viernes, 1 de enero de 2016

Steve Jobs





Steve Jobs es una película de Danny Boyle (Tumba al ras de la tierra, 1994, Trainspotting, 1996, Vida sin reglas, 1997, La playa, 2001, Exterminio, 2002, Millones, 2004, Sunshine: alerta solar, 2007, Slumdog millionaire-¿Quién quiere ser millonario, 2008, 127 horas, 2010, En trance, 2013) con un guión de Aaron Sorkin (Cuestión de honor, 1992, era esa película con Tom Cruise, Demi Moore y Jack Nicholson, sobre juicios y abogados militares, ¿se acuerdan?), Daños corporales, 1993 (esta era con Alec Baldwin (cuando todavía no se había comido más que el pavo todo el gallinero de Acción de Gracias),  Nicole Kidman (cuando era todavía solo la chica linda y la esposa de) y Bill Pullman (cuando ya era… Bill Pullman), uno de esos thrillers noventosos, muy tramposos con vueltas de tuerca efectistas y muy rebuscadas), Mi querido presidente, 1995 (una comedia romántica presidencial con Michael Douglas de presidente y la deliciosa Annette Bening de enamorada), Juego de poder, 2007, (o La guerra de Charles Wilson, sobre los tratos de un congresista tejano en Afganistán y esas cosas, con el trío súper-estelar  de Tom Hanks, Julita Roberts y Philip Seymour Hoffman), Red Social, 2010 (su guión más recordado sobre el creador de Facebook y protagonizada por el personalísimo Jesse Eisenberg) y El juego de la fortuna, 2011 (esta era en la  que Brad Pitt procuraba reunir un equipo de baseball con un presupuesto limitado y según los análisis de computadora sobre las capacidades de los probables jugadores o algo así, digo, porque en realidad no la vi). Bueno, como se ve, un director y un guionista de encumbrados currículos. Y como bien informa el título, es una biopic sobre Steve Jobs (la segunda en menos de tres años: en 2013 hubo una protagonizada por Ashton Kutcher y dirigida por Joshua Michael Stern, no tuve el gusto o el disgusto de verla, ¿y ustedes?)


Este segundo Steve Jobs es protagonizado por el ya más que ascendente, instaladísimo Michael Fassbender y en vez de seguir una cronología de la corta vida de su sujeto, se acota en tres hitos importantes de su vida profesional (adornados con convenientes flashbacks cuando es necesario). El primero, rodado en 16mm, transcurre en 1984 en los momentos previos a la presentación de la primera Mac. El segundo, rodado en 35mm, transcurre en 1988, en los momentos previos a la presentación del sistema NeXT. Y el tercero, rodado en digital, transcurre en 1998 en momentos previos a la presentación de la iMac.


Hay algo teatral en esta forma de estructurar la película, como si se tratara de tres actos de una pieza de teatro. En las tres partes, Jobs dialoga, se pelea, maltrata, seduce o se reconcilia con un socio del principio de su carrera, Stephen Wozniak (Seth Roger), con un colaborador de toda la vida, Andy Hertzfeld (el talentosísimo Michael Stuhlbarg), un CEO, John Sculley (Jeff Daniels) mezcla de amigo, figura paternal, y riguroso contrincante corporativo. Y en un plano personalísimo, con la expareja, Chrisann Brennan (Katherine Waterson) y con la hija que le dio y que él no reconoció, Lisa (interpretada primero por Makenzie Moss, después por Ripley Sobo y por último por Perla Haney Jardine, “según pasan los años”, como quien dice).


Y en párrafo aparte, su particular relación con su asistente, jefa de prensa, mano derecha o sombra ineludible, Joanna Hoffman, o sea la maravillosa, magnífica, incandescente Kate Winslet. Indiscutiblemente, por lejos, tanto en el armado del personaje como en la soberbia interpretación, lo MEJOR (sí, así con mayúsculas) de la película.


Como se basa en un libro “no oficial” y por lo tanto no panegírico de Walter Isaacson, el retrato tiene, como se dice habitualmente, luces y sombras. Y adentrándonos más en el lugar común, a veces priman las luces y en otras, muchas, para deleite de los chismosos,  las sombras.


En resumen, si a usted le interesa el personaje, la pasará bárbaro de principio a fin; si no le interesa para nada, se quedará con otra historia de superación y reconciliación, y notará que el guión, más allá de su indudable pericia, tiene también luces y sombras, o sea hallazgos remarcables y torpezas evitables. Y si a usted le gustan las películas de “actores”, esas de mucho diálogo, con escenas largas con pocos cortes, en las que se los ve “adentrarse”, “respirar” y “corporizar” el personaje, también la pasará muy bien. Y si usted es admirador o admiradora de Kate Winslet, no se la puede perder, se convertirá en un recuerdo imborrable. La chica tiene mucho talento y aquí lo luce con generosidad.

Gustavo Monteros


 

viernes, 27 de noviembre de 2015

Gett el divorcio de Vivian



Aunque uno no haya convivido más que con un viejo perchero, sabe que en cuanto a relaciones humanas se refiere, nada hay más difícil en el mundo que un divorcio. Y entre ellos, el de Vivian Ansalem figura sin discusión entre los más difíciles.


Gett: El divorcio de Vivian Ansalem (protagonizada por Ronit Elkabetz, y escrita y dirigida por ella misma, junto a su hermano Shlomi) es la última parte de una trilogía que indaga la situación de la mujer contemporánea en Israel.


La pobre Vivian quiere el divorcio de su marido, Elisha (Simon Abkarian) y para ello se presenta ante un tribunal de rabinos, quienes no podrán concedérselo a menos que Elisha lo quiera. Y la férrea negativa de Elisha iguala a la indeclinable voluntad de Vivian.


La acción no se apartará jamás de la sala de audiencias, su antesala y un pasillo adyacente. Este drástico encierro acentuará lo kafkiano del asunto y por raro que parezca no se volverá teatral, por más que un par de detalles remitan al teatro: el histrionismo de los testigos y vuelta del argumento sobre la cita en un café que involucra al abogado de Vivian, Carmel (Menashe Noy), trampa melodramática para fortalecer la atención, muy típica de las obras de juicio.


Más allá de las peculiares características del asunto, lo humano de la cuestión es tan fuerte que uno se ve de inmediato involucrado emocionalmente y nuestro interés no decae jamás.


Las actuaciones son extraordinarias, a los ya mencionados hay que sumar al grandioso Sasson Gabai como el rabino Simon, hermano de Elisha y que oficia como su abogado defensor. Gabai protagonizó dos películas estrenadas en nuestros cines: La visita de la banda (Eran Kolirin, 2007) y Cuando los chanchos vuelen (Sylvain Estibal, 2011).  


En resumen, una película imperdible, por momentos devastadoramente angustiosa.

Gustavo Monteros

jueves, 5 de noviembre de 2015

Paréntesis

Con vuestro permiso, voy a hacer un paréntesis. Volveré después del balotaje que tendrá lugar el domingo 22. Estamos, nos demos cuenta o no, ante un momento histórico (bueno, siempre estamos ante un momento histórico), pero este tiene la particularidad de marcar una factible y atroz ruptura. Para los lectores que no son de Argentina les aclaro: ese día deberemos elegir entre la continuidad de un país prácticamente desendeudado, con una incipiente industrialización, con un fuerte mercado interno, con inclusión educativa, ampliación de libertades y derechos civiles, con una economía perfectible pero no desastrosa o la vuelta al peor pasado, al del endeudamiento, las restricciones civiles, la sujeción económica a poderes extranjeros, la educación privativa, a la economía de mercado, el desequilibrio socio-económico. En estos días, gasto todas mis energías en buscar los argumentos más claros y abarcativos para expresar mi convicción de seguir adelante, de no volver a uno de los pasados más horrorosos. Es difícil, todo está a la vista y sin embargo hay gente que se niega a ver. Las corporaciones mediáticas han incentivado tanto los prejuicios, el encono, la intolerancia que enceguecen a muchos de nuestros conciudadanos. Dios nos libre y nos guarde de ambicionar nuestra propia destrucción, cosa que por desgracia está sucediendo.

Como siempre, les deseo lo mejor

Gustavo Monteros

jueves, 29 de octubre de 2015

Puente de espías



En tiempos de cine tan pobre, no hay mejor noticia que el estreno de una película de Steven Spielberg. Indiscutido (por lo indiscutible) narrador magistral. Su cine que no reniega de ningún avance técnico se inscribe en un clasicismo del mejor cuño. El orientador título nos da la pista de que puede tratarse de la guerra fría. Efectivamente, estamos en 1957 y en Brooklyn prenden a un espía soviético, Rudolf Abel (Mark Rylance), pero como nos hallamos en un Spielberg típico, estamos más cerca del optimismo del universo cinematográfico de Frank Capra que del desencanto del planeta novelístico de John Le Carré. Por lo tanto el gobierno se preocupa de que cuente con la mejor representación legal posible, de allí que busquen en un prestigioso bufete y que el elegido sea uno de sus mejores abogados, James B. Donovan (Tom Hanks). De él se espera que cumpla con su papel burocráticamente, ya que aquello de “la mejor representación legal posible” es solo una puesta en escena, pero, claro, Donovan/Hanks se tomará el trabajo tan en serio, que terminará por respetar a su defendido, sin importar que sea un auténtico espía. Humanista hasta los tuétanos, en el fondo cree que la guerra fría es un juego de poder y que la amenaza nuclear nunca se concretará.


Al igual que el 99,99% de las películas que vendrán se basa en hechos reales, pero como Steven Spielberg es un auténtico grande no se olvida de los espectadores y hace un relato vero e ben trovato. Claro, cuenta con la inestimable colaboración del dramaturgo Matt Charman en un guión que luego fue salpimentado nada más ni nada menos que por los hermanos Coen. Los tres se permiten detalles como la línea que repite el espía cada vez que se ve en aprietos (¿Ayudaría en algo?) y que desata comicidad al trabajar por acumulación. O la relación entre abogado y espía, de respeto primero, de afecto después. O la entrañable relación del abogado con su familia, en especial la que mantiene con su esposa despierta empatía. De eso se trata el cine como arte narrativo, de ir comprometiéndonos en la historia, de que nos interesemos en los personajes, que nos importen sus desventuras, que nos veamos reflejados aunque más no sea un poquito, si no por experiencia directa, al menos por el hipotético “si a mí me pasara eso, quizá reaccionaría igual”. Y para eso, pocos como el maestro Steven.


Eso sí, confieso que le encuentro dos grandes “peros” al film. Uno es el personaje de Tom Hanks. Es tan noble e íntegro que roza la inverosimilitud. En un personaje que casi fue interpretado por Gregory Peck allá en los lejanos años sesenta, Hanks vuelve a calzarse los zapatos de un James Stewart en una película de Frank Capra, de ahí que el crítico de The Guardian diga: “Si Jimmy Stewart nos dio Mr Smith goes to Washington, Tom Hanks nos da Mr Donovan goes to Cold War Berlin”. Habla maravillas de Tom Hanks que mientras vemos la película “compramos” cada arista de su personaje, solo en retrospectiva comprendemos que es demasiado intachable. Solo él puede lograr semejante hazaña.


El otro pero es que Spielberg no puede evitar ser un ciudadano estadounidense. El film en definitiva dice que el sistema yanqui bien puede estar podrido o ser intrínsecamente corrupto, pero que siempre habrá hombres con la grandeza, la entereza y la reserva moral suficiente para superar o sobrevolar tal podredumbre o corrupción. Mentirosa base ética que según ellos los erige automáticamente en jueces y policías del mundo. Andá, que te compren los que no te conocen.


En resumen, más allá de mis reparos ideológicos, una muy buena película y otra muy buena actuación de Hanks.
 
Gustavo Monteros

jueves, 22 de octubre de 2015

Dos días, una noche



Dos días y una noche es el tiempo que tiene Sandra (Marion Cotillard) para revertir una primera votación que le resultó adversa. Es que los compañeros de Sandra enfrentan una difícil decisión. Su jefe los ha puesto a elegir entre mantener un bono de mil euros o hacer que Sandra conserve su trabajo. La pobre estuvo de licencia por depresión, y en ese tiempo el jefe comprendió que 16 bien pueden hacer el trabajo de 17, así que con la excusa de la crisis los obliga a elegir. Sandra se lanza durante ese fin de semana a visitar a sus compañeros para conseguir los votos de apoyo que le hacen falta para no quedarse en la calle. La película trata sobre si los consigue o no.



Esta excelente película de los hermanos Jean-Pierre et Luc Dardenne (La promesa, Rosetta, El hijo, El niño, El silencio de Lorna, El chico de la bicicleta) como la estupenda La loi du marché de Stéphane Brizé que se verá en el próximo festival de Mar del Plata es astutamente insidiosa y pone el ojo en las consecuencias del capitalismo salvaje. Porque si el hilo se corta por lo más delgado, es en la vulnerabilidad de las víctimas donde se ve con mayor precisión la imperdonable abominación de la práctica infame de una teoría repugnante.



Si el mundo fuera apenas un poco más justo, el neoliberalismo obtendría el mismo rechazo que generan el nazismo, las purgas estalinistas o la peste bubónica. Todos comparten el mismo olímpico desprecio por el ser humano. El neoliberalismo deshumaniza al hombre, lo reduce a una variable, a una cifra, a la coma de un guarismo. No hay nada peor que la ciega lógica de los mercados, la flexibilidad de los negocios, la razón del capital. No se trata de refundar la era moderna, pero el hombre debe ser la medida de todas las cosas, no un dato. Parece fácil de comprender e imposible de no adherir, sin embargo cuesta luchar contra el falso orden establecido y las corporaciones mediáticas, que presentan, día tras día, analista tras analista, experto tras experto, la mierda como si fuera nutritiva u oliera a rosas.



Marion Cotillard, que ganó por este trabajo unos cuantos premios y que hasta le significó otra nominación para un Óscar, deslumbra como suele ser su costumbre. Aunque la verdad sea dicha, el naturalismo puro es el más fácil de los registros actorales y para su talento, esta labor es como un picnic de primavera. De todos modos, otra actriz quizá no hubiera despertado la inmediata y fuerte empatía que desata Cotillard.



En resumen, una historia sencilla y contundente para no olvidar que no hay que votar nunca de los jamases a quien anteponga el mercado, el capital, los negocios por sobre todo. Hay que empezar a ver más allá de las apariencias, de aprehender lo que hay detrás de las engañosas propuestas económicas. O seguirán atomizándonos, aislándonos, apartándonos de la más elemental solidaridad con las cuentas de colores. No hay copa que rebalse cuando la codicia es infinita.

Gustavo Monteros