miércoles, 25 de marzo de 2009

Música en espera

Si los años cincuenta fueron la edad de oro del policial negro en el cine argentino, ésta parece ser un excelente momento para la comedia romántica. Después de las logradas No sos vos, soy yo, ¿Quién dijo que es fácil?, Motivos para no enamorarse y Un novio para mi mujer, llega esta comedia impecable.

El enredo inicial es entre un compositor de música para películas creativamente bloqueado que cree descubrir en una música de espera la melodía que anda necesitando y una subgerente de banco embarazada que necesita un hombre que finja ser su novio ante su madre dominante recién llegada de España.

El guión toma como modelo las mejores comedias del gran maestro Preston Sturges: Las tres noches de Eva, The Palm Beach story, Salve héroe victorioso, El milagro de Morgan Creek, Los viajes de Sullivan, El gran McGinty. Y así cada situación se funde naturalmente con la siguiente, cada objeto que se presenta pivoteará una situación cómica, los personajes secundarios participarán de lo que se llaman “running gags” (gags continuos). Todos los personajes son ricos y están muy bien delineados y el dialogo si bien no tiene “repartee” (intercambio de líneas ingeniosas) es fluido y chispeante.

El director (Hernán Goldfrid) y el coguionista (Patricio Vega) vienen de las huestes de Damián Szifron, colaboraron con él en Los simuladores, Hermanos y detectives, y en Tiempo de valientes. En algún momento de la película, el personaje del compositor (Peretti) dice que no le gustan las comedias románticas pero que si se las piden las hace. Si es una confesión de partes, chapeau. La película resuma talento, creatividad y un amor por la profesión encomiable. Ante tanto cineasta que sólo se mira el ombligo, que alguien no haga la película que quiere, sino la que le ofrecen y exhiba tanto amor, compromiso y respeto por el público merece un gran aplauso.

El trío protagónico (Diego Peretti, Natalia Oreiro y Norma Aleandro) no son sólo reyes de la taquilla sino que nadan como Esther Williams o Johnny Weissmuller en las aguas de la comedia. Verlos dominar este difícil arte es una delicia.

Los aspectos técnicos son irreprochables y por obvias razones se luce la música de Guillermo Guareschi.

Si bien la música en espera es en la vida real exasperante e insoportable, ésta es disfrutable e inolvidable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

martes, 24 de marzo de 2009

Nuestra Natasha

Odio profundamente los obituarios y aquí estoy escribiendo uno. Como diría Walt Whitman: What the hell if I contradict myself (Qué carajo importa si me contradigo a mí mismo)

El miércoles estaba mirando Boca-Guaraní, el partido estaba aburrido e hice zapping. La CNN me informaba que Natasha Richardson había muerto. Fue como un golpe en el estómago y me agarró la tristeza infinita. No es que no supiera que estaba grave, los diarios internacionales lo advertían, pero acostumbrado a la prensa local que mata a la gente cada vez que le sale un callo (¿cuántas veces mataron a Sandro? el pobre anda muy cachuzo pero todavía vive), pensé que por ahí zafaba.

Volví al partido que se puso interesante o al menos se llenó de goles, pero yo ya no lo veía. Acudían a mi mente en tropel, sin orden ni concierto las películas protagonizadas por la Richardson: La condesa blanca, Asylum, Gótico, Entre la furia y el éxtasis, El monte de las viudas, Una relación indecente, Éxito por los pelos, Zelda.

Aunque el gran público quizá la recuerde más como la tercera en discordia de Jennifer López y Ralph Fiennes en Sueño de amor, o como la doctora de Jodie Foster en Nell, film en el que conoció a Liam Neeson con quien se casaría y tendría dos hijos.

Tenía (¡qué feo es hablar en pasado!) todo para ser una estrella de cine: talento, presencia, magnetismo, pero nunca se tomó muy en serio lo de ser estrella. Por venir de una familia de actores de ilustre abolengo y encumbrada prosapia, (fue hija de Vanessa Redgrave y el director Tony Richardson, sobrina de Lynn Redgrave, hermana de Joely Richardson, y nieta del gran Michael Redgrave) sabía que el estrellato es un campo minado, se recogen carretilladas de rosas mientras no se pise una mina y se vuele por los aires.

Lo que sí se tomaba en serio y amaba con fervor era el teatro. El crítico teatral en jefe de The Guardian dijo que su muerte era “Una tragedia para el teatro”. No parece una hipérbole desmadrada si se toma en cuenta que protagonizó Anna Christie de O’Neill, De repente en el verano (con Maggie Smith) y El tranvía llamado deseo de Williams, La gaviota de Chejov, Espectros y La dama del mar de Ibsen, los musicales Alta sociedad y Cabaret (en la puesta de Sam Mendes) y como buena inglesa anduvo por algunos Shakespeares, fue Helena en Sueño de una noche de verano y Ofelia en Hamlet. A fines de este año planeaba hacer Señorita Julia de Strindberg.

Broadway le rindió el conmovedor homenaje que le tributa a los grandes. El jueves a las 8, hora en que comienzan las obras, el público y los elencos de todos los teatros hicieron un minuto de silencio, mientras que en la calle se apagaban todas las luces y marquesinas por un minuto. Ver esa calle siempre extremadamente iluminada sumirse en las penumbras provoca una congoja atenazadora.

Cada vez que muere un artista, el mundo se pone un poquito más feo. Parafraseo el título de una obra de Alejandro Casona y digo Nuestra Natasha se fue porque Dios estaba armando un elenco de repertorio en el cielo y necesitaba una primera actriz. Sin duda le iluminará cada papel que le otorgue.



viernes, 13 de marzo de 2009

Gomorra

Gomorra es una película italiana sobre la Camorra, la famosa mafia napolitana. Como se ve, el título es un juego de palabras, al nombre de la organización delictiva se le cambian las dos primeras letras para acercarla a la ciudad bíblica que fuera destruida por la ira divina debido a su necedad, crueldad y miseria.

La película se basa en el best seller de Roberto Saviano (éxito amargo, por revelar algunos secretos criminales, el autor vive bajo protección policial permanente). Dirigida por Matteo Garrone, ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes del 2008. Merecidamente.

Es un film único e irrepetible que llega a alturas insospechadas en los films de mafiosi.

Para empezar no se parece a nada que hayamos visto antes. No hay capi mafia carismáticos, ni música operística, ni arengas sobre el honor, ni mammas revolviendo estofados o guardaespaldas en trajes de Armani. Aquí no hay glamour ni glorificación.

Por aquí deambulan los últimos orejones del tarro, los miembros menores de las órdenes inferiores. Los más importantes quizá, porque son las raíces, las bases del andamiaje. Y la carne de cañón.

Están Ciro y Marco, dos jóvenes caóticos que buscan emular a Tony Montana, el personaje de Al Pacino en Scarface (¡pavada de role model!); Franco, un intermediario que posibilita que los países desarrollados tiren sus desechos tóxicos altamente cancerígenos en estos parajes; Pasquale, un sastre especialista en copiar diseños de alta costura; Don Ciro, un pagador de “beneficios” para las familias de los “soldados” que están muertos o en la cárcel; y Toto, un chico de 13 años que sueña con pertenecer a la organización.

La cámara sigue a los protagonistas como si estuviéramos en un documental o en una reformulación de las premisas del neorrealismo. Y valga la paradoja, esa cercanía es también una distancia. No hay que olvidar que el punto de vista es todo. A los autores no les interesa comprometernos emocionalmente en los dramas y en las tragedias que se narran, porque a veces el horror no se aprecia si los sentimientos están comprometidos.

Hay una insistencia en no juzgar sino en mostrar. Por primera vez en mucho tiempo, la cámara en mano no es el estúpido jueguito de moda sino el recurso ideal para lo que se está contando. La cuidada planificación se constituye en un lenguaje rico, potenciador y perturbador. Por ejemplo, la no apertura del plano en la escena en la que Don Ciro visita a sus “beneficiarios” cuando ya se instaló la guerra con los “secesionistas” es magistral. Los primeros planos desnudan las muy expresivas caras de los actores; los planos medios se ciñen a la claustrofobia de los míseros interiores y los planos amplios se abren hipnóticos a paisajes de aterradora decadencia.

Al comienzo desconcierta, alejada de los didactismos de las tradicionales películas de mafiosos, en las que se empeñan que entendamos los mecanismos del delito, aquí se ven actividades delictivas sin que terminemos de entender sus implicancias o modus operandi. No importa. Avanzado el metraje, el cuadro se ampliará y comprenderemos.

Hay escenas inolvidables: el rito de iniciación, la prueba de las armas robadas, la paranoia de Don Ciro, la traición de Toto o la entrada de Pasquale al taller chino.

El elenco mezcla a actores profesionales con no profesionales. Todos son exactos y contundentes.

Es una película dura, ardua de acceder (no otorga las habituales concesiones o los lugares comunes lícitos asociados al espectáculo cinematográfico), pero una vez que uno entra, atrapa hasta el final. Bajo su aparente simplicidad, hay capas y capas de significación y resignificación. Las ironías surgen casi sin querer, porque cuando se retrata fielmente una realidad que se fue de cauce, el sarcasmo es el resultado natural.

La película se abre con un hombre rodeado de lámparas azules. Parece que estuviéramos en un film de ciencia ficción. Ojalá así fuera. La ciencia ficción presenta cuadros de advertencia y esto, mal que nos pese, es una realidad. Para nosotros es como un espejo que adelanta y nos muestra hacia donde estamos yendo.

Retrata un mundo donde el crimen y el delito persisten porque políticos venales y corruptos los posibilitan; las drogas fluyen libremente porque son un buen negocio y los buenos negocios no se cuestionan; los diarios y la televisión perpetúan la desinformación y la ignorancia; se envenena la tierra y eso se justifica porque promueve la economía; los ricos quieren más riqueza sin que les importe cómo; y la miseria engendra más y más delito.

¿Les suena conocido?

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 6 de marzo de 2009

Gran Torino

Querido Clint,

Todas las despedidas son tristes. Me resisto a creer que te retirás de la actuación, que Gran Torino sea tu última película como actor. Aunque no hay motivo para no creerte. Siempre fuiste un hombre de palabra. Te voy a extrañar… y mucho. Sos una parte importante de mi vida.

En mi infancia y en mi adolescencia te admiré porque hacías esos héroes imperturbables en esas inolvidables películas de acción que me aceleraban el pulso y hacían que me atragantara con el maní con chocolate. Westerns, thrillers, policiales, de guerra, de risa y hasta un musical.

En mi madurez te convertiste en un magnífico director de cine, el último maestro del cine clásico, aquél al que por sobre todo le interesa contar bien una historia. Y no me quedó más remedio que admirarte otra vez. Ahora ya no sólo despabilabas mi emoción sino que también deslumbrabas mi intelecto.

Y si la película aparte de estar dirigida por vos, estaba actuada por vos, el placer era doble o triple, porque tu imagen me devolvía siempre el pibe que fui, el adolescente zonzo que fui.

No todas fueron rosas. Tuve mis diferencias con vos, pero te perdoné algunas agachadas ideológicas porque sabía que te corregirías como lo hacés ahora. Sabés que pasa, los artistas aunque se creen semidioses son humanos, y tarde o temprano su sensibilidad los hace retrotraerse de sus estupideces.

En Gran Torino estás bárbaro, te retirás con una actuación impecable, magistral. Yo creo que sos un buen actor, pero en realidad eso a nadie le importa. Sos como Humphrey Bogart, James Steward, Gregory Peck, Bruce Willis o Harrison Ford, una estrella cinematográfica. Y a las auténticas estrellas cinematográficas, uno no les pide actuaciones, su talento no reside en la técnica actoral sino en esa presencia, ese carisma que hace que les creamos todo lo que hacen porque están en nuestra simpatía, en nuestro corazón. Son como esos jugadores de fútbol que le dieron la victoria a nuestro equipo cuando todo estaba perdido o que evitaron que nos empataran cuando el triunfo era nuestro, algún día pueden jugar mal o no ser tan lúcidos ni tan hábiles, pero se lo perdonamos porque están en nuestro corazón.

A Robert De Niro (a quien también respeto mucho) y a los otros grandes actores se los recibe en silencio, con expectativa, con solemnidad, se los trata de usted. A vos y a los otros a los que te nombré se los recibe con cariño, con una sonrisa, se los trata de vos. Son de la familia. Hagan lo que hagan no nos defraudarán.

Y sos un hijo de puta, te despedís con una historia inolvidable. ¿Cómo no conmoverse con ese racista de mierda que aprende que el prejuicio es estupidez, ignorancia, miedo a lo que no se conoce o es diferente? De aquí a mil años recordaré esta historia. Aunque me agarre la amnesia, de esta historia no me olvido.

Si querés retirarte, estás en todo tu derecho. Tu figura alta y flaca ya no recortará el horizonte en un film, pero no te preocupés. Puedo ser bastante estúpido, pero no soy ingrato. De los buenos momentos no me olvido.

Te prometo que volveré a la última función del último día de proyección, te despediré en el cine, como se despide a un amigo que se va de viaje. Te desearé la mejor de las suertes. Y no te enojés, en el camino de vuelta a casa por ahí se me pianta un lagrimón. No sé que te sorprende, si cierro una etapa de mi vida. Chau, Clint, y gracias.

Un abrazo,
Gustavo

PS Eso sí, no te pierdas, no dejes de dirigir y ni se te ocurra morirte, ya arrastro muchas pérdidas. Ah, la canción que compusiste y cantás en los títulos finales es buenísima. No esperaba menos de vos. Cuidate.

sábado, 28 de febrero de 2009

Vicky Cristina Barcelona

Después de todo, para ser original quizá no se trate de hacer algo único que no se parezca a nada, si no de hacer algo que se parezca a todo y la vez sea único. A Woody Allen como a Shakespeare o a Borges se le puede rastrear las influencias y hasta el origen de las ideas, pero aunque se les desbroce cada coma o se les desmalece cada imagen, siguen siendo únicos e irrepetibles.


En Vicky Cristina Barcelona, Allen mezcla norteamericanas de pura cepa con experimentados europeos y se inscribe en la tradición inaugurada por Henry James. Reformula Design for living (Esquemas de vida) de Nöel Coward para dar cuenta de la esencia del amor entre artistas bohemios; como Truffaut usa un narrador para dar pistas y circunscribir escenas; y la conclusión es un nuevo canto de amor a la filosofía de Ingmar Bergman. Y por eso o a pesar de todo eso, es un Woody Allen legítimo y original.


Después de su período londinense (Match Point, Scoop, El sueño de Casandra) en el que partió de relatos policiales para explorar sus ideas, vuelve a la comedia sentimental celebrando el sol de España que ilumina incomparable la belleza natural y arquitectónica de Barcelona y Oviedo.


La anécdota es sencilla, hay mucho devaneo amoroso, con constante tironeo entre opuestos (la conformidad burguesa o la libertad caótica bohemia, el raciocinio o el sentimiento, la sujeción o la libertad), hasta llegar a una conclusión bergmaniana: quizá el hombre no nació para la felicidad. Por más que la desee, ella es tan esquiva como la luz. Pero no hay desesperanza o desaliento en su visión. La vida es muy hermosa y merece ser vivida.


El sol de España parece haberle encendido la sangre y vuelve a escribir con la cámara y supera su tendencia de pararla frente a los actores para que registre, inexpresiva, el diálogo.


Como siempre, el elenco es uno de los lujos que se permite Allen. Javier Bardem es un actor prodigioso que seduce hasta los huesos desde su aparente fealdad. Scarlett Johansson es sensual hasta cuando te da el vuelto. Penélope Cruz desde el Volver de Almodóvar ha descubierto una mediterraneidad à la Loren que la hace más apetecible y la aleja del estereotipo de la españolita caliente. Rebecca Hall, mujer al fin, ante tanta competencia le saca filo a su encanto como quien no quiere la cosa, con la naturalidad de la que se pinta los labios.


La luminosidad es omnipresente, destierra las sombras de los recovecos de la trama y hasta los dobleces de los personajes destellan. La conclusión puede ser amarga, pero uno sale con una sonrisa. Una síntesis nada desdeñable. La superación de los opuestos que se asocia con la madurez.


No es una película de la que uno se enamore, pero deleita verla y se la recuerda con simpatía, como a un romance de verano.

Un abrazo
Gustavo Monteros

viernes, 20 de febrero de 2009

Frost/Nixon

El Donmar y Michael Grandage aparecen a las apuradas y de compromiso en los créditos, sin embargo fueron fundamentales para que este film existiera.


El Donmar es un teatrito independiente (es decir no estatal ni comercial) de Londres, que bajo la dirección de Grandage alcanzó preeminencia por la audacia de su repertorio y la creatividad de sus puestas. Atrajo a figuritas y figurones (Nicole Kidman, Judi Dench, Maggie Smith, Kenneth Brannagh, Kim Catrall, Ewan McGregor, etc.) quienes descubrieron que tenían un espacio en el que poder experimentar sin la presión de obtener actuaciones descollantes y críticas ditirámbicas (como cuando trabajan en teatros oficiales) o éxitos rutilantes de taquilla (como cuando trabajan en teatros comerciales).


Un artista necesita desembarazarse de las presiones para experimentar libremente. Necesita saber también que puede equivocarse. Arriesgarse conlleva la posibilidad de la equivocación. Así que figuritas y figurones se ofrecen para ir al Donmar o saltan en una pata, dejan todo y salen corriendo si los llaman. Otro ejemplo, en breve Jude Law hará su primer Hamlet en el Donmar.


Frost/Nixon nació en el Donmar como un proyecto de lo que se llama “verbatim theatre”. En este tipo de teatro, se parte de un hecho real: un juicio, una conferencia, una entrevista, etc. Se toman las transcripciones textuales y con el mínimo de licencias dramáticas posibles se arma una obra de teatro.


En este caso, Grandage y Peter Morgan, el autor, toman la histórica entrevista (para ellos, a nosotros no nos fue ni nos vino) que le hiciera David Frost al ex presidente Nixon, en la que terminó aceptando su responsabilidad en el mentadísimo Watergate.


El proyecto comenzó como “verbatim”, pero concluyó en una obra hecha y derecha, porque Morgan y Grandage descubrieron que las circunstancias que llevaron a la entrevista eran tan apasionantes como la entrevista en sí, y como había que crearlas, la obra ya no podía considerarse “verbatim”.


Y así, en el resultado final, si bien el eje es la entrevista, los prolegómenos no carecen de interés. Por ejemplo, la entrevista casi no se hace, al no lograr interesar a ninguna cadena televisiva, Frost la terminó pagando de su bolsillo. Sabremos también que Frost, un conductor de programas frívolos, era el menos indicado para sacarle algo jugoso a Nixon. Sin embargo lo logró y el suspenso radica en cómo lo hizo.


Peter Morgan ya husmeó en bambalinas con La Reina de Stephen Frears. Allí el interés estaba en ver como Isabel II (Helen Mirren, the great) por la presión popular manda al carajo el protocolo y le da a Lady Diana exequias de princesa, que ya no le correspondían por estar divorciada del cara de bobo de Charles. Confieso que fui a ver La Reina por amor a Helen Mirren. Me importaban tres soretes los vericuetos por los cuales la reina conservó su valor icónico en el pueblo inglés al hacer lo que hizo. Sin embargo, el ver toda esa gente en ruleros y calzoncillos, con sus fobias, sus cortedades, sus rencores y generosidades me atrapó y pasé una hora y media de lo más entretenida.


Aquí me pasó otro tanto. Me senté y me pregunté: ¿a mí qué mierda me importan Frost, Nixon y el Watergate? Pero al ratito estaba enganchado. Es interesante ver lo importante que son los laderos de esta gente; comprobar cómo se relacionan, piensan y sienten en la intimidad estas personas que manejaron destinos o que están siempre en control con una cámara encendida.


Ron Howard vio en Londres la puesta de Michael Grandage y la compró ya hecha, lista para llevar. Se trajo el impresionante duelo actoral de Langella y Sheen, puso caripelas conocidas en los secundarios (Sam Rockwell, Kevin Bacon, Oliver Platt, Rebecca Hall y Toby Jones), y marche una nominación para el Óscar por un drama serio y (¡oh, qué rareza en el reino del pochoclo!) adulto.


Howard se arriesgó a respetar la decisión más audaz de Grandage: el Nixon de Langella. Frank Langella no hace una caracterización formal de Nixon, es decir no se pone 15 kilos de maquillaje ni 22 máscaras de látex para parecerse a Nixon. No, procuró evocarlo por la voz y la postura corporal. Obviamente yo a Nixon no lo tengo ni ahí, pero los yanquis y los ingleses dicen que le sale igualito. Lo que sí uno le puede aplaudir es el inmenso arte que vuelca en su actuación. Michael Sheen (que fuera el Tony Blair de La Reina y que no es pariente de Martin, Charlie y los demás Sheens yanquis) no le va a la zaga en esto de actuar como los dioses. Es un placer verlo exponer las grandezas y miserias de su personaje.


Cuando era chico daban un programa de tele en el que Alfredo Barbieri payaba y Don Pelele estaba sentado a su lado. De tanto en tanto, Don Pelele decía: “No sé vaya a olvidar del perro”, porque quería que Barbieri incluyera al perro en lo que estaba payando. Cuando lo veo a Ron Howard llenándose la boca con los logros artísticos que obtuvo con Frost/Nixon, me dan ganas de emular a Don Pelele y decirle: Ron, no se vaya a olvidar de Michael Grandage.


Un abrazo

Gustavo Monteros

lunes, 16 de febrero de 2009

Milk

Hallmark tiene una sección que se llama Historias Verdaderas, en la que presenta inspiracionales films para teve que son los herederos directos de esa vieja sección de Selecciones del Reader’s Digest, que tenía títulos tales “Como aprendí a vivir con un riñón”, “Cómo sobreviví a la plaga de cucarachas” o “Ya casi no extraño a mi mano” (esta última sería una biografía autorizada de Scioli). Gust Van Sant sin duda ambicionó otra cosa con Milk (que no es la historia de “La Vaca Estudiosa”, sino la de Harvey), pero no le salió como esperaba.


Harvey Milk fue el primer homosexual electo para un cargo público. Vivía en Nueva York en el clóset (o sea ocultaba su identidad sexual). Para festejar su cumpleaños se levanta a James Franco. Y si París bien vale una misa, parece que James Franco bien vale salir del clóset, largar todo, incluso alguna pluma, y mudarse a San Francisco. Van a vivir al Castro, un barrio gay friendly como se dice ahora. Ponen un kiosquito de venta de rollos de fotos. El día de la inauguración es discriminado por otro comerciante. Funda una liga de comercio para defender los derechos de los comerciantes homosexuales, después de todo si el barrio es mayormente gay, no tienen por qué ser maltratados. Y como una cosa lleva a la otra, termina siendo candidato para concejal municipal. Llegar a ser electo no será fácil, en el medio hartará a James Franco que lo abandonará, tendrá un tormentoso romance con Diego Luna que terminará mal, y despertará el funesto resentimiento de un concejal colega (Josh Brolin) que, según da a entender Van Sant, es un homosexual reprimido.


El espectador medio yanqui, el que vive en Texas, republicano de corazón y adherente fervoroso de los Bush, odia a los judíos, a los negros y a los homosexuales. De allí que haya que recordarle de tanto en tanto que su odio es irracional y que ser patriota, temeroso de Dios, defensor de la justicia por mano propia y oidor del himno con la mano en el corazón no le da derecho a no respetar a los que no son como él. Por supuesto, ésta es una simplificación humorística, que por desgracia a veces es demasiado cierta.


Gus Van Sant se propuso llegar a ese espectador medio, contarle la vida de este hombre sin ofenderlo ni disgustarlo. Pero se le fue la mano. Este Milk en política parece más santo que San José y en lo personal es más remilgado que Doris Day cuando defendía su virginidad de los manotazos de Rock Hudson (esto en los 70, en San Francisco, el epicentro de la revolución sexual gay parece medio increíble). En su intención de hacerlo asequible y comprensible, Van Sant lo santifica, lo sacraliza, lo vuelve al clóset, como decía un crítico inglés.


Lo que sí es interesantísimo es ver como los homosexuales, al igual que la chica de Virginia Slims, pueden decir: Has recorrido un largo camino. Comprobar que lo que sostenía Anita Bryant (un personaje fundamental en el film) no era la excepción sino la regla (al revés de lo que ocurre hoy por suerte) espanta.


Sean Penn está estupendo como siempre, y a pesar de todo su desparramo histriónico, se le nota mucho que, tal como está armado su personaje, no tiene mucha variación. Es como el clásico de Tom Jobim: Samba de una sola nota.


Lo de Brolin es muy bueno y lo que le pasa a su personaje en su relación con Milk es lo más interesante del film. Bien, Diego Luna, aunque su personaje parece escrito como para Andrea del Boca.


Y James Franco, no seas botón, no te pasees por los programas estilo Intrusos (pero yanquis) diciendo que Van Sant te contó en secreto que Sean Penn le pedía más escenas de sexo con vos. No te agrandés porque no sos tan irresistible. Por ahí se trataba solamente de que Sean Penn se había dado cuenta de que todo era muy llano y descolorido. Además con tu “humorada” denuncias un mensaje opuesto al de la película, el de tener temor. Pero no te preocupes, si te tachan de homosexual, no te van a discriminar, porque personajes como Milk se preocuparon para que no lo hicieran.


En resumen, no es una mala película, pero lo que pudo ser El Toro Salvaje gay, terminó siendo "Cómo aprendí a defender los derechos homosexuales". No es poco, pero no alcanza.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 13 de febrero de 2009

Slumdog Millionaire


En la historia del cine, pocas tramas han sido tan transitadas como la de cenicienta. No me refiero, claro está, a la transposición literal de fregona-baile-zapatito-príncipe sino a la reelaboración de sus componentes básicos.


Para dar dos ejemplos más o menos recientes con protagonistas masculinos, mencionaremos Rocky y Billy Elliot.


Lo esencial de la fórmula es rescatar a la o el protagonista, a través del amor o del dinero, de un oscuro destino.


Como tan bien aprendimos con Billy Elliot, cuanto más miserable, asfixiante, desesperada es la condición de la que huyen, más conmovedor es que logren sus objetivos. Y cuantos más escollos en contra tengan que superar, mejor. Ante un pobre diablo que tiene todo en contra, nuestra identificación o adhesión es completa.


Durante la primera hora, los protagonistas de Slumdog millionaire acumulan tantas desventuras que es imposible no entregarles nuestro corazón.


Un pobre desgraciado, rico en experiencias de vida, pobre de bagaje cultural, está a punto de alzarse con el premio mayor de la versión india de ¿Quieres ser un millonario? Dos policías, tortura incluida, procuran averiguar si hace trampa. El muchachito comenzará a contar su vida y aparecerá el artilugio que tenemos que aceptar sí o sí para disfrutar de la historia. Este joven es más bruto que un arado, pero cada pregunta que le hacen en el concurso remite a una situación dolorosa de su pasado que le garantiza la respuesta. La justificación para este artilugio aparecerá en el último subtítulo y tendrá que ver con la religión musulmana. Si aceptamos esta convención, el film nos deparará sólo placer.


Toulouse Lautrec decía que tenía más valor pintar la flor que crece en el barro. Y Danny Boyle hace honor a esa premisa. El film transcurre en las zonas más pobres de la India, y Boyle encuentra belleza sin ser pintoresquista, condescendiente o paternalista. Chapeau!


Y como bien lo demostrara en Millones sabe dirigir como nadie niños actores, hace que jueguen escenas dificilísimas con una entrega y precisión remarcables.


El Óscar es el premio de la industria cinematográfica yanqui y refleja los vaivenes de la realidad política, social y cultural en el que está inserto. En períodos conservadores, nominan y premian films conservadores. En períodos más progresistas gana gente como Woody Allen, etc. En el primer año de la era Obama, harán honor al discurso de asunción del primer presidente negro y premiarán a Slumdog millionaire. Al margen de la corrección política, y teniendo en cuenta sus contendientes (1) se lo merece. Con creces. Es un film inolvidable, muy humano y conmocionante.


Y si nos alegra que la fregona se calce el zapatito de cristal y se gane el príncipe es porque en este lado del paraíso, todos somos cenicientas y nos lavamos todos los días los pies, con la esperanza de que hoy por fin el zapatito nos calce y el premio mayor sea nuestro. Quien sabe, por ahí hoy es el día.


Y si creen que les conté el final, se equivocan, nada es lo que parece, porque como nos enseña el tango, el éxito y el fracaso son dos impostores y a la larga no importan.


No se lo pierdan, dejen todo, salgan corriendo y véanla. Me lo agradecerán. Es de esas historias que se atesoran por siempre. Y si van al cine una vez al año, ésta es la película que hay que ver.


(1) Milk es una biografía fallida que santifica a su protagonista; Frost/Nixon es una buena obra de teatro filmada, Howard compró una puesta hecha y se limitó a buscar un punto de vista para la cámara; El extraño caso de Benjamín Button es un bodrio de la industria, sólo defendible por los adelantos técnicos que exhibe; El lector promueve debates por las razones equivocadas, hay demasiado glamour en su dudosa visión del Holocausto.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

sábado, 7 de febrero de 2009

El extraño caso de Benjamin Button

Francis Scott Fitzgerald es un gran novelista norteamericano. Es el autor de El gran Gatsby y Tierna es la noche, novelas ejemplares que bordean la perfección. Cuentan sus biógrafos que escribió El extraño caso de Benjamin Button a las apuradas para venderlo a una revista y hacerse de unos dólares. Concluyen que es un cuento interesante, pero deficientemente ejecutado, que la adjetivación es imprecisa y la caracterización muy precaria. Parte de una idea seductora. Si la niñez y la vejez necesitan de la ayuda de otros para poder sobrevivir, ¿por qué no invertir la norma?, ¿por qué no plantear el caso de un hombre que nace viejo y muere hecho un bebé?


Vi las colas de El extraño caso de Benjamín Button en agosto cuando fui a ver Mamma mia! Las imágenes me sedujeron. Y el director David Fincher (Aliens 3, Seven, El club de la pelea, La habitación del pánico, Zodíaco) era garantía de buen espectáculo.

Llegué al cine con grandes expectativas. Me senté entusiasmado. Los primeros 15 minutos satisfacían las expectativas. Y al minuto 16…


Uno establece con un film, un libro, una obra de teatro, un cuadro, una ópera, etc. una relación que admite la comparación con un vínculo afectivo. Uno comienza una relación con deslumbramiento y la esperanza de que sea algo satisfactorio y duradero. Eso a veces se confirma y uno encuentra el rostro que completa nuestra moneda y es el inicio de una felicidad eterna. Pero otras veces se produce el momento revelador en que uno descubre que, por más buena que sea la otra persona, nunca congeniaremos del todo y que es mejor terminar la relación antes de que sea demasiado tarde. De ahí que supe en el minuto 16 que El extraño caso de Benjamín Button no era una película para mí.


David Fincher logra una destreza visual envidiable. Todas y cada una de las secuencias que pueblan los 167 minutos de proyección son hermosas. Pero para mí, un cuadro sin contrastes, por más luminoso que sea, no me conmueve.
La historia no tiene progresión dramática. Prima lo narrativo, novelístico sobre lo dramático o teatral. Y para mí, una historia que no expone conflictos me deja indiferente.



Todos los personajes saben vivir o se benefician rápidamente de las lecciones que les da la vida. La bondad les es afín, desconocen la maldad. A mí, los personajes tan unívocos no me atraen.



Todo el tiempo declaman frases que podrían convertirse en lemas de vida. A mí me dejan afuera cuando me predican mucho y no me dejan elaborar nada.
La historia es una sucesión de anécdotas que podrían propagarse al infinito. Se nota mucho que el guionista es el mismo de Forrest Gump. Son innumerables los paralelos que pueden establecerse entre este guión y el del film de Robert Zemeckis y Tom Hanks, lo que me dejaba la sensación de que ya había visto esto antes, y mejor.



Y aunque me gane la inquina de las muchachas y muchachos adherentes a Brad Pitt, debo ser sincero y decir lo que pienso. Jamás podré negar que es una auténtica estrella cinematográfica y que es de buen ver el hombre, pero como actor es muy malo. Tiene problemas técnicos básicos y a esta altura de su carrera, insalvables. La noción de personajes y la ejecución de conflictos le son naturalmente ajenas. Ni siquiera puede reaccionar o adaptarse a lo que le dan sus colegas. Si ven este film, presten atención a cuando vuelve de la guerra o cuando lo dejan solo después de la fiesta teatral en Nueva York. Es la inexpresividad hecha persona.
Y cuando Cate Blanchett de luz a su hija, dan ganas de zamarrearlo para que dé algo parecido a una reacción humana. A veces se esfuerza tanto que su rostro registra emociones, pero son tan breves y forzadas que no tienen peso.
Una actuación es tanto lo que el actor da como lo que el público está dispuesto a creer. Los adherentes a su lindura están dispuestos a creerle cualquier cosa, pero si toman una mínima distancia comprobarán que todo lo ponen ellos, que él no da nada.
Aquí el maquillaje ayuda mucho, pero cuando el guión o la dirección lo ponen a prueba, demuestra una orfandad actoral vergonzante.



Cate Blanchett en un relato mayoritariamente descriptivo es poco lo que puede hacer y la salva el oficio. La única que se luce es Taraji P. Henson, una actriz negra que hace de la madre adoptiva. Pone en juego una humanidad contundente que la hace muy conmovedora. Quizá porque para ella era hacerse notar y conseguir otros trabajos o pasar desapercibida y desocupada el resto de su carrera. El hambre de gloria siempre ayuda.



En mi modesta opinión, la catarata de nominaciones para el Óscar que recibió este film es una celebración a la capacidad técnica alcanzada por la industria. Los envejecimientos y rejuvenecimientos de los personajes y el embellecimiento de las imágenes son logros técnicos notables y verosímiles. Hacen bien en felicitarse y celebrarse. En algún momento los utilizarán de un modo que nos deslumbre y conmueva a todos.




Cada creador concreta su obra como se le dé su talento o su momento. Usa elementos que nos hace comulgar con él o ser sus ateos.
Mucha gente aceptará las convenciones utilizadas en El extraño caso de Benjamín Button y la amará.
A mí sólo me dio tedio, fastidio y una desesperante sensación de estar atrapado en un limbo. Aunque parezca angustiante, en el fondo no lo es, simplemente no era un film para mí.
Es como a esas personas a las que le deseamos lo mejor, pero nos bendecimos por no habernos unidos a ellas, porque a pesar de sus virtudes, nuestra vida hubiera sido un infierno.
En resumen, pasé 167 minutos horribles, pero por suerte ahora liberado, puedo comenzar a olvidarlos convenientemente.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 30 de enero de 2009

Sólo un sueño

Para bien o para mal, Kate Winslet y Leonardo DiCaprio son como Romeo y Julieta. Para millones de espectadores de todo el mundo son la encarnación de la perfecta pareja romántica. Por culpa del Titanic, claro. Ella sobrevivió a la hipotermia aferrándose al cubito; y él, convenientemente azulado, se hundió con los ojos abiertos en aguas heladísimas, mientras Celine Dion trinaba estentóreamente hasta quedar sin aliento. Son cosas del cine. Algunos no querríamos ni haber oído hablar de Titanic, para otros es un recuerdo imborrable que agradecerán mientras vivan. Son cosas de los gustos. No critico. No soy quién. A mí si San Pedro me pregunta qué cosa linda traje de esta vida, le diré que vi a Julie Andrews girar en una montaña verde cantando The sound of music (La novicia rebelde, claro). Si no le molestan las sopranos inglesas de dicción perfecta, me dejará pasar. Si tenía que contestar que lloré con Kate Winslet porque perdió a DiCaprio, me quedaré afuera con una mano atrás y otra adelante. Aunque por ahí puedo negociar con Liza Minnelli en Cabaret, que tiene más adherentes o con Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, que es más indiscutible.

Pero pensándolo bien, si la respuesta correcta es Titanic y no La novicia rebelde, por ahí zafo porque también amo profundamente a Kate Winslet, aunque no por haberse subido al Titanic.

A lo que voy es que Kate y Leo (más Kathy Bates, sobreviviente también del Titanic) vuelven a actuar juntos en este film de Sam Mendes (Belleza americana, Camino a la perdición, Soldado anónimo). Y en el fondo es una guachada. Doris Day y Rock Hudson volvían siempre con la misma comedia romántica. Kate y Leo, después de enamorar a medio mundo, vuelven como un matrimonio fracasado que se insulta mucho. No digo que ahora se enamoraran en medio del terremoto de San Francisco, o que se comieran a sus compañeros o uno al otro después de caer de un avión en los Andes, pero al menos podrían habernos evitado este Strindberg de cabotaje ubicado en 1955 en un suburbio norteamericano.

Sólo un sueño se basa en Revolutionary Road, una novela de Richard Yates, que según los yanquis es buena y famosa.Frank Wheeler (DiCaprio) y April (Kate, oh, Kate) son dos tarambanas que se creen mejor de lo que son. No les va nada mal. Él tiene un buen empleo, la casa en la que viven con sus dos hijos es linda, etc. Pero Frank cree que está llamado a cumplir con un destino más importante. Pobre, es tan boludo que ni siquiera tiene claro en que le gustaría destacarse. Ella, que es igual o más boluda, le propone ir a París para “encontrarse y realizarse”. Encerrados en neurosis varias, discutirán mucho, tomarán Martinis y se meterán los cuernos. Todo terminará mal porque el autor, que no les tiene ni cariño ni conmiseración, perderá la poca paciencia que les tiene. Lástima que eso suceda después de ¡dos horas! El material se presta tanto para la tragedia como para la sátira, Mendes elige filmarlo como un drama Hallmark, pero con gran presupuesto. No se me ocurre quién podría haberle sacado más jugo a este drama estúpido, pero Mendes da vergüenza ajena. Se toma tan en serio su fama de director profundo y revelador que cae en la solemnidad barata. Su puesta en escena es tan autoconsciente y obvia, que hace que todo sea frío y parezca más tonto de lo que es. El problema fundamental es que Mendes falla en darle trascendencia humana a un material muy localista.

Porque Revolutionary Road a nosotros no nos dice mucho. Tanto es así, que la novela de Yates, aunque es de 1961, recién se publicó por estos pagos en 2004, cuando se amenazó que este engendro se filmaría. Parece que el autor se propuso con esta novela radiografiar las desilusiones a las que lleva el fracaso del “Sueño Americano”. Parece que critica el conformismo al que se redujeron los ideales que forjaron la “gran” nación yanquilándica. Muy bonito, que los yanquis se flagelen comprando las versiones de su propio fracaso y que no nos jodan.

Nosotros tenemos muchas desilusiones, pero ninguna surge del fracaso de un gran sueño. Más bien estamos empeñados en no fracasar mucho en la creación de una realidad más o menos justa, que por varios factores siempre nos resulta esquiva. Kate y Leo son buenos actores que entregan trabajos encomiables, pero no logran vencer el fastidio que despiertan sus odiosos personajes. El único trabajo actoral inspirado es el de Michael Shannon, justamente nominado para el Óscar como actor de reparto. Hace de un loquito, que como un bufón shakespereano, lanza verdades a puños. Una pena que nadie las escuche.

Si hay algo que me molesta profundamente es el cipayismo cultural. Ese complejo de inferioridad innato que nos lleva a considerar como mejor todo lo que llega de afuera, lo que no nos permite discernir la paja del trigo, la perla de la bosta. Aquí como afuera, hay cosas que son buenas y cosas que son malas. Y ésta, por más nombres lustrosos que tenga, es mala, muy mala.Mi modesto consejo es que no pierdan el tiempo con este auténtico bodrio. Mejor alquilen, pidan prestado o roben, y vuelvan a ver Luna de Avellaneda. Habla de nuestras frustraciones, de lo que perdimos, de lo que aún no perdimos de una manera mucho más entretenida, sin caer en pedanterías pedorras. Además nos permite una identificación inmediata. No nos va a dar un barniz “culturoso”, pero la pasaremos mucho mejor.

Y perdónenme el chiste obvio, pero no me puedo reprimir: Sólo un sueño es una verdadera pesadilla.
Un abrazo
Gustavo Monteros

martes, 27 de enero de 2009

El sustituto


Con Fargo, los hermanos Coen se mandaron un chiste genial. Nos hicieron creer a todos que el film estaba basado en hechos reales cuando no lo estaba.

De eso se trata la ficción, de contar historias que puedan ser tomadas por ciertas.

Los productores adoran las películas que empiezan con el cartelito: Basada en hechos reales. Creen que con eso ya tienen ganado en el público la suspensión de la incredulidad.

En lo personal, prefiero el cartelito que dice: “Los hechos y los personajes son ficticios, cualquier similitud con hechos y personas reales es pura coincidencia”. No en vano titulé a una de mis obras Pura coincidencia. Es que a mí me encanta cuando se atajan con eso de “cualquier similitud” porque me da por sospechar que sí se basan en hechos y personas reales y que lo niegan para no tener quilombos legales.

A lo largo de la historia de la ficción, innumerables autores se han quejado de que la realidad supera siempre a la ficción.

A mí, sin ir más lejos, me ha pasado que me han contado peripecias de la vida con el pretexto de que las ponga en una obra teatral y he terminado contestando: “Es imposible, nadie nos las creería. Y sin embargo eran ciertas”.

Es que la ficción tiene reglas estrictas. No importa tanto que algo sea cierto como que sea plausible en el contexto que se cuenta. Aquello tan viejo de “Se non é vero, é ben trovato" (Si no es cierto, está bien contado). Uno puede contar un disparate, pero si se lo construye con lógica, se lo detalla con fundamento, dentro de un contexto preciso, puede pasar por cierto o plausible.

Lo que cuenta Clint Eastwood en El sustituto fue verdad, pero uno debe pasarse todo el tiempo recordándose: “Fue verdad, fue verdad”, porque dentro del contexto de una película, (el cine es uno de los reinos de la ficción por antonomasia), resulta increíble. Ése es su problema.

Son tantas las cosas que le pasan a su protagonista, que parece cuento, bolazo, sanata. Y sin embargo, fue real.

Una mujer sale a trabajar y deja a su hijo de nueve años solo en la casa. Vuelve y no lo encuentra. Hace la denuncia a la policía. Pasa algún tiempo y le devuelven otro chico con la excusa de que es el que se le perdió. Ella asegura que no, que hay un error y la encierran en un manicomio. Y esto sólo es el principio, hay más. La película parece tener cuarenta finales y sigue. Hay más y más. Porque la realidad supera siempre a la ficción. Y ni la maestría cinematográfica de Clint Eastwood puede hacerla plausible. La ficción tiene otras reglas. Rígidas, no flexibles ni azarosas como la delirante realidad.

Pero si uno acepta la desazón y se repite: “Fue verdad, fue verdad”, el trámite puede disfrutarse a pesar del despliegue de talento de la Jolie.

Angelina nos dice todo el tiempo: “Miren lo buena que soy, lo bien que lo hago, nomínenme, prémienme”. Y uno se lo cree.

Algunos maestros de actuación dicen que ser un poco consciente de los propios recursos puede ser bueno, que no todo es entregarse al papel y dejarse fluir, que saber lo que uno puede hacer y usarlo como arma puede ser efectivo. Un poco consciente, porque estar demasiado consciente puede destruir el juego. Viendo la dsefachatez de Angelina, no estoy seguro de que tengan razón. Porque uno le ve la hilacha de hilo chanchero, pero es tal su caradurez que uno le cree y se lo celebra. Después de todo, actuar se trata de no dudar, de entregarse al juego y transmitir esa fe, esa convicción. Y Angelina no duda jamás de lo que hace.

Por lo antedicho, el film merece verse. Porque es una excepción a las reglas de la ficción y de la actuación.

Eso sí, está terminantemente prohibido para las madres de imaginación excesiva sobre peligro que corren sus hijos. Puede darle argumentos que después no se sacarán de encima. Porque lo que cuenta: “Fue verdad, fue verdad, fue verdad.”

Un abrazo,

Gustavo Monteros

jueves, 22 de enero de 2009

La duda

Premios Pulitzer aparte, la distancia que hay entre Las brujas de Salem y La duda, es la que media entre el Martín Fierro y Lindor Covas.

Las brujas de Salem de Arthur Miller fue un cross a la mandíbula que dejó knock out al maccarthismo. La duda pretendía la misma contundencia, pero dejó a la administración Bush parada y con aire para seguir peleando.

Pero comencemos por el principio.

La duda es una obra de teatro de John Patrick Shanley que llega al cine dirigida por su autor. Es un melodrama de ideas que indaga sobre la esencia de la verdad. Procura hacer honor a su título cuestionando la validez de las convicciones absolutas, explorando el valor de la duda. Parte de un conflicto entre dos personajes opuestos. Por un lado está la hermana Aloysius (Meryl Streep), una monja rígida, implacable, inmisericorde, una auténtica bruja con la que uno no querría ni intercambiar el buen día. Del otro lado está el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman), un curita simpático, comprensivo, carismático, con el que con gusto iríamos a tomar una cerveza.

Está también la hermana James (Amy Adams), dulce, sensible y altamente traumatizable. Con ella tampoco querríamos trato alguno, porque si bien es más buena que Lassie, es más neurótica que Diane Keaton haciendo personajes de Woody Allen.

La cuestión es que la hermana James ha presenciado un par de circunstancias que parecen indicar que el padre Flynn (Oh, my God!) ha abusado o está abusando de Donald Miller (Joseph Foster), el único alumno negro de la escuela de la parroquia, muy estigmatizado el pobre por sus compañeros.

Estamos en 1964, en el Bronx, la integración recién comienza, ya asesinaron a Kennedy y las resoluciones del Concilio Ecuménico Vaticano II, que determinó la Iglesia Católica tal como la conocemos hoy, aún no entraron en vigencia.

La hermana Aloysius no tiene duda, el padre Flynn es un abusador y sólo se trata de reunir las pruebas incriminatorias. Se las tendrá que arreglar sólo con su inteligencia, que no es poca, ya que estamos en una época en que el padre Flynn por el mero hecho de ser hombre es su superior (por eso mencionábamos el Concilio). Terminará hablando con la madre del chico (Viola Davis), lo que deparará más de una sorpresa.



La obra de teatro se estrenó aquí un par de años atrás dirigida por Carlos Rivas con Fabián Vena y Susú Pecoraro (luego Gabriela Toscano la reemplazaría). Tuvo un éxito discreto. Concebida como una metáfora contra el mesianismo de Bush, a nosotros no nos decía mucho. (Al contrario de lo que pasa con Las brujas de Salem con la que dialogamos más seguido). Porque aunque padecemos mansamente a nuestros políticos, hoy por hoy estamos más cerca del escepticismo que de la adhesión ciega a guerras con postulados fraudulentos. Y el escaso paralelismo que podía encontrársele con el Caso Grassi no sedujo a muchos espectadores.

El teatro le sienta mejor a esta propuesta, se le notan menos las costuras. El cine es más realista, más concreto, no evocador o sugerente como el teatro. En el teatro se disimulaba más que esta obra sobre la duda se maneja con esquemas maniqueos, de este lado los buenos, de aquel los malos. Si la duda es gris, aquí todo es blanco o negro. John Patrick Shanley está a años luz de Ibsen o de Bernard Shaw, maestros del teatro de ideas.

Lo que hermana a la obra y al guión es la decisión de Shanley de acentuar los conflictos con simbolismos obvios, típicos del melodrama del siglo XIX. En la obra, la sobreprotección de la hermana Aloysius se manifestaba cuando ella cubría los rosales mucho antes de la primera helada. En el film, una rugiente tormenta y un viento despeinador expresan la desazón de las almas.

En la versión local, Fabián Vena no tenía nada que envidiarle a Philip Seymour Hoffman, daba cabalmente el personaje. Pero ni Susú Pecoraro ni Gabriela Toscano daban pie con bola (tuve la suerte de verlas a ambas, las buenas actrices aunque no la peguen, ratifican su talento y dan buen espectáculo). Ojo, no la pegaban ni por falta de mérito o creatividad sino porque estaban fuera de registro. Poseen un temperamento actoral naturalmente dulce y femenino que no se aviene bien con la Gorgona que es la hermana Aloysius. Es un personaje que necesitaba a una Leonor Manso, una Cristina Banegas o una Graciela Duffau para corporizarse plenamente.

Meryl Streep está sencillamente apabullante. Una amiga, a sabiendas que Meryl es una de mis debilidades, me alertaba: "Sí, Meryl es una grande, pero es tan natural, tan exacta que aburre". Y pareciera como que Meryl la escuchó. Tanto en El diablo viste a la moda, como en Mamma Mía! o aquí, Meryl dejó de lado el naturalismo y se arriesga con actuaciones más histriónicas sin perder intensidad o sentimiento.

La duda, dicho esto con absoluta certeza, es una obra ambiciosa que desnuda más pretensiones que hallazgos. Se cree profunda y aleccionadora, pero es tan superficial y alertadora como un horóscopo. Pero merece verse por el monólogo de la calumnia que es muy bueno, por el diálogo entre la hermana Aloysius y la madre de Donald que es muy controversial y logrado y por Meryl Streep. Porque Meryl inspirada es una fiesta, una gloria, un vértigo de lo hermoso que es el arte de la actuación.

Un abrazo,

Gustavo Monteros



domingo, 18 de enero de 2009

Australia


Después de esa genialidad de Moulin Rouge!, para Luhrman era la gloria o Devoto. Fue Devoto. Con Australia, los críticos internacionales se hicieron una panzada, desplegando todo su arsenal de ironías, sarcasmos y comentarios hirientes. Una pena porque es una muy buena película. Tiene tres virtudes esenciales que nadie le pudo negar: la historia está contada, es muy bella y muy entretenida.

Baz Luhrman se propone recrear el género épico. Lo cual se agradece porque nada nos devuelve más al asombro de la infancia que la espectacularidad en pantalla gigante. Todas esas historias trascendentes con tomas panorámicas llenas de miles de extras, paisajes arrebatadores, atronadas por músicas grandiosas. Como en todo lo que hace, Luhrman repite momentos cinematográficos pasados para revertirlos o resignificarlos. Hay aquí ecos de Lo que el viento se llevó, Jezabel, África mía, El hombre quieto, La reina africana, El imperio del sol, Río Rojo, El puente sobre el río Kwai, Casablanca, entre otras, y un homenaje a El Mago de Oz, y a su canción emblemática: Sobre el arco iris.



Dos ejes narrativos se disputan el centro de la historia. Un comentario social sobre la situación de los aborígenes y mestizos australianos y una historia de amor. Ésta última gana la pulseada.

Ideó una historia llena de incidentes. Hay muchas vueltas de tuerca, nudos narrativos que se atan y se desatan, tramas primarias, secundarias y hasta terciarias, por lo que se puede llegar a decir que hay una superficialidad expositiva. Lo que no sería objetable si esto fuera lo que se propuso hacer.

Todos amamos Lawrence de Arabia de David Lean, El Gatopardo de Luchino Visconti, Los 10 Mandamientos de Cecil B. De Mille, o Ben Hur de William Wyler. Pero cada obra es producto de su tiempo. Hoy, todas esas historias, narradas de aquel modo son impensables. Los espectadores de hoy en día, domados por las características del cine pochoclo, ya no tienen paciencia para el desarrollo de tramas, conflictos o personajes. Todo debe fluir rápido y sin muchas profundidades. Antes el cine era un río ancho, profundo y caudaloso. Hoy es una acequia veloz y poco profunda. Y Luhrman es hijo de estos tiempos.



Nicole Kidman puede gustar o no. Conozco personas que con gusto armarían un club de admiradores devotos y apasionados. Pero conozco también personas que con igual ahínco iniciarían un club de detractores militantes. Lo que ningún bando podrá discutir es que la Kidman es una auténtica estrella cinematográfica en la tradición de las grandes. Aquí en las primeras escenas, hace un juego de comedia que la emparienta con Katherine Herpburn y Barbara Stanwyck, luego tiene arrebatos à la Bette Davis, más tarde se derretirá de amor como Ingrid Bergman, sufrirá bellamente como Greta Garbo o Sophia Loren. Y sobre el final expondrá la sutileza y el estoicismo de una Deborah Kerr. Como en Moulin Rouge!, es evidente que Baz Luhrman le pide todas esas citas, que tamice todas esas influencias, y ella se entrega al juego gozosa. Con Lurhman, la originalidad no se logra negando las influencias del pasado, sino asumiéndolas. Los que la denuestan o la creen sobrevalorada, deben aceptar que se necesita mucho talento para hacer lo que le pide Luhrman.

Hugh Jackman compone un héroe decididamente moderno. Quiebra la tradición entregando un personaje tan duro y recio como sensible y emotivo. Por momentos, patentiza demasiado lo que nosotros como espectadores deberíamos sentir. En lo personal, creo que Humphrey Bogart, Gary Cooper o Burt Lancaster forjaron héroes inolvidables porque se entregaban sin reparos a la emoción, pero se detenían en las puertas del llanto. Nos conmocionaba, no su machismo, sino su pudor. Mostrar emoción no era de machos, y ellos trasgredían la norma exhibiéndola. Pero frenaban ante el llanto porque si se desmoronaban, lo que quedaba de su hombría sucumbiría. Y eso nos llegaba al alma.

No sé, quizá hoy en día las mujeres respondan mejor a un héroe más sensible, no tan primario. Pero a mí, un héroe tan llorón me deja indiferente. Si despliega tanta emoción, ¿qué lo diferencia de la protagonista? Ojo, estas consideraciones no van en desmedro del talento y carisma de Hugh Jackson.

En la crítica cinematográfica, como en todas las demás esferas de la actividad humana, hay modas. Hoy está de moda criticar a Baz Luhrman. Pero los críticos también se masifican, se ceban y se equivocan. A las pruebas me remito, Esperando la carroza en el estreno tuvo críticas que la trataban mal. Diez años después, esos mismos críticos la incluían entre las mejores películas argentinas de todos los tiempos. Cuando Graciela Duffau estrenó en el Teatro Cervantes Diatriba de amor contra un hombre sentado de García Márquez, los críticos fueron poco generosos con su notable actuación y la bellísima obra. Pero ella por suerte insistió. Un año y medio después la elegían por unanimidad la mejor actriz de esa temporada, y la obra se convirtió en ejemplo a emular de los oratorios teatrales. De donde se deduce que la estupidez humana no es privativa de los ignorantes.

El tiempo, que pone las cosas en su lugar, tiene la última palabra.

Mientras tanto, seamos prácticos y reconozcamos que es casi una bendición que además de espectacular sea una película larga, porque con estos calores abrasadores permanecer entretenidos dos horas y media en la penumbra refrigerada del cine no está nada mal.

Un abrazo,
Gustavo Monteros