jueves, 4 de febrero de 2016

Creed



Había una vez un actor desesperado por triunfar en la pantalla grande. Tan desesperado estaba que hasta participó en una película porno, soft, pero porno al fin. Un día tuvo una idea, en un supermercado compró un libro sobre cómo escribir un guión cinematográfico y la plasmó en papel. La idea era tan transparentemente buena que consiguió productores, que le dieran el protagónico y como las rachas (buenas o malas) son imparables, hasta dio con un director sensible que contó la historia con pulso estable, John G Avildsen. Y tan seductora fue que se llevó los Óscares a Mejor Película y Mejor Director, y como tres es número mágico, también el de la Mejor Edición. El año era 1976, la película se llamó Rocky y el actor era Sylvester Stallone.


Se dice que hay entre siete y diez ejes narrativos y que todas las historias que se han contado y se contarán pueden remitirse a esos ejes. No sé si esto es tan así, pero Stallone con Rocky construyó su cuento sobre el eje de La Cenicienta. El pobre boxeador con tanto músculo como determinación y disciplina, enamorado de una chica que hasta que él llegó parecía destinada a una solteronía irreversible, desafía al campeón. Y por astucia de Stallone no llega a rey, no destrona al campeón, aunque sí queda en príncipe. De todas maneras el cuento de la mágica movilidad social ascendente se cumple y no habrá ganado (era ilógico que lo hiciera) pero peleó con dignidad. Y nosotros, el público, vicariamente, nos reflejamos en Rocky, porque somos más los nadies que los campeones y siempre respondemos emocionalmente a los que llegan ahí, arriba. Supongo que los de arriba deben ver este ascenso, que a los de abajo nos parece justiciero, como una amenaza. Sin duda la corte del reino de Cenicienta la vio como una sucia advenediza, aunque, claro, no hay una auténtica movilidad social en el cuento, ya que la chica era una noble relegada a las cenizas del rescoldo por la maldad de la madrasta y las hermanastras.


Cenicientas al margen o no tanto, Stallone hizo de su Rocky una saga. Explotó el filón todo lo que pudo, sometió a los personajes que creó a todos los vaivenes, vicisitudes, encrucijadas del destino que se le ocurrieron. Bah, los cinco o seis hitos clásicos del melodrama, enfermedades y muertes injustas, ascensos y caídas, hijos ingratos, etc. Y ganó más plata de la que perdió y convirtió a su Rocky Balboa en referente cultural ineludible.


Y cuando precisamente con el nombre de Rocky Balboa (2006) en el título, creíamos que la historia había llegado a su Colorín Colorado, no, aparece Ryan Coogler (Fruitvale Station, 2013) y le transfunde sangre nueva al mito. Parte de un desprendimiento lateral, Adonis Johnson (Michael B Jordan) hijo de Apolo Creed, quiere boxear y convence a Rocky (Sylvester Stallone, ¿quién más?) para que lo entrene.


Con la anuencia de Stallone y de todos los involucrados en la franquicia, el dúo Coogler-Jordan más que revisitar las piruetas más salientes de la saga, las vampirizan y hasta abren la puerta para una continuación. Si La guerra de las galaxias va por una nueva trilogía, ¿por qué no Rocky?


Michael J Jordan (nada que ver con el homónimo famoso, es hijo de una profesora de arte y de un gerente gastronómico) tiene carisma y por ende un futuro promisorio. Sylvester Stallone, entre los referentes de los setenta no estará junto a los “dioses” Dustin Hoffman, Al Pacino o Robert DeNiro, pero es hombre de dos personajes “fuertes”, Rocky y Rambo. Aquí reverdece sus laureles actorales y se gana con justicia una nominación para el Óscar como Mejor Actor de Reparto. Ahora es fácil imitar a Rocky, parodiarlo, pero primero fue necesario crearlo y él lo hizo. La muy bella Tessa Thompson es el interés romántico y Phylicia Rashad con su hermosa voz de terciopelo es la viuda de Creed.


En resumen, si usted es seguidor de Rocky o le gustan las de boxeo, esta semana ésta es su película.

Gustavo Monteros

Carol



Carol es una historia de amor. Todas las historias de amor, antes del final feliz, del final no del todo feliz o del final para nada feliz, deben hacer que primero su pareja se conozca, claro, se enamore, se seduzca después, enfrente inconvenientes, los supere o no y llegue a un acuerdo final con perdices o sin ellas.


Carol es la historia de amor entre Therese (Rooney Mara) y Carol (Cate Blanchett) y se basa en una novela de 1952 de Patricia Highsmith (publicada originalmente bajo un seudónimo de Claire Morgan por estúpidas limitaciones de la época). Como transcurre en los años cincuenta y describe el asfixiante clima social para los amores no convencionales según las rigideces del momento, que mejor director que Todd Haynes que con su impar Lejos del paraíso (2002) lograra conmovernos con otros amores triturados también por los convencionalismos represores de la misma época.


Supuse que Carol me gustaría tanto como Lejos del paraíso, pero no. Me gustó tanto como Velvet Goldmine (1998) también de Haynes. O sea me impactó toda la reconstrucción de época, la impecable maquinaria narrativa, la imaginería visual con sus autos de ventanillas empañadas y esas cosas, pero no me involucró emocionalmente. Supuse primero que tenía que ver con la casi maníaca reproducción de los modismos para establecer relaciones en aquella época. Descarté después tal presunción. A continuación supuse que quizá Rooney Mara había exagerado con la extrañeza, aspecto que Carol describe como “sos un ser del espacio exterior”. Rechacé la idea con rapidez porque no hay nada reprochable en Mara, que al igual que Blanchett, se entrega al juego con libertad y talento. Me pregunté, entonces, en qué momento en  particular extrañaba que no tuviera una respuesta emocional y pude establecer que para mí se vinculaba con el momento de la separación. Cuando Carol no puede comunicarse con Therese debo compartir el dolor que siente y no solo atestiguarlo, pero Haynes se frena, no me deja, pone distancia. No lo critico, solo describo, es una elección consciente de su parte, hubiera preferido que me arrastrara, que fuera inolvidable como dos escenas que cité últimamente y que por eso me vuelven a la memoria: la de del beso que no es entre Emma Thompson y Anthony Hopkins en Lo que queda del día y la de Meryl Streep desesperada por no poder bajarse de la camioneta en Los puentes de Madison.


En resumen, una irreprochable historia de amor, que al menos a mí, perdón, no me enamoró.

Gustavo Monteros

Bus 657



Ten bad dates with De Niro (Diez malas citas con De Niro) editado por Richard T Kelly es un libro de listas de a 10, hecha por y para cinéfilos. A los que nos apasiona el cine, nos gusta ejercitar la memoria y recrearlo, y una de las mejores formas de hacerlo es creando listas. Por ejemplo: dígame las mejores 10 películas de acción, o las mejores 10 de Ingmar Bergman, o las 10 peores películas musicales, etc. Que se haya elegido mencionar a DeNiro en el título del libro como gancho vendedor, habla a las claras que el querido Robert nos ha defraudado más de una vez aceptando participar en el primer bodrio que le acercaron. A veces uno tiene la impresión de que ni siquiera leyó el guión o que en la casa no lo aguantan y lo mandan a trabajar en lo primero que su agente tiene a mano para sacárselo de encima. Si Meryl Streep diseña su carrera con el sigilo de un ajedrecista nuevo compitiendo con un campeón, a Bobby, por el contrario le gusta “desacralizarse”. Cuando intentaba convencer a Stallone para que se subiera al ring con él en Ajuste de cuentas, Sylvester le mencionó que temía que dijeran que era El toro salvaje contra Rocky (implicando que bajarían del pedestal al film de Scorsese, hito de la historia del cine y lo equilibrarían con una franquicia, que de artística solo tiene el primer film), a lo cual Robert contestó: Ojalá. Y por las dudas alguien se sintiera cohibido, en los reportajes de promoción de Ajuste de cuentas, DeNiro decía que era El toro salvaje versus Rocky.


O sea al hombre le gusta sentirse vigente y no una pieza de museo y para ello hace solamente cine, el mejor, el peor y el del medio. Y hablando del medio, allí quedamos nosotros, sus espectadores más fieles. Mucho no nos podemos quejar porque siempre nos devuelve el precio de la entrada, no hace como el compañero de Jeffrey Dean Morgan de la semana pasada, Anthony Hopkins, que solo pone cara y nombre y pasa por contaduría a cobrar. No, el Tito trabaja, no siempre magistralmente, pero sí con responsabilidad y a consciencia.


Bah, a lo que voy es que esperaba lo peor de Bus 657 de Scott Mann, nombre de antecedentes casi nulos, si prescindimos de su mamá, claro. Pero la vida te da sorpresas, subirse a este bus no está nada mal y te da un buen paseo.


Vaughn (Jeffrey Dean Morgan) tiene que conseguir una gran suma de dinero con urgencia para que puedan operar y seguir atendiendo a su hijita moribunda. Le pide ayuda a Pope (DeNiro) el dueño del casino donde trabaja, quien se la niega. Entonces no le queda más remedio que aceptar el plan de robar el casino que le propone uno de los guardias del lugar, Cox (Dave Bautista). La cosa no sale del todo bien y en la huida toman posesión de un micro de línea con todos sus pasajeros como rehenes. Entonces…


La historia atrapa y está contada con brío. Uno no se desentiende jamás de lo que pasa en pantalla, por supuesto, más de una vez se nos pide que pongamos nuestra suspicacia a buen resguardo para disfrutar de lo que pasa, pero tampoco tanto o más que otros referentes del género. Y terminada la historia y armado todo el rompecabezas, vemos que el guión de Stephen Cyrus Sepher maneja una deliciosa lógica católica, la meritocracia que nos enseñaron en el catecismo: las buenas acciones son recompensadas con creces. Lógica que ojalá se cumpliera a rajatabla. Sangro por la herida, no me va tan bien como me porto.


En resumen, para incluir en las 10 películas con DeNiro que pensamos que iban a ser horribles y que sin embargo no lo fueron.

Gustavo Monteros

Anomalisa



Con ¿Quieres ser John Malkovich? (Spike Jonze, 1999) a Charlie Kaufman le dieron patente de genio y no queda más remedio que lustrársela si no querés que te echen del club de la “cool”tura. Algo que me importaría si no estuviera demasiado viejo para pelotudeces. Y no lo digo por voluntad de ser iconoclasta, sino porque hay que tener muchas ganas de respetarlo después de Synecdoche, New York-Todas las vidas, mi vida, tremendo bodrio de proporciones épicas. Como sea, Anomalisa no me devolvió la admiración que alguna vez le profesé por su Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (guión que también firmaron el director del film, Michael Gondry,  y Pierre Bismuth), pero al menos no quise trompearlo cuando terminó.


Anomalisa (palabra que surge de la mezcla de Anomalía y el nombre Lisa) es un film animado para adultos, codirigido por Charlie Kaufman y Duke Johnson. Michael Stone (voz de David Thewlis) es un motivador que mejora la relación entre los vendedores de servicios, preferentemente por teléfono, y sus clientes. Se dirige a dar una charla en Cincinnati. No parece pasar por su mejor momento ni con su mujer ni con su hijito que quedaron en Los Ángeles. Aprovechará esta estadía para reconectarse con una mujer que dejó plantada años atrás. Encuentro que lejos estará de ser satisfactorio. La casualidad lo llevará a Lisa (voz de Jennifer Jason Leigh) con quien tendrá una aventura. ¿Duradera? ¿Efímera? Se verá. 


Según el diccionario, anomalía es 1) desviación o discrepancia de una regla o de un uso. 2) defecto de forma o de funcionamiento. 3) (Astronomía) ángulo que fija la posición de un astro en su órbita elíptica, contado a partir de su eje mayor y en sentido de su movimiento. 4) (Biología) malformación, alteración biológica, congénita o adquirida.


Este ataque etimológico viene a cuento, porque Lisa es una anomalía en más de un sentido, pero fundamentalmente porque aporta un “color” a la uniformidad y monotonía “auditiva” que se venía manejando. Hecho que suscita lo más interesante de esta propuesta. En el film se oyen solo tres voces, la de Michael, que como dijimos es del actor David Thewlis, la de Lisa, que es de Jason Leigh, mientras que las de todos los demás personajes, sean hombres o mujeres, pertenece a Tom Noonan. Y hasta la aparición de Lisa, existe una notable monocromía auditiva (si se me permite la sinestesia) que su voz viene a desbaratar.


La súbita aparición de este nuevo elemento hace que de repente sintamos empatía por personajes, que hasta ese instante, nos parecían francamente antipáticos. Si es un experimento, funciona. Inconscientemente volcamos nuestra simpatía, renovamos nuestra atención a lo que pasa en escena, erradicada la uniformidad hasta entonces manejada. Creo que esto interesará más a los que hacen teatro, cine o artes performativas que al espectador común, pero es algo valioso o novedoso y merece destacarse.


Ahora bien, ¿sufre Michael una crisis existencial muy años sesenta, tipo nouvelle vague o La tregua benedittiana o es un hombre que no puede hacer que las relaciones le duren como el Grandinetti de El lado oscuro del corazón? Y… eso dependerá de cada espectador. También las mil interpretaciones que están en el medio de ambas premisas.


En resumen, interesante, aunque a muchos puede exasperar… mucho

Gustavo Monteros

jueves, 28 de enero de 2016

El renacido



En un reportaje Leonardo Di Caprio dice que este es un film único. Y tiene razón. Dura más que empollar un huevo, pero uno siempre está en vilo, pendiente de cada desventura de sus personajes. Además, a los pocos minutos de empezado, uno siente que ve algo destinado a ser un clásico, que será citado, copiado, parodiado, envidiado. Tal es la contundencia de su talento, de su pericia narrativa, de su innegable capacidad de hacer cine del mejor.


Estamos a principios del siglo XIX, los Estados Unidos son todavía un terreno salvaje e inexplorado. Un grupo de hombres se internó en estas tierras agrestes para lo que fue la primera depredación capitalista: la captura de pieles que se vendían muy bien en Europa. Cuando están levantando campamento, los indios los atacan. Son como sombras, fantasmas, se pierden en el follaje de los altos árboles. Entre los sobrevivientes están Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) y el hijo que tuvo con una nativa, Hawk (Forrest Goodluck). Y anda por ahí también un hombre conflictivo que le manifiesta a padre e hijo abierta animadversión, John Fitzgerald (Tom Hardy). Y no crean que estoy revelando mucho, constato apenas la situación inicial. Lo que vendrá después es tanto una historia de supervivencia, de dolor y de venganza como una indagación filosófica de lo que puede hacer un hombre por lo que cree su redención.


Alejandro González Iñárritu, en un gran salto estilístico respecto de su film anterior (Birdman o La inesperada virtud de la inocencia) resuelto casi siempre en un teatro, en largos planos secuencias, se va ahora a la naturaleza, a filmar con luz natural y a contar en tono épico las penurias de sobrevivir en territorios hostiles. Ya se celebra y se celebrará un tiempo largo su escena con la osa. Duele, fascina, porque nos involucra de una manera (y sí, DiCaprio, te sigo dando la razón) única.


Y ya que hablamos de DiCaprio, por favor, (aunque posterguen al genio de Bryan Cranston y su impecable Trumbo) denle el Óscar de una vez. Se lo mereció todas las veces que lo nominaron y unas cuantas veces que no lo nominaron también. Aquí está supremo, como también está supremo Tom Hardy (nominado asimismo, pero no en la misma categoría, sino en la de reparto, así que bien podrían ganarlo ambos) en su antagonista.


En resumen, la primera gran película del año, imperdible.

Gustavo Monteros