
Un sueño posible es un “crowd pleaser”, o sea un film armado para regocijo de la mayor cantidad de público. Pasará a la historia como el vehículo que le posibilitó a Sandra manotear un Óscar. Si nos salteamos unos cuantos mandamientos cinematográficos hasta podríamos considerar, con mucha buena voluntad, que es “bueno”.
Debo confesar que hice todo lo posible para odiarlo (en mi defensa diré que todos las contingencias de mi vida me conducen irremediablemente al cinismo), pero no pude. Se basa en un hecho que, creer o reventar, fue real. Y como humanista vocacional empedernido no me quedó más remedio que rendirme a la evidencia.
Sandra hace de una dama sureña con todas las de la ley, o sea, una oligarca patriotera, tradicionalista y republicana. Pero cristiana de hecho y no de golpearse el pecho, la dama se pasa por el traste unos cuantos prejuicios y preceptos sociales y le da asilo, primero, y adopta, después, a un adolescente negro, aporreadísimo por la vida. Demás está decir que la contención de un hogar cariñoso lo hará salir adelante.
Sandra, que no es de guardarse nada, reconoció que, de haber sabido la importancia que la película tendría, habría actuado de otra forma. Venía de la unánimemente repudiada All about Steve (como será de bodrio que a pesar del magnetismo de su nombre aquí no se estrenó en cines y pasó directamente a DVD), andaba con pocas pulgas y se enfrentó duramente en más de una ocasión tanto con la producción como con la dirección. Estuvo a punto de largar todo. Pero, profesional como pocas, terminó bajando la cabeza y poniendo el cuerpo de la mejor manera posible. Y bueno, a veces las cosas son como deben ser. De haber sido más consciente, por ahí la hubiera arruinado. Como está, entrega una actuación sólida, sincera y extrañamente contenida.
Para mí, hay una escena clave que ejemplifica la potencia de su actuación. Cuando ella le muestra su nuevo cuarto, el chico le cuenta una carencia básica que arrastra, algo tan nimio que parece imposible que alguien no lo tenga, ella, como nosotros, se conmueve profundamente. Contiene la respiración, lucha con las lágrimas, no las deja caer y se encierra en el baño. Su espalda algo tiesa y las lágrimas contenidas conmocionan más que si hubiera hecho cualquier otro alarde de actuación. Ratifica algo que los actores suelen olvidar, lo mínimo bien hecho expresa más que el histrionismo liberador.
Más allá de todas sus manipulaciones sentimentales groseras, es innegable que si estas historias fueran la regla y no la excepción, el mundo sería mucho mejor.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
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