viernes, 1 de abril de 2011

Nunca me abandones

Kazuo Ishiguro, autor de la novela en que se basa esta película, quien escribiera también Lo que queda del día, no tuvo tanta suerte esta vez como con James Ivory, Emma Thompson y Anthony Hopkins.

Nunca me abandones
es una historia de amor en un trasfondo de ciencia ficción. Y como en todo relato de ciencia ficción, hay especulaciones. En este caso, sobre el sentido del destino, el arte, el alma y las esperanzas que anteponemos para no aceptar lo inevitable. El relato de amor descansa en un triángulo de jóvenes, tan equivocados como en una obra de Chejov. Y no se necesita ser cínico para saber que los cuentos románticos más conmovedores son los de amores no correspondidos que terminan mal.


Y eso es lo que aquí falla, el relato es astuto, está bien armado, pero no conmueve. El director, Marl Romanek (Retratos de una obsesión), quizá por excesiva reverencia al noble material original, se preocupa por que todo sea bello, prolijo, elegante, pero a la vez, sin quererlo, le sale solemne, envarado y distante. Y un par de los tres protagonistas poco ayudan. Bah, no ayudan en nada.


Keira Knightley (Los piratas del Caribe, El rey Arturo, Realmente amor, Dominó, La duquesa) y Andrew Garfield (Leones por corderos, El imaginario mundo del Doctor Parnassus, Red social) son dos chicos con suerte y pocas luces. Ella estuvo bien en Orgullo y prejuicio y desaprovechó la oportunidad en Expiación, deseo y pecado de pasar a la historia, entregando sólo una actuación correcta. Él parece llevarse bien con los roles secundarios y no termina de entender de qué va un protagónico. En el otro blog, no hace mucho, hablábamos de New York, New York, una película fallida que sus protagonistas volvieron insoslayable. En otra oportunidad mencionamos que el gran Ingmar Bergman, sin sus actores, hubiera sido otro director pretencioso y pagado de sí mismo. En cine, los actores son tan importantes como el director. En nuestro país, por ejemplo, La isla y Esperando la carroza de Doria, La Patagonia rebelde y No habrá más penas ni olvidos de Olivera, La casa del ángel, Los siete locos y Boquitas pintadas de Torre Nilsson o El hijo de la novia y El secreto de sus ojos de Campanella no serían lo que son sin sus actores. Y volviendo al caso en cuestión, ni Keira Knightley ni Andrew Garfield tienen más voluntad o talento que para hacer lo correcto. Mimados por la popularidad mediática carecen de dientes fuertes para roer los huesos ricos y sabrosos que les tiran. La juventud no es excusa. Goldie Hawn era una niña en Flor de cactus. Meryl Streep poco menos que acababa jardín de infantes en El francotirador, Manhattan y Kramer versus Kramer. Diane Keaton casi no había tenido la menarca en Amantes y otros extraños, El padrino y Sueños de un seductor. Pero tenían hambre de gloria y sabían lo que era el cine. La cámara mima, pero no perdona melindres y titubeos. Y la suerte, que sólo llega una vez, según dicen, se la aprovecha o se ve pasar siempre el tren desde el andén. No sé cuántas oportunidades más tendrá Keira Knightley de ser una auténtica estrella de cine, pero si sigue así, pasará a la historia por ser la actriz más tonta del planeta. No actúa mal, pero se nota cada vez más que su cara es tan larga como la de un caballo, porque al quedarse en la medianía, no genera ninguna magia. Y para caballos, preferimos a Míster Ed. Los directores tampoco son excusa. Muchos que hoy son leyenda han dado actuaciones notables a directores poco duchos en manejar actores. Como sabe todo deportista, el hambre de gloria no se fabrica, se trae o no se trae.


La única que saca las papas del fuego es Carey Mulligan (la impar protagonista de Enseñanza de vida), pero sola no puede mantener a flote el espectáculo que sus dos compañeros se empeñan en hundir.


En papeles secundarios brillan la experimentada Charlotte Rampling y Sally Hawkins (la luminosa actriz de La felicidad trae suerte).


En resumen, un film bello y frío, que se deja ver, pero que deja la sensación de que podría haber sido mucho mejor en otras manos y con otros actores acompañando a Carey Mulligan.


Un abrazo,

Gustavo Monteros

sábado, 26 de marzo de 2011

Un cuento chino

Mis expectativas eran grandes. La película anterior de Sebastián Borensztein (La suerte está echada con Marcelo Mazzarello y Gastón Pauls) me había gustado mucho. A la media hora, la decepción era tan grande como las expectativas.

El arranque es impecable, la descripción del personaje de Darín, un ferretero maníaco, gruñón y ermitaño era graciosa, expresiva, comunicaba. Después le cae el chino del cielo, bueno, más bien de un taxi que apenas se detiene y la cosa de a poco se desbarranca y no deliciosamente como el Gordini de la noticia que en algún momento se ilustra.


La relación entre el pobre chino (un perfecto Huang Sheng Huang) y el ferretero desanda unos cuantos lugares comunes y no los correctos, los que harían progresar la relación, acrecentarían la empatía entre ellos, sino los otros, los que sólo se quedan en la incomunicación lingüística y cultural.


El guión y la dirección parecen adolecer de una falta de claridad respecto a lo que se quiere contar, o lo que se quiere privilegiar en el relato, que en este caso vendría a ser más o menos lo mismo; o una incapacidad para llevar el relato por los caminos correctos (y si soy un poco cruel e impiadoso es porque estamos ante un hombre de talento probado que debe ordenarse, ser más claro o crítico con su material o trabajar en colaboración con alguien que le despeje los errores).


Promedia la película y la relación y el relato se estancan, el aburrimiento se instala y sólo el carisma a toda prueba de Darín y el trabajo de un elenco sin fisuras, hacen soportable el trámite.



Y cuando por fin se llega al tema de la vaca, o sea el del destino, la suerte, y el caos o el absurdo que desatan, uno comprende lo buena que es la historia y lo buena que podría haber sido la película con otro guión, más estricto y mejor elaborado.


Claro que para llegar a la vaca hay que pasar por uno de los momentos más vergonzantes del cine nacional, el de la explicación del inicio de la colección de recortes y de la manía del reloj. ¿Había necesidad de copiar una de las obsesiones más torpes del cine yanqui, el de fundamentar traumas con incidentes caprichosos y en el fondo banales?


Es una película mala, no en el sentido de un bodrio impresentable, porque tiene sus logros (el principio, la dirección de arte que propone un espacio detenido en el tiempo, el elenco, la escenificación de las noticias), sino en el de la distancia que media entre propuestas y logros. Una pena.


Un abrazo,

Gustavo Monteros

miércoles, 23 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor










Elizabeth Taylor le dedicó su vida al espectáculo. Tanto que hasta su vida privada fue un espectáculo público para regocijo de periodistas escandalosos. Fue una niña prodigio angelical, una adolescente sensual, una mujer voluptuosa y, hasta su retiro, una señora mayor que no se resignaba a perder ni la belleza ni el recuerdo de las lascivias provocadas. Le quitó el marido a una amiga famosa (Debbie Reynolds), se casó incontables veces, muchas veces con el mismo (Richard Burton, al que podríamos apodar El Magnífico, por su talento generoso y por los regalos que le prodigaba, entre los que se incluía un famoso diamante.
Sus mejores trabajos para el cine fueron la Maggie de La gata sobre el tejado de zinc caliente, una lujuriosa esposa desatendida por un marido acosado por el fantasma de la homosexualidad (nada más ni nada menos que Paul Newman); la Martha de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? , una mujer cruel y frustrada porque su marido (Richard Burton) no es igual a su papá y por una maternidad que la esquiva. Se destacó también como la Catherine de De repente en el verano, una joven traumada por la canibalización de su novio perpetrada por unos muchachotes, metáfora del asesinato de un homosexual a manos de unos homofóbicos perturbados por el deseo (en esos tiempos la homosexualidad era un tabú al que se refería en imágenes crípticas) (en este film usaba una malla enteriza blanca que ratoneaba de lo lindo), y la Katherine de La fierecilla domada de Shakespeare pasado por Zeffirelli. En lo personal siempre la recuerdo en Zee and Co. (Salvaje y peligrosa, creo que fue el título en la Argentina), una comedia brillante y amarga, en la que ejercía un acto de manipulación feroz; Michael Caine la cuerneaba con Susannah York, Liz intuía que la York era una lesbiana reprimida, la seducía, se acostaba con ella y recuperaba así a Caine. Aunque, claro, siempre se la recordará por ser la cara, no la culpable, de uno de los más estrepitosos fracasos del cine: Cleopatra. Y, es imprescindible reconocerlo, más allá de sus logros innegables, nunca fue una gran actriz, más bien una estrella incandescente, un figurón mayúsculo con posibilidades, no una negada, pero tampoco un portento. Tenía el biotipo de una mujer rellenita y vivió muerta de hambre a dieta estricta más de la mitad de su vida.


Hizo poco teatro (no era lo suyo), con gran repercusión mediática y deleite de críticos sangrientos. Se le atrevió a la Regina de The little foxes (La loba), papel que en el cine Bette Davis elevara a cumbres magistrales. Y ya cuarentones pasados, emprendieron en Broadway con Richard Burton Vidas privadas de Noël Coward, pieza que requiere a lo sumo treintañeros.


Fue una superviviente de su salud enclenque y quebradiza. En 1960 se apresuraron a darle el Óscar por Butterfield 8, un poco por lástima, porque se suponía que la estragaría y la mataría un cáncer. No lo hizo, como tampoco lo lograron los numerosos males que la jaquearon. En las últimas décadas casi se había vuelto un chiste mediático presagiar su probable o inminente muerte. Hoy sus ojos color violeta (los ojos más lindos del mundo, pregonaban), se cerraron y como cantara Gardel, el mundo sigue andando. Chau, Liz, gracias.

Gustavo Monteros

sábado, 19 de marzo de 2011

Un despertar glorioso

¿Puede una película con Diane Keaton, Harrison Ford y Rachel McAdams (una actriz joven, bella y talentosa con hambre de gloria) salir mal? No subestimemos a Hollywood. El cine industrial contemporáneo no conoce límites: siempre puede hacerlo peor.


Becky Fuller (McAdams) es una productora televisiva con la obligación de levantar el rating de un programa de noticias tempranero que está último en la lista. Entre otros problemas, deberá lidiar con que sus conductores (Keaton y Ford) se odian. Un inicio promisorio que se queda en eso. Un despertar glorioso padece del peor mal que puede sufrir una comedia: es insulsa, anodina.


A su favor tiene (literalmente) un par de chistes buenos y sus estrellas. Diane Keaton, no hay quien lo niegue, puede hacer divertida hasta la lectura de un catálogo de clavos, remaches y grampas. Como en otras malas comedias en que le tocó estar, nos arranca una sonrisa con líneas y situaciones áridas como un desierto. Harrison Ford, lo ha probado, es una estrella carismática por excelencia. Haría llevadero hasta un trámite en IOMA. Y Rachel McAdams no pasará a la historia con este trabajo, pero se hace querer porque se carga la comedia sobre los hombros y rema contra viento y marea. No llega a buen puerto, pero ni los navegantes del Kon-Tiki lo harían. Patrick Wilson ratifica su talento hallándole matices a un galán que en el guión es sólo estólido y monocorde. Jeff Goldblum y John Pankow (el primo de Paul Reiser en Mad about you/Loco por ti) celebran con dignidad su oficio.


Debo confesar, eso sí, que me conmovió el giro final del personaje de Harrison Ford, por más que fuera convencional y esperable. No porque esté siempre dispuesto a comprar lo que me venda (lo cual es cierto, después de todo el hombre es la cara de lo mejor del cine industrial de la última parte del siglo pasado: Han Solo, Indiana Jones, Blade Runner), sino porque se prueba los zapatos que dejó vacante Walter Matthau, los de los personajes cínicos y gruñones, pero con una bondad inmanente e indestructible. Todavía le quedan grandes, aunque no por mucho.


Tiene apuntes laterales de algo que se discute en estos días (la traición a la noticia por intereses o rating, la conversión de noticieros en shows ficcionados efectistas y grotescos, la compulsión televisiva de propalar bosta constante y el consumo irrestricto de los telespectadores de cuanta basura se lo pone en frente), pero que no profundiza ni ironiza.


En resumen, si como a mí, sin importar lo desperdiciados que estén, les emociona ver en un mismo cuadro a Diane Keaton y Harrison Ford, véanla. Pero si esto los tiene sin cuidado, óbvienla sin culpa.


Dirigió Roger Michell (Notting Hill, Fuera de control, Venus).

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Sólo tres días

Uno de los procedimientos habituales del nuevo Hollywood es estudiar qué películas tienen éxito en los distintos países del mundo y verlas para saber si se adaptarán al gusto del público estadounidense. Si llegan a una respuesta afirmativa, compran los derechos, someten la idea a una “total makeover” (reformación total) y proceden a la filmación de una remake. En el 99,9% de los casos, el resultado es un absoluto desastre, baste como ejemplo recordar lo que hicieron con 9 reinas. (En inglés la rebautizaron: Criminal, cambiaron las estampillas por un billete, y pasó merecidamente sin pena ni gloria por cuanta pantalla fue exhibida, es tan mediocre que ni siquiera llega a ser mala.) Por qué gastan plata en arruinar ideas potencialmente buenas es un misterio. Aunque si se recuerda que los jerarcas de nuevo Hollywood no vienen del mundo del cine sino de universidades de gerenciamiento, mercadeo y ventas, el misterio se disuelve. A los nuevos jerarcas no les interesa el cine, les interesa vender, tienen esa cabeza, y una película sólo se diferencia de un jabón en que se venden en bocas de expendio diferentes. El concepto “entretenimiento” o “lógica del relato” no entra en sus cerebros y menos en las ecuaciones a las que reducen los argumentos.


Pobre, ahora le tocó el turno a Pour elle de recibir una total makeover. Pour elle (2008) es un logrado thriller francés de Fred Cavayé con Vincent Lindon y Diane Kruger. Por pura mala pata, ella termina en la cárcel acusada de matar a su jefa. Cuando los caminos legales se cierran, él, un profesor de literatura, procurará lo imposible: liberarla. La historia está contada de un modo plausible, los detalles cierran y la vuelta de tuerca semifinal sorprende y no es tramposa. Y como el título lo indica, él rompe unas cuantas barreras morales nada más ni nada menos que por amor. Lindon y Kruger conmueven y su suerte nos interesa todo el tiempo.


Esta historia inteligente debía ser diluida, atemperada, estupidizada para no interferir con la ingesta de pochoclo y el lento funcionamiento cerebral del público estadounidense medio. La sola lectura de los datos técnicos indicaba que estábamos en problemas. Pour elle dura unos escuetos 91 minutos. Sólo tres días dura unas extensas dos horas con 13 minutos. Las dos se abren con la misma escena y creemos ingenuamente que Sólo tres días seguirá la misma estructura del guión de Pour elle, pero ya desde la segunda secuencia, la versión yanqui comienza con los agregados obvios, el desarrollo de detalles inútiles, la creación de subtramas que no llevan a ninguna parte, el subrayado musical estentóreo y la transformación de implicancias y sutilezas en insultos a la inteligencia. Los personajes de Lindon y Kruger eran íntegros, dignos, los de Russel Crowe y Elizabeth Banks son unos maricones llorosos y enojosos. Liam Neeson, Olivia Wilde y Brian Dennehy hacen agua en personajes mal hilvanados y el reaparecido Daniel Stern está en una escena que da vergüenza ajena. La astuta vuelta de tuerca semifinal del original francés se transforma en una larguísima escena de gato y ratón, con imbéciles efectos especiales incluidos, que ya era vieja en los tiempos del cine mudo. Paul Haggis, el director, venía de dos películas interesantes: Crash y La conspiración. Al hombre, se sabe, le gusta elaborar tesis. Aquí parece estar planteando la mejor manera de transformar una idea decente en basura reciclada.


El film francés no tardará en llegar al cable, véanlo entonces, vale la pena. A esta cosa, en cambio, a menos que sean fanáticos de Russel Crowe, húyanle mucho, pero mucho, mucho.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 11 de marzo de 2011

El concierto

Hasta no hace mucho daban en la tele una propaganda en la que una chica sorbía una gaseosa en el cine, sonriente y emocionada, deleitada por completo por la película, mientras en off se oía la voz de un crítico que denostaba lo que ella veía. Esto pasa más a menudo de lo que los críticos están dispuestos a admitir. Ya no son, si alguna vez lo fueron, los árbitros indiscutidos de lo que está bien o mal. Los críticos, como algunos políticos, se aíslan a veces de la realidad y se pierden en teorías inválidas que los dejan todavía más solos.

Hace más de un año que vi El concierto. La bajé de internet y suelo cruzármela en las páginas para bajar películas. Es una de las más recomendadas por el público y muchos han dejado elogiosísimos comentarios breves. Supe que si alguna vez se estrenaba sería lapidada por los críticos. Cosa que terminó pasando. Si acerté, no fue porque tenga poderes de clarividencia, sino porque me pasé la vida leyendo críticas y porque por mi manera de ganarme el mango no puedo perder contacto con la realidad.

Estos son algunos de los conceptos utilizados para destrozarla: “…no puede disimular la caótica marcha de un film que acepta cualquier mezcolanza y cualquier incongruencia, ni el postizo añadido de una historia sentimental que apela en vano a la emoción y sólo produce baches en la acción. Ni mucho menos redimirlo del retrato prejuicioso de judíos, eslavos, gitanos, nuevos ricos rusos y homosexuales, puros clichés imperdonables.” (…) “En El concierto, Mihaileanu vuelve a intentar cruzar comicidad y tragedia, picaresca e historia, absurdo y sentimentalismo, pero esta vez fracasa estentóreamente. Allí donde la frescura, la eficacia o la ambición permitían disimular torpezas, simplificaciones y grosores, ahora la ecuación se invierte, con resultados que merodean el desastre a toda orquesta.” (…) “Desde el comienzo se fuerza al espectador a suspender su incredulidad, no una sino mil veces.”

Vayamos por partes. Las mezcolanzas no están mal, salvo que sean indigestas. No existen los géneros puros. Pacto de sangre (Double indemnity, Billy Wilder, 1944) es uno de los ejemplos más preclaros del film noir, sin embargo el final de los asesinos puede transformarla en una desesperada historia de amor. Mi padre odiaba las películas de amor e idolatraba Casablanca, pero él la veía como una historia de aventuras, que también lo era, aunque no lo primordial, que pasaba por el romance.

Los clichés son un elemento narrativo más y distan mucho de ser imperdonables. El cliché es una reducción tipificada, una estereotipificación degrada, una observación limitada que se basa en un recorte de la realidad. Está mal suponer que todos los latinos son amantes ardientes, sabemos que no lo son. Algunos, sí. Y es ese recorte de la realidad lo que creó el cliché. No está mal poner a un latino calenturiento en una película si no es exclusivamente eso o si no se usa ese reduccionismo para segregarlo o perseguirlo. Partir del cliché para ampliarlo o humanizarlo es lícito y hasta bienvenido.

La suspensión de la incredulidad es un pacto entre el espectador y lo que se le cuenta. Tomemos un ejemplo que todos conocemos: Mujer bonita. Sabemos que es prácticamente imposible que un millonario se enamore de una prostituta, aunque sea la mismísima Julia Roberts. Sin embargo, cuando vemos que la cosa viene por ahí, a menos que nos levantemos del cine o cambiemos de canal, indignados por la falacia, aceptamos el entuerto y dejamos que el cuento se desarrolle. ¿Por qué elegimos suspender la incredulidad ante determinadas historias y ante otras no? Porque se nos canta, porque es nuestro derecho, nuestra prerrogativa, nuestro poder en cuanto espectadores. Y lo usamos según nuestro regio antojo.

Ahora bien, ¿por qué me pongo a discutir conceptos que usé, uso o usaré? Porque El concierto, como a muchos otros miles en el mundo, me enamoró. Y ya se sabe, el amor desconoce de lógicas y razones. Y me ofende que maltraten una historia que disfruté y me encantó.

Y no hay nada más difícil que definir el encanto. Lo intentaré. ¿Cómo resistirse ante una historia de compensaciones postergadas, de justicia poética, de reclamos vitales al fin atendidos? Y es aquí donde el contacto con la realidad cobra relevancia. ¿Quién de los que caminan la calle no se siente postergado de recompensas en trabajo, afectos u oportunidades? Si alguien contesta que eso no le pasa, le pido un autógrafo ya.

En cine se acostumbra a hablar de los directores y se relega a los actores. Todo bien, pero Bergman no hubiera sido Bergman sin esos actores impares que corporizaron sus reflexiones. Y los de El concierto exudan una humanidad contagiosa con la que entramos en empatía inmediata que deriva en cariñosa simpatía.

Y el director, Radu Mihaileanu, claro, le tiene una fe inquebrantable a su historia.

Creo que ese coctel de historia de fácil identificación, actores irresistibles y director fervoroso explica, al menos para mí, el encanto de una obra que enamora.

En definitiva, pueden ver El Concierto con la alegría de un perro que retoza en un parque, o como los críticos, con la gravedad de un perro que pasea en un bote. Como siempre, ustedes tienen la última palabra.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 4 de marzo de 2011

La revelación

La revelación es como la chica linda que termina sola por indecisa. A lo que voy es que es de esas películas que se definen mejor por lo que pudieron haber sido. Podría haber sido un thriller inteligente, pero decide terminar en un acorde menor y no en un final a toda orquesta. Podría haber sido un film de autor, pero insiste en manierismos vacíos y pomposos. Aunque, paradójicamente, a pesar de sus indecisiones, como a la chica de la comparación inicial, méritos no le faltan. O sea que no es una película lograda, pero tampoco un bodrio.


El punto de partida es atrapante. De Niro es un oficial que decide si se conceden o no libertades condicionales. Un recluso, Edward Norton, incendiario que achicharró a sus abuelitos, quiere obtener el beneficio. Como no cree lograrlo por derecha, le propone a su pareja, Milla Jovovich que seduzca al oficial. Estos personajes, a los que se suma la esposa de De Niro, Frances Conroy, tienen secretos y dobleces como para garantizar unas cuantas vueltas de trama. Y si bien padecen de diálogos excesivos y de caracterizaciones discutibles, hacen progresar la historia con interés. El problema principal es que el director, John Curran, (Al otro lado del mundo/The painted veil) elige que el argumento implosione en vez de explotar, lo que (nueva paradoja) no le conviene al film, pero si a De Niro en cuanto actor.


Convengamos que De Niro es el rey de los personajes explosivos en el drama e híper histriónicos en la comedia y que los personajes olla-a-presión que hierven a fuego lento no son su fuerte. Así que aquí renueva nuestro fanatismo por su excepcionalidad con un trabajo que lo muestra en un perfil diferente. Norton, Jovovich, Conroy acompañan con talento menor pero apreciable.


En definitiva, si creen, como yo, que De Niro convierte en hecho cultural ineludible cualquier cosa en la que esté, véanla. Si sólo lo respetan parcialmente o de lejos, esperen que llegue al cable para espiarla.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 25 de febrero de 2011

127 horas

Aron es egocéntrico, narcisista, pagado de sí mismo, soberbio, o sea un personaje ideal para James Franco. Se cree tan mimado por Dios que se va de excursión a los cañones de Moab, Utah, sin avisarle a nadie, nadie, ni llevar un teléfono celular (!!!). Al hombre le gustan el montañismo, las carreras con bicicletas todo terreno, y esas cosas. La cuestión es que se mete en el pasadizo de un cañón, y no va y se le cae una piedra que le atrapa el brazo y lo deja, claro, inmovilizado. Echará mano a todo lo que sabe de supervivencia y la desgracia lo hará repasar algunas elecciones de su vida hasta ese momento. ¿Saldrá de su predicamento? ¿Cómo? (¿Pueden creer que hubo un crítico tan aguafiestas que contó el final? Se escudó en que era un caso real muy conocido. Hay que ser ganso.)


Si en el teatro un unipersonal es de por sí una tour de force, en el que el intérprete y el público se entretienen o mueren en el intento, porque no aparecerá otro actor o actriz a dar variedad o contraste, en cine, como en este caso, la tour de force es una película que ronda sobre sí misma en una única situación. Y al director, más que nunca, sólo le queda entretener o matar de aburrimiento. No habrá progresión de argumento, ni desarrollo de personajes, ni variedad de locaciones. Todo un desafío, mire.


Danny Boyle (Tumba a ras de la tierra, Trainspotting, Vidas sin reglas, La playa, Exterminio, Millones, Sunshine: Alerta solar, Slumdog millionaire / ¿Quieres ser millonario?) recoge el guante, saca a relucir su arsenal de recursos, le saca brillo a su manejo de la edición y, como su protagonista, se lanza a la aventura sin ningún reaseguro. No haré más suspenso, logra entretener y nos mantiene en vilo durante una hora y media. El hombre se las ingenia para explotar su única situación desde todos los encuadres y hacer crecer la tensión. En su malabar chino con platos rodantes, ninguno deja de girar ni se le hace añicos.


Eso sí, como dijo en broma en un reportaje, la única condición para disfrutar de este film es que te guste James Franco. Casi no hay fotograma sin su presencia. En lo personal el chico me cae bien. Sin exagerar. No me voy a poner a llorar si falta al asado. Pero la simpatía me alcanzó para comprender que hace un buen trabajo actoral. Sin embargo me pareció que el departamento de maquillaje lo trató con mucha indulgencia. Está bien que a los jóvenes se les note poco el estrés, pero que casi siempre esté fresco y lozano me parece más una concesión al mandamiento hollywoodense de que el protagonista esté permanentemente bonito que a una elección estética en este caso medio injustificable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 18 de febrero de 2011

El ganador

Las películas de boxeo son cuentos de hadas para hombres. Creo que los dos grandotes en el ring corporizan simbólicamente la justa que todos debemos lidiar contra el desamor, el destino, la muerte. Obviamente algunas veces nos alzamos con el título y otras nos damos de narices contra la lona, las más nos refugiamos contra las cuerdas hasta que suena la campana.


Hoy las películas de boxeo se debaten entre dos modelos ejemplares: Rocky (I, claro, la mejor, que hasta se llevó un Óscar como Mejor Película) y El Toro Salvaje (que no ganó un Óscar, pero es una de las cumbres del cine). Rocky Balboa era un simplón con determinación, disciplina y coraje; no ganaba la pelea, celebraba la dignidad de los que se esfuerzan y llevan sus capacidades al límite y se quedaba con toda la simpatía de la platea. El Jake La Mota de De Niro ganaba y perdía en el ring y a lo sumo empataba con los demonios que arrastraba fuera del ring; no despertaba simpatía alguna, pero se quedaba con nuestra comprensión, respeto y temor, porque después de todo ¿quién no esconde en el casillero del vestuario un rencor, una amargura, una frustración?


El ganador se ubica en el justo medio de estos dos modelos. Hay oscuridades y demonios sobre todo en lo que tiene que ver con los personajes de Christian Bale y de la madre que hace Melissa Leo; pero también buena voluntad, simpleza y valor en los personajes de Mark Wahlberg, Amy Adams y Jack McGee. Por momentos tiene la blancura inmaculada de los films con personas buenas, y en otros, las sombras de los fims con personajes llenos de dobleces y sinuosidades. Se basa en una historia real y sigue los primeros años de la carrera de Micky Ward. Todo el desarrollo exuda verdad, a la que no poco contribuyen las actuaciones, la ambientación, el vestuario, la fotografía, las locaciones, pero ¿cuánto de esto pasó tal como se cuenta? La sospecha surge porque da envidia ver cómo se resuelve el conflicto central. Ojalá fuera así de sencillo corregir conductas equivocadas, asumir errores y perdonar. Quizá mi sospecha es injusta y todo fue cómo se relata. Sé que hay personas buenas y nobles que pueden aceptar sus equivocaciones y enmendarlas. Pero, por desgracia, no es tan común. Si fuera la norma y no la excepción, el mundo sería un lugar mejor y más fácil.


El ganador es una muy buena película de David O. Russel (Secreto íntimos, Flirting with disaster, Amo a Huckabees, Tres reyes) con actuaciones sobresalientes. Christian Bale añade a su galería de grandes trabajos una caracterización inolvidable. Melissa Leo está perfecta. Amy Adams, que es una de mis debilidades, está hermosa, fresca y sincera. Mark Wahlberg hace un buen trabajo, pero no termina de enamorar porque le busca recovecos a un personaje que en esencia es un patito feo, bueno y noble como pocos. Más alla de los "peros", disfrutable y recomendable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

El cisne negro

Nina Sayers (Natalie Portman) es una bailarina clásica con “problemitas”. Aunque ya es toda una señorita, vive y piensa como una niña. Su pieza está llena de ositos de peluche y antes de dormir escucha una cajita de música. Huele a osamenta de tan flaca, medio pomelo es toda una comida y si comió de más, al baño a meterse los deditos. Mamá, Barbara Hershey, corta una torta como si la apuñalara y pasa de la sobreprotección a la monstruosidad en un parpadeo. Mejor no contradecirla ni enojarla y contestarle las 700 llamaditas diarias al celular. En el trabajo la competitividad feroz está a la orden del día. Se descuida y termina con vidriecito molido en las zapatillitas. Todas estas cositas no contribuyen en nada a que la cabecita le funcione cual relojito. Vive ansiosa, al borde del sobresalto. La pobrecita apenas puede con su vida. Pero como esto recién empieza, la cosa se complicará más. Como le dieron el raje a la prima ballerina (Winona Ryder), el coreógrafo (Vincent Cassel) debe elegir quien la sustituya en los dos cisnes, el blanco y el negro en la próxima reedición de El lago de los cisnes. Nina da el blanco, puro, etéreo, como ninguna, pero como el negro, misterioso, sensual, maligno, no convence. Por suerte, la eligen. (Sabrá Dios en qué honduras hubiera caído la chica si no la hubieran elegido. Perdón, no crean que estoy revelando algo que debería callar. Todavía no llegamos al quid de la cuestión). Pero una recién llegada a la compañía, Lily (Mila Kunis), que pasa de apoyarla a serrucharle el piso, da el cisne negro como los dioses, aunque para el blanco deba “fabricar” pureza.


El cisne negro es un film fascinante y original. Original porque el eje del thriller emocional, que es en primera instancia, pasa por ver si una bailarina, una artista, logra la meta que se propone. Claro, como es una chica con problemitas, hay que ver qué precios internos debe pagar para abarcar el personaje. Y fascinante porque Darren Aronofsky (Pi, Réquiem por un sueño, La fuente de la vida, El luchador) arma un film que permite dos visiones, una que se centra en la anécdota, su desarrollo y su desenlace sorprendente (una lectura superficial, si se quiere, pero muy gratificante), y otra, más profunda, que permite aventurar elucubraciones sobre la delgada línea que separa la cordura de la locura, los terrores que representan los “suplentes”, los “remplazos”, y el eterno tema del doppelgänger, el doble más bien maligno.
Aronofsky trabaja con libertad, desprejuicio y astucia, y se apoya en herramientas de cine intelectual o artístico (la cámara en mano intrusiva; el uso de los espejos, los reflejos; el encuadre expresionista, etc.), pero también en los tradicionales efectos del cine industrial: los cambios de ritmo narrativo y de montaje sonoro, que provocan los sustos del típico cine de terror).


Aparte del insustituible e inconmensurable soporte que le brindan la fotografía, la escenografía, el vestuario, la música, etc. Aronofsky cuenta con el apoyo incondicional de un elenco perfecto. Natalie Portman se entrega sin retaceos a la aventura. Su trabajo deslumbra. Y aunque su “bailarina” convence plenamente a un lego, bailarines y coreógrafos han declarado que movimientos y posturas que toman años y años aprender, no se pueden adquirir en meses y que la chica hace agua en cuanto profesional de la danza. Ellos sabrán, no se discute a un experto. Vincent Cassel, en plan de Pigmalión mezclado con Svengali, seduce y mete miedo. Winona Ryder, en irónico papel de estrella a la que se le pasó el tren está muy bien (cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia). Barbara Hershey es una madre que deja a la Faye Dunaway de Mamita querida a la altura de la madre adoptiva monjita que hacía Laura Bove en Papá Corazón. Mila Kunis es una toda una sorpresa. Le chorrea talento.


El cisne negro es de esas películas con código propio que puede ser amada u odiada por los mismos motivos. Aronofsky es un maestro en “comunicar” desequilibrios psicológicos, recuerdo haber detestado Réquiem por un sueño porque me parecía tan cercana como revulsiva. Ésta, no sé si por ser un teatrero de alma, primero me dejó de una pieza y después hablando pavadas. Ojalá que si la ven, les pase lo mismo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 11 de febrero de 2011

Temple de acero

Los hermanos Coen son como los chicos terribles del grado. No los revoltosos de siempre que son un poco sociópatas, que psicológicamente tienen un tornillo flojo o que sufren de algún problema endocrinológico. No, más bien de los que se sientan atrás para tener más libertad, para distanciarse, que son muy inteligentes, que comprenden lo que se les explica antes de que termine el enunciado, y que cuando hacen una broma, es tan astuta que uno no sabe si reírse o matarlos. Nunca se integran del todo, pero tampoco están siempre al margen.


Durante años los Coen fueron los outsiders de Hollywood, desarrollaron una carrera envidiable de manera independiente. Y un buen día, les entregan un Óscar, Hollywood quiere integrarlos, pagarles cualquier travesura que quieran hacer. Y ellos se miran y se dicen: ¿qué diablos hacemos aquí si somos sapos de otro pozo? Y otro día, como consecuencia natural de lo anterior, un “major film studio” les ofrece producir una película. Y ellos (¡sorpresa!) eligen hacer una remake de True grit (Temple de acero), western de 1969 de Henry Hathaway, que le permitió al cowboy eterno, John Wayne, ganar un Óscar.


Todos esperaron una broma mayúscula, una reformulación cínica llena de audaces diabluras. Pero ellos, bromistas supremos, habrían de toma una decisión que dejaría al mundo con la boca abierta.


Para empezar se apartaron radicalmente de la idea de una remake, el film del 69 les importaba un corno, y se concentraron en la novela de Charles Portis, en la que se basaba. La novela, según se dice, desató en su momento toda una polvareda. Portis hacía hablar a los cowboys de una manera florida y articulada que contradecía el estilo parco y medio bruto que hasta ese momento el género del atribuía. Según se dice también, nadie sabe a ciencia cierta cómo hablaban los cowboys, de modo que bien podían ser fluidos y elegantes. No extraña que a los Coen les atrajera esta controversia. Los juegos del habla no les son ajenos. Sus guiones evidencian que tienen un oído fino de dramaturgo avispado. Y así, con sumo respeto al trabajo de Portis, entregan un guión en que los personajes son tan locuaces como elocuentes.


Visualmente optaron por dar otra sorpresa, no tan sorpresiva si se los analiza lógicamente. En sus películas las trasgresiones y las rarezas iniciales fueron dejando paso a un estilo más depurado y despojado, cercano al clásico. Cinéfilos impenitentes, como todo buen director, cuando trasgredían lo hacían con pleno conocimiento de causa. Y si ahora eligen narrar en estilo clásico puro, no hacen otra cosa que remitirse a lo que siempre conocieron o dominaron, aunque antes elegían contravenirlo.


Que volvieran a trabajar con Jeff Bridges, con quien no lo hacían desde El gran Lebowski (personaje y film, estrambóticos como pocos) creaba la expectativa de alguna chanza cruel que se mofara con algún despropósito actoral extemporáneo de la actuación de John Wayne (convengamos que el Duke fue más una estrella que un actor). Dicha expectativa también quedaría incumplida. Bridges da una actuación honesta, compenetrada y directa, sin dobleces ni guiños.


En definitiva, esta vez la gran broma es portarse bien, hacer los deberes y tener las uñas limpias.


Temple de acero es una fiesta clásica. Una historia de redención y venganza contada impecablemente, con personajes claros que se definen por cómo se comportan y hablan, a la vieja usanza. No necesitan que los defina un encuadre o el complemento musical. La acción progresa con naturalidad, sin sobresaltos berretas. Cada escena está armada con precisión y elegancia.


Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin y la joven debutante de 14 años, Hailee Steinfeld, todos los secundarios y hasta los extras actúan como los dioses, como es lógico en una película de los Coen.


Muchos se quejan de que es tan prolija y convencional que no parece de los Coen. No opino lo mismo. En un mundo cinematográfico que se ha ido al carajo varias veces, lo más revolucionario que se puede hacer es volverse clásico.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

El discurso del rey

Si siguen así, los ingleses van a fundar un nuevo género con esto de rellenar los puntos suspensivos de algún hecho histórico del que sólo se saben los aspectos salientes. El método es sencillo en apariencia, tomar una situación (en general, menor, pequeña) de la que sólo se sabe las consecuencias e imaginar el proceso y los pormenores que hubo detrás. El dramaturgo/guionista Peter Morgan es el que más ha practicado el truco: La reina, Frost/Nixon, El nuevo entrenador, Longford. Esta tendencia, más respetuosa, íntima, es como una derivación de la moda de los 90 de desnudar en biografías escandalosas las miserias de cuanto famoso o notable se les venía a la cabeza. (De esa moda, lo único rescatable que queda más o menos en pie es Master Class, obra teatral de Terrence McNally sobre la Callas). Ahora el guionista David Seidler se suma a la vertiente y nos entrega un episodio de la vida del rey Jorge VI para esta prolijísima película de Tom Hooper. (Eso sí, una aclaración se impone, el guión, por conveniencia comercial o por discreta elegancia, deja de lado una circunstancia histórica, explicable en el contexto socio político de la época: el Duque de York (no Jorge VI, of course) tenía una inclinación filonazi. Oops!!!)


El Príncipe Alberto, Duque de York (Colin Firth), el segundo hijo de Jorge V es tartancho mal. El pobre anda por ahí haciendo el ridículo, discurseando en público. Su esposa, Isabel (Helena Bonham Carter) lo lleva a ver varios especialistas que fracasan en el tratamiento. Dan finalmente con un terapista australiano, Lionel Logue (Geoffrey Rush), excéntrico y poco amigo del protocolo, que demuestra ser el maestro ideal para el futuro Jorge VI. La película se centra en las clases y en la amistad que cimentan.


El relato es atractivo, seductor y fue descripto con justicia como un entretenimiento sensible alternativo para espectadores maduros hartos de las estupideces del cine industrial corriente. Colin Firth, Helena Bonham Carter y Geoffrey Rush dan caracterizaciones inolvidables. Debo confesar que las disfunciones del habla me conmueven mucho por lo que arrastran y provocan, así que mi simpatía por el personaje de Firth fue absoluta. Ya es obvio que no soy el único, en buena ley, una catarata de lauros está premiando su actuación.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

jueves, 3 de febrero de 2011

Lazos de sangre

Lazos de sangre (Winter’s bone) es un milagro. Participa del retrato social, del cuadro psicológico, del thriller, del film noir, del relato del pasaje de la adolescencia a la madurez, de la descripción de mafias, y hasta de la tragedia griega. Se permite todos estos lujos por el simple trámite de contar una buena historia con el mayor cuidado hacia los personajes y a los ambientes que los determinan. Ambos pueden ser intransferibles, pero las resonancias son universales.

Ree (Jennifer Lawrence) tiene 17 años y está al cuidado de sus hermanos menores. El padre está ausente y la madre, catatónica por una depresión profunda. Un día aparece el sheriff y le dice que a menos que el padre aparezca va a perder la casa. El padre la dio como garantía de su fianza. Ree comienza un peregrinaje tozudo para indagar vecinos con los que lejana o cercanamente está emparentada. Como Antígona desafiará el poder establecido y se pondrá al borde del sacrificio. Como Ifigenia será víctima de los errores y ambiciones de sus mayores. Se condolerán de su desesperación, apreciarán su valentía, pero se empeñarán en el silencio y en ocultarle la verdad. Aunque, claro, se sabe, no hay dique que no desborde. Teardrop (John Hawkes), un tío, jugará un rol decisivo, pero nunca sabremos si va a ayudarla, abusarla o matarla.

La acción transcurre en un rincón de las montañas Ozark, tierra hostil, desolada, empobrecida. Contracara perfecta del sueño americano, raramente visitada por el cine. Sus habitantes ya no sobreviven destilando whisky ilegal sino “cocinando” metanfetamina. Una posible salida para los jóvenes es el ejército, de allí que muchos lugareños lleguen a ser carne de cañón del avaricioso Tío Sam.

La magnífica fotografía de Michael McDonough le da textura, entidad, dignidad y una opaca belleza a ropas y ambientes inmersos en un entorno brutal. Nadie podrá acusarlo de darle pintoresquismo a la miseria.

Del excelente elenco que mezcla profesionales y no, sobresalen entre los primeros la inolvidable protagonista, Jennifer Lawrence, un prodigio de expresividad y comunicatividad, y John Hawkes, impredecible, peligroso; entre los segundos, se destacan el soldado reclutador, que es eso en la vida real y que concibió su diálogo y la señora que canta en la reunión.

La directora, Debra Granik se inscribe en el diccionario de los grandes del cine. Con Lazos de sangre es fácil jugar a la clarividencia y augurarle destino de clásico.

Un abrazo,
Gustavo Monteros