viernes, 7 de diciembre de 2012

7 días en La Habana


 Tengo una teoría (absurda y rebatible como todas las mías) de que una ciudad es mítica si es fuente de o se la menciona en muchas canciones. Según este lineamiento, ya que, sin esforzar mi cada vez más pobre y devastada memoria, puedo recordar al menos siete canciones que tienen de eje o trasfondo a La Habana, concluyo que esta ciudad, al igual que Buenos Aires, París, Roma o Bahía, es mítica. No me extraña entonces que una compañía cinematográfica decida reunir a siete directores que hagan transcurrir unos cortos allí.
 
Les dieron cuentos o guiones de Leonardo Padura como referencia. Algunos (Del Toro, Medem, Tabío) tomaron a Padura al pie de la letra, otros (Trapero, Noé, Cantet, Suleiman) desarrollaron ideas propias.
 
El lunes corresponde a Benicio del Toro que abre con su corto El Yuma. A Teddy ( Josh Hutcherson) un actor norteamericano que viene a estudiar en la Escuela de Cine de La Habana, el chofer que le asignaron le da a conocer una noche típica y Teddy, muy borracho, se engancha con la chica equivocada.
 
El martes es de Pablo Trapero y su corto se llama Jam Session. Un director de cine (Emir Kusturika interpretándose a sí mismo) viene a recibir un premio y descubre que su chofer es un gran músico.
 
El miércoles es para Julio Medem (Los amantes del círculo polar, Lucía y el sexo) y su capítulo se titula La tentación de Cecilia. Una cantante se debate entre el amor de su novio, un jugador de béisbol en la mala y la promesa de una vida mejor con un productor español, (Daniel Brühl, el protagonista de Goodbye, Lenin).
 
El jueves es del palestino Elia Suleiman (Intervención divina) y su Diary of a beginner. Un hombre (el propio Suleiman) llega para entrevistar a Fidel y la espera será un laberinto.
 
El viernes le toca a Gaspar Noé (Solo contra todos, Irreversible) y su Ritual. Los padres de una chica descubren que ella es lesbiana y deciden someterla a un exorcismo.
 
El sábado es el turno de Juan Carlos Tabío (codirector de Fresa y chocolate y Guantanamera) y su opus se intitula Dulce amargo. Una psicóloga que da consejos por televisión redondea sus estipendios realizando pasteles.
 
Y el domingo es todo de Laurent Cantet (Recursos humanos, El paso del tiempo, Bienvenidas al paraíso, Entre muros) que cierra con La fuente. Una mujer devota sueña con que la virgen le pide una fuente y una fiesta así que todos los vecinos deben ponerse manos a la obra.
 
Como en toda antología, algunos gustan más que otros u otros parecen mejor acabados que algunos. En lo personal, el que menos me gustó fue el Tabío, su realismo me resultó pasado de moda. Los que más me gustaron fueron los de Trapero, Suleiman y Cantet. El de Trapero me conmovió. El de Suleiman con su leve humor absurdo es poético y evocador. Y el de Cantet deleita aunque un poco más de desarrollo no le hubiera venido nada mal. El de Noé es un ejercicio visual y como tal un poco frío, aunque el abrazo final le da un poco de calor. Los del Del Toro y Medem me gustaron a secas. El Del Toro está bien, pero el final pesa más que el desarrollo. Y el de Medem deambula terreno conocido, el del melodrama de la estrella (en ciernes en este caso), típico de las viejas y queridas películas de cantantes.
 
Sea cual fuere el veredicto que le demos al todo o las partes, lo que está más allá de toda discusión, a menos que seamos sordos u odiemos lo que se cifra en los pentagramas, es la belleza de la música.
 
En resumen La Habana emerge más mítica después de esta película. Los mitos se reavivan a fuerza de homenajes. Y los viajecitos, incluso los vicarios-cinematográficos nunca vienen mal.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 1 de diciembre de 2012

7 psicópatas


 El bueno de Colin Farrell en un arrebato de entusiasmo cae en una barrabasada lógica para describir esta película, dice que es “muy única”. Algo así como el viejo chiste de la mujer que insiste en que sólo está un poco embarazada. La unicidad como el embarazo no admite aumentativos, diminutivos ni medias tintas. Pero por puras ganas de embromar, aceptemos por un rato el absurdo que nos propone Colin (después de todo, despropósitos mucho peores y menos simpáticos hemos aceptado en nuestra vida) y preguntémonos ¿es tan así? ¿Es tan muy única esta película? La respuesta es quizá, aunque para evitar discusiones, yo focalizaría la descabellada descripción en la figura de su autor y director, Martin McDonagh. El hombre de quien conociéramos por estos parajes La reina de la belleza de Leenane y The pillowman (en teatro) y Escondidos en Brujas (en cine) es de verdad “muy único”. Dos notorios atributos le dan singularidad: un salvaje humor irlandés y un peculiar manejo de la violencia. Más otros que no le son privativos y que (gracias a Dios) comparte con muchos otros: un ejemplar manejo de la estructura dramática y una desbocada imaginación.
 
Ahora bien, ¿por qué no coincido con Colin y le atribuyo lo de muy único a McDonagh? A las pruebas me remito. Marty (Farrell) es un guionista empantanado que debe escribir un guión llamado 7 psicópatas. Un amigo, Billy (Sam Rockwell) que se dedica junto con Hans (Christopher Walken) al secuestro de perros para luego pedir rescate, lo ayuda a salir del paso contándole historias de asesinos. Pero no va que Billy y Hans secuestran el Shih Tzu de un mafioso (Woody Harrelson) de lo más apegado a su mascota, quien no dudará de apretar el gatillo para recuperarlo.
 
Como puede verse todo es muy “Tarantino” con un juego metacinematográfico (se discuten las dificultades de un guión que se reflejan en lo que uno ve en pantalla) muy “Charlie Kaufman”. Eso sí, los personajes y los diálogos son muy “McDonagh”. El resultado es desparejo aunque disfrutable y entrañable. Porque McDonagh es un hombre de talento y cuando la pega, vuela alto muy alto.
 
Contribuye al deleite el antológico desempeño del elenco mencionado, al que se suma el gran Tom Waits, y el lujo de contar en breves participaciones con Michael Pitt, Michael Stuhlbarg, Harry Dean Stanton y Gabourey Sidibe (la inolvidable protagonista de Preciosa).
 
7 psicópatas ganó el Premio del Público en el último festival de Toronto, lo que es muy comprensible, porque más allá de (o debido a) sus desniveles, su violencia feroz, su provocadora incorrección política (hay líneas poco halagüeñas sobre las mujeres, los gays, los negros, los ingleses, etc.) el todo es muy irreverente, absurdo y altamente divertido (al menos para los que gustamos de ciertas excentricidades y buenas actuaciones.)
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 23 de noviembre de 2012

Curvas de la vida

Si los hombres pequeños nos desdecimos ¿por qué no habrían de hacerlo los grandes? Hace unos años, Clint Eastwood anunció que se retiraba de la actuación, pero una buena mañana se levantó y dijo: Quiero volver. Los que lo queremos y lamentamos que se hubiera retirado y hasta derramamos un lagrimón, no nos íbamos a quejar por la incoherencia y su vuelta. Todo lo contrario. Reprimimos un expresivo ¡Iupi!  por infantil y femenino y emitimos un estentóreo ¡Bueno, carajo!, más en consonancia con su perfil hipermaculino y testosterónico.
 

Primer día de exhibición, primera función y ahí estaba yo con una botellita de agua y un cuaderno de 24 hojas como eventual abanico, porque últimamente en los cines locales no prenden el aire acondicionado a menos que reúnan 200 espectadores sudorosos y al borde del motín. (El domingo pasado vimos la excelente Infancia clandestina mientras nos cocinaban a fuego lento, salimos agradecidos y ¡muy transpirados!).
 

Bueno, la cuestión es que ahí estaba yo y ahí estaba de vuelta Clint Eastwood con su personaje de estos últimos años, el viejo gruñón, mal arriado pero con un buen corazón oculto detrás de cinismos y amarguras varias. Esta vez era Gus, un cazatalentos de beisbol con serios problemas de vista, que debe ir a Carolina del Norte a espiar a un gordito prometedor. Uno de sus jefes y un amigo de toda la vida, Pete (John Goodman), ve que ya no puede arreglárselas solo y así se lo dice a la hija de Gus, Mickey (Amy Adams) una abogada a punto de ser nombrada socia en el bufete para el que trabaja. Mickey tiene unas cuantas cuentas pendientes con su padre, entre otras la de haber sido enviada con unos tíos a sus seis años cuando su madre murió. En Carolina, padre e hija se toparán con Johnny (Justin Timberlake), un ex hallazgo de Gus, al que una lesión dejó fuera del beisbol y que espera le den un trabajo de relator deportivo, entonces…
 

No sé si por la botellita de agua, o por qué otra cosa, la cuestión es que mientras veía la película me vino a la mente esa propaganda de una gaseosa en la que una chica en un cine chupetea un sorbete, ríe y llora por lo que ve en pantalla, y en off se oye la voz de un crítico que está haciendo bosta el film que ella tanto disfruta. En mi caso la voz de la conciencia me decía: No podés estar disfrutando esta historia más previsible que la sucesión de las estaciones, con trucos más desmontables que los de un torpe aprendiz de mago. Al rato la voz se calló porque yo disfrutaba más que un perro callejero al que le acarician el lomo. Si el viejo Hollywood todavía existiera, ésta sería una historia de típica película B, una excusa para lucir los talentos de actores en personajes probados y aprobados por el público. Y era por eso que yo compraba todo lo que me vendían, por la simpatía de Justin Timberlake, por la sensibilidad de Amy Adams, por la humanidad de John Goodman y por el magnetismo de Clint Eastwood. Suspendía toda pretensión y gozaba a lo grande. Eastwood le cedió esta vez la dirección a Robert Lorenz, su asistente de dirección en los últimos 15 años. Lorenz respetaba el clasicismo de Eastwood y subrayaba la pertenencia de la historia al viejo cine B.
 

Todo termina como corresponde o sea bien. Tampoco era cuestión de arruinar un amable cuento tradicional con rispideces de la realidad ramplona.
 

Ah, los hados estaban de nuestra parte y nos pusieron el aire acondicionado, aunque como el cine es medio grandecito, la atmósfera se volvió respirable cuando la película casi terminaba. No me importó, ni con la calefacción al mango hubieran empañado mi reencuentro con Clint. Cuando uno se reencuentra con un amigo después de algunos años ¿a quién carajo le importa la temperatura de la escenografía?
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 9 de noviembre de 2012

Bel ami - Cosmópolis



Esta crónica bien podría titularse Robert Pattison x 2. El muchacho es el protagonista de la saga de Crepúsculo, fenómeno del que por distintas razones permanecí al margen. Por esas cosas de la vida (y de la distribución cinematográfica) aparece esta semana, no en uno sino en dos de los estrenos. No diré que me disgustó conocerlo (supuestamente lo había visto en Harry Potter y el cáliz de fuego, pero no lo recuerdo) aunque no creo que me convierta en su fan.
 


Arranqué con Bel Ami. En la primera escena aparece mal dormido, mal comido y sexualmente mal atendido y uno dice: Pobre, se le nota en la cara. En la segunda escena ya se supone que ha comido, dormido, etcétera y la cara sigue igual, entonces uno dice: Pobre, se ve que es así. Puede que para vampiro su cara fuera ideal, sin embargo para el drama sutil o el drama a secas, la cara mucho no lo ayuda. No es un negado, parece entender el trabajo “técnico” del actor, llora cuando hay que llorar, sonríe a tiempo, maneja algún que otro subtexto, pero no sabe darle “organicidad” a su actuación, como si entendiera escena por escena pero no al personaje. Y falla en el aspecto clave de su papel: no tiene ni idea de lo qué es “seducir”. Las mujeres caen rendidas a sus pies más por imperativo del guión que por algún indicio que él les brinde.
 


Bel ami se basa en la novela homónima de Guy de Maupassant que retrata el ascenso de un pobre diablo por su donosura, manipulando el deseo de influyentes mujeres, claro, y hay mucho amor, traiciones varias, resentimientos ineludibles más una subtrama política de engaño y corrupción. Siempre habrá adaptaciones de cuentos y novelas de Maupassant, ya que sus tramas son ricas y pletóricas de personajes atrapantes que se prestan idealmente al registro cinematográfico. Pero esta adaptación con un guión poco feliz de Rachel Benette y una dirección tan sutil como una alisadora de caminos de la dupla Declan Donnellan - Nick Ormerod (fundadores y mentores de la compañía teatral inglesa Cheek by Jowl) figurará entre las peores. No tiene textura, detalles, profundidad. Los rubros técnicos desperdician talento y belleza, una pena, uno les desea un mejor guión y dirección. Tanto la dirección de arte, el vestuario y la música son lisa y llanamente bellísimos. Las damas son un capítulo aparte. Son nada más ni nada menos que Uma Thurman, Kristin Scott Thomas y Christina Ricci. Hacen el habitual, y esperable en ellas, derroche de talento, aunque terminan por naufragar. A la Ricci le va un poco mejor, a la Thurman le va peor y a la Scott Thomas le va más o menos porque su personaje da un vuelco no muy justificado por el guión que ella lleva a cabo con fe y gracia. De todos modos verlas es siempre un placer.
 


En resumen, si tiene que perder un par de horas, llueve a cántaros o hace un calor abochornante, está frente al cine y justo está por empezar, puede verse. No acariciará el alma pero tampoco da dolor de muelas.
 


Sigo con Cosmópolis de David Cronenberg. Aclaración necesaria: me gusta el cine (obvio) y el cine de Cronenberg me gusta… a veces. Una historia violenta (2005) es una de mis películas favoritas, recuerdo con agrado Pacto de amor (1988) y Promesas del Este (2007), mientras que a otras, que prefiero olvidar, las padecí. En mi ranking personal Cosmópolis está más cerca de las últimas que de las primeras. Quizá soy injusto, quizá sólo llega en un momento en que no puedo apreciar sus valores. Se centra en un viaje en limusina de un joven multimillonario, un rey de las finanzas, que debe atravesar la ciudad para cortarse el pelo. Hay algo así como una odisea, la ciudad es un caos porque la visita el presidente de la nación y se lleva también a cabo el funeral de un rapero muy popular. La acción transcurre casi todo el tiempo en la limusina, a ella se suben distintos personajes que guardan estrecha o ninguna relación con el millonario. El diálogo oscila entre la solemnidad, la altisonancia y la amenaza velada y un poco absurda típica de las primeras obras de Pinter. Debo confesar que a la hora me harté y me fui. Vi la participación siempre luminosa de dos actrices que amo: Juliette Binoche y Samantha Morton. Me perdí la actuación de dos actores que admiro: Mathieu Amalric y Paul Giamatti. En algún otro momento la veré completa o quizá no. No puedo decir que es un bodrio porque es evidente que el film tiene sus valores. Afirmaré en cambio que no es para mí o no es al menos lo que me interesa ver en este momento. Por ahí me estoy poniendo viejo y ya no soporto la pretenciosidad que se finge genial o profética. O mi formación, mi experiencia me llevan a rechazar los extremos, no me gusta el cine pochoclero anodino ni tampoco el intelectualismo que aburre para ser profundo. Insisto, otros quizá disfruten de esta adaptación de una novela de Don DeLillo que a mí no me da tampoco ganas de leer. Pero no me lleven el apunte, véanla, quizá descubran que soy un tonto de capirote digno de lástima o desprecio.
 


Ah, a Robert Pattison, por lo que pude ver, le va mejor que en Bel ami. El personaje y el llevar anteojos negros le sienta bien a su registro actoral y a su cara extraña y un poco desangelada.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 26 de octubre de 2012

Histeria




El 2012 será recordado como el año del consolador (al menos en cuanto a representación dramática se refiere).
 

En realidad todo comenzó algunos años atrás, cuando a Sara Ruhl, dramaturga estadounidense, una amiga le recomendó el libro Technology of Orgasm de Rachel P Maines sobre la historia del vibrador (así se lo llama en las culturas anglosajonas). Sara se enteró de que a fines del siglo XIX el artefacto se usaba para tratar la “histeria” femenina, entendida como la acumulación de fluidos en el útero. Curiosamente este tratamiento médico no se consideraba “sexual” porque se creía que la mujer no tenía “deseo”, de modo que el concepto “orgasmo” era inconcebible. A Ruhl la sedujo la contraposición de gazmoñería victoriana y sexualidad y escribió In the Next Room, or the Vibrator Play (En el cuarto de al lado o la Obra del Consolador).
 

A principios de este año, Helena Tritek estrenó En el cuarto de al lado para el público porteño en una puesta elegante, sensible, inolvidable. El elenco era soñado. Luciano Cáceres era el Dr. Givings, el médico encargado de administrar el tratamiento del “masaje pélvico que conduce al paroxismo y alivia la histeria”. Gloria Carrá era Catalina Givings, su esposa, curiosa a más no poder por saber lo que ocurre “En el cuarto de al lado” o sea el consultorio en que se administra la cura. Gipsy Bonafina era Ana, la asistente del doctor, dueña de un secreto inconfesable para los parámetros de la época. Victoria Almeida era Sabrina Daldry, una joven paciente necesitadísima de que la traten. León Bara era el Sr. Daldry, su esposo, un hombre muy de sus tiempos, o sea, ignorante e insensible. Esteban Meloni era Leo Irving, un pintor perturbado que decide probar la cura. Y Erica Sposito era la nodriza de la bebé de Catalina, Isabel (como la Sarli) mujer de bellos pechos a la que el pintor no tarda en convertir en una “madonna”. La obra de Ruhl está construida con inspiración y arte, tiene ternura y un humor muy sutil. La Tritek tuvo el buen tino de llamar a un especialista en protocolo y conducta social de la época y logró que los actores fueran conscientes de las restricciones de comportamiento de sus personajes. Esto llevó a que emergiera conmovedoramente el sustrato de la obra: las convenciones sociales no persiguen la felicidad del hombre sino el mantenimiento de estructuras de poder. Las virtudes de obra, elenco y dirección se vieron realzadas por una escenografía bellísima (y me quedo corto) de Eugenio Zanetti y por un vestuario igualmente deslumbrante también de este argentino ganador de un Óscar. Y las expresivas luces de Jorge Pastorino no le iban a la zaga. Los productores y el elenco confiaron en que el “boca a boca” hiciera despegar la obra y la transformara en un éxito, algo que por desgracia no pasó. Una pena porque era un espectáculo magnífico. En nada pude contribuir porque, como buen papamoscas que soy, asistí a la última función.
 

Cuando me enteré de la existencia de la película Hysteria creí que era una versión cinematográfica de la obra. Pero no. La directora Tanya Wexler abreva en el mismo contraste de restricción victoriana y “liberación de fluidos” pero persigue otro derrotero: el de la comedia romántica con “ingredientes”, como me gusta llamar a estos híbridos. Siendo sus “ingredientes” el mentado consolador, la liberación femenina, y la medicina para ricos versus la que favorecería a los desprotegidos. Ostenta un humor más directo que el de la obra de Ruhl, sin por eso caer en lo chabacano. Una comedia amable y simpática, por momentos desorientada, como si no supiera del todo qué quiere contar. El elenco, que interpreta esta historia de un doctor mayor, dos hijas en edad de merecer, un médico joven que heredará la consulta del consolador y un amigo que lo sacará de apuro añadiendo electricidad al aparatito, es de primera: Jonathan Pryce, Hugh Dancy, Felicity Jones y un irreconocible Rupert Everett (¿qué diablos se hizo en la cara?), pero quien vuelve a la película ineludible es Maggie Gyllenhaal. La chica destella encanto, seducción e inteligencia en un papel que fue descripto con justeza por Fernando López “como para una Katherine Hepburn joven”. Verla es una verdadera delicia.
 

Gyllenhaal confesó en un reportaje que le llamó la atención el sonrojo que todavía provoca el consolador; como recuerda bien hizo papeles más lanzados (La secretaria película que la puso en el mapa trata sobre una relación sadomasoquista) que despertaron menos revuelo que hablar de este aparatito eléctrico. Y sí, es así, los consoladores son tan viejos como el hombre y como ilustran los estupendos créditos finales de este film los hay de una variedad infinita, pero se los nombra y hay un poco de escozor. La conclusión es evidente, hoy hablamos de sexo hasta por los codos, pero la auténtica libertad sexual nos elude, sigue siendo una utopía.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

En la foto de arriba se ve a Gloria Carrá y Luciano Cáceres en una escena de El cuarto de al lado. En la de abajo se a Maggie Gyllenhaal, Rupert Everett y Hugh Dancy en una escena de Histeria.

viernes, 19 de octubre de 2012

Moonrise Kingdom - Un reino bajo la luna




Con Moonrise Kingdom – Un reino bajo la luna, Wes Anderson se gana el derecho al adjetivo. Tal como en algún momento de sus carreras, Visconti, Fellini o Bergman se ganaron el derecho a que aspectos de su cine se definieran como Viscontianos, Fellinianos o Bergmanianos. Ya hay un cine Andersoniano que se reconoce al primer fotograma. Los tableaux (la distribución de los personajes como si estuvieran en un cuadro), la consistente paleta de colores o tramas (la escenografía y el vestuario presentan matices de un mismo color o de colores hermanos que se engarzan con patrones afines), el humor asordinado, implosivo casi, la aparente distancia emotiva de los conflictos que más que vivirse en carne viva lucen como la recreación de un viejo dolor. Y los personajes. Únicos. Seres desencantados, frustrados, un poco deprimidos pero con un resto de voluntad para intentar una peripecia que los rescate.


Si han visto alguna de sus películas (Bottle Rocket (Buscando el crimen, 1996), Rushmore (Tres son multitud, 1998), The Royal Tenenbaums (Los excéntricos Tenenbaums, 2001), Vida acuática, 2004 y Viaje a Darjeeling, 2007) tienen ya una idea clara de lo que hablo.


Moonrise Kingdom – Un reino bajo la luna transcurre en la isla imaginaria de Penzance en 1965. Y como el título sugiere hay algo de cuento para chicos. Las fugas de dos preadolescentes motorizan el relato. Sam (Jared Gilman) huye de un campamento de scouts y Suzy (Kara Hayward) se escapa de la casa de sus padres (el inmenso Bill Murray y la no menos grande Frances McDormand). Y no cuento más para no arruinarles el gusto de descubrir lo que sigue. Básteme decir que habrá epifanías del primer amor y que como siempre en Anderson, los adultos son como niños y los niños como adultos.


A las singularidades de la puesta en escena, se le suma una bella partitura de Alexander Desplat, con obras de Benjamin Britten como invitadas de lujo. Y el elenco es maravilloso. Del primer niño al último adulto prodigan expresividad. A los mencionados, hay que agregar a Edward Norton, Tilda Swinton, Jason Schwartzman, Harvey Keitel, Bob Balaban, y dejo para el final a mi favorito en ésta y en tantas otras películas: Bruce Willis, que ratifica ¿alguien acaso lo duda? ser un gran actor. 


Faltaría a la verdad si no dijera que es una de las películas más hermosas y elegantes que vi en mi vida. Perdonen mi arrebato de entusiasmo, pero es una de las mejores películas que veremos este año. Si no han tenido la dicha de ver alguna de sus películas anteriores (hasta la menos lograda libera endorfinas) Moonrise Kingdom – Un reino bajo la luna es la introducción perfecta a una visión del mundo que de ahora en más sólo puede calificarse de Andersoniana.

Un abrazo, Gustavo Monteros

¡Lo logramos!



Casablanca entró entre las cinco películas más vistas del fin de semana pasado. Vamos por más. Ojalá que como El padrino el año pasado esté unas cuantas semanas en cartel. ¡Sí a los reestrenos! ¡Sí a los clásicos! ¡Sí al auténtico cine!
 

"RECAUDACION 
Cantidad de entradas vendidas del jueves al lunes en la salas de la Ciudad por las cinco películas más taquilleras. 

1.- Hotel transylvania 1.672 
2.- Búsqueda implacable 1.442 
3.- Ted 977 
4.- Resident evil 659 
5.- Casablanca 595"

jueves, 11 de octubre de 2012

Con C de Cine






El cine es un embuste que compartimos con los que decidieron pagar una entrada a la misma hora que nosotros. Una luz titilante que destella mentiras que elegimos creer. Una impostura de vida sobre un trapo sucio más real que despertarnos o morir porque tiene un propósito. El de embaucarnos en el olvido de que estamos solos. Un milagro frágil que se fortalece porque se vuelve recuerdo. Fotos móviles de actores maquillados con emociones fabricadas contra un fondo de decorado o paisaje. Un truco de feria tan barato como el exorcismo a un desposeído que el ingenio del hombre, llamado tecnología, ha hecho tan tangible como el pan y nítido como una campana.
 
Años atrás, muchos, era pobre de ciencia y rico de magia. Bastaba que Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se encontraran en Casablanca para que supiéramos qué era un ideal y muriéramos de amor. Hoy eso se ha perdido. Pero ha vuelto por un ratito y nos necesita más que nunca.


Aunque la hayamos visto mil veces o ninguna, con ganas o a la fuerza, con dolor de alma o de estómago, llenemos todas, todas, todas las funciones de Casablanca. Con extorsión de afectos o a punta de pistola, llevemos a padres, hijos, vecinos y porteros, a esposos compartidos, novias olvidadas, amantes imaginarios, putas castas, amigos traicioneros o enemigos fieles, colemos las mascotas, embanderemos al hincha, endominguemos al zaparrastroso, arrastremos al deprimido y hasta carguemos los fantasmas. Todos valen y cuentan.

Sólo así volverán Lawrence de Arabia, Barrio Chino, Cabaret, El gatopardo, El ciudadano, Cartouche, Amarcord, El séptimo sello, Umberto D, Los diez mandamientos, Los niños del paraíso, Ben Hur, Cantando bajo la lluvia (o la que quieran o elijan) al galpón al que pertenecen: EL CINE.

Casablanca se exhibe en el Cinema City (50 e/ 9 y 10) y va a las 14:15 - 18:45 - 21:00 - 23:10 – (y el sábado en trasnoche a la 1:25). Vayamos ahora, hoy, ya, no lo dejemos para la semana que viene porque quizá ya no esté en cartel. Dejemos de contentarnos con sucedáneos pobres, demostremos que hay un público para los clásicos.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 28 de septiembre de 2012

Tournée


Esta vez, el título y el afiche lo dicen todo. Tournée es la historia de la gira de una compañía de burlesque estadounidense por ciudades de Francia. Cinco mujeres de distinta contextura y edad más un hombre componen la compañía. Una de ellas toca el piano y canta, los demás se desnudan. Como le enseñan las strip-teaseras a la bisoña Gypsy Rose Lee en el musical Gypsy, en el burlesque, el arte de desnudarse al ritmo de la música, lo esencial es tener un “gimmick”, es decir un truco que te distinga, que haga que tu acto sea original. Estas chicas y el muchacho lo tienen. Los números van del clásico strip con abanicos, hasta el novedoso meterse dentro de un globo gigante. Y las personalidades artísticas van desde la veterana que hará su gracia aunque tenga el corazón roto hasta la novata que no se anima todavía a quitarse todo. La compañía es una hermandad forzada con su solidaridad y contención. Andar por tu cuenta es muy solitario, dirán en algún momento. Como en toda gira, los aplausos mitigan sólo en parte la nostalgia de estar lejos de casa. No hay aquí promiscuidad ni vicios ni perversiones. Son gente más o menos normal (¿quién lo es del todo?) que hace un trabajo como cualquier otro. Todo trabajo tiene sus reglas, sus obligaciones, sus responsabilidades, las de éste serán un poco más llamativas y extravagantes que las de ser maestro o bancario, pero hay que ser igual de dedicado si se quiere recibir con dignidad el sobre de la paga.

Tournée (segundo largometraje como director del extraordinario actor francés Mathieu Amalric, La escafandra y la mariposa, Un secreto, 007 Quantum of solace), es una variación del viejo género de la road-movie, la película de caminos. El viaje perfila, define y desnuda a los personajes. Lo apasionante es que esta vez nada se explicita del todo, se evitan las disculpas y las obviedades. Los personajes son lo que son y sus historias más que conocerse, se atisban. Es como si los espiáramos a través de un documental o un reality.

La Meca de la gira es París, que se muestra esquiva, porque el empresario tiene demasiadas cuentas pendientes en la exquisita ciudad luz. No parece ser un mal tipo, aunque una juventud impetuosa le ha dejado unas cuantas macanas impagas. Ya se sabe, la juventud es soberbia, y desatada, suele llevarse el mundo por delante. Y si el éxito no es la recompensa, los platos rotos no se enmiendan solos. Cree que ahora puede hacerlo bien, tiene un as ganador, esta compañía de New Burlesque es buena, pero hay que ver si lo dejan, porque hay heridas que tardan en cicatrizar o no cicatrizan nunca.

Tournée ganó una Palma en Cannes por mejor dirección. No procura conmover ni seducir con los habituales trucos berretas del cine yanqui: no hay aquí personajes simpáticos de dientes emblanquecidos ni lágrimas de cebolla ni violines machacones que si no te hacen llorar por las buenas, quieren hacerte llorar por dolor de muelas de tan puro empalagosos. Y, por suerte, tampoco las triquiñuelas del cine arte francés con sus encuadres pictóricos y sus diálogos erráticos. No, hay sencillez, elegancia, gusto por los detalles reveladores y parsimonia (no esperen un ritmo trepidante o la odiarán cuando no se lo merece). Es un film que apuesta por los personajes, que el elenco ilumina con fervor, y gana. Como toda película de caminos ratifica la metáfora de que la vida es un viaje y, claro, se viaja como se puede, se aprende a los tumbos y se confía en que la nueva parada será mejor.

Un abrazo, Gustavo Monteros
El elenco con su protagonista y director en la presentación del film en Cannes.

Otra variación del afiche.

viernes, 21 de septiembre de 2012

¡Feliz primavera!

¡Feliz primavera! Perdón, pero he tenido poca suerte y me ha llegado una traducción más larga que la guía telefónica de Nueva York así que otra vez no podré ir al cine. De todos modos, de la ventana de mi prisión se ve un sol que deja pocas ganas de perderlo en la oscuridad de una sala. No se preocupen, pronto volveré a mi antiguo vicio de hablar de las películas. (Eso espero...)

En la foto dos íconos. Uno del cine (Sophia ¿necesita presentación?) Loren. Otro de la pintura (bueno, ya saben quién). Dos modelos de belleza imperecedera. (Aunque uno es más lindo que el otro ¿tengo que aclarar cuál?... Una chanza, claro)

Abrazo grande y gracias

Gustavo Monteros

domingo, 16 de septiembre de 2012

Sepan disculpar



Sepan disculpar, pero no habrá crónica de estreno esta semana. Me quedé sin tiempo de ver una película porque me dediqué a vivir. Sí, ya sé que saben que el cine para mí es como respirar, dormir o comer, pero me avoqué a otros menesteres igual de sabrosos como ir al teatro, pasear o leer. De las películas estrenadas vería ¿Qué voy a hacer con mi marido? en la que Meryl Streep vuelve a trabajar con David Frankel el director de El diablo viste a la moda. Según leí es una comedia atendible con grandes trabajos de Meryl y Tommy Lee Jones. Quizá la vea durante la semana y haga la crónica o quizá no. Pasen ustedes un domingo fantástico.
Con afecto, Gustavo Monteros

viernes, 7 de septiembre de 2012

360





La ronda es muy volvedora, y no me refiero al juego infantil al son del Puente de Aviñón, sino a la obra teatral de Arthur Schnitzler. La ronda, escrita en 1897 pero estrenada recién en los años veinte del pasado siglo en Berlín y Viena con éxito, censura y escándalo, como las mareas y las golondrinas, no deja de volver. Conoció incontables versiones teatrales, numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas. Hoy se vampirizan sus temas y su estructura, más que su contenido. (¡Hasta yo tengo una reformulación de la misma!) Es que el amor, el adulterio, la pasión, el deseo, la frustración, la melancolía, la insatisfacción, el descontento son cositas tan inherentes al humano como las cucarachas a la cocina. Pero lo más seductor de La ronda es su estructura. A se relaciona con B, B con C y así hasta la letra que queramos; pongamos que lleguemos a la Z; al final Z se relaciona con A, y el círculo se completa.

Ahora le toca el turno al guionista Peter Morgan (El último rey de Escocia, La reina, Frost/Nixon, Más allá de la vida) y al director Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel, Ceguera) tomarse de las manos y ponerse a dar vueltas. De La ronda de Schnitzler sólo queda que el círculo se abre y se cierra en Viena con la prostitución como fondo, y dos aportaciones novedosas saltan a la vista, primero, ya no son los habitantes de una misma ciudad los que se relacionan sino hombres y mujeres de distintas partes del mundo, porque ya se sabe, claro, el planeta hoy está interconectado e ir de acá para allá es de lo más común. Viena, Paris, Berlín, Londres, Denver, Phoenix son algunas de las ciudades por las que pasean las historias. Y segundo, los personajes más que de lujuria y deseo, están dominados por la ansiedad, la depresión y la culpa.

La diversidad de las historias en diferentes ciudades trae el recuerdo de todas aquellas películas de los sesenta y setenta que se articulaban en episodios o que transcurrían en locaciones turísticas como valor agregado. El elenco es multiestelar y va desde estrellas internacionales como Anthony Hopkins, Jude Law, Rachel Weisz o Ben Foster hasta estrellas reinantes sólo en su país de origen como la brasileña María Flor o el alemán Moritz Bleibtreu. Y las historias van del viejo y querido adulterio hasta otras mucho menos transitadas como la del violador en recuperación. Morgan y Meirelles quieren patentizar aquello siempre rendidor del azar y el destino, pero son los personajes los que terminarán implantándose o no en  nuestra memoria.

A mí me hicieron más mella la historia del aeropuerto con Hopkins, María Flor y Ben Foster y la de Londres con Rachel Weisz, más que nada, porque como ya he confesado más de una vez en estas páginas, la amo hasta el delirio, la chica es hermosa, tiene una voz acariciante y talento para repartir.

Lo de Hopkins viene con un chusmaje. El hombre tiene una larga historia de pelear y haber vencido adicciones varias y quería que algo de eso apareciera en la película. Morgan y Meirelles coincidieron con que la sugerencia sumaría a su personaje y agregaron la secuencia de Alcohólicos Anónimos, en la que Hopkins hace un desparramo de talento que yo venía extrañando desde los tiempos de Lo que queda del día.

La película fue elogiada o denostada por los mismos motivos: su ambición, su elegancia, la elocuencia de sus historias. De modo que todo se reduce al lugar donde uno se para. Yo me paro entre los que la aprecian. Meirelles es un director que me gusta. Soy sensible a su buen gusto visual, a su banda de sonido tan sofisticada como bella y a su talento narrativo. De allí que la recomiendo, uno pasa un par de horas de lo más agradables y estimulantes. Para un fin de semana que se anuncia lluvioso ¿qué más se puede pedir?

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 31 de agosto de 2012

Vacaciones explosivas





Mel Gibson es un hombre complicado (para decirlo amablemente). Se permitió comentarios homófonos pesados, exabruptos xenófobos y si hemos de creerle a las ex esposas (en los juicios de divorcio se puede llegar a decir cualquier cosa, son un strip tease emocional no siempre veraz) es un misógino violento. O sea que sin pelos en la lengua podríamos decir que es un ser humano despreciable. Y sin embargo es un artista atendible. La historia de las artes nos enseña que no es una paradoja infrecuente. Muchos grandes han sido miserables en la intimidad.

Mis amigos saben que hubo una época en que le tuve particular afecto y simpatía. Lo conocí como casi todos por Mad Max, que no en vano le dio proyección internacional. Después vino el inolvidable período con Peter Weir con quien hizo dos películas maravillosas: Gallipoli y El año que vivimos en peligro. Se convirtió en súper estrella de acción con Arma mortal, puesto que defendió con El rescate, El complot y El patriota, se lució en la comedia con Dos pájaros a tiros, Maverick y Lo que ellas quieren, fue un buen Hamlet para Zeffirelli, hizo un despropósito con Win Wenders (El hotel de un millón de dólares) y descolló en la dirección con Corazón valiente y la polémica Pasión de Cristo. Y se portó muy bien en el peor período de Robert Downey Jr. Lo hizo protagonizar la más que interesante El detective cantante, cuando Hollywood estaba dispuesto a lincharlo por caótico, alcohólico y drogadicto.

Y en medio de todo eso, el desbarrancamiento comenzó, se fue de boca varias veces, terminó en la Corte y troqué afecto y simpatía por desilusión y distancia. Y como casi todos también, me tuve que tragar el juicio moral lapidario cuando estrenó la excepcional Apocalypto. Hasta sus detractores más feroces tuvieron que reconocer su valía. Pero siguió metiendo la pata al reincidir con más barbaridades. Hizo un buen policial, Al filo de la oscuridad, del que De Niro huyó por diferencias con el director Martin Campbell. Sobrevino un divorcio sangriento con detalles escabrosos y su amiga Jodie Foster vino al rescate y le sacó su mejor actuación dramática hasta la fecha: La doble vida de Walter. Y otra vez sus detractores debieron tragarse los chistes ponzoñosos y reconocer que tiene talento.

Ahora regresa con una buena película que será maltratada, vilipendiada o ignorada, y sin duda rescatada cuando sobreviva en el cable. Vacaciones explosivas (Get the gringo) es un film cínico y nihilista que se contacta con Revancha de Brian Helgeland que protagonizó en 1999. Coincido con el crítico de The Guardian que dijo que de no haberse mandado Mel Gibson tanto moco en su vida, Get the gringo/ Vacaciones explosivas sería saludada por lo que es, una buena película de acción que cualquier actor querría tener en su currículum.

El tráiler que adjunto, creativo y original, les da una idea que no es un resabio del cariño que le tuve el que habla. Dirigió Adrian Grünberg, el guión es de Grünberg y Gibon y fue, claro, producida y protagonizada por Gibson.

Un abrazo, Gustavo Monteros