¡Pobre Dan! Hace cuatro años quedó viudo con tres hijas. Las dos mayores son adolescentes y se quejan de que sea tan sobre protector y no las deje noviar tranquilas. La menor está en la primaria y es la típica nena perfecta de película: hermosa, inteligente, compresiva; sabe que Dan la desatiende pero espera pacientemente para hacer su reclamo.
Dan y su prole van a pasar unas breves vacaciones a la casa de fin de semana de sus padres. Allí se encontrarán con el resto de la familia, todo un batallón. La familia de Dan es afectuosa y contenedora, pero es invasiva como pocas. Desconocen el sentido de la privacidad, se entrometen en la vida de los demás todo el tiempo. Son simpáticos y si bien no dan ganas de internarlos en un campo de reeducación familiar, despiertan un irrefrenable deseo de ponerles algún límite. A Dan lo mandan a dormir al lavadero porque su hermano soltero trajo una acompañante y la ubicaron en su cuarto. A la mañana siguiente, como Dan sigue insoportable, la madre lo manda al pueblo a comprar el diario para que se airee un poco y le pide que tarde lo más posible. En el kiosco, que tiene un anexo de librería, conoce a una mujer fascinante (Juliette Binoche) que lo confunde con un vendedor y le pide que le recomiende libros. Se da entre ellos una gran química. Sacándola del error, la invita a tomar un café. Todo parece indicar el inicio de un gran romance. Pero cuando vuelve a la casa, Dan descubre que la Binoche es la nueva novia de su hermano, la invitada que ocupa su cuarto.
Se instala entonces un módico suspenso: ¿se convertirán en personajes de Chejov y anhelarán toda su vida el no haber cristalizado su amor? ¿O el amor superará todas las barreras, incluidas las impuestas por la familia de Dan?
A este film lo distribuye la Disney Company, lo que no es un dato menor. Todo es “blanco”, las buenas intenciones están a la orden del día, todos parecen haber hecho un curso intensivo de buenos sentimientos, la obediencia a los códigos morales tradicionales es rigurosa, el sexo siempre está ligado al amor y prácticamente no hay malas palabras.
Hay una tenue ironía (Dan se gana la vida como consejero de problemas de relación en un diario y no puede manejar su vida), ocasionales caídas en lugares comunes y líneas vergonzantes que pretenden sonar importantes y parecen sacadas de una tarjeta de aniversario (ejemplo: El amor no es un sentimiento, es una habilidad).
Steve Carell es un actor interesante y carismático con un talento natural para la comedia. En este film la dirección pretende transformarlo en un galán y lo ilumina con cuidado. Cuidado que no se toma con Juliette Binoche en un momento de su carrera en que más lo necesita. Su rostro ha perdido frescura y algo de su transparencia. Aquí aparece desgreñada, poco elegante, nada glamorosa. Pero su gigantesco magnetismo sigue intacto y vuelve lógico que los hombres se enamoren de ella y que el resto de la familia la considere un ser muy especial. Una amiga mía dice que a las películas que son buenas pero no demasiado, hay que ponerles algo de nuestra parte para que terminen de funcionar. Éste es uno de esos casos, si se aceptan sus convenciones y sus falencias, se deja ver y se pasa un rato agradable. Después de todo: ¿a quién no le gusta salir a veces del cine con una sonrisa cómplice y la mirada esperanzada?
Un abrazo,Gustavo Monteros
El título es buenísimo. Y es un imán irresistible para los que somos hijos del medio. Es que en una familia más o menos numerosa, no ser el mayor o el benjamín implica haber sentido, en algún momento de la vida familiar, algo parecido a la indiferencia. Pero volvamos a la película, antes de que me adentre en mis traumas de infancia y termine tan enredado en mis deudas familiares que ni un congreso de psiquiatras pueda sacarme.
Accio y Manrico son dos hermanos con nada en común, salvo un profundo cariño fraterno que se expresa a las trompadas. Accio, el menor, se siente relegado. Como Manrico se inclina a la izquierda, Accio prueba primero el seminario y después coquetea con el fascismo. Ambos se enamorarán de Francesca, que milita en el partido comunista. Ella corresponderá siempre a Manrico, nunca a Accio.
Si bien el drama familiar y/o personal se circunscribe en las luchas políticas de la Italia de los 60, las ideologías tienen poco peso en la historia. Es como si el director, Daniele Luchetti, manejara una visión postmoderna y las posturas radicalizadas de la izquierda y la derecha fueran cosas del pasado muerto y no tuvieran más sustancia que el vestuario de época y la dirección de arte. Insiste en que la adhesión a las ideologías responde más a caprichos personales dictados por traumas y conflictos no resueltos que a la preponderancia que puedan tener sus postulados.
Esto, si bien puede ser verdad, manejado tan categóricamente, sin posibilidad de grises, le da al asunto una levedad peligrosa.
Quizá sea por esto que los dramáticos hechos que se narran no logran conmovernos. Pasan cosas terribles (algunas, incluso, remiten directamente a hechos sangrientos perpetrados en este país en la década del 70), pero no nos comprometen emocionalmente. Y los encomiables trabajos de Elio Germano y Riccardo Scamarcio, como Accio y Manrico, y de Angela Finocchiaro, como la madre, se pierden en la ausencia de espesura con que es manejada la propuesta.
La historia es muy buena, el guión es elocuente, los personajes son interesantes, las actuaciones son excelentes, la cámara está bien puesta, las músicas bien elegidas, pero todo fluye dejándonos impávidos.
Una pena. Algo que pudo ser inolvidable pasa a ser un pasatiempo que se funde en el negro del olvido mientras nos dirigimos a la salida del cine.
El hermoso título está sacado de una canción del cantautor calabrés Rino Gaetano, pero el título de la novela de Antonio Pennacchi en que se basa el film no es menos logrado: "Il Fasciocomunista".
Un abrazo,Gustavo Monteros
“Del autor de Historias Mínimas llega otra historia sencilla” se leía en las “colas” que procuraban vender esta película.
Y sí, arranca como una historia casi microscópica, de tan mínima, y casi tan insípida como el agua, de tan transparente. Una maestra rural le pide a un chofer de micros de media distancia que le lleve un frasco con orina para un análisis. Él lo romperá, conseguirá otro frasco y le pondrá su propia orina, eso generará un equívoco que los acercará.
El problema es que para justificar el accionar de los protagonistas, la historia termina teniendo más argumento que una telenovela venezolana con 45 personajes principales. El pasado de la maestrita y el chofer es tan denso y pesado, que si se desarrollara habría trama como para 3 ó 4 películas más.
A las historias mínimas, como lo demostró el gran Carlos Sorín en el film homónimo, le sientan mejor los no actores, quienes no manejan ni intenciones ni conflictos ni caracterizaciones, pero ofrecen a cambio una frescura y una falta de artificiosidad estimable. Porque admitámoslo, los actores somos seres conscientes de nuestra expresividad. Aun en el realismo más extremo, es imposible suprimir del todo la dosis de narcisismo o el afán de exhibicionismo inmanente que nos lleva a poner cara y cuerpo para contar historias. Si esto es evidente hasta entre los actores independientes, ¿qué queda para dos figuras glamorosas como la Brédice y Grandinetti, de probada cualidad estelar para enfrentar protagónicos?
Entrenados y curtidos para seducir públicos con personajes ricos y complejos, cuando son puestos a asumir textos simples y personajes elementales, quedan tan fuera de su registro habitual que incomoda verlos.
Salvando las distancias, es como poner a Natalia Oreiro a que haga de la chica anodina y desangelada que nadie mira dos veces. Un despropósito.
Aunque si bien hasta los despropósitos pueden llegar a buen puerto, porque los actores, cuando son exigidos y desafiados, pueden encarnar todo tipo de criaturas, es indudable que se necesita más tiempo y rigor para elaborar personajes alejados del registro propio, del que parecen haber tenido Grandinetti y la Brédice para este film.
El guión de Pablo Solarz no es malo, pero llega a la pantalla demasiado pronto, sin imprescindibles reelaboraciones y reescrituras que lo hubieran redondeado mejor. Funciona bien en lo que concierne al frasco del título hasta que los protagonistas tienen sexo, después se desbarranca en un fárrago de explicaciones y justificaciones. Están bien delineadas las situaciones accesorias de la pasajera rubia y veterana, la de la madre e hija en el parador o la del doctor y la secretaria, pero la subtrama del hermano de la Brédice es de una torpeza irredimible. Es más, el personaje del hermano sólo se justifica por una necesidad estructural del guión: tenía que haber alguien que contara la historia de la Brédice y que mejor que un pariente cercano.
Grandinetti hace una especie de Forrest Gump, pero sin tanta gracia ni encanto. Su lectura del personaje es muy superficial, pero sobre el final logra emocionar con nobles recursos. A la Brédice le va un poco mejor con su maestra maltratada por la vida. Pero su actuación va para un lado y las razones que da su hermano sobre su comportamiento van para otro. Y entre tantas contradicciones, su personaje no adquiere mayor envergadura, simplemente no cierra. Y por momentos su actuación es tan intensa, su voz tan rotunda y el texto tan sencillo, que parece Cipe Lincovsky recitando La Farolera. Pero siempre es grato verla, entre las actrices jóvenes, es por lejos la más ambiciosa, inquieta y creativa.
Alberto Lecchi es un buen director, orquesta con eficiencia todos los elementos técnicos, planifica las secuencias con maestría y contiene bien a los actores. Pero esta vez, por seguir al pie de la letra un guión enclenque, no concreta una propuesta lograda.
Es de esas películas que denomino “ni”. No es ni un bodrio declarado ni tampoco un buen film.
En un reportaje, Lecchi admitió que tuvo que afear un poco a la Brédice, porque si no su maestra no sería creíble. Presunciones y preconceptos del cine. Tengo varias colegas que militan en las filas de la educación, que nada tienen que envidiarle a la estrella más “estrelluda”. Es más, son de tan buen ver y de tan buena planta, que si las fotografiaran como fotografían a la Brédice detendrían el tránsito.
Pobres los docentes. No sólo soportamos sueldos de hambre, deplorables condiciones de trabajo, un ministro de educación pública que anhela la enseñanza privada y desprecia la pública, si no que además (al menos para el cine) tenemos que ser feos para poder ser creíbles.
Un abrazo,Gustavo Monteros
Ambicionar la popularidad no es ningún pecado mortal. Puede, a lo sumo, ser vergonzante si se la procura alcanzar con la explotación de un filón que ya dio algún rédito, poniendo en juego sólo un tímido profesionalismo. Como se supone pasó con Los superagentes, nueva generación o 100% lucha, la película, para mencionar ejemplos recientes.
Últimamente, algunos directores argentinos como Fabián Bielinsky (Nueve reinas, El aura), Juan José Campanella (El hijo de la novia, Luna de Avellaneda), Damián Szifron (Tiempo de valientes), Juan Taratuto (No sos vos, soy yo, ¿Quién dice que es fácil?, Un novio para mi mujer), lograron el éxito y la popularidad.
Los paladares “refinados”, “sofisticados”, “exquisitos” desconfían de los films exitosos. Los consideran “comerciales”, poco “artísticos”.
Fundan su desconfianza en que los films populares son generalmente “de género”. E inscribirse en un género determinado (policial, romántico, dramático, etc.) presupone la sujeción a una fórmula rendidora. (“Chico encuentra chica, chico pierde chica, chico recupera chica” o “Villano mata esposa de héroe, héroe se venga”, etc.)
Todo es relativo. Casablanca, uno de los films más amados y mágicos de la historia del cine, es fórmula pura. Steven Spielberg, el director de los films más populares del mundo, es un maestro indiscutido, idolatrado por creyentes, ateos y agnósticos.
En definitiva, el problema no es ni el éxito ni la fórmula. Lo que importa es el talento, la creatividad y el amor al arte de contar en imágenes. Mariano Mucci, después del estrepitoso fracaso “artístico” de El boquete, acepta el desafío de una apuesta supuestamente “comercial”: una comedia romántica. Lo hace con capacidad, enjundia creativa y pasión por lo que se puede escribir con una cámara.
Cuenta con un buen guión de María Laura Gargarella, dos protagonistas con buena química y rubros técnicos impecables (en especial la iluminación, la dirección de arte y la música).
La originalidad de esta historia radica en que los protagonistas se conocen y se enamoran conviviendo. La tradición indica que la convivencia está implícita en lo que le sigue al beso que corona el final feliz, no antes.
Descubierto el amor, los problemas no tardarán en surgir. Para entonces, la empatía con los personajes estará tan fuertemente cimentada, que haremos fuerza para que puedan ser felices, juntos.
Jorge Marrale, como todo gran actor, trae consigo las glorias de su pasado. Su nombre conjura nuestros atesorados recuerdos del curita de Las manos, el atribulado psicoanalista de Vulnerables o el villano perfecto de Vidas robadas. Eso nos hace estar con él desde el primer fotograma. Corporiza aquí otra caracterización inolvidable.
Y esta película debería llamarse Motivos para sí enamorarse de Celeste Cid. No la conocía. No tuve el gusto de ver sus actuaciones televisivas. Su rostro registra todas las emociones por las que atraviesa su personaje con una fluidez y una frescura notables. Esperaré impaciente la próxima película de esta actriz entrañable.
Y sin profundizar la bizantina discusión sobre si es “artístico” o “comercial”, diremos que Motivos para no enamorarse es un buen film que hace pasar un momento agradable, sensible, entretenido. No es poco (ni para una empresa “comercial” ni para una aventura “artística”,) ¿no?
Un abrazo,Gustavo Monteros
Los cómicos son seres extraños, maravillosos y valientes. Su oficio es hacer reír. Nada más ni nada menos. Parece fácil, pero en realidad no lo es. Ratifica aquella verdad de Perogrullo: todos lloramos por lo mismo, pero no nos reímos de lo mismo.
Todo buen cómico es un reformador, un moralista. Ridiculiza personajes y situaciones con el afán implícito de erigir una utopía, un estado ideal en que esos personajes y esas situaciones ya no existan.
En general, la crítica los maltrata, los malinterpreta y los desprecia. Raramente se los premia. Se los homenajea póstumamente, como si su importancia sólo se percatara en ausencia. Y se los considera muy inferiores a sus hermanos "trágicos" o "dramáticos". Pero viven para siempre en el afecto de la gente.
Ya casi nadie recuerda a Fredrick March, Ralph Richardson, Jean Marais o Lautaro Murúa, pero basta que se mencione a Niní Marshall, Los tres chiflados, Peter Sellers o Louis de Funès para que se produzca una descarga endorfínica y nos asalten miles de buenos recuerdos.
Hay hoy en Inglaterra un buen movimiento "cómico". Se puede comprobar sintonizando ISAT y viendo Little Britain, Shameless o Extras.
Conocí a Simon Pegg en Shaun of the dead o Muertos de risa, una parodia deliciosa de los films de zombies, con burlas certeras al matrimonio, las convenciones sociales y la idea de la realización personal. Y me reí francamente con él en Hot Fuzz, una divertidísima sátira a las películas yanquis de parejas desparejas à la Arma Mortal. Los primeros cinco minutos de Hot Fuzz son inolvidables. Pegg es un policía tan perfecto que hay que sacarlo de Londres porque con su eficiencia sólo le trae vergüenza al resto de la fuerza y porque podría acabar con todo el delito en unos cuantos días más. Recala entonces en un pueblito que le hace honor al género policial inglés. Detrás de una fachada de impecable civilidad se ocultan sofisticadísimos asesinos.
Pegg protagoniza ahora esta comedia romántica dirigida por David Schwimmer (el flaco alto de Friends).
Pocos géneros hay tan difíciles como una buena comedia romántica. Es imprescindible contar con una pareja carismática de buena química, un conflicto plausible, líneas ingeniosas, situaciones muy bien armadas y una banda de personajes secundarios tan característicos como encantadores. Y primordialmente, un todo lo suficientemente seductor como para que nos interesemos en que los protagonistas solucionen los entuertos y desavenencias y arriben al anhelado final feliz.
Para mencionar sólo ejemplos de las últimas décadas, por cada Cuando Harry conoció a Sally, Sintonía de amor, Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill, El objeto de mi afecto, La boda de mi mejor amigo, El diario de Bridget Jones (la uno, claro, porque la dos es impresentable) o La verdad sobre perros y gatos, ¿cuántos bodrios declarados o intentos fallidos hubo que soportar?
Varias características sobresalen en el film que nos ocupa. El punto de vista dominante es el del protagonista masculino. Salvo Notting Hill, en los ejemplos mencionados predomina la visión de la protagonista.
Pegg ha cometido un craso error. En un ataque de pánico, por aquello del terror al compromiso afectivo, dejó plantada en el altar a la bellísima Thandie Newton ¡embarazada! Convengamos que el género prescribe que sea la protagonista la que plante al novio.
Cinco años más tarde, Pegg es un buen padre, pero sigue tan tarambana y enamorado de Thandie como el primer día. Ahora reconquistarla es más difícil porque, aparte del irremontable error cometido, está saliendo con un norteamericano exitoso en más de un sentido (el talentoso Hank Azaria).
Las vueltas del argumento lo envolverán en una maratón benéfica (de ahí el título) para demostrarle a Thandie que puede cambiar y comprometerse en algo. Pero, claro, Pegg carece de la fuerza de voluntad y del sentido de la disciplina para estar a la altura de sus propósitos e intenciones, lo que provocará más de una carcajada.
El argumento no es muy original. Es una mezcla de La boda de mi mejor amigo con Rocky, con algunos toques de Realmente Amor.
Pero aquí lo que importa es el desarrollo porque prima lo cómico sobre lo romántico.
Pegg, si bien técnicamente es aquí el galán, es lo menos "galán" que pueda imaginarse. Está siendo muy rendidor hacer que los cómicos hagan de galanes, esta veta ya se probó aquí cuando se puso a Dady Brieva como contrafigura de Andrea del Boca en El sodero de mi vida.
Y es imposible no entrar en empatía con Pegg. Como la mayoría de los cómicos está más cerca de nosotros, la gente real, que de las estrellas cinematográficas. Se parece muy poco o nada a esos seres de perfección anormal que pueblan ese universo de ilusión que es el cine.
En resumen, si se le perdonan algunas obviedades, es una comedia ampliamente recomendable. Además Simon Pegg, si no se lo conoce, merece una visita. Es un actor creativo, carismático, dueño de un irresistible talento cómico.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Hay películas a las que comienzo a ver con la casi absoluta certeza de que voy a odiarlas. Las sigo viendo por inercia o apostando por el momento en el que voy a apretar stop o salir del cine. Aunque a veces me equivoco y por alguna rara alquimia que esas películas tienen, termino amándolas e incluyéndolas entre mis clásicos personales favoritos.
Lars y la chica real es una de esas películas.
Todo empezó mal. El pueblito yanqui en el que transcurre la acción es tan bueno y noble que parece salido de una tapa del Saturday Evening Post pintada por Norman Rockwell. No es que no crea que algunos norteamericanos puedan ser buenos y nobles, pero la política exterior que manejan me invita a desconfiar cuando se ponen a celebrar las "humanitarias" virtudes de su pueblo.
Para colmo, promediando el metraje, el pueblito de Lars parece darle la razón a las críticas de South Park. El vitriólico dibujito dice que los yanquis adhieren ciega e irreflexivamente a cualquier consigna o slogan que les tiran. El pueblito de South Park responde a consignas feroces e inhumanas, el de Lars responde a una consigna de solidaridad ejemplar. Sin embargo, vence sus pruritos y prejuicios con tanta facilidad que resulta sospechoso.
Pero si yo ya había aceptado que pudieran ser buenos y nobles, tenía que admitir también que fueran solidarios y contenedores.
Y no sé si fue el obstinado amor de la rubita o la belleza del paisaje eternamente invernal, pero la historia comenzó a ganarme, la compré, me enamoré perdidamente de ella y terminé embelesado con una sonrisa de oreja a oreja.
Lars es un buen pibe al que todo el mundo le tiene simpatía. Es un poco sufrido debido a un pasado doloroso (del que nos enteraremos oportunamente) y por eso arrastra unos cuantos traumas (de los que nos darán algunas pistas certeras). Se encierra peligrosamente en sí mismo. Un buen día compra una muñeca de placer, no de las inflables sino una de esas más sólidas, de las que de lejos parecen maniquíes. Pero lo que Lars hace no es mórbido ni oscuramente sexual porque es un inocente, poseedor de una profunda religiosidad. Entonces… no digo más, el resto disfrútenlo ustedes por su cuenta.
Ryan Gosling, el protagonista, anda sacando patente de gran actor. Emily Mortimer tiene un juego de comedia tan encantador como conmovedor. Paul Schneider expresa su culpa latente con tanta sinceridad que dan ganas de perdonarlo. La gran Patricia Clarkson, actriz poderosa de personal estilo, es la psiquiatra. Kelli Garner es la rubita luminosa.
El sensible guión es de Nancy Oliver y la ajustada dirección es de Craig Gillespie.
Y ¿cómo resolví mis preconceptos iniciales? Preguntándome: ¿qué culpa le puede caber al pueblito de Lars por las decisiones de Bush, la Condoleezza Arroz y toda esa caterva de criminales? Si sin ir más lejos, nosotros, después de haber sido gobernados por los asesinos de la dictadura, no parecemos haber perdido las muchas o pocas virtudes que como pueblo podamos tener.
Un abrazo,
Gustavo
Mamma Mia! es como una bomba de crema. Irresistible y deliciosa para algunos, empalagosa e indigesta para otros. Primero fue una obra de teatro que respondía a la estrategia comercial de armar un musical con la mayor cantidad de canciones de ABBA posibles. Parece fácil, pero no es moco de pavo. Catherine Johnson, la autora, tomó como punto de partida una vieja película de Gina Lollobrigida, Buona sera, Mrs Campbell. Gina había quedado embarazada al final de la Segunda Guerra Mundial y no sabía cuál de los tres soldados norteamericanos (Telly Savalas, Peter Lawford, Phil Silvers) con los que había salido era el padre de su hija. A la hija, le dice que su padre murió en la guerra, y a cada uno de los posibles candidatos, que era el verdadero padre, para que le envíen dinero para la manutención de la niña. Un módico entretenimiento que era una reformulación bastarda de Filomena Marturano, la genial obra de Eduardo de Filippo.
Filomena tiene tres hijos, uno de los cuales tiene como padre a Domenico Soriano. Domenico trata de descubrir cuál es. Filomena no se lo dirá porque quiere que los acepte a los tres como propios.
Filomena Marturano es una de las mejores obras de teatro jamás escritas, una obra maestra destinada a perdurar. Buona sera, Mrs. Campbell y Mamma Mia! la vampirizan y viven a su sombra. Las tres abrevan (y he ahí quizá la razón de su éxito) en la eventual incertidumbre del hombre sobre la auténtica paternidad y la fantasía de la mujer de tener la última palabra, el control total. ¿Existe acaso golpe más duro para la supremacía del hombre que no saber si su progenie lleva o no su sangre? Ahora el ADN establece certezas, pero hasta que el resultado del análisis llega, es posible jugar con el poder de la duda.
En Mamma Mia! es la hija de Donna (Amanda Seyfried) la que quiere saber cuál de estos tres posibles contendientes (Pierce Brosnan, Colin Fith, Stellan Skarsgärd) es su padre. Como no hay desarrollo de personajes ni conflictos, todo es absurdo, disparatado, ridículo.
Esta concebida como una celebración de la vida a ultranza, con una alegría militante de libro de autoayuda para hiperdeprimidos. Propone un optimismo fascista: hay que sentirse bien sí o sí.
Donna y su hija tienen cada una un coro de dos amigas. Importan las de Donna (Meryl Streep) porque son las fabulosas y personalísimas Julie Walters y Christine Baranski, que como siempre se hacen notar y se lucen.
Meryl Streep tira la chancleta y se divierte como chico con juguete nuevo y nos entrega una actuación rebosante de histrionismo desaforado. Siempre es un placer ver como los grandes se alejan del terreno seguro que ya tienen fertilizado y se internan en territorios nuevos no transitados por ellos.
Pierce Brosnan se da el lujo de cantar cuando no sabe hacerlo, para beneplácito, identificación o venganza de los que en la platea no pueden ni entonar el Arroz con leche.
Phyllida Lloyd que la dirigió en teatro la lleva ahora al cine.
Transcurre en una isla griega, así que hay muchos paisajes como en las películas de Elvis Presley o en las de Enrique Carreras. Y hay también unas cuantas coreografías democráticas en las que todos bailan sin importar la edad, la contextura o las habilidades dancísticas. Esto es muy bello, convengamos que siempre es endorfínico ver bailar a todo un pueblo.
Si no les gusta el musical, Meryl Streep o ABBA, ni se acerquen. Si adoran estos tres elementos, esta recomendación es inútil porque ya la habrán visto. Si no tienen particular adhesión o aversión, pueden pasar un buen momento. Y si andan medio cabizbajos y meditabundos, y necesitan un producto maníacamente eufórico, entre lo que les recetó el médico, éste es el remedio ideal.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Lucrecia Martel hace un cine muy personal, que exige la total entrega por parte del espectador. No le interesa contar historias sino hacernos partícipes de un mundo de sensaciones. Sus films tienen una anécdota mínima y evidencian una conclusión clara, si no de una peripecia determinada, al menos de un ciclo. Pero lo que prima es acercarnos a las vivencias de sus personajes de la manera más directa posible.
Le gusta describir mundos cerrados, claustrofóbicos, llenos de negación e hipocresía.
Trabaja aspectos negativos; la depresión y la inmovilidad (La ciénaga) o los efectos de la represión sexual y de la desviación de los instintos naturales (La niña santa). Para lograr una cabal sintonía con esos aspectos negativos, debe trabajar las emociones negativas.
Moverse en el campo de las emociones negativas implica un gran peligro. Casi todo el cine, el teatro, y la literatura de ficción en general, trabajan con las emociones positivas. La identificación con el héroe, el rechazo al villano, y la liberación que provoca el desenlace de la confrontación final (si se trata de un drama de hechos de sangre). O el deseo de que los protagonistas superen los obstáculos y lleguen al ansiado final feliz, superador o equilibrado (si se trata de un drama sentimental).
Pero cuando se trabaja con las emociones negativas, no existe liberación o catarsis al final. Todo se centra en un lento y paulatino hundimiento en un estado de hastío, depresión o angustia.
El trabajo con las emociones positivas se inserta en la voluntad de entretener, conmover, divertir o emocionar. En cambio, el trabajo con las emociones negativas se inscribe en la ambición de despertar un estado de ánimo similar o análogo al que padecen los protagonistas. En la historia del cine, hubo ejemplos notables de esto en trabajos de Michelangelo Antonioni (La noche, El eclipse, El desierto rojo), Robert Bresson (Una mujer dulce) y Eric Rohmer (El rayo verde).
El peligro de trabajar con las emociones negativas es que el espectador puede no estar predispuesto a ser llevado, en una sala de espectáculos, a un viaje por emociones que le pesan en su vida cotidiana. Negándole encima la posibilidad de la catarsis, se puede provocar un rechazo pleno en el espectador que se maneja racional o intelectualmente; o un odio visceral hacia el creador si dicho espectador ha sido ganado emocionalmente por la propuesta.
Por suerte, la sangre nunca llega al río. El profundo disgusto por habérsele manipulado una emoción negativa se diluye de a poco, y ese enojado espectador a lo sumo jura nunca más volver a ver otra obra de ese creador. Pero existe el peligro de que alguna vez, un espectador mal arriado sepa donde vive el creador, lo vaya a buscar, lo saque a rastras de su casa y lo cuelgue del árbol más alto de la vecindad.
Sin exagerar, en líneas generales, el espectador medio disfruta del eventual alejamiento de las formas narrativas tradicionales. Otro cantar sería, si el buceo en las emociones negativas fuera la constante y no la excepción.
En La mujer sin cabeza, Martel explora la culpa, o la ausencia de la misma, en la conciencia de la protagonista. Ella puede, o no, haber atropellado y matado a una persona con su auto. El problema es que no se detiene a comprobarlo y sigue adelante. A partir de ese momento, su mente oscilará entre saber lo que pasó o negarlo de cuajo.
Desde el accidente, el punto de vista dominante es el de la protagonista. Es como si Martel nos ubicara en la conciencia de esa mujer. Todo lo veremos desde su visión, desde su perspectiva. Y no nos sorprenderá la imagen distorsionada en el espejo del final.
Por vía indirecta esta vez, nos quedará claro que las clases privilegiadas siempre cerrarán filas para proteger a uno de sus miembros, sin importar que sea lo que haya cometido.
Martel tiene un buen ojo para el detalle revelador, pero su estilo la lleva a caer en reiteraciones evitables que pueden provocar la más negativa de todas las sensaciones: el aburrimiento. Conviene ver los films de Martel en el cine. Se captan mejor sin interrupciones o posibilidades de distracción. Además trabaja sus bandas sonoras con precisión de orfebre y el Dolby por fin sirve para algo más que para meter ruido.
Vi La mujer sin cabeza en la sala chiquita del Cinema Ocho, íntima como un microcine. La casualidad dictaminó que me sentara entre dos tipos opuestos de público. De un lado, dos amigas tan absortas por lo que veían, que dejaron intactos los pochoclos y las gaseosas que las acompañaban. Del otro lado, un matrimonio de edad intermedia. Él la había convencido de ver este film. Ella suspiró y bufó a lo largo de todo el film. Él cabeceó estoicamente la primera mitad y se entregó a un sueño reparador durante la segunda mitad. Por suerte no roncaba. Cuando el film terminó y mientras yo activaba mi celular, ella le dijo: “Te voy a matar”. Él se rió y le contestó: “¿Qué, ya terminó? Qué lástima, tenía un sueño buenísimo”. Las dos amigas y él disfrutaron a su manera del film. Pero la Martel debería cuidarse de la señora. Es de las que podría llegar a colgarla del árbol más alto de la vecindad.
Un abrazo,Gustavo Monteros
Adrián Suar, al margen de sus virtudes actorales, pasará a la historia del espectáculo por ser un productor talentoso.
Llegó a ser un hombre poderoso de la televisión por su habilidad para elegir historias, seleccionar colaboradores y armar elencos tan eclécticos como ideales. Como actor de cine se da todos los gustos. Probó el policial de pareja despareja à la Arma Mortal en Comodines, la farsa desaforada à La jaula de las locas en Cohen vs. Rossi, la comedia romántica à la Cuando Harry conoció a Sally en Apariencias y el drama de conflictos psicológicos à la David y Lisa en El día que me amen.
Ahora ataca de nuevo la comedia romántica, aprovechando el excelente guión de Pablo Solarz (Historias mínimas, ¿Quién dice que es fácil?, El frasco) y el talento para el género desplegado por el director Juan Taratuto en No sos vos, soy yo y ¿Quién dice que es fácil?
El título lo dice todo. El Tenso (Suar), un hombre más o menos satisfecho con su vida, está casado con la Tana (Valeria Bertuccelli), una mujer en crisis, multifóbica, mal hablada y decididamente antisocial. El Tenso quiere divorciarse, pero no se anima a proponérselo. Opta por un plan descabellado: contratar a un seductor infalible (Gabriel Goity) para que la conquiste y se la saque de encima.
Suar, Goity y todos los secundarios están muy bien, pero para los despistados que no la notaron en Alma mía, Luna de Avellaneda, XXY o Lluvia, ésta es la ratificación inapelable de que la Bertuccelli es una actriz maravillosa.
Las buenas comedias, además de entretener, divertir y hacer reír, tienen una virtud adicional: retratan con precisión los tiempos en que fueron concebidas. Sombrero de copa o Ritmo loco, con su afán desesperado de evasión, describen los efectos de la crisis económica de los 30 mejor que sesudos tratados sociológicos. Ser o no ser o Ninotchka (ambas del gran Ernst Lubitsch) o Las tres noches de Eva (del inmenso Preston Struges) establecen el espíritu reinante en los 40 con mayor profundidad que cualquier enciclopedia. El quinteto de la muerte, La gran guerra o Los desconocidos de siempre marcan las profundas contradicciones de los 50. Piso de soltero, Uno, dos, tres, Irma, la dulce, Bésame, tonto o Por dinero, casi todo (todas del genial Billy Wilder) desnudan los cambios de los 60. MASH, El joven Frankenstein, y las otras comedias de Mel Brooks de esta década radiografían la locura de los 70. Entre nosotros, Esperando la carroza, más allá de poner bajo la lupa constantes que hacen a la argentinidad, tiene la euforia, la liberación, la ebullición y la alegría de nuestro regreso a la democracia en los 80. Las comedias de Jim Carrey y Ben Stiller se circunscriben en el clima enrarecido del neo capitalismo de los 90.
Un novio para mi mujer, como la buena comedia que es, no es la excepción. Lo primero que me sorprendió es que, por el título, los actores y el argumento, esperaba que fuera una comedia brillante. Y no, más allá de las abundantes risas y sonrisas que provoca, es un poco tristona, bastante melancólica. Hay un trasfondo de frustración, desilusión, insatisfacción y ausencia de solidaridad. Y eso quizá sea lo que atrae a tanta gente, porque de algún modo se conecta quizá con lo que la gente siente.
Parafraseando los dichos de la Tana al principio de la película, el film vendría a decirnos que, hoy por hoy, como sociedad, en el manejo de nuestros asuntos estamos “para el orto”.
Un abrazo,Gustavo Monteros
Pinta tu aldea y serás universal. León Tolstoi.
Los ingleses son más inteligentes que los yanquis a la hora de celebrar los valores familiares. Los norteamericanos aspiran a la generalidad y por las dudas muestran una alarmante profusión de banderas. Proponen siempre el mismo modelo de familia numerosa y anodina. Film tras film, dichas familias son tan similares que parecen intercambiables. Y si tienen una bandera en el porche y otras más pequeñas en cada habitación, es porque evidencian un temor a ser considerados antipatriotas y condenados al escarnio público.
Los ingleses, en cambio, se apoyan en la singularidad y no muestran ni una bandera. Retratan familias pequeñas e irrepetibles. A modo de ejemplo, piénsese por un segundo en esa nueva joya de la corona británica que es Billy Elliot.
En el 66, escrita y dirigida por Paul Weiland, no vuela tan alto, pero tampoco sobrevuela a ras del piso. Bernie Reubens espera con ansia su Bar Mitzvah para ser el centro de la atención que el mundo le niega. Aspira a que su fiesta sea más lujosa que la de su hermano mayor, lo que no podrá ser por los inesperados problemas económicos que su familia enfrenta. Querrá entonces que la celebración tenga la preponderancia en la comunidad que le augura el rabino, lo que tampoco ocurrirá porque el rito coincidirá con la final de la Copa Mundial de Fútbol entre Inglaterra y Alemania.
Pobre Bernie, es demasiada frustración para alguien tan joven. Pero entre tanta espina, habrá también alguna rosa. Porque aunque no lo parezca por este resumen, se trata de una comedia y muy divertida además.
Sobre el final, el film polemizará el dicho popular y dirá que el dinero no hace la felicidad ni tampoco ayuda, que son las cosas mínimas a las que no se le da importancia las que adquieren la jerarquía de felicidad cuando son hechas con cariño.
Los futboleros extrañarán la evocación del partido en cuartos de final entre Argentina e Inglaterra, en el que se dice que nos robaron con un árbitro vendido. Quizá la mala conciencia los haya hecho omitirlo. Como consuelo quizá baste que se menciona a Rattin como un peligro a tener en cuenta.
Claro, en este film se verán muchas banderas inglesas, pero corresponden a la parafernalia de la pasión por el fútbol y no a la intención de promover un patrioterismo patotero.
Los créditos iniciales nos dicen que es una historia casi verdadera. Pero en los títulos finales, el reparto de personajes y actores no se hace sobre fotos de los mismos, sino sobre las fotos de las personas reales que vivieron esta historia. Sabremos entonces que se trató de una recreación fidedigna de las experiencias del director, y por qué cuando más minucioso y detallista se puso, más abarcador y universal se volvió, lo que ratifica una vez más la célebre cita de Tolstoi, la cual no por trillada es menos verdadera.
Debo confesar que entré en empatía con Bernie desde el primer fotograma. Por suerte pasé mi infancia en Catamarca. Allí la religiosidad es omnipresente. Formado en el catolicismo, mi primera comunión participó de la belleza y de la unicidad de lo que se supone trascendente. De modo que creo haber comprendido lo que siente Bernie fehacientemente. Estos ritos de iniciación nos marcan y nos deslumbran no sólo por la espiritualidad religiosa implícita en los mismos, sino también porque nos regalan un momento de protagonismo absoluto. Nobleza obliga, debo confesar que mi fiesta tuvo un poco más de brillo, pero careció de la hermosa epifanía que la vida le regaló a Bernie.
En el 66 se exhibe en el canal de cable Cinecanal y va el viernes 8 de agosto a las 15:45, y el martes 19 de agosto a las 09:10.
Actúan Helena Bonham Carter, Eddie Marsan, Peter Serafinowicz, Stephen Greif, Stephen Rea, Alex Black y Gregg Sulkin.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
El checo Jirí Menzel siempre será recordado en estos pagos como el director de Trenes Rigurosamente Vigilados, un film sobre un despertar sexual en medio de una guerra, una inolvidable fábula tierna y amarga (el oxímoron se lo ganó él, no es exageración mía).
Desde entonces procuró hacer un cine que fuera muy popular sin renegar de ambiciones artísticas, un propósito más que loable. El problema es que en su desesperación por gustar desarrolló un estilo proclive al humor muy grueso, un erotismo de revista femenina, y la trivialización de asuntos serios para lograr una tenue ironía; todo dentro de un pintoresquismo más de cine publicitario que sociológico o antropológico. Excesos que se evidencian en sus últimas películas vistas aquí: Los locos de la manivela, Mi dulce pueblito, Alondras en un hilo, Las Aventuras de Iván Chonkin, Aquellos buenos viejos tiempos. Y que vuelven a aparecer en Yo serví al rey de Inglaterra.
Hay aquí un entrecruzamiento entre la historia individual y la Historia general. Un ambicioso joven pasa de vendedor de salchichas en la estación de trenes a camarero de un bar exclusivo. Luego sirve mesas en un hotel que es también una especie de burdel de lujo, para recalar después en el mejor hotel de Praga. En este itinerario conocerá a hermosas mujeres, a las que después de hacerles el amor, cubrirá de flores (literalmente). Llegará la invasión nazi y se enamorará de una alemanita fanática del hitlerismo. Ella le cumplirá su sueño de convertirse en millonario y tener su propio hotel, gracias a unas valiosísimas estampillas de judíos deportados a campos de concentración. Vendrá la invasión rusa y terminará en la cárcel 15 años, uno por cada millón que amasó. Será liberado y repasará su vida. Terminará brindando. Según él, su vida no fue tan mala.
No revelo nada al referir el argumento, la poca o mucha gracia del film radica en cómo está contado y no en la historia en sí.
Todo es muy amable, encantador, blando. Es como un sabroso menú dietético, gusta mientras dura, pero no llena mucho.
Para los coleccionistas de datos inútiles (entre los que a veces suelo contarme), consigno que este film se basa en una novela del autor de Trenes rigurosamente vigilados, Bohumil Hrabal.
Ah, el título es por el maître del hotel de Praga. Un hombre que conoce todos los secretos de su oficio, porque alguna vez sirvió al rey de Inglaterra.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Según parece la alta burguesía francesa es engreída, soberbia, exclusivista, con aires de grandeza, de superioridad intelectual, de elevación moral. Lo que no presenta duda es que Chabrol la odia. La retrata despiadadamente, desnudando su mezquindad, su miseria, su hipocresía, su ruindad, su vulgaridad, su bajeza. Nos dice: podrán tener muchas de sus necesidades satisfechas, pero no la envidien, es una mierda.
Claude Chabrol es uno de los últimos grandes maestros en plena actividad. Con 77 años cumplidos, hace una película cada uno o dos años. Logra que sus películas se estrenen en los cines y evita que pasen directamente a DVD como les sucede a otros directores interesantes. Si consigue que esa casta tan despiadada, y tan temerosa también, que son los distribuidores cinematográficos siga confiando en él, es porque, sin traicionarse, ha podido actualizarse para continuar dialogando con su público de siempre, a la vez que despierta interés en generaciones más jóvenes. Mantiene un alto nivel de logros. Su producción última oscila entre la excelencia (La ceremonia, Gracias por el chocolate) y lo muy bueno (La flor del mal, La dama de honor, La comedia del poder).
Nos entrega ahora una obra interesante, creo que llamada a perdurar. Perdonen que no sea categórico, pero Chabrol trabaja nuestras emociones indirectamente, hace que sus historias pervivan en nuestra memoria y trabajen por decantación.
Recrea en la Francia (y el Portugal) de nuestros días un crimen ocurrido en New York en 1906.
La chica del título es una rubia (Ludivine Sagnier) ambiciosa, ingenua, pura, algo tarambana, con la curiosidad irreflexiva de algunos jóvenes. La tironean dos hombres. Uno es un novelista exitoso (François Berléand), maduro, egoísta, manipulador, bastante hijo de puta. El otro es un joven millonario (Benoît Magimel) apuesto, caprichoso, desequilibrado. Tantos tironeos llevarán al hecho de sangre.
Tres características sobresalen en este film. Primero, la narración parece asentarse en los esquemas tradicionales de los dramas de triángulo, pero de a poco se resignifican. Es como si Chabrol nos dijera: "Creen estar en terreno conocido, pero no, observen atentamente, nada es lo que parece, miren como recalibro los engranajes." Segundo, hay un notable contraste entre el ambiente y los personajes. El film está fotografiado con una luminosidad desconcertante. Cuanto más claros y nítidos son los ambientes, más oscuras y retorcidas son las motivaciones de los personajes. Tercero, el uso de la banda sonora es discrecional, como los grandes directores clásicos, confía mucho en el guión, los actores y el poder de su puesta en escena, sin subrayados estentóreos que en su afán de manipular reacciones idiotizan la propuesta.
Los actores son excelentes. Benoît Magimel (visto en dos Chabrol anteriores: La flor del mal y La dama de honor) recrea aquí el estilo actoral del primer Sean Penn, un gesto laudatorio. Ponerse en los zapatos de un actor mediocre es ser estúpido, pero citar u homenajear el trabajo de un gran actor es un acto de amor que merece la aprobación.
Llama la atención que Chabrol (como pasa también con Woody Allen) cuando era joven filmaba las escenas de sexo con pudor y discreción. Y ahora que ambos están mayores lo hacen más explícitamente. (La evolución de los tiempos quizá, o algo más personal.) Si bien hay aquí puntos suspensivos que horadan nuestro morbo, los preámbulos son muy gráficos.
De lo que no tengo duda, es que la escena final es absolutamente genial. Parece jugar con la obviedad, pero es de una sutileza y una sensibilidad magistrales. Ratifica lo que fuimos sabiendo, que Chabrol cual un equilibrista audaz, caminó otra vez sobre el alambre tenso entre el thriller y la comedia sarcástica sin perder jamás la pértiga ni caer en el abismo. Merci beaucoup, Monsieur Chabrol.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
¡Qué placer volver a tener la posibilidad de ver a Sophia Loren en un cine! Sophia pertenece al sacrosanto territorio de mi infancia, cuando las estrellas de cine eran dioses perfectos que iluminaban la vida desde otra categoría del ser, no como ahora en que las estrellas son terrestres, pedestres, como nosotros, iguales en sus defectos, miserias, logros y virtudes. Sophia pertenece a la época dorada del ensueño. Son tantas las razones por las que la amo que sería imposible enumerarlas. Básteme decir que la amo cuando corre porque sus "dos flores redondas" (gracias Lorca) se balancean y se rozan con la belleza de lo irrepetible. Una amiga, especialista en arruinar feriados y fiestas de guardar, me dijo que esa gracia se debía a que tenía una pierna más corta que la otra, pero a mí los backstages no me importan, un milagro es un milagro, aunque se lo fabrique. La amo también porque cuando llora me dan ganas de abrazarla, beber sus lágrimas y hacerle el amor, incluso con torpeza, para que se olvide de la tristeza y el dolor. Nadie en el cine tuvo un erotismo y una sensualidad tan inmanentes.
Lina Wertmüller, la gran directora italiana, me da la nostalgia de los 70 y los 80, cuando los maestros eran innumerables, no como ahora que sobran los dedos de una mano para contarlos. Y el cine de autor era moneda corriente, no como ahora que todo es cine de productor, mezquino y preocupado por la conmoción epidérmica.
Giancarlo Giannini siempre estará en mi corazón porque con Lina hicieron Pasqualino 7 bellezas. Consejo de amigo, si no la vieron procuren verla, es prodigiosa, maravillosa. Es la historia de una supervivencia que celebra la vida, en lo que ésta tiene de humana, de egoísta, de divina. Porque hay que ser un poco perfecto para sobrevivir a tanto vejamen, humillación y desprecio. Y muy solidario también (aunque en principio no lo parezca) porque uno sobrevive por los otros, por los que vendrán, para que no les pase lo mismo.
¡Qué alegría, una nueva película de Lina Wertmüller con Sophia Loren y Giancarlo Giannini! Y allí estaba yo, sentadito en mi butaca, esperando que las luces se apagaran, listo para la fiesta, feliz con el reencuentro. A la media hora me sentía estafado, traicionado. Tengo una amiga que sigue la carrera de Woody Allen y cuando Woody no la pega o la embarra, lo quiere jubilar. Ahora a mí me pasaba lo mismo. Quería jubilar a Lina, Sohia y Giancarlo. Quería que se retiraran a sus doradas mansiones como Norma Desmond en Sunset Boulevard a evocar las viejas glorias, exhibiéndose sus obras maestras una y otra vez, y que no jodieran más.
Pero informarse bien evita las injusticias. Francesca e Nunziata (tal su título original) es un telefilm de 2001, una miniserie breve para ser emitida en dos partes, que carece de la textura, de la densidad de una película.
Un film está destinado a un lienzo enorme que está en un templo profano en el que hay unción y recogimiento. En un cine hay que mantener el interés e intensificarlo, no hay que ganarlo, está desde el vamos, sino no estaríamos allí, estaríamos en cualquier otro lugar. Un telefilm es para una pantalla pequeña (y no importa el tamaño del plasma, siempre será pequeña en comparación) que está en un living o en un dormitorio. Al verlo habrá interrupciones, desvíos de nuestra atención, iremos al baño, calentaremos la cena o el café, contestaremos el teléfono, recibiremos al chico del delivery, etc. Lo que nos muestre será más llano, casi sin contraste, más leve, superficial si se quiere, casi sin ambición de trascendencia. Nos contarán algo de la manera más simple y efectiva que se pueda, no se detendrán en planificaciones preciosistas ni nos agobiarán con sutilezas inaprensibles. Retomarán el hilo del argumento una y otra vez, subrayarán lo que quieran que notemos porque saben que nuestra atención se dispersa, que el interés se diluye, que con sólo apretar un botón estaremos en otro lado, en otra cosa.
Si la Wertmüller hubiera pensado esto para cine, habría evitado repeticiones, comprimido situaciones, potenciado más los conflictos, profundizado los personajes, contrastado las ironías, buceado con sus primeros planos famosos en el alma de sus criaturas. Cuando pensó para cine, nunca usó la banda de sonido como una musiquita dulzona que se empasta con la imagen, alternó siempre expresivamente primeros planos de sus personajes con planos generales de sus circunstancias, desnudándolas en toda su aridez o su apabullamiento.
La Gioconda será siempre un cuadrito, sería absurdo redimensionarlo en un mural, perdería su genialidad,su magia, su misterio. Un cuento no será nunca una novela por más que se lo publique con letra grande y mucho espacio para llenar un centenar de páginas. Sé que exagero, que se trata sólo de una estrategia comercial de estrenar en cine lo que fue hecho para la televisión italiana, pero estoy con bronca porque caí ingenuamente en la trampa.
Así que mi consejo es que no vayan al cine a ver Francesca, véanla cuando salga en DVD. Fue hecha para ser vista en las casas, con interrupciones, entre nuestros avatares cotidianos. La apreciarán mejor, la disfrutarán en su medio natural.
La historia es buena, un novelón finisecular apasionante. Los personajes desconciertan siempre con sus elecciones, los conflictos se resuelven con la lógica malsana de los mandatos sociales, los sueños se aplastan con la contundencia de las malditas buenas intenciones y la esclavizante gratitud que sólo es culpa.
La Loren cerca del final tiene un monologuito en el que deslumbra con la sabiduría de su arte. Giannini a lo largo de todo el telefilm expresa cabalmente el hastío y la estupidez de los que tienen una vida regalada. La parejita joven (Claudia Gerini y Raoul Bova) está muy bien, pero juegan en desventaja ante dos actores que no sólo son excelentes sino que corporizan medio siglo de historia del cine, cuando se creía que el cine también podía ser un arte y no un mero acompañamiento de pochoclos.
Un abrazo,
Gustavo Monteros