
Volviendo al film que nos ocupa, para los que peinamos canas o hemos hundido por más de un par de horas los muelles de una butaca de cine, el ver películas no es un pasatiempo inocente. Todo o casi todo nos devuelve una experiencia anterior. Están aquí la opresiva atmósfera operística que Coppola le imprimió a sus Padrinos, los personajes un poco alucinados de los mejores filmes de Scorsese, el policía de ética personalísima que a los demás les resulta difícil comprender (como el de las historias que le gusta contar a Sydney Lumet), el final cocinado a fuego lento como el que Peter Weir le dio a su magnífico Testigo en peligro.
Pero con lo que James Gray, este joven director al que le gusta ambientar sus historias en el barrio ruso de Nueva York, contribuye a la historia del cine, y que nosotros, los adoradores del dios Cine, incluiremos sin duda en nuestras antologías de secuencias inolvidables es: la persecución bajo la lluvia. Siniestra, desesperada, tiene la densidad de la mala niebla o la textura de una pesadilla atroz.
Un abrazo
Gustavo Monteros
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.