jueves, 21 de enero de 2016

La habitación



Esta película está nominada para cuatro Óscares: Mejor Película, Mejor Actriz Protagónica, Mejor Director y Mejor Guión basado en material preexistente. Por supuesto, las probabilidades habilitan a que gane todos, alguno o ninguno. Si existiera, debería ganar con honores el Óscar a la película con la primera media hora más angustiante y perturbadora. En la historia de la cinematografía no debe haber película que se abra como esta, con tanto juego sobre las emociones negativas del espectador. Se estimulan sensaciones de confinamiento extremo, enajenación, histeria. Si nada se ha leído sobre la trama, conviene no hacerlo para “disfrutarla” más, uno no sabe si se trata de un experimento, si la madre más que unos tornillos flojos tiene toda una ferretería floja o si es un cautiverio. Como el hijo tiene como única referencia de un mundo probable a la habitación, cuando la cosa se pone espesa, uno puede evadirse y pensar en la caverna de Platón y esas cosas. Y si uno sabe por lecturas o informaciones previas de qué viene la historia, resiste la angustia y espera a que llegue la segunda parte, que no está para musicalizar con canciones de Cole Porter, pero que al menos para mí, es más liberadora. Digo, para mí, porque para otros, así lo han expresado en sus crónicas, es más perturbadora incluso que la primera parte. Y sí, hasta que el pibe en la escena final, gracias a la potencia sanadora de su sabia ingenuidad (sí, cínicos míos, también hay sabiduría en la ingenuidad) no despida la experiencia, no hay superación del horror vivido.


 Por supuesto, también hay mucho amor y ternura a raudales, pero es el horror que pueden concebir los humanos y la falta de perdón, intransigencia estúpida en la que se puede caer, lo que pervive a la salida. Uno se queda también, en un momento clave con la rapidez de reflejos del dueño del perro (yo, al menos, cuando paseo el mío, me vuelvo lento y tonto), y después, con la lucidez e inteligencia de la mujer policía para “leer” con celeridad la situación, contrástese con la desidia y burocracia de su compañero, que solo quiere sacarse el problema de encima, encomendándoselo a la oficina correspondiente (uno querría que todos los policías fueran como esa mujer policía, aunque se sabe que casi todos son como el patrullero en cuestión).


El chico Jacob Tremblay, un “veterano” de 8 años al momento de la filmación, su personaje cumple 5 años en la ficción, da una actuación conmovedora, muy, pero muy conmovedora. Brie Larson, lisa y llanamente, se pierde en el papel, y más que verla actuar parecería que la observamos en un reality show. No establece con la cámara ninguna relación y eso es algo que yo extraño. Dice el director, Lenny Abrahamson: “Solemos fetichizar cierto tipo de intensidad ostentosa en los actores: muchas actuaciones parecen estar diciendo: miren qué criatura extraordinaria que soy”, “En cambio Brie tiene la virtud de simplemente dejarse sumergir en el personaje. No está todo el tiempo tratando de decirte qué gran actriz que es”. Puede ser, pero hay algo en el medio, que puede traducirse como el no olvido de la cámara. Una actuación muy para la cámara es puro exhibicionismo, y una actuación solo para adentro es puro onanismo. Hay un equilibrio, Meryl Streep, por ejemplo en la escena de la camioneta de Los puentes de Madison County, se nos hace carne porque no olvida la cámara o sea a nosotros, los espectadores. Brie Larson tiene mucho talento, pero por ahora no nos toma en cuenta. Eso hace su actuación superlativa, aunque no inolvidable. Quizá solo tenga inseguridad, ojalá sea eso, la inseguridad en arte se cura con la frecuentación o la práctica.


Sean Bridges es el monstruo y el director hace algo muy astuto con él, más que perfilarlo, lo contornea, se lo adivina, más que se lo ve. La gigantesca Joan Allen con solo estar despliega humanidad. El gran William H Macy, como el buen, bah, excelente actor que es, no juzga a su personaje y entrega con plenitud su miserable dolor. Matt Gordon es el dueño del perro, un no actor que debuta en el cine. Amanda Brugel es la mujer policía y Joe Pingue es el patrullero que la acompaña. Wendy Crewson es la entrevistadora de TV, y como corresponde al personaje, una desalmada. Cas Anvar es el cálido Dr Mittal (Cas Anvar fue Dodi Fayed en ese bodrio llamado Diana, la princesa del pueblo). Tom McCamus es Leo, la nueva pareja de Joan Allen, y Randal Edwards es el abogado.


En resumen, una película dura, que requiere un poco de coraje, pero que no defrauda. Ah, como en el original, el título tendría que ser Habitación (Room); el artículo la determina demasiado, en la cabeza del chico Habitación es un hábitat único, esencial, casi. En fin, ya se sabe, los distribuidores de películas son tan sutiles como un tren expreso. Agradezcamos que no le pusieran Jack y las habitaciones mágicas, por ejemplo.

Gustavo Monteros

jueves, 14 de enero de 2016

Los 8 más odiados



Supongamos que alguien que jamás haya visto una película de Tarantino nos preguntase cómo es el cine de este señor. ¿Qué le contestaríamos? Algo así como que es muy diestro con la puesta en escena, que le gusta citar y referir sus influencias cinematográficas, las que van de los grandes maestros como Sergio Leone a los directores más bizarros en todas las acepciones de esta palabra, y sin embargo, paradojalmente, cuánto más los cita más personal se vuelve, que le gusta culminar sus películas en un festival de sangre, tan pero tan gore que más que intimidar invita a sonreír. Y por sobre todo, es un dialoguista de primera. Como Ingmar Bergman, salvando todas las distancias, es un dramaturgo cinematográfico. Algunos consideran sus diálogos su talón de Aquiles, que demoran la acción innecesariamente y que persisten hasta la enajenación en sus vanos fuegos de artificio; otros los consideran su cima de gloria y reniegan que no sean más. Como sea, unos y otros reconocen que el hombre sabe escribir un buen diálogo.


Los 8 más odiados filmado en Ultra Panavisión 70 mm remite por formato y duración (dos partes con un intervalo en medio) a los operáticos westerns de Leone o las grandes superproducciones que con su sola presencia reemplazaban el habitual programa doble de los cines de antaño (sí, en la época de las carretas se daban dos películas). Y de movida veremos que la fabulosa fotografía de Robert Richardson oscila entre nevados paisajes panorámicos e interiores, que no por acotados son claustrofóbicos. Siempre con la  superlativa banda sonora del maestro Ennio Morricone.


Los 8 en cuestión son John Ruth (Kurt Russell) un caza-recompensas que lleva en una diligencia tirada por seis caballos, en un invernal ventoso y nevado Wyoming, a la asesina Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) a que la cuelguen en Red Rock. Deberán socorrer a otro caza-recompensas varado en la nieve, al mayor Marquis Warren (Samuel L Jackson), “héroe” de la Guerra de Secesión que tiene una carta de Abraham Lincoln dirigida a su persona. Más adelante deberán volver a parar para recoger a Chris Mannix (Walton Goggins) quien dice ser el nuevo sheriff de Red Rock. Como la tormenta arrecia, en vez de solo parar para estirar las piernas, comer algo o hacer descansar a los caballos,  en la Mercería de Minnie, deberán permanecer en ella hasta que el temporal amaine. El lugar está temporariamente a cargo del Señor Bob (Demián Bichir) y allí ya están refugiados, un inglés que dice ser un verdugo itinerante camino a Red Rock, Oswaldo Mobray (Tim Roth), un veterano general que lucho por el Sur, Sandy Smithers (Bruce Dern), y un parco cowboy, Joe Cage (Michael Madsen) que dice regresar a visitar a sus padres por la Navidad. Hasta ahí los 8 del título, que en realidad son 9, porque está también el conductor de la diligencia, O. B Jackson (James Park). No es que le fallen las matemáticas a Tarantino, quizá sea un chiste, o que uno de los mencionados no cae en la categoría de “más odiado”.


Y como bien se sabe por las novelas de Agatha Christie y sus versiones cinematográficas, el encierro de personajes peligrosos no es aconsejable ni saludable, al menos no para todos. Más que un “quién lo hizo”, aquí habrá más “un quién lo hará y por qué”.


El film se estructura en dos partes muy definidas, una primera parte en que presenta los personajes y sus peculiares circunstancias, con un clímax a punta de pistola, telón, y después del intervalo, una segunda parte con resolución de intrigas a puro vertimiento de sangre, tanta que el final de la Carrie de Brian De Palma parece, en comparación, un pinchacito para una curita. Como en la ópera o en su Perros de la calle, que haya personajes heridos mortalmente no es óbice para que dejen de hablar o de ser un peligro para sus congéneres.


Recomendar un Tarantino es, no sé, como recomendar el fernet con cola. Los que lo prefieren beberán con fruición y se deleitarán con cada trago. A los que les disgusta, se abstendrán o esperarán a ver qué otras bebidas trae la temporada. Y a los que no lo conocen, se recomienda probar. Un nuevo adepto o detractor habrá nacido.

Gustavo Monteros

Joy - El nombre del éxito



Joy, el nombre del éxito es un cuento de hadas capitalista. Muy capitalista. No es que los cuentos de hadas tradicionales sean particularmente socialistas, lejos de ello. Son individualistas y pro-aristocráticos o burgueses. Pero este presenta un ideal de triunfo plutócrata que elimina al príncipe como herramienta de acceso a la felicidad del confort.


Joy (Jennifer Lawrence) ya tendría que haber triunfado en la vida, según el relato en off de Mimi (Diane Ladd) su pseudo hada madrina, que en realidad es su abuela. Pero un mal matrimonio con Tony (Édgar Ramírez) del que nacieron una hija y un hijo; cuidar a una madre recluida frente al televisor en su habitación, Terry (Virginia Madsen); más un padre demandante, Rudy (Robert DeNiro) y una hermanastra odiosa, Peggy (Elisabeth Röhm) poco ayudaron a que su mente de inventora se desarrollara en todo su potencial. Obligada por las circunstancias pergeñará la mopa perfecta, o sea un mechudo limpiador que se retuerce solo y que puede lavarse en el lavarropas, es decir un accesorio de limpieza que, si uno quiere, nunca toca con las manos. Como limpio, muy esporádicamente, pero limpio, sé que este instrumento tiene su atractivo comercial y utilitario. ¿Podrá producirlo o venderlo? He ahí el quid de la cuestión…


El cine de David O. Russell (entre otras, El ganador, 2010, El lado luminoso de la vida, 2012, Escándalo americano, 2013) tiene dos características destacables. 1) Sus historias manejan una realidad desquiciada, azarosa, excesiva, proclive a accidentadas casualidades u oportunidades repentinas. Bah, cualquier cosa, literalmente cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. 2) Sus familias, como todas en realidad, son disfuncionales, las suyas en particular un poco más  que loquitas que el promedio loco, con padres que prefieren (mucho) a algunos hijos sobre los otros, y con hermanos, que resienten u odian a sus otros hermanos. Conflictos que no importan demasiado, ya que en algún momento de la película o de la vida, les agarra el espíritu navideño y se reconcilian, previo perdón luminoso.


Aquí ambas características están más que presentes, pero son menos efectivas que en las películas mencionadas de su currículo. O la magia se le está gastando o de tanto frecuentar los mismos recursos ya se nota mucho su pérdida de efectividad. Sea lo que fuere, Joy, el nombre del éxito, no es tan festejable como las anteriores.


Quizá contribuya también la poca espiritualidad del sueño de la protagonista, que no quiere ser feliz ni comer perdices sino ser rica, muy rica e imponer su poder (benéficamente con los más débiles e impiadosamente con los más fuertes, pero imponer su poder al fin). Está bien, está bien, el dinero no hace a la felicidad, ¡pero cómo ayuda! Sí, sí, pero plantear la riqueza como única ambición de la protagonista no genera una empatía duradera, por más incandescente Jennifer Lawrence que se sea. Tampoco ayuda que los personajes del padre y de la hermanastra hagan cosas muy desagradables que bordean lo imperdonable. Si bien Joy (nombre que es también un sustantivo abstracto que significa en su primera acepción Alegría) tiene de un lado dos angelitos buenos (su amiga Jackie (Dascha Polanco) y el ex –marido) y del otro dos angelitos malos (el padre y la hermanastra) que se compensan o equilibran fuerzas, estos últimos incluso en un cuento de hadas es mejor perderlos que encontrarlos.


En el principio, hay un recurso dramático muy interesante que después se deja de lado. Se ven los personajes de la telenovela que ve la madre reclusa, con sus conflictos tan traídos de los pelos y con un vestuario de hombreras, brillos, y peinados flu híper ochentosos. Son interpretados por una figura de la televisión de la época, Susan Lucci y por la más joven Laura Wright, con un cameo de una de las reinas televisivas estadounidenses de todos los tiempos: Donna Mills. Joy tiene una pesadilla en la que se mezclan circunstancias de su vida con la de estos personajes, y uno cree que tendrán influencia y relevancia en la historia que se desarrollará, después de todo, los personajes de las ficciones que seguimos modelan en más de un sentido nuestra filosofía, estilos de vida, etc. (para más datos remitirse a toda la literatura de Manuel Puig), pero no, quedan de lado y no vuelven a aparecer. Una pena, podrían haber salpimentado mejor el plato.


En el reparto también están Isabella Rossellini (que lo quiera o no trafica en la mente de los veteranos la imagen de su madre, la imperecedera Ingrid Bergman) como la nueva pareja del personaje de DeNiro, y en un más que improbable príncipe azul para la protagonista, Bradley Cooper. Ah, también está Melisa Rivers que hace de su madre Joan, y la madre con esposo y bebé que viene a ofrecer un invento sobre el final es Drena DeNiro, una de las hijas de Robert, of course.


En resumen, se deja ver porque es profesionalmente simpática.

Gustavo Monteros

Mustang - Belleza salvaje



Mustang-Belleza salvaje de Deniz Gambe Ergüven es una película militante. Como gracias a Dios no soy de derechas, no me asusta la palabra militante, ni considero que quien la ostente, deba ser despedido de inmediato y sumido en la ignominia. No, para nada, a lo sumo me intriga saber para qué milita y poder, después, dirigir mi opinión en consecuencia. Esta es una película feminista que clama por la plena libertad de la mujer de elegir si casarse o no, y con quién. Premisa con la que estará de acuerdo casi toda la cultura occidental, incluido algún que otro retrógrado ya domado. Pero, claro, esta es una película turca, producida por capitales franceses, que refleja las costumbres patriarcales conservadoras de la Turquía rural, donde todavía los casamientos se acuerdan entre padres, sin pedir consentimiento a los pobres cónyuges, y se exige que la niña sea virgen, dado que luego habrá que mostrar la sábana con la esperable sangre del himeneo.


Después del último día de clase, alumnos y alumnas felices (y sí, el fin de las clases suele provocar la felicidad de los educandos… y de los educadores) se meten en el mar con uniforme y todo, y juegan a la lucha de caballitos. Este inocentísimo juego es leído por una celosa adherente a la rígida moral tradicional como algo sumamente pecaminoso. Y cinco hermanas, con edades que van desde unos quince años hasta unos diez u once, nuestras protagonistas, huérfanas ellas, a cargo de la abuela, y de un tío, porque en esta sociedad patriarcal tiene que haber un hombre a cargo, descubrirán al llegar a casa que se acabó la inocencia y la libertad. Serán recluidas a cal y canto (casi literalmente) y procederán a formarlas como esposas sumisas ideales, que saben guisar y coser como las mejores. Alguna aceptará su destino, otras pelearán con las armas que disponen, que no son muchas.


Es imposible no “hinchar” por estas criaturas desde el minuto cero. De tanto ser manipulado por la ficción (algo lícito) o los medios (algo muy ilícito), la experiencia me enseñó a ser desconfiado de los relatos de blancos sobre negros muy tajantes. Sin adentrarme demasiado en el tema, pude saber que la costumbre de los matrimonios “arreglados” persiste en las zonas rurales turcas, costumbres que conviven con otras menos estrictas y más “occidentales”. No niego ni por un segundo la necesidad de exponer la urgencia de cambiar estas costumbres, si así lo quieren algunos integrantes de esas sociedades. Pero no debemos suponer que es algo generalizado, ni que deba ser cambiado por decreto de nuestra bien pensante mentalidad occidental. Las sociedades definen sus costumbres según los acuerdos sociales mayoritarios, “interferir” desde nuestros mandatos sociales establecidos puede ser peligroso o pueril. No olvidemos que para las sociedades polígamas, nosotros somos bárbaros por ser monógamos. A lo que voy es que hay que ser cuidadosos con los problemas culturales de otras sociedades, para abarcarlos hay que tener lecturas multilaterales, caer en un “me gusta” como si fuera una publicación de Facebook no solo es una irresponsabilidad sino una soberbia hueca.


Hecha la salvedad de la “parcialidad” de la propuesta, la película es buena, fluye y despierta oleadas de simpatía hacia estas chicas, algunas muy sufridas, otras para nada. No es de extrañar porque, se sabe, claro, que nada desata más empatía que la inocencia que reclama su libertad.


El título no hace referencia al auto sino al caballo. Dice la directora: “"¿Qué es un mustang? Es un mesteño, un caballo salvaje, sin dueño o que no ha sido domado. Simboliza perfectamente a mis cinco indomables heroínas, con sus abultadas melenas y su comportamiento de manada cuando circulan en bullicioso y desordenado grupo por el pequeño pueblo del norte de Turquía en que viven. La historia avanza como ellas, siempre en movimiento. Esa energía, creo, es el corazón de la película."

Gustavo Monteros