jueves, 15 de septiembre de 2016

Le nouveau

El  pobre de Benoît (Réphaël Ghrenassiano) no las tiene todas consigo. Su familia se acaba de mudar del campo a la ciudad, que no nada más ni nada menos que París, y a Benoît le está costando mucho integrarse, hacer amigos en su nueva escuela. Quiere pertenecer, o sea formar parte del grupo más popular, más cool, que de eso se trata el juego de los estratos de poder, porque cualquiera puede asimilarse a los nerds, los marginados, los desclasados, en todo momento. Los chicos cool lo ponen a prueba y Benoît no la pasa. Tendrá, eso sí, un breve momento de gloria. Entre las recientes adquisiciones a la clase, está Johana (Johanna Lindstedt), una sueca nada rubia, aunque no por eso menos bonita, que lo tomará como amigo. Sin embargo, una imprevista tardanza hará que Johana se integre al grupo cool y sin querer lo deje de lado. Un tío, medio tarambana, ex DJ, le sugerirá aprovechar que los padres se marchan por el fin de semana y dar una fiesta a lo grande, o sea con alcohol incluido, y entonces…


The nouveau / El novato, primer largometraje del actor Rudi Rosenberg, es un film luminoso, optimista, distendido. Va detrás de una pequeña peripecia y la cuenta con alegría y ternura. Como todo cuento de crecimiento se centra en descubrimientos. La verdad no está en las formas, en las apariencias sino en lo que se siente.


Si bien el relato se centra en Benoît, los personajes secundarios no se opacan y cuentan también sus historias. Por implicancia, muchas veces, que es también una buena forma de contar. Habrá primeros besos, casi robados por lo rogados, que a la postre sabrán a delicia. Desengaños amorosos que dolerán mucho por ser los primeros, pero que superarán pronto, porque se está entre la niñez y la pubertad y no es cuestión de sentarse a sufrir y perderse el resto del verano.


La llegada del invierno mostrará que las cosas están en su lugar y el que no canta, se embroma, se la pierde.


La sencillez y la luminosidad de la propuesta impiden la mirada cínica que podría hallar, entre tanto niño y hasta gags con perros, una explotación de los dulzores de la inocencia que empieza a abandonarse.


Quizá en el fondo sea la venganza de unos ex-nerds. Si así fuera, se desmiente lo de que es un plato frío, este tiene la tibieza justa que agudiza todos los sabores.

Gustavo Monteros


jueves, 8 de septiembre de 2016

Amor y amistad

Dado que las novelas mayores de Jane Austen (Sensatez y sentimientos, Orgullo y prejucio, Mansfield Park, Emma, La abadía de Northanger, Persuasión) ya tienen su correlato audiovisual en cine, teatro y televisión (en algunos casos, más de una vez) es hora de que los relatos menores, en tamaño y logros, hallen el suyo. Puesto, además que sus tramas, entre otras cosas, se centren en el apareamiento perfecto, comienza a darse el perfecto maridaje entre material y director. Pero vayamos por partes.


Amor y amistad se basa en una novela corta primeriza de Jane Austen, Lady Susan, publicada, sin embargo, póstumamente. Dice la contratapa de una edición en español: “Su protagonista, lady Susan Vernon, es un personaje memorable: una viuda todavía joven (treinta y tantos), de gran belleza e inteligencia, pero cuya apariencia encantadora, amable y seductora oculta una personalidad egoísta, manipuladora, mentirosa, fría, falsa y despiadada.” O sea, en criollo, una reverenda hija de su madre. O, como comprenderemos más tarde, una superviviente. La señora no tiene donde caerse muerta, debe hallar rápido marido rico para ella o su hija, o perderse en el abismo del hambre y la pobreza. Por ahora vive de “visitante”, impone su presencia en las mansiones de sus parientes más afortunados y se ahorra manutención, servidumbre y demás gastos, mientras puede simular todavía su endeble pertenencia a una clase social privilegiada. Y aunque es moralmente reprensible todo lo que hace, nos fascina con la impunidad con que manipula voluntades, sin importarle las consecuencias. Seamos sinceros, todos, alguna vez, fantaseamos con liberarnos de los preceptos morales que nos fueron inculcados y actuar con irrestricta inmoralidad, por eso nos seducen estos personajes que se comportan como si nada, y perdón por la repetición, como unos reverendos hijos de mala madre.


Continuemos con la contratapa: “Lady Susan llega a Churchill, a la mansión de campo del señor Vernon, el hermano de su difunto esposo, para refugiarse del escándalo provocado por sus recientes coqueteos con un hombre casado en Langford. Aunque es recibida con prevención, sobre todo por su cuñada, la señora Vernon, la cautivadora lady Susan logra engañar a (casi) todos, logrando conquistar al joven Reginald mientras trama la boda de su hija Frederica con un hombre al que ella detesta...”


Este resumen nos ayudará a sortear con buena fortuna el primer tramo de la película, que puede parecer confuso para el espectador desprevenido, quien debe también sortear el aparentemente farragoso modo de hablar de los personajes. Superados estos escollos primerizos, el resto es puro placer.


Whit Stillman (Metropolitan, 1990, Barcelona, 1994, Los últimos días del Disco, 1998, Chicas en conflicto, 2011) demuestra ser un candidato ideal para trasladar el mundo de Jane Austen al cine. El señor, muy sofisticado y educado, que pertenece a la clase alta y adinerada retrató, en sus películas, en clave de comedia de costumbres, los vaivenes de jóvenes privilegiados, que si dejamos al margen el origen de sus fortunas (no es que exprese mi resentimiento de pobre a través de veleidades marxistas, porque hoy ya es una verdad de Perogrullo que no hay fortuna bien habida, en la historia de las riquezas más temprano que tarde nos encontramos con imperdonables chanchullos, la ética y la riqueza son enemigas naturales) son iguales a nosotros de inseguros, neuróticos y sufrientes de desamor o falta de sexo.


Stillman, como Austen, manejan la ironía, el sarcasmo incluso, pero no caen en el cinismo, que puede ser muy divertido en un principio, pero que termina por deshumanizar trama y personajes. De allí que digamos que son tal para cual, casi un Mr Darcy y una Elizabeth Bennet.


El elenco es tan parejo como brillante, lo que no impide que sobresalgan Kate Beckinsale (Lady Susan Vernon) y Chloë Sevigny (Alicia Johnson), deliciosas actrices que ya estuvieron en otro Stillman y que aquí grafican la amistad del título.


Stillman interviene a veces la acción con fotos e intertítulos que remiten tanto al melodrama del siglo XIX como al cine mudo, no los describo para no quitarles diversión.


Y la pregunta del millón halla su respuesta… otra vez. ¿Por qué en un mundo cambiante con (¡gracias a todos los cielos!) familias de todo tipo y parejas de diversos plumajes, Jane Austen sigue vigente? Sencillo: la tensión sexual no ha muerto, ni la política de las relaciones y menos que menos la estupidez de querer y no animarse.


Gustavo Monteros

jueves, 1 de septiembre de 2016

Café Society

Acabo de verla y un poco camino por los aires dominado por el romanticismo que emana.


Es una historia de amor. Es también una saga familiar. Y por momentos una novela epistolar. Es también el homenaje a dos ciudades en su esplendor: Los Ángeles y Nueva York. En un principio es el año 35 o 36 porque pueden verse en el cine Swing Time con Ginger y Fred o The woman in red o La vestida de rojo con Barbara Stanwyck. Es el principio de la era dorada de Hollywood. La gran era del jazz en New York. El apogeo de los grandes clubes como Ciro’s, Mocambo, el Trocadero en Los Ángeles. O el Morocco, el Stork Club o el Copacabana en Manhattan. El Café Society del título tiene un poco de todos estos míticos night-clubs.


Todo está sazonado por buenas réplicas, situaciones construidas con astucia, personajes singulares y todo regado con el mejor de los vinos o sea la música y la letra de los Gershwin, de Rogers and Hart, Dorothy Fields and Jerome Kern, de Johnny Mercer and Harry Warren. Más algún Manisero contagioso.


En su entrada Steve Carrell está peinado, maquillado, iluminado y enfocado para evocarnos a Edward Everett-Horton, gloria de la comedia de la época. Kristen Stewart con su cintura mínima luce esplendorosa con vestidos iguales a los que llevaban por entonces Joan Crawford o Barbara Stanwyck. En la escena en la que le muestra a Jesse las casas de las estrella, su largo talle en esos shorts cortones, cortones que fueron los antecedentes de la minifalda, camisa entallada de dos bolsillos, zapatos Guillermina con medias zoquetes blancas y una cinta con moño en el pelo no es para corazones débiles. Deberían dar pastillas sublinguales o advertencias de infarto a la entrada.


Y puede que Kristen Stewart no sea la nueva musa de Woody, como lo fueron últimamente Scarlett (Johansson, claro, ¿hay otra?) o Emma (Stone, of course, ¿podemos hablar de otra Emma, acaso?, ¡que la boca se nos haga a un lado!), no, Kristen, como Cate (Blanchett, bueno, Cate con C, hay una sola que valga la pena) se perfila como chica de una sola película, pero ¡qué personaje le dieron!, y ¡cómo lo resuelve! Si no estuviera enamorado de Kristen hasta el infinito y más allá, con esta película me enamoraba de nuevo hasta la luna ida y vuelta. No quiero contar mucho para no spoilear, pero Kristen le pone algo de heroína de Chejov a su papel, y le da una trascendencia casi cósmica a la cuestión. Y uno se pone a delirar con el sentido del destino y con dónde va el amor correspondido y el no correspondido y el por corresponder.


Y el personalísimo Jesse Eisenberg se anima a ser ingenuo, bobo, bah y en un tiempo en el que todos los actores bajan 14 octavas de su voz para ostentar un vozarrón grave de cuádruple dosis de testosterona, no tiene problema en hablar como un tenor ligero al que le aprietan el escroto. Y cuando ella entra a su club nocturno y todos decimos Casablanca y nos repetimos “De-todos-los-tugurios-de-la-Tierra-tuvo que-entrar-a-este”, Jesse, de saco blanco, no juega a ser Humphrey sino Jesse, toda una prueba de coraje.


Steve Carell vuelve a demostrar que es un actor todo terreno, al que se le puede pedir lo que sea. Y la bellísima Blake Lively (Verónica) ostenta esa mezcla de sensibilidad y sensualidad que llevó a Scarlett a la fama imperecedera en Perdidos en Tokio o Lost in translation.


Todo está bañado de dorado, como corresponde, en la luz del gran director de fotografía, y nos ponemos de pie y hasta le cantamos el himno, Vittorio Storaro.


Son 96 minutos de dicha inexorable. Como en todo lo que hace Woody hay constantes citas al cine clásico, lo que le agrega alegría a la fiesta que gozamos todos los que fuimos deformados por el Hollywood de la Edad Dorada, pero aunque se hubiera tenido la suerte de haber nacido ayer y se desconociera todo sobre lo que salió del valle dominado por la colina con el cartel Hollywood, igual disfrutaría esta maravilla, porque una joya es una joya y no se necesita saber nada para disfrutar de su belleza.


Gustavo Monteros

jueves, 25 de agosto de 2016

Testigo de cargo


Si todos los caminos conducen a Roma, la semana pasada me crucé con un  par de detalles que, con exageración, podrían llevarme a decir: todos los caminos conducen a Testigo de cargo. Por un lado, el domingo vería por segunda vez, aprovechando que se presentarían en el Coliseo Podestá, el hermoso musical de Fernando Albinarrate, Ni con perros ni con chicos, protagonizado por Omar Calicchio y Laura Oliva, que cuenta la historia de amor de Charles Laughton y Elsa Lanchester y que incluye un momento en que juegan a improvisar la primera escena de Testigo de cargo. Y por otro, leí por ahí que Ben Affleck protagonizará y dirigirá la remake de esta joya de Billy Wilder. De modo que reverla era casi un mandato cósmico.


Testigo de cargo es, con dignidad y orgullo, una película de género. Es un ejemplo perfecto del courtroom melodrama, es decir un melodrama judicial con jurado, defensor, fiscal y juez, y puesto que transcurre en Inglaterra, los tres últimos llevan blanca y empolvada peluca ruluda, más negra y larga toga. Se basa en una astuta obra de teatro de Agatha Christie, que como todo lo que salió de su imaginación plantea un rompecabezas que se arma y desarma a la perfección. Y por si las virtudes del material original fueran pocas, el sabio director y maestro entre maestros, Billy Wilder, y el experimentado guionista Harry Kurnitz procedieron a enriquecerlo aun más para su versión cinematográfica.


El prestigioso abogado, Sir Wilfrid Roberts (Charles Laughton) se repone de un infarto. Lo deshospitalizaron, pero todavía no le dieron el alta, motivo por el cual está al cuidado de la severa enfermera, Miss Plimsoll (Elsa Lanchester). Brogan-Moore (John Williams) su socio lo consulta sobre un caso que le ha tocado en suerte. A Leonard Vole (Tyrone Power) lo acusan de asesinar a una viuda rica, Emily French (Norma Varden) por dinero. Si no demuestra su inocencia, será ejecutado. Sir Wilfrid, a pesar de su convalecencia, tomará el caso. La esposa de Vole, Christine (Marlene Dietrich) será quien justifique el título de la película.


Como en todo buen courtroom-melodrama, las sorpresas, las revelaciones y los giros abruptos motorizarán la trama con sus idas y vueltas.


Lo primero que apreciamos (y que extrañamos en el cine contemporáneo) es la importancia que cobran y el color que aportan los personajes secundarios. Durante su apogeo, los grandes estudios contaban con un ejército de actores “característicos” que con sus peculiaridades contribuían a garantizar la empatía, pathos o simpatía para sus personajes y para los principales con los que se relacionaban. A veces sellaban el éxito de un proyecto mejor que los rutilantes astros y estrellas. Podían ser mucamas, mayordomos, socios, compañeros de trabajo, jefes de los protagonistas, pero nunca pasaban desapercibidos. Tal era su relevancia que los guionistas se veían obligados a escribir líneas punzantes o concebir situaciones jugosas para explotar sus talentos. Aquí, quien se lleva las ovaciones es Una O’Connor, la sorda mucama de la pobre Sra French. Hoy en día, los secundarios quedan librados a su suerte, de vez en cuando se contrata actores de personalidad definida para que aporten su presencia, aunque nadie se preocupa demasiado para garantizarles buenas líneas o situaciones interesantes.


Como ya dije, Billy Wilder era un maestro entre maestros y sabía como pocos dónde y cómo poner la cámara. Ante todo era consciente del género al que pertenecía la película en la que trabajaba y obraba en consecuencia. El courtroom melodrama lo que expone es que la justicia es maleable y que la verdad en un juicio no importa, importan más las apariencias, lo que puede pasar por cierto, los códigos de la verosimilitud, la lógica del espectáculo en realidad (que con buen cinismo el abogado del musical Chicago, Billy Flynn, expresa en su canción: A la gilada dale circo, dale un lindo show). Es casi un tropo en estas películas mostrar la estatua de la justicia cuando comienzan los procesos judiciales. Billy Wilder cumple con la tradición, pero su estatua está siendo limpiada por un obrero… humanización o desacralización de la diosa si las hay, con esa sola imagen nos dice qué opina de lo que vendrá, una teatralización que hará inclinar la balanza para un lado u otro, según la artificialidad más eficiente.


Ninguna película por buena que sea (y esta vive en la excelencia) sobrevive sin el arte de sus actores. Aquí aunque el cuarteto principal brilla, es Marlene Dietrich la que lo hace con excelsitud, brinda una de sus actuaciones más recordadas. Con toda justicia, el veredicto es unánime: maravillosa.


Testigo de cargo o Witness for the prosecution puede verse en Netflix.


Gustavo Monteros

jueves, 18 de agosto de 2016

El pulso

El pulso (Cell, 2016) es de esas películas ante las cuales uno se pregunta… ¿para qué?, ¿por qué? O sea, ¿para qué la hicieron?, ¿por qué salió tan mal? La idea no es mala (quizá ninguna lo sea, lo que cuenta es lo que se hace con ellas). Se basa en una novela de Stephen King, en la que el prolífico novelista expresa su odio por los telefonitos. Al menos el que sentía en 2006, ahora no sé, puede que se haya reconciliado con la telefonía celular. Tecnofobias aparte, su resentimiento en el papel era bueno, en celuloide no tanto.


En el aeropuerto de Boston, un soleado día, Clay Riddell (John Cusack) un autor de novelas gráficas, alejado de su familia, física y sentimentalmente, atestigua como una extraña descarga, llamada luego “el pulso”, fríe (y no es una metáfora) los cerebros de los que están usando un celular en ese preciso momento, quienes se transforman en una especie de zombis (sin el maquillaje mantecoso de los que pululan por The walking dead) y que pasan a atacar con inusitada violencia a los que no “evolucionaron”. En su accidentada salida del aeropuerto, Clay se topa primero con Tom McCourt (Samuel L Jackson) un conductor de subtes, después con Alice (Isabelle Fuhrman), una vecina, y más tarde, ya en plena huida, con Charles Ardai (Stacy Keach) un director de escuela y el único alumno que le queda, Jordan (Owen Teague). Después, claro, aparecerá más gente, pero ese es otro cantar.


Como en toda historia de supervivencia, los personajes más que tener un retrato, un perfil, ostentan solo un rasgo colorido, una pulsión. Y por no tener desarrollo psicológico alguno dependen de ese matiz para despertar empatía. A decir verdad, aquí, poca o ninguna según el caso. La historia avanza a los tropezones y se subraya un defecto que sobresalía en la novela, los personajes sacan conclusiones sobre lo que pasa con los “cambiados” de la nada, porque sí, o porque algo hay que elucubrar.


John Cusack (también productor) y el gran Samuel L Jackson hacen uso y abuso de su carisma para disipar un poco el tedio… sin vencerlo del todo. Stacy Keach, figura señera de los setenta, aporta nostalgia por su glorioso pasado. Y el casi niño Owen Teague lucha por hacerse de un rincón en el cine.


Dato curioso: el mismísimo Stephen King es co-guionista de este desaguisado. ¿Por qué, querido Stephen?, ¿qué necesidad había?


Lo único que quizá subsista sea la escena de la “transformación” con gente que convulsiona, que echa espuma por la boca, descerraja balazos, acuchilla, reparte golpes contundentes por las cabezas, cosas así, más la perla del policía que muerde el perro (policía, claro) que lo acompañaba en la primera escena. No es particularmente ridícula, pero con buena voluntad es risible.


Dirigió Tod Williams (The adventures of Sebastian Cole, 1998, Una mujer infiel/The door in the floor, 2004, buen dramón con Jeff Bridges, Kim Basinger y Elle Fanning, Actividad Paranormal 2, 2010)


Para ver en una desolada, lúgubre y lluviosa tarde de domingo en la que las únicas opciones son esta película o un documental semiótico sobre la vacuidad de los discursos de Mauricio Macri.


Gustavo Monteros 

viernes, 12 de agosto de 2016

jueves, 4 de agosto de 2016

Matar a un ruiseñor


El tiempo no respeta nada. Es cruel. Arrasa, desbanda, devora. Todo decae, se arruga, se apergamina.  Pierde color, brillo, brío. No hay fuerza, empuje, voluntad que resista. El tiempo tropella, aplana, desluce. Nada queda igual. Nada se parece a como era. Arremete, destruye, apelmaza. No se detiene ante nada. Ni ante las películas.


Sí, las películas envejecen. Como todos, todas, todo. No hablo de los aspectos técnicos, esos envejecen por hora. Ni del tratamiento de las temáticas. El amor será amor, aunque cambien los volados. No, envejecen cuando callan, cuando se secan, cuando ya no tienen nada que decir. Cuando son solo una escenografía ajada, sucia, rota, que apenas se sostiene en pie. Cuando se han muerto y no lo saben. No hay nada más triste. Confundir la muerte con la vida, creer que son lo mismo, no saber. No conjugar la diferencia.


Ante las películas que amamos, pasado un largo rato, uno tiene miedo de volver a verlas. Es como ante alguien que amamos mucho y que no volvimos a ver. ¿Queremos de verdad comprobar cómo el tiempo ha deteriorado su cara, quebrado la línea de su espalda, debilitado sus rodillas, le ha puesto opacidades a su pelo, temblores a sus manos, desteñido los ojos, fustigado la voz y castigado las sonrisas? No, en realidad, queremos volver a ver ese alguien y que sea igual a como era, y en el fondo que nosotros seamos como éramos. Queremos vencer al tiempo, que el recuerdo no sea recuerdo, sino ahora. Ahora, ahora. Es triste, no hablo de admitir el error, la derrota, eso se asume fácil. Lo triste es ser juguete del tiempo y saber que nos ha tirado, nos ha dado por inútiles, nos ha olvidado. Eso es lo triste, que el tiempo te olvide. Eso es la muerte.


Vi Matar a un ruiseñor por Canal 9, en la televisión de 5 canales, en un televisor de blanco y negro, claro, una noche perdida de los setenta tempranos. Ya no era un chico, pero no hacía mucho que había dejado de serlo, aunque ya me creía más perspicaz que todos los adultos que me rodeaban, porque tenía la temeridad de tener una vida por delante.


Y me gustó mucho. Quizá sea una película ideal para adolescentes. Uno ve el cuento a través de los ojos de Scout, pero uno se da cuenta de lo que ella no, porque ya no somos chicos, ya somos grandes. Bueno, quizá no, pero adolescentes sí.


Hay dos misterios en la película. El del juicio que tiene al padre de Scout (Mary Badham), Atticus Finch (Gregory Peck) como abogado defensor y el de Boo Radley (Robert Duvall) que vive oculto en la casa lúgubre. Como en un juego, serán testigos del primero, y en peligro, resolverán el segundo.


Esta  película de 1962 se basa en una celebrada y muy popular novela de Harper Lee (se la creía autora de esta sola novela hasta hace un par de años, en que apareció mágicamente un manuscrito perdido, supuestamente escrito antes, aunque de una continuación de la historia, la autora ya muy mayor no podía ser consultada y no hay acuerdo definitivo sobre la certeza de su autoría). Entre otras cosas, es un alegato contra la segregación y el racismo. Dirigió Robert Mulligan (El gran impostor, 1961, Desliz de una noche/Love with a proper stranger, 1963, Verano del 42, 1971, El otro, 1972, A la misma hora, el año que viene, 1978). Le significó por fin el Óscar como mejor actor protagónico a Gregory Peck después de cuatro nominaciones fallidas: Las llaves del reino (John M Stahl, 1944), El despertar/The yearling (Clarence Brown, 1946), La luz es para todos/Gentleman’s agreement (Elia Kazan, 1947) y Almas en la hoguera/Twelve O’Clock High (Henry King, 1949). Técnicamente si bien todo gira alrededor de su personaje, es casi una actuación de reparto, los chicos ocupan la mayor parte del metraje, y más allá de la impecabilidad de su actuación, en el fondo solo Peck podría haber interpretado a Atticus, todo actor arrastra su pasado actoral, las imágenes de actuaciones anteriores, y él traía aparejada toda una prosapia de personajes tan humanos como íntegros. Mary Badham, de 10 años, interpretó a Scout, la auténtica protagonista, no haría carrera y se retiraría después de 6 trabajos a los 14 años. Philip Alford, de 14 años, hizo de su hermano mayor, Jem, tampoco haría carrera, se retiró a las 24 años, después de 8 trabajos. John Megna, también de 10 años hizo de Dill Harris, el vecino amigo de  los chicos que viene a la locación ficcional donde trascurre la historia para pasar las vacaciones. Se dice que la historia tiene fuertes trazos autobiográficos y el personaje de Dill supuestamente se basa, nada más ni nada menos que en Truman Capote. John Megna haría carrera, pero su vida culminaría a los 42 años, sesgada por el SIDA. Boo Radley fue un hito en la carrera de Robert Duvall, sin embargo tuvo que esperar 10 años para quedar indeleble en la memoria del público con su Tom Hagen, el abogado de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972).


Matar a un ruiseñor envejeció bien, luce sabia y donosa. Yo, no sé. Quiero creer que sí.


Matar a un ruiseñor/To kill a mockingbird puede verse en Netflix.


Gustavo Monteros

miércoles, 20 de julio de 2016

Florence

La historia de Florence Foster Jenkins ratifica con creces la aseveración de que la realidad supera siempre a la ficción. De no haber sido cierta, si a alguien se le hubiera ocurrido inventarla, tendría que haber trabajado muy duramente pare crear el verosímil que la sustentara. Y sin embargo, allí está.


En la Nueva York de la entreguerras y en particular durante la Segunda Guerra Mundial, Florence fue una generosa mecenas que sostuvo el mundo de la música. Nada extraordinario en sí, dado que la señora poseía una cuantiosa fortuna, lo prodigioso fue que desarrollara a la vez una celebrada carrera de cantante lírica para la que no tenía oído, ni diafragma ni talento. ¿Consentida por sus veteranas amigas ricas, sordas como tapias? ¿Los Toscanini y otras glorias de la música acaso hacían oídos sordos a sus inhabilidades como gratitud hacia su generosidad? La enfermedad crónica que la acuciaba, contagiada por su primer marido, ¿ya había hecho mella en su cerebro? ¿Era una reina del autoengaño o de verdad estaba convencida de la fortaleza y belleza de su voz? Si la verdad supera a la ficción, es también más misteriosa en sus causas y razones que cualquier ficción bien urdida.


Cualquiera sea la explicación por la que se opte, esta peripecia vital no hubiera sido posible sin la activa intervención de St Sinclair Bayfield, el último marido de Florence, un ex actor de dudoso linaje aristocrático. El análisis de sus acciones solo permite una explicación plausible, el hombre la quería. El interés o el egoísmo no llegan a tanto, no son capaces de sostener con tanta perfección la posibilidad del engaño. El timo es poderoso, pero se agota cuando el engañado abandona el juego. El amor es más perseverante y hasta permite que el amado (el engañado, en este caso) dude.


La historia de Florence tardó en llegar al cine con nombre y apellido. La precedieron un par de obras de teatro y una película francesa, Marguerite (Xavier Giannoli, 2015) que se aproximaba a la historia sin asentarse en todas sus circunstancias verdaderas. En todas sus versiones, es un imán para el despliegue de histrionismo de una actriz. Meryl Streep se da y nos da un festín. Apabullante e indiscutible como todo lo que hace. No tuvo la suerte que tuvo Karina K, cuando la encarnó en teatro hace unos años, de contar con los modelos de Olinda Bozán y Niní Marshall. Olinda Bozán llevó algunas millonarias excéntricas a la apoteosis, y Niní cuando se le daba por bailar o cantar llevaba la condición de no tener talento, y suplirlo con ganas de tenerlo, a cumbres irremontables. Como reflexionaba Muriel Santa Ana al interpretar a Rosaura en La vida es sueño de Calderón de la Barca, algunos personajes te hacen participar de una tradición y te hacen dialogar, por transitar por la misma senda, con las actrices que los encarnaron antes. Apuesto lo que no tengo a que Meryl desconoce a Niní, y sin embargo cuando canta por primera vez en la película está muy, muy cerca de Niní, como lo puede atestiguar cualquier espectador que se haya reído con nuestra cómica.


Pero para que Meryl pueda primero pulir y luego lucir el diamante de su personaje, necesita de un engarce que lo sostenga, rol que le cabe al inmenso Hugh Grant. Es nuestro representante en la historia, nuestro canal de acceso. Si entramos en empatía con él, nuestra participación será emocional; si no es así, la presenciaremos con distancia. Él asume con autoridad el puesto, y a fuerza de sensibilidad y prestancia, nos hace ver a Florence con sus ojos de puro amor, y así, Florence ya nunca más nos será ajena. Hugh Grant apoya y sostiene también el crecimiento del personaje de Simon Helberg, el pianista Cosme McMoon, que ingresa sin advertencia en esta peculiar circunstancia. Simon Helberg, que ganó fama con The Big Bang Theory, no se desmadra y viste con simpatía su rol.


Dirigió el gran Stephen Frears (The hit, 1984, Ropa limpia, negocios sucios, 1985, Susurros en tus oídos, 1987, Sammy y Rosie van a la cama, 1987, Relaciones peligrosas, 1989, Ambiciones prohibidas, 1992, Héroe accidental, 1993, El secreto de Mary Reilly, 1996, The van/La camioneta, 1997, Hi-Lo Country, 1998, Alta fidelidad, 2000, Dirty pretty things/Negocios entrañables, 2002, Mrs Henderson presenta, 2005, La reina, 2006, Chéri, 2009, Tamara Drewe, 2010, Philomena, 2013) quien entiende que se trata de una historia de personajes, o sea de actores, y no se pone hacer tomas grandilocuentes, intrusivas, que estorban y relata con claridad.


En el arte es imposible establecer quién es “el” mejor, están los mejores, porque Kiri Te Kanawa no es mejor que María Callas, no, son diferentes, por más que habiten igual grado de excelencia. Pero en dos disciplinas al menos, se ha establecido quienes son los peores. En cine se dice que el peor director es Ed Wood, y en el canto lírico se dice que la peor cantante es Florence Foster Jenkins. Borges enunciaba, como premisa de algunos cuentos y poemas, que los absolutos por ser inabarcables son iguales. ¿Puede abarcarse el todo? No, imposible. ¿Podemos hacernos idea de la nada? No, siempre se nos ocurre ponerle algo, aunque más no sea un color o un recipiente que la contenga. Entonces, el todo y la nada, por absolutos inabarcables, son iguales. De allí que al ser Florence Foster Jenkins la peor, quizá sea, sin discusión, por absoluto inabarcable, la mejor.

Gustavo Monteros


viernes, 15 de julio de 2016

Mi buen amigo gigante

Otra semana sin poder ir al cine, o sea otra semana de recomendaciones a libro cerrado, aunque no del todo sin red, porque si hay alguien en la historia del cine que garantiza entretenimiento del bueno es nuestro buen amigo gigante... el inmenso Steven Spielberg, de allí que crea que el estreno de su nueva película sea "la" opción para este fin de semana. 

jueves, 7 de julio de 2016

¡Feliz fin de semana largo!

Este fin de semana, vean Florence. No la vi todavía, pero no hay peligro alguno en recomendar un Stephen Frears con Meryl Streep y Hugh Grant. Juntos o por separado siempre devuelven la plata de la entrada, lo que no es decir poco en estos tristes tiempos. 

jueves, 30 de junio de 2016

La ilusión de estar contigo

Es la historia de una obsesión post-andropausia. Nuestro narrador, un cincuentón, como ya no le da para entregarse a una pasión carnal, se deja llevar por un juego literario. Pero seamos claros y comencemos por el principio.


Martin Joubert (Fabrice Luchini) está casado con Valérie (Isabelle Candelier) y tiene un hijo adolescente, Julien (Kacey Mottet Klein). Hace unos siete años dejó su trabajo de editor en una empresa de libros y se vino a Normandía a ocuparse de la panadería familiar tras la muerte de su padre. Un día, ocupan la casa vecina una pareja inglesa, compuesta por un restaurador de muebles antiguos, Charlie (Jason Flemyng) y una decoradora, Gemma (Gemma Artenton). Que ella, Gemma Bovery, por un par de letras casi sea la homónima de la protagonista de la célebre novela de Flaubert, Emma Bovary, convence a Martin de que compartirá igual insatisfacción y triste destino que la Madame Bovary archifamosa.


El material se perfila, al margen de la obsesión principal (a veces cómica, otras patética) como una sátira a la alta burguesía londinense, representada por Elsa Zylberstein y Pip Torrens, que viene a desparramar su esnobismo por la campiña francesa y por las pretensiones de profundidad de los que huyen de las grandes urbes para refugiarse en el campo. Algo que la película no termina de abarcar. Quizá a Ann Fontaine (Nathalie X, 2003, Cocó antes de Chanel, 2009, Madres Perfectas, 2013) le hubiera convenido el pastiche del que hizo uso su colega, Jocelyn Moorhouse en la reciente El poder de la moda/The dressmaker. Eso fue por la razón, hablemos ahora de corazón.


Hay películas a las que uno accede con plenitud, ante las que se deja de lado todo juicio de valor y uno las termina por abrazar entre las favoritas. Por varios motivos, me  pasó con esta. Confieso. Al iniciarse nomás, me ganó el paisaje de la luminosa Normandía en verano y la música de Bruno Coulais, que sigue el canon impuesto por Hollywood, aunque con mucho mejor gusto. Fabrice Luchini, a quien recordamos de dos François Ozon (En la casa, 2012 y Potiche, las mujeres al poder, 2010) y un Philippe Le Guay (Las chicas del sexto piso, 2010) es un actor elegante y prodigioso y es muy difícil permanecer incólume a su talento. Gemma Artenton es una mujer en su esplendor, su sensualidad de tan vibrante es casi palpable. Y como amo los idiomas, que esté hablada en francés es tanto un bálsamo como un recreo al predominante cine en inglés. Sé muy poco francés, desconozco casi todos los tiempos verbales, y todos los modismos lingüísticos, pero reconozco los sustantivos y los adjetivos, no en vano, es pariente del español, y cuando está hablado con la dicción perfecta de un actor formado en el teatro como Luchini, paladeo cada sílaba. Y como no adherir a una película en que los protagonistas tienen perros y si encima el de él se llama Gus, pónganme el moño, que voy de regalo.


No será perfecta, lejos de ello, pero a mí me encantó. Ojalá les pase lo mismo. (Eso sí, prisión perpetua para el que le puso el título para la Argentina, además no decimos “contigo” ni aunque nos peguen, entonces por qué no La ilusión de estar con vos, ¿o estará volviendo el “tú” de los años cuarenta? )

Gustavo Monteros




Amor por sorpresa

Jacob van Zuylen de With (Jeroen van Koningsbrugge) aunque es rico de toda riqueza se quiere suicidar. Algo que le resulta muy difícil, dado que vive literalmente en un palacio, donde alguien siempre aparece para impedírselo. Una casualidad hará que se tope con una empresa que ayuda inesperadamente, previo pago de una enorme suma, en el viaje al más allá. O sea, uno contrata unos piadosos asesinos que te liquidan cuando menos te lo esperas. Eso sí, el trato, como el fáustico, una vez convenido, no puede deshacerse. Y como la vida es bromista, conoce a una tal Anne de Koning (Georgina Verbaan) que le devuelve sino las ganas de vivir, al menos las de prolongar la existencia un rato más.


Si este resumen de argumente les recuerda a la de la novela de Julio Verne, Tribulaciones de un chino en China y a la deliciosa y disparatada versión que emprendieron el director Philippe de Broca y el actor Jean Paul Belmondo allá por 1965, no es pura coincidencia, se trata de materiales muy conocidos para protestar inocencia. De todos modos, la originalidad en sí ya no es un mérito y uno puede inspirarse donde sea, lo que importa es lo que se logra, sea el punto de partida propio o ajeno.


El holandés Mike van Diem, que ganara el Óscar a la mejor película extranjera en 1997 con la recordada Karakter, se despacha con una comedia romántica por momentos muy locuaz, siempre elegante, diestra, suntuosa y apegada a alguna que otra convención del género, inevitables quizá, porque si las de tiros han de tener sangre, las de amor tienen que tener romance. Como sea en el todo se impone una inherente simpatía y los entuertos se siguen con disfrute.


En tiempos de pobreza espiritual y de bolsillo, por los golpes que nos propina a diario el neo-conservadurismo que nos gobierna, no es poco y se agradece. En tiempos así, las horas en que no se recuerdan las salvajadas y los atropellos a los derechos adquiridos valen oro.


Gustavo Monteros