sábado, 15 de enero de 2011

Burlesque - Noches de encanto

Burlesque es fantasía pura. Cualquier parecido con la realidad no sería pura coincidencia sino un auténtico milagro. La vida es cruel, benévola, fortuita, melodramática, trágica, absurda, pero nunca, nunca se parece a un mal guión. Una suerte, de otro modo no habría sorpresas. La vida sería un juntadero de fórmulas argumentales gastadas y de lugares comunes que el sentido común ya hace rato debería haber mandado a un museo.

Christina Aguilera, harta de la estrechez de horizontes de su Iowa natal, se viene a Los Ángeles con sueños de gloria. Para triunfar en lo que sea. La chica no tiene las metas claras. (¡Menos mal que no se topa con audiciones para un reality!) Por casualidad recala en un club de burlesque, se enamora del espectáculo y quiere ser su estrella. El burlesque hasta ahora se asociaba con lo pecaminoso, lo lascivo, lo lujurioso, y hasta si me apuran con lo prostibulario. Pero en el templo que regentea Cher, sólo se busca la excelencia en el arte de bailar y hacer fonomímica. Nada de strip-tease, danza de los 7 velos, baile del caño y esas berretadas de putita. No, hay que bailar como Chita Rivera, como mínimo, y mover los labios más rápido que Alfredo Barbieri. Los números tienen personalidad, buen gusto, profesionalismo y están tan aceitados que es increíble que no tengan más público que el Cirque du Soleil. Las chicas son más puras y decentes que personaje de Julie Andrews, y el par de homosexuales que trabajan en el lugar ni oyó hablar de Sarah Palin. Interaccionan como una familia cariñosa que se contiene y se respeta, y a la díscola del grupo (Kristen Bell que fuera Veronica Mars) se la tolera con paciencia y buen humor, se la comprende. Son como La familia Ingalls con plumas. Y sí, las chicas no se desnudan, pero plumas y lentejuelas tienen, sino no sería burlesque, tampoco la pavada. La Aguilera comienza como mesera y no hay que ser muy despabilado para suponer que pronto la fonomímica terminará y ella impondrá el canto. A la chica la ayuda el barman (Cam Gigandet, sin exagerar, uno de los peores actores que jamás haya visto) que ¡oh, casualidad! es compositor de canciones (¡!). Cher está punto de perder el club por una odiosa hipoteca y un adorable ex marido (el bueno de Peter Gallagher) la insta a que se lo venda al buenmozote de Eric Dane (un médico en Grey’s Anatomy). Obviamente, Cher no quiere ni oír hablar de semejante cosa y cuenta con el apoyo de un amigo homosexual (Stanley Tucci, que repite su papel de El diablo viste a la moda) también su asistente y con el que se acostó una vez y que sería, alguien lo duda, su pareja ideal de no ser porque le gustan los hombres al muy pillín. Con este enunciado, imaginarse el resto no les significará ningún esfuerzo. Ah, sin que venga mucho a cuento, anda por ahí como un taquillero, Alan Cumming, que recrea el papel de Maestro de Ceremonias que hizo en la versión teatral de Cabaret, dirigido por Sam Mendes.

Burlesque es un ejemplo de un tipo de cine que pensé que Hollywood ya no haría más, retirado y muerto Elvis Presley: la película de cantantes. Parece un musical, en esencia las películas de cantantes quizá lo sean, pero no son un musical en el sentido de Cantando bajo la lluvia y esas cosas. La Aguilera dice sus líneas bien, pero como en el caso de Elvis no importa si actúa o no, el atractivo depende de que cada tanto metraje ataque una nueva canción. Si quiere ser actriz, va a tener que elegir un guión más demandante y cantar mucho menos. Cher, con tanta cirugía, bótox, colágeno o lo que sea que se use para mantener las arrugas a raya, no puede mover un músculo de la cara. Es una máscara, pero hace una actuación interesantísima con la voz y los ojos, lo único móvil que le quedó. Me gusta su voz oscura y disfruté su versión de “The last of me”. La Aguilera también me gusta, tiene un vozarrón portentoso que maneja arteramente para emitir la difícil pirotecnia vocal de moda en un estilo del pop.

Los números musicales son atractivos, pero, por favor, por lo que más quieran, dejen de vampirizar a Bob Fosse, en especial sus coreografías para Cabaret, Sweet Charity o Chicago (la versión teatral porque a la cinematográfica la “maquilló” Rob Marshall). Ya se cuentan por miles las coreografías con sillas. El musical teatral o cinematográfico lo inventaron los norteamericanos, bueno, no del todo, pero lo desarrollaron, lo evolucionaron y lo llevaron a la cumbre. Es larga y hasta genial su historia. Hay otros coreógrafos en los que abrevar: Hermes Pan, Michael Kidd, Busby Berkeley, Gene Kelly, (apenas unos nombres que me dicta la memoria en este instante, hay más, muchos más a los que pueden “homenajear” o sea robar).

En resumen si les gusta Christina Aguilera o Cher, la verán, perdonarán sus obviedades y la disfrutarán. Si apenas les caen bien o no las conocen, también la pasarán bien; las chicas tienen su talento. Pero si no las pueden ni ver, no se expongan ni al afiche.

(Ah, perdón, hay un número con abanicos de plumas que podría pasar como un strip- tease, pero es tan perturbador que hasta Lolita Torres lo podría haberlo hecho.)
Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 14 de enero de 2011

Imparable

El cine de masas norteamericano, más conocido como “pochoclero”, en sus dos vertientes: masculina y femenina, es una aplanadora de ideas, un celoso guardián del status quo imperante y un sostén de valores perimidos que por ser viejos se consideran sagrados. O sea lo que en el barrio, llamaríamos “conserva”, “garca”, “retrógrado.” No, no es paranoia aguda ni cinismo exacerbado. Tampoco estoy loco, en pedo o estudio sociología y procuro la interpretación de la sombra de las hormigas. No, es una paradoja cotidiana, que de tan evidente y a la vista, ya no la vemos.

Imparable (Unstoppable) es el film pochoclero semanal para hombres. La cosa es así: un gordito chambón sale de la cabina de la locomotora y deja un tren, largo y pesado (lo que luego dificultará su descarrilamiento) circulando a alta velocidad sin maquinista, con el agravante de una carga de químicos explosivos en algunos vagones. Se supone que se basa en un hecho real (si ellos lo dicen…). No se necesita ser Sherlock Holmes o Philip Marlowe para deducir que si andan en una vía aledaña Denzel Washington y el galán anabólico de la semana, serán ellos los que contra todo pronóstico (¿?) solucionarán el entuerto. Cerca del final, nobleza obliga, habrá una vuelta de tuerca ligeramente sorpresiva. El director Tony Scott, un hermano muy menor de Ridley, se labró un nombre por darle al cine pochoclero imágenes bellas estilo almanaque en rutilante tecnicolor, empalmadas en una edición que se acelera o se desacelera según se crea oportuno. Toda una explosión de creatividad. Y sólo un narcisismo feroz explicaría por qué Denzel Washington gasta una y otra vez su talento en subproductos vergonzantes. En resumen, un film tan apegado a lo esperable que me puse a enumerar sus contribuciones al conservadurismo cuadrado para entretenerme un poco.

Primero Dios, después la empresa. Sus decisiones (las de la empresa, claro) son inapelables y exigen sumisión absoluta. Denzel se jubila (¡cómo pasa el tiempo, ayer el mozuelo del film, hoy un personaje que se jubila!) e instruye al macizo galancete ojiceleste los secretos del oficio de maquinista. Luego sabremos que la empresa lo jubila de prepo a media pensión seis meses antes de que pueda acceder a una pensión completa. ¿Denzel se queja, hace juicio, pone una bomba, le manda una carta a Obama? No, sólo suspira y acepta su destino. Más tarde, cuando un jerarca le pregunte por qué está dispuesto a una acción heroica si la empresa lo maltrató así, Denzel dirá: Lo hago también por mí. Curiosidad suprema: será un héroe por sí mismo a la vez que salva la propiedad de la empresa y evita su debacle financiera. Moraleja: si una acción heroica individual trae aparejado un bien mayor, mejor; y si ese bien mayor repercute en beneficio de una empresa, mucho mejor. En realidad a la empresa que el tren sea una bomba de tiempo que atraviesa zonas muy pobladas le tiene sin cuidado. La eventual tragedia sólo les preocupa porque implica una pérdida millonaria ya que las acciones bajarían ¡si se pierden vidas!

Las pelis pochocleras para hombres son profundamente machistas. Rosario Dawson es una jefa sí, pero desprovista de todo atributo femenino. Bien podrían haber puesto a Stallone en su lugar. Sólo tendrían que haber sacado el chiste final del beso. Aunque también podrían dejarlo. Con Stallone funcionaría como el chiste habitual de doble moral: homofóbico para el público tejano y homoerótico para el progresista público neoyorquino. La Dawson sólo tiene un detalle femenino: cuando entra, le trae a los hombres que comanda unas cajas con rosquillas. Cumple así con el rol que ninguna mujer debería abandonar: el de madre nutricia. Las hijas de Denzel trabajan como meseras para reunir el dinero que necesitan para ir a la universidad. La gracia es que son meseras en un bar que les exige usar remeras ajustadas que les corta la respiración y minifaldas que no dejan nada a la imaginación. ¿Denzel está preocupado? ¡No, está orgulloso! Como buen macho. Es mejor ser padre de dos minones infernales que de dos ratas de biblioteca anteojudas. ¿Acaso no debe ser la mujer otra cosa que un buen objeto sexual con propiedades de viagra? Y la esposa del galancete fibroso es una idiota porque le puso una orden de restricción que le impide estar a menos de 300 metros. No la quiso asustar ni golpear, sólo la zamarreó porque estaba celoso. Los machos somos así. La testosterona nos vuelve apasionados. Andá. Además la culpa la tuvo ella porque si le hubiera mostrado que los mensajes de texto no eran para el amigo sino para la prima, no hubiera pasado nada. Por suerte la acción heroica del muchacho musculado, convenientemente televisada, la hizo entrar en razones y ahora comprende que los hombres por ser hombres son un poco brutos.

En el viejo Hollywood, la muerte de un personaje secundario era una tragedia que volvía un poco pírrica la victoria final. La amargura por su pérdida ensombrecía el final. Hoy no. Arriesgo una interpretación temeraria. En la actualidad los yanquis se comen el sapo cotidiano de que el mayor número de bajas se debe al “fuego amigo”. En el fragor de las guerras que inventan es tan grande el histerismo en el que se sumergen que terminan matándose entre ellos. Por eso, creo, que la representación de la muerte de un personaje secundario carece de dramatismo o subrayados. Es “sólo” un daño colateral. Aunque heroica como en este caso, esa muerte no merece ningún “heroísmo”. El protagonista ensaya una pena y pronto se olvida. Y en el final al muerto no se lo recupera ni se lo lamenta. Te moriste, te jodiste y ya está. La grandeza de una nación (o de una empresa en este caso) requiere algunas inmolaciones. Menores, según la importancia que se le da en la representación.

Como se trata de una historia real (si ellos lo dicen…), los carteles finales nos informan que Denzel pudo completar su año y jubilarse con pensión completa. (Ah, las empresas parecen desalmadas, pero tienen un corazón de oro.) El galán anabólico es feliz con su mujer, (la pobre ya no se queja de los golpes, la castiga un “héroe”). Y el gordito torpe ahora trabaja en una cadena de comida rápida, el paraíso de todos los gorditos. ¿No es un poco discriminador que el único gordo de una película llena de flacos y atletas sea el que cometa el error fatal? No, es perfectamente lógico. Los flacos y los atletas por carecer de sobrepeso nunca pierden el tren.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

jueves, 13 de enero de 2011

Somewhere

Me gustan las películas de Sofía Coppola porque no me dejan indiferente. Lejos de ello. Alternativamente me deleitan y me irritan. Por momentos me seducen hasta lo indecible y en otros hago acopio de paciencia para no ir a agarrarla del cogote y no soltarla hasta que se ponga azul o se me pasen las ganas de matarla. O sea que tengo con ella un diálogo más activo que con otros directores que sólo me deleitan o que sólo me irritan.

Su mundo es el del encierro (Las vírgenes suicidas, Perdidos en Tokio, María Antonieta) y el del despegue de la realidad en una burbuja de privilegios (todas menos Las vírgenes suicidas). Como a la Martel, le gusta manejar el detalle y regodearse en emociones negativas, pero a diferencia de nuestra Lucrecia, tiene en el fondo una mejor opinión del género humano. (Claro, la chica no se crió en la Argentina.)

Somewhere tiene puntos de contacto con su obra más conocida, Perdidos en Tokio. Vuelve a haber un actor hastiado encerrado en un hotel y hasta hay una escena (el recibimiento del premio en Italia) que parece una reformulación de aquella en la que Bill Murray iba al programa televisivo japonés. Pero no hay aquí una historia de amor inesperado, sino el compartir algunos días con una hija desatendida.

Johnny Marco (Stephen Dorff) es un joven actor famoso, y no se sabe si es un pelotudo importante o un hombre anestesiado por acceder a todo lo que se le ocurre. Bah, quizá nunca lo sepamos, pero de a poco comprendemos que no es un mal tipo, lo que no está nada mal. Un tarambana egoísta, tal vez, sólo un gaje del oficio. En el inicio, la película no procura que nos identifiquemos con él, sino que nos distancia y nos pone en un plano de superioridad moral. No tendremos los mimos, los lujos, los caprichos satisfechos, pero por mal que nos vaya, tenemos una vida interior más plena. Y lentamente nos vamos identificando, por más que las circunstancias nada tengan que ver con las nuestras. Después de todo también somos unos salames y quien no ha sentido alguna vez un aburrimiento profundo, un vacío existencial, la pérdida de la brújula o la sensación de no hacer pie. Y entonces entra en escena, Cleo, la hija de once años (la hermosa y talentosa Elle Fanning, hermana menor de la sobrevalorada e insoportable Dakota) y la película adquiere una hermosa luminosidad, otro brillo. Y si bien Johnny no se despabila del todo, al menos abandona el letargo.

El inicio es un Antonioni en estado puro (una venganza del viejo Michelangelo, siempre odié sus películas), en el medio hay algo del Fellini de La dolce vita, y el final, que puede ser visto como una nota falsa, aunque no, si no se lo ve “realísticamente” me retrotrajo a Intimidades de una adolescente cuando Natalie Wood se iba por la playa dejando atrás una casa en llamas y un incipiente Robert Redford, recuerdo de un film visto hace dos vidas y media. (A veces tengo la sensación, no sé si les pasa lo mismo, de que he visto demasiadas películas, que ya no debo ver ni una más y ponerme sí a recordar las ya vistas.)

Es un film valioso, tranquilo, bello. Un remanso después de tanto cine de productor, pochoclero, vacío, adocenado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 8 de enero de 2011

Más allá de la vida / Hereafter

Peter Hanke en algún lugar de su guión para Las alas del deseo dice: “La muerte es la mejor de las historias, después de las de amor”. Y Shakespeare, que lo dijo todo, le hace recitar a su Hamlet: “¿Qué sueño sobrevendrá a la muerte, oscura región de la que no regresa viajero alguno?” Y sí, la muerte es tan natural como el hambre y la sed, pero mucho más jodida porque su misterio despierta terrores con los que todos tenemos que lidiar tarde o temprano. Clint Eastwood, que anduvo esbozando reflexiones sobre la muerte en sus obras más recientes, la enfrenta como tema central en esta película con la que no ganará ninguna inmortalidad, más bien todo lo contrario. (Convengamos que al hombre no se la va a despeinar su glorioso jopo, ya sabe que tiene detrás un legado imperecedero de films que habitan la perfección o la rozan).

El dramaturgo/guionista Peter Morgan, que completa bien los puntos suspensivos que dejan incidentes claves en las vidas de algunos notables (La reina, Frost/Nixon) persigue tres historias paralelas que se enlazarán al final. Sigue el modelo (¡oh, no!) de Guillermo Arriaga para los mamotréticos, caprichosos, insustanciales films de Alejandro González Iñárritu: Amores perros, 21 gramos, Babel. Perdón, sé que acabo de ofender a los que tienen a estos films en alta estima, pero por más que lo he intentado no puedo sino considerarlos como bodrios irremontables con minúsculos aciertos parciales. Peter Morgan confesó haber sentido la necesidad de escribir estas historias para paliar la desazón ante la repentina muerte de un amigo. Pobre, el amigo, (dirá más de uno) se merecía un homenaje mejor.

Sí, Peter Morgan, tu guión es el principal escollo, porque, salvo la aseveración de que la sociedad occidental contemporánea esconde la muerte, como si no nombrándola nos salvaremos de ella, el resto es un compendio de banalidades y situaciones que se ven venir de lejos.

Hay una periodista francesa exitosa(Cécile de France) cuya vida se altera porque al igual que Víctor Sueyro muere un par de minutos y vive para contarlo; un psíquico yanqui (Matt Damon) que puede hablar con los muertos pero que vive esta habilidad como una maldición y no como un don, y un chico londinense de 12 años que no se repone de la pérdida de su hermano mellizo en un estúpido accidente.

Y bueno, a Eastwood, el último de los grandes maestros, como a todos los que lo precedieron les pasó alguna vez, le tocó por fin bailar con un guionista con dos pies izquierdos. Clint hace lo que puede, que por suerte es mucho, aunque el resultado final sea leve y quizá intrascendente. Eso sí, el film se abre con una secuencia magistral que escenifica un tsunami y el gran Eastwood establece la distancia que hay entre el talento y las pirotecnias de los mediocres directores pochocleros. La escena expresa, comunica y conmueve. En otras manos hubiera sido otro torpe festival de vacíos efectos especiales. Y, se agradece, le rehúye al melodrama barato y recubre las escenas dolorosas de mesura y elegancia.

Matt Damon da otra sólida actuación, a Cécile de France la dejan hablar en francés y fluye sin restricciones idiomáticas, pero son los mellizos Frankie y George McLaren los que ofrecen la mayor potencia emocional. Imposible no conmoverse con el sablazo de ausencia que les deja la pérdida del hermano.

Más allá de las debilidades del guión es una obra insoslayable. Eastwood es un narrador inmenso y el genio pervive. Además, humanos al fin, un genio en dificultades es más cercano y querible.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

martes, 4 de enero de 2011

Pete Postlethwaite

Tenía una cara tan difícil como su apellido, una nariz tan única como su talento y las concavidades de sus cachetes nos devolvían una voz reverberante que haría interesante la lectura de las estadísticas del decrecimiento de las codornices suecas. Podía hacer de todo, desde el bueno de toda bondad hasta el malo malísimo de toda crueldad. No íbamos a ver películas porque él estuviera, pero cuando descubríamos que estaba sabíamos que el film tendría otro brillo, otra calidad inesperada y renovada. Saltó al reconocimiento masivo como el padre de Daniel Day-Lewis en En el nombre del padre de Jim Sheridan y quien esto escribe lo vio por última vez el año pasado en la muy buena película de Ben Afflect, Atracción peligrosa (The town). No es cierto que A rey muerto, rey puesto. Vendrán otros, sí, pero el mundo del cine contemporáneo es un poco más opaco porque él ya no está. De todos los recuerdos que me deja, elijo el del director de la banda minera que se levanta de la cama, con los pulmones deshechos a dirigir el concierto del Albert Hall y demostrar, como si hiciera falta, que la dignidad no se negocia, en Tocando el viento de Mark Herman. Steven Spielberg que lo dirigió en Jurassic Park II y en Amistad dijo una vez que era el mejor actor del mundo. Y bueno, se nos acaban las palabras, no es cuestión de andar discutiéndole a los grandes.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Vacaciones

En este momento del año, como en ocasiones anteriores, nos tomaremos vacaciones. En las próximas semanas no se anuncia nada que parezca a priori particularmente interesante o imperdible. Aunque con gusto interrumpiremos nuestro descanso si tal anomalía se produjera. Volveremos con la avalancha de estrenos pre-Óscares y esas cosas que suelen depararnos los distribuidores. Hasta entonces mis mejores deseos para ustedes y todos los que los acompañan. Y si se aburren o se deprimen, no olviden el pequeño remedio casero que siempre tenemos a mano: no hay nada que un buen clásico o una película querida no puedan emocionalmente remediar.


Un abrazo grande,
Gustavo Monteros

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La última estación

Una película que retrata los últimos días de León Tolstoi, ¿puede ser una comedia? Sí, claro. El humor, por supuesto, por aquello de la estupidez que se enmascara de gravedad, está más cerca de Chejov que de una de Olmedo y Porcel, aunque, nobleza obliga, hay un par de chistes sexuales bastante gruesos que bien podrían haber suscripto nuestros cómicos.

Michael Hoffman debe estar orgulloso de haber logrado un film amado y odiado por las mismas razones (el tono de la historia y el registro de los personajes). No importa, en el arte, que te amen o te odien es secundario, lo primordial es que nadie permanezca indiferente.

Sofía (Helen Mirren), esposa del gran Tolstoi (Christopher Plummer) pelea con el manipulador discípulo del escritor, Vladimir Chertkov (Paul Giamatti) por el legado espiritual y material del autor de La guerra y la paz. Atestiguará la batalla, el nuevo y joven secretario Valentin Bulgakov (James McAvoy). Si bien el guión del propio Hoffman parte de una novela de Jay Parini, incluye innumerables detalles reveladores y fidedignos, que todos los protagonistas reales de esta historia registraron en diarios, cartas, libros y artículos periodísticos. Sorprende el abismo que media entre las ideas y el hombre que las concibió. Se cumple a rajatabla la observación de Madame de Cornuel: No hay hombre grande para su valet. Tolstoi, antecedente de la superestrella mediática de hoy (lo que hiciera era noticia), posaba para el público como un filósofo, un gurú, un santón, pero en privado, al menos al final de su vida, era un pichón de Lear, caprichoso, egoísta, desconsiderado. Hablaba hasta los codos del amor y amaba muy poco. La anécdota de la esposa y la peregrinación a última estación (circo periodístico incluido) puede ser conocida, pero los entretelones son apasionantes. (Como se verá, el reality show es más viejo que el tranvía.)

Sin duda, en lo que a mí respecta, cuando yire por el cable, se convertirá en mi opción favorita del zapping imprevisto. Al margen de sus logros formales, disfruto enormemente el festival de grandes actuaciones que ofrece. Paul Giamatti hasta se permite alisarse el bigote como los villanos del cine mudo, pero el chiché no molesta, desde nuestra modernidad continúa con una tradición y la resignifica. James McAvoy, como en la película que lo ubicara en el mapa, El último rey de Escocia, vuelve a ser un testigo involuntario de honduras desconcertantes, sólo que aquí las monstruosidades son más espirituales que físicas. El chico tiene talento y oscila bien entre la comedia y el drama. Su inocentón es creíble y deleita. El inmenso Christopher Plummer, como el inteligentísimo actor que es, no juzga a su personaje y expresa con nitidez las contradicciones. Consciente de tener un personaje extraordinario, larger than life en todo sentido, echa mano al oficio teatral curtido por tanto Shakespeare y Shaw y se lanza a un histrionismo sabio y deslumbrante. Helen Mirren tiene un personaje desmadrado, desbordante, ruso (para colmo o para más datos) y lo perfila con una intensidad hiperteatral, romántica, operística. Uno no puede menos que coincidir fervorosamente con Plummer cuando le dice: No necesitas un esposo, necesitas un coro griego.

Es una pena que una película tan entretenida y vendible no pase por los cines y salga directamente en DVD, cuando todas las semanas se estrenan bodrios irremontables. Hubiera sido hermoso verla en pantalla grande. Pero, bueno, parafraseando a Gabo, vivimos no El amor en los tiempos del cólera sino El cine en los tiempos del pochoclo yanqui. (Disponible en el DVD club de su barrio o el puesto callejero más cercano a su trabajo).

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ágora

No sé qué me conmovió más, si la trágica historia de amor que culmina consumándose atrozmente o que la película termine con el advenimiento de uno de los ciclos más oscuros y miserables por los que ha pasado este pobre mundo.


Estamos en Alejandría en el siglo IV DC. Soplan vientos de cambio. Y cómo soplan. Como no puede ser de otro modo, la coexistencia de paganos, judíos y cristianos es conflictiva. El ágora, plaza pública en la que se debaten las ideas es el ámbito natural de Hipatia (Rachel Weisz) filósofa neo platónica, astrónoma y matemática. Y el film se centrará en su relación con los hombres y la ciencia.


Alejandro Amenábar (Tesis, Abre los ojos, Los otros, Mar adentro) se vale de la transición de la Antigüedad tardía a la Edad Media para hablar de la injerencia del odio y el fanatismo en las resoluciones políticas. (La relevancia que adquiere en estos días el nuevo Tea party yanqui ratifica que Alejandrito no está equivocado en plantear estas metáforas). Poco se sabe con certeza de la Hipatia real (las razones para este desconocimiento se patentizan en el film: la destrucción de todo vestigio de cultura antigua) por lo que Amenábar con su coguionista Mateo Gil se montan tanto en la verdad como en la leyenda para contar la historia. Insuflan de un bienvenido espíritu romántico a la mítica figura de Hipatia, pero lejos están de elaborar una elegía ciega del mundo perdido. Y sabiamente no resuelven la dicotomía entre una antigüedad culta y esclavista y un cristianismo solidario y fanático.


Amenábar se aleja de los ámbitos cerrados e íntimos que son su especialidad y nos entrega una película de largo aliento bella e inteligente. Sermonea por momentos, pero no tanto como para irritar. Otras veces bordea lo obvio, pero lo hace para ser claro, no para tratarnos de tarados.


En lo personal, la película tiene un imán irresistible: Rachel Weisz. Debo confesar que la chica es una de mis debilidades. Su voz grave y oscura me seduce hasta lo indecible, me erotizaría aunque me leyera la tabla de logaritmos. Por suerte es además una actriz espléndida por lo que no me reduce a un pajero irredento.

Un abrazo,
Gustavo Monteros


domingo, 31 de octubre de 2010

RED

RED de Robert Schwentke es el típico delirio pochoclero semanal, con tiroteos ensordecedores, persecuciones vertiginosas, carísimos efectos especiales, ya amortizados porque los hemos visto miles de veces, y “sorprendentes” giros argumentales que vemos venir antes de que se le ocurran al diseñador de la historia. Más una módica cuota de humor. Lo de siempre. Sólo que esta vez redimido por un elenco de notables en plena forma. Bruce Willis, aunque maduro, sobrelleva todavía con credibilidad el cetro de superhéroe de acción. Su carisma sigue intacto y su timing para la comedia, impecable. Morgan Freeman es Morgan Freeman y está todo dicho. Haga lo que haga obtiene nuestra incondicional adhesión y siempre se las arregla para devolver con su inconmensurable humanidad la plata de la entrada. John Malkovich se ríe del paso de los años y de su aura de actor intelectual. No le preocupa verse gordo, viejo y pelado. Se encoje de hombros y bromea, c’est la vie. Mary Louise Parker, como en la serie Weeds, hace de la frescura su principal artificio actoral. Y no intento una contradicción de términos sino la descripción del uso de su talento. Así como Carina Zampini logra que el empaque melodramático sea su marca de fábrica, la Parker exhibe la frescura como la principal impostación actoral que la define. Es el interés romántico del personaje de Bruce Willis y por suerte para el espectador la química entre ellos es buena. Se respetan y amalgaman bien la simpatía que despiertan. La gran Helen Mirren saca de paseo un glamour otoñal que papeles más comprometidos no le permiten. Se la ve muy hermosa y elegante. El rojo carmesí en los labios le sienta muy bien. Y en las réplicas demuestra que aprendió la lección que Maggie Smith nos enseñó a todos: el remate, ya sea de gesto o inflexión, en el último segundo, casi como un reflejo tardío o una súbita inspiración incontenible. Una pirueta que demanda una confianza ciega en los propios medios y una inteligencia aguda y despierta. Otra impostura, claro. Pero actuar, como repetía Marcello (Mastroianni, claro) es antes que nada y por sobre todas las cosas, un juego.


Una película que cumple con el onceavo mandamiento del viejo Hollywood: un proyecto puede ser trillado, pero si le da a las estrellas que lo llevarán a cabo la oportunidad de lucir sus galas y renovar su romance con el público, se volverá respetable y, con un poco de suerte, hasta inolvidable.


Tiene además dos características notorias que parecen estar volviéndose tendencia. El título es una sigla R(etired) E(xtremely) D(angerous) o sea jubilados extremadamente peligrosos. Como pasaba en Los indestructibles de Stallone, Bruce Willis y sus amigos son jubilados de la CIA u organismos afines que regresan a la acción con mañas sazonadas por años de experiencia. Una excusa para reciclar estrellas que todavía pueden producir un dólar. Algo así como Aguanten Los Jubilados. Y dos, los enemigos pertenecen a esferas cada vez más alta (muy bien Rebecca Pidgeon de trajecito y tacos agujas como la yegua (en sus dos acepciones populares: mala y sexy) de Jodie Foster en El plan perfecto). Si siguen así, el próximo enemigo será el mismísimo Dios. Ah, simpatiquísimas las participaciones de Richard Dreyfuss y Ernest Borgnine.


Si le caen bien algunos de estos actores, provéase de sus golosinas favoritas, desparrámese en la butaca y deje que lo entretengan, que no sólo de películas serias, profundas e independientes, vive el hombre.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Cine y política


Cuando David Niven murió, en el sepelio recibió una inmensa corona de flores. Digna de un capomafia, se rio The Times. Sorprendía aun más quienes se la habían mandado: los changarines del aeropuerto Heathrow de Londres en agradecimiento por su don de gente. El viernes 29, a eso de las 10 de la mañana, cuando se cerraron las puertas de acceso a la capilla ardiente por primera vez, aparecieron los mozos de la Casa Rosada, dolidos y emocionados, a presentar los últimos respetos. Y yo, al menos, tuve la corroboración de lo que ya sospechaba, que Néstor, como David Niven, era un buen tipo. Es ante los que, por su modesto trabajo, no se los considera testigos, cuando las máscaras caen y la verdad se revela.


domingo, 24 de octubre de 2010

Lengua materna

Estela (Claudia Lapacó) es una señora de barrio, convencional e integrada, que un día coquetea inconscientemente con que le digan la verdad. Y se la dicen. Su hija, Ruth (Virginia Innocenti) le confiesa que es lesbiana. Después de la hecatombe, Estela adopta una postura de mujer superada que le queda un poco grande y que no hace más que desnudar los convencionalismos que rigen su mundo. Ningún cambio es tan completo de inmediato. Menos el de la aceptación de lo que se ha negado toda la vida. Sobre el final se verá que Estela, a pesar de todos sus esfuerzos, todavía lucha con la idea de que el mundo ya no será como lo imaginó.


Lengua materna de Liliana Paolinelli es una comedia dramática que apunta, por suerte, más a la sonrisa que a la lágrima. Digo por suerte porque en el fondo el humor es siempre más piadoso, generoso que el drama. Y hay tonterías humanas que merecen el perdón de una sonrisa y no la pesadez de la culpa de las piedras del drama.

Es una muy buena película que paradójicamente al lucir sus logros, denuncia sus defectos. Las situaciones están muy bien armadas, los diálogos son precisos, pero todo está hilvanado con demasiados puntos suspensivos y uno termina con la impresión de que se basa un guión incompleto. Aunque si estableciéramos una comparación con la literatura, el modelo elegido pareciera ser el cuento y no la novela, uno extraña un mayor desarrollo. Quizá porque lo que vemos es tan bueno que nos quedamos con las ganas de más. Entre las objeciones figuran unos encuadres discutibles que no son ni elocuentes ni expresivos. Y entre los logros inobjetables raya en lo alto el trabajo de un elenco (Virginia Innocenti, Claudia Cantero, Ana Katz, Mara Santucho, María Simone) impecable y talentoso.

Pero es Claudia Lapacó, quien convierte a Lengua materna en un hecho cultural inolvidable e imperdible. Por fin el cine le permite mostrar lo que los teatreros hace rato que sabemos: que es una protagonista exquisita, dueña de inagotables recursos. Creativa, sensible, sutil, elegante. Una auténtica maravilla, mire.

Importante: si deciden ver esta película, recuerden que hay que verla pronto. El cine nacional está desprotegido ante la avalancha de basura pochoclera yanqui. Si no consigue una media de espectadores respetable en los primeros días desaparece de los cines con una celeridad fantasmal.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Mi familia

Ser pionero es difícil, pero si se sortean las dificultades del desafío con inteligencia se puede quedar bien parado. Lisa Cholodenko se propuso hacer la primera película industrio-comercial sobre una familia diversa. Le fue bien de crítica y de público. Combatió con astucia el prejuicio que generan estas propuestas en el público masivo. Mezcló dos fórmulas argumentales harto probadas. La de los hijos que quieren conocer a sus padres biológicos (hasta la argentina reciente Igualita a mí abreva en esa fórmula) y la del intruso bienvenido que termina desbaratando el nido al que es invitado. Comienza por establecer un lazo de adhesión con un modelo de deseabilidad social ampliamente aceptado. La casa es grande, hermosa, de buen gusto. No hay apremios económicos. Hay dos camionetas estacionadas en la puerta. Los hijos son sanos y lindos. Una de las mamás es una exitosa ginecóloga y en la primera cena que se muestra, hay afecto, comprensión y comida saludable. Imposible no sentirse cómodo como espectador con un modelo sobre el que el cine yanqui martilla desde su inicio. Que en vez de un papá y una mamá haya dos mamás es presentado con naturalidad, sin subrayados y sin explicaciones innecesarias. La identificación con los roles tradicionales es tal que bien podríamos tener a Bruce Willis y Michelle Pfeiffer en vez de a Annette Bening y Julianne Moore. Es obvio que detrás de esta armonía hay pequeñas grietas de insatisfacción y frustración, pero ¿en qué familia por ideal que sea no existen? (De no existir hasta La familia Ingalls sería un embole supremo.) Y se establece, casi de inmediato, una audaz ironía: las mamás están preocupadas porque el nene pueda ser homosexual. Será la primera de una serie que incluirá algo que contado es grosero, pero que visto es hasta tierno. La mayor trasgresión en el argumento es el adulterio de una de ellas con un hombre, vuelta de tuerca que generó controversia entre los grupos homosexuales más radicalizados. Pero es donde la astucia y la inteligencia de Cholodenko juegan su carta de triunfo. Su intención, clara desde el principio, insisto, es acercar la problemática homosexual a un público masivo, mayoritariamente prejuicioso y cerrado, y era imprescindible que este público pudiera relacionar el conflicto central con experiencias que le fueran habituales, al menos en el mundo cerrado de las películas. Y esto está asociado a otro de los logros de la película: la no idealización militante de ninguno de los personajes. Como cualquiera de nosotros tienen sus más y sus menos. Esta democratización de defectos y virtudes garantiza siempre la adhesión del espectador. Porque, seamos sinceros, más allá de la honestidad y llaneza con que se presenta el conflicto, no hay nada en esta película que no hayamos visto cientos de veces antes, resignificado, eso sí, por tratarse de una familia diversa. E incluso en este marco, el monólogo componedor final de Julianne Moore es declamatorio y pedestre, más cercano a La tribu Brady que a otra cosa. Aunque es allí donde la ideología de la película se hace evidente. Es una visión conservadora, burguesa, tradicional. ¿Está mal que así sea? Creo que no si se trata de volver cercanas problemáticas por las que el grueso del público debe vencer preconceptos muy arraigados. Porque son las propuestas conservadoras las que ayudan a crear consciencias en las mayorías sobre temas ríspidos. ¿Acaso el sufrido y adelgazado Tom Hanks no hizo más por la comprensión del flagelo del SIDA al ganarse el respeto de Denzel Washington y dejar viudo a Antonio Banderas en Filadelfia que muchas películas queers más combativas? ¿Acaso no contribuyó más a la comprensión del amor homosexual la reformulación de Romeo y Julieta en clave de vaqueros gays de Secreto en la montaña con Heath Ledger y Jake Gyllenhaal? ¿Acaso no combatió más la homofobia poner a Kevin Kline en el lugar reservado a Doris Day o Meg Ryan en ¿Es o no es?? El camino está abierto. Una película sobre una familia diversa tuvo mucho éxito. Merecido. Queda tomar el guante y adentrarse en senderos no tan seguros.

domingo, 17 de octubre de 2010

El ocaso de un asesino

Pobre George Clooney, produjo una película para su lucimiento que se define mejor por lo que no es. No es un thriller, aunque haya tiros, una mínima intriga y un módico suspenso. Tampoco es una indagación sobre la imposibilidad de la redención, aunque haya coqueteos metafísicos, una mínima angustia existencial y un módico simbolismo vergonzantemente obvio. Pues entonces ¿qué es? Veamos si podemos dilucidarlo.


El bueno de George, carismático y glamoroso como siempre, arranca como nada bueno. Es un asesino profesional, frío y despiadado. O sea que en el folklore cinematográfico básico es un malo típico. El siempre bueno de George, ahora en plan de malo de película, debe bajar su perfil y se refugia en la Bella Italia, más precisamente en Castel del Monte, un pintoresco pueblito de los Abruzzos. Se hace pasar por fotógrafo mientras le prepara un arma de largo alcance a Mathilde (Thekla Reuten), otra asesina fría y despiadada, con quien sostiene una relación en la que se mezclan por igual el deseo y la desconfianza. El malo de George anda con ganas de ser bueno, y por esos andurriales de los argumentos se relaciona con el cura del lugar, que se apellida Benedetto, pero que no es pariente de Leonor. Y se enreda también, primero carnal y luego sentimentalmente, con Clara, una prostituta. Que el padre Benedetto (Paolo Bonacelli) sea un curita amigo de los placeres de la cama y de la mesa y que Clara la putita (Violante Placido, sí, es hija de Michele) tenga, perdón por la falta de delicadeza, unas tetas tan grandes como las ganas de casarse no es casual, es puro cliché. Nótese además la significancia, un tanto redundante, que cobran los nombres y apellidos elegidos para estos personajes: Benedetto y Clara. Y volviendo a la escuálida intriga del sicario atado a su pasado, ayuda poco que las traiciones se vean venir a cuatro cuadras de distancia.


Lo más difícil de aceptar es el eje de la trama: el cambio de George de asesino a sueldo a proyecto de marido burgués. Sí, ya sé, hay jurisprudencia al respecto. En más de una veintena de películas, los asesinos dejaron de serlo, pero aquí hay una falsedad, una impostura irremontables.


El director Anton Corbijn, un reputado fotógrafo holandés, juega con el western metafísico y con un declarado homenaje al cine de Sergio Leone (en una escena hasta se ve en un televisor a Henry Fonda en Érase una vez en América), pero le falta pólvora y se queda en la tarjeta postal. En definitiva más que un thriller filosófico es una telenovela solapada de dudoso cuño.


Esta película no debería calificarse como Apta para todo público o como Inconveniente para menores sino como Sólo apta para admiradoras y admiradores de George Clooney. El hombre conserva su atractivo y se lo ve en el 98% del film. Para esa franja etaria, su magnetismo bastará para sortear todas las cosas que esta película no es.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 10 de octubre de 2010

Sin retorno

Se dice que un buen policial radiografía la sociedad que lo cuenta mejor que cualquier otro género. No es que se proponga semejante tarea Ibseniana. No, lejos de ello. Sólo quiere contar una historia con tiros, sangre, pasión, criminales y policías. Pero si está bien hecho, surge como consecuencia directa una lectura social descarnada y, oh sorpresa, generalmente inapelable. Porque al plantearse la plausibilidad del nudo a contar, la lógica para que el argumento se sostenga, la carnadura de los personajes que trasgredirán la norma, las motivaciones que justifiquen el conflicto, el entorno que contenga o repela, el policial refleja, sin querer, las claroscuros del pequeño rincón del mundo en que la historia se deshilvana.


No es muy halagüeño el retrato que queda de la sociedad argentina actual después de ver esta película. Y lo terrible es que todo es tan reconocible, y lo que es peor tan verificable, que no hay de donde agarrarse para contrarrestar, rebatir o refutar este cuadro de situación.


La historia es una variante, excelentemente planteada, de la tradición iniciada por La bestia debe morir. En la emblemática novela de Nicholas Blake, llevada al cine varias veces, incluso en la Argentina hay una versión de 1953 con Narciso Ibáñez Menta, alguien arrolla, mata y se da a la fuga. Como aquí. Pero son las derivaciones y las consecuencias las que cuentan y las que revelan. Aunque en este caso, hasta el hecho inicial desnuda irresponsabilidades varias, hasta de la víctima, de las que, como el título informa, no hay retorno. La riqueza del planteo es tal, que se acerca a lo que se conoce como el conflicto perfecto, o sea aquel en que por turnos, todos los personajes tienen razón y todos están profundamente equivocados. No desarrollaré o ejemplificaré más este tema para no contar más de lo debido y arruinar las sorpresas del argumento. Pero si ven esta película, los ejemplos de los aciertos y los yerros de los personajes surgirán a borbotones.


Otra característica destacable de este film es, que aunque lo sea, no parece ni remotamente una ópera prima. No se evidencian las debilidades habituales. No hay encuadres raros ni preciosistas, 14 subtramas superpuestas, tres películas en una, homenajes a 700 maestros del cine, ni la voluntad de ser más felliniano que Fellini, más bergmaniano que Bergman, o más hitchcockiano que Hitchcock. No. Hay como una madurez expresiva que llama la atención. La estructuración es clásica, plano corto, plano largo, fundido a negro con puntos suspensivos elocuentes, nada de berretas estridencias musicales o la idiotez de la tan de moda cámara en mano para cualquier cosa. El guión es preciso, y gracias al cielo, no hay subrayados declamatorios ni bajadas de línea obvias. Sólo un director, Miguel Cohan, que cree en su historia, que sabe cómo contarla, cómo hacerla crecer con detalles apropiados y la sequedad que le conviene al género. Y acierta. Logra atrapar, atenazarnos a la butaca y que le entreguemos una atención constante, hasta llegar a un desenlace antológico con un arma que no hace lo que prevemos hará y que juega sabiamente con nuestra voluntad de catarsis. Cohan firma el guión con Ana que lleva su mismo apellido. Elijo pensar que son hermanos, como los fabulosos Coen yanquilándicos.


Ninguna historia, por buena que sea, se termina de contar sin el auxilio de los actores. El elenco es impecable y los tres protagonistas seducen. Federico Luppi, que fuera el rostro de otros retratos argentinos como Tiempo de revancha o El arreglo, se presenta como la opción ideal e insustituible para el personaje que le toca en suerte y que acrecienta su aura. Martín Slipak, que nos hiciera reír cuando era chico en el Magazine For Fai de Mex Urtizberea, se ha convertido en un actor joven de apreciable talento. Y nobleza obliga, Leonardo Sbaraglia, a quien siempre consideré un actor con más suerte que talento, me desmiente con rotundez y entrega un trabajo sin fisuras.


Pensar que tentado estuve de no ir. Suerte que encontré un hueco en mis horarios y fui. Es una muy buena película. Con el agregado de un comentario social que molesta como la picadura de un jején. Ojalá alguna vez nos pongamos a pensar en cómo eliminarlo y no sólo en cómo rascarnos.

Un abrazo,
Gustavo Monteros