viernes, 27 de junio de 2014

Eastwood habla de Jersey boys



CINE › CLINT EASTWOOD HABLA DE JERSEY BOYS, SU DEBUT, A LOS 84 AÑOS, EN EL TERRENO DEL MUSICAL
“No me gusta filmar todo el tiempo lo mismo”

El viejo cowboy volvió a sorprender con su biopic del grupo The Four Seasons, basado en un exitoso musical. En esta entrevista explica los motivos que lo llevan a cambiar, su larga relación con la música y cómo llegó primero a la actuación y después a la dirección.

Por Bruce Silverstein

¿Clint Eastwood filmando una biopic del grupo doo-woop The Four Seasons, basado en un exitoso musical? En el ambiente del cine no hay quien no se haya mostrado perplejo ante esa posibilidad de un año a este parte, cuando se confirmó que el viejo cowboy (Eastwood viene de cumplir 84 a fines de mayo, y luce por estos días una barba que no lo hace más joven) se ponía al frente de un proyecto que tuvo antes otros candidatos. Así como no hubo, desde el momento de su estreno estadounidense, el viernes pasado, quien no se rindiera ante la evidencia: Eastwood lo hizo una vez más, esta vez con el material en apariencia más ajeno del mundo.

En la entrevista que sigue, el director menos pop del mundo explica por qué le gusta abordar los temas y películas más disímiles, repasa su larga y múltiple relación con la música, cuenta qué fue lo que le interesó de la historia de Frankie Valli y sus muchachos, se remonta a su juventud, explica por qué filmar lo mantiene joven y da detalles de su nueva película, ya casi terminada, que será la número 34 de su carrera y la número 28 que filma para la Warner (la asociación más larga entre un director y una major, en toda la historia del cine).

–Convengamos que Jersey Boys no es la clase de película con la que suele identificárselo.

–Es que no quiero filmar todo el tiempo lo mismo, quiero seguir evolucionando. Si uno no evoluciona, se deteriora. Lo mismo pasó en los comienzos de mi carrera de actor, cuando pasé de los westerns de Sergio Leone a los policiales de Don Siegel. La gente suponía que debía pasarme toda la vida siendo actor de western. Y después, cuando pasé a dirigir. “¡Eh! ¿Pero cómo? ¿Es un caprichito de estrella?” El caprichito duró más de cuarenta años y 34 películas. En los ‘80 volvió el desconcierto, cuando pasé de los films de acción a los dramas. Y últimamente cuando filmé Más allá de la vida, que tampoco se suponía la clase de material para mí. Espero que siga siendo así: querrá decir que me estoy renovando.

–Lo que aparece con mucha frecuencia en su obra, y de muy distintas maneras, es su amor por la música, el jazz sobre todo.

–Esta es mi tercera película sobre músicos. La primera fue Honkytonk Man (1982), donde yo hacía de músico country alcohólico. La segunda, Bird, sobre Charlie Parker (1988). Y ahora ésta. Por otra parte, mi personaje de Play Misty For Me, mi primera película como director (1973), era disc jockey radial. ¡Hasta el guardaespaldas presidencial de En la línea de fuego (1993) escuchaba Miles Davis para relajarse! (Risas.)

–Para no mencionar que ya en los ‘60 usted aparecía cantando en una película.

–¡Ah, sí! (Risas.) En La leyenda de la ciudad sin nombre (1969), una comedia western con Lee Marvin y Jean Seberg, yo cantaba una balada. ¡Pero no fue ése el primer tema que canté! El primero que grabé fue Rowdy, una canción cowboy. Rowdy era el nombre de mi personaje en la serie Cuero crudo (Rawhide). Se ve que como la serie tenía un buen rating a alguien se le ocurrió que no estaría mal editar un simple con un par de canciones.

–A propósito de eso, ¿qué lo llevó a incluir en Jersey Boys unos planos de Cuero crudo, que se ven en un televisor?

–Alguien tuvo la idea, me pareció simpático, curioso (la serie es efectivamente contemporánea al surgimiento de The Four Seasons) y lo usé.

–Volviendo al tema de la música, en la banda de sonido de Medianoche en el jardín del bien y del mal usted canta un tema y su hija Alison, otro. Además dirigió uno de los episodios de la serie sobre el blues que produjo Martin Scorsese y produjo un notable documental sobre Thelonious Monk, dirigido por Charlotte Zwerin. Su hijo Kyle es músico profesional. Es bajista, grabó dos álbumes al frente de su grupo y, desde Mystic River en adelante, compone junto a usted las bandas de sonido de sus películas.

–Así es. Hay un dato que le falta, me parece.

–¿Cuál?

–Que mi papá cantaba. Era un trabajador de la industria del acero y tuvo un grupo allá por los años ‘30. Yo de chico tocaba el piano y seguí haciéndolo de adolescente.

–O sea que sorprenderse de que Clint Eastwood dirija un musical es estar poco informado, ¿no?

–Bueno, puede ser (risas).

–Lo que en tal caso podría preguntarse es por qué filmar una película sobre The Four Seasons.

–Había algo ahí que me interesaba. O un conjunto de cosas: el surgimiento de una estrella pop desde el anonimato absoluto, la comunidad italoamericana de New Jersey, que no es tan conocida como la de Nueva York, la elección para los jóvenes callejeros de New Jersey entre la mafia y la música... Y después está el coraje de ser músicos en ese ambiente, en esa época. Ser músico estaba visto como algo poco masculino. Y si usted tiene el timbre hiperagudo de Frankie Valli, mucho más.

–¿Filmó el primer guión que llegó a sus manos?

–No. El primero que recibí fue uno escrito por un muy buen guionista, John Logan, al que me pareció que le faltaban cosas. Empecé a investigar y me encontré con un guión previo, escrito por Marshal Brickman y Rick Elice, autores del musical de Hollywood, que me pareció superior. Trabajé sobre ese guión.

–Hablando de Frankie Valli, ¿lo conoció personalmente?

–Sí, desde ya. Lo invité al set de filmación y estuvimos hablando mucho de música. Tenemos gustos en común. La primera vez que nos vimos nos la pasamos hablando de la era de las big bands. De Basie, Stan Kenton, Sinatra...

–Que era de New Jersey, por cierto.

–Sí, claro. Por eso en la película es todo un referente para estos chicos, cuando empiezan su carrera.

–¿Qué edad tiene Valli?

–Ochenta. Los cumplió en mayo, poco antes que yo.

–Son de la misma generación.

–Claro. Hasta el punto de que The Four Seasons editan el tema que los consagra, “Sherry”, en 1962, el mismo año en que yo grabé Rowdy. Obviamente que en el terreno musical no tuvimos carreras muy parecidas (risas).

–¿Valli se sigue presentando en vivo, no?

–Sí, sigue haciendo giras.

–En eso sí se parecen.

–Bueno, no pienso retirarme por el momento.

–¿Ya tiene otra película lista, no?

–En posproducción. Se llama American Sniper y está basada en las memorias de un francotirador de elite de la marina, que recuerda sus acciones en combate en Medio Oriente, que incluyen un par de centenares de enemigos muertos.

–O sea que vuelve a reflexionar sobre la violencia, como viene haciendo desde Los imperdonables.

–Bueno, hablemos de eso cuando la película se estrene.

–¿Cuándo sería?

–El año próximo. Todavía no hay una fecha prefijada.

–¿Qué lo lleva a seguir filmando?

–Me mantiene joven y activo.

–¿Y respecto de actuar?

–Sólo en la medida en que encuentre roles que me vayan bien. Tenga en cuenta que tengo más de 80, y no hay tantos papeles para gente de esa edad.

–Usted comentaba que de adolescente tocaba el piano. ¿Cómo fue que pasó a la actuación?

–Yo nunca quise saber nada con actuar. Por un lado, era muy tímido. Por otro, me gustaba hacer cosas más “de hombre”: jugar al rugby, nadar, esas cosas. Pero a los veintipico me encontré sin trabajo en Los Angeles, y si usted está sin trabajo en Los Angeles, ¿qué hace?

–Se presenta a una prueba de actuación.

–Exacto. Es lo que hice, junto a un amigo. Tuve que poner mucho empeño, porque al comienzo todos me decían que era malísimo. Pero soy obstinado, así que me propuse demostrarles, y demostrarme, que podía ser bueno. Ahí empecé a actuar.

–En los ‘50. Primero en roles secundarios en cine, como en La revancha de la criatura y Tarántula. Después se hizo popular en la tele, con Cuero crudo, y a comienzos de los ‘60 lo llamó Sergio Leone. ¿Cómo fue que empezó a dirigir películas?

–Fue Don Siegel, el director de Harry el Sucio, el que me animó a hacerlo. “Tenés sensibilidad para esto”, me dijo. “Deberías probar.” Ahí fue que cayó en mis manos el guión de Play Misty For Me, que me interesó. Se lo llevé a la gente de la Warner y les dije que quería hacerlo. “Ok, hacelo”, me dijeron. “Miren que también quiero dirigirlo, eh”, les retruqué. “OK, dirigilo”, fue la respuesta. No lo podía creer. “¿Tan fácil es esto?”, le pregunté a Don. “Te dejan dirigirla. Lo que no van a hacer es pagarte por hacerlo”, me avisó. No me importó, estaba tan contento que si me pedían que yo les pagara a ellos, lo hacía.

miércoles, 25 de junio de 2014

Welcome



Bilal (Firat Ayverdi) lo único que tiene son 17 años, porque no es dueño ni de la sombra donde podría caerse muerto. Es un refugiado ilegal kurdo en Calais. Quiere llegar a su Tierra Prometida, Inglaterra, para reencontrarse con su amor, Mina (Derya Ayverdi) y quizá hacerse notar en algunos de los clubes de fútbol, se sabe talentoso en ese deporte. Frustrará su primer intento de cruzar en camión, no puede ponerse una bolsa de plástico en la cabeza para evitar los sensores con los que se inspeccionan los acoplados. No puede por una cruda experiencia padecida que Bilal mencionará como al pasar, cuando se ha sufrido de verdad hasta los grandes traumas se relativizan. Intentará entonces el prodigio, cruzar el Canal casi sin saber nadar.


Simon (Vincent Lindon) le dirá a su flamante ex esposa: “Quiere cruzar el Canal a nado para ver a su chica y yo no pude ni cruzar la calle para detenerte cuando te fuiste”. Simon es un profesor de natación que comenzará a ayudar a Bilal más que nada porque Marion (Audrey Dana), su ahora ex, sin la que no puede vivir, lo acusó de no hacer nada cuando los guardias de seguridad de un supermercado echaban a los refugiados ilegales. Lo que empieza como un intento desesperado de manipulación seductora, quedar como un solidario ante Marion, derivará en un juego peligroso. La policía persigue a los que ayudan a los refugiados y se puede terminar en la cárcel por varios años si la ayuda se comprueba. Las autoridades pretenden así desalentar el peregrinaje de los ilegales.


Welcome (2009) de Philippe Lioret es un cuento amargo, el reverso necesario de tanta película “feel good” (optimista y aleccionadora). Aquí lo que se aprende llega tarde y no sirve para mucho. La subtrama del anillo de diamantes con zafiros bien lo ilustra. Y el Welcome (Bienvenidos) estampado en el felpudo ante la puerta del vecino sorete se recubre de suprema ironía.


Vincent Lindon se inscribe en la mejor tradición de los protagonistas franceses, tiene la voz de Lino Ventura y la nariz de Belmondo. Y sus caracterizaciones oscilan entre la elegancia de Belmondo y la luminosa brutalidad actoral de Ventura. Aquí provoca una inmediata identificación con su personaje y se vuelve un modelo de hombría cuando salva a Marion de ser implicada en la acusación judicial (momento no exento tampoco de ironía, esta hombría implica la aceptación ante los demás de lo que se considera socialmente lo opuesto).
 

Llegué a Welcome por casualidad. En un foro privado en el que nos intercambiamos películas, alguien la sube a la sección más psicopatera: Películas que ya tendrías que haber visto. Ahora, después de verla, concluyo que piscopateadas al margen, estaba en la sección justa. Buena historia, buen cine. 

Welcome anda por el cable y se consigue en cualquier club de DVD. 

lunes, 23 de junio de 2014

Contagio




Domingo 22. Mientras espero que llegue el partido de Bélgica contra Rusia (que luego será tan aburrido que me urgirá pasear a Perrito para no dormirme), me pongo a ordenar mis archivos digitales.


Me topo con el Contagio (2011) de Steven Soderbergh que todavía no vi. Digo má sí, abandono el ordenamiento y me pongo a verla. Trata de la propagación de un virus misterioso y letal que diezmará a la población mundial. Podríamos ubicarla, entonces, más que en la ciencia ficción, en una variante que podríamos denominar de salud ficción.


Hay un numeroso elenco de notables que se dividen entre científicos que luchan por hallar una vacuna y víctimas del mal asesino. Entre este segundo grupo se destaca Gwyneth Paltrow, que cae como mosca fulminada por Raid a los minutitos de iniciada la película. Y no solo muere sino que encima le hacen la autopsia, se ve cuando le serruchan el cráneo y le separan el cuero cabelludo como si la hubieran atacado los indios perversos de los viejos westerns, pobre, jamás pensé verla en un estado tan lamentable (y pensar que hubo gente que le criticó el vestido que se puso cuando ganó el Óscar… si la vieran ahora). Me digo qué actuación tan breve, pero después vuelve en un video de hotel que reconstruye el momento en que se pesca el virus (esto lo sabrá el espectador, jamás los científicos, privilegios de la ficción). Gwyneth está casada con Matt Damon (en estado “gordito” y en plan de “si me redondean un personaje capaz que les doy hasta una buena actuación”). Gwyneth le estaba metiendo los cuernos a Matt con un amante que no se ve, mejor, porque mirá que tenés que buscar mucho para hallar a alguien que te dé lo que no te puede dar Matt (aguante Damon, carajo). A Matt le ratifica la cornamenta la científica Kate Winslet, en estado “flaquísima” y en tren de “yo soy tan buena actriz que no pierdo el atractivo ni cuando sufro mucho”). Matt es inmune al virus (¿viste Gwyneth que a Matt no hay quien lo iguale?), pero Kate, no, no la hundió el Titanic y le viene ahora a agarrar un virus letal… No importa, es tan buena y solidaria que prácticamente muere entregando su abrigo al compañero de la cama de al lado que se queja del frío. Kate es la única del equipo científico que sucumbe al virus, los demás que incluyen a Laurence Fishburne (en estado de “hace años que exagero con los postres pero no me importa porque mi peso actoral es mayor que el que marca la balanza”), a Marion Cotillard (en estado “deslumbrante” comme d’habitude y en tren de “denme un papelito que te lo envuelvo en una actuación premiable”), a Jennifer Ehle (en estado “bueno” y en tren de “mírenme qué bien manejo los latinajos científicos ¿no luzco como si los entendiera?”), y a Elliot Gould (querible tal cual acostumbra y que dice el mejor chiste: Bloguear no es escribir, es grafiti con puntuación). Está también el inmenso Bryan Cranston (en estado de “pelo teñido” y en tren de “sigo haciendo secundarios hasta que la miopía de los productores perciba que tengo más temple de protagonista que algunos focos apagados que todavía estelarizan”) como un militar de algo rango. Ah, está también Jude Law (en estado de “se me están volando las chapas pero no lo disimulo” y en tren de “solo me pueden detener con falta porque son el Messi de los actores”) como un periodista bloguero con más ambición que ética.


La trama toca los tópicos habituales de las farmacéuticas especuladoras (a las que la humanidad les importa un comino rojo, solo los negocios las conmueven), de los militares inútiles y los políticos desconcertados (que siempre toman medidas cuando ya es tarde), y las noblezas inesperadas (con las que se redimen los hasta hace dos minutos miserables).


Steven Soderbergh sortea con elegancia las simplificaciones del material, logra que no le quede como esas viejas miniseries basadas en best-sellers con muchas situaciones y personajes. Tampoco exageremos, no es que le dé la espesura de un Bergman, pero al menos evita las superficialidades del sacrosanto melodrama televisivo llamado novela.


Es obvio también que el trámite le salió parecido a Epidemia (Outbreak, 1995) de Wolfgang Petersen con Dustin Hoffman, Rene Russo, Morgan Freeman, Kevin Spacey, Cuba Gooding Jr, Donald Sutherland, y Patrick Dempsey entre otros notables. Y si en el film del 95, el prólogo nos informaba que la culpa del virus la tenía un simpático monito, aquí, el epílogo devela que los responsables son un carismático murciélago y un adorable cerdito. Ah, hay un detalle poco creíble al menos para estas latitudes, en un momento se rompe el tejido social y se producen saqueos, la gente deja de trabajar y se encierra en sus casas a sobrevivir o a morir y ¡la electricidad no se corta!, y por lo tanto hay televisión, internet y esas cosas… Hum…



Contagio gira por el cable. Sin ser una maravilla, entretiene. Ideal para noches de insomnio.

Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 1 de mayo de 2014

La mirada del hijo




A veces, a pesar del entusiasmo, la mejor manera de “vender” una película es remitirse a fuentes “más” objetivas. Dice la sinopsis de la gacetilla: Barbu, de 32 años, atropella a un niño que muere poco después del accidente. Seguramente le esperan una pena de prisión de tres a quince años. Aunque su madre Cornelia, arquitecta de altos recursos económicos con la que sostiene una tensa relación, intentará evitar por todos los medios que su hijo vaya a la cárcel.


Transcribamos ahora un reportaje a su director, Calin Peter Netzer:
–¿De dónde surgió la idea de construir una película alrededor de una madre tan manipuladora como esta Cornelia?
–¡De mi madre, y de la madre de mi coguionista! (risas) En serio, no es chiste. Me basé en ella para componer este personaje, y cuando se lo planteé a Razvan Radulescu, resultó que su madre era igual a la mía...
–¿Qué fue entonces lo que inventaron?
–Todo lo demás. La protagonista se parece a mi madre, pero la película no cuenta una experiencia personal. En verdad, la historia en sí la tomamos de un episodio que ocurrió en España, en la Costa del Sol, protagonizado por una familia británica. Nos pareció que ese incidente daba lugar a plantear situaciones morales complejas, perfectamente trasladables a la Rumania actual.
–Sabemos de la posesividad de las madres mediterráneas con respecto a sus hijos, pero no conocemos cómo funcionan las madres rumanas. ¿El de Cornelia es un caso atípico o las madres suelen ser así en su país?
–Lo que noto es que en los países europeos que alguna vez fueron parte del bloque comunista hay un alto grado de posesividad. No sólo por parte de la madre, sino de los padres en general para con sus hijos. En Alemania, donde viví doce años, no es así. Creo que en los países sajones tampoco.
–¿Piensa que esto puede tener alguna relación con el totalitarismo?
–Tal vez la haya. Países en cuyas culturas suele haber una fuerte posesividad paterna o materna, como Rusia, Italia o España, tuvieron gobiernos totalitarios de larga duración. Pero conviene ser prudente con las generalizaciones: fíjese que recién puse a Alemania como ejemplo de un menor control de los padres con respecto a sus hijos, y sin embargo si uno piensa en un caso extremo de totalitarismo, difícilmente encuentre un ejemplo más acabado que el del nazismo. Así, habría que tomar el tema con pinzas.
–Cornelia no tiene escrúpulos a la hora de salvar a su hijo de prisión y sin embargo el espectador no puede evitar ponerse de su lado.
–Esa era la intención: obligar al espectador a ver las cosas desde el punto de vista de ella. Identificarse con las víctimas es fácil y tranquilizador, acá podíamos haberlo hecho. Pero justamente elegimos mostrar las cosas desde el otro lado, para obligar al espectador a enfrentarse con sus propias zonas oscuras.
–¿Cómo reacciona el público femenino frente al personaje de Cornelia?
–Muchísimas espectadoras me confesaron que frente a la misma situación, reaccionarían igual que Cornelia. Lo cual a mi mamá le encantó (risas).
–¿Por qué ubicaron la historia en el seno de la clase más acomodada?
–Porque cuanto más se posee más hay para cuidar, para preservar, para defender.
–La mayoría de las películas rumanas recientes están protagonizadas por gente de clase media o clase media-baja. Es raro encontrar una familia de buena posición económica en una película de ese origen.
–Esa fue otra de nuestras razones: queríamos hablar de una clase que hasta ahora apareció poco en nuestro cine.
–En la película, los representantes de la clase alta están estrechamente vinculados con el poder y parecen habituados a corromper funcionarios. ¿Así son las cosas en la Rumania actual?
–Creo que la corrupción institucional es la “normalidad” en Rumania. Viene de tiempos de Ceausescu y no cambió mucho en estos veinte años. Las cosas siguen siendo más o menos iguales. Por eso nos interesaba mostrarlo.
–No sólo funcionarios: está también el personaje del hombre que intervino en el accidente, de quien depende que el hijo de Cornelia vaya o no a prisión, con el que Cornelia negocia una suma de dinero, como si se tratara de una reunión de negocios.
–Cuando la corrupción es la norma, tiñe al conjunto de la sociedad, y eso es lo que sucede en mi país.
–¿Cómo fue recibida la película allí?
–Inmejorablemente: La mirada del hijo es la película rumana más exitosa de la última década. La gente no para de hablar de ella, el tema “pegó” mucho en mi país. Tuvo un fuerte boca en boca, que permitió que la película fuera sumando público semana a semana.
–El título original es “La postura del hijo”. ¿Por qué “postura” y no “posición”?
–“La postura del hijo” es una de las más simples del yoga, la que normalmente se usa cuando uno está estresado. Originalmente había una escena en la que Cornelia practicaba esa postura. Finalmente la sacamos, pero igual decidimos dejar el título, que nos gustaba, porque en rumano “postura” y “posición” se dicen igual. Eso permite un juego de sentidos que en una de ésas, en otros idiomas no resulta tan claro.
–La actriz protagónica, Luminita Gheorgiu, a quien conocíamos de La noche del señor Lazarescu y 4 meses, 3 semanas, 2 días, está, como de costumbre, extraordinaria. ¿Cómo fue el trabajo con ella?
–Muy esforzado, porque contábamos con un presupuesto estrecho, que nos obligó a filmar la película entera en un mes, la mitad del tiempo (o menos) de lo que suele durar un rodaje. Por otra parte, Luminita no estaba habituada a interpretar personajes de clase alta, por lo cual tuvo que trabajar duro para meterse en el papel. Ensayamos juntos siete u ocho meses antes de empezar a rodar. Hablamos mucho sobre el personaje, lo fuimos construyendo juntos.
–¿Es habitual para usted trabajar tanto tiempo con los actores?
–Sí, es lo que suelo hacer. Siempre ensayo mucho antes del rodaje, hablo mucho del personaje con el actor que va a interpretarlo. Me gusta llegar al rodaje con las cosas bien asentadas.
–En términos de puesta en escena, ¿se permite alguna libertad a la hora de rodar o se atiene a lo previsto?
–Esta es la primera vez en que busqué deliberadamente perder algo de control sobre la puesta en escena. Como el personaje y la historia estaban muy próximos a mí, quise tomar distancia y dejar que otros miembros del equipo tomaran decisiones. Por ejemplo, el director de fotografía. Como filmamos todas las escenas con dos cámaras digitales, con las escenas ya bien ensayadas les di libertad a ambos camarógrafos para seguir a los actores y filmar desde los distintos puntos de vista implicados en cada escena.
–La escena culminante, en la que Cornelia se enfrenta a los padres de la víctima, ¿también estaba muy ensayada?
–No, ésa no, porque como era una escena muy emocional quise dejarla librada a la intensidad del momento. La dejamos para el final de todo y “tiramos” pocas tomas, porque lo que buscábamos no era perfección visual sino crudeza emocional.
–¿Por qué usa tanta cámara en mano, incluso en escenas “quietas”, de interiores?
–La idea era que la cámara siguiera siempre bien de cerca a Cornelia, por una simple cuestión de atracción mía por el personaje. Y la mejor manera de no perderle pisada era con cámara en mano, aunque eso produjera inestabilidad. Siempre tuve claro que no quería planos fijos de larga duración.
–Lo cual es una de las características estilísticas más marcadas de lo que se conoce como “nuevo cine rumano”...
–Sí, puede ser que también haya buscado diferenciarme de varias de las películas más conocidas de mis colegas, probar formas menos exploradas.

Traducción y edición: Horacio Bernades (publicado en Página 12, el 30/04/14)

Actúan: Luminita Gheorghiu, Bogdan Dumitrache, Florin Zamfirescu, Natasa Raab, Ilinca Goia.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros