jueves, 22 de enero de 2015

Francotirador



Clint Eastwood es un gran narrador cinematográfico, quizá el último de los grandes maestros clásicos. También es, por supuesto, un estadounidense.  O sea un hombre nacido y criado según ciertos parámetros, de acuerdo a ciertos valores sociales y respondiendo a una concepción política determinada. Una verdad de Perogrullo,  que no es lo mismo haber nacido en Suecia, Japón, Cuba o los Estados Unidos. Y eso, a veces, si se tiene amplitud mental no importa y otras, aunque se tenga un desprejuicio ancho como el cielo, importa y mucho.


Clint Eastwood, como todo artista, es a la vez tanto un humanista como un hombre de su lugar y de su tiempo. Cuando el humanista prima sobre el hombre arraigado en su país, me gusta dialogar con él a través de las películas que propone. Cuando el estadounidense típico se impone, no puedo dialogar con él, es más, no me interesa. No puedo aceptar que me diga que los Estados Unidos es el mejor país del mundo, cuando no lo es (ni remotamente) y menos que diga que tienen la fuerza y la moral necesarias para erigirse en defensores universales de la democracia, porque según ellos lo que los amenaza o perjudica… agrede la libertad mundial. Fundamentalismo terrorista si los hay, porque de tanto ver la paja en el ojo ajeno olvidan que, sea cual fuere la definición de terrorismo que usemos, el mote les cabe y les cae a ellos primero que a nadie. Pero por ser el imperio, como en el cuento ¿quién le dice al emperador que está desnudo?


Clint Eastwood, como en la lejana El guerrero solitario (Heartbreak Ridge, 1986) en la que justificaba la invasión a Granada, vuelve a defender el intervencionismo militar yanqui, esta vez a Irak. Y no es ideologización excesiva o susceptibilidad extrema de mi parte, una de las gacetillas de prensa publicada por la productora lo dice clarito, con todas las letras: “La cinta se fija en la figura real de Chris Kyle, quien entre 1999 y 2009 mató al menos a 150 insurgentes en Irak como miembro de la unidad de élite SEAL de la Marina estadounidense, aunque su batalla más dura la libró de vuelta a casa con su esposa Taya (Sienna Miller) y sus dos hijos pequeños, después de ser absorbido por la guerra.” (Ojo, la traducción no es mía y lo de “insurgentes”, más allá del estilo discutible, no admite réplica)


Como en toda exégesis acrítica, en los intersticios, en los puntos suspensivos involuntarios se cuelan otros aspectos de la realidad que se pretende ensalzar: el padre que enseña que está bien ser un matón y que un arma se usa con impiedad, el machista que “aprende” respeto a la mujer solo para que no lo rechacen mucho, el cowboy hecho y derecho que obedece las consignas políticas más vagas y endebles con la ceguera de un chico de catecismo, el hombre que “perdona” a su hermano no ser “tan” valiente, el “héroe” que llora antes de matar y así.


En los Estados Unidos la película gozó de un éxito inaudito en su primer fin de semana de exhibición. Es claro, entonces, que conectó bien con la sociedad que la produjo. Pero más allá o a pesar de esto, entre los mismísimos estadounidenses, surgieron conatos de polémicas. Por ejemplo: ¿un francotirador puede ser un “héroe” o es solo un asesino glorificado por el concepto de guerra que todo lo avala?
 

En resumen, una película pro-intervencionismo militar yanqui, bien narrada y actuada, pero que, por lo mencionado primero, obliga a deglutir unos cuantos sapos de gran tamaño durante su proyección.

jueves, 15 de enero de 2015

Corazones de acero



No hay caso, los yanquis no pueden con su genio, no hacen película de guerra en la que no terminen por agitar la banderita del patriotismo, de su supremacía física, de su superioridad moral. Sin comentarios.


Mambrú se fue a la guerra, chirivín chirivín chin chin. No, no esta vez. Brad Pitt se fue a la guerra, chirivín chirivín chin chin. A la Segunda Guerra, otra vez (ya había ido antes con Bastardos sin gloria (2009) de la mano de Tarantino. Ahora va de la mano de David Ayer (Vidas al límite o Soldados de la calle, 2005, Dueños de la calle, 2008, En la mira, 2012).


Brad es el sargento Don “Wardaddy” Collier y está a cargo de un tanque Sherman (llamado Fury como la película en el original). Ya están entrando a terreno alemán, porque estamos cerca del fin de la guerra, pero los pérfidos alemanes han recibido órdenes de no rendirse fácilmente, de modo que Brad y sus muchachos no la tienen sencilla. Cuando la película empieza, vienen de padecer una pérdida y Brad da una arenga tan curativa como motivadora. Parece tener el corazón de acero, como el título ridículo que le pusieron para su distribución aquí, pero no, el hombre tiene su sensibilidad, porque cuando se aparta y se queda solo, saca a relucir su humanidad refulgente. Como la pérdida debe ser cubierta, le imponen al novato Norman (Logan Lerman), mecanógrafo para más datos, y que es tan pero tan novato, que aun no ha matado a nadie. El resto de la tripulación, Boyd “la Biblia” Swan (Shia LaBeouf), Trini “el Gordo” García (Michael Peña) y Grady Travis (Jon Bernthal) le dan una especie de bienvenida, pero le toca a Brad instruirlo, orientarlo, bautizarlo en el fuego. Y así el film será tanto de aventuras como de iniciación.


El estilo es el gore bélico inaugurado por Steven Spielberg en Rescatando al soldado Ryan (1998) y hay un momento en el que parece que por fin Brad Pitt se va a animar a militar en el elenco de los antihéroes (bueno, después de todo, el papel que lo puso en el mapa fue un personaje sorete, su atorrante en Thelma & Louise, 1991), pero no. Se queda en el héroe un poco sucio pero redimible al fin. Tal como quieren verse siempre los yanquis, héroes que se ven obligados a hacer cosas sucias. Andá.


En resumen, si se le perdonan que los personajes sean estereotipos puros, que algunas vueltas de argumento sean más viejas que la serie Combate, entretiene. Eso sí, hay que aguantar que se postulen y se congratulen por ser la reserva moral de la humanidad. Otra vez.

sábado, 10 de enero de 2015

De tal padre tal hijo



No hay peor aprendizaje (por lo doloroso) que el que emprende tarde o temprano quien cree que se las sabe todas y en realidad sabe poco o nada. Ryota Nonomiya (Masaharu Fukuyama) es uno de esos tipos y la vida parece darle la razón. Es un arquitecto de éxito, adicto al trabajo, maneja su vida con disciplina férrea, tiene un departamento soñado, que su esposa ama de casa mantiene impoluto y un hijo de seis años, que responde a sus exigencias y hasta logra entrar a una exclusiva escuela privada.


Y entonces la vida le propina una broma genial que lo dobla en dos y le quita la respiración: su hijo no es su hijo de sangre, fue cambiado por error por otro en el hospital donde su mujer lo dio a luz. Claro, el drama no es solo suyo, su mujer, Midori (Machiko Ono) y la pareja, cuyo hijo él tiene mientras ellos tienen el suyo, Yukari (Yoko Maki) y Yudai (Riri Furanki) también lo padecen. Pero es la rigurosa obstinación de Ryota la que más fortalece el drama.


El director y guionista, Hirokazu Kore-Eda, maneja las riendas con precisión y sin abandonar jamás un tono mesurado que nos acerca más y más al eje de la cuestión: ¿qué corno es ser padre?, ¿es más hijo el de sangre o el que se crió con amor durante seis años? Y doy fe que la cosa atrapa porque hasta yo, que tengo menos instinto paternal que Herodes, comencé a participar de la indagatoria.


Lo curioso, o no tanto, es que a veces para ser un buen padre, hay que aprender primero a ser un buen hijo.


De tal padre, tal hijo ganó con toda justicia el Premio del Jurado del Festival de Cannes. No tiene importancia en realidad, la película sería excelente aunque no hubiera ganado nada, lo menciono porque estamos en temporada de premios, nada más.


En tres palabras, imperdible, maravillosa, única. 

viernes, 9 de enero de 2015

Foxcatcher



A Bennett Miller le bastaron dos películas (Capote, 2005 y Moneyball rompiendo las reglas, 2011) para hacerse de un nombre y un prestigio que ratifica ahora como merecidos con Foxcatcher. Hasta ha perfilado un estilo que comienza a ser reconocible al primer fotograma. No importa cuán lujoso sea el ambiente que describe, en su puesta luce despojado porque prefiere subrayar la amplitud antes que la acumulación de muebles y objetos. Las historias que cuenta, quiere que calen hondo, y las construye con envidiable parsimonia. Y Dios lo bendiga, las relaciones que presenta jamás son a blanco o negro, y aunque filme historias verdaderas, no intenta contar toda una vida sino un momento puntual y, Dios lo colme con más bendiciones, no atribuye toda la conducta de un personaje a un solo (y quizá insignificante) trauma de infancia.


Mark (Channing Tatum) y David Schultz (Mark Ruffalo) son dos excelsos exponentes de la lucha libre, tanto que acaban de ganar medallas doradas en la última olimpíada. Ahora estamos en 1988 y Mark es invitado por el multimillonario John du Pont (Steve Carell) a formar un equipo que aspire al oro en los próximos juegos de Seúl. Mark aceptará y desatará una serie de reacciones que terminarán en un hecho de sangre.


Como buen lector de policiales nunca deja de intrigarme el cómo y el por qué se llega a un hecho de sangre. Aquí el trámite es apasionante, porque no hay subrayados ni diagnósticos ya estipulados. Conocemos primero cómo viven estos personajes y después el particular modo en que se relacionan. Y allí está el secreto del éxito de esta película, porque cuando la historia, que ocurrió de verdad, llegue a su fin, podremos vislumbrar el por qué en una epifanía reveladora. 


Steve Carell, como todo buen comediante, se desenvuelve con comodidad en el drama. Su caracterización es casi impecable, digo casi porque hay momentos en los que el maquillaje se impone por sobre el personaje. Channing Tatum y Mark Ruffalo atraviesan un momento de plenitud en sus carreras y verlos fluir en sus roles es un deleite. Por astucia del director, la gran Vanessa Redgrave gravita en los bordes del relato lo que le da una insidiosa relevancia a la madre que compone.


Foxcatcher abre para nosotros lo que se llama la temporada de premios, esa etapa en la que aparecen los filmes que serán coronados o no con algún galardón en las numerosas premiaciones y que culmina con la consabida entrega de los Óscars. Sabrá Dios si Foxcathcer se alza con alguna nominación para la estatuilla de la Academia, aunque a la larga no importará. Premio más, premio menos, no dejará de ser la muy buena película que es.

jueves, 18 de diciembre de 2014

La entrega



Bob (Tom Hardy) es el barman de pocas pero precisas palabras en el ex bar del primo Marvin (James Gandolfini). El cómo y el por qué Marvin perdió el bar es tema recurrente entre ambos y será relevante en el desenlace de la historia. Y aunque Marvin ya no lo posee, todavía lo regentea, como fachada de sus verdaderos dueños, unos capos de la mafia chechena que lo usan para lavar dinero. Todo arranca un 27 de diciembre, en Brooklyn, de modo que el frío corta hasta el aliento. De camino a casa, muy tarde, Bob descubre un cachorro muy lastimado en el basurero de Nadia (Noomi Rapace). Que el pobre perrito esté allí no es casual porque cuando aparece el ex novio de Nadia, Eric (Matthias Schoenaerts) y cuando en el bar…


La entrega es en el primer guión firmado por el novelista Dennis Lehane y se basa en su novela corta o cuento largo Animal Rescue. El asunto tiene su importancia porque el hombre ya tiene su historia en el cine, dado que sus ficciones dieron pie a celebradas películas, tales como Río Místico (2003) de Clint Eastwood, Desapareció una noche (2007) de Ben Affleck o La isla siniestra (2010) de Martin Scorsese.


La entrega es un atrapante policial de personajes y la trama progresa tanto por lo que son como por lo que hacen. No hay aquí espectaculares o frecuentes despliegues de violencia y cuando esta aparece es breve y decisiva.


El film marca el debut en Hollywood del director belga Michaël R. Roskam que viene de dirigir la fabulosa Bullhead o Rundskop (2011) un drama policial de aquellos, no casualmente protagonizado para el recuerdo perenne por Matthias Schoenaerts, actor talentoso como  pocos que por suerte veremos pronto en unas cuantas películas.


Es una pena que La entrega se estrene en fechas ideales para pasar desapercibida. Por favor, si su cabeza no está ganada, para bien o para mal, por las fiestas que se aproximan, no se la pierda. Es una muy buena película. Algo para nada frecuente.

Un abrazo, Gustavo Monteros