Entre 1977 y
1984, Stephen King publicó cinco novelas con el seudónimo de Richard Bachman. Se
vio obligado, en realidad. Escribía más rápido que lo que el mundo editorial
podía digerir. El mercado estaba saturado por la firma de Stephen King.
Estimaron que otra novela firmada por él marearía a sus lectores, ya
apabullados por su prodigalidad. De ahí la necesidad o la obligación de usar un
seudónimo.
La cuarta de
esa serie inicial (más adelante volvería a enmascararse como Richard Bachman,
más por ganas de jugar que por otra cosa) The Running Man (publicada en
castellano como El fugitivo) llegó al cine por primera vez en 1987,
protagonizada por Arnold Schwarzenegger, María Conchita Alonso, Yaphet Kotto y
Jim Brown, y dirigida por Paul Michael Glaser (alguna vez el Starsky de la
televisión). En la Argentina se la conoció como Carrera contra la muerte.
En esa
primera versión, Stephen King no está en los créditos sino el tal Richard
Bachman.
En 2025
aparece la segunda versión de esta novela, protagonizada por Glen Powell, Lee
Pace, Josh Brolin y Colman Domingo. Esta vez el nombre de Stephen King sí
aparece en los créditos y se la llamó El sobreviviente en la
distribución para la Argentina.
Dirigió
Edgard Wright, el de Shaun of the Dead / Muertos de risa (2004), Hot
Fuzz / Arma fatal (2007), Scott Pilgrim vs the Workd /Scott Pilgrim vs.
los ex de la chica de sus sueños (2010), The World’s End / Bienvenidos al fin del mundo (2013), Baby
Driver / Baby, el aprendiz del crimen (2017) y The Sparks Brothers
(2021) un documental sobre la banda Sparks.
Las dos
versiones cinematográficas de The Running Man son diferentes, aunque
mantienen la trama central. Estamos en 2017 en la de Swarzenegger y en un
futuro cercano en la de Glenn Powell.
El
capitalismo feroz ha triunfado sin mucha oposición. Los grandes conglomerados
gobiernan. Hay una tremenda brecha en la distribución de ingresos (los muy
ricos y los pobres).
Una única
versión engañosa de la verdad se propaga por una televisión dominante en la de
1987 y por el pantallismo que conocemos (celulares, tabletas, plasmas) en la de
2025.
Estas
empresas monopólicas tapan sus chanchullos (como los desastres ecológicos
ocasionados por su codicia, la propagación de enfermedades evitables por la
falta de seguridad en sus fábricas) silenciándolos.
Y a los
excesos policiales en la represión de las masas que protestan se los adjudican
a quienes necesitan inculpar porque se han resistido a sus manejos o porque los
necesitan de enemigos inventados.
Hay un juego
sangriento, “The Running Man”, que domina el entretenimiento: los concursantes,
transformados para la ocasión en delincuentes deleznables son perseguidos por
sabuesos sangrientos por parte de la producción del programa, mientras se
estimula a toda la población a que los denuncien o entreguen no bien los vean o
los acaben por su cuenta.
Lo único
necesario e imprescindible es que se filme la aniquilación. De ese modo, se
garantiza la paz social y se anulan los posibles estallidos.
Se estimula
el odio y la violencia a la vez que se entrega el chivo expiatorio para
canalizarla.
Los
concursantes que logran escapar durante 30 días son perdonados de sus delitos
inventados y se los considera rehabilitados. Se verá que pocos o ninguno lo
logran.
La de
Swarzenegger funciona mejor que la de Glenn Powell porque se atiene a la lógica
del héroe y lo social es periférico e intercambiable, el enemigo es el estado
totalitario, aunque bien podría ser otra cosa, la mafia, la hermandad aria, el
cartel o policías corruptos. Lo esencial es que el héroe vengue las afrentas
sufridas y quede de pie en la escena final.
La película
de 1987 ofrece también otros encantos: el glamour ochentoso de ropa y peinados
y el modo en que imaginaban serían los adelantos tecnológicos, que ni se
acercaron ni por asomo a lo que sería y conocemos tan bien.
La de Glenn
Powell ahora, aunque más cercana a la novela original, no termina de abrazar el
nihilismo extremo que la habita: si bien el héroe se venga de la cara visible
del sistema opresor, la maquinaria sigue intacta.
En realidad,
el punto más débil de su narración es la falta de una idea rectora clara. Es
como si quisieran nombrar el problema, pero no enunciarlo.
Hoy los
paralelismos entre las circunstancias inventadas de la novela y nuestra
realidad son muy elocuentes. ¿Hay monopolios o conglomerados dominantes de
empresas? Sí. ¿Tapan los desastres ecológicos, sanitarios, sociales que sus
políticas empresariales provocan? Sí. ¿Se tiende a una verdad única, más bien
falsa y creada prepotentemente por una posición de dominio? Sí. ¿Se estimula el
odio y la violencia? Sí. Solo no hay juegos de masacre todavía.
Hubiera sido
al menos interesante que el cine industrial, que es más monopólico cada día que
pasa, hubiera tratado los problemas que se suscitan cuando no hay oposición a
los designios arbitrarios de los que comandan.
¿Y quiénes
son los que de verdad comandan? En la película de 2025, el personaje de Colman
Domingo es la cara visible de la Cadena (The Network en el original) y el
personaje de Josh Brolin es la cara empresarial, pero como en el poema sobre el
ajedrez de Jorge Luis Borges, ¿quiénes son los supremos, los iniciadores de las
tramas. (Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la
trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?)
Este Running
Man de 2025 fue un estrepitoso fracaso. Es una película sosa, no parece
dirigida por Edgard Wright o por alguien si nos ponemos quisquillosos. Es
impersonal, eficiente por momentos, y en otros como trabajada a reglamento,
como dirigida por IA.
Quizá este
parecer sea por la cobardía de no abrazar la idea política que el argumento
plantea. La sociedad presentada provoca, más tarde que temprano, rebeldía. Los
sojuzgados eventualmente despiertan y comienzan a luchar por algo diferente,
aunque más no sea porque han sido llevados tan al extremo de lo tolerable que
ya no tienen nada que perder.
Esta idea
sobrevuela y tímidamente aparece en el final, pero no se desarrolla ni se
sostiene con firmeza, como si los ejecutivos de la compañía que financia la
película tuvieran miedo de avivar giles. Sin culpa, muchachos, los giles
tardan, pero al final se avivan. (Es mi esperanza al menos)
Gustavo
Monteros


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