viernes, 15 de agosto de 2014

¡Basta de obituarios!


Ya no hay vuelta atrás, el 2014, al menos para mí pesará en los recuerdos como el año de las muchas pérdidas. Cuando todavía, lejos de ello, no me había sobrepuesto de las partidas de Alfredo Alcón, Norma Pons, Bob Hoskins, James Garner, llega como un mazazo la noticia del suicidio de Robin Williams. Esta vez la conmoción es compartida por la purretada, desde el martes no hay clase a la que entre en que no mencionen a Robin, por edad pueden que no hayan visto Mork y Mindy, Popeye, Moscow on the Hudson, Buenos días, Vietnam, o La sociedad de los poetas muertos, pero si vieron Patch Adams, Papá por siempre, Jumanji, La jaula de los pájaros, Una señal de esperanza o Hook, de ellas y de alguna otra con Travolta me hablan y aunque solo hayan visto Aladdin doblada, saben que el Genio se armó sobre la personalidad y talentos de Robin. Andan desazonados, para algunos es la primera vez que alguien lejano, pero a la vez muy cercano, muere. No saben o no se dan cuenta todavía que toda forma de arte es un diálogo y que cuando se ha conversado de verdad con un artista, lo charlado queda en uno para siempre. Es fácil dar primicias con el diario ya publicado. Ahora todos dicen que se notaba detrás del histrionismo de Robin, la angustia y la desesperación que lo carcomía. Un consuelo magro y quizá inexacto. No me voy a remitir a Charles Chaplin o a Buster Keaton donde el sustrato es obvio, pero toda actuación cómica lograda deja entrever la tristeza, es el secreto de la efectividad. Jack Lemmon y Walter Matthau son más cómicos cuando más se desgarran por dentro. Las criaturas de Peter Sellers o Niní Marshall son outsiders orgullosos de serlo, pero detrás del orgullo está la nostalgia de no ser el galán o la chica bonita de la película y de la vida. El personaje más querido de China Zorrilla, la Elvira de Esperando la carroza es un monstruo, una egoísta mal pensada, dominante, manipuladora, pero la queremos porque intuimos que hay en ella una mujer frustrada, dolida, intuición que termina por tener la razón, porque cuando Mamá Cora por fin aparece, es la primera en darse cuenta y actuar en consecuencia para que la vieja no sepa que la estaban velando. Cuando la muerte sorprende a un cómico muy popular, lo mismo pasó con Alberto Olmedo, a todo el mundo le agarra el ataque de recurrir a la metáfora del payaso que llora detrás de la máscara de maquillaje blanco (re I pagliacci o Candilejas) o a la anécdota de Garrick (Garrick fue un gran histrión inglés del siglo XVIII que se suponía curaba las tristezas de quienes asistían a verlo. Un día, un hombre deprimido acude al médico, el médico le recomiendo ir a ver a Garrick, “no me va a ser de ninguna ayuda”, contesta el hombre, “porque Garrick soy yo”). A lo que voy es que la metáfora o la anécdota son a la vez tanto consuelo como perogrullada, porque la comicidad es el reverso del drama, del dolor, de la angustia. La materia prima es siempre la misma, el hombre, ese pobre infeliz que anda a tientas por el mundo, arrastrando como puede sus circunstancias. Y a veces es trágico o patético, y en otras, francamente hilarante. 


Si la muerte de Robin es tristeza hasta para los más jóvenes, la de Lauren Bacall es dolor para los más mayorcitos. Para los que conocen y aman el Hollywood de la época dorada es imposible no apreciar y amar a Lauren. Jovencísima se trepó al Olimpo de los impostergables con solo una actuación, la de Tener o no tener, y como quien no quiere la cosa logró una de las cumbres del erotismo cinematográfico sin mostrar ni un centímetro de piel de más, a puro descaro nomás. De paso se quedó con Humphrey Bogart dentro y fuera de la pantalla. Le dio hijos, y después durante años cargó con el peso de ser la viuda de Humphrey. A la larga su talento se impuso y ya fue para siempre Lauren. Tuvo una carrera larga e hizo de todo. En algún momento hizo en Broadway un par de musicales que dejaron marca: Aplausos y La mujer del año, en las que lució su hermosa voz grave (y sí, las voces profundas son siempre un plus atendible) y por las que dejó a crítica y público hablando pavadas para superar el deslumbramiento. Recibió varios homenajes, entre ellos uno cinematográfico El fanático que celebraba su paso por el musical y en la que compartía cartel casualmente con el recién partido James Garner, y otro, inolvidable, televisivo, nada más ni nada menos que en Los Soprano donde la noqueaban para quitarle esos regalos caros (los Bulgari, Vuitton y esas cosas) que les dan a las estrellas en las galas. Últimamente se hizo notar en un par de películas protagonizadas por Nicole Kidman, Dogville y Reencarnación. Como  sea, Lauren, ni en los estragos de la desmemoria estarás ausente en mis recuerdos.




Y para coronar una semana de luto, cuando ya parecía que habíamos enjugado todas las lágrimas, nos llega la devastadora noticia de la muerte de Mariana Briski. Mariana fue (qué feo es el tiempo pasado) una gran actriz cómica que supo conjurar el under de donde surgió con el mainstream al que llegó a poner aires de frescura (el programa de Tinelli, por ejemplo). Hizo reír en teatro, televisión, radio y cine. En cine participó en ¿Sabes nadar?, Comodines, El favor, Nos sos vos, soy yo, El viento, Motivos para no enamorarse, El dedo y Salsipuedes. Aunque sin duda será recordada por sus trabajos en televisión. En los últimos tiempos era el alivio cómico infalible de magazine shows. A Mariana no se le puede adosar el lugar común del payaso triste o la metáfora Garrick, más allá del patetismo inherente a sus criaturas cómicas, nunca, nunca, se le entrevió la dura lucha que llevaba. Era como el caballo de Atila, pero por donde pasaba no dejaba desolación sino risas. Cuando muere alguien joven, con mucho para dar todavía, uno no puede evitar preguntarse: ¡¿por qué?!


Eso sí, ni Robin, ni Lauren, ni Mariana serán olvidados. Quienes hacen que la vida sea un poquito mejor, viven para siempre.

Vamos, Srta Minnelli, celebre la vida, que no solo de muerte vive el hombre

viernes, 8 de agosto de 2014

Violette



Las películas biográficas (biopics que le dicen) me tienen un poco podrido. Trafican con el morbo de develar miserias de personas célebres por algún motivo y en general reducen complejas experiencias de vida a “traumitas” explicables en tres oraciones y una escena. Enfrento el trámite de ver Violette (2013) con más entusiasmo que otras veces ante otras biopics, por la sencilla razón que, salvo por el nombre y alguna referencia suelta, lo ignoro casi todo de Violette Leduc (Emmanuelle Devos).  El arranque es fuerte y prometedor. Estamos en la campiña francesa en plena Segunda Guerra Mundial, Violette es perseguida por la policía y sus perros; la pobre arrastra una valija con cortes de carne obtenidos en el mercado negro. Después sabremos que finge estar casada con Maurice Sachs (Olivier Py), un escritor homosexual, al que le pide una pasión carnal que él no puede retribuir. Maurice la instará a que no se queje sino que escriba lo que siente. En estas breves escenas aparecen lo que serán los rasgos en apariencia más destacables de Leduc. Se sabe una chica fea, arrastra una infancia de negación y desprecio. Tiene la autoestima por el piso y como toda persona en esa situación es demandante y espera que la quieran para comenzar a valorarse un poco (se sabe que las cosas no funcionan así). Aprende entonces a volcar los tormentos interiores en la escritura. El resto de la película ofrecerá variaciones sobre estos temas, cómo enfrenta, se sobrepone, se rinde o se resigna a estas cortedades y exorcismos. Amará a hombres y mujeres equivocados, logrará ser reconocida por su arte y será una de las pioneras en expresar con todas las letras lo que es amar a otra mujer y elegir abortar.


La película está divida en capítulos que se centran en  personas o lugares que signan su vida. Entre las personas, la más importante es Simone de Beauvoir (Sandrine Kiberlain), a quien amará sin ser correspondida y que será siempre su mentora. Figurarán también Jean Genet (Jacques Bonnaffé), el perfumista Jacques Guérin (Olivier Gourmet) y se nombrará más de una vez a Jean Paul Sartre, Albert Camus, Jean Cocteau, Julian Green, quienes no aparecerán corporizados.


Como suele ocurrir en las películas biográficas, es más una vida ilustrada que la expresión de las densidades de su protagonista. Y también como suele ocurrir, serán los actores los que salven al film del olvido y lo hagan casi de visión obligatoria. Emmanuelle Devos es una actriz extraordinaria que hace de Violette un ser entrañable. Deslumbra, inquieta, conmociona. Y Sandrine Kiberlain para nuestro beneficio se hace una panzada con su Simone de Beauvoir. El resto del elenco está igual de bien y es imposible no destacar a Catherine Heidel como Berthe, la madre de Violette.


Dirigió Martin Provost que en 2008 ofreciera Séraphine sobre la vida de la pintora Séraphine de Senlis, quien se ganara la vida durante años como una fregona.
 

En resumen: una vida bastante sufrida, una película apenas penosa; una mujer muy valiosa, una película no tanto.

jueves, 24 de julio de 2014

Todo lo que necesitas es amor



Las vacaciones de invierno no son solamente un privilegio de chicos y adolescentes. Hay también adultos que atender (adultos que de niños tienen apenas las ganas y el corazón), de allí que la oferta cinematográfica se amplíe y ofrezca un par de películas… ¡europeas! Ambas son de 2012 (para el cine yanqui, un film industrial típico de 2012 es como del pleistoceno, porque se supone que ya fue estrenado, pirateado, editado en DVD y lanzado a agonizar al cable) y dirigidas por mujeres, lo que presupone una sensibilidad mayor a la de Schwarzenegger.


Arranquemos con Todo lo que necesitas es amor (Den skaldede frisør) de la dinamarquesa Susanne Bier, de quien conociéramos Hermanos (2004), Después del casamiento (2006) y En un mundo mejor (2010).


Ida (la maravillosa Trine Dyrholm) dice por ahí que no viene de su mejor momento, lo cual es el eufemismo del año. La pobre sale de su última sesión de quimioterapia para descubrir a su marido acostándose en el sofá de su living con la joven y ligera de cascos asistente de contaduría. Por suerte debe ir al sur de Italia para el casamiento de su hija, pero no va y choca en el estacionamiento del aeropuerto el auto de su futuro consuegro, Philip (Pierce Brosnan) un viudo-erizo que todavía culpa al mundo por la muerte de su esposa.


Sorrento (mamma mia, quanta bellezza!) será como el bosque en las comedias de Shakespeare, un lugar donde las convenciones caerán y las relaciones se enredarán para que las verdades se escondan menos. Habrá revelaciones, giros y unos cuantos cambios. Y también como en una comedia de Shakespeare, el castigo a alguien parecerá excesivo para nuestra moral católica, sin embargo no por ello nos regocijaremos menos. 


La comedia romántica es como la telenovela, uno sabe que los protagonistas están condenados a amarse y a no ser que se trate de algo muy moderno, a terminar juntos. Aunque al revés de lo que ocurre en nuestra burocrática vida, en la comedia romántica el trámite importa más que el desenlace. Y aquí el trámite es cálido y atractivo y no porque los personajes se recorten en verano desde terrazas contra la Bahía de Nápoles. Susanne Bier no aspira a la originalidad, pero sabe cómo vestir de nuevo lo que es más viejo que el tiempo. Sabe también que personajes con aristas interpretados por actores angelados son más agradecidos que hambre saciada.


Trine Dyrholm, vista en La celebración (Thomas Vintenberg, 1998) y En un mundo mejor, es un prodigio de expresividad, luminosidad y encanto. Y sus ojazos como de animé son locuaces y elocuentes. Pierce Brosnan es un gran actor, siempre lo fue, aunque en un principio nos conformáramos con considerarlo fotogénico y simpático. Si alguna duda queda de su riguroso talento, vean en detalle lo que hace aquí. Está sencillamente impecable, ni una coma en falso. Y si ya lo querían de antes, le renovarán en este largometraje una fidelidad inexpugnable. Los demás están a la altura de los protagonistas, lo que no es poco.


En resumen, má sí, para que voy a andar con vueltas, me gustó, la disfruté.

Un abrazo, Gustavo Monteros