“Retrata la histórica lucha que emprendió el Dr.
Martin Luther King Jr. para lograr el derecho a voto de los afroamericanos. Una
peligrosa y temible campaña que culminó con la épica marcha desde Selma hasta
Montgomery, Alabama, conmovió a la opinión pública de los Estados Unidos y
persuadió al presidente Johnson de promulgar la Ley del Derecho al Voto en
1965. El año 2015 marca el 50mo. aniversario de este momento fundamental en el
Movimiento por los Derechos Civiles.”
Evaluación
crítica
Buenas
intenciones: 10
Corrección
política: 10
Resolución
cinematográfica: 2
Fundamentación
de aplazo
Las
escenas “políticas” son largas y torpes sin sentido de la concisión y menos de
la síntesis.
Las
escenas “intimas” son solemnes, estatuarias y sentimentaloides.
Las
escenas “violentas” carecen de fuerza o contundencia.
Las
actuaciones, salvo las de los experimentados Tim Roth y Tom Wilkinson, son
estándares, pedestres,tirando a
flojitas.
Conclusión
Una
lección de historia bastante insulsa y aburrida. Que quede claro que la
descalificación no afecta al tema. Los hechos retratados son repudiables, la
memoria es necesaria, pero la forma de contarlos no está a la altura de las
intenciones.
Dirigió
Ava DuVernay, por nuestro propio bien, mejor suerte la próxima vez.
(Por increíble que parezca está nominada al
Óscar como Mejor Película. Ejemplo supremo de que a veces la corrección
política se confunde con “calidad”)
El
cine de Alejandro González Iñárritu siempre me tuvo sin cuidado. Mientras todos
sacaban las liras para construir desmelenados panegíricos por sus Amores perros (2000), permanecí incólume
porque para mí el “verosímil” de las historias, más allá de los fuegos artificiales
narrativos,no cerraban ni ahí. Después
llegaron los 21 gramos (2003)
artefacto largo y tedioso que desataba un módico interés por la trampa de una
escena que se perfilaba, pero nunca terminaba de mostrarse del todo para poder
ser descifrada. Y después vino Babel
(2006) y algunos críticos, que antes tiraban cohetes, comenzaron a darse cuenta
de que quizá habían sido víctimas de un entusiasmo prematuro. En lo personal
debo confesar que me pareció un bodrio bodrioso de toda bodriez, cuanto más
“ambicioso” se ponía, más largo y aburrido me parecía. Todavía procuro
recuperarme de sus 143 (¡ciento cuarenta y tres!) minutos. Se separó entonces
del hasta ese instante su fidelísimo guionista, Guillermo Arriaga, y todos
especularon sobre quién se quedaría con el “estilo” de las películas que habían
hecho juntos, sobre si eran más de “director” o de “guionista”. Por lo antes
dicho, estas especulaciones no solo no me quitaron el sueño, sino que no creo
ni haberlas registrado. Arriaga fue el primero en salir al ruedo sin su exsocio.
En el 2005, cuando todavía duraba el dúo,había firmado el impecable guión de Los
tres entierros de Melquíades Estrada para que lo dirigiera también
impecablemente Tommy Lee Jones. Ya solito y solo, adaptó su propia novela El búfalo de la noche (2007) para un
film que dirigió Jorge Hernández Aldana y que la crítica cascoteó con gusto. En
el 2008 Arriaga debutó como director y guionista, of course, con Camino
a la redención (The burning plain)
para gloria de la siempre gloriosa Charlize Theron. Los críticos, quemados por
las experiencias anteriores, fueron diplomáticamente cautos. González Iñárritu
tardó un poco más en asomar la cabeza. Lo hizo recién en 2010 con Biutiful, basado en un guión cofirmado
con los argentinos Nicolás Giacobone y Armado Bo (responsables guionistas de la
bellísima El último Elvis, que
dirigió en 2012 el segundo o sea Armando Bo, nieto del Armando de la diosa
Isabel). Volviendo a Biutiful ni me
molesté en verlo, duraba 148 minutos y todavía no me reponía del aburrimiento
que me había dejado Babel y sus ¡143!
minutos. Los críticos tampoco apoyaron mucho, ya le habían perdido el respeto
(bah, la reverencia inicial) y se despacharon con saña. ¡Pobre Iñárritu, que
culpa tenía él de que lo hubieran endiosado atribuyéndole la invención de la
rueda y de la pólvora (que como todos sabemos ya fueron descubiertas, antes…)!
Birdman (o La inesperada virtud de la ignorancia) es, en el fondo, la historia de dos regresos a los
primeros planos: el del personaje de Michael Keaton en la película y el de
Iñárritu en la vida real. Admito que esta vez su película me gustó… mucho. Quizá
porque es lo más parecido a una comedia que puede plantear Iñárritu (nada apoca
mejor la solemnidad, la pedantería, la pomposidad que el humor) y porque se
adentra en las bambalinas de una producción teatral, lo que siempre me apasiona
(hice poco cine pero mucho teatro y llevo en los huesos los desvelos y fatigas
de un estreno).
Riggan
Thompson (Michael Keaton) es un actor famoso por haber interpretado en años más
jóvenes al superhéroe Birdman. Quiere aquilatar su nombre y sepredispone a debutar en Broadway con una
adaptación suya de un cuento de Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor, que también protagoniza y
dirige. Ha puesto todo su dinero y el de su amigo Jake (Zach Galifianakis) en
la empresa, de modo que la apuesta es a ganar o morir. Estamos en las funciones
de preestrenos (ensayos generales con público, que paga una entrada reducida,
porque verá un espectáculo que aun no está listo) y hay unos cuantos problemas
a resolver, no el menor de ellos, un actor coprotagonista que todavía no halla
el tono ni la intención de su personaje. Para colmo, las relaciones personales
tampoco andan de maravillas, y hay que lidiar con la nueva pareja, la expareja
y una hija en recuperaciones varias.
Se
sabe porque se comentó hasta el hartazgo, el film está resuelto en una sucesión
de planos secuencias o sea las escenas se rodaron en una sola toma de cámara,
sin cortes, sin plano, contraplano y esas cosas. Esta vez el artificio es
pertinente, no la jactancia de un director, y comunica con inmediatez el
vértigo, la solapada desesperación, la sensación de caminar por un campo minado
que despierta todo estreno inminente. Y la banda de sonido, se comentó mucho
también, es prácticamente casi todo el tiempo un solo de batería.
Como
no tengo mala memoria, todavía, no me sorprende que Michael Keaton actúe bien,
siempre fue un buen actor, desde un principio, y si lleva años, muchos, sin
hallar un papel que explote sus virtudes no es impedimento para que cuando lo
encuentre, como en este caso, lo honre. Como en toda película de planos
secuencias, el elenco debe estar alerta, concentrado, solidario, más que nunca,
un error no es, en este caso, solo repetir la toma del yerro cometido, sino
volver a empezar todo de nuevo, otra vez, con la participación de todos los que
intervienen en la toma. (O sea, meter la pata es cagarles el trabajo a todos
los que venían antes que vos y que ya lo hicieron bien). Cuando finalmente se
logra, hay una fluidez y cohesión distintas a las habituales. En el excelente
reparto, están tres de mis actrices favoritas, de modo que yo estaba de fiesta:
Naomi Watts, Emma Stone y Andrea Riseborough. Entre los caballeros, aparte de
los ya nombrados, se destaca un audaz Edward Norton que camina por la cornisa
de la sobreactuación sin caer en el abismo.
En resumen, vengo a contramano con don Alejandro
González Iñárritu, cuando los críticos locales le tiraban flores, yo fruncía el
seño y proclamaba disconformidad, ahora ellos, por las dudas se arrepientan
después, como ya lo hicieron antes, lo tratan con dureza y le rechazan hasta el
saludo, mientras yo disfruto de su obra e invito a que otros lo hagan. En algún
momento quizá nuestros caminos confluyan. O no.
A propósito de su nominación para el Óscar como Mejor Película Extranjera (sí, compite contra nuestros Relatos salvajes) vuelve a exhibirse Ida. Invitamos a releer la crónica publicada cuando se estrenó: http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/2014/06/ida.html Gracias. (Está en el Cinema Paradiso y va a las 16:40 y 21:20)
Stephen
Sondheim, el compositor y letrista de Broadway, es un genio. Noporque lo diga yo sino por la diamantina
contundencia de su producción. Se dice que se requiere una dosis de
conocimiento o sofisticación para apreciarlo, puede que eso fuera cierto cuando
comenzó, hoy sus innovaciones ya están incorporadas a las resoluciones de la
música popular, porque como con todo genio, los compositores que admiraron su
trabajo y surgieron después lo hicieron asequible al gran público. Tanto es así
que Disney, que no produce nada que no llegue a generar adhesiones millonarias
en almas y billetes, se anima a llevar al cine este musical suyo. Se dice
también que es un gusto adquirido, que es necesario escucharlo más de una vez
para comenzar a degustarlo, dicho así suena trabajoso, pero Patricio Rey y los
redonditos de ricota también lo son y eso no impidió que se transformaran en un
culto multitudinario. A lo que voy es que no será Palito Ortega, pero tampoco
es Schoenberg. No tendrá la fácil y verificable melodía típica del sonido
Broadway, pero tampoco se sale de sus obras sin tararear alguna canción. Él es
otra cosa. Sus devotos siempre debemos sacarnos de encima primero estas
consideraciones, porque más de una vez nos hemos chocado al mencionarlo con un
“Ah, Sondheim”, con el que se quiere descalificarlo por raro o demandante.
En
1987, o sea siglos antes de que a algunos productores se les ocurriera la
serie, en mi modesta opinión un tanto pedorra, Once upon a time, el dramaturgo James Lapine y nuestro Sondheim estrenaron
en Broadway Into the woods. La obra
mezclaba algunos personajes de cuentos infantiles clásicos como Caperucita
Roja, la Cenicienta, Jack (el de las habichuelas mágicas), Rapunzel, con otros
de su propia cosecha tales como el Panadero, su Mujer, la Bruja y el Narrador,
quien podría ser también el padre fugitivo del Panadero. La obra fue un éxito
arrollador inmediato y conoció una larga temporada inicial, celebrados montajes
en grandes capitales teatrales y diversos reestrenos.
Como
en toda obra de Sondheim, la música está al servicio de la teatralidad de la
trama, que tiene una notable profundidad temática, aunque el seguimiento de la
misma sea algo sencillo y muy disfrutable. Como con los imperecederos clásicos
setentistas, Tiburón o Cabaret las
ideas surgen de una trama asequible y atrapante, no están impresas en ella, de
allí su éxito instantáneo. Y como en los cuentos cuyos personajes toma, las
vueltas del argumento por momentos sonoscuras y ostentan hechos de sangre, y el tono es, también por
momentos,reflexivo, asertivo,
aleccionador. Y parte de la noción, inserta en la tradición cultural
anglosajona, de que el bosque es un lugar misterioso, en el que no se sale
nunca de la manera en que se entró, es un lugar de aprendizaje en el que pueden
pasar cosas que se salen de lo normal, tales como el sexo irrestricto o el
crimen. Todo con mucho humor, gracia inspirada e ingenio envidiable.
Las
canciones claves nos dan la pista de cuáles son los ejes de la obra. Children
will listen (Los chicos escuchan) testimonia que los deseos, sueños o anhelos
de los padres forman o deforman los de los hijos. No one is alone (Nadie está
solo) ratifica que toda acción o elección tienen su consecuencia y que muchas
veces nuestro egocentrismo nos impide ver que nuestras acciones o elecciones
exceden nuestro encierro y tienen repercusiones sociales. Las canciones de Jack
y de Caperucita, después de hechos decisivos sobre los que no conviene
adelantar mucho, ratifican que crecer es inevitable, y que por más traumático
que sea es mejor que vegetar. Agony (Agonía) el vals de los príncipes da cuenta
de la necesidad de tener a veces anhelos incumplidos para poder ser con
plenitud o poder seguir adelante. La bruja dice por ahí que amar a veces es
meter la pata y que no hay disculpas pero tampoco salidas.
La
obra es rica de toda riqueza, elijan cualquier personaje, sigan su derrotero y
se toparán con unas cuantas revelaciones sobre las conductas humanas, las
concepciones sociales o sexuales heredadas y lo divertidamente equivocadas que
pueden estar.
Rob
Marshall, después de Chicago, es como
el señor de los musicales para el cine yanqui. Como se inició también como
coreógrafo, yo digo con maldad que se cree Bob Fosse, y por las dudas no se
entienda la maldad, agrego: Pobre. Esta vez procuraré ser justo con él. Como
fanático de Sondheim que soy, no coincidiré plenamente con nadie que acometa
este material. Al único director que no le objetaría decisión alguna hubiera
sido Ingmar Bergman, que entendía mucho de bosques, mitos y reveses humanos. Un
sueño, claro, porque Bergman que llegó a conocer y admirar la pieza, ni se
le cruzó por la cabeza la posibilidad de dirigirla.
Uno
de los méritos de Marshall, y no es poca cosa, consiste en reunir elencos
maravillosos. Este no es la excepción: Emily Blunt, James Corden, Meryl Streep,
Anna Kendrick, Chris Pine, Johnny Depp, Simon Russell Beale, Frances de la
Tour, Christine Baranski, Tracey Ullman; los casi debutantes Daniel Huttlestone
(Jack) y Lila Crawford (Caperucita); y los jóvenes aunque experimentados Billy
Magnussen (el Príncipe de Rapunzel) y Mackenzie Mauzy (Rapunzel) que acceden a
medirse con Meryl Streep y gente así.
Mi
corazoncito late más por algunos (Blunt, Corden, Kendrick) que por otros, pero
la dueña de la velada es , otra vez, Meryl Streep. Meryl vive en elprodigio, cuando uno cree que ya tocó techo y
que comenzará a desandar sus logros, repitiéndolos, revitalizándolos, lo que no
estaría mal, porque tiene joyas como para varias coronas, alcanza nuevas
alturas y uno se queda pasmado, con la boca abierta y con el alma otra vez de
fiesta. De allí que aunque parezca un abuso, una prepotencia, merezca todas y
cada una de las nominaciones que ganó por este trabajo. Lo que hace es perfecto
y podrían darse clases de cómo actuar en un musical, desmenuzando este casi
milagro que ejecuta aquí. Hace que cada inflexión, respiración cuenten. Las
intenciones, los subtextos, los matices son infinitos. Sabe que Sondheim es
genial y se abalanza con espíritu sibarita para saborear y hacernos partícipes
del banquete.
Puede
que no todas las decisiones de Rob Marshall sean las acertadas, pero Stephen
Sondheim y Meryl Streep hacen ineludible un paseo En el bosque.
Como
es temporada de premios, quiero que me entreguen uno al mejor espectador por
haber visto La teoría del todo de
principio a fin, sin saltarme un fotograma, ni evitar chistando o masticando
ningún acorde de violín. Es el tipo de películas que los entregadores de
premios adoran, o sea un drama esperanzador sobre una persona real que padece
una enfermedad terrible.
En
este caso se trata de Stephen Hawking, el famoso físico teórico, astrofísico,
cosmólogo y divulgador científico, de sus años mozos en la universidad de
Cambridge, de cómo conoció a Jane, le diagnosticaron una enfermedad
motonueronal, de cómo igual se casó con Jane, tuvo hijos con ella y esas cosas,
hasta que se separaron. Sí, el guión se basa en el libro que escribió Jane, de
allí que el film cuente solo la historia del primer matrimonio de Hawking.
Como
se trata de una biografía oficial, las agachadas, los renuncios, las
traiciones, los conflictos inconfesables están entre escena y escena, en los
puntos suspensivos, los que con discreción inglesa se esbozan, pero jamás se
explicitan. Todo bien, muy humano eso de mostrar solo lo que se puede o quiere mostrar
y ocultar lo que avergüenza o intimida. Eso no quita que la pregunta del millón
se imponga, no para Jane, claro, que en su biografía cuenta lo que le sale,
sino para los creadores que acometieron con este material: ¿para qué jugar con
el morbo de los efectos de una enfermedad muscular atrofiante y degenerativa
para dejar cerradas las puertas del baño y del dormitorio? Ojo, no es que yo
quiera saber con detalles qué es lo que pasa en esos lugares, es más, podría
haber prescindido de toda la película, insisto, detesto las películas de
enfermedades, porque son la forma menos imaginativa de hacer drama o melodrama,
pero si van a jugar con el morbo, después no sean hipócritas y se comporten
como pudorosas señoronas de la acción católica.
Eddie
Redmayne (a quien vimos en Los miserables
y como el breve enamorado de la Monroe en Mi
semana con Marilyn) hace bien los deberes y reproduce con detalle todas las
contorsiones a los que la horrible enfermedad condena a Hawking. Como con
Daniel Day Lewis en Mi pie izquierdo,
Mathieu Amalric en La escafandra y la
mariposa o John Hawkes en Las
sesiones) uno se apabulla ante los logros físicos de una actuación tan
exigida, lo que hace que los dadores de premios se predispongan generosamente. Felicity
Jones como Jane ejecuta una faena impecable, aunque en mi modesta opinión ni
tan nominable ni tan premiable. Es impecable, insisto, pero no destacable entre
las “mejores” del año. Tuvo la suerte que no tuvieron Charlie Cox como Jonathan
o Maxine Peake como Elaine, ambos impecables también, pero sin ligar ninguna
nominación. David Thewlis y Simon McBurney pasean su autoridad y la gran Emily
Watson dice una línea inolvidable de involuntario humor que remata Felicity.
En
resumen, que se yo, no soy el espectador requerido para estas películas. No
puedo negar que cumple con creces lo que promete, un personaje célebre, una
enfermedad temible y mucho violín. Si les atrae este tipo de temas, la incluirán
entre sus favoritas.Dirigió James Marsh.