viernes, 20 de febrero de 2009

Frost/Nixon

El Donmar y Michael Grandage aparecen a las apuradas y de compromiso en los créditos, sin embargo fueron fundamentales para que este film existiera.


El Donmar es un teatrito independiente (es decir no estatal ni comercial) de Londres, que bajo la dirección de Grandage alcanzó preeminencia por la audacia de su repertorio y la creatividad de sus puestas. Atrajo a figuritas y figurones (Nicole Kidman, Judi Dench, Maggie Smith, Kenneth Brannagh, Kim Catrall, Ewan McGregor, etc.) quienes descubrieron que tenían un espacio en el que poder experimentar sin la presión de obtener actuaciones descollantes y críticas ditirámbicas (como cuando trabajan en teatros oficiales) o éxitos rutilantes de taquilla (como cuando trabajan en teatros comerciales).


Un artista necesita desembarazarse de las presiones para experimentar libremente. Necesita saber también que puede equivocarse. Arriesgarse conlleva la posibilidad de la equivocación. Así que figuritas y figurones se ofrecen para ir al Donmar o saltan en una pata, dejan todo y salen corriendo si los llaman. Otro ejemplo, en breve Jude Law hará su primer Hamlet en el Donmar.


Frost/Nixon nació en el Donmar como un proyecto de lo que se llama “verbatim theatre”. En este tipo de teatro, se parte de un hecho real: un juicio, una conferencia, una entrevista, etc. Se toman las transcripciones textuales y con el mínimo de licencias dramáticas posibles se arma una obra de teatro.


En este caso, Grandage y Peter Morgan, el autor, toman la histórica entrevista (para ellos, a nosotros no nos fue ni nos vino) que le hiciera David Frost al ex presidente Nixon, en la que terminó aceptando su responsabilidad en el mentadísimo Watergate.


El proyecto comenzó como “verbatim”, pero concluyó en una obra hecha y derecha, porque Morgan y Grandage descubrieron que las circunstancias que llevaron a la entrevista eran tan apasionantes como la entrevista en sí, y como había que crearlas, la obra ya no podía considerarse “verbatim”.


Y así, en el resultado final, si bien el eje es la entrevista, los prolegómenos no carecen de interés. Por ejemplo, la entrevista casi no se hace, al no lograr interesar a ninguna cadena televisiva, Frost la terminó pagando de su bolsillo. Sabremos también que Frost, un conductor de programas frívolos, era el menos indicado para sacarle algo jugoso a Nixon. Sin embargo lo logró y el suspenso radica en cómo lo hizo.


Peter Morgan ya husmeó en bambalinas con La Reina de Stephen Frears. Allí el interés estaba en ver como Isabel II (Helen Mirren, the great) por la presión popular manda al carajo el protocolo y le da a Lady Diana exequias de princesa, que ya no le correspondían por estar divorciada del cara de bobo de Charles. Confieso que fui a ver La Reina por amor a Helen Mirren. Me importaban tres soretes los vericuetos por los cuales la reina conservó su valor icónico en el pueblo inglés al hacer lo que hizo. Sin embargo, el ver toda esa gente en ruleros y calzoncillos, con sus fobias, sus cortedades, sus rencores y generosidades me atrapó y pasé una hora y media de lo más entretenida.


Aquí me pasó otro tanto. Me senté y me pregunté: ¿a mí qué mierda me importan Frost, Nixon y el Watergate? Pero al ratito estaba enganchado. Es interesante ver lo importante que son los laderos de esta gente; comprobar cómo se relacionan, piensan y sienten en la intimidad estas personas que manejaron destinos o que están siempre en control con una cámara encendida.


Ron Howard vio en Londres la puesta de Michael Grandage y la compró ya hecha, lista para llevar. Se trajo el impresionante duelo actoral de Langella y Sheen, puso caripelas conocidas en los secundarios (Sam Rockwell, Kevin Bacon, Oliver Platt, Rebecca Hall y Toby Jones), y marche una nominación para el Óscar por un drama serio y (¡oh, qué rareza en el reino del pochoclo!) adulto.


Howard se arriesgó a respetar la decisión más audaz de Grandage: el Nixon de Langella. Frank Langella no hace una caracterización formal de Nixon, es decir no se pone 15 kilos de maquillaje ni 22 máscaras de látex para parecerse a Nixon. No, procuró evocarlo por la voz y la postura corporal. Obviamente yo a Nixon no lo tengo ni ahí, pero los yanquis y los ingleses dicen que le sale igualito. Lo que sí uno le puede aplaudir es el inmenso arte que vuelca en su actuación. Michael Sheen (que fuera el Tony Blair de La Reina y que no es pariente de Martin, Charlie y los demás Sheens yanquis) no le va a la zaga en esto de actuar como los dioses. Es un placer verlo exponer las grandezas y miserias de su personaje.


Cuando era chico daban un programa de tele en el que Alfredo Barbieri payaba y Don Pelele estaba sentado a su lado. De tanto en tanto, Don Pelele decía: “No sé vaya a olvidar del perro”, porque quería que Barbieri incluyera al perro en lo que estaba payando. Cuando lo veo a Ron Howard llenándose la boca con los logros artísticos que obtuvo con Frost/Nixon, me dan ganas de emular a Don Pelele y decirle: Ron, no se vaya a olvidar de Michael Grandage.


Un abrazo

Gustavo Monteros

lunes, 16 de febrero de 2009

Milk

Hallmark tiene una sección que se llama Historias Verdaderas, en la que presenta inspiracionales films para teve que son los herederos directos de esa vieja sección de Selecciones del Reader’s Digest, que tenía títulos tales “Como aprendí a vivir con un riñón”, “Cómo sobreviví a la plaga de cucarachas” o “Ya casi no extraño a mi mano” (esta última sería una biografía autorizada de Scioli). Gust Van Sant sin duda ambicionó otra cosa con Milk (que no es la historia de “La Vaca Estudiosa”, sino la de Harvey), pero no le salió como esperaba.


Harvey Milk fue el primer homosexual electo para un cargo público. Vivía en Nueva York en el clóset (o sea ocultaba su identidad sexual). Para festejar su cumpleaños se levanta a James Franco. Y si París bien vale una misa, parece que James Franco bien vale salir del clóset, largar todo, incluso alguna pluma, y mudarse a San Francisco. Van a vivir al Castro, un barrio gay friendly como se dice ahora. Ponen un kiosquito de venta de rollos de fotos. El día de la inauguración es discriminado por otro comerciante. Funda una liga de comercio para defender los derechos de los comerciantes homosexuales, después de todo si el barrio es mayormente gay, no tienen por qué ser maltratados. Y como una cosa lleva a la otra, termina siendo candidato para concejal municipal. Llegar a ser electo no será fácil, en el medio hartará a James Franco que lo abandonará, tendrá un tormentoso romance con Diego Luna que terminará mal, y despertará el funesto resentimiento de un concejal colega (Josh Brolin) que, según da a entender Van Sant, es un homosexual reprimido.


El espectador medio yanqui, el que vive en Texas, republicano de corazón y adherente fervoroso de los Bush, odia a los judíos, a los negros y a los homosexuales. De allí que haya que recordarle de tanto en tanto que su odio es irracional y que ser patriota, temeroso de Dios, defensor de la justicia por mano propia y oidor del himno con la mano en el corazón no le da derecho a no respetar a los que no son como él. Por supuesto, ésta es una simplificación humorística, que por desgracia a veces es demasiado cierta.


Gus Van Sant se propuso llegar a ese espectador medio, contarle la vida de este hombre sin ofenderlo ni disgustarlo. Pero se le fue la mano. Este Milk en política parece más santo que San José y en lo personal es más remilgado que Doris Day cuando defendía su virginidad de los manotazos de Rock Hudson (esto en los 70, en San Francisco, el epicentro de la revolución sexual gay parece medio increíble). En su intención de hacerlo asequible y comprensible, Van Sant lo santifica, lo sacraliza, lo vuelve al clóset, como decía un crítico inglés.


Lo que sí es interesantísimo es ver como los homosexuales, al igual que la chica de Virginia Slims, pueden decir: Has recorrido un largo camino. Comprobar que lo que sostenía Anita Bryant (un personaje fundamental en el film) no era la excepción sino la regla (al revés de lo que ocurre hoy por suerte) espanta.


Sean Penn está estupendo como siempre, y a pesar de todo su desparramo histriónico, se le nota mucho que, tal como está armado su personaje, no tiene mucha variación. Es como el clásico de Tom Jobim: Samba de una sola nota.


Lo de Brolin es muy bueno y lo que le pasa a su personaje en su relación con Milk es lo más interesante del film. Bien, Diego Luna, aunque su personaje parece escrito como para Andrea del Boca.


Y James Franco, no seas botón, no te pasees por los programas estilo Intrusos (pero yanquis) diciendo que Van Sant te contó en secreto que Sean Penn le pedía más escenas de sexo con vos. No te agrandés porque no sos tan irresistible. Por ahí se trataba solamente de que Sean Penn se había dado cuenta de que todo era muy llano y descolorido. Además con tu “humorada” denuncias un mensaje opuesto al de la película, el de tener temor. Pero no te preocupes, si te tachan de homosexual, no te van a discriminar, porque personajes como Milk se preocuparon para que no lo hicieran.


En resumen, no es una mala película, pero lo que pudo ser El Toro Salvaje gay, terminó siendo "Cómo aprendí a defender los derechos homosexuales". No es poco, pero no alcanza.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 13 de febrero de 2009

Slumdog Millionaire


En la historia del cine, pocas tramas han sido tan transitadas como la de cenicienta. No me refiero, claro está, a la transposición literal de fregona-baile-zapatito-príncipe sino a la reelaboración de sus componentes básicos.


Para dar dos ejemplos más o menos recientes con protagonistas masculinos, mencionaremos Rocky y Billy Elliot.


Lo esencial de la fórmula es rescatar a la o el protagonista, a través del amor o del dinero, de un oscuro destino.


Como tan bien aprendimos con Billy Elliot, cuanto más miserable, asfixiante, desesperada es la condición de la que huyen, más conmovedor es que logren sus objetivos. Y cuantos más escollos en contra tengan que superar, mejor. Ante un pobre diablo que tiene todo en contra, nuestra identificación o adhesión es completa.


Durante la primera hora, los protagonistas de Slumdog millionaire acumulan tantas desventuras que es imposible no entregarles nuestro corazón.


Un pobre desgraciado, rico en experiencias de vida, pobre de bagaje cultural, está a punto de alzarse con el premio mayor de la versión india de ¿Quieres ser un millonario? Dos policías, tortura incluida, procuran averiguar si hace trampa. El muchachito comenzará a contar su vida y aparecerá el artilugio que tenemos que aceptar sí o sí para disfrutar de la historia. Este joven es más bruto que un arado, pero cada pregunta que le hacen en el concurso remite a una situación dolorosa de su pasado que le garantiza la respuesta. La justificación para este artilugio aparecerá en el último subtítulo y tendrá que ver con la religión musulmana. Si aceptamos esta convención, el film nos deparará sólo placer.


Toulouse Lautrec decía que tenía más valor pintar la flor que crece en el barro. Y Danny Boyle hace honor a esa premisa. El film transcurre en las zonas más pobres de la India, y Boyle encuentra belleza sin ser pintoresquista, condescendiente o paternalista. Chapeau!


Y como bien lo demostrara en Millones sabe dirigir como nadie niños actores, hace que jueguen escenas dificilísimas con una entrega y precisión remarcables.


El Óscar es el premio de la industria cinematográfica yanqui y refleja los vaivenes de la realidad política, social y cultural en el que está inserto. En períodos conservadores, nominan y premian films conservadores. En períodos más progresistas gana gente como Woody Allen, etc. En el primer año de la era Obama, harán honor al discurso de asunción del primer presidente negro y premiarán a Slumdog millionaire. Al margen de la corrección política, y teniendo en cuenta sus contendientes (1) se lo merece. Con creces. Es un film inolvidable, muy humano y conmocionante.


Y si nos alegra que la fregona se calce el zapatito de cristal y se gane el príncipe es porque en este lado del paraíso, todos somos cenicientas y nos lavamos todos los días los pies, con la esperanza de que hoy por fin el zapatito nos calce y el premio mayor sea nuestro. Quien sabe, por ahí hoy es el día.


Y si creen que les conté el final, se equivocan, nada es lo que parece, porque como nos enseña el tango, el éxito y el fracaso son dos impostores y a la larga no importan.


No se lo pierdan, dejen todo, salgan corriendo y véanla. Me lo agradecerán. Es de esas historias que se atesoran por siempre. Y si van al cine una vez al año, ésta es la película que hay que ver.


(1) Milk es una biografía fallida que santifica a su protagonista; Frost/Nixon es una buena obra de teatro filmada, Howard compró una puesta hecha y se limitó a buscar un punto de vista para la cámara; El extraño caso de Benjamín Button es un bodrio de la industria, sólo defendible por los adelantos técnicos que exhibe; El lector promueve debates por las razones equivocadas, hay demasiado glamour en su dudosa visión del Holocausto.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

sábado, 7 de febrero de 2009

El extraño caso de Benjamin Button

Francis Scott Fitzgerald es un gran novelista norteamericano. Es el autor de El gran Gatsby y Tierna es la noche, novelas ejemplares que bordean la perfección. Cuentan sus biógrafos que escribió El extraño caso de Benjamin Button a las apuradas para venderlo a una revista y hacerse de unos dólares. Concluyen que es un cuento interesante, pero deficientemente ejecutado, que la adjetivación es imprecisa y la caracterización muy precaria. Parte de una idea seductora. Si la niñez y la vejez necesitan de la ayuda de otros para poder sobrevivir, ¿por qué no invertir la norma?, ¿por qué no plantear el caso de un hombre que nace viejo y muere hecho un bebé?


Vi las colas de El extraño caso de Benjamín Button en agosto cuando fui a ver Mamma mia! Las imágenes me sedujeron. Y el director David Fincher (Aliens 3, Seven, El club de la pelea, La habitación del pánico, Zodíaco) era garantía de buen espectáculo.

Llegué al cine con grandes expectativas. Me senté entusiasmado. Los primeros 15 minutos satisfacían las expectativas. Y al minuto 16…


Uno establece con un film, un libro, una obra de teatro, un cuadro, una ópera, etc. una relación que admite la comparación con un vínculo afectivo. Uno comienza una relación con deslumbramiento y la esperanza de que sea algo satisfactorio y duradero. Eso a veces se confirma y uno encuentra el rostro que completa nuestra moneda y es el inicio de una felicidad eterna. Pero otras veces se produce el momento revelador en que uno descubre que, por más buena que sea la otra persona, nunca congeniaremos del todo y que es mejor terminar la relación antes de que sea demasiado tarde. De ahí que supe en el minuto 16 que El extraño caso de Benjamín Button no era una película para mí.


David Fincher logra una destreza visual envidiable. Todas y cada una de las secuencias que pueblan los 167 minutos de proyección son hermosas. Pero para mí, un cuadro sin contrastes, por más luminoso que sea, no me conmueve.
La historia no tiene progresión dramática. Prima lo narrativo, novelístico sobre lo dramático o teatral. Y para mí, una historia que no expone conflictos me deja indiferente.



Todos los personajes saben vivir o se benefician rápidamente de las lecciones que les da la vida. La bondad les es afín, desconocen la maldad. A mí, los personajes tan unívocos no me atraen.



Todo el tiempo declaman frases que podrían convertirse en lemas de vida. A mí me dejan afuera cuando me predican mucho y no me dejan elaborar nada.
La historia es una sucesión de anécdotas que podrían propagarse al infinito. Se nota mucho que el guionista es el mismo de Forrest Gump. Son innumerables los paralelos que pueden establecerse entre este guión y el del film de Robert Zemeckis y Tom Hanks, lo que me dejaba la sensación de que ya había visto esto antes, y mejor.



Y aunque me gane la inquina de las muchachas y muchachos adherentes a Brad Pitt, debo ser sincero y decir lo que pienso. Jamás podré negar que es una auténtica estrella cinematográfica y que es de buen ver el hombre, pero como actor es muy malo. Tiene problemas técnicos básicos y a esta altura de su carrera, insalvables. La noción de personajes y la ejecución de conflictos le son naturalmente ajenas. Ni siquiera puede reaccionar o adaptarse a lo que le dan sus colegas. Si ven este film, presten atención a cuando vuelve de la guerra o cuando lo dejan solo después de la fiesta teatral en Nueva York. Es la inexpresividad hecha persona.
Y cuando Cate Blanchett de luz a su hija, dan ganas de zamarrearlo para que dé algo parecido a una reacción humana. A veces se esfuerza tanto que su rostro registra emociones, pero son tan breves y forzadas que no tienen peso.
Una actuación es tanto lo que el actor da como lo que el público está dispuesto a creer. Los adherentes a su lindura están dispuestos a creerle cualquier cosa, pero si toman una mínima distancia comprobarán que todo lo ponen ellos, que él no da nada.
Aquí el maquillaje ayuda mucho, pero cuando el guión o la dirección lo ponen a prueba, demuestra una orfandad actoral vergonzante.



Cate Blanchett en un relato mayoritariamente descriptivo es poco lo que puede hacer y la salva el oficio. La única que se luce es Taraji P. Henson, una actriz negra que hace de la madre adoptiva. Pone en juego una humanidad contundente que la hace muy conmovedora. Quizá porque para ella era hacerse notar y conseguir otros trabajos o pasar desapercibida y desocupada el resto de su carrera. El hambre de gloria siempre ayuda.



En mi modesta opinión, la catarata de nominaciones para el Óscar que recibió este film es una celebración a la capacidad técnica alcanzada por la industria. Los envejecimientos y rejuvenecimientos de los personajes y el embellecimiento de las imágenes son logros técnicos notables y verosímiles. Hacen bien en felicitarse y celebrarse. En algún momento los utilizarán de un modo que nos deslumbre y conmueva a todos.




Cada creador concreta su obra como se le dé su talento o su momento. Usa elementos que nos hace comulgar con él o ser sus ateos.
Mucha gente aceptará las convenciones utilizadas en El extraño caso de Benjamín Button y la amará.
A mí sólo me dio tedio, fastidio y una desesperante sensación de estar atrapado en un limbo. Aunque parezca angustiante, en el fondo no lo es, simplemente no era un film para mí.
Es como a esas personas a las que le deseamos lo mejor, pero nos bendecimos por no habernos unidos a ellas, porque a pesar de sus virtudes, nuestra vida hubiera sido un infierno.
En resumen, pasé 167 minutos horribles, pero por suerte ahora liberado, puedo comenzar a olvidarlos convenientemente.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 30 de enero de 2009

Sólo un sueño

Para bien o para mal, Kate Winslet y Leonardo DiCaprio son como Romeo y Julieta. Para millones de espectadores de todo el mundo son la encarnación de la perfecta pareja romántica. Por culpa del Titanic, claro. Ella sobrevivió a la hipotermia aferrándose al cubito; y él, convenientemente azulado, se hundió con los ojos abiertos en aguas heladísimas, mientras Celine Dion trinaba estentóreamente hasta quedar sin aliento. Son cosas del cine. Algunos no querríamos ni haber oído hablar de Titanic, para otros es un recuerdo imborrable que agradecerán mientras vivan. Son cosas de los gustos. No critico. No soy quién. A mí si San Pedro me pregunta qué cosa linda traje de esta vida, le diré que vi a Julie Andrews girar en una montaña verde cantando The sound of music (La novicia rebelde, claro). Si no le molestan las sopranos inglesas de dicción perfecta, me dejará pasar. Si tenía que contestar que lloré con Kate Winslet porque perdió a DiCaprio, me quedaré afuera con una mano atrás y otra adelante. Aunque por ahí puedo negociar con Liza Minnelli en Cabaret, que tiene más adherentes o con Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, que es más indiscutible.

Pero pensándolo bien, si la respuesta correcta es Titanic y no La novicia rebelde, por ahí zafo porque también amo profundamente a Kate Winslet, aunque no por haberse subido al Titanic.

A lo que voy es que Kate y Leo (más Kathy Bates, sobreviviente también del Titanic) vuelven a actuar juntos en este film de Sam Mendes (Belleza americana, Camino a la perdición, Soldado anónimo). Y en el fondo es una guachada. Doris Day y Rock Hudson volvían siempre con la misma comedia romántica. Kate y Leo, después de enamorar a medio mundo, vuelven como un matrimonio fracasado que se insulta mucho. No digo que ahora se enamoraran en medio del terremoto de San Francisco, o que se comieran a sus compañeros o uno al otro después de caer de un avión en los Andes, pero al menos podrían habernos evitado este Strindberg de cabotaje ubicado en 1955 en un suburbio norteamericano.

Sólo un sueño se basa en Revolutionary Road, una novela de Richard Yates, que según los yanquis es buena y famosa.Frank Wheeler (DiCaprio) y April (Kate, oh, Kate) son dos tarambanas que se creen mejor de lo que son. No les va nada mal. Él tiene un buen empleo, la casa en la que viven con sus dos hijos es linda, etc. Pero Frank cree que está llamado a cumplir con un destino más importante. Pobre, es tan boludo que ni siquiera tiene claro en que le gustaría destacarse. Ella, que es igual o más boluda, le propone ir a París para “encontrarse y realizarse”. Encerrados en neurosis varias, discutirán mucho, tomarán Martinis y se meterán los cuernos. Todo terminará mal porque el autor, que no les tiene ni cariño ni conmiseración, perderá la poca paciencia que les tiene. Lástima que eso suceda después de ¡dos horas! El material se presta tanto para la tragedia como para la sátira, Mendes elige filmarlo como un drama Hallmark, pero con gran presupuesto. No se me ocurre quién podría haberle sacado más jugo a este drama estúpido, pero Mendes da vergüenza ajena. Se toma tan en serio su fama de director profundo y revelador que cae en la solemnidad barata. Su puesta en escena es tan autoconsciente y obvia, que hace que todo sea frío y parezca más tonto de lo que es. El problema fundamental es que Mendes falla en darle trascendencia humana a un material muy localista.

Porque Revolutionary Road a nosotros no nos dice mucho. Tanto es así, que la novela de Yates, aunque es de 1961, recién se publicó por estos pagos en 2004, cuando se amenazó que este engendro se filmaría. Parece que el autor se propuso con esta novela radiografiar las desilusiones a las que lleva el fracaso del “Sueño Americano”. Parece que critica el conformismo al que se redujeron los ideales que forjaron la “gran” nación yanquilándica. Muy bonito, que los yanquis se flagelen comprando las versiones de su propio fracaso y que no nos jodan.

Nosotros tenemos muchas desilusiones, pero ninguna surge del fracaso de un gran sueño. Más bien estamos empeñados en no fracasar mucho en la creación de una realidad más o menos justa, que por varios factores siempre nos resulta esquiva. Kate y Leo son buenos actores que entregan trabajos encomiables, pero no logran vencer el fastidio que despiertan sus odiosos personajes. El único trabajo actoral inspirado es el de Michael Shannon, justamente nominado para el Óscar como actor de reparto. Hace de un loquito, que como un bufón shakespereano, lanza verdades a puños. Una pena que nadie las escuche.

Si hay algo que me molesta profundamente es el cipayismo cultural. Ese complejo de inferioridad innato que nos lleva a considerar como mejor todo lo que llega de afuera, lo que no nos permite discernir la paja del trigo, la perla de la bosta. Aquí como afuera, hay cosas que son buenas y cosas que son malas. Y ésta, por más nombres lustrosos que tenga, es mala, muy mala.Mi modesto consejo es que no pierdan el tiempo con este auténtico bodrio. Mejor alquilen, pidan prestado o roben, y vuelvan a ver Luna de Avellaneda. Habla de nuestras frustraciones, de lo que perdimos, de lo que aún no perdimos de una manera mucho más entretenida, sin caer en pedanterías pedorras. Además nos permite una identificación inmediata. No nos va a dar un barniz “culturoso”, pero la pasaremos mucho mejor.

Y perdónenme el chiste obvio, pero no me puedo reprimir: Sólo un sueño es una verdadera pesadilla.
Un abrazo
Gustavo Monteros

martes, 27 de enero de 2009

El sustituto


Con Fargo, los hermanos Coen se mandaron un chiste genial. Nos hicieron creer a todos que el film estaba basado en hechos reales cuando no lo estaba.

De eso se trata la ficción, de contar historias que puedan ser tomadas por ciertas.

Los productores adoran las películas que empiezan con el cartelito: Basada en hechos reales. Creen que con eso ya tienen ganado en el público la suspensión de la incredulidad.

En lo personal, prefiero el cartelito que dice: “Los hechos y los personajes son ficticios, cualquier similitud con hechos y personas reales es pura coincidencia”. No en vano titulé a una de mis obras Pura coincidencia. Es que a mí me encanta cuando se atajan con eso de “cualquier similitud” porque me da por sospechar que sí se basan en hechos y personas reales y que lo niegan para no tener quilombos legales.

A lo largo de la historia de la ficción, innumerables autores se han quejado de que la realidad supera siempre a la ficción.

A mí, sin ir más lejos, me ha pasado que me han contado peripecias de la vida con el pretexto de que las ponga en una obra teatral y he terminado contestando: “Es imposible, nadie nos las creería. Y sin embargo eran ciertas”.

Es que la ficción tiene reglas estrictas. No importa tanto que algo sea cierto como que sea plausible en el contexto que se cuenta. Aquello tan viejo de “Se non é vero, é ben trovato" (Si no es cierto, está bien contado). Uno puede contar un disparate, pero si se lo construye con lógica, se lo detalla con fundamento, dentro de un contexto preciso, puede pasar por cierto o plausible.

Lo que cuenta Clint Eastwood en El sustituto fue verdad, pero uno debe pasarse todo el tiempo recordándose: “Fue verdad, fue verdad”, porque dentro del contexto de una película, (el cine es uno de los reinos de la ficción por antonomasia), resulta increíble. Ése es su problema.

Son tantas las cosas que le pasan a su protagonista, que parece cuento, bolazo, sanata. Y sin embargo, fue real.

Una mujer sale a trabajar y deja a su hijo de nueve años solo en la casa. Vuelve y no lo encuentra. Hace la denuncia a la policía. Pasa algún tiempo y le devuelven otro chico con la excusa de que es el que se le perdió. Ella asegura que no, que hay un error y la encierran en un manicomio. Y esto sólo es el principio, hay más. La película parece tener cuarenta finales y sigue. Hay más y más. Porque la realidad supera siempre a la ficción. Y ni la maestría cinematográfica de Clint Eastwood puede hacerla plausible. La ficción tiene otras reglas. Rígidas, no flexibles ni azarosas como la delirante realidad.

Pero si uno acepta la desazón y se repite: “Fue verdad, fue verdad”, el trámite puede disfrutarse a pesar del despliegue de talento de la Jolie.

Angelina nos dice todo el tiempo: “Miren lo buena que soy, lo bien que lo hago, nomínenme, prémienme”. Y uno se lo cree.

Algunos maestros de actuación dicen que ser un poco consciente de los propios recursos puede ser bueno, que no todo es entregarse al papel y dejarse fluir, que saber lo que uno puede hacer y usarlo como arma puede ser efectivo. Un poco consciente, porque estar demasiado consciente puede destruir el juego. Viendo la dsefachatez de Angelina, no estoy seguro de que tengan razón. Porque uno le ve la hilacha de hilo chanchero, pero es tal su caradurez que uno le cree y se lo celebra. Después de todo, actuar se trata de no dudar, de entregarse al juego y transmitir esa fe, esa convicción. Y Angelina no duda jamás de lo que hace.

Por lo antedicho, el film merece verse. Porque es una excepción a las reglas de la ficción y de la actuación.

Eso sí, está terminantemente prohibido para las madres de imaginación excesiva sobre peligro que corren sus hijos. Puede darle argumentos que después no se sacarán de encima. Porque lo que cuenta: “Fue verdad, fue verdad, fue verdad.”

Un abrazo,

Gustavo Monteros

jueves, 22 de enero de 2009

La duda

Premios Pulitzer aparte, la distancia que hay entre Las brujas de Salem y La duda, es la que media entre el Martín Fierro y Lindor Covas.

Las brujas de Salem de Arthur Miller fue un cross a la mandíbula que dejó knock out al maccarthismo. La duda pretendía la misma contundencia, pero dejó a la administración Bush parada y con aire para seguir peleando.

Pero comencemos por el principio.

La duda es una obra de teatro de John Patrick Shanley que llega al cine dirigida por su autor. Es un melodrama de ideas que indaga sobre la esencia de la verdad. Procura hacer honor a su título cuestionando la validez de las convicciones absolutas, explorando el valor de la duda. Parte de un conflicto entre dos personajes opuestos. Por un lado está la hermana Aloysius (Meryl Streep), una monja rígida, implacable, inmisericorde, una auténtica bruja con la que uno no querría ni intercambiar el buen día. Del otro lado está el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman), un curita simpático, comprensivo, carismático, con el que con gusto iríamos a tomar una cerveza.

Está también la hermana James (Amy Adams), dulce, sensible y altamente traumatizable. Con ella tampoco querríamos trato alguno, porque si bien es más buena que Lassie, es más neurótica que Diane Keaton haciendo personajes de Woody Allen.

La cuestión es que la hermana James ha presenciado un par de circunstancias que parecen indicar que el padre Flynn (Oh, my God!) ha abusado o está abusando de Donald Miller (Joseph Foster), el único alumno negro de la escuela de la parroquia, muy estigmatizado el pobre por sus compañeros.

Estamos en 1964, en el Bronx, la integración recién comienza, ya asesinaron a Kennedy y las resoluciones del Concilio Ecuménico Vaticano II, que determinó la Iglesia Católica tal como la conocemos hoy, aún no entraron en vigencia.

La hermana Aloysius no tiene duda, el padre Flynn es un abusador y sólo se trata de reunir las pruebas incriminatorias. Se las tendrá que arreglar sólo con su inteligencia, que no es poca, ya que estamos en una época en que el padre Flynn por el mero hecho de ser hombre es su superior (por eso mencionábamos el Concilio). Terminará hablando con la madre del chico (Viola Davis), lo que deparará más de una sorpresa.



La obra de teatro se estrenó aquí un par de años atrás dirigida por Carlos Rivas con Fabián Vena y Susú Pecoraro (luego Gabriela Toscano la reemplazaría). Tuvo un éxito discreto. Concebida como una metáfora contra el mesianismo de Bush, a nosotros no nos decía mucho. (Al contrario de lo que pasa con Las brujas de Salem con la que dialogamos más seguido). Porque aunque padecemos mansamente a nuestros políticos, hoy por hoy estamos más cerca del escepticismo que de la adhesión ciega a guerras con postulados fraudulentos. Y el escaso paralelismo que podía encontrársele con el Caso Grassi no sedujo a muchos espectadores.

El teatro le sienta mejor a esta propuesta, se le notan menos las costuras. El cine es más realista, más concreto, no evocador o sugerente como el teatro. En el teatro se disimulaba más que esta obra sobre la duda se maneja con esquemas maniqueos, de este lado los buenos, de aquel los malos. Si la duda es gris, aquí todo es blanco o negro. John Patrick Shanley está a años luz de Ibsen o de Bernard Shaw, maestros del teatro de ideas.

Lo que hermana a la obra y al guión es la decisión de Shanley de acentuar los conflictos con simbolismos obvios, típicos del melodrama del siglo XIX. En la obra, la sobreprotección de la hermana Aloysius se manifestaba cuando ella cubría los rosales mucho antes de la primera helada. En el film, una rugiente tormenta y un viento despeinador expresan la desazón de las almas.

En la versión local, Fabián Vena no tenía nada que envidiarle a Philip Seymour Hoffman, daba cabalmente el personaje. Pero ni Susú Pecoraro ni Gabriela Toscano daban pie con bola (tuve la suerte de verlas a ambas, las buenas actrices aunque no la peguen, ratifican su talento y dan buen espectáculo). Ojo, no la pegaban ni por falta de mérito o creatividad sino porque estaban fuera de registro. Poseen un temperamento actoral naturalmente dulce y femenino que no se aviene bien con la Gorgona que es la hermana Aloysius. Es un personaje que necesitaba a una Leonor Manso, una Cristina Banegas o una Graciela Duffau para corporizarse plenamente.

Meryl Streep está sencillamente apabullante. Una amiga, a sabiendas que Meryl es una de mis debilidades, me alertaba: "Sí, Meryl es una grande, pero es tan natural, tan exacta que aburre". Y pareciera como que Meryl la escuchó. Tanto en El diablo viste a la moda, como en Mamma Mía! o aquí, Meryl dejó de lado el naturalismo y se arriesga con actuaciones más histriónicas sin perder intensidad o sentimiento.

La duda, dicho esto con absoluta certeza, es una obra ambiciosa que desnuda más pretensiones que hallazgos. Se cree profunda y aleccionadora, pero es tan superficial y alertadora como un horóscopo. Pero merece verse por el monólogo de la calumnia que es muy bueno, por el diálogo entre la hermana Aloysius y la madre de Donald que es muy controversial y logrado y por Meryl Streep. Porque Meryl inspirada es una fiesta, una gloria, un vértigo de lo hermoso que es el arte de la actuación.

Un abrazo,

Gustavo Monteros



domingo, 18 de enero de 2009

Australia


Después de esa genialidad de Moulin Rouge!, para Luhrman era la gloria o Devoto. Fue Devoto. Con Australia, los críticos internacionales se hicieron una panzada, desplegando todo su arsenal de ironías, sarcasmos y comentarios hirientes. Una pena porque es una muy buena película. Tiene tres virtudes esenciales que nadie le pudo negar: la historia está contada, es muy bella y muy entretenida.

Baz Luhrman se propone recrear el género épico. Lo cual se agradece porque nada nos devuelve más al asombro de la infancia que la espectacularidad en pantalla gigante. Todas esas historias trascendentes con tomas panorámicas llenas de miles de extras, paisajes arrebatadores, atronadas por músicas grandiosas. Como en todo lo que hace, Luhrman repite momentos cinematográficos pasados para revertirlos o resignificarlos. Hay aquí ecos de Lo que el viento se llevó, Jezabel, África mía, El hombre quieto, La reina africana, El imperio del sol, Río Rojo, El puente sobre el río Kwai, Casablanca, entre otras, y un homenaje a El Mago de Oz, y a su canción emblemática: Sobre el arco iris.



Dos ejes narrativos se disputan el centro de la historia. Un comentario social sobre la situación de los aborígenes y mestizos australianos y una historia de amor. Ésta última gana la pulseada.

Ideó una historia llena de incidentes. Hay muchas vueltas de tuerca, nudos narrativos que se atan y se desatan, tramas primarias, secundarias y hasta terciarias, por lo que se puede llegar a decir que hay una superficialidad expositiva. Lo que no sería objetable si esto fuera lo que se propuso hacer.

Todos amamos Lawrence de Arabia de David Lean, El Gatopardo de Luchino Visconti, Los 10 Mandamientos de Cecil B. De Mille, o Ben Hur de William Wyler. Pero cada obra es producto de su tiempo. Hoy, todas esas historias, narradas de aquel modo son impensables. Los espectadores de hoy en día, domados por las características del cine pochoclo, ya no tienen paciencia para el desarrollo de tramas, conflictos o personajes. Todo debe fluir rápido y sin muchas profundidades. Antes el cine era un río ancho, profundo y caudaloso. Hoy es una acequia veloz y poco profunda. Y Luhrman es hijo de estos tiempos.



Nicole Kidman puede gustar o no. Conozco personas que con gusto armarían un club de admiradores devotos y apasionados. Pero conozco también personas que con igual ahínco iniciarían un club de detractores militantes. Lo que ningún bando podrá discutir es que la Kidman es una auténtica estrella cinematográfica en la tradición de las grandes. Aquí en las primeras escenas, hace un juego de comedia que la emparienta con Katherine Herpburn y Barbara Stanwyck, luego tiene arrebatos à la Bette Davis, más tarde se derretirá de amor como Ingrid Bergman, sufrirá bellamente como Greta Garbo o Sophia Loren. Y sobre el final expondrá la sutileza y el estoicismo de una Deborah Kerr. Como en Moulin Rouge!, es evidente que Baz Luhrman le pide todas esas citas, que tamice todas esas influencias, y ella se entrega al juego gozosa. Con Lurhman, la originalidad no se logra negando las influencias del pasado, sino asumiéndolas. Los que la denuestan o la creen sobrevalorada, deben aceptar que se necesita mucho talento para hacer lo que le pide Luhrman.

Hugh Jackman compone un héroe decididamente moderno. Quiebra la tradición entregando un personaje tan duro y recio como sensible y emotivo. Por momentos, patentiza demasiado lo que nosotros como espectadores deberíamos sentir. En lo personal, creo que Humphrey Bogart, Gary Cooper o Burt Lancaster forjaron héroes inolvidables porque se entregaban sin reparos a la emoción, pero se detenían en las puertas del llanto. Nos conmocionaba, no su machismo, sino su pudor. Mostrar emoción no era de machos, y ellos trasgredían la norma exhibiéndola. Pero frenaban ante el llanto porque si se desmoronaban, lo que quedaba de su hombría sucumbiría. Y eso nos llegaba al alma.

No sé, quizá hoy en día las mujeres respondan mejor a un héroe más sensible, no tan primario. Pero a mí, un héroe tan llorón me deja indiferente. Si despliega tanta emoción, ¿qué lo diferencia de la protagonista? Ojo, estas consideraciones no van en desmedro del talento y carisma de Hugh Jackson.

En la crítica cinematográfica, como en todas las demás esferas de la actividad humana, hay modas. Hoy está de moda criticar a Baz Luhrman. Pero los críticos también se masifican, se ceban y se equivocan. A las pruebas me remito, Esperando la carroza en el estreno tuvo críticas que la trataban mal. Diez años después, esos mismos críticos la incluían entre las mejores películas argentinas de todos los tiempos. Cuando Graciela Duffau estrenó en el Teatro Cervantes Diatriba de amor contra un hombre sentado de García Márquez, los críticos fueron poco generosos con su notable actuación y la bellísima obra. Pero ella por suerte insistió. Un año y medio después la elegían por unanimidad la mejor actriz de esa temporada, y la obra se convirtió en ejemplo a emular de los oratorios teatrales. De donde se deduce que la estupidez humana no es privativa de los ignorantes.

El tiempo, que pone las cosas en su lugar, tiene la última palabra.

Mientras tanto, seamos prácticos y reconozcamos que es casi una bendición que además de espectacular sea una película larga, porque con estos calores abrasadores permanecer entretenidos dos horas y media en la penumbra refrigerada del cine no está nada mal.

Un abrazo,
Gustavo Monteros


sábado, 10 de enero de 2009

El baño del Papa

31 de diciembre de 2008, mientras languidecía frente al televisor, me topé con una nota del noticiero de Telefe. Desarrollaban el tema de la irresponsabilidad social ante la pirotecnia. El cronista, con cámara oculta, ingresaba a una remisería de las afueras de La Plata que tenía una mesita con cohetes en la puerta. El cronista le contaba al dueño que quería vender pirotecnia en su barrio y no sabía cómo hacerlo. El dueño, con generosidad, le explicaba lo que tenía que hacer, dónde comprar, etcétera y le alertaba que tenía que pagarle a la policía una coima de 100 pesos. El cronista se retiraba, agradecido. Minutos después, el cronista reingresaba a la remisería acompañado por inspectores de la Municipalidad, revelaba su identidad con las pelotas de Telefe bien a la vista y confrontaba al remisero, que quería que lo tragara la tierra. El pobre tipo negaba todo lo que había dicho, en especial lo de la coima a la policía (sabrá Dios qué consecuencias tendrá que enfrentar ahora con los muchachos uniformados). El cronista con sacrosanta saña insistía en confrontarlo con la grabación de lo que había dicho antes. Y yo pasaba de la modorra a la indignación. El remisero, que sólo había sido solidario con otro “supuesto” desgraciado, se hundía más y más en la desesperación, mientras veía que los inspectores no sólo le incautaban la mercadería sino que además le clausuraban la remisería. El cronista cerraba la nota orgulloso de haber hecho justicia. En estudios, los conductores desde sus púlpitos mediáticos pontificaban a sus anchas.

Telefe, la perla de la corona de un multimedio monopólico, es ostentador, integrante, cómplice y amante del poder. Y el poder no se muerde la cola. Sí, está mal vender pirotecnia trucha, semi trucha o legal sin impuestos. Pero Telefe atacaba el problema desde el costado más débil, el más desprotegido. No atacaba las circunstancias que llevan al remisero (ciudadano integrado y pagador de impuestos, dado que la remisería estaba habilitada) a ponerse por un par de días al margen de la ley para hacerse de una diferencia que lo ayude a vivir mejor. No se atacaba al Estado ausente y cómplice que permite que la pirotecnia trucha se manufacture y se venda. Y menos que menos a las instituciones que coimean para hacer la vista gorda. Es más, hasta los inspectores que tendrían que haber actuado sin que un cronista los llamara, quedaban como héroes por clausurar el local. Tampoco se indagaban las causas que llevan a la gente a comprar mercadería peligrosa, aun cuando se entrevistaba a la pasada a clientes que decían que así podían compra mucho más con la misma plata con la que se llevarían mucho menos en las casas “legales”.

El poder que conocemos es esencialmente hipócrita: golpea y esconde la mano. En estudios, los conductores se desgarraban las vestiduras por la irresponsabilidad social, denostaban al pobre remisero y de paso alimentaban el prejuicio y el desprecio de las señoras gordas de barrio norte y de los “bienpensantes” de la clase media contra los “negros” de la periferia. Y untuosos de superioridad moral iban a la pausa a vender un estilo de vida que cada vez a más gente le cuesta mantener.

¿Qué tiene que ver esto con El baño del Papa? Mucho. El protagonista es un contrabandista de poca monta (bagayero, los llaman) que traslada en bicicleta mercaderías desde el Brasil al Uruguay. Esas mercaderías no son de él ni para él, se las encargan los comerciantes locales para hacer una diferencia. El poco dinero que gana duramente pedaleando kilómetros pasa por sus bolsillos, nunca permanece. Ni bien llega a su casa, se lo entrega a su mujer para que compre la comida del día. Es un fuera de la ley, más por obligación que por elección.

La anécdota se centra en una circunstancia histórica real: la visita del Papa Juan Pablo II a Melo, localidad de Uruguay fronteriza con Brasil, en 1988.

Los habitantes de Melo creen que la visita acercará a miles de fieles. Se disponen pues para atender sus necesidades que, suponen, les significará una notable recompensa económica que los saque adelante. La bendición papal les importa, pero espíritu tienen de sobra, de lo material están carenciados hasta la desesperación.

Algunos venderán su casa para comprar un par de vaquillonas para faenar. Otros permutarán sus camionetas por máquinas de hacer chorizos. Algunos sacarán préstamos bancarios leoninos para poner kioscos de pasta frola. Otros comprometerán sus ahorros para confeccionar recuerdos papales.

A nuestro protagonista, Beto, se le ocurrirá hacer un baño para cobrarles a los peregrinos la evacuación de sus necesidades fisiológicas.

Beto cuenta con el amor de su mujer, pero ambiciona que su hija se sienta orgullosa de él. Lo logrará a un amargo precio, que hipotecará el futuro de sus sueños.
Si bien se centra en una peripecia individual, el film, interpretado por actores profesionales, no profesionales y habitantes de Melo, cuenta la historia de un pueblo. Tanto las heroicidades como las traiciones serán perdonadas. Ellos saben que un semejante es un semejante y que la salvación económica o espiritual es un asunto de todos, nunca un atajo individual.



Esta película de César Charlone y Enrique Fernández fue muy festivalera. De los festivales de cine donde se presentó, no sé si se trajo algún premio mayor. Pero se vino siempre el amor y los premios del público y con el beneplácito de la crítica (es libre y sincera hasta en sus desprolijidades y exhibe momentos inolvidables como el del fin de fiesta, un ejemplo de precisión y síntesis). Es una obra cálida, humana, cercana de la que es imposible no enamorarse. Es un homenaje a la dignidad de los que no bajan los brazos porque si no hacen verdad el dicho popular: se los comerán los piojos. Tiran siempre para adelante, quedarse quietos o atrás es la muerte. Y sobreviven con alegría, es como si nos dijeran que cuando no queda otro remedio, amargarse es al pedo.

Si prestan atención al personaje del notero del noticioso, comprenderán una suprema ironía. El establishment para caer siempre parado hasta de la miseria interpreta un triunfo. Y en algún momento, todos deberíamos hacer lo que hace el protagonista con el televisor del bar. Las mentiras sociales no son veniales, son sangrientas.

Un abrazo,
Gustavo Monteros


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jueves, 11 de diciembre de 2008

Vacaciones

Con el permiso de ustedes, me tomaré vacaciones. En el cine no anuncian nada imperdible. Con las fiestas encima, el calor y la tan mentada crisis, hay retracción de espectadores y los distribuidores sólo estrenan films poco interesantes que en temporada alta irían a parar directamente a DVD. Y el cable, como todos los años en esta época nos torturará con las inspiradoras y melosas películas navideñas, siempre al borde de la insoportabilidad.

Volveré a la carga después de Reyes con los estrenos fuertes de Navidad o de Fin de Año (si los hay) o cuando estrenen Australia de Baz Luhrmann o lancen los films supuestamente Oscareables. (En cine, la globalización es cuento, las ofertas yanquis dominan nuestras pantallas.)

Hasta entonces. Y si no los veo antes... tanti auguri a tutti!!!!

Un abrazo
Gustavo Monteros

viernes, 21 de noviembre de 2008

Más extraño que la ficción

Me resulta muy difícil, casi imposible escuchar radio. Casi nunca lo hago. Siempre estoy pensando, razonando, imaginando, concibiendo algo. Las voces de la radio interfieren con los ruidos de mi cerebro. En broma digo a veces que nací con una radio incorporada, o que mi cabeza está llena de amigos invisibles, o que, como Juana de Arco, escucho voces. Si las tengo, por suerte, ni me envían en místicas misiones salvadoras, ni me indican qué hacer, más bien me sugieren a qué delirios entregarme.

Harold Crick (Will Ferrell) no oye voces, así en plural, sino una sola, y femenina además. Esa voz lo describe, le dice lo que hace, lo que siente. Nosotros sabremos, mucho antes que él, que no sólo es uno de los individuos más aburridos, mediocres e insignificantes del mundo, sino que es también el personaje de un libro y que su autora está pensando cómo matarlo mejor. La desesperación, en la que lo hunde la voz en su cabeza, lo hará peregrinar por un par de “curalocos” (Tom Hulce y Linda Hunt) y un profesor de literatura (Dustin Hoffman) antes de acceder a la autora de su destino (Emma Thompson). En el camino aprenderá a disfrutar de la música (una guitarra Fender), la amistad (Tony Hale) y hasta del amor (Maggie Gyllenhaal). Y a nosotros nos inquietará saber si logra que le perdonen la vida.

El asunto tendría influencia de Borges si no viniera después de las aventuras de Charlie Kaufman (Being John Malkovich, Adaptation, Confessions of a dangerous mind, Eternal sunshine of a spotless mind), de modo que es más “kaufmaniano” que borgeano.

El elenco es un sueño hecho realidad. Will Ferrell tiene la magia y la sensibilidad de los grandes cómicos. Hace creíble y sobre todo querible un personaje que en la vida real nos dejaría absolutamente indiferentes. (Para colmo ejerce una de las profesiones más odiadas desde que se inventó la economía: es agente del fisco, un contador especialista en impuestos.) Emma Thompson le disputa aquí a Diane Keaton el trono de la Reina Neurótica del Cine Mundial. Gana Diane por varios papeles, pero Emma se queda impecablemente con el cetro de la Primera Princesa. No creo que le importe, Diane tiene un histrionismo muy característico, pero Emma tiene un registro más amplio. Tom Hulce y Linda Hunt no tienen mucho para hacer, pero traen consigo el esplendor de su pasado y le dan a sus personajes matices personalísimos. El gran Dustin Hoffman, tomando en cuenta sus últimas apariciones, está irreconocible. No sólo no pretende sobresalir (mal) sino que está concentrado, medido, adorable. Will Ferrell, en la conferencia de prensa de presentación de este film, dijo que si tuviera que tener una voz en su cerebro querría que fuera la de Emma Thompson. Yo, por mi parte, digo que si fuese un novelista profesional con un bloqueo creativo, quisiera que mi editor me mandara a esa negra bellísima, exuberante, de voz acariciadora, que es Queen Latifah, para que me pusiera en vereda, me tuviera paciencia y me dijera que me dejara de embromar y me pusiera a escribir. Tony Hale y Maggie Gyllenhaal cumplen con su cometido irreprochablemente.

El excelente guión es de Zach Helm y la ajustadísima dirección es de Mark Forster. La fotografía, la dirección de arte y la banda sonora son ejemplares.
Si somos hijos de Dios, quisiera que Él llegara a la misma conclusión a la que llega el personaje de Emma Thompson. Dejaríamos de arruinar este mundo y le devolveríamos la categoría de vergel que se supone tuvo en un principio.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 14 de noviembre de 2008

El puente de San Luis Rey

¿Cuándo una película es esencialmente mala? Cuando la distancia entre lo que se quiere contar y los logros es tan insalvable como alcanzar el horizonte.

Durante años se dijo que las películas más malas del mundo eran las que había dirigido Ed Wood. Pero como bien lo demostró Tim Burton en el film que le dedicó (Ed Wood, 1994, con Johnny Depp, Martin Landau, etc.), Wood compensaba su suprema ineptitud con una pasión tan desmesurada y un amor tan inmenso por el cine, que lo que lograba, aunque pésimo según los parámetros tradicionales, era asimismo entretenido, tierno, vital, rarísimo. La obra de Wood ratifica el absurdo lógico que tanto divertía a Borges: el Todo y la Nada son absolutos, por lo tanto en un punto son lo mismo, son iguales. Inferimos así que el cine de Wood al ser malísimo es al mismo tiempo excelente, excelso, glorioso. Por ser inclasificable, se pensó en el adjetivo bizarro para describirlo, iniciando así una categoría donde van a parar los films que podríamos denominar de creatividad negativa.

Pero hay películas que simplemente son malas y no exhiben ninguna virtud redimible. Son malas a secas. Y para colmo cometen el peor pecado que puede cometerse en el mundo del espectáculo... son aburridas.

El puente de San Luis Rey es una novela fascinante de Thorton Wilder que indaga con gracia, exhuberancia, astucia y talento el sentido del destino. Es una novela esplendorosa, deslumbrante, imperdible. Si se la cruzan, no dejen de leerla. No es muy larga, es apasionante y deja muy buenos recuerdos.

Pero es una gran novela sin ninguna suerte en el cine. La versión que nos ocupa es la tercera y está lejos de ser la vencida. Es más, parece ser la peor.

El guión es el modelo perfecto de como no elaborar un guión. Puebla los silencios de palabras altisonantes, difíciles de seguir, que no dicen nada. Las situaciones dramáticas ocupan muchos minutos para contar lo menos posible. Los personajes nunca se corporizan, son actores con vestuario de época con un nombre que los identifica, que bien podría ser un número, tan anodinos son.

La cámara parece estar siempre buscando el ángulo que peor justicia le haga a la escena. Los actores, entre los que se cuentan ¡Robert De Niro, F.Murray Abraham, Gabriel Byrne, Kathy Bates, Harvey Keitel, Geraldine Chaplin, Dominique Pinon y Pilar López de Ayala!, no sólo dan las peores actuaciones de su carrera, dan algo más... mucha pena.

Como saben, también soy actor. Y como todos los actores sostengo una aseveración que no por obvia es menos verdadera: De Niro es el Maradona, el Einstein, el Freud, el Shakespeare, el Picasso, el Mozart, el Aristóteles de los actores. Ha hecho maravillas por las que el adjetivo genial le queda corto. Pero es un actor y por prodigioso que sea necesita ser dirigido. Si se lo deja solo, lee su personaje como puede, trastabilla y hace un papelón. El oficio lo salva del espanto, pero lo bordea peligrosamente. Por suerte, al estar sin guía, elige la cautela y la mesura y nos evita a los que lo respetamos la vergüenza de verlo desbarrancarse sin remedio.

La dirección de arte es dudosa. La acción transcurre en el Perú del virreinato, pero fue rodada en España. No soy un experto en el barroco, pero lo que se muestra parece pobretón al lado de lo que se ve en las fotos de Perú. El vestuario es estándar, lo que no es de extrañar, Europa está llena de sastrerías teatrales que proveen ropas del siglo XVIII. La música de Lalo Schifrin es bella, pero más que auténtica o plena de color local, parece pintoresca en el estilo de los compositores yanquis cuando quieren sonar “latinoamericanizados”.

A veces los astros se conjuran para encaminar a la gloria a empresas que parecían destinadas a la desventura. Y a veces es todo lo contrario, lo que nos lleva a la pregunta del millón: ¿cómo diablos semejante bodrio llegó a producirse?

La culpable principal es la guionista y directora, Mary McGuckian. Por favor no la contraten ni para que les filme el cumpleaños. Si lo hacen, se verán sólo los pies de los invitados. Y encima, mal iluminados.

Cuando leo una crítica muy descalificadora, me da curiosidad. Si les pasa lo mismo, reprímanse. Créanme es tan mala y aburrida que no vale la pena ni espiarla dos minutos.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

jueves, 6 de noviembre de 2008

Un plan brillante

El afiche no es nada del otro mundo. Las carotas de Michael Caine y Demi Moore y en el medio un diamante enorme. Pero el lema publicitario que antecede al título es bueno. En realidad está sacado del guión. En la película es una línea que dice Michael Caine. Es así: “A veces para hacer algo bueno hay que hacer algo malo”. Desde la lógica es un disparate. Desde la moral, que no es tan rigurosa ni estricta, la cosa puede tener sentido, validez, relevancia. Ésta es la historia de una venganza o más bien de una reparación. Los personajes de Michael Caine y Demi Moore no son el colmo de la bondad, pero son seres dignos, éticos, íntegros. Han sido desprotegidos, ignorados, marginados. En la empresa para la que trabajan, las reglas de juego son crueles, injustas, y el desquite adquirirá la forma de un robo, de una estafa. Desde el primer momento, nuestro corazón está con ellos. El enemigo es una corporación explotadora de diamantes. Como toda compañía multinacional es fría, impersonal, deshumanizada. Las ganancias desmesuradas lo son todo. Y cuanto se interponga en el camino de la prosecución de las riquezas avariciosas, debe ser arrollado y aplastado. Pero estos cuatros de copas estampillados contra las gruesas y mullidas alfombras, como en los dibujitos animados, se sacudirán las pisoteadas, adquirirán volumen y se pondrán a devolver las afrentas.

Michael Caine es un encargado de limpieza que oculta un secreto que tiene que ver con las mezquindades burocráticas de las políticas empresariales. Demi Moore es una ejecutiva que, aunque le entregó su vida a la empresa, es permanentemente relegada de ascensos, beneficios o promociones por ser mujer (estamos a fines de los ’50).

Michael Radford es un buen director. Hizo una de las películas más amadas de la historia, Il postino, y una de las más deprimentes (porque así debía ser) 1984. Al comienzo de su carrera retrató crudamente la decadencia moral de los imperialistas ingleses en Pasión incontrolable (White mischief), Y en su proyecto inmediato anterior le disputó a Kenneth Branagh la corona de mejor adaptador contemporáneo de Shakespeare con una interesante versión de El mercader de Venecia con los magníficos Al Pacino y Jeremy Irons.

Aquí Radford maneja muy bien el suspenso, las escenas tienen la necesaria crispación y marca muy bien a los actores. El guión es bueno y las sorpresivas vueltas de tuerca no son gratuitas, y aunque la justificación final del personaje de Demi Moore es un poco melosa, no empaña los logros precedentes.

Michael Caine es un actor talentoso que ha ejercido su oficio con creatividad, lucidez y responsabilidad, y con el tiempo ha alcanzado una maestría inclaudicable que bordea la genialidad. Logra aquí otra composición inolvidable plena de sutilezas, matices y profundidad. Es tal su compenetración que logra el raro milagro de perderse en el personaje. Por momentos es imposible distinguir entre el actor y el personaje, dándonos no un personaje vivo, sino un individuo identificable, astuto y complejo. Un crítico yanqui se lamentaba que el film se hubiera estrenado tan lejos de la temporada de premios y que semejante actuación pasara desapercibida. (En los Estados Unidos se estrenó el 28 de marzo y la temporada de los films que se consideran Oscareables, etc. comienza recién en diciembre.) Pero si la Academia ejerciera algún tipo de justicia, deberían darle no uno, sino un coantainer lleno de Oscars para que los reparta como souvenirs con cada autógrafo que firma.

A Demi Moore la edad y el vestuario de los ’50 le sientan muy bien. Las arrugas le dan suavidad y ternura y le quitan la severidad y adustez que tenía de joven. Además es un placer ver un rostro natural y no inflado de bótox o colágeno, que hace que las actrices veteranas parezcan las hermanas de Miss Piggy. Las ropas de los ’50, con sus cinturas ajustadas y las faldas amplias le dan glamour y femineidad, dos cosas que siempre le hicieron falta.

Como actriz da la mejor actuación de su carrera. Registra la dureza, la furia, la impotencia y la vulnerabilidad de su personaje y demuestra que puede hacer cosas muy buenas si se lo piden.

Como en toda película inglesa, los actores secundarios están espléndidos, y se podrían ejemplificar clases de actuación con cada una de sus intervenciones.

Véanla, pasarán un rato de lo más entretenido. Y aunque no rebose de quilates ni tenga la perfección sin mácula a la que hace referencia su título en inglés (Flawless), es un diamante legítimo.

Un abrazo

Gustavo Monteros