viernes, 24 de enero de 2014

La ladrona de libros





La ladrona de libros se basa en el best seller de Marcus Zusak y transurre en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial. Historia narrada a pura emoción que parte de una narradora en off muy peculiar, la muerte, personificada por un hombre, como en el clásico de Bergman de 1957 El séptimo sello. Superada la perplejidad inicial, se comienza a desconfiar de semejante narrador, el miedo no es sonso y la chica tiene muy mala prensa. La parca, para nada parca en esta versión, no hace sino enmascarar a la figura del autor, semidiós autoforjado que determina quién sobrevive y cómo en toda ficción.


Existen innumerables relatos de vida en la Alemania de la Segunda Guerra, dicha prepotencia numérica lleva a la conformación de lugares comunes que por suerte La ladrona de libros se encarga de sortear. Liesel (Sophie Nélisse) es una niña semianalfabeta que va a parar en custodia a la casa de Hans (Geoffrey Rush) y Rosa (Emily Watson). Hans y Rosa hacen unos cuantos malabares para mantenerse al margen de la histeria hitlerista. El pago de una deuda involucrará a Max (Ben Schnetzer), por cuya recuperación, Liesel, ahora una voraz lectora, robará libros.


La ladrona de libros es tanto el relato del nacimiento de una autora como del mantenimiento de la dignidad humana en medio del desastre moral. El inicio es detallado y el final elíptico, la historia cierra con unos cuantos puntos suspensivos que no referiré para no contar más de lo que es debido, pero que dejan preguntas abiertas no sobre la historia central aunque sí sobre las subtramas. Preguntas que de todos modos no inhiben que la trama luzca sólida y concluyente.


Sophie Nélisse a quien conociéramos en Monsieur Lazhar es una actricita hipnótica. Aquí está muy pero muy bien, sin embargo la cuestión idiomática influye, su actuación no fluye en inglés tan bien como lo hacía en francés. Geoffrey Rush ratifica que es un actor todoterreno al que se le puede pedir lo que sea que saldrá siempre airoso. Emily Watson hace un personaje  típico de la gran Tita Merello, la jetona bocadura que oculta un gran corazón. El desconocido Ben Schnetzer, si tiene suerte, logrará que su Max lo posicione mejor en el mercado laboral. Se luce también la estrella alemana Barbara Auer como la esposa del alcalde, dueña de una envidiable biblioteca.


Dirigió Brian Percival que en su haber tiene haber comandado unos cuantos capítulos de la ineludible Downton Abbey.  También se hace notar a fuerza de notas bien puestas el veterano John Williams que añade otra gran partitura a su frondoso  y envidiable currículum.


Ah, es magistral el uso que se hace en un momento de la trama de una bandera nazi, ejemplo de cómo combatir al enemigo con sus propias armas.


En resumen, una entrañable historia sensible que homenajea también a esa antigualla, que ojalá sea eterna, llamada libro.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 17 de enero de 2014

Familia peligrosa




Confieso que disfruté cada minuto de Una familia peligrosa (The family / Malavita) por los motivos equivocados, quizá. Desde la razón, no sé si es una buena película, desde los sentimientos, sí, plenamente. ¿Debido a? Uno) Es un homenaje afectuoso a De Niro (nunca está de más ratificarle que aparte de admirarlo lo queremos) Dos) Michelle Pfeiffer.  Y Tres) Cierta poética justiciera.


Pero remitámonos primero al argumento para ver si los motivos antes esgrimidos tienen sentido (o no). Los Manzoni o los Blake son una familia típica peculiar, compuesta por papá De Niro, mamá Pfeiffer y dos hijos adolescentes Belle (Dianna Agron) y Warren (John D’Leo). Peculiar porque llegan a la Normandía francesa bajo el programa de protección de testigos, ya que papá De Niro fue un mafioso que se arrepintió y que mandó a la cárcel a cierto capomafia de lo más memorioso y vengativo. El oficial a cargo, Tommy Lee Jones, les recomienda que dejen los buenos o malos hábitos detrás porque no puede relocalizarlos eternamente. Sabemos entonces que estamos ante una comedia negra que se las trae.


Luc Besson (Subway, Nikita, El profesional, El quinto elemento, Juana de Arco) filma a De Niro desde la primera escena en plan homenaje. Quiere, y sabe cómo lograrlo, que el personaje de De Niro dialogue con el pasado del impar actor.  El homenaje se volverá explícito cuando papá De Niro se vea obligado a presentar en el cine club del pueblo a, cha cha cha chan, Buenos muchachos. El juego metalingüístico, metacinematográfico o metacinéfilo es un deleite para fanáticos irredentos del Bobby como yo.


Y si de deleites se trata, Michelle Pfeiffer es uno indiscutido. La chica es hermosa, deslumbrante incluso en su otoño, actúa bien y tiene un pasado glorioso. La dirigieron hombres sabios y fue partener entre otros de Al Pacino, George Clooney, Bruce Willis, John Travolta, los hermanos Bridges, Sean Penn, Sean Connery, Jack Nicholson, Harrison Ford, Johnny Depp, Robert Redford, Daniel Day Lewis, Mel Gibson, John Malkovich, Mathew Modine, Alec Baldwin, Jeff Goldblum, Rutger Hauer, Mathew Broderick, a propósito no consigno los títulos para que se diviertan recordándolos. Famosa por su inseguridad, injustificable, devuelve siempre a fuerza de talento y magnetismo el importe de la entrada, como Michael Caine con quien también actuó. Con De Niro estuvo en un par de films anteriores pero se cruzaban en la alfombra roja y no en escena. Se lo debían y nos lo debían. Y ahora pagan. Con creces. Hay química y es una fiesta verlos juntos.


Este pueblito en el que recalan los personajes, como buen pueblito, es un infierno grande. Lleno de maleducados, prepotentes e hipócritas. Harán mal en meterse con los Manzoni / Blake. Que tire la primera piedra el que no quisiera castigar a los maleducados, prepotentes e hipócritas a los que soportamos civilizadamente todos los días. Claro, jamás los castigamos, pero los Manzoni / Blake sí (y cómo). Tanto que  algunas retribuciones pueden parecer excesivas, no por eso, con culpa o sin ella, las gozamos menos. El placer vicario del cine que le dicen.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 9 de enero de 2014

La increíble vida de Walter Mitty






The secret life of Walter Mitty de James Thurber es uno de los cuentos más deliciosos de la literatura estadounidense. Mitty, un hombre torpe, algo viejo, casado con una mujer mandona supera su gris realidad soñando despierto aventuras investidas de todos los lugares comunes de las historietas y las películas. Con su mujer van en auto a la ciudad en una visita semanal. Primero sueña que es un intrépido comandante naval que urge a sus hombres seguir viaje en un mar helado en medio de una gran tormenta de nieve. La mujer le pide que baje la velocidad, porque es invierno y las ruedas tienen cadenas antinieve, entonces el sueño se desvanece. Deja a su mujer en la peluquería, quien antes de bajar le pide que se ponga los guantes, él obedece. Conduce unas cuadras y se los saca. Los guantes lo instan a soñar que es un cirujano que realiza con éxito una operación peligrosa. Ubica mal el auto en el estacionamiento de un supermercado, el encargado le grita que se detenga, que le dé las llaves, que él se ocupará de hacerlo bien y el sueño desaparece. Entra a comprar unas galochas, tal como ordenó su mujer, sale y procura recordar qué más le pidió su mujer que comprara, recuerda finalmente que son unas galletas para el perro. Las compra. Sueña entonces que es un asesino, quien en medio del juicio reconoce ser un tirador experto y se incrimina. Va a esperar a su  mujer al hall del hotel, como hace siempre. Sueña entonces que es un as de la aviación en la primera guerra mundial que piloteará solo en una misión suicida un avión de doble comando para bombardear un hangar enemigo. La llegada de la mujer detiene el sueño. Salen juntos del hotel, la mujer decide entrar a una tienda y le pide que la espere afuera, él se apoya contra una pared, prende un cigarrillo, lo fuma y cuando lo tira, sueña que es el penúltimo gesto audaz que se permite antes de rechazar la venda y enfrentar un pelotón de fusilamiento.



Se publicó en 1939 en The New Yorker y fue tremendamente popular. Tanto que el sustantivo inventado a partir del apellido del personaje principal, Mittysmo, refiere a la capacidad de algunos hombres de evadir de la realidad a través de un mundo de fantasía.



Fue traicionado por el cine por primera vez en 1947, como un vehículo de lucimiento para los talentos de Danny Kaye. Convirtieron al personaje en un editor de novelitas de aventuras que se la pasaba soñando y que a decir verdad más que evadir la realidad, la concibe como el argumento de una ficción. Danny Kaye tuvo sus grandes momentos de humor físico y canciones cuyas letras enrevesadas emitía, tal como era su habilidad única, a la velocidad del rayo.



Ahora Ben Stiller vuelve a traicionar el cuento. Esta vez es un manipulador de negativos para el departamento de fotografía de la revista Life, que dejará de publicarse para pasar a ser sólo una edición online. Es un hombre gris y solitario que compensa su pobre y triste realidad con fantasías de heroísmo de distinto calibre. Sus sueños son chistes verbales, visuales, parodias de películas pochocleras, una sátira al súper bodrio de El curioso caso de Benjamin Button, (perdón si aman este film, la mía es solo una opinión) canciones, etc. La pérdida de un negativo del fotógrafo estrella (Sean Penn) lo obligará a dejar de soñar y a vivir aventuras verdaderas. Stiller armó una comedia melancólica con buenos momentos y otros no tanto, aunque el saldo es positivo, se sigue con agrado y deja un recuerdo entrañable.



Ambas versiones, tanto la de 1947 como la de 2013, fallaron en traducir la esencia del cuento, lo importante es que Mitty huya de una realidad adversa a través de un mundo de ficción, eso es lo que conmueve y despierta nuestra simpatía por él, y no que confunda realidad y ficción, o que compense realidad con ficción, lo que provoca otra empatía, más clínica, puesto que deja de ser un hombre débil que se fortalece con la imaginación para transformarse en un iluso desquiciado.



Para dejarlo en claro fue que comencé con el argumento del cuento. Walter Mitty es ante todo un superviviente. Es víctima de una esposa prepotente a la que obedece al pie de la letra y para no matarla o suicidarse, o ambas cosas, se refugia en un mundo de ficción y reemplaza cada orden a cumplir en un sueño heroico, no confunde realidad y ficción, ni compensa una con la otra. Es quizá un filósofo que sobrevive gracias a la ficción. Es un personaje fascinante y sin duda gozará de otra película como protagonista. Ojalá que la próxima vez no lo traicionen.



Un abrazo, Gustavo Monteros
 

Los distribuidores en su afán de vender mejor sus productos siguen con su costumbre de desvirtuar los títulos originales. Esta película se llama The secret life of Walter Mitty (o sea La vida secreta de Walter Mitty). Como “secreta” no les parecía con suficiente punch, lo cambiaron por “increíble”. Lo increíble es que se les haya ocurrido semejante idiotez. Muchachos, larguen el té de vodka y déjense de pavadas.

Una segunda oportunidad




Siempre procuro ser cohesivo, elocuente. Esta vez me permitiré balbucear, ser incoherente incluso.


 Si tienen más de 40 años, pongan su vida entre paréntesis por un rato y vayan a ver esta película. Si tienen menos de 40, vayan igual porque vislumbrarán lo que les espera. Que hacerse mayor no es crecer sino volverse más niño. Con disfraces de adultez.


Eva (Julia Louis-Dreyfus) una masajista (divorciada y con una hija lista para partir a la universidad) acompaña a su amiga psicóloga, Sarah (Toni Collette) y al marido de ésta, Will (Ben Falcone) a una fiesta en la que por separado conoce a Albert (James Gandolfini) y a Marianne (Catherine Keener). Saldrá con Albert y desde una relación profesional al principio desarrollará con Marianne una amistad. Que Albert haya estado casado con Marianne es una coincidencia de película que Eva descubrirá y callará… Hum…


Toda ficción es un artilugio y una comedia más todavía, como nunca la parte chispeante de la vida sin los momentos aburridos. Sin embargo, una buena comedia (y ésta lo es en grado sumo) desnuda más verdades que el más altisonante de los dramas. Porque el hombre en el fondo es ridículo, a pesar del alto concepto que tiene de sí mismo.


Los nudos de las comedias se atan mejor de a tríos. Y aquí hay varios. Al ya mencionado se suma que hay tres mujeres jóvenes (la hija de Albert y Marianne, la hija de Eva y su amiga Chloe) a punto de abrirse camino. Y claro sus madres que ya se han abierto camino. Hay dos ex maridos y un esposo. Y así sucesivamente. Después de verla desanden los tríos y disfrutarán aun más de sus relaciones y sus consecuencias.


Por ejemplo, Sarah (la inmensa Toni Collette) jamás dejará a su marido ni despedirá a su mucama, relaciones tan arraigadas como poco asumidas. Ser psicóloga la despista más que hacerla más sabia.


Una buena comedia se agiganta con actores que saben jugar las implicancias y el estilo. Y este elenco juega como nadie, mejor que nadie.


Esta comedia, más allá de todas sus virtudes, se destaca por ser el primer trabajo póstumo que se conoce de Gandolfini. Muchos lo han dicho y lo repito porque es exacto, el personaje que encarna aquí es el opuesto perfecto de su célebre Tony Soprano. Si Tony Soprano era un duro que dejaba entrever el tierno que había debajo, aquí su Albert es un tierno que deja entrever el duro que pueden desatar.


Perdón, llego tarde en mi recomendación, esta película ya se exhibe en horarios acotados: a las 21:15 y 23:15 en el Cinema Paradiso, pero es verano y es mejor ir al cine de noche. Tardé porque todavía estoy peleado con Gandolfini por haberse ido de gira. Y soy lento con los duelos… todavía no perdoné a Humphrey Bogart…


Un abrazo, Gustavo Monteros
 
 Ah, dirigió y escribió este film la buena de Nicole Holofcener (Amigos con dinero) y su título original es Enough said (Está todo dicho).

jueves, 2 de enero de 2014

El lobo de Wall Street



El lobo de Wall Street es una opción inmejorable para comenzar el año cinematográfico (aclaración necesaria, vi la estupenda Vida de Adèle en 2013). Es la primera película que veo este año y ya que estoy en primeras veces, es el primer film estadounidense adulto en muchos, muchos años. El regreso en plena forma de un Scorsese vigoroso, enjundioso, renovado.

El lobo de Wall Street es una película desaforada, pantagruélica, excesiva. Una comedia ácida, cínica, que incluso en sus momentos dramáticos es sarcástica. Trata de la iniciación, apogeo y caída de un corredor de bolsa real, Jordan Belfort, allá a fines de los ochenta y durante todos los noventa. El hombre es un reverendo hijo de puta interpretado con maestría por Leonardo Di Caprio, pero como estamos en tierras de Scorsese es tan repulsivo como fascinante. Es el film menos católico de Scorsese y no porque haya desnudos, orgías, y más drogas que nunca, sino porque es el menos inmerso en la culpa omnipresente. Es el retrato descarnado y por momento seductor de un mundo sin control entregado a la codicia, al egoísmo, a la corrupción del poder y dado a todos los excesos de sexo, alcohol y droga. Por lo tanto no es ningún cuento moral.

No baja línea, no apostrofa personajes ni conductas, no subraya posturas, sino que muestra vertiginosamente un mundo desquiciado que se fue bien al carajo. Es revelador el último plano con ese público todavía ingenuo, ávido, expectante. Y es allí donde surge la discusión ¿cómo es posible que ese tipo siga teniendo autoridad?, ¿cómo se llega a eso? Hay respuestas obvias, la inmoralidad del capitalismo, el vacío detrás del dinero a secas, las mentiras del sueño americano. Respuestas trilladas si las hay, aunque por desgracia, vigentes y rugientes. Porque Jordan es otro hombre que se hizo a sí mismo, que aprovecha la desregulación financiera para amasar fortuna vendiendo humo, bien lo aclara el personaje de Mathew McConaughey: “aquí (en Wall Street) no producimos nada, no construimos nada, vendemos y hacemos que no dejen de comprar y nos quedamos siempre con la comisión”, o sea el único que gana es el corredor, el intermediario. “¿Y los demás no ganan nada?”, pregunta Di Caprio. “En los papeles”, responde McConaughey e insiste, “se trata de que suban a la vuelta al mundo y no bajen jamás”. Ya se sabe, la Bolsa es una timba en la que sólo los tahúres más avezados ganan, los demás, los que no saben dejar de apostar a tiempo se quedan sin nada. La cuestión es que el humo que trafican tiene, a la larga, consecuencias en el mundo real, gente que se queda sin ahorros, sin casa, sin futuro. En esto, el film trabaja por implicancia, no nos muestra esas consecuencias devastadoras, no lo necesita, las conocemos demasiado bien. Nos muestra el brillante parque de diversiones con su vuelta al mundo, su calesita, no la miseria que deja alrededor.

A los cinco minutos de iniciado el film, y no exagero, sabemos que estamos ante una obra maestra. Y por suerte nos quedan dos horas y 55 minutos más que se pasan a plena adrenalina. No nos escamotea el gran Martin sus travellings magistrales, su musicalización perfecta, la secuenciación impecable. Lo nuevo (o casi, porque algo de esto ya aparecía en Después de hora) es la comedia física, no daré ejemplos para no arruinar sorpresas, pero son fáciles de identificar.

Y como en toda película de Scorsese, las actuaciones son fabulosas. Todas. Sin embargo, es imposible no destacar el delirado histrionismo de Mathew McConaughey, la naturalidad de Rob Reiner o la suprema inspiración de Jonah Hill. Pero la sorpresa, créase o no ya que nunca fue tacaño con su talento, la da Di Caprio. Los monólogos inspirativos y las peleas filmadas en una sola toma lo muestran capaz de sostener, bastonear, calibrar pasajes de cambiantes emociones, matices y subterfugios.

En resumen, una obra que perdurará, que de tan creativamente libre parece setentista, aquella época dorada en que la última palabra la tenían los creadores y no los fabricantes de pochoclos. Un film que respira audacia, libertad, adultez, genio.
Un abrazo, Gustavo Monteros

miércoles, 1 de enero de 2014

La vida de Adèle



La vida de Adèle del franco-tunecino Abdellatif Kechiche (Juegos de amor esquivo, Cous Cous, la gran cena) es un relato de iniciación, de aprendizaje, pero por sobre todo es una historia de amor.

Adèle (Adèle Exarchopoulos) camino de una cita con un chico que gusta de ella, se topa con Emma (Léa Seydoux) (Bastardos sin gloria, Medianoche en París) muchacha de pelo azul que será el amor de su vida o el del inicio de su vida, porque el título del film agrega como aclaración que cree necesaria Capítulos uno y dos.

La película ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes de 2013, y como el film que gana el premio mayor no puede aspirar a otros lauros, el presidente del jurado, Steven Spielberg, hombre que de cine entiende un poco, sugirió que el premio fuera compartido entre el director y las actrices. Más que un gesto de caballerosidad, un simple acto de justicia. Esta historia sin este director y sin estas actrices no sería lo que es, un prodigio de expresividad, de indagación, de cercanía.

Kechiche, como la argentina Anahí Berneri en Por tu culpa (2009), filma como si quisiera beberse la verdad de los personajes. Su curiosa cámara más que cerca parece estar encima de las actrices, quienes lo entregan todo y exhiben profundidades de deseo, de desolación, de arrebatamiento.

Aparte de la deslumbrante veracidad de las actrices, dos aspectos sobresalen. Confieso que me asusté un poco cuando me enteré de su duración: tres horas. Temor inútil porque al metraje no le sobra ni un segundo. El film tiene además de los vaivenes pasionales y sentimentales, una textura literaria (se vuelven relevantes y reveladoras las discusiones sobre Marivaux, Chaderlos de Laclos y Sartre), política (la necesidad de defender la educación pública, la importancia de la marcha del orgullo gay y el enfrentamiento constante contra la homofobia) y social (la diferencia de clases de Adèle y Emma no es un tema menor).

En cuanto al otro aspecto que armó y armará revuelo es la representación del sexo. Las actrices negaron que se tratara de sexo real, pero las largas y ardorosas escenas tienen una notoria similitud con lo verdadero. Julie Maroh, la autora de la novela gráfica en que se basa el film, Le bleu est une couleur chaude (El azul es un color cálido), y de la que Kebiche, según se dice, se apartó mucho, declaró que estas escenas son la fantasía de un hombre para satisfacer al público heterosexual. Como sea, la polvareda está levantada, aunque, si me permiten una levedad, diré que el sexo siempre dará motivo a la enardecida polémica, a la dura discusión y a la sostenida erección del debate.

En resumen, La vida de Adèle es un film único, un auténtico festín para espíritus libres.
Un abrazo, Gustavo Monteros