
Si en el teatro un unipersonal es de por sí una tour de force, en el que el intérprete y el público se entretienen o mueren en el intento, porque no aparecerá otro actor o actriz a dar variedad o contraste, en cine, como en este caso, la tour de force es una película que ronda sobre sí misma en una única situación. Y al director, más que nunca, sólo le queda entretener o matar de aburrimiento. No habrá progresión de argumento, ni desarrollo de personajes, ni variedad de locaciones. Todo un desafío, mire.
Danny Boyle (Tumba a ras de la tierra, Trainspotting, Vidas sin reglas, La playa, Exterminio, Millones, Sunshine: Alerta solar, Slumdog millionaire / ¿Quieres ser millonario?) recoge el guante, saca a relucir su arsenal de recursos, le saca brillo a su manejo de la edición y, como su protagonista, se lanza a la aventura sin ningún reaseguro. No haré más suspenso, logra entretener y nos mantiene en vilo durante una hora y media. El hombre se las ingenia para explotar su única situación desde todos los encuadres y hacer crecer la tensión. En su malabar chino con platos rodantes, ninguno deja de girar ni se le hace añicos.
Eso sí, como dijo en broma en un reportaje, la única condición para disfrutar de este film es que te guste James Franco. Casi no hay fotograma sin su presencia. En lo personal el chico me cae bien. Sin exagerar. No me voy a poner a llorar si falta al asado. Pero la simpatía me alcanzó para comprender que hace un buen trabajo actoral. Sin embargo me pareció que el departamento de maquillaje lo trató con mucha indulgencia. Está bien que a los jóvenes se les note poco el estrés, pero que casi siempre esté fresco y lozano me parece más una concesión al mandamiento hollywoodense de que el protagonista esté permanentemente bonito que a una elección estética en este caso medio injustificable.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
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