jueves, 29 de enero de 2015

Dios mío, pero ¿qué te hemos hecho?



La comedia Dios mío, ¿pero que te hemos hecho? de Philippe de Chauveron fue un gran éxito en el país que la engendró, Francia. Sabrá el santo Dios mencionado en el título las ganas de reírse que tendrían los franceses para celebrar semejante dechado de falta de gracia, humor o ingenio.


El único chiste (si se es de lo más benévolo) es el de la situación inicial. Los Verneuil son un matrimonio maduro de la campiña francesa, híper conservador y ultra católico. Y dicen todo el tiempo la frase del título porque sus hijas eligen maridos que les prueban los límites de la tolerancia, una se casó con un chino, otra con un musulmán y otra con un judío, y ahora la menor se casará al menos con un católico, aunque el hombre ostenta un detalle no menor para los Verneuil, es negro.


Este planteo inicial sugiere que habrá comentarios raciales y religiosos arriesgados que expongan los prejuicios y las cortedades de una sociedad que se cree amplia y avanzada, pero no… aunque no les salga del todo, los Verneuil insisten en una corrección política que les quita todo humor. A ellos, a la película, a los espectadores.


Una buena comedia es como una omelette, hay que romper unos cuantos huevos. El humor es ruptura. De algún tipo. La inversión de la lógica social, política, religiosa, o de lo que se elija para provocar risa. Los humoristas son en el fondo moralistas que quizá, entre otras cosas, aspiren a la corrección política. Dicha corrección es la meta final, no las herramientas primeras.


En resumen, un esbozo de comedia sosa, que aburre mucho, mucho, mucho. Y mucho.

Inquebrantable



Inquebrantable es de esas películas que cumplen con lo que prometen, en este caso una aventura épica sobre un sobreviviente extraordinario. Se basa en la vida y hechos reales de (uno más y van miles) Louis Zamperini. El hombre fue un niño problemático que zafó de ser un delincuente, gracias a que su hermano descubrió su talento como corredor y lo instó a entrenar. Participó de las Olimpíadas de Berlín de 1936 y en 1941 se alistó para combatir por los Aliados. El B-24 en el que volaba cayó al Pacífico. Él y dos supervivientes más flotaron a la deriva en un par de balsas, casi sin provisiones ni equipamiento durante más de un mes y medio. Uno de ellos no sobrevivió. Fueron rescatados por un barco japonés y enviados a un campo de prisioneros, donde los sometieron a privaciones y torturas. Toda esta odisea fue contada en un libro por el propio Zamperini, Hollywood compró los derechos y se rumoreó con que Tony Curtis, ídolo absoluto por aquellos tiempos, lo interpretaría. El proyecto no se concretó. Durante años se barajaron nombres de actores para su supuesta realización, Nicolas Cage estuvo entre ellos. Hace unos pocos años, la periodista Laura Hillenbrand volvió a contar la historia de Zamperini en otro libro que se transformó en un gran éxito de ventas. Algunos célebres guionistas bosquejaron guiones hasta que partiendo del firmado por el gran Richard LaGravanese, con revisión de nada más y nada menos que de los hermanos Coen, se decidió que la película se haría.


Luego de vencer reticencias diversas, aceptaron que fuera el segundo trabajo de Angelina Jolie como directora. El primero había sido la interesante y despareja In the land of blood and honey (En la tierra de la sangre y la miel) sobre el sufrimiento de las mujeres durante la guerra de los Balcanes entre el 92 y el 95). Jolie concreta aquí un trabajo elocuente y prolijo (demasiado prolijo especularon algunas críticas con el afán de desmerecerlo) en el que el imbatible espíritu de Zamperini emerge con contundencia gracias, también, a la irreprochable faena de su protagonista Jack O’Connell. O’ Connell, uno de los actores jóvenes británicos con más carisma, ya venía probándose protagónicos con envidiable autoridad (Private Peaceful, The liability, ’71, Starred up, para Hollywood hizo de hijo de unos de los héroes de 300: El origen de un imperio). El muchacho, aparte de su simpatía y probable apostura, exhibe un singular talento para la actuación, lo que le augura una buena carrera, de persistir su suerte en ligar buenos papeles.


A la hora de evaluarla dos peros se imponen. Uno extrapelícula, y es que en estas tierras se estrena con poca diferencia de Un pasado imborrable (The railway man) que narra similares experiencias en campos de prisioneros en el Japón) lo que le da una involuntaria sensación de deja vu. El otro es la discutible decisión sobre las pilosidades faciales durante el mes y medio que los náufragos pasan en el mar, las barbas y bigotes  permanecen imperturbables a pesar del paso del tiempo.


En resumen, una buena película, espectacular, conmovedora, motivacional, inspiradora, nada que no prometa desde el mismo título. Si se la elige por lo que es, no defrauda para nada. 


jueves, 22 de enero de 2015

Recomendación especial

Este blog recomienda especialmente De tal padre tal hijo. 
Ver http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/2015/01/de-tal-padre-tal-hijo.html

Se exhibe en el Cinema Paradiso y esta semana tiene solo dos horarios: a las 12:00  y a las 20:50

Whiplash Música y obsesión



Es bien sabido que para dominar un arte, cualquiera, se necesita un poco de talento, una pizca de disciplina, y una dosis de obsesión. Sí, así, como si de una receta de cocina se tratara. El problema es que no se sabe con certeza la cantidad precisa de cada ingrediente. Una pena, si no podríamos formar artistas como quien hace un bizcochuelo. Claro, algunas variaciones quedan descartadas, mucho talento sin disciplina y menos obsesión no llega a ninguna parte, y también, es obvio, con muy poco talento, por más disciplina u obsesión que se ponga no se llega muy lejos. Como sea, estas cuestiones tienen poca importancia ante un artista consumado, pero son esenciales durante la formación. 


“La fama cuesta y es aquí donde comenzarán a pagarla, con sudor…” decía la severa profesora de danza de la película, y después la serie, Fama. Dicha señora, a pesar de su estrictez, es Jacinta Pichimahuida al lado de Fletcher (J K Simmons), un déspota cruel de mano dura (y aunque cueste creerlo que conste que al llamarlo déspota, estamos quizá construyendo el eufemismo del siglo).


Estamos en un conservatorio musical de excelencia, en el que el profesor Fletcher está a cargo de dirigir un grupo de jazz, que participa de concursos y torneos en los que sale primero o primero, porque Fletcher saca el mayor potencial de sus alumnos a como dé lugar. Literalmente a como dé lugar.


Andrew (Miles Teller) es un pichón de baterista que sueña con ser el mejor o morir en el intento. Dicho lo cual, uno podría suponer que Fletcher halló la suela de su zapato, o no…


Cuando Fletcher abre la boca (es una manera de decir) en el ensayo, uno podría creer que estamos ante la típica película con el sargento gritón que esconde un corazón de oro (Reto al destino, Hombres de honor), pero el director y guionista Damien Chazelle tiene otra agenda, para nada predecible o adocenada.


J K Simmons, impecable secundario de muchos films, se da y nos da una panzada de histrionismo con un personaje contundente como pocos. Y Miles Teller con su sufrido (o no tanto) Andrew ratifica que es un actor  a tomar en cuenta.


En resumen, una película cruelmente gozosa. Después de todo, nadie se hace artista sin superar un par de golpes. O tres. O cuatro. 



Mortdecai



Mortdecai es la gozosa recuperación de un género que surgió a fines de los cincuenta, floreció en los sesenta y languideció en los setenta: la comedia policial o de acción con paisajes, llena de personajes torpes que se creen estrambóticos y son puro estereotipo. Ejemplos arquetípicos, si los hay, son los dos primeros Peter Sellers-Blake Edwards-Jacques Clouseau: La pantera rosa (1963) y Un disparo en la sombra (1964) antes de que redujeran al querido Clouseau a un artificio mecánico.


Mortdecai (Johnny Depp) es un sofisticado comerciante de arte a quien se le pide recupere una pintura que podría tener el número de una cuenta bancaria con oro nazi. El hombre está casado con una noble dama, Johanna (Gwneth Paltow) y cuenta con la ayuda de un lacayo, Jock Strapp, (nombre que juega con jockstrap, o sea suspensorio) (Paul Bettany). En la trama no será menor la participación del inspector Martland (Ewan McGregor), unos rusos, un terrorista y otras yerbas.


En estas películas al margen de los gags y de las líneas cómicas, importan mucho el vestuario y la dirección de arte, aquí muy convenientemente estilizados y cuidados.


Detalle para los que dominan el inglés, los estadounidenses con residencia en Inglaterra, Depp y Paltrow, y el escocés McGregor se divierten como perros imitando el acento de las clases altas inglesas, una impostada posh received pronunciation (que para evitar la traducción textual, equivaldría a algo así como “pronunciación educada de clase alta”) que es una auténtica delicia.
Cruzo los dedos para que sea un éxito mundial y se transforme en franquicia. Como primera aventura no está mal, por momentos se extraña más ingenio, pero este cuarteto protagónico (Depp, Bettany, Paltrow, McGregor) podría llegar a alcanzar cumbres de delirio en sucesivas desventuras.Dirigió David Koepp.


Esta película se destaca entre los estrenos de esta semana porque no está nominada para ningún premio, lo cual es una tranquilidad que le suma encanto. La disfrutamos porque sí, por lo que es, sin la presión del imperativo social a que nos guste por estar nominada a algo por gente que se supone sabe de algo. 


Francotirador



Clint Eastwood es un gran narrador cinematográfico, quizá el último de los grandes maestros clásicos. También es, por supuesto, un estadounidense.  O sea un hombre nacido y criado según ciertos parámetros, de acuerdo a ciertos valores sociales y respondiendo a una concepción política determinada. Una verdad de Perogrullo,  que no es lo mismo haber nacido en Suecia, Japón, Cuba o los Estados Unidos. Y eso, a veces, si se tiene amplitud mental no importa y otras, aunque se tenga un desprejuicio ancho como el cielo, importa y mucho.


Clint Eastwood, como todo artista, es a la vez tanto un humanista como un hombre de su lugar y de su tiempo. Cuando el humanista prima sobre el hombre arraigado en su país, me gusta dialogar con él a través de las películas que propone. Cuando el estadounidense típico se impone, no puedo dialogar con él, es más, no me interesa. No puedo aceptar que me diga que los Estados Unidos es el mejor país del mundo, cuando no lo es (ni remotamente) y menos que diga que tienen la fuerza y la moral necesarias para erigirse en defensores universales de la democracia, porque según ellos lo que los amenaza o perjudica… agrede la libertad mundial. Fundamentalismo terrorista si los hay, porque de tanto ver la paja en el ojo ajeno olvidan que, sea cual fuere la definición de terrorismo que usemos, el mote les cabe y les cae a ellos primero que a nadie. Pero por ser el imperio, como en el cuento ¿quién le dice al emperador que está desnudo?


Clint Eastwood, como en la lejana El guerrero solitario (Heartbreak Ridge, 1986) en la que justificaba la invasión a Granada, vuelve a defender el intervencionismo militar yanqui, esta vez a Irak. Y no es ideologización excesiva o susceptibilidad extrema de mi parte, una de las gacetillas de prensa publicada por la productora lo dice clarito, con todas las letras: “La cinta se fija en la figura real de Chris Kyle, quien entre 1999 y 2009 mató al menos a 150 insurgentes en Irak como miembro de la unidad de élite SEAL de la Marina estadounidense, aunque su batalla más dura la libró de vuelta a casa con su esposa Taya (Sienna Miller) y sus dos hijos pequeños, después de ser absorbido por la guerra.” (Ojo, la traducción no es mía y lo de “insurgentes”, más allá del estilo discutible, no admite réplica)


Como en toda exégesis acrítica, en los intersticios, en los puntos suspensivos involuntarios se cuelan otros aspectos de la realidad que se pretende ensalzar: el padre que enseña que está bien ser un matón y que un arma se usa con impiedad, el machista que “aprende” respeto a la mujer solo para que no lo rechacen mucho, el cowboy hecho y derecho que obedece las consignas políticas más vagas y endebles con la ceguera de un chico de catecismo, el hombre que “perdona” a su hermano no ser “tan” valiente, el “héroe” que llora antes de matar y así.


En los Estados Unidos la película gozó de un éxito inaudito en su primer fin de semana de exhibición. Es claro, entonces, que conectó bien con la sociedad que la produjo. Pero más allá o a pesar de esto, entre los mismísimos estadounidenses, surgieron conatos de polémicas. Por ejemplo: ¿un francotirador puede ser un “héroe” o es solo un asesino glorificado por el concepto de guerra que todo lo avala?
 

En resumen, una película pro-intervencionismo militar yanqui, bien narrada y actuada, pero que, por lo mencionado primero, obliga a deglutir unos cuantos sapos de gran tamaño durante su proyección.