domingo, 25 de abril de 2010

La cinta blanca

En los días previos a la entrega de los Óscars, La cinta blanca era el cuco tan mentado. Es que muchos especialistas la daban como segura ganadora en la categoría de mejor film extranjero. Como se sabe, la criollísima El secreto de sus ojos, que recolecta en estos días merecidos y ditirámbicos elogios de la crítica yanqui, terminó llevándose el premio. Ambas son películas magníficas. Que hubiera que decidir cuál era mejor fue el antipático daño colateral de las entregas de premios. Más allá de estilos y temáticas lo que las distingue es la actitud que le exigen al espectador. El secreto de sus ojos seduce y sólo hay que dejarse llevar. La cinta blanca recompensa mejor cuánto más despejado y atento se está a sus detalles.


Michael Haneke (La profesora de piano, Cachè: Escondido) es un moralista provocador que no se anda con chiquitas. Procura indagar nada más ni nada menos que el origen del mal, el germen del terrorismo, del mesianismo, del fanatismo. Desnudar la violencia, la crueldad, el odio, el goce por la aniquilación que se recubre de apariencias civilizadas.


Sus películas son obras de tesis. Echan mano a cuanta técnica de distanciamiento se conoce. La cámara parece denunciar su presencia. Los diálogos evidencian el poder de la incomunicación, de tan precisos se vuelven inaprensibles. Su cine parece la amalgama perfecta de influencias irreconciliables (Hitchcock y Bergman) que genera thrillers metafísicos que juegan con misterios cuyos desenlaces asustan no sólo a la mente sino también al alma.


La cinta blanca transcurre en un pueblito imaginario del norte de Alemania entre 1913 y 1914. La voz en off del maestro de la escuela nos informa que se propone contar algunos raros sucesos que pueden echar luz a lo que sucedió después. Sus alumnitos parecen estar detrás de esos extraños acontecimientos. Formados en las rigideces protestantes crecen desprovistos de ternura o afecto. Y no se necesita ser muy lúcido para comprender que la represión fanática de necesidades básicas sólo puede engendrar monstruosidades, el nazismo es este caso.

Implacable metáfora en blanco y negro que remite al origen de todo tipo de fundamentalismos. No se la pierda, un lujo para la inteligencia, mire.

Gustavo Monteros

domingo, 18 de abril de 2010

Querido John

Querido John es un drama romántico estúpido y nocivo. La cosa es así. Hay un muchacho, el John del título (Channing Tatum), musculoso saludable al que le dieron todas las vacunas y no le faltaron proteínas en la edad de crecimiento, quien conoce en la playa a chica rubia, bonita, de grandes ojos claros, llamada Savannah (Amanda Seyfried). Pianos y violines dulces subrayan la escena. Estamos en el 2001, según cartel informativo. Contrabajo ominoso hace su entrada. Se enamoran perdidamente. Él es un soldado de licencia. En la adolescencia fue un chico violento, pendenciero, pero desde que entró al ejército es noble y dócil. (Por ahí Susy Giménez tiene razón y debe volver el servicio militar para disciplinar indeseables que provocan inseguridad.) (Aunque por ahí no tiene razón, porque John, a la menor provocación, te caga a patadas, y más eficientemente que antes porque ahora tiene entrenamiento de marine.) Ella (Savannah, claro, no Susy) estudia y es tan rica y buena que reconstruye una casa derrumbada por un huracán para una familia necesitada. En el esqueleto de la casa en construcción se darán el primer beso. Bajo la lluvia, porque es más romántico. Violines melosos que dañarían a un diabético de fondo. El papá de John (el gran Richard Jenkins) es medio autista, pero John lo niega. Hay un vecino (Henry Thomas, quien fuera el nene amigo de E.T.), torpe y bueno como pocos o tan bueno y torpe como un personaje encarnado por el querible Henry Thomas puede ser. Al pobre vecino lo abandonó la mujer y arrastra un adorable niño autista. Con tantos autistas dando vuelta, Savannah tendrá la brillante idea de organizar una granja con caballos para autistas. Porque no sé si sabían, yo al menos no, los caballos y los autistas se llevan bien. Por ahí no es cierto, pero autistas y caballos quedan bien en una película. No importa, Savannah abrirá la granja cuando se reciba y todavía falta para eso. Como dijimos estamos en el 2001, John regresa al ejército a realizar misiones por África que parecen ilegales y nada humanitarias. No llama la atención porque el ejército yanqui es cualquier cosa menos casco blanco. Savannah vuelve a la facultad y estudia mucho porque es una niña muy buena. Y de repente, con violines muy dramáticos de fondo, vuelan las Torres Gemelas. A John le queda un mes para dejar el ejército y volver a comer perdices por siempre jamás en la cocina de Savannah, pero ahora se re enlista porque el deber patriótico lo llama. Savannah llora mucho, se resiste y termina por comprender, porque aparte de buena es muy patriota. Carta va y carta viene. Todas de amor. Canciones románticas poperas de fondo. Hasta que al pobre John, que hace desmanes en Afganistán, le llega una carta de desamor. Contrabajo y violines dramáticos, otra vez. Savannah le da calabazas, zapallos y zapallitos. Se va a casar con otro. Parece que Savannah no era tan buena después de todo. (Los que no quieran saber el final de la historia saltéense el próximo párrafo.)

John, despechado, quema todas las cartas de la ahora pérfida Savannah. Más violines dramáticos y canciones poperas cursis. Al pobre John lo hieren, lo mandan a un hospital, se cura y vuelve a la acción. El ejército ahora es su carrera. Acabado el amor, le queda la defensa de la patria. (En este momento se recomienda a los lectores cantar America the beatiful.) John lucha y despanzurra unos cuantos musulmanes. De repente lo llaman de regreso a la madre patria. Papá tuvo un derrame cerebral. Papá vivía su semi autismo coleccionando monedas. John se reconcilia con papá, hay una escena muy pero muy conmovedora, y papá pasa a mejor vida. John, de puro masoquista, va a ver a Savannah. Ella está acariciando un caballo, pero lo de la granja de caballos para autistas fracasó porque era muy cara. Y se viene la gran sorpresa. Savannah se había casado con el vecino Henry Thomas, no porque haya sido el chico de E. T. o el padre de un autista adorable sino porque lo aqueja una enfermedad terminal. Savannah era muy pero muy buena después de todo. Se había sacrificado dejando al joven padrillo musculoso para casarse con el viejo flacucho, peligroso en el fondo como los galanes que hacía Anthony Perkins. Obviamente, el ex vecino está de última y en el hospital. Savannah quiere traerlo de vuelta a casa, pero la impiadosa prepaga no se lo quiere pagar. John, que es muy pero muy bueno también, vende las monedas coleccionadas por papá y le hace una donación anónima (bah, no tanto porque hasta el boletero lo sabe). Lo hace, no porque Henry Thomas haya sido el nene de E. T. sino porque, como a su propio papá, al ex vecino lo abandonó la mujer. Sí, tiempo atrás la mamá de John, de puro mala malísima, había abandonado al marido semi autista y al pequeño John. John regresa al frente a despanzurrar más musulmanes. Hay una última carta con violines y canción pop melosa, después de la cual, John regresa finalmente a comer perdices por siempre jamás en la cocina de Savannah y a cuidar del autista semi adorable (semi porque ya no es niño sino un adolescente medio pesado) que les legó el ex vecino.

En resumen es un film tonto, torpe, conservador y patriotero. Esto último es lo peor porque defiende la teoría de Bush. Los yanquis son el brazo armado de la palabra divina. Dios nos libre y nos guarde. Amén.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 11 de abril de 2010

Ninotchka

Greta Garbo emerge en mi memoria enmarcada de adjetivos hiperbólicos, todos en mayúsculas: LA ÚNICA, LA ENIGMÁTICA, LA DIVINA. Así la conocí, incluso antes de verla por primera vez. Es que en el viejo star system era la estrella de estrellas. La más distante, la más luminosa, la más inalcanzable. Cuando la conocí, no daban sus películas por televisión. Cuando lo hicieron, lo anunciaron como el evento televisivo más trascendente desde la llegada del hombre a la luna. (No se andaban con chiquitas con nada que tuviera que ver con ella.) En mi infancia por suerte se usaban los re estrenos. Volvíamos a ver en cine films destacados de años anteriores. La MGM organizaba de vez en cuando una retrospectiva de la Garbo que incluía La dama de las camelias, Ana Karenina, Reina Cristina, María Walewska y Ninotchka. Las combinaban de a dos, menos a María Walewska que la daban sola con dibujitos de Tom y Jerry porque era más larga. Vi en el Cine Teatro Catamarca todas, menos María Walewska. El día que la exhibían, cuando me fueron a buscar a la escuela, la maestra se quejó de que me había pasado la mañana conversando con Manuelito Moya que era mi compañero de banco y me castigaron no dándome el permiso para ir al cine. La tía Martina intercedió a mi favor, pero fue de poca ayuda. Sabrá Dios por qué, mamá andaba medio peleada con el mundo en general y con la tía en particular. La tía consideró que era toda una injusticia y la vio en la función nocturna para después contármela. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos mate cocido con leche y rebanadas de pan cacho con manteca y azúcar, me la contó. Mamá estaba furiosa y le dijo algo muy cruel, que tuviera sus propios hijos y no interviniera en la crianza de los ajenos. La tía se encogió de hombros, me guiñó un ojo y siguió contándomela. Mamá salió de la cocina pegando un portazo que hizo temblar los vidrios. Durante el día la pelea terminó. Esa noche, mamá y la tía jugaron a la canasta con los vecinos y estaban de lo más bien. Tiempo después, en mis primeros años de secundario en La Plata, en otra edición del ciclo Garbo, vi María Walewska en el cine 8. Es la más espectacular de las cinco, pero también la más flojita. Las otras tres son muy atendibles, Reina Cristina por el perturbador manejo del erotismo, La dama de las camelias por la insuperable actuación de la escena en que muere, y Ana Karenina porque la pasión que siente por Vronsky es innegable, con semejante calentura no le quedaba más remedio que abandonar casa, marido, hijo e irse con el amante. Pero de las cinco, bah, de todas las que hizo, Ninotchka es la mejor.


No es para menos, fue dirigida por Ernest Lubitsch, uno de los tres reyes de la comedia parlante estadounidense (los otros dos son Preston Sturges y Billy Wilder). Ninotchka es uno de sus dos film que tienen como telón de fondo a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (el otro es su obra maestra indiscutida To be or not to be (1942), calificarla de joya es quedarse corto). Ninotchka (1939) trata el romance entre un occidental capitalista decadente y una fervorosa camarada soviética. Hay filosos chistes que desnudan las iniquidades de ambos sistemas político-económicos. Pero el humor político no es el eje. Lubitsch, como todo buen comediógrafo, es un humanista. Sabe que más allá de declamadas posturas éticas o políticas, un hombre es un hombre. Un ser proclive a los peores vicios y miserias, pero también capaz de maravillas tales como el amor, la solidaridad y el perdón. Ése es su tema: el movimiento pendular humano entre maravillas y miserias. Y él se ríe. De todo. No como la hiena sino con furibunda ternura. Lubitsch comprende y confía. Apuesta a que un día quizá seamos mejores. Es impiadoso con nuestras debilidades, pero las retrata con la esperanza de que podamos modificarlas. Al analizar en detalle sus comedias vemos que nos hace reír de atrocidades, pero no nos atosiga con moralinas infames, nos invita a comprender para superar.


Dos famosos golpes publicitarios se destacan de la carrera de Greta Garbo en la MGM. Su pase del cine mudo al sonoro fue anunciado con bombos y platillos como GARBO HABLA. Y cuando se estrenó Ninotchka se la promocionó como GARBO RÍE. No es que no se hubiera reído nunca, no, en sus películas se rio y mucho, pero por primera vez dejaba de lado a las sufridas heroínas románticas y se lanzaba a la comedia. Para gloria propia y la del cine. Está deliciosa.


Garbo permaneció siempre incólume en su esplendor, como una esfinge perfecta y eterna. Todas las demás estrellas (Ingrid Bergman, Marlene Dietrich, Katherine Herpburn, Bette Davis, etc.) envejecieron ante las cámaras. Las vimos ajarse y las amamos más. A Garbo, no. Ninotchka sería su penúltima película. Tres años después, tras el fracaso artístico y comercial de La mujer de dos caras (u Otra vez mío) se retiró para siempre y se escondió del mundo. Su imagen se volvió icónica, legendaria. Despertó admiración, pero no mucho cariño. La perfección detenida en el tiempo en el fondo asusta. Sin embargo Ninotchka nos muestra a una mujer asequible a la que es posible amar. Otro mérito del gran Lubitsch, quizá.


El jueves 15 de abril TCM brinda un tributo a Greta Garbo. A las 14 va La dama de las camelias, a las 15:55 Mata Hari, a las 22 Reina Cristina y a las 23:50 El velo pintado. Pero a las 17:30 va la mejor: NINOTCHKA. Si la han visto, véanla otra vez. Es un clásico y los clásicos se resignifican cada vez que uno los visita. Y si no la han visto, falten al trabajo, salgan más temprano, o no cometan ningún pecado laboral y grábenla o bájenla de internet. En esta era de listas, de las 2000 películas que hay que ver antes de morir y esas cosas, diré que figura en mi lista de imperdibles. Vale la pena. Consejo de amigo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 4 de abril de 2010

Dos hermanos

Todos los años pares, Daniel Burman estrena un largometraje. Así que cada dos años, los degustadores del buen cine argentino estamos de parabienes. Desde su más que auspicioso debut con la bella y sorprendente Un crisantemo estalla en cinco esquinas (1998), el cine de Burman fue siempre atendible, lo evidencian Esperando al mesías (2000) y Todas las azafatas van al cielo (2002), pero desde que inauguró su ciclo de indagación de las relaciones familiares se ha vuelto fascinante: El abrazo partido (2004), Derecho de familia (2006), El nido vacío (2008).


Antes de entrar, el afiche nos informa que seguimos en el universo familiar, pero el eje ya no está puesto en la relación padre-hijo sino en la fraternal. Dos hermanos retoman un trato estrecho después de la muerte de la madre. A Burman más que articular una historia, le gusta narrar desde los personajes. Para ello cumple a rajatabla con un precepto de las artes de representación que en inglés se expresa como God is in the details (Dios está en los detalles). Es decir que cuanto más pormenoricemos una situación en particular más cerca estaremos de hallar una verdad. Burman, más que un pintor de frescos, es un orfebre que engarza gemas en un collar. Cada escena sería una gema. Algunas están mejor pulidas que otras. Sus películas están unidas por apasionantes puntos suspensivos. Tanto en El nido vacío como en Dos hermanos, los personajes se vuelven misteriosos. Los espiamos en momentos intensos, los conocemos en profundidad en circunstancias determinadas, pero no sabemos con certeza qué los llevó a ser así, qué devenir los conformó de esa manera. En Dos hermanos, vemos que Marcos (Antonio Gasalla) reprimió sus impulsos sexuales y supeditó la vida a la de su madre, pero ¿por qué exactamente? Hay pistas, pero nos toca a nosotros completar el retrato. Susana (Graciela Borges) es una manipuladora terrible, pero ¿cuál de todas sus frustraciones la lleva a meterse de ese modo con la vida de los demás? También como El nido vacío, un viaje acelera la peripecia hacia la aceptación y el conocimiento de algunas verdades negadas.


Al ser una película de personajes, los actores adquieren una relevancia suprema. A Gasalla se le pide un personaje muy metido para adentro que lo aleja de sus extrovertidos hallazgos cómicos. Está muy bien, pero por momentos se le escapa su reconocido histrionismo como en la escena en la que le reclama a su hermana la habilitación del celular. Graciela Borges compone un personaje que parece dialogar con toda su carrera. En este personaje conviven las chicas un poco tarambanas que hizo para Torre Nilsson, las señoras paquetas de sus primeros films con Raúl de la Torre y las mujeres patéticas que le dio a Lucrecia Martel y a Luis Ortega. Y agrega ahora el manejo sabio de un negrísimo humor.


Burman vuelve también a coquetear con el musical. Declaró que le encantaría hacer uno, pero que los costos son muy altos. Ojalá encuentre producción y logre concretar esa ambición. En la función a la que asistí, no bien terminó el film, nos prendieron las luces de sala y muchos espectadores que se marchaban tuvieron que volver a los asientos. Esperen los títulos finales, hay una yapa que nos devuelve a la calle con una sonrisa.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 28 de marzo de 2010

El cine de Berón

Como nada digno de mención se estrena en nuestros cines esta semana, aprovecho para completar una crónica que quedó pendiente cuando hablé de Confidencialmente tuya: la del cine de Berón.


El de Berón era un cine fantasma, trashumante. Funcionaba los domingos en el patio de la cuadra de la panadería de los Beltramelo. La panadería estaba frente a la plaza, sobre la calle que lleva a La Barrera y más allá, a la cuesta del Portezuelo.


Como todo cine al aire libre, dependía de las inclemencias del tiempo. Desde mediados de junio hasta los primeros días de septiembre no había función, los rigores del frío lo impedían. Y si el invierno se adelantaba, desde mediados de abril raleaban las funciones. Su temporada fuerte era la primavera y el verano. Siempre y cuando no se presentaran demasiado lluviosas.


Los domingos, entre la misa de once y el partido de la Liga de Fútbol que arrancaba a la una, pasaba una chatita con altoparlantes anunciando el programa de la fecha. Generalmente el programa consistía en viejas películas argentinas o mexicanas. Aunque la campaña de alfabetización amenazaba con desterrar el analfabetismo, todavía había gente que no sabía leer, de ahí la importancia de que fueran películas habladas en castellano. Recuerdo que sólo una vez dio una película hollywoodense hablada en inglés: Sinuhé, el egipcio. Ese día la chatita para compensar la desventaja del idioma, acentuaba que era en rutilante Tecnicolor.


La función era a las nueve. A eso de las seis llegaba Berón en un camioncito en el que transportaba un centenar de sillas plegables de madera y de lata, y el proyector, claro. Los Beltramelo que eran un batallón con dos reinas de la belleza lo ayudaban a descargar y a instalar las sillas en el patio. Las dos reinas eran las hermanas del medio, tan hermosas como las estrellas de cine.


Se entraba por un portoncito de lata, frente al cual a eso de las ocho se instalaba Don Berón en una mesita de madera para ver pasar la vuelta al perro y esperar a sus clientes. Tenía a mano una caja de zapatos con las entradas y el cambio, y un vaso de vino tinto con el que se mojaba los labios porque siempre estaba lleno. La tía Martina decía que había tenido mala bebida, que las monjitas le habían quitado la sed, pero no la costumbre. A mí la frase me sonaba críptica aunque nunca pregunté qué significaba. Un buen día la entendí. Supongo que son esas cosas las que nos indican que ya no somos chicos.


Al contrario del cine del cura, al que sólo se accedía si se tenía el monto completo de la entrada, el cine de Berón tenía una entrada negociable. Si no se tenía plata, pero sí la voluntad de ayudarlo a cargar las sillas al final de la función, se entraba. Si se era chico y se tenían sólo unas monedas, se podía entrar y ubicarse en las ramas del árbol que separaba el patio del gallinero de los Jalil. Y si su clientela femenina, consistente en señoras que se ganaban la vida limpiando casas, cuidando chicos o ayudando en las huertas, había tenido una mala semana, aceptaba huevos, quesillos o algún frasco de arrope. Aclaraba siempre que le convenía que le pagaran con plata, pero que no por ese detalle se iban a quedar sin entretenimiento si tenían algo que canjear. Algunas de sus clientas que hallaban duras las sillas traían mullidos almohadones de plumas.


La única vez que tuvo poco público fue durante el reinado de La novicia rebelde en el Cine Teatro Catamarca. Pero no la maldijo porque le había gustado. Además opinó que la Julie Andrews aunque cantaba finito tenía buenas tetas, y que menos mal que no terminaba de monja porque hubiera sido un desperdicio de mujer.


Sus grandes éxitos eran las películas de Tita Merello y en menor escala, las de Libertad Lamarque. Si daba Mercado de Abasto o Pasó en mi barrio venía gente hasta de Sumalao y tenía que pedir prestado sillas a los clubes vecinos. Esos días no aceptaba trueque, cantante y sonante o nada. No era necesario que lo aclarara. Su clientela femenina de la mala semana, aunque las hubieran visto dos o tres veces, sacaban plata de donde no fuera y si no quedaba más remedio hasta pedían prestado, pero a la Merello no se la perdían. En las escenas dramáticas se oían sollozos y lamentaciones tan profundas que parecía el velorio de alguien muy apreciado. La película se interrumpía dos o tres veces para el recambio de rollo. Y si nos pescaba en un revés del destino de la pobre Tita, hasta a los hombres que no debían llorar se los veía pelear con los lagrimones. Es que el sufrimiento de Tita no le era ajeno a nadie. De la Lamarque nos llegaban sus tremebundos melodramas mexicanos, llenos de madres abnegadísimas e hijo pérfidos que sólo se redimían al final, después de haberle ocasionado infinitas penas a la sufridísima madre.


Entre los hombres, el más popular, incluso más que Sandrini, era Cantiflas. Su buscavidas rotoso y querible hallaba eco inmediato. Curiosamente Niní Marshall, aunque respetada y venerada, no era tan popular. Sospecho que hallarían su humor demasiado “urbano” para el gusto norteño.


Como en el cine Mayo de La Plata, uno entraba por el lado donde estaba la pantalla, ya que la colgaban sobre la pared y puerta trasera de la panadería. A la derecha, en la puerta de la cuadra, los Beltramelo ponían una tabla y vendían sándwiches, empanadas y una especie de churro relleno de dulce de leche, que no puedo recordar cómo los llamábamos por más que rastrille mi memoria. No vendían alcohol, sólo gaseosas. Las bellas Beltramelo recibían con gusto todo tipo de piropos, pero si alguien se propasaba papá Beltramelo ponía orden. Un gesto inútil porque las niñas, criadas con una cuadrilla de hermanos sabían muy bien cómo lidiar con cualquier hombre por más pesado que se pusiera.


Baños no había, los hombres se desaguaban en los árboles de la plaza y las damas iban a la esquina, donde estaban el Club Obrero y el Marcos Avellaneda. También se podía recurrir al baño de la comisaría, sita también en la esquina.


Me dejaron ir solo al cine de Berón desde que tenía siete años. Estás más seguro ahí que en el cine del cura, me decían. Cuando pregunté por qué, me contestaron que iban todos los que nos conocían. Era verdad. Volvía pisando la medianoche, caminando por la calle con Doña Cacho, que era jefa de la hinchada de San Martín, o en el caño de la bicicleta del Mingo, de Don Hilario o de Don Quintero.


Si hacía frío en otoño, nos abrigábamos bien. Sabíamos que teníamos que estar unas tres horas a la intemperie. Las funciones dudosas eran cuando relampagueaba. En primavera o en verano, a veces relampaguea mucho, pero no llueve. Una vez, se desató un aguacero en medio de la segunda película, Don Berón nos dijo que faltaba una media hora y preguntó si nos queríamos quedar porque no podía volver a traer el mismo film el próximo fin de semana. Dijimos que nos quedábamos. Le hicieron un techito con lonas al proyector y vimos el final, empapados y felices. Hacía mucho calor y la lluvia nos atemperaba. Para combatir los mosquitos y zancudos, quemaban guano, o sea caca seca de caballo o vaca, una hora antes de la función.


Por supuesto, el cine de Berón era itinerante. Cada día de la semana abría en un lugar distinto de la provincia. En otoño e invierno andaba por lugares alejados donde daba funciones bajo techo, en clubes o escuelas.


Durante mi primaria en Catamarca, el cine de Berón funcionó con éxito. En algún momento de mi secundaria en La Plata, dejó de existir. En unas vacaciones, la tía Martina me contó que se cruzó con Don Berón en la fiesta de la Virgen y le preguntó de su vida, no por curiosidad propia (sí, tía, claro) si no porque sabía que a mí me interesaría. Don Berón le contó que había vendido el proyector a un cine del interior, que nadie había querido seguir con su itinerario y lo bien que habían hecho, porque con la proliferación de la televisión que llegó a Catamarca con el Mundial del 78, ya a nadie le interesaba el cine. Nada zonzo, el hombre se había separado de su esposa, una mujer amargada que lo había empujado al camino y a la bebida porque no lo quería, y se había aquerenciado con una buena moza de Andalgalá que le cambiaba entradas por una cama caliente y cariñosa. Estaba muy bien y ya andaba por el tercer retoño, dos changuitos y una chinita que eran su alegría. La vida lo había premiado. Lo bien que hizo. La buena fortuna siempre debería sonreírles a los hombres que ennoblecen la vida.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 21 de marzo de 2010

Un sueño posible

Sandra Bullock es lo más parecido que tenemos a una estrella de la vieja usanza. Su sola presencia garantiza algún tipo de entretenimiento. Eso sí, las estrellas del viejo Hollywood tenían más suerte. Como andaban por ahí los grandes maestros y los irrepetibles artesanos, tarde o temprano terminaban protagonizando una excelente película. Hoy, en cambio, como los directores “comerciales” son sólo orquestadores de marketing, a la pobre Sandra no le queda otra que hamacarse en el trapecio y hacer la pirueta sin red. Le ha puesto la cara a una larga cadena de bodrios que podría haber hundido la carrera de cualquiera. Sin embargo, su carisma si no los llevó al buen puerto del arte, al menos los ancló en las dulces aguas del éxito de taquilla. La fuerza de su secreto radica en un estilo de actuación brutal, carente de toda sutileza, pero tan frontal y honesto que hace que la cámara y nosotros por añadidura simpaticemos con ella.

Un sueño posible es un “crowd pleaser”, o sea un film armado para regocijo de la mayor cantidad de público. Pasará a la historia como el vehículo que le posibilitó a Sandra manotear un Óscar. Si nos salteamos unos cuantos mandamientos cinematográficos hasta podríamos considerar, con mucha buena voluntad, que es “bueno”.

Debo confesar que hice todo lo posible para odiarlo (en mi defensa diré que todos las contingencias de mi vida me conducen irremediablemente al cinismo), pero no pude. Se basa en un hecho que, creer o reventar, fue real. Y como humanista vocacional empedernido no me quedó más remedio que rendirme a la evidencia.

Sandra hace de una dama sureña con todas las de la ley, o sea, una oligarca patriotera, tradicionalista y republicana. Pero cristiana de hecho y no de golpearse el pecho, la dama se pasa por el traste unos cuantos prejuicios y preceptos sociales y le da asilo, primero, y adopta, después, a un adolescente negro, aporreadísimo por la vida. Demás está decir que la contención de un hogar cariñoso lo hará salir adelante.

Sandra, que no es de guardarse nada, reconoció que, de haber sabido la importancia que la película tendría, habría actuado de otra forma. Venía de la unánimemente repudiada All about Steve (como será de bodrio que a pesar del magnetismo de su nombre aquí no se estrenó en cines y pasó directamente a DVD), andaba con pocas pulgas y se enfrentó duramente en más de una ocasión tanto con la producción como con la dirección. Estuvo a punto de largar todo. Pero, profesional como pocas, terminó bajando la cabeza y poniendo el cuerpo de la mejor manera posible. Y bueno, a veces las cosas son como deben ser. De haber sido más consciente, por ahí la hubiera arruinado. Como está, entrega una actuación sólida, sincera y extrañamente contenida.

Para mí, hay una escena clave que ejemplifica la potencia de su actuación. Cuando ella le muestra su nuevo cuarto, el chico le cuenta una carencia básica que arrastra, algo tan nimio que parece imposible que alguien no lo tenga, ella, como nosotros, se conmueve profundamente. Contiene la respiración, lucha con las lágrimas, no las deja caer y se encierra en el baño. Su espalda algo tiesa y las lágrimas contenidas conmocionan más que si hubiera hecho cualquier otro alarde de actuación. Ratifica algo que los actores suelen olvidar, lo mínimo bien hecho expresa más que el histrionismo liberador.

Más allá de todas sus manipulaciones sentimentales groseras, es innegable que si estas historias fueran la regla y no la excepción, el mundo sería mucho mejor.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Todos están bien

La voracidad de la sociedad yanqui por estimular el consumismo ha engendrado en el cine tres subgéneros absolutamente detestables. Las películas navideñas, las del pavo de Acción de Gracias y las de los bombones de San Valentín. Las navideñas exhiben alguna que otra gema como El bazar de las sorpresas (The shop around the corner) de Ernest Lubitsch o ¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life!) de Frank Capra. Los otros dos subgéneros hasta ahora sólo dan pena. (La masacre de San Valentín de Roger Corman es muy buena, pero difícilmente podríamos incluirlas entre los bombones del Día de los enamorados.)


Everybody’s fine de Kirk Jones es una remake Stanno tutti bene de Giuseppe Tornatore en versión navideña, con Robert DeNiro en el papel que hiciera Marcello Mastroianni. (A los productores yanquis no se les cae una idea ni aunque en ello les vaya la bolsa o la vida.) (Para la futura sobrevida en el cable, por las dudas, este film le apunta también al pavo ya que oscila entre el Día de Acción de Gracias y Navidad.)


Sigue fielmente el original italiano con algunos cambios. Como a papá nadie lo visita (¿por qué será?), él sale a visitar a sus hijos. Trata un tema eterno como los laureles: hijos lidiando con las frustraciones de los padres. Pero esta vez se trata de los laureles que no supieron conseguir. Papá sacrificó su vida (Mastroianni soportando humillaciones y DeNiro poniendo en peligro su salud) para que los nenes no sólo salgan adelante sino para que sean los mejores en sus profesiones. Los nenes deben ser auténticas estrellas en lo suyo para que papá, que eligió ser un extra de la vida, no sienta que malgastó su juventud. Claro, nadie puede con el peso de semejante herencia. Los nenes, que de bebés tuvieron su vida hipotecada con las frustraciones de papá, fallan miserablemente. Al final, papá (Mastroianni, un poco menos, DeNiro, mucho más) se dará cuenta de su error y se arrepentirá. Tarde, muy tarde.


En la vida real, a un personaje así, uno le pasaría, sin remordimiento, un camión con acoplado por encima, frenaría y por las dudas no fuera suficiente, daría marcha atrás y lo arrollaría otra vez. Pero puesto en protagonista de una película, interpretado por Mastroianni o DeNiro, uno le tiene más paciencia, lo comprende y hasta se solidariza con él. El arte tiene también esa función, desentrañar conductas que uno de antemano rechazaría de plano.


Las otras actualizaciones tienen más que ver con un progresismo hipócrita y calculador que con una sincera adhesión a posturas bien pensantes. En la película italiana, una de las hijas es madre soltera, cosa que oculta porque papá no podría soportarlo; ahora ese personaje (Drew Barrymore) es lesbiana y cría al hijo con su pareja, del mismo sexo, of course. En la versión italiana, la otra hija finge ser una importante ejecutiva de una telefónica cuando en realidad es una empleada menor, en la versión yanqui es de verdad una exitosa creativa de publicidad (la hermosa Kate Beckinsale), pero ambas ocultan que están divorciadas y que educan solas a su hijo, porque de nuevo papá no podría soportarlo. En las dos películas (Sam Rockwell, en la actual) el hijo músico es feliz siendo percusionista y no el director de orquesta que a papá le hubiera gustado que fuera. En la peli italiana, el hijo muerto es un profesor universitario que se suicidó, y en la yanqui, un pintor drogadicto que termina su vida en México. Y en ambas, papá es viudo. La peli italiana tiene una hermosa secuencia que no tiene correlato en la versión yanqui: el encuentro con una hermosa mujer que posibilitó tener en cámara a dos leyendas del cine: Michèle Morgan y Marcello Mastroianni.


La remake es efectiva, se basa en un melodrama serio y bien armado, pero se le nota mucho el cálculo con el que está hecha para que quede manipuladoramente sensible, componedora y progre.


El personaje de DeNiro es más joven que el de Mastroianni, y está enfermo. El de Mastroianni es un hombre fuerte que sólo sufre los achaques de la vejez. ¿Quién está mejor? Ninguno. O los dos. “El mejor” en el arte no existe. Elegir al “mejor” es una convención caprichosa y estéril para justificar las entregas de premios. El arte se nutre de la diferencia. ¿Quién es mejor, Goya o Picasso? ¿José Hernández o Pablo Neruda? ¿Mores o Piazzolla? ¿El amanecer o el atardecer? ¿Tu mamá o tu papá? Actuar es celebrar la humanidad a través de la sensibilidad o la personalidad del actor. Y ambas virtudes están dictadas por la historia privada e intransferible de cada actor. Mastroianni fue un prodigio y fue un regalo de Dios el haberlo conocido. DeNiro es un prodigio y es un regalo de Dios el conocerlo. Son prodigiosos, no por el talento excepcional, sino por luminosa humanidad que proyectan.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 14 de marzo de 2010

La isla siniestra

"Quien ama el cine, ama la vida" René Clair

Martin Scorsese es el director norteamericano al que el adjetivo genial no le queda grande. El hombre padece de una creatividad crónica, indómita y tangible. Sufre también de una cinefilia incurable. Y, para beneficio de todos, ama la vida a través del cine.


Como todo genio, firma obras desparejas, que no están exentas de errores, pero llega siempre a límites insospechados para el resto de los mortales. Cada paso que da, lo aleja de los demás y los nuevos caminos que descubre son transitados después por los cineastas menores que nunca lo alcanzan para pisarle el poncho.


No lo arredran los géneros. Su cinefilia le ha enseñado que la grandeza no se mide por las minucias mezquinas de considerar a un thriller, por ejemplo, como a un hijo bastardo del Cine con mayúsculas.


Los thrillers (Cabo de miedo, Los infiltrados o éste) le evitan caer en la tentación de cambiar de caballo en mitad del cruce del río. Sí, su creatividad suele jugarle malas pasadas. Sobre todo cuando lo ataca en mitad de un rodaje y comienza a apartarse del plan inicial para terminar cayendo en el pantano de las ideas confusas, poliformes y galimáticas. Eso le pasó con Pandillas de Nueva York, una película suya que odio frenéticamente, porque cometió con ella el máximo pecado que puede cometer un cineasta: aburrir. Pandillas arranca como una protohistoria de las mafias y en la mitad gira y comienza a coquetear con la idea que maneja Borges en su cuento El muerto. Y claro, no es ni chicha ni limonada. Además, la razonable falta de paciencia de los productores lo llevó a incluir detalles bochornosos como las mutantes heridas de DiCaprio, quien es lastimado una vez pero cuyas heridas cambian misteriosamente de lugar en cada nueva escena. Se parece al chiste de Mel Brooks de la giba movible en El joven Frankenstein o al lunar que no puede quedarse quieto en la cara del villano de Las locas, locas aventuras de Robin Hood. De todos modos el film pasará a la historia como el último filmado en Cinecittá con auténticos extras. Sí, todas las personas que se ven en las escenas multitudinarias son reales y no duplicaciones hechas por computadoras.


Hasta Pandillas, yo había sido su acólito ferviente. Pandillas casi le pone fin a mi devoción. Las dos películas que le siguieron encausaron nuestra relación, pero ya nada parecía ser igual. De El aviador me enojó su adhesión a la simplista creencia yanqui que las complejidades de una vida pueden cifrarse en un vulgar trauma de infancia. Los infiltrados me gustaron mucho, pero no me deslumbraron. Y cuando todo parecía que se desenvolvería por los carriles del respeto y del fulgor pasado, vuelve a enamorarme como la primera vez. Lo cual se agradece enormemente porque venía de la depresión y el desengaño que me había provocado el SÚPER BODRIO de Synecdoche. Ya desesperaba y juraba dedicarme sólo a rever clásicos de antaño. Claro que seguiré reviendo clásicos, pero La isla siniestra me devolvió la fe en el cine contemporáneo.


Poco puede decirse sin dar muchas pistas. Sólo diré que transcurre en los cincuenta y que dos funcionarios de la ley llegan a una isla escarpada y de difícil acceso donde funciona un instituto psiquiátrico de locos peligrosos para investigar la desaparición de una interna. Lo que sigue es una película maravillosa que puede ser amada u odiada por los mismos motivos. Por su puesta en escena operística, exacerbada, desbordada por momentos, pero siempre grandiosa; por la sabiduría con que se manejan los diferentes niveles de la historia, por su montaje sonoro y visual ejemplares, por la descarnada crudeza de las escenas finales.


Me da gracia la cautela con la que se manejaron algunos críticos que dijeron que no está entre sus mejores películas. Seamos sinceros, con el hombre que hizo El toro salvaje, cualquier proyecto que emprenda será sospechado de ser menor. Creo que esta Isla es de una maestría imperecedera, el tiempo dirá si tengo razón.


Se basa en una novela de Dennis Lehane, un novelista de suerte. A su Río Místico lo llevó al cine el gran Clint Eastwood. Con Gone baby gone/Desapareció una noche, sorprendentemente Ben Affleck hizo un peliculón. Y ahora nada menos que Scorsese versiona cinematográficamente su Shutter Island.


Se demoró su estreno en los Estados Unidos y perdió la oportunidad de ser considerada para los Óscars, Berlín la recibió fríamente. Todo hacía prever que sería otro film maldito, pero el público yanqui, en general bastante zonzo, la convirtió milagrosamente en un éxito. Es la que más recaudó del ciclo Scorsese/Di Caprio. Después de tantos fuegos de artificios con la pavada del 3D, no es de extrañar que el público quedara con hambre de cine, de buen cine a secas.


Un viaje por la desesperación, la culpa y la paranoia absolutamente fascinante. Imperdible.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 7 de marzo de 2010

Cerrado por melancolía

Le robé el título a Isidoro Blaisten porque me resultó elocuente. El 99% del cine que llega a nuestras pantallas es yanqui. En nada se evidencia mejor el imperialismo que en la industria del entretenimiento. Debajo de los logos de las empresas debería figurar el lema de la “productora” que quiere apoderarse de La película muda de Mel Brooks: Abarca y aprieta. Ya se sabe lo que pasa cuando uno come la misma comida una y otra vez: harta. Con la sobreexposición a un mismo tipo de cultura cinematográfica pasa lo mismo. Los mismos estúpidos recursos de nuevo y de nuevo.


Los cinéfilos siempre hemos envidiado a los críticos de cine. Ganarse la vida viendo películas parecía el paraíso. Si total nosotros lo hacíamos gratis. Yo sospechaba que no era tan celestial como parecía. Nosotros elegíamos. Un crítico, no. Tenía que ver todo. Lo bueno, lo regular y lo malo.


Ahora comprendo porque a veces son irracionales y le bajan el dedo a películas que son buenas. Es el hastío.


Antes al menos había más variedad. Había estrenos españoles, italianos, franceses, etc. Ahora todo es yanqui, yanqui, yanqui.


Cuatro películas se estrenaron esta semana. 1) Sólo para parejas, una comedia universalmente considerada malísima. 2) Un maldito policía en Nueva Orleans, un policial del gran Werner Herzog que promete, pero no estoy para aguantar a Nicolas Cage. No es que me caiga mal, pero debo estar de ánimo para soportarlo. 3) Alicia en el país de las maravillas de Tim Burton, quien, según leí, se tomó algunas libertades y transformó el absurdo crítico de la historia en una aventura Disney. Amo a Tim Burton, a Johnny Depp, a Anne Hathaway y a Helena Bonham Carter, pero debo estar de más humor para sobrevivir la dirección de arte del mismo tipo que hizo Avatar. Y 4) La canción de las novias, la decepción de la semana. Una película francesa-tunecina tan políticamente correcta que aburre. Los personajes jamás respiran, son marionetas que corporizan ideas preconcebidas de antemano. Algunas señoras, en la función a la que fui, sacaron pañuelos de sus carteras, de donde deduzco que se emocionaron. Quizá a ellas les gustó. Bien por ellas.


Hablaría de Andrés no quiere dormir la siesta una buena película de Daniel Bustamante con Norma Aleandro y el inmenso Juan Manuel Tenuta. Ésa me gustó, pero ya no está en cartel.


En fin, debo confesar que esta depresión me la dio Synecdoche New York, todas las vidas mi vida, bodrio supremo que se estrena la próxima semana, pero procuraré recuperarme para ver La isla siniestra de Martin Scorsese, con quien tengo una relación de amor odio. Lo amé desmedidamente hasta Pandillas de Nueva York, bodrio bodrísimo de todo bodrismo.


Como es domingo, les dejo este bello poema que me expresa. (El cine a veces puede ser insalubre. Perdón por la tristeza, hasta la próxima y un abrazo grande.)


Como es día domingo, por la ciudad me pierdo.
Busco una calle muerta para mi poca fe.
La calle tiene un nombre que ahora no recuerdo
porque en un mismo sueño lo supe y lo olvidé.

La calle es como un niño que por la vez primera
busca sin esperanza un juguete perdido.
Su manera de hablar fue antaño mi manera
y su cabeza rubia, yo también la he tenido.

Tristeza del domingo. La soledad me agobia
y de improviso siento la pena singular
de que, sin conocerla, yo he tenido una novia
que en este mismo instante me ha dejado de amar.

La calle se ha llenado de parejas furtivas...
Un ómnibus vacío compendia mis dolores,
y siento que las únicas manos caritativas
son las manos de bronce que hay en los llamadores.




Letanía del domingo (fragmento) de Horacio Rega Molina

En la foto aparece el genial Billy Wilder en el set de One, two, three... su magnífica e inolvidable comedia.

domingo, 28 de febrero de 2010

Un hombre serio

Me da miedo hablar de Un hombre serio. En mi insignificante opinión es uno de los mejores films del 2009. El guión está tan perfectamente armado que roza la impecabilidad. La puesta en escena, el montaje visual y sonoro bordean lo paradigmático. Desde el último extra al primer actor, todos actúan maravillosamente. Sin embargo no enamora a todos. A los que les pasé el link (hasta hace poco se veía nítidamente on line), me recriminaban: qué fue lo que te gustó. Sé que en el entretenimiento la divergencia es la norma: no a todos nos gusta, nos emociona, nos divierte lo mismo. Pero me encaraban como si de repente hubiera enloquecido. Daba las explicaciones requeridas, que no satisfacían, pero que al menos evidenciaban una supuesta sanidad mental. Quizá se trata de una comedia demasiado intelectual u oscura, pero es altamente satisfactoria si se atienden sus detalles.


La historia sucede en un suburbio del Medio Oeste norteamericano, a fines de los años 60. Y cuenta con un prólogo hablado en idish que transcurre en un poblado polaco en algún momento del siglo XIX.


Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg) es un profesor de física que cree llevar una vida ordenada, integrada, pero lentamente su mundo comienza a desmoronarse. Su mujer está a punto de dejarlo por otro hombre, su hijo fuma marihuana, su hija vive para lavarse el pelo, su hermano le traerá más de un dolor de cabeza, un alumno tratará de sobornarlo y alguien está mandando anónimos que ponen en peligro su carrera profesional. Desesperado, le pedirá consejo a tres rabinos.


¿Están los Coen reformulando la historia de Job, poniéndose ellos en el rol de Dios? Quizá. Lo que sin duda hacen es una reflexión sobre los designios divinos, la certeza de la incertidumbre y la angustia ante lo incomprensible.


El film se abre con la cita "Acepta con sencillez todo lo que te suceda" y se cierra con un chiste: "Ningún judío fue lastimado durante la realización de esta película".Es una película maravillosa, desconcertante, agridulce. Y no es un placer menor escuchar el conmovedor y bellísimo “Der milner trern” (Las lágrimas del molinero), un lieder en idish de Mark Warshavsky cantado por Sidor Belarsky. http://www.youtube.com/watch?v=enwcwzvPrp4

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 27 de febrero de 2010

Al filo de la oscuridad

Tras ocho años sin protagonizar una película y después de cinco años de no estar frente a una cámara, Mel Gibson regresa a la actuación. Ya se sabe, el narcisismo y la coquetería no les son ajenos a las estrellas de cine. Mel Gibson los evidencia por el opuesto de lo que es habitual. A los 54 se esfuerza por no aparentar un años menos de los 79, y con un corte de pelo no muy sentador procura que sobresalgan sus feas orejas y que se le note que se volaron algunas chapas. Sus ojos siguen siendo claros y su carisma está intacto.


Vuelve en un atendible thriller. Thomas Craven (Gibson), un detective de la policía de Boston, recibe la visita de la hija (Bojana Novakovic), a quien matan. En un comienzo se piensa que el disparo estaba dirigido a él, pero no. La trama, basada en una miniserie de la televisión británica de 1985, mezcla astutamente el tema del padre vengador de los viejos westerns con las trapisondas de las corporaciones, tan presentes en los films de los setenta.


Martin Campbell, quien estuviera a cargo de la miniserie original, es un buen director de películas de acción (Goldeneye, Casino Royale, la saga de El Zorro con Antonio Banderas, entre otras). Conduce con seguridad y elocuencia un material que conoce de primera mano y evita (¡Dios lo bendiga!) los desquicios berretas de los thrillers pochocleros. Entrega un film adulto, entretenido y hasta por momentos reflexivo.


Mel Gibson redondea una actuación sentida y medida. Conmueve con su cara esculpida por profundas arrugas y se permite algunos lujos actorales como en la escena posterior a la muerte de la hija. La cámara lo toma de espalda, sentado en un sofá, toda la actitud corporal es de entrega a una pena infinita. Sin embargo cuando la cámara gira para tomarlo de frente, su rostro refleja que la furia pelea con el dolor y gana. Detalle magistral de actor que no ha transitado al pedo por tantos protagónicos.


El gran Danny Huston vuelve a lucirse. Aunque revela más que oculta cosas, porque a menos que haga de Orson Wells, sabemos que es el villano de turno. Pero es imposible prescindir de él si se quiere algo más que un malo de historieta.


Ray Winstone está perfecto en el papel que Robert DeNiro dejó después de algunos días en el set por diferencias creativas con Martin Campbell. Sin ser injusto con Winstone, es una pena que DeNiro no esté. Gibson y DeNiro tienen en común una manera muy “masculina” de atacar los roles, y verlos juntos hubiera sido un placer adicional.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 26 de febrero de 2010

El imaginario mundo del doctor Parnassus

Terry Gillian es un maestro de la magnificencia visual, lo que requiere independencia creativa y abultados presupuestos. Condiciones de trabajo que los productores no siempre están dispuestos a otorgar. Encima el hombre no siempre ha tenido suerte o ha concebido obras rendidoras. De lo primero da prueba el malogrado rodaje de Don Quijote; se le inundó el set y al actor protagónico, Jean Rochefort, se le desató una hernia de disco. De lo segundo, Tideland (Tierra de pesadillas) o Los hermanos Grimm dan evidencias contundentes.


El imaginario mundo del doctor Parnassus quizá pase a ejemplificar ambas tendencias a la desgracia. El proyecto sólo se viabilizó porque Heath Ledger, en la cumbre de su popularidad, hacía el protagónico. Y el pobre no va y se muere a apenas un mes de iniciada la filmación. Gillian desesperaba y a su rescate acudieron amigos comunes de él y de Ledger. No amigos de la calle, sino unos que de casualidad se llaman Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell y que por suerte tienen algo de injerencia en el mundo del cine.


Como en Las aventuras del Baron Munchausen, hay unos cómicos de la legua en un encantador carromato. Están presididos por el doctor Parnassus (Christopher Plummer), eterno como los laureles. El problema es que a cambio de la inmortalidad ya concedida, el diablo (Tom Waits) le exige que entregue su hija (Lily Cole), ni bien llegue ésta a la mayoría de edad, lo que ocurrirá en un par de días. Pero como el diablo es un apostador inveterado le ofrecerá alternativas superadoras, para las cuales contará con la ayuda o el impedimento de Tony (Ledger, Law, Depp, Farrell).


La anécdota es mayormente coherente y se sigue mayormente con facilidad. El problema es que nunca sabremos para qué corno se nos cuenta la historia, qué carajo persigue, por qué diablos (con perdón de Tom Waits) debemos interesarnos en ella.


El misterio permanecerá irresoluto, pero dos cosas harán llevadera la aventura. La curiosidad que despiertan los actores y el operístico capricho visual. Lo de Ledger mucho no puede juzgarse, queda como el esbozo de una actuación que iba en buen camino. A Depp y a Farrell les va mejor que a Law. Les tocó interpretar aspectos más definidos. Lily Cole tiene una hermosa cara con forma de corazón que parece manipulada digitalmente. Christopher Plummer es un maestro que nunca termina de recibir la reverencia, los premios y el respeto que se merece. Tom Waits y Verne Troyer (el Mini Me de Austin Powers) cumplen con lo que se espera de ellos. Andrew Garfield (el alumno de Robert Redford en Leones por corderos) se hace notar, lo que en el contexto no es poco.


Los adelantos técnicos visuales parecerían de antemano una bendición para Gillian. Sin embargo terminan siendo su perdición. Al poder hacer lo que se le ocurre a menor costo, no elige y sigue todos los dictados de su imaginación; lo cual estaría muy bien si no resintiera el sentido de la historia. Pero, aunque erráticos, sus caprichos visuales son siempre deslumbrantes.

Terry Gillian, el ex Monty Python, como nos diera Brazil, Pescador de ilusiones o 12 monos, se ganó nuestra paciencia y consideración. Además, seamos sinceros, puede que se desbande, pero nunca aburre.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 21 de febrero de 2010

Desde mi cielo

Desde mi cielo se basa en la novela The lovely bones de Alice Sebold, no traducida ni distribuida en la Argentina. Según se dice, fue una novela muy popular y querida en los Estados Unidos. Lo creo. Pero después de ver la película, no me dieron ganas de leerla.


Durante años se la consideró una novela infilmable. Lo creo. Después de ver la película, considero que sigue siendo infilmable.


La trama tiene un punto de partida de lo más escabroso. Suzie Salmon, una nena de 14 años es violada y asesinada por un vecino asesino serial. Este hecho, por suerte, no se ve en la película. Suzie nos narra la historia desde su “cielo”, un lugar intermedio entre el Paraíso y la Tierra. Y más allá del tenebroso comienzo, todo es mayormente luminoso.


La disparidad de elementos que se manejan es notoria. Principalmente hay una historia policial, el drama de la pérdida y un costado metafísico. Cada uno de esos aspectos tiene bifurcaciones.


Peter Jackson (Criaturas celestiales, Muertos de miedo, la trilogía de El señor de los anillos, King Kong) parecía el indicado para hallar una unidad estilística que le diera cohesión a la historia. Parecía. Es ampliamente derrotado por todos y cada uno de los componentes. Como es un hombre talentoso, la derrota no es por goleada. Verla no da vergüenza ajena, pero tampoco place o gratifica.


El elenco de notables (Rachel Weisz, Mark Wahlberg, Stanley Tucci, Susan Sarandon, Michael Imperioli, Saoirse Ronan) luce perdido, desdibujado. Pobres, están todo el tiempo cerca de dar la peor actuación de sus carreras. (Cuando un director no sabe lo que quiere, los actores quedan a la deriva.) La nominación de Stanley Tucci para el Oscar como mejor actor de reparto ratifica que los premios son en el fondo una lotería. Sabrá Dios que azarosos vericuetos matemáticos le concedieron la nominación por una actuación que cualquiera con gusto borraría del currículum.


Lisa y llanamente, es mala, pero no llega a ser pésima, lo que por algún lado podría hacerla un poco más interesante. Eso sí, que un director de la experiencia y creatividad de Peter Jackson meta la pata de este modo me da ternura, y lo hace más entrañable. Espero con ansia su próximo film porque sé que hará lo imposible por superar esta bazofia.

Un abrazo,
Gustavo Monteros