Cuando tenía 9 u 11 años, vi Los Compañeros en un ciclo auspiciado por la embajada italiana en el Cine Teatro Catamarca… y fue una epifanía. La deslumbrante revelación de que el cine podía ser esencialmente bello y conmocionante. ¡Las pantallas podían albergar algo más que las aventuras de Tiburón, Delfín y Mojarrita!
En los últimos meses me di cuenta de que en distintas conversaciones y por diferentes motivos, se me aparecían Los Compañeros. Y una tarde, en la que por razones que no vienen a cuento, me arrastraba el ánimo, para contrarrestar tanta tristeza me fui al centro a ver si entre los kioscos de 7 encontraba el DVD de Los Compañeros que hace 3 ó 4 años sacó Página 12.
Lo encontré, pero en el camino de vuelta a casa, me asaltó la duda. ¿Y si había envejecido muy mal como tantas otras películas? ¡No! Sigue tan fresca, joven y vital como cuando la estrenaron.
Cuenta un modesto capítulo de las sangrientas luchas que llevaron a la aceptación y promulgación de los derechos del trabajador. Estamos en Turín a fines del siglo XIX. Hay una fábrica textil en la que se trabaja 14 horas diarias, con un breve recreo que no alcanza ni para merendar decentemente. Un operario, por cansancio o por la monotonía del trabajo mecánico, pierde un brazo en un descuido. Los demás comprenden que, de ahora en más, él y su familia dependerán de la esporádica caridad pública para escapar por un rato a la miseria más absoluta. Comenzarán primero una protesta y luego una huelga que tendrá imprevisibles consecuencias.
Es una obra maestra. No hay fotograma que no esté contando algo, no hay escena que no esté sumando para concebir un todo maravilloso. Es como si un talentoso pintor fuera pintando un fresco grandioso ante nuestros ojos, y cuando la película termina es como si nos alejáramos unos pasos y contempláramos esta creación de gran belleza que atestiguamos trazo a trazo y que ya nunca olvidaremos.
Es profundamente humana. Muestra más de una miseria, pero también noblezas y generosidades que podrían llegar a rescatarnos de la ira divina.
Todos los actores están impecables, pero anda por ahí el gran Marcello. Si el oficio de actuar es primordialmente iluminar o hacer asequible el comportamiento humano, muy pocos lo ejercieron con la genialidad y la humildad de Mastroiani. Actuaba como si jugara. Hacía todas esas cosas complicadísimas que le pedían los grandes directores como si no le costara nada. Actuaba sin alharacas ni narcisismos, como si lo único que lo diferenciara del carpintero, tiracables o chofer de la filmación fuera que él estaba delante de la cámara. Aquí interpreta a un intelectual hambreado y muy chicato. Hay una escena en que todos corren perseguidos por la policía. Es un plano general, él está perdido en la multitud, y corre (doy fe porque uso anteojos desde la cuna) con la torpeza del que no ve el suelo que pisa, con miedo de perder los anteojos que mucho no le sirven, pero sin los cuales estaría perdido. No hay para él un plano detalle, es uno más, sin embargo incluso en esa toma multitudinaria se toma la molestia de contarnos su personaje. Un grande. Un genio. Algo bueno debemos haber hecho para que Dios o el Big Bang nos regalara semejante artista.
Unos días más tarde veía Bajo el sol de Toscana, una comedia romántica tópica que había grabado de la TNT. Es sobre los que descubren su lugar en el mundo en forma fortuita e inesperada. La protagonista, Diane Lane, a lo largo de la película, ve desde su balcón a un viejito que le cambia las flores a una imagen que está en una pared al otro lado de su calle. Es un viejito mala onda, de mirada límpida y profunda, como la de alguien que no ha vivido al pedo. Ella lo saluda, pero él la ignora. Ella quiere ser saludada por él, siente que sería la ratificación definitiva de que es aceptada, de que al fin pertenece a ese lugar. La película está por terminar y ella vuelve a verlo. Como yo estaba viendo el video entre dos clases, decía para mis adentros: “que no la salude, que no la salude, que quede como cuenta pendiente,” porque no se trataba de que yo fuera a mi próxima clase conmovido hasta los tuétanos. (A mí, los súbitos gestos de solidaridad y generosidad me matan, porque siento que es ahí cuando amamos la humanidad, no ya en nosotros sino en cualquiera de los otros). Y ella lo mira y él no la saluda y se va. Pero de repente se da vuelta, la mira y se lleva la mano al sombrero. Y quedo ahí, conmovido, mirando los títulos, aunque llegue tarde a mi clase, para saber quién hace el papel de viejito. No es ni más ni menos que ¡Mario Monicelli, el director de Los Compañeros! Y memorizo el nombre de la directora de Bajo el sol de Toscana, Audrey Wells. Porque quien teniendo la oportunidad, valora, reconoce y convence a Monicelli (que no es actor) para que haga ese papelito, merece que se la recuerde.
Un amigo mío dice que el mejor cine del mundo lo hicieron los italianos. Es una generalización y una exageración. Pero cuando veo Los Compañeros, El Gatopardo, La Strada, Umberto D, Érase una vez en América, Un día muy particular o Pasqualino 7 bellezas, me dan ganas de darle toda la razón.
Un abrazo
Gustavo Monteros
¿Pudo Hollywood alguna vez producir una comedia dramática original a la manera de Ibsen o Shaw, con un argumento que progresara no sólo por los conflictos de personajes carismáticos sino que discurriera ideas también? ¿Pudo James Garner, ese espléndido comediante mezcla rara de Cary Grant, James Steward y Burt Reynolds (porque tenía el timing y la elegancia actoral de Cary, la naturalidad y simpatía de Jimmy y el físico rotundo de Burt) corporizar un canalla hecho y derecho que tuviera sin embargo toda la razón? ¿Pudo Julie Andrews, antes de ser sacralizada como ente angelical por las novicias rebeldes y las mary poppins que le tocaron en suerte, interpretar a una mujer sensual normal con apetitos carnales que satisfacía noblemente? (Debido a esta película, durante años Sammy Davis Jr. hizo este chiste: que Julie Andrews era la única estrella cinematográfica que había tenido sexo antes de ser oficializada virgen universal). ¿Pudo el gran Melvyn Douglas conmover con un personaje tan enfermo como equivocado? ¿Pudo James Coburn redondear un papel secundario compacto que lo perfilaría como un futuro protagonista muy interesante? ¿Pudo Paddy Chayefsky, el rey del naturalismo cinematográfico gracias a Marty y Banquete de Bodas (The Catered Affair) afilar la punta del lápiz y superar su realismo tan efectivo como pedestre? ¿Pudo Arthur Hiller, un artesano correcto, elevarse de su medianía y volar a la altura de este proyecto? La respuesta a todos estos interrogantes es un Sí unánime. Se llama Nunca Comprarás Mi Amor (The Americanization of Emily) y la da mañana a las 17:30 TCM.
A pesar de ser un éxito de público y crítica no se reestrenó, como era el hábito comercial de entonces ni se pasó mucho por tele. Idéntico destino sufrió Cortina Rasgada, en la que Julie Andrews retozaba alegremente en la cama nada más ni nada menos que con Paul Newman en el pináculo de su lozanía. Torn Curtain no era el mejor de los Hitchcocks, pero junto con La Ventana Siniestra ofrecía las escenas más perfectas de la salvación por un pelo Hitchcockoniana. Si en Rear Window, Jimmy Steward se salvaba de que Raymond Burr lo matara encegueciéndolo con el flash de su cámara fotográfica; en Torn Curtain, Paul, sentado con Julie en un teatro viendo ballet, rodeados por media KGB y casi todo el ejército rojo, evita que terminen en Siberia, gritando “fuego” y provocando una estampida feroz.
El chusmaje de los historiadores de cine dice que tanto Nunca Comprarás Mi Amor como Cortina Rasgada fueron cajoneadas por pedido de la Disney y de la Fox para ocultar el pasado pecaminoso y sexual de la Andrews. Es que tanto Mary Poppins como La Novicia Rebelde eran dos minas de oro que producían enormes dividendos con cada reestreno y relanzamiento y había que preservar la asexualidad de la Andrews.
¡Pobre Julie! Años después tuvo que pasar por la ignominia de un topless cómico en S.O.B. (iniciales de son of a bitch, que aquí como reinaba la censura de la dictadura militar se llamó Se Acabó el Mundo, y los turgentes senos de Julie más otros momentos picarescos que protagonizaba fueron más adivinados que vistos), ser cuerneada por Bo Derek en 10, la mujer perfecta y ser travestida en Víctor-Victoria para recobrar algo de su sexualidad.
Pero ahora que reponen en teatro tanto Mary Poppins como La Novicia Rebelde, los directores de casting dicen que encontrar una actriz para la Poppins es relativamente sencillo por el disfraz y el paraguas volador, pero hallar una actriz para María Von Trapp que sea buena, dulce, candorosa, sin que parezca una reverenda pelotuda es toda una odisea,
Ésa bien puede ser la venganza de Julie Andrews.
Un abrazo,
Gustavo
Mañana a las 13hs si andan cerca de un televisor, sintonicen Retro, dan Mujer o Demonio ( Destry rides again), un clásico no muy conocido por estos pagos, o no todo lo conocido que se merece. Cuando ya era imposible vender a Marlene como una mujer misteriosa, hierática e indolente, cuando ya era posta que en esa línea era veneno de boletería, le exigieron un rotundo golpe de timón. Ella propuso ser la chica del saloon en algún buen western. La aparearon entonces con el eternamente terreno, simpatiquísimo James Steward y surgió esta maravilla. Es inolvidable por varios factores: la Dietrich da la actuación más vital y enjundiosa de su carrera; Jimmy compone al prototipo más perfecto de sus commonsensical characters, a los que lo condenaron casi a cadena perpetua; Frederick Hollander le compuso a Marlene una de sus canciones más bellas, a la que la diva convirtió en un himno y en uno de sus caballitos de batalla (The boys in the background); y por la galería de personajes secundarios, deliciosos como pocos.
Un abrazoGustavo Monteros
La palabra SECRETO en el título de una novela, una obra de teatro o una película me despierta una curiosidad irreprimible y debo leer ese libro o ver esa obra o ese film. ¿Podré adivinar el secreto? ¿Estará el misterio a la altura de la expectativa creada? Esta compulsión me ha metido en más de un bodrio, pero me es imposible controlarla.
Eso sí, va siendo hora de que dejen de abusar en los títulos de la palabra SECRETO a secas y la adjetiven o la adornen un poco, puedo mencionar al menos 5 películas de distintas nacionalidades que se llaman El Secreto y otras tantas que se llaman Un Secreto.
Esta vez se trata de una película francesa de Claude Miller. Y es muy poco lo que puedo contar sin arruinarles la diversión de verla. Básteme decir que el secreto se origina en el seno de una familia judía francesa durante la segunda guerra mundial, que la guerra tiene algo que ver, pero que éste es en esencia un drama íntimo.
Ahora bien, ¿cómo responde este film a las preguntas que me obsesionan respecto a un SECRETO? Con aplastante rotundidad. Ni remotamente hubiera adivinado el secreto y cuando éste comienza a develarse se instala en la platea un bienvenido y desconcertante estupor. Y ¡sí!, el misterio satisface plenamente la expectativa creada.
El film se estructura en base a hechos ocurridos a lo largo de varios veranos, una primavera y un otoño. Normalmente cuando hay varias líneas temporales en un relato, el presente narrativo va en colores y el racconto en blanco y negro. Hay aquí una inversión a la norma. El presente narrativo va en blanco y negro y lo que se recuerda va en restallantes colores. Se trata de una elección muy afortunada porque el pasado es aquí el momento de la pasión y el presente sólo una consecuencia, y también porque cualquier secreto no hace sino palidecer la vida.
El film tiene una rareza y un detalle. La rareza: es muy frío. Formalmente es un melodrama, pero ante cada instancia conmovedora hay un deliberado distanciamiento emocional, como si se quisiera hacer pensar más que sentir. A Claude Miller le gusta narrar así. A las películas que más recuerdo de él, Lo Mejor de la Vida (La Meilleure Façon de Marcher), la historia de una manipulación que lleva a una humillación atroz y Betty Fisher y otras historias (Betty Fisher et autres histories), un rompecabezas policial sobre el inaprensible destino, la frialdad les venía como anillo al dedo. Pero aquí produce un extrañamiento incómodo. Uno ve escenas altamente conmovedoras, pero la puesta en escena nos dice todo el tiempo: no se conmuevan, sólo vean. Incomoda porque (aceptémoslo) un melodrama que no quiere emocionar es una contradicción de términos. El detalle: hay algunos diálogos muy artificiosos. Esto más que una crítica es un reconocimiento idiosincrásico. Los franceses tienen una tradición de dialogar escénicamente en un modo que a los rioplatenses nos parece rebuscado. Pensemos por un segundo en todos los films franceses que hemos visto y comprobaremos que esto es así.
En resumen, un muy buen film, muy frío, estupendamente actuado, con una buena historia y entretenidamente intrigante.
Existe un preconcepto muy difundido entre los críticos cinematográficos que dice que los italianos hacen films ruidosos y viscerales, que los españoles sólo piensan en escandalizar, que los ingleses sorprenden por una vitalidad insospechada en ellos y que los franceses a la hora de filmar son elegantes y distantes. Si se acepta esto, estamos entonces ante un nuevo ejemplo del “típico gusto francés”.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Leonardo Favio, como cineasta, es un artista verdadero. Sólo es fiel a sí mismo. Y Dios lo bendiga o lo perdone, no le tiene miedo a nada. Es audaz, atrevido, lúcido, original, innovador, libre de ataduras, prejuicios o preconceptos, pero también cursi, pedante, plagiario, pomposo, adocenado, obvio. Ninguna de sus películas (Crónica de un niño solo; El romance del Aniceto y la Francisca; El Dependiente; Juan Moreira; Nazareno Cruz y el lobo; Soñar, soñar; Gatica, el Mono; Perón, sinfonía del sentimiento) es impecable. Todas tienen un momento que provoca risitas burlonas, da un poco de vergüenza ajena o despierta el saludable y liberador bostezo. Pero cuando la pega es lisa y llanamente genial. Como si Dios o el universo le hubieran confiado un secreto que él se empeña en ignorar, pero que cuando se descuida se le escapa y lo comparte con todos.
Con Aniceto, vuelve a visitar El Cenizo, el cuento de su hermano Zuhair Jury. Es una historia sencilla de amores, traiciones y gallos de riña. Antes la hizo en blanco y negro y con actores, Federico Luppi, Elsa Daniel, María Vaner (El romance del Aniceto y la Francisca). Ahora la hace en colores y con bailarines, Hernán Piquín, Natalia Pelayo, Alejandra Baldoni.
Como siempre, lo que hace es un poco inclasificable. Éste es tanto ballet filmado como un film con ballet. Por momentos hiperrealista, en otros surrealista. Por momentos hay un desequilibrio notorio entre sus ambiciones y sus logros, pero en otros, lo que cuenta se nos cuela en el alma y tanta belleza arrebatadora nos deja sin palabras.
Cuando el film termina, descubrimos que ya no somos multitud como en los tiempos de Juan Moreira, somos unos pocos gatos locos. Pero permanecemos sentados, nos demoramos, buscamos excusas para quedarnos un ratito más. Y no porque la película haya sido corta y el calorcito del cine incita la modorra. Sino porque de nuevo, y perdónenme el misticismo a la galleta, hemos sidos tocados por el ala del ángel.
Un abrazo,Gustavo Monteros
Con Cassandra's Dream, Woody Allen vuelve al drama policial como en Match-Point y Crímenes y Pecados. Lo que la diferencia de las anteriores es que ya no está presente el nihilismo, sino que la línea de pensamiento que sustenta el drama se relaciona más con lo shakespereano, por aquello de que una vez que el orden de las cosas ha sido roto, no habrá paz hasta que se reordene o se recomponga; o con los trágicos griegos, por aquello de que un hecho de sangre puede ocultarse, pero tarde o temprano habrá que enfrentar las consecuencias.
La anécdota es muy sencilla: dos hermanos, por sus ambiciones o sus debilidades, se ven en la obligación de solicitar ayuda económica a un tío rico. Dicho tío no tendrá problema en ayudarlos, siempre y cuando le hagan un pequeño favor: matar a un hombre que lo perjudica. Hacerlo o no hacerlo, ésa es la cuestión.
Si en varias de sus películas Allen homenajeó a maestros del cine (a Fellini en Recuerdos, a Bergman en Interiores y Comedia Sexual de una noche de verano, a Fritz Lang en Sombra y Niebla, etc.), aquí, inconscientemente al menos (ya que no lo ha declarado), parece celebrar al maestro francés Claude Chabrol. Lo acerca a Chabrol, la minuciosidad con que describe la vida cotidiana de los protagonistas, la línea narrativa directa, el uso de la banda sonora (Allen deja de lado esta vez su estimable colección de discos y recurre a los servicios de Philip Glass), las simpleza en el uso de la cámara y el escamoteo de los hechos sangrientos (van directamente en off).
A estos dos últimos aspectos, el punzante crítico de New Yorker, David Denby, los atribuye más a la manía de Allen de hacer un film en menos de dos meses que a una necesidad estilística. Lo acusa de vago por no planificar mejor para lograr secuencias más expresivas y de evitarse el arduo trabajo que demanda escenificar los crímenes. Ellos sabrán.
Tom Wilkinson y Ewan McGregor ratifican su estatura de buenos actores todoterreno. Pero la sorpresa la da Colin Farrell. Vendido por Hollywood como la alternativa caucásica a tanto galán rubión, Farrel le puso la cara a un desatino tras otro. Aunque a veces eligió bienintencionadamente, su actuación resultó estar más para la cachetada y el chiste, que para la aprobación o el aplauso. Aquí se despacha con una actuación creíble y conmovedora. Lo que no es poca cosa porque ya es sabido que Allen no es un director de actores cuidadoso y no le gustan las retomas. No olvidemos lo que contó Michael Caine en el reportaje del Actor's Studio. Cuando le comentó a un asistente de fotografía que por fin lo había llamado Woody Allen, el asistente le dijo: "Lo que quieras lograr con el papel, traelo listo de tu casa y exponelo todo en la primera toma, no te guardes nada para un nuevo plano porque no lo habrá, siempre hay uno por toma, y no experimentes esperando afirmarte en la tercera o cuarta toma porque, con suerte, podés llegar a la segunda si es que se le da por hacer una de seguridad." El querido Michael le llevó el apunte y obtuvo el Oscar (que le andaban negando) con Hannah y sus hermanas, por su actuación sensible, casi poética, de ese cincuentón querible al que el amor volvía un adolescente.
El Sueño de Casandra es una buena película, pero no está a la altura de Match-Point (más cuidada y redonda) y menos, a la de Crímenes y Pecados (una de sus obras maestras), pero son casi 100 minutos de entretenimiento inteligente, en los que uno dialoga con uno de los artistas más notables del siglo XX. Y vale para él, lo que decían de Hitchcock cuando yo era chico: el peor Hitchcock es mejor que ningún Hitchcock.
Un abrazo
Gustavo Monteros
Across the universe es un musical armado con las canciones de los Beatles. Cualquier similitud con Moulin Rouge no es pura coincidencia. Aunque a diferencia del genial film de Bazz Luhrmann, el montaje es más tradicional o sea más tranquilo.
El argumento se centra principalmente en dos historias de amor (una entre un inglesito y una estudiante yanqui, y la otra entre una cantante veterana à la Janis Joplin y un guitarrista à la Jimmy Hendrix) circunscriptas en tiempos de Vietnam, la psicodelia y la revolución sexual. Deambulan también por ahí, una orientalita perdedora en cuestiones del corazón y un rubito que vuelve entero de la guerra pero con la cabeza quemada.
Nada muy atrapante, con situaciones que orillan (esto parece a propósito, aunque no queda muy claro) todos los lugares comunes esperables. Hay números musicales que parecen sacados de una película de Palito Ortega dirigida por Enrique Carreras. Pero cuando uno ya está a punto de apretar stop y mandar todo al carajo, la directora se inspira y entrega un momento que nos deja con la boca abierta, como la escena del reclutamiento. Dichas secuencias justifican la visión del film y claro, ya se sabe, la música de los Beatles es bellísima; y aunque nunca estuvo lejos, reencontrase con ella es siempre un placer.
Julie Taymor, la directora, hizo antes una maravillosa versión de Tito Andrónico, una de las obras más sangrientas y peor construidas de Shakespeare (esto no lo digo yo, que soy un piojo, sino los expertos que se quemaron hasta las pestañas postizas con los folios shakespearanos). Dicho film se llama Titus y entre otros están Jessica Lange y Anthony Hopkins.
Esta muchacha dirigió también la versión teatral de El rey león en Broadway, de la cual sólo vi unas escenas que me deslumbraron y que confirmaban que todos los elogios recibidos no habían sido infundados.
Ah, dirigió también el film en el que Salma Hayek se afeó para ser Frida Kahlo.
Un abrazo,
Gustavo
Los Dueños de la Noche es un melodrama policial grandioso, muy bien contado, impecablemente actuado, con un guión firme que avanza inexorable hacia un final lógico y liberador. (Decir que un final es lógico y liberador es una perogrullada, pero hoy en día con tanta película tramposa de final absurdamente pochoclero, que un policial tenga un final coherente es casi una novedad.)
Volviendo al film que nos ocupa, para los que peinamos canas o hemos hundido por más de un par de horas los muelles de una butaca de cine, el ver películas no es un pasatiempo inocente. Todo o casi todo nos devuelve una experiencia anterior. Están aquí la opresiva atmósfera operística que Coppola le imprimió a sus Padrinos, los personajes un poco alucinados de los mejores filmes de Scorsese, el policía de ética personalísima que a los demás les resulta difícil comprender (como el de las historias que le gusta contar a Sydney Lumet), el final cocinado a fuego lento como el que Peter Weir le dio a su magnífico Testigo en peligro.
Pero con lo que James Gray, este joven director al que le gusta ambientar sus historias en el barrio ruso de Nueva York, contribuye a la historia del cine, y que nosotros, los adoradores del dios Cine, incluiremos sin duda en nuestras antologías de secuencias inolvidables es: la persecución bajo la lluvia. Siniestra, desesperada, tiene la densidad de la mala niebla o la textura de una pesadilla atroz.
Un abrazo
Gustavo Monteros
Margot at the wedding es de esas películas, cuya mayor virtud es también su mayor defecto. Este recorte de unos días en la vida de una familia muy disfuncional parece demasiado artificioso para ser plausible. Sus personajes son demasiado conscientes de sus limitaciones para estar tan dominados por ellas. Pero este conocimiento de sí mismos los lleva a sostener diálogos infrecuentemente brillantes que producen un gran deleite.
El trío protagónico, Nicole Kidman, Jennifer Jason Leigh y Jack Black, tuvo mejores instancias para lucir sus recursos. Pero es interesante atestiguar este primer encuentro entre dos de las mejores actrices que nos presentó el penúltimo cine yanqui. Jack Black ratifica aquello de que cualquier gran actor cómico, cuando se le canta, puede dar una actuación dramática impecable. Cosa que no se da del lado contrario: son contados con los dedos de la mano los grandes actores dramáticos que pueden transitar con éxito la cuerda cómica sin caer en el abismo del ridículo.
Margot at the wedding (Margot y la boda es su título local) es un postre demasiado sutil para el paladar pochoclero y no pasó por los cines; se la encuentra ahora en las góndolas de su club de DVD amigo.
Su autor y director, el neoyorquino de 38 años Noah Baumbach, debe su fama a su film anterior: Historias de familia ( The Squid and the Whale ), tragicomedia de tono autobiográfico ambientada en el Brooklyn de 1986 con Jeff Daniels y Laura Linney.
Un abrazo
Gustavo Monteros
Pasada la adolescencia, el terror, como género cinematográfico dejó de interesarme. Al menos en mi caso, fue una de las cosas que la edad se llevó. Pero, aunque dejé de frecuentarlo, seguí su evolución (después de todo se hablaba de él en las mismas páginas en las que se hablaba de los demás géneros). Supe, entonces, que los viejos “metemiedos”, como ya no asustaban a nadie, recuperaron la estatura de mitos románticos, que en esencia siempre fueron (Drácula, Frankenstein). Supe que otros, como el hombre lobo y los vampiros tuvieron algún que otro verano de éxito. Supe que, después de Halloween y La Masacre de Texas, el género santificó a un nuevo héroe, celebrándolo en todos sus estilos y variantes: el asesino serial, que despanzurra a cuanto ser humano se le pone en frente, generando el mayor “gore” posible. Supe, también, que a pesar de los adelantos en efectos especiales, ante tanto acrecentamiento de violencia cotidiana, tanta guerra absurda, tanta exhibición de hechos sangrientos en los medios, nuestra capacidad de tolerancia y/o resistencia a asustarnos ha crecido tanto, que al género le cuesta más y más espantarnos, quedándole como única salida insistir en la acumulación de cadáveres para producir algún efecto.
Pero, aunque me aparté del género, las historias de fantasmas continuaron fascinándome.
Las historias de fantasmas son como cuentos de hadas de signo contrario. Si las hadas son seres fantásticos empeñados en que seamos felices, los fantasmas están gobernados por intenciones de lo más aviesas. En los últimos tiempos hubo dos excelentes films de fantasmas: El Sexto Sentido y Los Otros.
Con El Sexto Sentido, el director, M. Night Shyamalan, sacó patente de genio, que (con excepción de Señales) se le venció rápidamente, entregándonos una sucesión de bodrios de variable soportabilidad: El Protegido, La Aldea, La Dama del Agua.
En cambio, Alejandro Amenabar, el director de Los Otros, demostró tener un talento que no encoge y que sin importar el género que escoja (Tesis, Cierra los ojos, Mar adentro), su escritura es siempre estimulante, atendible, entretenida.
Y ahora llega El Orfanato, una muy buena película dirigida por Juan Antonio Bayona. El guión participa de algunos lugares comunes del género como la casa grande, vieja y solitaria, que oculta terribles secretos, o los personajes excesivamente escépticos que, aunque ven cosas excepcionales, siguen sin creer en lo sobrenatural. De todos modos, al film le sobra creatividad como para hacer que lo viejo parezca nuevo otra vez. Para ello utiliza los modernos medios a su alcance. Convengamos que a la historia de fantasmas, el Dolby le sienta más que bien, para sus portazos imprevistos, los pasos en el piso de arriba, los cuchicheos en la habitación de al lado, las súbitas ráfagas de viento, las tormentas eléctricas tan atmosféricas. También le sientan bien el montaje veloz para ver y no ver, y las nuevas lentes que tanto sugieren y esfuman.
Aunque provoca una par de sustos, a El Orfanato le preocupa más contar bien su historia. Y eso siempre se agradece. Todo encuentra su lógica. Revela inteligencia a través de una anécdota astuta y certera. Utiliza dos armas primordiales más que lícitas: el tema del niño perdido y la búsqueda inclaudicable de su madre, que es imposible que no encuentre una identificación universal y una protagonista tan carismática, Belén Rueda, que es imposible que no encuentre una adhesión inmediata.
Aun para los más reacios a entretenerse con este género, este Orfanato merece una visita.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
Si Elizabeth (de Shekhar Kapur) se emparentaba con la ópera por la exacerbación de sentimientos, conflictos y personajes; por la opulencia del vestuario y la dirección de arte; por la ampulosidad de la puesta en escena; por la absoluta falta de rigor histórico; todo subrayado por la grandiosidad del trabajo de cámara. Elizabeth, the golden age (del mismo director) se emparienta con el telenovelón del mejor cuño por la falta de espesor de sus personajes; por la levedad de su trama; por la superficialidad en el planteo de los conflictos; por la ligereza de las transiciones y la asimilación de algunas verdades por los protagonistas; por la excesiva digitalización de la dirección de arte que hace que todo parezca una pobre escenografía; porque los problemas sentimentales están por encima de todo y porque cualquier excusa es buena para derramar abundantes lágrimas. No faltan los clásicos pivotes del teleteatro: el triángulo y el embarazo inoportuno. Hay diálogos bien intencionados, pero tan mal resueltos (¿Descubrimos el nuevo mundo? ¿O el nuevo mundo nos descubre a nosotros?), que parecen ser fruto del apuro con el que se cocina el novelón. Y hasta el mismísimo Walter Raleigh la hace tambalear a Elizabeth con aquello de que: ¿Alguien la quiso alguna vez por lo que es y no por lo que representa? Idéntico conflicto padeció Facundo Arana en un recodo de la trama de Padre Coraje.
Hay momentos tan mal resueltos que dan vergüenza ajena: la lección de baile y la batalla naval final, con caballo y todo.
Pero, pese a todo lo expuesto, el film se sigue con interés, porque uno se resigna a que este reino isabelino es para comer pochoclo y por los actores. Cate Blanchett es hermosa, inteligente, talentosa y es de esas actrices que se preocupan por devolvernos la plata de la entrada, se consustancian con el proyecto y sudan la camiseta (en este caso el corset, que le aplana horriblemente sus dos bellas redondeces, cosas del papel). Eso sí, su Elizabeth parece haber leído el libro de Nacha Guevara (Sesenta años no es nada), en especial el capítulo de como elegir el mejor cirujano plástico, porque aunque se la supone medio veterana, luce lozana como pocas. Clive Owen es un estupendo actor que aquí se divierte mucho en plan de galanazo total (se le nota que tiene a Errol Flynn como modelo para el papel). La gran Samantha Morton conmueve con la estúpida de María Estuardo. Jordi Mollá, como es una película piratona, es el villano absoluto. Aunque pensándolo bien, no es para menos, el Felipe ése tenía detrás de sí a la Inquisición (¡Dios nos libre!) que era más asesina que la peste. En resumen, si se dejan llevar y no le piden mucho, entretiene.
Un abrazo,
Gustavo Monteros
La Conspiración (In the valley of Elah) es una muy buena película, escrita y dirigida por Paul Haggis; guionista de los tres últimos films de Clint Eastwood :Million Dollar Baby, Flags of our fathers y Letters from Iwo Jima; del último James Bond, Casino Royale; y autor y director de Crash, que en el 2006, contra todo pronóstico, se alzó sorpresivamente con el Oscar a la mejor película del año.
Crash anda ahora dando vuelta por el cable. Es un film coral muy interesante, casi de tesis, que indaga sobre lo profundo que corre el veneno del prejuicio en nuestra sangre y lo arraigada que está la discriminación en la sociedad.
La Conspiración, en cambio, se centra en una historia excluyente: la investigación de un padre sobre la misteriosa desaparición de su hijo, un soldadito yanqui, que parece haberse esfumado de un destacamento militar. Cuando la investigación llegue a su fin, algunos de los aspectos más aberrantes de la guerra avariciosa que lleva adelante el imperialismo yanqui en Irak saldrán a la luz y revelarán lo enferma que está esa sociedad.
Como en Redacted de Brian De Palma, la nueva tecnología, como los teléfonos celulares y las camaritas de video, será un elemento narrativo esencial que develará más de una pista.
Charlize Theron vuelve a disimular algo de su belleza para dar otra actuación notable. Las pocas escenas de Susan Sarandon son de una sinceridad apabullante. Pero el héroe de la velada es Tommy Lee Jones, está maravilloso. Los yanquis, tan adeptos a las especializaciones, están de la nuca con él, no les entra en la cabeza que no haya tomado una clase de actuación en su vida.
Que la prensa conservadora de su país de origen la haya atacado tan duramente, acusándola de hereje y antipatriótica, pidiendo incluso que les revoquen la nacionalidad y los deporten a todos los involucrados en el proyecto, la hace más interesante. Y más aun que el público la haya convertido en un gran fracaso de taquilla, negándose a ver algo, que aunque muy ficcionalizado, se basa desgraciadamente en un hecho real.
El título original, En el valle de Elah, hace referencia al lugar en el que David venció a Goliat.Un abrazo,
Gustavo Monteros
Queridos Amigos:
¿Vieron Petróleo Sangriento (There will be blood)?¿Qué les pareció?
Yo la vi. Me pareció una película excelente, excelsa, excepcional; pero en lo personal me resultó tan o más aburrida que Paris-Texas (dura más o menos lo mismo y sin el paliativo de Nastassja Kinski en la escena final).
El film cuenta la clásica historia del self-made man que pasa de rata a multimillonario. Hay dos o tres subtramas; una de las cuales concierne a un falso fanático que ve en la religión la posibilidad de obtener poder y hacer mucha plata. La pugna y el contraste entre el capitalista sátrapa y el religioso hipócrita quizá sean lo más atractivo del film.
Aunque tiene nudos dramáticos muy interesantes y muy bien resueltos, la anécdota es más episódica que evolutiva, y hay por lo tanto muuuuchas mesetas narrativas en las que dan ganas de tener un control remoto gigante y hacer fast foward.
La novedosa música de Jonny Greenwood (entre minimalista y vanguardista) no desagrada. Eso sí que no se ponga de moda, dos o tres películas más con este tipo de música y la gente va a ir al cine con los Winchester a hacer tiro al blanco con los parlantes del Dolby. La fotografía de Robert Elswit es talentosísima, da el adecuado tono épico y una espectacularidad millonaria a un film que no costó más de dos pesos.
El director Paul Thomas Anderson, un geniecito del nuevo cine yanqui, me deslumbró más con sus películas anteriores Boogie Nights, Magnolia y Punch-Drunk Love (Embriagado de Amor) que con este film tan logrado como tedioso.
Daniel Day-Lewis confirma lo que ya sabemos: le preocupa más gustarse él que que intentar comunicarnos algo a nosotros, los sufridos espectadores. Emocionarnos o al menos procurar conmocionarnos ni se le cruza por la cabeza. Leía hoy en un reportaje a George Clooney algo con lo que no podía menos que estar de acuerdo. Decía el querido George que Danielito no hizo una composición, sino una impecable imitación de John Huston.
Artero pero certero.
Un abrazo
Gustavo Gustavo