintado él y de cómo después recuperó la autoría. Podríamos decir que es una película biográfica, pero no lo diremos porque sería ofender a tu Ed Wood, una de las cumbres del género. Es apenas un dispositivo visual correcto, sin imaginación ni vuelo, por momentos torpe (como cuando intenta explicar por qué ella lo deja decir que él es el autor) o francamente malo (como cuando él comienza a tirar fósforos).


Amy Adams y Christoph Waltz, que no podrían estar mal ni aunque quisieran, están apenas bien, un poquito arriba del profesionalismo, pero no mucho. Aparecen por ahí Krysten Ritter (que fuera el amor de Jesse Pinkman o sea Aaron Paul, en la inconmensurable serie Breaking bad), el siempre rendidor Jason Schartzman y los venerables veteranos Danny Huston, Terence Stamp y Jon Polito.


En resumen, apenas el equivalente visual de un artículo de una revista dominical. 

Gustavo Monteros

miércoles, 1 de abril de 2015

Ave Fénix



El melodrama de pura cepa es un género en vías de extinción. Las estrellas modernas, cuando juegan a ser divas, eligen para lucir las dotes dramáticas y el gran vertimiento de lágrimas dramas más realistas, con enfermedades o sin ellas. Las estrellas de antaño, en cambio, habitaban el melodrama como una segunda casa. Casi sin esfuerzo, podían sufrir con estilo suntuoso, con gracia renovada, con intenso glamur las tramas más rebuscadas sin perder por el camino a ningún espectador, o más bien, espectadora, porque el melodrama tenía a la mujer como principal destinataria. Lo del rebuscamiento de la trama no es un tema menor, los desencuentros fortuitos, las casualidades repentinas, las perdiciones irrevocables, las redenciones más accidentales estaban a la orden del día. Por ejemplo, si una mujer pobre para bien casarse con un hombre rico dejaba su beba de meses en la puerta de un convento, veinte años después, necesitada de una secretaria o dama de compañía, entre todas las posibles aspirantes, contrataba a la hija perdida. Los autores huían de la verosimilitud como de un sacrilegio. Y sin embargo cuanto más improbable fuera la situación, mejor funcionaba. El público no solo aceptaba tan enrevesadas convenciones, sino que las tomaba como la intromisión de un destino cruel siempre dispuesto a cobrar su parte. Y ya se sabe, desde la tragedia griega en adelante, nada compele más a la compasión que el ensañamiento de un destino inmisericorde empeñado en no olvidar errores.


Christian Petzold (Jericó, 2008, Bárbara, 2012) no se anda con vueltas y trabaja Ave Fénix como un melodrama. Quizá el género lo ayuda a tratar un tema espinoso: la complicidad civil con el nazismo. Parte de una vieja novela de Hubert Monteihet, Regreso de las cenizas, que ya tuviera otra adaptación cinematográfica dirigida por J Lee Thompson: Return from the ashes / Una llamada a las doce, 1965. La ficha de Filmaffinity me refresca la memoria con esta sinopsis: "Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la doctora Michele Wolf (Ingrid Thulin) regresa de un campo de concentración y se encuentra ante un panorama desolador: la hija de su primer matrimonio (Samantha Eggar) se ha convertido en amante de su segundo marido (Maximilian Schell). Casi irreconocible, tras sufrir una operación de cirugía plástica, Michele investiga la vida de su familia y acaba descubriendo que su actual marido planea matarla a ella y a su hija para quedarse con su fortuna." Sabrá Dios de qué va la novela original en realidad, porque si el film de Thompson respeta con más o menos fidelidad el argumento, ahora Petzold solo utilizó la situación inicial.


En Ave Fénix, Nelly (Nina Hoss) ha sobrevivido a Auschwitz, con la ayuda de Lene (Nina Kunzendorf) se instala en Berlín. Por tener el rostro desfigurado debe someterse a una cirugía plástica, le pide al médico recuperar su antigua cara. Libre de las vendas, busca y encuentra a su ex marido, Johnny (Ronald Zehrfeld), quien no la reconoce y le pide que interprete a su ex mujer (o sea a ella misma, suprema ironía) para cobrar las herencias legadas por los parientes que perecieron en el holocausto.


Petzold es un arquitecto de la tensión, no ornamenta la sencilla trama sino que la tensa hasta que uno ansíe una resolución que, cuando llega, es magistral. Porque si es cierto que la verdad está en los detalles, la simpleza conmociona más con su despojamiento.  Por supuesto que para que el juego sea perfecto como es, necesita de la complicidad y el talento de los actores. Del primero al último están magníficos, pero es el trío central el que arma y desarma los secretos con envidiable despliegue de expresividad. Imposible no destacar que Nina Hoss está a la altura de las grandes cultoras del género. Uno comparte su destino primero y la ama después sin reservas ni fin.


En el transcurso del argumento, la bellísima canción de Kurt Weill, Speak low, con letra no menos hermosa de Ogden Nash, tiene una particular significación. Y como Weill es una de mis debilidades más cultivadas, que esta canción pautara la historia me regocijaba indeciblemente.


En resumen, si usted es un espectador sensible y adulto con hambre de cine sensible y adulto, sáciese con esta maravilla, sin duda uno de los mejores filmes que veremos este año.
 
Gustavo Monteros

Leviatán



Sí, Leviatán es la película rusa nominada para el Óscar que compitió con nuestros Relatos salvajes. Sí, es también la película que enojó al oficialismo ruso porque presenta una visión negativa de la realidad contemporánea. La Madre Rusia, oficial u opositora, no debería perturbarse, porque si bien se circunscribe al país de las estepas, presenta una visión negativa de la humanidad. Sí, tiene el mensaje más desolador sobre el ser humano en años. Algo así, como que el demonio marítimo del título nunca se ha ido, vuelve una y otra vez, para ratificar que el hombre fue, es y será una mierda.


Poco es lo que puede contarse de su argumento para no arruinar sorpresas. Bástenos decir que un hombre viudo, con un hijo y una nueva mujer a cargo, lucha para que no expropien la casa y el terreno donde viven porque el intendente (ningún trigo limpio) quiere erigir ahí un centro comercial. La batalla parece estar perdida, sin embargo…


Leviatán de Andrey Zvyagintsev (El regreso, 2003, Elena, 2011) es una gran película, pero no impecable. Su grandiosa puesta en escena cae más de una vez en solemnidades y arrogancias, está demasiado consciente de su importancia, o más bien de la importancia que se atribuye. Algunos conflictos están desmadrados, la reacción del hijo ante el sexo es muy Libertad Lamarque para resultar plausible. Mi visión es discutible, por supuesto, puedo no tener razón, pero el planteo es más que atendible. Hay unos cuantos letargos parsimoniosos que no aburren en lo más mínimo, pero que suman y suman y suman minutos al metraje. Sí, al menos a mí, una vez terminada la película, armado el rompecabezas, completada la historia me pareció que hubiera podido contarse en menos tiempo. Claro, para ello el director tendría que haber pensado en mí, en cuanto espectador, y no tanto en celebrarse como gran “autor”.


Respeta, claro, la tradición rusa de la interpretación, podrían darse clases de actuación ejemplificando con el trabajo de estos actores y sus personajes. Tiene asimismo escenas de arrebatadora belleza.


Bah, es una película lograda y malograda a la vez por la ambición. La ambición la eleva a encarar resoluciones audaces, que pueden volverse antológicas. Pero la hace caer también en didactismos y prédicas de púlpito que son el veneno de cualquier narración.


En resumen, no es de cita obligatoria, pero recompensa mucho.
 
Gustavo Monteros

Héctor y el secreto de la felicidad



Héctor y el secreto de la felicidad es de esas películas que uno comienza y termina de ver con una sonrisa. Sonrisa constante que nos obliga a masajearnos las comisuras a la salida.


Arranca como un cuento de hadas para adultos: “Había una vez un joven psiquiatra que…” Y sí, Héctor (Simon Pegg) cree tener la vida ordenada y compartimentada. Ilusión incentivada por su novia (Rosamund Pike). Pero no hay fachada que dure 100 años y un buen día comienza a resquebrajarse. Entonces Héctor se pregunta qué corno es la felicidad. Responderse lo obliga a emprender un viaje con escalas en China, India, África y Norteamérica.


Como toda película de viajes es fragmentaria, con historias que varían de registro e intensidad. Y como se trata de un viaje espiritual aparecerán tanto respuestas filosóficas serias como otras de libro de autoayuda. Como sea, la pregunta es válida y una de las más interesantes para resolver.


Simon Pegg no solo es un cómico excepcional sino también un actor (así, a secas) excelente. Si no lo conocen o no lo tienen del todo, esta es una oportunidad óptima de familiarizarse con él. Rosamund Pike, que pasó al Olimpo de las Grandes de Verdad con su inolvidable actuación en Perdida, ratifica su exquisito talento. Y ¿para qué mentirse?, ninguna película con Toni Colette y Christopher Plummer puede ser mala del todo. Ella eleva el interés de lo que fuera en que esté, aunque más no sea por la gloria de verla. Él, de tan magnífico, ya es un prócer. Y por si fuera poco, está también… Jean Reno y ¡Stellan Skarsgård!


Dirigió Peter Chelsom y se basa en una novela de François Lelord (Le voyage d'Hector ou la recherche de bonheur).


En resumen, un viaje reconfortante, sin fatigas, inconvenientes, esperas o jet lags.
Gustavo Monteros

viernes, 27 de marzo de 2015

Vicio propio - Mommy



Dos de las películas de estreno coinciden en que son de autor y requieren advertencia. Algo así como: “Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”… de reclamo a la salida, habéis sido advertidos de que podría no gustaros.


Vicio propio (Inherent vice) es del gran Paul Thomas Anderson (Boogie nights/Noches de placer, 1997, Magnolia, 1999, Punch-drunk love/Embriagado de amor, 2002, There will be blood/Petróleo sangriento, 2007, The master, 2012) y se basa en la novela de Thomas Pynchon, autor hasta la fecha considerado infilmable. El film abreva en el policial negro con características muy peculiares. Es como si Raymond Chandler hubiera concebido una nueva novela, después de haber asimilado toda la literatura norteamericana de los años sesenta, mientras se fumaba un porro tras otro. Transcurre a principios de los setenta y parte de una situación clásica del género: el detective privado, un “fumón” de aquellos, Larry “Doc” Sportello (Joaquin Phoenix, en otro gran trabajo) recibe la visita de una ex pareja, Shasta (Katherine Waterson) que le pide ayuda para salir de un dilema que incluye a la nueva pareja, su esposa y el amante de esta. Y se desatará, claro, una intriga sinuosa que se bifurca en subtramas paralelas que convergen finalmente en la “gran” verdad, que no es otra cosa que la resolución del caso o al menos el despeje del enigma. Los cinéfilos hallarán ecos de El largo adiós, 1973, del prodigioso Robert Altman, de El gran Lebowski de los no menos fabulosos hermanos Coen y hasta ¿por qué no? dejo de azahares de los naranjales de Chinatown/Barrio chino, 1974, clásico imperecedero de Roman Polanski, aunque Anderson declara que su influencia en este film fueron los hermanos Zucker más Abrahams responsables irresponsables, entre otras cosas, de ese gozoso delirio llamado Y… ¿dónde está el piloto? (¿¡!?) Allá él…


Algunos hallarán a esta película muy rebuscada, demasiado estilizada, un poco larga, medio desmembrada, algo tediosa sino por momentos decididamente aburrida. No fue mi caso, sea porque soy fanático del noir, sea porque adhiero a la “mirada” de Anderson, sea porque me gusta ver a los actores enfrentar desafíos inhabituales, o sea porque extraño sobremanera la creatividad de los setenta, la disfruté de cabo a rabo.


Aparte de Joaquin Phoenix, deslumbran los sospechosos de siempre: Josh Brolin, Owen Wilson, Reese Witherspoon, Benicio del Toro y Martin Short. El resto del elenco, con nombres menos fulgurantes aunque de igual talento, también descuella. 


Mommy, 2014,  es la obra del enfant terrible canadiense, Xavier Dolan. Criatura con mucha suerte, que como todo enfant terrible fue antes un niño mimado, o sea que tuvo la fortuna primera de hallar quien lo mime y considere sus berrinches el colmo de la frescura y la originalidad. Frescura y originalidad que a veces no es más que pis en los pañales. Pero el mundo es mundo y gusta de los caprichos.


La película tiene una pantalla de 1:1 o sea cuadrada, supuestamente porque Dolan quiere asimilarla a la de un celular gigante en posición vertical. Ajá. Se abre con una toma larga de un calzoncillo colgado en una soga junto a otros calzoncillos. Ajá. Pasamos a otra toma, borrosa en un principio, en la que se ve una manzana en un árbol, a la que una mano corta, vemos a una mujer madura (Anne Dorval) enfundada en jeans estilo Oxford, bordados y con piedritas, que sonríe mientras come la manzana. Se oye una canción pop anodina, como si alguien en el cuarto de montaje hubiera dejado una radio FM prendida. Ajá. La mujer ahora va en un auto, la canción pop persiste. La mujer ve un accidente. Ajá. Pero resulta que después ella también está accidentada (¿¡!?, ¿un homenaje al Week-end, 1967, de Godard, quizá?) No sé, pero ajá. La mujer llega, herida, a una escuela, donde su hijo, Steve (Antoine-Olivier Pilon) que sufre de trastorno de atención por hiperactividad es echado. Como estamos en un Canadá inventado, el Estado puede ocuparse de “enderezarlo”, pero ella, la madre, dice que no. Vamos viendo que mamá es medio tarambana, no importa. Ajá. Toman el ómnibus, llegan a la cuadra donde vive mamá ahora, quien le presenta al hijito un vecino, el hijo hace como que la va a dar la mano, pero no. Lo que pasa es que el hijo es un jodón bárbaro, ja, ja, ja. Entran a la casa, el chico quiere saber cuál será su cuarto. Se tira en el colchón como en una propaganda de colchones. La toma se repite desde varios ángulos como en una propaganda de colchones. Ajá. El chico, en el cuarto y la mamá, en la cocina, prenden la radio y la ponen en emisoras diferentes. La mamá se queja porque el efecto es cacofónico. Yo resuelvo que es caca-fónico y los mando a la mierda a la mamá, al hijo y a Dolan.


Me pongo a investigar. En Wikipedia subrayan (¿sorprendidos, quizá?) la apabullantemente óptima recepción crítica. Leo algunas y me pregunto bajo qué medicación se encuentran los que las escriben. Y si habrá que tomar lo mismo para llegar a la admiración de semejante pelotudez.
 

Concluyo que no hay que exagerar. Ante un enfant terrible, al igual que ante el heavy metal, el cubismo, la ópera barroca, el animé o la música de Satie, uno adhiere o rechaza. Visceralmente. En fin, es muy posible que yo no vaya jamás a una retrospectiva de Xavier Dolan. Total, ya veo tomas de calzoncillos cada vez que cuelgo los míos. 

Gustavo Monteros