jueves, 5 de febrero de 2015

El código Enigma



Ya hubo biografías, novelas, documentales, especiales para televisión, obras de teatro sobre la vida de Alan Turing, de modo que El código enigma de Morten Tyldum (Headhunters/Cacería implacable, 2011) es una cuenta más en un largo rosario que lejos está de terminarse. El hombre es uno de los padres de la computación y de la inteligencia artificial tal como las conocemos. Le hizo un gran servicio a la nación inglesa (al mundo, bah) y no mereció (nadie lo merece) el padecimiento físico y la humillación a los que lo sometieron por no ajustarse a las reglas sociales de la época. Durante la Segunda Guerra Mundial “quebró” Enigma, la maquinola encriptadora, en apariencia impenetrable, que usaban los nazis para cifrar y descifrar mensajes. Después de la guerra, una casi inocente denuncia, porque alguien había ingresado a su casa para revolverlo todo, desató una investigación policial más exhaustiva que puso sobre el tapete lo que por entonces era un delito grave: la homosexualidad.  


El código enigma, como su nombre lo indica, se centra más en cómo llegaron a quebrar y penetrar en la máquina alemana. El proceso debe haber sido arduo y tedioso, pero las sucesivas versiones para hacerlo entretenido lo salpimentaron a gusto, el problema es que tanto sazonamiento está a punto  de hacerlos creer que todos esos “agregados” fueron “ciertos”. Aquí hay secretos, espías y “casualidades” reveladoras y oportunas.


El film hace lo que los ingleses saben lograr ya sin mucho esfuerzo, recrear la época, presentar personajes excéntricos y petulantes, para los que hay que escribir diálogos agudos y armar con pocos elementos un entramado de suspenso. La cuestión es ver si dicho oficio es pertinente o si no es más que puro artificio. Aquí ni tanto ni tan poco. El quebrantamiento de Enigma es fluido e interesante, mientras que cerca del final cuando se toca el “tratamiento” de “curación” el tono es desalentadoramente leve, casi frívolo.


Benedict Cumberbatch está muy bien como Turing, al igual que Keira Knightley como Joan, la única mujer del grupo y fugaz prometida de Alan. El resto del elenco no desentona, lo que no es decir poco, porque ya se sabe: la media de actuación inglesa es alta.


En resumen, este The imitation game, según su título original, es entretenido, eficaz, aunque en el fondo un poco superficial.


viernes, 30 de enero de 2015

A propósito...

A propósito de sus 9 nominaciones para los Óscars, se ha reestrenado El gran hotel Budapest. Una de las mejores películas de 2014. Bah, de cualquier año, así de indiscutiblemente buena es. Les dejo el link de cuando hicimos la crónica de su estreno. http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/2014/03/el-gran-hotel-budapest.html  Si no la han visto todavía, aprovechen esta oportunidad de verla en el cine (las buenas películas son incluso mejores en un cine). Va en el Cinema Paradiso a las 14:10 y a las 18:30 hs.


jueves, 29 de enero de 2015

St Vincent



En los peores momentos, los actores son unos monigotes inseguros, vanidosos, narcisistas que se pavonean por un escenario o frente a una cámara para mendigar, a través de un aplauso tibio, un poco de aprobación. En sus mejores momentos, cumplen con el noble oficio de entretener y, si están inspirados, de iluminar conductas. 


Y como en todo, están las excepciones, los angelados, a los que Dios, si existe, los nombró sus bufones. Bill Murray es uno de ellos. No sabe lo que es el narcisismo y le basta con aparecer para iluminar alguna falla o virtud humana. Y al menos a mí y a unos cuantos que conozco nos gusta mirarnos en las imágenes que nos propone, porque en él, los yerros son casi perdonables y los aciertos, incluso los más pequeños, casi gloriosos.


A Vincent no le gusta la gente y él tampoco cae muy bien que digamos. Anda en los sesenta largos y arrastra los vicios de la juventud de su tiempo: fuma mucho, bebe ídem, apuesta y debe hasta lo que no tiene, y recibe la higiénica visita semanal de una prostituta, Daka (Naomi Watts). Un buen día se muda a la casa de al lado una mujer recién divorciada, Maggie (Melissa McCarthy) y su hijo de unos 10 años, Oliver (Jaeden Lieberher). En el primer día de escuela, a Oliver le quitan sus cosas, entre ellas, el celular y la llave. En la calle, llama la atención de Vincent, “Señor, señor”, le dice. Y Vincent, de espaldas a Oliver,  lleva sus ojos al cielo y pronuncia: “Llévame, Señor, no juegues conmigo”. Y uno se ríe, y también se emociona, y no porque Bill sea Bill, sino porque este hombre aunque odie a los niños, será solidario con éste que lo necesita. Solidario, no simpático, tampoco la pavada. Claro, después, mientras progresa la relación con Oliver, sabremos por qué Vincent es así. Y mucho antes de que Oliver y la película lo canonicen, nosotros ya querremos a Vincent y seríamos capaces de trompear a cualquiera que dijera de él algo ruin.


Como en toda película de relaciones y sentimientos, se necesita un reparto que despierte inmediata identificación o simpatía. Algo que, Bill al margen, Melissa McCarthy y Naomi Watts proveen con creces. McCarthy, en su primer  personaje no explosivo, logra atenuar su histrionismo y conmover. Naomi, nominada para varios premios por lo que aquí hace, ya se sabe, es versatilidad todo terreno. Chris O’Dowd entrega uno de los curas más ecuménicamente simpáticos que se hayan visto. Y el pibe Jaeden Lieberher es, según el viejo dicho de las señoras mayores, un sol. Escribió y dirigió, sin muchos pecados, Theodore Melfi.


Ver a Bill Murray es siempre la felicidad, y verlo en un buen personaje y en una buena película duplica la felicidad. ¿Y quién no quiere ser dos veces feliz en una hora y media, primero,  y después para siempre? Perdón, en una oración anterior puse en duda la existencia de Dios. Un desatino. Bill Murray es la prueba irrefutable de su existencia. 

Dios mío, pero ¿qué te hemos hecho?



La comedia Dios mío, ¿pero que te hemos hecho? de Philippe de Chauveron fue un gran éxito en el país que la engendró, Francia. Sabrá el santo Dios mencionado en el título las ganas de reírse que tendrían los franceses para celebrar semejante dechado de falta de gracia, humor o ingenio.


El único chiste (si se es de lo más benévolo) es el de la situación inicial. Los Verneuil son un matrimonio maduro de la campiña francesa, híper conservador y ultra católico. Y dicen todo el tiempo la frase del título porque sus hijas eligen maridos que les prueban los límites de la tolerancia, una se casó con un chino, otra con un musulmán y otra con un judío, y ahora la menor se casará al menos con un católico, aunque el hombre ostenta un detalle no menor para los Verneuil, es negro.


Este planteo inicial sugiere que habrá comentarios raciales y religiosos arriesgados que expongan los prejuicios y las cortedades de una sociedad que se cree amplia y avanzada, pero no… aunque no les salga del todo, los Verneuil insisten en una corrección política que les quita todo humor. A ellos, a la película, a los espectadores.


Una buena comedia es como una omelette, hay que romper unos cuantos huevos. El humor es ruptura. De algún tipo. La inversión de la lógica social, política, religiosa, o de lo que se elija para provocar risa. Los humoristas son en el fondo moralistas que quizá, entre otras cosas, aspiren a la corrección política. Dicha corrección es la meta final, no las herramientas primeras.


En resumen, un esbozo de comedia sosa, que aburre mucho, mucho, mucho. Y mucho.

Inquebrantable



Inquebrantable es de esas películas que cumplen con lo que prometen, en este caso una aventura épica sobre un sobreviviente extraordinario. Se basa en la vida y hechos reales de (uno más y van miles) Louis Zamperini. El hombre fue un niño problemático que zafó de ser un delincuente, gracias a que su hermano descubrió su talento como corredor y lo instó a entrenar. Participó de las Olimpíadas de Berlín de 1936 y en 1941 se alistó para combatir por los Aliados. El B-24 en el que volaba cayó al Pacífico. Él y dos supervivientes más flotaron a la deriva en un par de balsas, casi sin provisiones ni equipamiento durante más de un mes y medio. Uno de ellos no sobrevivió. Fueron rescatados por un barco japonés y enviados a un campo de prisioneros, donde los sometieron a privaciones y torturas. Toda esta odisea fue contada en un libro por el propio Zamperini, Hollywood compró los derechos y se rumoreó con que Tony Curtis, ídolo absoluto por aquellos tiempos, lo interpretaría. El proyecto no se concretó. Durante años se barajaron nombres de actores para su supuesta realización, Nicolas Cage estuvo entre ellos. Hace unos pocos años, la periodista Laura Hillenbrand volvió a contar la historia de Zamperini en otro libro que se transformó en un gran éxito de ventas. Algunos célebres guionistas bosquejaron guiones hasta que partiendo del firmado por el gran Richard LaGravanese, con revisión de nada más y nada menos que de los hermanos Coen, se decidió que la película se haría.


Luego de vencer reticencias diversas, aceptaron que fuera el segundo trabajo de Angelina Jolie como directora. El primero había sido la interesante y despareja In the land of blood and honey (En la tierra de la sangre y la miel) sobre el sufrimiento de las mujeres durante la guerra de los Balcanes entre el 92 y el 95). Jolie concreta aquí un trabajo elocuente y prolijo (demasiado prolijo especularon algunas críticas con el afán de desmerecerlo) en el que el imbatible espíritu de Zamperini emerge con contundencia gracias, también, a la irreprochable faena de su protagonista Jack O’Connell. O’ Connell, uno de los actores jóvenes británicos con más carisma, ya venía probándose protagónicos con envidiable autoridad (Private Peaceful, The liability, ’71, Starred up, para Hollywood hizo de hijo de unos de los héroes de 300: El origen de un imperio). El muchacho, aparte de su simpatía y probable apostura, exhibe un singular talento para la actuación, lo que le augura una buena carrera, de persistir su suerte en ligar buenos papeles.


A la hora de evaluarla dos peros se imponen. Uno extrapelícula, y es que en estas tierras se estrena con poca diferencia de Un pasado imborrable (The railway man) que narra similares experiencias en campos de prisioneros en el Japón) lo que le da una involuntaria sensación de deja vu. El otro es la discutible decisión sobre las pilosidades faciales durante el mes y medio que los náufragos pasan en el mar, las barbas y bigotes  permanecen imperturbables a pesar del paso del tiempo.


En resumen, una buena película, espectacular, conmovedora, motivacional, inspiradora, nada que no prometa desde el mismo título. Si se la elige por lo que es, no defrauda para nada. 


jueves, 22 de enero de 2015

Recomendación especial

Este blog recomienda especialmente De tal padre tal hijo. 
Ver http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/2015/01/de-tal-padre-tal-hijo.html

Se exhibe en el Cinema Paradiso y esta semana tiene solo dos horarios: a las 12:00  y a las 20:50

Whiplash Música y obsesión



Es bien sabido que para dominar un arte, cualquiera, se necesita un poco de talento, una pizca de disciplina, y una dosis de obsesión. Sí, así, como si de una receta de cocina se tratara. El problema es que no se sabe con certeza la cantidad precisa de cada ingrediente. Una pena, si no podríamos formar artistas como quien hace un bizcochuelo. Claro, algunas variaciones quedan descartadas, mucho talento sin disciplina y menos obsesión no llega a ninguna parte, y también, es obvio, con muy poco talento, por más disciplina u obsesión que se ponga no se llega muy lejos. Como sea, estas cuestiones tienen poca importancia ante un artista consumado, pero son esenciales durante la formación. 


“La fama cuesta y es aquí donde comenzarán a pagarla, con sudor…” decía la severa profesora de danza de la película, y después la serie, Fama. Dicha señora, a pesar de su estrictez, es Jacinta Pichimahuida al lado de Fletcher (J K Simmons), un déspota cruel de mano dura (y aunque cueste creerlo que conste que al llamarlo déspota, estamos quizá construyendo el eufemismo del siglo).


Estamos en un conservatorio musical de excelencia, en el que el profesor Fletcher está a cargo de dirigir un grupo de jazz, que participa de concursos y torneos en los que sale primero o primero, porque Fletcher saca el mayor potencial de sus alumnos a como dé lugar. Literalmente a como dé lugar.


Andrew (Miles Teller) es un pichón de baterista que sueña con ser el mejor o morir en el intento. Dicho lo cual, uno podría suponer que Fletcher halló la suela de su zapato, o no…


Cuando Fletcher abre la boca (es una manera de decir) en el ensayo, uno podría creer que estamos ante la típica película con el sargento gritón que esconde un corazón de oro (Reto al destino, Hombres de honor), pero el director y guionista Damien Chazelle tiene otra agenda, para nada predecible o adocenada.


J K Simmons, impecable secundario de muchos films, se da y nos da una panzada de histrionismo con un personaje contundente como pocos. Y Miles Teller con su sufrido (o no tanto) Andrew ratifica que es un actor  a tomar en cuenta.


En resumen, una película cruelmente gozosa. Después de todo, nadie se hace artista sin superar un par de golpes. O tres. O cuatro.