El griego
Theodoros Angelopoulos (1935-2012) es uno de los autores del cine. Algunas
características singulares de su obra: al señor le gustan las películas largas,
de tres horas y más, su paleta de colores es apagada (las gamas de los grises,
los ocres, la variación de los azules), en sus películas siempre llueve o nieva
o hay niebla o está nublado, de ahí que por lo general transcurran en otoño o
invierno, le encantan las casas amplias y desvencijadas que apenas se mantienen
en pie, sus tomas son amplias, panorámicas, y lo más largas posibles, a estos
planos secuencias los hace con la mayor naturalidad procurando que no se noten,
al revés del uso que hacen los contemporáneos que subrayan la destreza que
denotan, sus tiempos son lentos, el tono es grave (solemne a veces), sus temas
procuran ser serios, profundos.
Filmó dos
películas protagonizadas por Marcello Mastroianni, en 1986 hizo O
melissokomos (El apicultor) y en 1991 To meteoro vima tou
pelargou (El paso suspendido de la cigüeña).
Alerta de
espóiler: voy a contar el argumento de la primera película, porque es difícil
de hallar y para que tengan una idea cabal de qué se trata. Si tienen acceso a
esta película y no quieren que se les adelante nada, vayan, por favor adonde
dice Fin del espóiler, gracias.
En El
apicultor, Mastroianni es Spyros, un sexagenario apicultor que se acaba de
jubilar como docente. En la primera escena lo vemos en el casamiento de su hija
menor, sabremos que venderán la casona familiar que vemos y que está en proceso
de divorcio algo que resiente su hijo y la propia esposa de Spyros, Jenny
Roussea.
Al día
siguiente comenzará la travesía que hacen con las colmenas cada año, van a
diferentes lugares donde las exponen a vegetaciones diferentes para saborizar
las mieles. La profesión ya no es lo que era, cada vez son menos los que se
dedican a ella y en cada locación se pierden más y más abejas.
Cada
apicultor se va en su camioncito a perseguir su itinerario, en algunos lugares
coinciden, pero procuran que sea en fechas diferentes para no mezclar las
abejas.
En la
primera parada, una chica (Nadia Mourouzi) que acaba de pelearse con un novio
motociclista, se le sube de prepo al camión y le pide que la lleve lo más lejos
posible. La deja en la parada siguiente, aunque vuelve a subirla porque nadie
pasa por la ruta.
En la
primera locación en la que deposita sus colmenas, comparte con ella la
habitación del hotel donde generalmente se aloja. Ella se ofrece para hacer el
amor y él no quiere saber nada. La noche siguiente ella sale a comprar
cigarrillos y vuelve con un soldado al que dice conocer desde la primaria y se
ponen a hacer el amor en la cama contigua a la de Spyros, que se levanta
enojado y se va al bar de enfrente a esperar que acaben y se vayan. Cuando el
soldado sale, Spyros vuelve al cuarto, toma sus cosas y deja a la chica
hablando sola. Es la primera separación.
En la
segunda locación de sus colmenas, con un amigo de la infancia van a visitar a un
tercero que está muy enfermo en el hospital (Serge Reggiani). Beben con él y lo
sacan en medio de la noche para que vea el mar quizá por última vez.
Se
reencuentra con la chica, que no se va con él porque anda con otro
motociclista. Cuando está abandonando el pueblo, vuelve y atropella la mampara
del restaurant donde la chica está cenando con el motociclista y otros amigos.
Ella junta sus cosas y se va con Spyros. En el ferry que toman, él trata de
hacerle el amor violentamente, ella lucha, se separa y le dice que así no será.
Vuelve a perderla.
Spyros
visita en una ciudad a su esposa que está allí ayudando al hijo para que
termine sus estudios universitarios. Spyros dice que vino a buscarla para que
vuelva con él. Intenta hacerle el amor apasionadamente, ella se niega a las dos
cosas, a la pasión y a ir con él. Vuelve con la chica.
Visita ahora
a su hija mayor de la que estaba distanciado y que es dueña con su marido de un
parador en la ruta, le pide disculpas por cómo se comportó en el pasado. La
hija ve que lo acompaña una chica de su edad. La chica harta de esperarlo, se
ha subido a un bus. La separación es temporal, vuelve a reencontrase con ella.
Él visita la
casa de su infancia, mientras la chica lo espera, se emborracha y cuando él
vuelve le muerde la mano hasta hacerlo sangrar. No quieren alojarse en un hotel
(¿por qué?, no queda claro, por falta de plata no es porque más adelante van a
un restaurante de lujo).
Él se mete
en un cine abandonado, mientras ella lo espera afuera. En el cine está el
antiguo dueño y proyectorista (Dino Iliopoulos) que va algunas tardes a
mantener limpio el lugar. Spyros le pide que lo deje quedarse a dormir allí. El
amigo no quiere, menos cuando ve que lo acompaña una joven, pero termina por
aceptar. Les deja unas frazadas y almohadones, que amontona en el escenario. El
amigo le dice que espera que al volver al día siguiente ya no estén y que no se
queden a despedirlo. Ella se desnuda y le hace el amor a Spyros sensual,
eróticamente. Después ella se viste de gala y se van al restaurante de lujo.
Ella le pide muy dramáticamente que la deje ir. Salen de allí, vuelven al cine,
ella junta sus cosas y se va. Él queda solo.
Llega el
final, Spyros va a donde dejó sus colmenas, las abre, las tira, para que las
abejas se vayan. Cae al suelo y las abejas ¿lo atacan?, ¿lo matan? ¿Es esto
simbólico? ¿Es real? No importa, es claro que Spyros está en el piso. Si es el
final del camino o el fin de un círculo, lo tendremos que decidir nosotros, los
espectadores.
Fin del
espóiler.
Me atreví a
contarla toda porque como en toda película de autor, no es la trama lo que más
importa sino cómo está se desarrolla. Y eso a menos que detalle plano a plano,
como en un storyboard, no puedo traicionar. Es una indagación sobre las
negociaciones que uno hace con la decrepitud. El declive es inherente al ser
humano. No tiene la misma gravedad en todos, pero su devenir es inevitable. De
ahí que los personajes maduros se contradigan tanto. Es que de acuerdo al
momento que atraviesan, resisten o se resignan a los que les toca.
Siempre le
he tenido un particular afecto a Mastroianni (no se lo digan a nadie, pero le
debo a él mi segundo nombre). En algún momento escribiré sobre la relación
peculiar que se da entre un actor y su público. Es muy diferente a la que se da
entre los escritores, los artistas plásticos, los músicos y sus respectivos
seguidores. En esta instancia a lo que voy es que me molestó mucho el uso
metalingüístico que Angelopoulos hace de su figura. Porque no es necesario ser
muy suspicaz para no notar que usa su figura legendaria para expresar, ¿qué?,
¿qué hasta los grandes actores cinematográficos se avejentan, decaen, pierden
su gracia? ¿Había necesidad de mostrar una escena sexual en el escenario de un
cine abandonado? Escena en la que la chica joven se desnuda y exhibe su
lozanía, mientras él permanece vestido ¿acaso porque ya no puede mostrarse? Mi
enojo por la supuesta explotación parece no haber sido compartido por el mismo
Mastroianni, que cinco años después volvería a trabajar con Angelopoulos.
El paso
suspendido de la cigüeña es una imagen que hace referencia a pararse en un pie y levantar el otro
como a punto de completar el paso, sin darlo en realidad, algo que en una zona
de frontera se vuelve significativo.
El pie
asentado está sobre la línea de una frontera y el pie en el aire pisaría al
bajarse el otro lado y suscitaría una balacera para derribar al intruso, alguien
que de este lado ya no puede vivir y que intenta cruzar para ver si del otro
lado puede sobrevivir. Porque es una película sobre fronteras, límites, las
necesidades de armar círculos en los que algunos están dentro y otros fuera
¿para siempre jamás?
Lean
tranquilos que lo que sigue no incluye spoilers, gracias.
Un reportero
documentalista (Gregory Patrick Karr) va a una ciudad fronteriza, con un equipo
de producción, para hacer un informe para el programa de noticias para el que
trabaja, sobre un barrio en el que se refugian personas de distintas etnias y
creencias, a la espera de los papeles sellados que les permita seguir adelante
y refugiarse en otros países.
En las
primeras escenas filmadas, el reportero cree distinguir a un político que
abandonó la vida pública (Marcello Mastroianni) y del que nunca más se supo. El
reportero vuelve a la capital y habla con la exmujer del político (Jeanne
Moreau) que con mucha renuencia le cuenta que el político dejó la vida que
hacía en dos intentos. El primero fue breve, regresó a los pocos días para
despedirse de ella y que el segundo fue el definitivo, ya no volvió a saber de
él, salvo por rumores que decían que lo habían visto aquí o allá, ganándose la
vida en trabajos muy humildes.
Ella se
divorció y rehízo su vida. El detalle curioso es que el político se fue la
tarde que iba a presentar en el senado iniciativas que, sin duda, mejorarían la
vida de todos. Ante la gran expectativa creada entre los presentes, el hombre
revuelve las hojas con apuntes, se para frente al micrófono, aclara la voz y se
va sin decir una palabra. ¿Por qué?, gran misterio. Como legado deja un libro
que se ha vuelto una biblia progresista.
El reportero
vuelve a la ciudad fronteriza y profundiza su amistad con el coronel que
comanda la tropa asentada allí (Ilias Logothetis) y establece una relación
amorosa con una chica (Dora Chrysikou) que resulta ser hija del que quizá sea
el político perdido y prometida en casamiento con un hombre que está al otro
lado de la frontera.
Por
supuesto, el reportero logrará convencer a la exmujer para que venga a la
ciudad fronteriza y se reencuentre con su exmarido. Nada será como se espera
que suceda.
Esta
película en relación a El apicultor es más espectacular, de aprontes
épicos. Hay escenas de gran belleza, como el casamiento celebrado a ambas
riberas de un río ancho que parece imposible de cruzar, o como el ¿suicidio?,
¿asesinato?, del hombre colgado en la estación de trenes, con una cámara
prodigiosa que sube, baja y persigue a los personajes sin un solo corte y que,
sin embargo, se desplaza con la mayor naturalidad posible para no evidenciar la
destreza técnica mayúscula que está llevando a cabo.
Marcello
Mastroianni y Jeanne Moreau no solo aportan su inmenso talento sino las sombras
nostálgicas de haber compartido, allá en 1960, uno de los filmes insoslayables
de Michelangelo Antoioni, La notte (La noche). Y como es solo
eso, sombras, esta vez los designios metalingüísticos de Angelopoulos no me
molestan.
Gustavo
Monteros


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